Un regalo llamado tiempo

Se acerca el Año Nuevo. Puede ser la ocasión de hacer la lista de buenos deseos, una vez más, de pensar de forma diferente a la hora de plantearnos recuerdos de lo que todavía podemos hacer en el micro o macromundo que vivimos todos los días.

No quiero en esta ocasión perder una gran oportunidad que me ofrece la vida en este momento de hacer la lista de 2015: regalar tiempo basado en los recuerdos, regalarlo a los demás, fundamentalmente a las personas que más quiero, así como regalármelo sin descanso en la clave del recuerdo activo que aprendí en 2009 leyendo un libro de Joe Brainard, Me acuerdo, que comenté en este cuaderno digital a través de una reflexión especial sobre el recuerdo y la predicción: “Efectivamente, la memoria es lo que más nos pertenece, lo verdaderamente personal e intransferible en el cerebro de cada persona, lo irrepetible en el otro. Es lo que nos permite convertirnos permanentemente en nosotros mismos. Solo basta un pequeño ejercicio de parada “técnica” vital, detenernos unos minutos en el acontecer diario y comenzar a pensar bajo la estructura recomendada por Brainard: me acuerdo de…, y así hasta que el bienestar o malestar nos permita disfrutar del recuerdo o comenzar un sufrimiento posiblemente innecesario. Porque de todo hay en la memoria -¿viña?- de cada una, de cada uno”.

Es la ocasión de recordar a las personas más próximas o lejanas en la historia de cada uno y regalarles tiempo llamándolas, hablar con ellas por cualquier medio, quedar (¡qué palabra tan cargada de esperas!) realmente para pasear y comentar lo que más nos conmueve, entregándonos solo palabras, sin mezcla de objeto alguno. También, entregarlo a favor de los que menos tienen o llenarlo a los que lo sienten más vacío de sentimientos y emociones, de afectos. Podemos regalar tiempo en cualquier formato para reflexionar sobre momentos cruciales del ciclo vital de cualquier persona y su entorno: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz.

Es probable que con esta visión, al despedirnos de un encuentro basado en el tiempo que dediquemos a los que más queremos o a quien más lo necesite en un determinado momento, nos demos cuenta que en ese regalo del tiempo queda claro que no confundimos, como todo necio, valor y precio, porque lo único que entregamos son segundos, minutos u horas de nuestros recuerdos, de nuestra existencia, de nuestra persona de secreto. Solo eso.

Sevilla, 28/XII/2014

Andalucía: una realidad positiva (VII): Julia García Gozalbes

MEDICOS SIN FRONTERAS
Médicos Sin Fronteras

Estos días ofrecen un marco propicio para rescatar sentimientos y emociones especiales. Siempre procuro examinarlo todo y quedarme con lo bueno, según el mandato evangélico que aprendí en mi infancia, en boca de mi maestra, Dª Antonia, a quien tanto debo. De esta forma, ha llegado a mis manos un artículo precioso, 17.000 nombres y apellidos, que relata las vivencias en primera persona de una cooperante andaluza en Médicos Sin Fronteras, Julia García Gozalbes, que no necesita comentario alguno sino una lectura pausada para quedarnos con todo lo bueno que contiene.

Personas como Julia hacen que Andalucía se la conozca por su corazón dentro, en una frase feliz de Juan Ramón Jiménez sobre su pueblo, Moguer. Julia también lo tiene y sus palabras nos permiten comprender que 17.000 personas infectadas en el entorno que ella conoce de primera mano, nos deben hacer sentir una solidaridad especial con ese esfuerzo humano, desinteresado y cargado de generosidad sin límite, así como el reconocimiento público de Julia y sus compañeros y compañeras de Médicos Sin Fronteras, en la malla pensante mundial que nos ofrece Internet. De forma particular, en las microhistorias que nos cuenta para nuestras personas de secreto sobre Mathias, Daniel, Djene, Oude y Peve: “Un nene de 15 días. Permanece solo la mayor parte del día. Llora y el resto de los pacientes no pueden cogerle para consolarle: está en la zona de quienes esperan el resultado del test, y allí es estrictamente necesaria la regla del no contacto, hay que evitar la contaminación cruzada. Cada vez que entro, estoy 30 minutos con él. No se lo digáis a nadie pero, en el reparto de tareas, ya me preocupo de que me toque asistirle. Le doy de comer y le canto alguna nana, le cambio los pañales y le examino. El primer test es negativo. Quién sabe… puede que solo sea una sepsis”.

Gracias, Julia, por explicárnoslo mediante palabras tan coherentes con la realidad que has vivido. Tu trabajo bien hecho merece una vez más la atención de todos los que creemos que otro mundo, otra Andalucía, es posible.

Sevilla, 26/XII/2014

Editar es respetar a los demás

LA ESCRITURA TRANSPARENTE

La buena prosa es como el cristal de la ventana, George Orwell (Por qué escribo)

Es necesario editar las palabras de nuestra vida, pasada, presente y futura. Escribimos todos los días páginas de nuestro libro vital, personal e intransferible, acompañadas casi siempre de una banda sonora muy particular. Pero descuidamos mucho el estilo a la hora de escribir y necesitamos aprender a editar las palabras de cada día, mucho más si como es mi caso me atrevo a concatenarlas y publicarlas en este artículo y en anteriores, pensando siempre en las personas que lo leerán en el macrocosmos de la Noosfera, la malla pensante mundial de la que ya habló en el siglo pasado el protagonista de este blog, Pierre Teilhard de Chardin, a quien tanto debo.

