Hoy cumple cien años “Platero y yo”

PLATERO Y YO DOCHERTY
Ilustración de Thomas Docherty

Hoy es un día especial para la literatura mundial, al cumplirse el día exacto del centenario de la primera publicación de “Platero y yo”. Le he dedicado a este año del recuerdo, en este blog, dos post y un relato, como homenaje personal a Juan Ramón Jiménez, sin dejar atrás a Zenobia Camprubí, por la aportación de esta obra maravillosa que mantiene toda su frescura de mensajes implícitos y explícitos, para encumbrar la soledad sonora del autor, tan bien entendida y protegida por su leal compañera de vida.

Estoy convencido de que Platero y yo es un libro escrito para adultos, sobre todo para los que todavía llevan con orgullo un niño dentro, tal y como lo describía Saramago en ocasiones especiales: “siempre he llevado dentro al niño que fui”. Deberíamos leerlo con frecuencia para comprender bien que las palabras pueden ayudarnos a entender que otro mundo es posible, tal y como lo expresó Juan Ramón Jiménez tan cerca de Platero, dejándonos llevar por el niño que fuimos o que seguimos siendo.

Público de nuevo los textos citados para facilitar su lectura en un día muy especial.

Sevilla, 12/XII/2014

Lucera, con el tiempo dentro

LUCERA

En homenaje a Platero y yo, a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, en el día que comienza en Huelva un Congreso Internacional sobre “Cien años de Platero y yo”, como símbolo de agradecimiento por el tiempo que viví en Moguer, siguiendo los pasos de ese burro encantador por sus calles de azulejos, en un pueblo que tiene luz con el tiempo dentro. He escrito este relato en el que tengo que confesar que cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Lucera existe y todos los días pasea ilusiones por la Plaza de España, en Sevilla. Por si quieren conocerla.

Lucera es una burra pequeña, coqueta, que disfruta paseando niños y niñas alrededor de la fuente central en la Plaza de España, en Sevilla, a dos euros la vuelta, todos los días, como si fuera la protagonista de un tiovivo real, tirando de un carro para dos teñido de verde. Se le notaba contenta el domingo en su rostro paciente rodeado de cascabeles, como siempre, aunque su dueño podía simular que la tutelaba todavía llevándola con las riendas al hombro, como si tuviera que enseñarle cómo hacer su trabajo diario. Aunque ella no lo necesitaba para nada, porque su gran sueño era transportar niños y niñas una y otra vez, sin parar, sin los gritos de aquél hombre de andar pausado, mimético con ella, como si fuese de acero. Es que hacía camino al trotar.

Había oído hablar a unas niñas que se montaron ese día, de un tal Platero, un burro nacido en Moguer, “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Come de todo y los del pueblo dicen que tiene acero…” Ella no lo conocía pero le encantaba oír hablar bien de un amigo de sus sueños porque aunque era pequeña, peluda y suave, no era tan blanda como hablaban de él, por su esfuerzo diario para transportar ilusiones a espuertas, llamándola por su nombre, que bien que lo aprendían siempre en un santiamén los pasajerillos del carro: ¡Lucera, Lucera! Y además, tenía huesos…

Terminó la vuelta y otra vez a esperar junto a la farola a que otras ilusiones vestidas de niño o niña, volvieran a traerle noticias tan importantes como las de ese tal Platero. Solo un cubo azul la esperaba paciente para que pudiera beber y una gran sorpresa. Ella no comía de todo, por eso no podría ser nunca de acero, pero ese día sí podría ser de algodón, porque al bajarse las dos niñas le dijeron al oído, a modo de despedida cariñosa, que para ellas era igual que el burro del cuento que su maestra les había leído en clase.

Lucera rompió a llorar por esas palabras que nunca le habían susurrado con tanto cariño y comenzó a rebuznar sin parar para que su dueño se diera cuenta de lo importante que era para los demás, transportando sueños tan suaves como ella…

Sevilla, 24/XI/2014

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El verano de Platero

Este año se celebra el centenario de la publicación de “Platero y yo”, libro que hay que leer en muchas ocasiones respetando la advertencia de su autor a quienes lo hagan, porque hay que recordar que se escribió para ¿niños?:

Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para… ¡qué sé yo para quién! …para quien escribimos los poetas líricos… Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien!

Dondequiera que haya niños -dice Novalis-, existe una edad de oro. Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca.

¡Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer!

Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.

