La tegala de Saramago (III): calle estrecha, y un hilo largo, verde y azul…

LAS PEQUENAS MEMORIAS

Cuenta Saramago en una obra muy importante para conocerle a fondo, Las pequeñas memorias (1), que nació en una calle estrecha, en Azinhaga, si atendemos a la etimología árabe de esta aldea: as-zinaik, siendo en sí mismo una contradicción porque su auténtico significado es “vereda” y una calle no es una vereda. Con su gracejo tan particular, arranca su historia de las tentaciones del niño que fue con estas reflexiones de una casa, de una calle junto a una vereda que a pesar de su traslado a Lisboa a los dos años, marcaría tan profundamente los caminos de su apasionante y dilatada vida.

Cada palabra de sus grandes memorias, para los que le respetamos en lectura continua, es una oportunidad que nos ofrece para hacer algo que nos cuesta en la vida ordinaria: permitir que nos conozcan, algunas veces que nos quieran, otras que nos acompañen para siempre. Pero solo me he querido quedar hoy con una reflexión transcendental suya: casi siempre estamos en los paisajes de los que provenimos, formando parte del decorado de la vida que a cada uno rodea, pero muy pocas veces lo interrogamos o le susurramos al oído expresiones de este tenor, que señala el autor querido: “¡Qué bello paisaje, qué magnífico panorama, qué deslumbrante punto de vista!”, sin deparar que dentro de nosotros mismos llevamos una excelente joya: el espíritu, o lo que he llamado muchas veces alma en este cuaderno, en un post muy querido: El alma de mi cerebro: “Hoy, nos hemos encontrado António [Lobo Antunes], Juan [Cruz] y yo, ¡maravillas de la Noosfera!, en una encrucijada en la que coincidimos a pesar de mi falta de tiempo: cuando falta alma, falta la vida. Da casi todo igual. ¡Qué paradoja!, porque ya no hace falta eso: tiempo. Y me vuelvo a mi hombre de secreto, a reflexionar la frase que regaló Lobo Antunes en el acto indicado [acto de recepción del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, en la Feria Internacional del Libro, en la ciudad de Guadalajara (México)], transfiriendo una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, por si detrás de todo esto está el alma humana que fabrica el cerebro. Porque al igual que manifestó en ese acto: “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”. También, porque todos los días escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas…”.

Mejor que nunca comprendo el sentido de su Protopoema adolescente, dedicado al río de su aldea, el Almonda:

Del ovillo enmarañado de la memoria, de la oscuridad,
de los nudos ciegos, tiro de un hilo que me aparece suelto.
Lo libero poco a poco, con miedo de que se deshaga
entre mis dedos.
Es un hilo largo, verde y azul, con olor a cieno, y tiene la blandura caliente del lodo vivo.
Es un río

Porque la memoria es el mayor tesoro del ser humano, que nos permite tirar, de vez en cuando, de hilos sueltos. Desaparecen personas y cosas, pero siempre podemos vivir de nuevo aquello que nos permitió crecer en la persona de secreto que somos. Nunca podemos bañarnos dos veces en el mismo río, pero la memoria sí nos deja navegar hacia la isla desconocida que somos. Y un día, no muy lejano, hasta es posible que la descubramos. Así lo aprendí leyendo a Saramago: Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual (2).

Sevilla, 21/VIII/2010

(1) Saramago, José (2008). Las pequeñas memorias. Madrid: Punto de Lectura.
(2) Saramago, José (1998). El cuento de la isla desconocida. Madrid: Grupo Santillana de Ediciones.

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