Ausencias


Si tan solo tuviera alas
para volar a través de la distancia
Si tan solo fuera una gacela
para correr sin cansancio alguno

Entonces, podría amanecer
en tu pecho
y nunca más la ausencia
sería nuestra realidad

Pero eso sólo sucede en mis pensamientos
en los que yo puedo viajar sin miedo
y mi libertad, la tengo
solo en mis sueños

[…]
Sin saber a dónde iluminar,
ni ningún lugar a dónde ir…

Ay soledad, es mi destino…
Ausencia…, ausencia

Son las que más duelen en las reflexiones de nuestra persona de secreto. Ahora estamos viviendo una época especialmente compleja respecto de ausencias de todo tipo, políticas, éticas, ideológicas y de creencias. Necesitamos creer, tal y como lo aprendí hace muchos años de Ferrater Mora. Decía él que las personas necesitamos creer en alguien o algo, básicamente en cuatro pilares fundamentales que no se excluyen entre sí: sociedad, personas, naturaleza y Dios (o dioses), es decir, podemos optar por una de estas creencias, por varias o por todas. Pero lo que llevamos muy mal es la ausencia de todas o de cada una, hasta quedarnos sin nada ni nadie en quien creer, es decir, la negación absoluta de la razón que justifica todos nuestros actos o las relaciones personales y sociales.

Estamos atravesando una situación política en España muy grave, por la ausencia de creencias, porque la situación política es insostenible y la generalización masiva de la corrupción ha sobrepasado la delgada línea roja de la universalización del mal. Todos no son iguales, lo mismo que todos no somos iguales, pero la ausencia de respuestas y de liderazgo político hace que estemos sumidos en una descreencia generalizada, reconocida como desafección política integral. Es muy peligrosa esta situación, porque ahora suelen aparecer líderes de todo tipo que se erigen salvadores de todos los males del país sin mezcla de bien alguno. La entrada en sociedad política de Podemos es un reflejo de esta situación porque recogen diariamente el desencanto de las ausencias, pero corren el peligro de quedarse en la superficie si no son capaces de entrar en la necesidad de dar soporte a las creencias reales como la vida misma. Fundamentalmente, porque éstas nunca son inocentes y eso lo sabe bien Podemos por su trayectoria neomarxista, en los términos que ya escribí curiosamente en un artículo publicado en El Correo de Andalucía (1), un periódico comprometido con la sociedad de 1977 en Sevilla, en el comienzo de la Transición, cuando escribir determinadas cosas era bastante peligroso en una sociedad española plagada de ausencias democráticas y viviendo todavía el dolor de la dictadura: “A este propósito, me parece muy interesante el análisis que Lukács hace de la destrucción de la razón, es decir, el irracionalismo desde Schelling hasta Hitler. Es una filosofía de la historia muy aguda y crítica, centrada en un argumento harto expresivo: «no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y, por tanto, impulsándola o entorpeciéndola” (2).

El cerebro necesita ideología, cada día, tal y como escribí en 2012, cuando estábamos en el ecuador de la crisis, porque las personas no debemos vivir con ausencias permanentes de la razón de la existencia humana en tiempos revueltos. Pero debemos fundamentar bien estas nuevas perspectivas políticas a través de programas creíbles y realizables. Es una necesidad de religación, como escribí en aquél artículo de 1977, así como de resolución de la crisis, entendiendo esta palabra en su correcta etimología como la capacidad de someter a juicio lo que nos está ocurriendo y saber resolver estas situaciones con liderazgos fortalecidos por la ética personal y colectiva de personas que creen indistintamente en la sociedad, en las personas, en la naturaleza o en un determinado Dios (o dioses), que los hacen felices, sin descartar a nadie, creando estructuras de gobierno en co-creación permanente, liderando proyectos alternativos a partidos que han sufrido un desgaste espectacular en las postrimerías de la primera transición y creando posibilidades de creencias que soporten la segunda a la que buscamos desesperadamente.

Por último, es urgente recuperar una gran ausente en este espectáculo español, la ética individual y colectiva, aquella raíz de la que brotan todos los actos humanos, o todavía mejor, el suelo firme que justifica dichos actos, en definitiva, una forma de vida llena de presencias alentadoras y beneficiosas para una forma de vivir diferente. La ética de las pequeñas cosas, en la rutina diaria de la familia, el trabajo y las amistades, es decir, en el coro que nos acompaña todos los días en la declaración de ausencias para ser algo más felices, dando ejemplo con la vida y con la palabra donde hacemos todos “política” basada en creencias: “Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y eso es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él sólo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad” (3).

Sevilla, 23/XI/2014

(1) Cobeña Fernández, J.A. (1977). Necesidad de crisis y necesidad de religación. El Correo de Andalucía, 12/VII/1977, pág. 3.
(2) Lukács, G. (1976). El asalto a la razón. Barcelona: Grijalbo, pág. 4 s.
(3) Aristóteles (2000). Política. Madrid: Biblioteca Básica Gredos, 1253 a.

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