La tegala de Saramago (IV): el amor hacia sus cuadernos

O CADERNO 2

Cuenta Saramago en El Cuaderno (1), que recoge los textos escritos para el blog desde septiembre de 2008 a marzo de 2009, que “Cuando en febrero de 1993 nos instalamos en Lanzarote […], mis cuñados María y Javier, que ya vivían allí desde hacía unos años, me regalaron un cuaderno para que sirviera de registro de nuestros días canarios. Me ponían solo una condición: que de vez en cuando los mencionara. Nunca escribí nada en tal cuaderno, pero así, de esta manera y no de por otras vías, nacieron los Cuadernos de Lanzarote, que durante cinco años verían la luz. Y con esta sencilla historia comienza la nueva etapa digital en su obra al incorporarse a la Noosfera, mediante un blog, un cuaderno de bitácora ó de derrota, en lenguaje del mar, hecho por el que le felicité expresamente, recibiendo un acuse recibo muy amable. Me agradó mucho aquella decisión, porque mi cuaderno lleva por subtítulo la palabra que justifica hoy este post: Cuaderno de inteligencia digital para buscar islas desconocidas, en el más puro estilo saramaguiano.

He leído muchos cuadernos de Saramago, en formato atómico y digital. Mi aprecio por la isla de Lanzarote me hacía buscar en cada página escrita en ellos, lugares y menciones específicas a una isla que tanto respeto, por la vida y obra de César Manrique, omnipresente en cada paso que das por sus dunas de lava negra, en acertada expresión que le regaló Rafael Alberti, en una visita que hizo a Manrique en su casa, hoy Museo, de Taro de Tahiche. Sé que se ha publicado el último, por la editorial Caminho, O Caderno 2, que espero leer muy pronto, complementario del que ya he citado, con post que conozco pero que volveré a leerlos con el respeto que imprime saber lo que escribió al respecto: el blog va iluminándole el camino al autor: es esa su virtud.

El cuaderno, en su formato actual atómico, tiene una historia preciosa, protagonizada por su inventor australiano, J. A. Birchalls, cansado de ver las resmas de papel intratable para el uso normal de las personas. Ante esta realidad, sugirió al fabricante de papel británico Wiggins, Teape and Co, la idea de que el papel se cortara en pequeñas hojas, que se pudieran unir por la parte superior con un trozo de cartón engomado. La sugerencia fue considerada escandalosa y rechazada de plano por los directores de esta Compañía, pero a través de los años, Birchall persistió en esta sugerencia y la aceptación por el público fue entusiasta, comenzándose a utilizar este nuevo formato. Las ventas aumentaron y otros fabricantes copiaron la idea. De esta forma, se considera que el año 1902 fue el año en que se inventó el cuaderno en el formato que conocemos todos. Hasta hoy, cuando se demuestra la calidad de los cuadernos digitales…

Desde entonces, las personas hemos tenido una oportunidad de trasladar a ellos los primeros pasos de dibujo, posteriormente escritura y, más adelante, los sentimientos y emociones en sus más variadas manifestaciones. Hoy día, sigo respetando mucho este formato y lo utilizo a diario en mi vida profesional, para tomar notas manuscritas en plena vorágine digital. Aprecio el valor del cuaderno de toda la vida, educado en los famosos “Rubio”, donde se depositan caracteres escritos por una persona, en un momento determinado, con una caligrafía delatora de aprendizajes y vida afectiva que se traduce por rasgos personales e intransferibles. Mi querida maestra de la pequeñez rediviva, Doña Antonia, me enseñó a cuidarlos con pulcritud, sobre todo en uno etiquetado como de “Diario”, en letra redondilla, forrado con papel azul y con una etiqueta enmarcada y con dientes externos, como los de un sello, que recogía en cada hoja rayada la descripción de la localidad y fecha, un dibujo hecho normalmente con plantillas que se llamaban “lapisabio”, troqueladas, del que recuerdo sobre todo el de una pecera multicolor. Allí me esforzaba en demostrar a mi querida maestra de la vida que era capaz de hacer un dictado sin faltas, un dibujo impecable y unos problemas con solución exacta, sabiendo que si todo se hacía así podía figurar en el Cuadro de Honor del mes y tener garantizada la entrada gratuita al Circo Price, los jueves por la tarde, un circo estable maravilloso que había en Madrid, en los años de mi infancia.

Hoy me enfrento con una periodicidad relativa a escribir en este cuaderno de inteligencia digital, sin la tutela de Doña Antonia, a la que siempre echo de menos sabiendo que está ahí, con su visión ética del trabajo bien hecho, con un compromiso que suscribí en mi declaración de principios cuando inicié la experiencia el 11 de diciembre de 2005: “Inicio una etapa nueva en la búsqueda diaria de islas desconocidas. Internet es una oportunidad preciosa para localizar lugares que permitan ser sin necesidad de tener. La metáfora usada por Saramago será una realidad cuando ante el fenómeno de la hoja en blanco, teniendo la oportunidad de decir algo, ésto sea diferente y sirva también para los demás. Puerta del Compromiso. Es lo que aprendí hace muchos años de Ítalo Calvino en su obra póstuma “Seis propuestas para el próximo milenio”: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar)”.

Sin lugar a dudas, como homenaje a José Saramago, por su amor a sus cuadernos, al último que escribió, de corte digital, para no defraudar a nadie en ese compromiso: decir en este cuaderno algo, en cada post, en el de hoy, de manera especial, para que así lo pueda juzgar un tribunal muy democrático: el digital, que se conforma de forma celular por cada persona que forma parte de la Noosfera (conjunto de los seres inteligentes con el medio [digital] en que viven) y se comunica en redes sociales con otros y así sucesivamente hasta llegar a establecerse una gran malla pensante que un día, a veces por la casualidad de un buscador, encuentra esta isla desconocida…

Sevilla, 25/VIII/2010

(1) Saramago, José (2009). El Cuaderno. Madrid: Santillana Ediciones Generales.

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