La soledad digital

SHERRY THURKLE

Necesitamos parar en seco nuestras vidas, relacionarnos, hablar, dormir y soñar. El reloj biológico así viene determinado con cada carnet genético, aunque hayamos perdido el respeto a las palabras que elaboramos en el cerebro. Y la dependencia que prolifera respecto de las tecnologías viene a manifestar con extraordinaria velocidad existencial que hay que desconectar en determinados momentos de los aparatos electrónicos que tenemos a mano para no comenzar una carrera desenfrenada hacia la dependencia… digital, hacia el silencio interior más absoluto y que aterra a algunas personas.

Así lo afirma en una entrevista reciente la psicóloga Sherry Turkle, profesora en el MIT y conocida como “ciberdiva”, en una intervención que se ha hecho ya famosa en la Conferencia TED, celebrada en California, el pasado mes de febrero, cuando aconsejaba que nuestra relación cada vez más íntima con teléfonos inteligentes, ordenadores y tabletas tiene que cambiar: “De lo contrario, estamos perdidos. Cada vez esperamos más de la tecnología y menos de los humanos. Nos sentimos solos, pero nos asusta la intimidad. Estamos conectados constantemente. Nos da la sensación de estar en compañía sin tener que someternos a las exigencias de la amistad, pero lo cierto es que pese a nuestro miedo a estar solos, sobre todo alimentamos relaciones que podemos controlar, las digitales. Pero aún estamos a tiempo de cambiar esa convivencia con la tecnología. Tenemos que volver a aprender el valor de la soledad” (1).

Hay que señalar que esta profesora ha sabido estar atenta a la revolución del uso del móvil, que ha ido mucho más allá de lo que se podía esperar en los años 90, cuando se convirtió en una defensora a ultranza de los beneficios de la era digital. Pero alerta de que la realidad de hoy es muy diferente: “Esos teléfonos que tenemos en nuestros bolsillos cambian nuestras mentes y nuestros corazones porque nos ofrecen tres fantasías muy gratificantes: podemos tener atención constante, siempre va a haber un foro en el que ser escuchado y nunca tendremos que estar solos. Las dos primeras necesidades se satisfacen a través de las redes sociales, pero la tercera es la que nos está llevando a situaciones emocionales de graves consecuencias”.

Y se ha demostrado científicamente que la soledad es necesaria en la vida diaria, es decir, necesitamos estar desconectados. También de los medios electrónicos de uso inmediato, como se describió anteriormente. Y la razón de esta necesidad se ha escrito, por ejemplo, en el laboratorio del Profesor Josep Call, experto español en estudios comparados entre los simios y los seres humanos, tal y como lo describí en un post, Los ultrasociales, publicado en 2006.

Asimismo, desde 2005 he publicado en este blog más de 400 post acerca de la inteligencia digital, entendida como la capacidad de resolver problemas con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, a través de cinco acepciones de aplicación inmediata en la vida de cada persona que utiliza los medios digitales de amplio espectro. Y esta realidad incuestionable avala el papel extraordinario que juega hoy la electrónica en nuestras vidas. Pero tengo que reconocer que hace años me sorprendió mucho un análisis antropológico que puede justificar bien por qué tenemos que reconocer la identidad genética con el protagonista de una historia que tiene mucho que ver con la idea conductora de este post. Me refiero a los chimpancés, porque “por mucho que nos empeñemos, no les gusta conversar. Pasa como en los tiempos que corren, donde en todos los terrenos sociales, políticos, empresariales, universitarios, familiares, nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (Aristóteles), algunos lo llaman Dios ó deidad, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos. La experiencia de Atlanta refuerza una tesis emocionante. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse. A pesar de los tiempos que corren que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo”.

El artículo de El País, citado anteriormente, termina con una reflexión muy importante: “Pinker, un acerado defensor de las posibilidades de la web para generar conocimiento, plantea que la solución no es tanto lamentarse de la tecnología como dominar sus aspectos negativos mediante la educación y el autocontrol, igual que sucede con el resto de tentaciones. Pero para no dejar lugar a la duda, Pinker avisa: “Si lo que usted busca es profundidad intelectual, no recurra a un Powerpoint o a Google”.

Creo que una vez más podremos controlar esta situación y no caer en el pesimismo digital. Estoy convencido que el uso racional de las tecnologías de la información y comunicación es una asignatura a incluir en el programa curricular de la vida, en la formación necesaria de educación para ser cada día mejores ciudadanos digitales. Aunque la necesidad de comunicarnos de hoy, tan accesible por tantos medios, que sin lugar a dudas pueden facilitar también la pre-programación que traemos para hablar, nos permita sentir y percibir de forma activa que todavía queda la palabra…, a pesar de que el hueso hioides se sustituya en bastantes ocasiones por los pulgares de ambas manos o el índice que se desplaza en el teléfono inteligente o en la tableta nuestra de cada día.

Sevilla, 1/V/2012

(1) Andreu, Jerónimo (2012, 28 de abril), “Por favor, ¿podrían #dejarmedesconectar?”, El País

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