¿Qué significa editar? Adaptar un texto a las normas de estilo de una publicación (RAE), mejorar textos en contenido y estilo, contando historias de forma transparente, para lo que se necesita técnica, porque las palabras, cuando se unen y forman un texto, dejan de ser inocentes. Así lo define William Lyon en un libro precioso, La escritura transparente. Cómo contar historias, que pretende dar respuesta a preguntas inquietantes sobre lo que todos los días nos cuentan mal, de forma confusa y desordenada, en periódicos atómicos o digitales, en revistas y libros, en blogs, para que se conozca la importancia de la edición por parte de escritores o “periodistas principiantes y veteranos, así como personas que quieren mejorar su capacidad para contar cosas por escrito, ya sean historias personales, informes de trabajo o narraciones literarias” (1).

Soy consciente de la necesidad de saber editar nuestros propios textos, tarea imprescindible si estamos atentos a nuestros lectores. De acuerdo con Lyon, este es el gran objetivo de lo que escribimos, pero antes se desarrollan dos procesos de importancia extrema y con carácter deductivo, es decir, la escritura no surge de forma espontánea, requiere un esfuerzo, el de pensar. En segundo lugar, la escritura hay que organizarla, con preguntas mágicas: qué se cuenta, dónde y con qué extensión. Es la única forma de que el tercer proceso sea una consecuencia lógica, porque es la única forma de llegar al lector a al oyente.

Las tecnologías de la información y comunicación, casi siempre armas de doble filo, ayudan mucho al trabajo de edición, porque permite actuar sobre un texto de múltiples formas, tachando, borrando, colorando, resaltando, etc. Pero editar no es solo un problema de índole tecnológica, sino de cultura del aprendizaje continuo, amando las palabras y sobre todo, conociéndolas en su justa expresión, porque la buena escritura mejora la vida colectiva, tal y como lo señala Lyon al finalizar su libro con una cita de Víctor García de la Concha, ex director de la Real Academia Española: “El tener una mayor capacidad lingüística y de expresión afecta a la propia constitución del ser ciudadano. En los Anales de Confucio, Sun Tzu le pregunta al maestro: “Si te llamara el duque de Wei para gobernar sus territorios, ¿cuál sería la primera medida que tomarías?”. “Cambiar la lengua”, respondió el maestro. Porque quien cambia la lengua, cambia la mentalidad, cambia a la persona y a los ciudadanos. Una mayor capacidad de expresión hace ciudadanos más conscientes y libres”.

Es verdad, aunque cada vez que me acerco a la página en blanco sigo sintiendo una sensación de responsabilidad que trasciende toda técnica de edición, porque tengo grabadas a fuego unas palabras que aprendí hace muchos años de uno de los editores preferidos en mi vida, Ítalo Calvino, ante esa situación crítica para todo escritor: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar).

Sevilla, 18/XII/2014

(1) Lyon, William (2014). La escritura transparente. Cómo contar historias. Madrid: Libros del K.O.

Hoy cumple cien años “Platero y yo”

PLATERO Y YO DOCHERTY
Ilustración de Thomas Docherty

Hoy es un día especial para la literatura mundial, al cumplirse el día exacto del centenario de la primera publicación de “Platero y yo”. Le he dedicado a este año del recuerdo, en este blog, dos post y un relato, como homenaje personal a Juan Ramón Jiménez, sin dejar atrás a Zenobia Camprubí, por la aportación de esta obra maravillosa que mantiene toda su frescura de mensajes implícitos y explícitos, para encumbrar la soledad sonora del autor, tan bien entendida y protegida por su leal compañera de vida.

Estoy convencido de que Platero y yo es un libro escrito para adultos, sobre todo para los que todavía llevan con orgullo un niño dentro, tal y como lo describía Saramago en ocasiones especiales: “siempre he llevado dentro al niño que fui”. Deberíamos leerlo con frecuencia para comprender bien que las palabras pueden ayudarnos a entender que otro mundo es posible, tal y como lo expresó Juan Ramón Jiménez tan cerca de Platero, dejándonos llevar por el niño que fuimos o que seguimos siendo.

Público de nuevo los textos citados para facilitar su lectura en un día muy especial.

Sevilla, 12/XII/2014

Lucera, con el tiempo dentro

LUCERA

En homenaje a Platero y yo, a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, en el día que comienza en Huelva un Congreso Internacional sobre “Cien años de Platero y yo”, como símbolo de agradecimiento por el tiempo que viví en Moguer, siguiendo los pasos de ese burro encantador por sus calles de azulejos, en un pueblo que tiene luz con el tiempo dentro. He escrito este relato en el que tengo que confesar que cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Lucera existe y todos los días pasea ilusiones por la Plaza de España, en Sevilla. Por si quieren conocerla.

