Peter Pan, de nuevo

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Sigo buscando “islas desconocidas”, que existen, en la clave de Saramago, en un viaje existencial verdaderamente apasionante y leo un perfil de Leopoldo María Panero (Madrid, 1948), en el que se vuelve a recordar la figura de Peter Pan volando junto a Campanilla: “El desvío en la ruta, la visita a la Isla-Que-No-Existe, está previsto en el itinerario. Cruzarán el cielo otros nombres hasta ser llamados, uno tras otro, por la voz de la señora Darling”. Hemos vuelto a hablar todos los días de Peter Pan, del síndrome que lleva su nombre y que no está reconocido oficialmente por las clasificaciones mundiales de enfermedades mentales, pero que busca hacerse un sitio en las mismas. La señora Darling dibujada por Panero en Así se fundó Carnaby Street. 1970, está llamando a muchas personas por su nombre, sobre todo a las instaladas en este síndrome, que hace su agosto en épocas de vacas flacas, como la actual. Se habla de la generación “Peter Pan”, en la que están instaladas las personas treintañeras que se conforman con lo que hay en todos los planos posibles: personal, afectivo, laboral, de amistad y de la llamada realización personal, que no se sabe bien qué se quiere decir o simbolizar cuando se utiliza la expresión. Se habla, en general, del síndrome de Peter Pan, intentando explicar la conducta de aquellas personas que no quieren crecer, en cualquier edad, o que esperan hacerlo en un momento que nunca llega ó que esperan tener siempre una Wendy cerca de sus vidas.

¿Qué sucede realmente en la actualidad, en las personas calificadas como Perterpanes de hoy, en un síndrome capitalista, comunista y socialista por definición, da igual, que afecta a todas las clases sociales, aunque no de causalidad idéntica? Realmente, está bastante claro su perfil. Son personas, en su mayoría varones, kidults, adultescentes o Generación X, como los retrataba Josep Garriga en un reportaje reciente (1), que han crecido con todo tipo de bienestar o malestar, en la infancia y en la adolescencia, con objetivos nada claros y que descubren un día que permanecer en su situación los hace menos vulnerables ante la vida, negándose a crecer en cualquier perfil humano, fijándose metas muy triviales, de corto alcance, como determinadas armas, aceptando o destrozando cuanto encuentran a su paso, porque no merece la pena crecer. Son adultos en potencia, aunque hayan alcanzado la treintena de años. Siempre buscan un hombre ó una mujer con rol de madre protectora que los ampare, es decir, cualquier hada Campanilla que les permita localizar un espacio que realmente no existe. Son personas que aportan muy poco a la sociedad, que se conforman con casi nada y que un buen día explotan y/ó destrozan a su alrededor todo lo que se mueve, pero desde su atalaya particular del vuelo, cogiendo la mano de Campanilla, porque no acaban de descubrir que también son protagonistas de la vida en su rol personal e intransferible y que nadie va a venir a sacarte las castañas del fuego. Es decir, que tienen que dejar de volar y asumir responsabilidades de todo tipo.

Las personas que asumen el rol de Peter Pan se caracterizan “por la inmadurez en ciertos aspectos psicológicos, sociales, y por el acompañamiento de problemas sexuales. La personalidad masculina en cuestión es inmadura y narcisista. El sujeto crece, pero la representación internalizada de su yo es el paradigma de su infancia que se mantiene a lo largo del tiempo. De forma más abarcadora, según Kiley, las características de un “Peter-Pan” incluyen algunos rasgos de irresponsabilidad, rebeldía, cólera, narcisismo, dependencia, negación del envejecimiento, manipulación, y la creencia de que está más allá de las leyes de la sociedad y de las normas por ella establecidas. En ocasiones los que padecen este síndrome acaban siendo personajes solitarios. Con escasa capacidad de empatía o de apertura al mundo de los “grandes”, al no abrirse sentimentalmente, son vividos como individuos fríos o no predispuestos a darse, lo que vuelve como un “boomerang” a través de la no recepción de entregas o muestras ajenas de cariño. Algunos profesionales avanzando tal vez audazmente en sus diagnósticos los han denominado esquizo-afectivos. También se dice que este padecimiento se da por el no haber vivido una infancia normal, que hayan trabajado desde muy pequeños u otras razones más” (2).

Esta isla es ya conocida. En el argot de mi educación del discreto encanto de la burguesía, no tendremos perdón de Dios, de cualquier dios, si no la exploramos detenidamente, para buscar espacios de recuperación vital para estas niñas-niños frustrados, que avanzan en soledad personal e intransferible hacia el abismo de la no cooperación social, para ayudarles a vivir, paradójicamente, en un mundo que a veces parece diseñado por el enemigo. Sin necesidad de las Wendy de turno, que también existen en su síndrome tan particular, para que sus respectivas mamás naturales ó artificiales dejen de amarlos tan desesperadamente.

Sevilla, 8/XI/2009

(1) Garriga, Josep (2009, 25 de octubre). La generación “peter pan” está hipotecada, El País, pág. 32.
(2) Extraído del artículo “Síndrome de Peter Pan”, en Wikipedia.

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