La tegala de Saramago (I)

EL CUENTO DE LA ISLA DESCONOCIDA

Comienzo hoy una serie dedicada a José Saramago. Estoy en deuda permanente con él, con su pensamiento, con su testimonio ideológico, con su obra. Quien me conoce sabe que estoy muy cerca de él desde hace veinte años, cuando descubrí su literatura de compromiso, fiel al principio neomarxista que me enseñó en Roma, en 1976, el profesor Ambrosio McNichol, en un libro que fue de cabecera durante muchos años, El asalto a la razón: «no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y; por tanto, impulsándola o entorpeciéndola» (1). Es decir, no hay literatura inocente. Nada, en definitiva, es inocente, pero qué importante es saber elegir a quien está con la razón en una determinada situación social, fundamentalmente con los más débiles, con las minorías silenciosas, impulsando la defensa de derechos fundamentales. Y Saramago, ahí estuvo. Por eso no es inocente, actitud que le reconozco y agradezco.

Hace solo cuatro días que estuve muy cerca de él, en su biblioteca personal en Tías (Lanzarote). La programación de las vacaciones era un reclamo latente, casi una excusa, para devolverle una visita a una persona que tantas veces había visitado mi cerebro, mi conocimiento. Un encuentro de reconocimiento y agradecimiento por tantas cosas aprendidas. Nos atendieron de forma extraordinaria -íbamos los tres inseparables (María José, Marcos y yo)-, recorriendo su biblioteca, bajo la atenta mirada ideológica de José Saramago, reinterpretado en sus intervenciones por una persona entrañable, Javier, que nos explicó detalles que como pasa con los ríos, nunca vuelven a estar en el mismo sitio, pero sí que quedaron grabados para siempre en la razón y en el corazón, en la eterna dialéctica de Pascal.

Su sencilla mesa de trabajo, unos libros con páginas marcadas por Pilar, la manta roja de Ikea reposando en el brazo izquierdo del sillón que tantas veces lo acogió, diccionarios, bolígrafos, mapas, las mesas con correspondencia pendiente de responder, las estanterías llenas de escritura impresa facilitada por Saramago, traducida por Pilar del Río, en ese esfuerzo por entregarnos sus palabras a todas horas, para que todos lo comprendiéramos muy bien, levantándonos de cada suelo particular, en la interpretación de la ética que hizo en su momento López-Aranguren, entendiendo la ética como el suelo firme en que se basan todas nuestras actitudes, la “solería” que vamos poniendo en nuestras personas de secreto a lo largo de la vida. Elefantes, libros, revistas, ediciones maravillosas de uno de mis libros preferidos: El cuento de la isla desconocida, que tantas veces regalo, incluso como ideario para los Jefes de Servicio que comparten responsabilidades públicas conmigo…

También quiero recordar hoy a Mercedes de Pablos, que estaba allí, con quién me reencontré después de un paréntesis de muchos años, aunque la había seguido de cerca en su interesante camino de compromiso. Y a la nieta de Saramago, Ana, con quien cruzamos palabras de agradecimiento y reconocimiento a su abuelo.

¿Por qué la tegala de Saramago? Sencillamente, porque a él le gustaba incardinarse en la tierra que le acogió en 1993, en cualquier tierra que le respetara, y la tegala es un lugar de referencia para la población canaria, un lugar en altura suficiente para que los guanches pudieran comunicarse con señales de humo. Señales que desde Tías, desde la calle donde habitó y habitará por muchos años, La Tegala, Saramago hizo y hace al mundo entero para que nos comprometamos con la esencia de la vida, dejándonos llevar por el niño o la niña, ¿inocentes?, que todos llevamos dentro.

Sevilla, 14/VIII/2010

(1) Lukács, G. (1976). El asalto a la razón. Barcelona: Grijalbo, pág. 4 s.

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