Lucera es una burra pequeña, coqueta, que disfruta paseando niños y niñas alrededor de la fuente central en la Plaza de España, en Sevilla, a dos euros la vuelta, todos los días, como si fuera la protagonista de un tiovivo real, tirando de un carro para dos teñido de verde. Se le notaba contenta el domingo en su rostro paciente rodeado de cascabeles, como siempre, aunque su dueño podía simular que la tutelaba todavía llevándola con las riendas al hombro, como si tuviera que enseñarle cómo hacer su trabajo diario. Aunque ella no lo necesitaba para nada, porque su gran sueño era transportar niños y niñas una y otra vez, sin parar, sin los gritos de aquél hombre de andar pausado, mimético con ella, como si fuese de acero. Es que hacía camino al trotar.

Había oído hablar a unas niñas que se montaron ese día, de un tal Platero, un burro nacido en Moguer, “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Come de todo y los del pueblo dicen que tiene acero…” Ella no lo conocía pero le encantaba oír hablar bien de un amigo de sus sueños porque aunque era pequeña, peluda y suave, no era tan blanda como hablaban de él, por su esfuerzo diario para transportar ilusiones a espuertas, llamándola por su nombre, que bien que lo aprendían siempre en un santiamén los pasajerillos del carro: ¡Lucera, Lucera! Y además, tenía huesos…

Terminó la vuelta y otra vez a esperar junto a la farola a que otras ilusiones vestidas de niño o niña, volvieran a traerle noticias tan importantes como las de ese tal Platero. Solo un cubo azul la esperaba paciente para que pudiera beber y una gran sorpresa. Ella no comía de todo, por eso no podría ser nunca de acero, pero ese día sí podría ser de algodón, porque al bajarse las dos niñas le dijeron al oído, a modo de despedida cariñosa, que para ellas era igual que el burro del cuento que su maestra les había leído en clase.

Lucera rompió a llorar por esas palabras que nunca le habían susurrado con tanto cariño y comenzó a rebuznar sin parar para que su dueño se diera cuenta de lo importante que era para los demás, transportando sueños tan suaves como ella…

Sevilla, 24/XI/2014

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El verano de Platero

Este año se celebra el centenario de la publicación de “Platero y yo”, libro que hay que leer en muchas ocasiones respetando la advertencia de su autor a quienes lo hagan, porque hay que recordar que se escribió para ¿niños?:

Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para… ¡qué sé yo para quién! …para quien escribimos los poetas líricos… Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien!

Dondequiera que haya niños -dice Novalis-, existe una edad de oro. Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca.

¡Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer!

Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.

El verano suele ser una estación propicia para leer todo aquello que acumulamos a lo largo del año con la excusa de no disponer de tiempo suficiente en otras estaciones… Volver a leer libros que marcan nuestras vidas, como puede ser “Platero y yo”. Estoy muy de acuerdo con Alberto Manguel en su reflexión acerca de la ocasión que nos brinda el verano para leer sin reloj, para reencontrarnos con situaciones especiales que podemos rememorarlas después: “los libros de nuestras vacaciones llevan consigo, quizás más que cualquier otro, trazas de memoria: de amistades perdidas, de juegos extraños, de adultos que en el recuerdo son inconcebiblemente jóvenes, de habitaciones que no eran nuestras. Sobre todo, memorias de olores y perfumes: de hierba recién cortada, helado de vainilla, loción a leche coco, aire salado, sudor limpio en sábanas recién planchadas, fresas silvestres tibias, cloro, salchichas asadas, zumo de limón, juguetes de caucho que han estado demasiado tiempo al sol. Y sobre todo, el olor del papel barato de los libros de bolsillo, leídos al sol y salpicados de agua de mar”.

He abierto “Platero y yo” por la página dedicada al verano y me he dejado llevar por una narración que nos transporta a Moguer, tal y como lo hemos conocido con la gran ausencia de ese burro “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”:

El verano

Platero va chorreando sangre, una sangre espesa y morada, de las picaduras de los tábanos. La chicharra sierra un pino, que nunca llega… Al abrir los ojos, después de un inmenso sueño instantáneo, el paisaje de arena se me torna blanco, frío en su ardor, como fósil espectral.

Están los jarales bajos constelados de sus grandes flores vagas, rosas de humo, de gasa, de papel de seda, con las cuatro lágrimas de carmín; y una calina que asfixia, enyesa los pinos chatos. Un pájaro nunca visto, amarillo con lunares negros, se eterniza, mudo, en una rama.

Los guardas de los huertos suenan el latón para asustar a los rabúos, que vienen, en grandes bandos celestes, por naranjas… Cuando llegamos a la sombra del nogal grande rajo dos sandías, que abren su escarcha grana y rosa en un largo crujido fresco. Yo me como la mía lentamente, oyendo, a lo lejos, las vísperas del pueblo. Platero se bebe la carne de azúcar de la suya como si fuese agua.

No le quito ni pongo una coma, porque así es Juan Ramón Jiménez. Y Moguer, la luz con el tiempo dentro.

Sevilla, 13/VII/2014

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Nochebuena de los felices

PLATERO Y YO

Se aproximan días que respeto en su quintaesencia histórica, aunque soy consciente de que la economía de mercado los ha convertido en pura mercancía. Recuerdo siempre el villancico final que cerraba los planos finales de la película Plácido: “en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá”, que repongo en sesión especial vital todos los años, durante la Navidad, para que no olvide su mensaje demoledor cuando convertimos estos días en una rifa para sentar pobres en nuestras mesas vitales.

Escribo este post como regalo para todos los días, no sólo en Navidad, para los que desean ser felices con lo que tienen, día a día, pero sobre todo para que seamos mucho más felices todavía siendo y no solo teniendo.

Este título no es mío, pertenece al niñodiós de nombre Juan Ramón Jiménez. El próximo año se celebrarán los primeros cien años -porque estoy convencido de que se cumplirán muchos más- de la primera publicación, parcial, de “Platero y yo”, elegía andaluza a la que siempre quería agregar capítulos el poeta de Moguer, el gran embajador mundial de ese pueblo precioso, que me entregó su alma secreta durante años.

Moguer me ofreció siempre una acogida de día y noche que no puedo olvidar. Por las mañanas, porque preparaba mis clases en la casa de Juan Ramón, gracias a Pepito, su guardián celoso y servicial, muy atento a que mi estancia allí fuera tranquila y segura, alejándome a veces del clamor infantil en las visitas de la mañana a la sala-biblioteca que existía en la planta baja de aquella época. Además, en el arco de la escalera del patio principal, leía todos los días un mensaje alentador y programático: Amor y poesía, cada día… Por las noches, porque me ofrecía conocimiento y libertad para comprender en sus recónditos bares, uno de ellos muy querido, La Parrala, lo que significaba tomar algo a modo de cena, siempre acompañado por personas que conocí a pie de barra. Sobre todo, Mateo, un hombre tosco y aguerrido, que hablaba todos los días con su caballo, en conversaciones imposibles, probablemente porque Platero lo había marcado de por vida, haciéndome partícipe de sus ilusiones y frustraciones diarias. Después, en un paseo iluminado siempre por los mensajes de personas y paredes, me alojaba en el Hotel situado junto al Ayuntamiento, en una habitación que me asignaba el encargado, Pepe, que en su soledad sonora y amable, procuraba proteger mi estancia para que la vida me permitiera descansar como caminante que siempre pretendía hacer camino al andar.

Llega la Nochebuena, sobre todo para los felices. Y he vuelto a leer en Platero y yo el capítulo dedicado a la Navidad (CXVI), cuya lectura casi recuerdo de forma íntegra cuando llegan estos días de forzados recuerdos y que reproduzco completo como homenaje a Platero, para que siga trotando libremente en mi memoria de hipocampo, agregando años a su vida real en la mente sana de los que apreciamos conocerlo tal y como era, porque no nos importa seguir siendo niños sin Nacimiento, como los de Juan Ramón:

Navidad

¡La candela en el campo!… Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul, con un indefinible amarillor en el horizonte de Poniente… De pronto, salta un estridente crujido de ramas verdes que empiezan a arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de puras lenguas momentáneas, que parecen lamerlo.

¡Oh la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé donde, taladrando un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frío! ¡Campo, tibio ahora, de diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!

Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, a través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, a calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que revientan, en un tiro.

Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:

…Camina, María,
camina José…

Yo les traigo a Platero, y se lo doy, para que jueguen con él.

Abro de nuevo el libro y sigo andando por la calle de la Ribera, interpretando los sentimientos de Juan Ramón ante la casa que lo vio nacer, invitando a Platero a que mirara por la cancela la verja de madera, negra por el tiempo…, intentando compartir con él, como solo él sabía hacerlo, una buena noche para ser feliz.

Sevilla, 17/XII/2013

NOTA: Se puede hacer una audio-lectura de este capítulo, accediendo a la siguiente URL: http://albalearning.com/

Malala Yousafzai, Premio Nobel de la Paz

La noticia hace justicia a unas vidas de riesgo y testimonio activo en la construcción de la paz donde todo es guerra, pobreza y falta de dignidad. La paquistaní Malala Yousafzai y el activista indio Kailash Satyarthi, presidente de la Marcha Global contra el Trabajo Infantil, han recogido hoy el Nobel de la Paz en una ceremonia en el ayuntamiento de Oslo (Noruega).

Hace dos años escribí un post sobre el testimonio de Malala que dio la vuelta al mundo. Lo reproduzco a continuación como homenaje simbólico a una persona ejemplar, extraordinaria, con agradecimiento expreso por permitirnos pensar que otro mundo es posible.

Sevilla, 10/XII/2014

Malala Yousafzai: un ejemplo de compromiso digital

La noticia ha dado la vuelta al mundo. Una niña paquistaní, Malala Yousafzai, Premio Nacional de la Paz por su defensa de los derechos humanos frente a los ataques de los integristas talibanes, recibió dos tiros en el cerebro y en el cuello, el pasado 9 de octubre. Según las noticias de agencias (Reuters/EP), “Malala Yousufzai fue atacada el martes [9/X/2012] cuando regresaba a su casa desde su escuela, ubicada en Mingora, la principal ciudad del valle del Swat. Yousufzai se ha significado por su defensa, desde los once años, del derecho a la educación de las niñas paquistaníes y por su denuncia de la represión talibán en el valle del Swat”.

Junto a la noticia, lo que me ha admirado sobre todo lo ocurrido en su activismo en la Noosfera a través de su blog, donde de forma incansable ha escrito a favor de los derechos de las niñas en Pakistán tan amordazadas por la cultura talibán. Desde los 11 años ha escrito en un blog con la ayuda de la BBC, donde se puede deducir un compromiso activo digital que se convierte en un ejemplo a respetar y seguir.

Sobran muchas palabras. Siempre he creído que este medio tan poderoso es una oportunidad para desarrollar la inteligencia digital, mucho más cuando es inviable vivir como persona en un medio tan hostil como el de Malala. El compromiso intelectual, también digital al escribir en un blog, es una necesidad y esta niña/mujer lo ha demostrado ante la intolerancia talibán donde afirman que lo intentarán de nuevo.

Acompaño a Malala en esta aventura digital, al escribir en un blog, como compromiso activo. Mucho más cuando he visto el video reportaje del videoperiodista Adam Ellick, en un trabajo de investigación con la joven y su familia, porque su padre es maestro y también activista en favor de la educación y de los derechos de las mujeres. Aquí todo es más fácil (Europa/España/Sevilla), pero el compromiso con ella se puede demostrar como el movimiento, haciendo camino digital al andar. Y ante el momento actual de crisis permanente, casi existencial, la revolución digital puede hacer viable otro mundo, porque el conocimiento se enriquece día a día a través de este medio, otorgando la capacidad de ser cada día más responsables, es decir, que podemos tomar mejores decisiones al tener mayor acceso a la información que se torna en conocimiento, y a la libertad para interpretarlo y tomar decisiones con la ayuda de las tecnologías de la información y comunicación.

Inteligencia digital en estado puro, como el que ha demostrado desde hace tres años Malala. Gracias, por tanto, porque es un ejemplo extraordinario para trabajar sin descanso en Política Digital, que nunca debe ser inocente, neutral, por cierto.

Sevilla, 21/X/2012

El hombre debería ser una hormiga para el hombre…, no un lobo

LA VIE DES FOURMIS1
Radio Televisión Suiza (RTS) – El mejor amigo de las hormigas. Lauren Keller, biólogo de la evolución.

Lauren Keller, Presidente de la Sociedad Europea de Biología Evolutiva y el mejor amigo de las hormigas, lo ha manifestado recientemente (1): las hormigas tienen “una base genética, por eso hacen lo que hacen. Están programadas para ser sociales, para colaborar y trabajar por el grupo, para hacer la función que cada una de ellas hace”. Es asombroso ver con el entusiasmo que un profesional de las hormigas, monsieur fourmis (señor hormiga) le llaman, hable con base científica de un gran modelo de especies a conocer y seguir, sobre todo para aprender de ellas.

Con el desparpajo que nos caracteriza, la primera impresión al conocer estas noticias es decir, como el torero el Guerra, que hay gente pa tó, pero si estamos dispuestos a seguir aprendiendo de la primera actitud de la filosofía de la vida, nos deberían asombrar las enseñanzas que reportan estos animalitos tan pequeños y tan bien organizados. Desde luego contrarrestan aquella frase que hizo popular Hobbes que marcó tendencia en el siglo XVII y que copió de Plauto (254-184 a. C.): el hombre es un lobo para el hombre (homo homini lupus), aunque en la construcción del comediógrafo latino la frase era más aleccionadora todavía: lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro. Hoy me gustaría lanzar al mundo una nueva frase ejemplar: homo homini formica, el hombre, las personas para entendernos mejor, pueden ser hormigas para ellas mismas, salvando lo que haya que salvar en la semántica de las palabras que la componen. Veamos por qué.

La especie marca tendencia y la humana de manera especial, aunque nos diferenciemos muy poco de las hormigas. Somos muchos seres vivos sobre la tierra y las hormigas también y los que nos une es que vivimos muchos años y el factor reproductivo funciona hasta determinados límites, fundamentalmente por desórdenes internos sociales y por el cambio de hábitat. En una entrevista reciente, ha manifestado Keller que “Sí, las hormigas viven muchos años. El récord lo tiene la hormiga reina de una especie en concreto que vive hasta 28 años, lo cual es muchísimo para ser un insecto, cuya vida suele contarse por días o semanas. Equivaldría a que un primate viviera 4.000 años. En otras especies de hormigas las reinas suelen vivir entre diez y 15 años”.

Precisamente, la longevidad es el resultado de que siendo tantas se organicen perfectamente, “viven como un grupo, trabajan para el grupo, colaboran, se protegen, se ayudan, hasta pueden fabricar medicamentos para evitar que ciertas bacterias se propaguen en el interior de una colonia. Es lo mismo que ha ocurrido con el ser humano”. Fascinante. Así, siglos y siglos, desde que unos africanos salieron a dar una vuelta por el mundo hace millones de años, al igual que las hormigas, que también viajaron y mucho. Hasta que la división del trabajo llegó a la sociedad humana, extrapolada de lo que ya venían haciendo hace millones de años las hormigas, tan pequeñas y laboriosas ellas. Y este descubrimiento trajo soluciones y problemas sociales, porque la unión hace la fuerza, en palabras de Keller: “Todo ello mejora enormemente la productividad, surgen las ciudades modernas y todo esto, unido a las mejoras en la sanidad y la higiene, dispara en muy poco tiempo la población mundial. En 1930 ya había unos 2.000 millones de personas en el mundo, y eso no es nada: hoy hay más de 7.000 millones, y ciudades con más de diez y veinte millones de personas. Como se suele decir, la unión hace la fuerza”.

Y surgen los conflictos, que ya tienen una base genética en las hormigas: “Existen rebeliones internas en las colonias y guerras entre hormigas, cuando combaten por un mismo espacio. Por ejemplo, esto se está dando con las especies invasoras que están llegando a Europa sobre todo de América Latina, y estas especies son muy agresivas y luchan contra las hormigas europeas. Y también hay una base genética para el conflicto”.

LA VIE DES FOURMIS

La división del trabajo es una constante en las colonias de hormigas, que Keller analiza con un exactitud científica: “Para empezar, en cada colonia puede haber entre dos y 20 millones de hormigas. La clave está en la hormiga reina. Esta nace por partenogénesis, es decir, se autorreproduce. Después hay tres tipos de hormigas, de castas, aunque los dos más comunes son las obreras y las soldado. Estas nacen siempre de la reina pero porque esta mantiene relaciones sexuales con hormigas macho. De este modo, todo depende de la reina aunque la reina no tiene ninguna función en la colonia. Más que existir, estar ahí, solo existe para la colonia, para garantizar su población y su supervivencia. Jamás sale del hormiguero y está extraordinariamente bien protegida, por eso vive tantos años”.

Sin señalar especialmente, las castas también están presentes en estos seres vivos tan diminutos pero tan sabios. Sería interesante saber por qué, en un tema de tanta actualidad, sin mezcla de solución alguna, si atendemos en este caso a la casuística y modelos de las hormigas: la reina siempre será reina, así como las obreras y las soldado, asimilando desde este momento que todas son castas. Aunque también hay hormigas perezosas, sin que se conozcan todavía las causas de tal actitud. Es probable que escucharan hace siglos a Esopo en su fábula de la cigarra y la hormiga y se haya transmitido boca a boca la frase genial de aquella hormiga hasta cierto punto sabionda y responsable, molesta con la altanería de una cigarra que se pasaba el verano tiempo cantando y ahora, con el consejo de última hora, bailando pero sin dar palo al agua:

Durante el invierno las hormigas conservaban el trigo tierno. En cambio una cigarra hambrienta les pedía comida. Pero las hormigas le dijeron: “¿Por qué durante el verano no recogías también tú comida?” Y ésta dijo: “No estaba ociosa, pues cantaba al son de mi música.” Y ellas tras reírse le dijeron: “Pues si cantabas en las horas de verano, en las de invierno baila.”

Tenemos hormigas para rato, porque a pesar de que intentemos imitarlas hasta la saciedad, cosa que no nos iría mal en principio, tenemos que asumir como la cigarra altiva que saben más que nosotros, porque saben hacer las cosas muy bien, porque cunde el ejemplo entre ellas del trabajo bien hecho. Además, parecen inmortales “como especie prácticamente sí que lo son, han sido capaces de sobrevivir a todo y lo seguirán haciendo”, dice Keller. Y sobrevivirán al ser humano, tan altivo él, porque siguiendo a Plauto el ser humano suele desconocer a los demás con frecuencia, cosa que no hacen las hormigas. Debería cundir su ejemplo hasta hacerse real esta nueva experiencia, es decir, poder gritar a los cuatro vientos: homo homini formica o lo que es lo mismo, las personas son como las hormigas para las mismas personas, porque trabajan, viven, se ilusionan y comparten todo con los demás. A pesar de las castas, por mera necesidad política, en el sentido más puro del término.

Sevilla, 5/XII/2014

(1) Ruiz Rico, Manuel (2014, 4 de diciembre).Las hormigas sobrevivieron a los dinosaurios y también sobrevivirán al hombre, El País.com.

Antonio López, un pintor especial

FAMILIA REAL ANTONIO LOPEZ
Antonio López, Retrato de la familia de Juan Carlos I Juanma Cuéllar

Siento que Antonio López tenga que justificarse tantas veces sobre su obra inacabada. Lo sigo de cerca desde hace muchos años y siempre me ha sorprendido su realismo mágico a la hora de llevar al lienzo sus impresiones de la vida, tal y como es. Lo ha dicho recientemente con cierta sorna: “No piensen que soy un vago”, refiriéndose a los veinte años que ha empleado (nunca diría “tardado”) en finalizar un cuadro de la familia real, por encargo de Patrimonio Nacional.

El cuadro inacabado, como casi toda la pintura de Antonio López, según su concepción del arte, se presenta hoy oficialmente en el Palacio Real de Madrid y a partir del jueves 4 de diciembre podrá ser contemplado por el público junto a 113 obras dentro de la exposición El retrato en las colecciones reales. De Juan de Flandes a Antonio López. Es muy sugerente la situación, porque cuando contemplamos a esta familia según Antonio López, ya no es la misma que posó, dando razón al filósofo presocrático que afirmó que nadie se baña dos veces en el mismo río. Es lo que pensará Juan Carlos I al contemplarlo por primera vez, una vez finalizado, con un detalle pictórico que no se le debería pasar por alto. En los últimos momentos, Antonio López ha incorporado un reflejo solar que entra por la izquierda del retrato de medidas considerables (3 por 3,39 metros), dándole una fuerza especial con el paso del tiempo.

He escrito sobre Antonio López varias veces en este cuaderno digital y siempre recordando su obra inacabada, porque me ha pasado lo mismo con un dibujo que inicié en 2005 y sobre el que el 3 de julio de 2006 escribí lo siguiente: “Ayer sentí la necesidad de retomar la copia que estoy haciendo de un dibujo de Antonio López que me fascinó desde que conocí su existencia. Es una instantánea de la casa de su tío Antonio López Torres, en Tomelloso (Ciudad Real), que juega admirablemente con la luz a pesar de los claroscuros del conjunto y que está fechada en 1972-1975, como muestra de su laborioso realismo onírico. Trabajé mucho las tulipas de la lámpara, el cableado difuso de la pared, la puerta abierta, el negro distante del mueble platero y la difícil composición geométrica de la solería de las habitaciones contiguas. Desde hace un año y tres meses no he vuelto a coger el lápiz, la regla para medir las proporciones de cada loseta, la goma impertérrita, el papel de seda que cubre el dibujo en potencia, hecho con dedicación para mi hijo Marcos, al que quiero ofrecerle un trabajo concienzudo, serio, trazado en horas de dedicación a él, como símbolo de una vida llena de contrapuntos diarios por la propia contradicción de vivir contracorriente, pero con pasos hacia delante, tal y como los dibuja Antonio López en el paso firme de su tío Antonio” (1).

Miguel Delibes le dedicó en cierta ocasión unas palabras llenas de ternura, en torno la figura de su tío, el del dibujo mío inacabado: “¿Qué admirar más en Antonio? ¿Su persona o su obra? Su bondad, la modestia machadiana de su aliño indumentario, su humildad creadora, su absorbente profesionalidad, el afán de apartarse, de desplazar sobre otros su valía.

“Mi tío Antonio, el de Tomelloso, ese sí que sabe”.

Tenía esta obsesión. Los elogios dedicados a él los aplicaba a su tío, con quien de niño mezcló los primeros colores. Él era solamente un copiador, un aprendiz. No era tarea fácil sacarle de su juicio. Él pintaba, sí, pero el genio era su tío. Y su tío, el de Tomelloso, era realmente un talento natural, pero Antonio era el maestro”.

Antonio López es un pintor especial, refugiado siempre en su forma de comprender el tiempo. Así lo definí en alguna ocasión, en una carta que guardo con especial aprecio, refiriéndome también a otra obra inacabada por mi parte: “Como su nombre, todo es sencillo en él: su pintura realista, la escultura viva hasta la muerte, los dibujos en blanco y negro, gracias a su tío maestro de Tomelloso. Su forma de ver la vida a través del color del membrillo, paciente hasta la extenuación para que no se escape nada de lo rutinario, de lo cotidiano que verdaderamente es porque está ahí, pendiente de que alguien lo capte. Antonio López, trabajador del arte, ha dicho en esta etapa de su vida que ahora es más libre que cuando era joven, que le ha costado mucho llegar a algo parecido a la estima por la vida y por él mismo, que el camino ha sido complicado y que ha sido doloroso hacerse a sí mismo. Una persona de alma grande, en un modo de vivir y ser muy sencillo. Como una pintura inacabada para mí, que inicié en 2005, una copia de sus lirios y hojas verdes en un patio muy particular, que no pretenden decir nada más que sus pinceles pintan la vida con un realismo mágico que no te permiten perder detalle alguno de lo que pasa, de lo que ocurre, de lo que las personas sienten. Sencillez y maestría en estado puro”.

A día de hoy, con unos retoques para perfeccionar el resultado final, el dibujo del tío de Antonio López ya está colgado en la casa de Marcos, sin finalizar, casi en borrador, aunque con los trazos ya definidos en la composición final. He preferido que sea así, porque el alma de este dibujo ya no es la misma que cuando se inició esta maravillosa aventura de copiar a un maestro. El cuadro de los lirios, siguen en trazos con apenas color. Antonio López, un pintor inacabado, me lo ha recordado en el silencio muchas veces. No es que seamos vagos, es que el tiempo huye irremediablemente a veces (tempus fugit), se lleva el alma de un determinado día y ya no podemos detenerlo para aprehenderlo y llevarlo a una paleta de colores.

Volviendo a Miguel Delibes, me ha fascinado siempre la anécdota sobre su busto en bronce que realizó Antonio López y le entregó en octubre de 2011, que el contó con el gracejo que siempre le acompañaba en recuerdos íntimos. Como también tardaba, estaba ávido de la última noticia sobre su busto. Encontrándose con un amigo común de Valladolid, Antonio Piedra, le sonsacó información, para que le informara de alguna forma cómo estaba en las manos de Antonio López, cuándo podría ver “su cabeza”, si se parecía, si era un trabajo importante para Antonio López, etc. y cuándo la podría ver finalizada. Ante tanta insistencia y después de varios rodeos, “Antonio Piedra, que mantenía una actitud reverencial, de respeto hacia el pintor-escultor, emitió un levísimo cloqueo y se diría, por sus ademanes y la exageración de su rostro, por la manera de abrir la boca, un poco exagerada, que iba a pronunciar un largo discurso, pero dijo simplemente:

-Estás hablando, la verdad”.

Hoy, salvando lo que hay que salvar, ante el cuadro ya finalizado de la familia real, quizá podríamos decir: “Están unidos…”, aunque con la socarronería típica de los borbones, Juan Carlos I ya ha dejado clara su valoración: “Estamos todos como éramos hace 20 años”. Es verdad, aunque no quiero olvidar la luz especial que entra por la izquierda del cuadro…, la que a última hora ha incorporado Antonio López, el pintor sin prisas, atento a lo que pasa en la sociedad actual.

Sevilla, 3/XII/2014

(1) Cobeña Fernández, J.A. Antonio López: https://joseantoniocobena.com/2006/07/03/antonio-lopez/

Sabemos lo que damos, no lo que se recibe

MARTIN BUBER

“Sé lo que te he dado; no sé lo que has recibido”
Antonio Porchia

Desde diciembre de 2001 me acompaña esta voz de Porchia, porque me impactó en la creencia personal del arte de regalar. Se acercan días propicios por la Navidad de la mercadotecnia para hacer regalos, por imposición casi siempre de la sociedad de consumo. Alberto Manguel fue el artífice de mi pre-ocupación actual, que todavía persiste, reflexionando sobre la estela del regalo y su epifanía: «Diciembre es una época propicia para regalar y por tanto el momento de descubrir que se necesita habilidad para escoger el obsequio. Es un acto que requiere conocer bien a la persona, interpretar el significado del regalo en su cultura o poseer dotes clarividentes para saber cómo reaccionará el agasajado. Un recorrido paralelo por la historia descubre algunos episodios gratos o claves y otros desafortunados en el momento de brindar un obsequio. Aunque siempre quedan los libros».

Aquél mes fue diferente a los demás, tanto que quise hacer un esfuerzo especial para “justificarlos” (siempre procuro hacerlo), pensando también en la segunda parte del verso: “no sé lo que se recibe”. Es verdad que estamos ante un filo cortante de la existencia, tal y como lo aprendí de Martin Buber, cuando intentaba explicar la relación Yo-Tú. Y es un vacío que siempre existe porque pertenece a la persona de secreto de cada uno que, en determinadas ocasiones, la hacemos de todos. Ahí radica el espacio insondable de generosidad que debe existir cuando se entrega no sólo un regalo, sino por decirlo de una vez por todas, la vida.

Como decía Manguel, la historia nos puede enseñar qué significa un regalo y así lo escribí en 1985: «El rito de la alianza (de las personas con el Dios) simboliza de forma magistral el contenido multisecular del regalo como sello o estela del pacto, del encuentro más grandioso que el hombre ha sabido dejar por escrito, reconociendo la sublimación de una ceremonia extendida entre los primeros pobladores de la tierra. Como prueba tangible de que las palabras que se entrecruzan Dios y los hombres han de permanecer hasta la muerte, se sacrifica un animal y se le divide en dos mitades, obligándose el titular del pacto a pasar por ambas mitades para recordarle que si se incumple cualquiera de las cláusulas pactadas, puede el hombre sufrir las mismas consecuencias que el animal. Junto a esto, existe una ceremonia llamada del «jesed» donde se obliga el hombre agraciado con el pacto a vivirlo permanentemente en cada acto de su vida siendo de esta forma «justo» hasta la muerte, en un estado de vigencia -minuto a minuto- de un compromiso que se simbolizó en un regalo» (1).

La entrega a la persona o personas que amas, a los demás, es algo más importante que el regalo en sí, aunque la vida también puede serlo. Pero la duda existirá siempre porque la libertad es eso, mantener espacios de silencio, de falta de respuestas, por mucho que se hagan manifestaciones de afecto y acogida. Es decir, sabemos siempre lo que damos, pero no lo que se recibe…

Por eso creo que si reflexionáramos sobre esta duda existencial unos minutos antes de comprar algo para otra persona, el próximo regalo ya no será igual en nuestras vidas, a pesar de que las campañas de navidad y reyes se empeñen en convertir esta oportunidad en pura mercancía. Así lo he entendido siempre: «Sería importante, creo que ante todo lo necesario, rescatar el contenido primigenio del regalo, es decir, comprometerse sólo con aquella persona que se relaciona conmigo en encuentros constructivos para la felicidad diaria, pactándose unos compromisos de vida que se puedan simbolizar en el regalo no cosificado, por ejemplo, en esa llamada a tiempo, compañía no programada o silencio de comprensión que no lleva etiqueta, precio ni papel de celofán con lazo incluido. Se perderían muchos negocios montados a propósito, pero ganaríamos todos en sinceridad y cercanía. Además, solamente lograríamos repetir la historia en un pasaje digno de ser aprendido en la mejor lectura actualizada de la relación de los hombres. La estela del regalo no consistiría en nada más que buscar ese momento de intimidad que todos tenemos y necesitamos para decirnos al oído lo que esperamos del otro. Más o menos lo que le ocurrió al platerillo de Alberti cuando deja estupefacto a su cliente que no puede pagar el collar de María y el anillo para el niño Jesús: «Yo dinero no quiero, besar al niño es lo que quiero…».

Porque José, que no lo podía pagar, conocía muy bien a María y no confundió nunca, como todo necio, valor y precio. Le regalaba todos los días sus silencios, sus dudas, su honradez y… su vida, sin saber a veces qué pensaba ella.

Sevilla, 2/XII/2014

(1) Cobeña Fernández, José Antonio (1987). La estela del regalo, en Teatro de barrio. Huelva, pág. 99.

NOTA: La imagen de cabecera ha sido recuperada el 2 de diciembre de 2014 de http://akifrases.com/frase/193931