El verano suele ser una estación propicia para leer todo aquello que acumulamos a lo largo del año con la excusa de no disponer de tiempo suficiente en otras estaciones… Volver a leer libros que marcan nuestras vidas, como puede ser “Platero y yo”. Estoy muy de acuerdo con Alberto Manguel en su reflexión acerca de la ocasión que nos brinda el verano para leer sin reloj, para reencontrarnos con situaciones especiales que podemos rememorarlas después: “los libros de nuestras vacaciones llevan consigo, quizás más que cualquier otro, trazas de memoria: de amistades perdidas, de juegos extraños, de adultos que en el recuerdo son inconcebiblemente jóvenes, de habitaciones que no eran nuestras. Sobre todo, memorias de olores y perfumes: de hierba recién cortada, helado de vainilla, loción a leche coco, aire salado, sudor limpio en sábanas recién planchadas, fresas silvestres tibias, cloro, salchichas asadas, zumo de limón, juguetes de caucho que han estado demasiado tiempo al sol. Y sobre todo, el olor del papel barato de los libros de bolsillo, leídos al sol y salpicados de agua de mar”.

He abierto “Platero y yo” por la página dedicada al verano y me he dejado llevar por una narración que nos transporta a Moguer, tal y como lo hemos conocido con la gran ausencia de ese burro “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”:

El verano

Platero va chorreando sangre, una sangre espesa y morada, de las picaduras de los tábanos. La chicharra sierra un pino, que nunca llega… Al abrir los ojos, después de un inmenso sueño instantáneo, el paisaje de arena se me torna blanco, frío en su ardor, como fósil espectral.

Están los jarales bajos constelados de sus grandes flores vagas, rosas de humo, de gasa, de papel de seda, con las cuatro lágrimas de carmín; y una calina que asfixia, enyesa los pinos chatos. Un pájaro nunca visto, amarillo con lunares negros, se eterniza, mudo, en una rama.

Los guardas de los huertos suenan el latón para asustar a los rabúos, que vienen, en grandes bandos celestes, por naranjas… Cuando llegamos a la sombra del nogal grande rajo dos sandías, que abren su escarcha grana y rosa en un largo crujido fresco. Yo me como la mía lentamente, oyendo, a lo lejos, las vísperas del pueblo. Platero se bebe la carne de azúcar de la suya como si fuese agua.

No le quito ni pongo una coma, porque así es Juan Ramón Jiménez. Y Moguer, la luz con el tiempo dentro.

Sevilla, 13/VII/2014

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Nochebuena de los felices

PLATERO Y YO

Se aproximan días que respeto en su quintaesencia histórica, aunque soy consciente de que la economía de mercado los ha convertido en pura mercancía. Recuerdo siempre el villancico final que cerraba los planos finales de la película Plácido: “en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá”, que repongo en sesión especial vital todos los años, durante la Navidad, para que no olvide su mensaje demoledor cuando convertimos estos días en una rifa para sentar pobres en nuestras mesas vitales.

Escribo este post como regalo para todos los días, no sólo en Navidad, para los que desean ser felices con lo que tienen, día a día, pero sobre todo para que seamos mucho más felices todavía siendo y no solo teniendo.

Este título no es mío, pertenece al niñodiós de nombre Juan Ramón Jiménez. El próximo año se celebrarán los primeros cien años -porque estoy convencido de que se cumplirán muchos más- de la primera publicación, parcial, de “Platero y yo”, elegía andaluza a la que siempre quería agregar capítulos el poeta de Moguer, el gran embajador mundial de ese pueblo precioso, que me entregó su alma secreta durante años.

Moguer me ofreció siempre una acogida de día y noche que no puedo olvidar. Por las mañanas, porque preparaba mis clases en la casa de Juan Ramón, gracias a Pepito, su guardián celoso y servicial, muy atento a que mi estancia allí fuera tranquila y segura, alejándome a veces del clamor infantil en las visitas de la mañana a la sala-biblioteca que existía en la planta baja de aquella época. Además, en el arco de la escalera del patio principal, leía todos los días un mensaje alentador y programático: Amor y poesía, cada día… Por las noches, porque me ofrecía conocimiento y libertad para comprender en sus recónditos bares, uno de ellos muy querido, La Parrala, lo que significaba tomar algo a modo de cena, siempre acompañado por personas que conocí a pie de barra. Sobre todo, Mateo, un hombre tosco y aguerrido, que hablaba todos los días con su caballo, en conversaciones imposibles, probablemente porque Platero lo había marcado de por vida, haciéndome partícipe de sus ilusiones y frustraciones diarias. Después, en un paseo iluminado siempre por los mensajes de personas y paredes, me alojaba en el Hotel situado junto al Ayuntamiento, en una habitación que me asignaba el encargado, Pepe, que en su soledad sonora y amable, procuraba proteger mi estancia para que la vida me permitiera descansar como caminante que siempre pretendía hacer camino al andar.

Llega la Nochebuena, sobre todo para los felices. Y he vuelto a leer en Platero y yo el capítulo dedicado a la Navidad (CXVI), cuya lectura casi recuerdo de forma íntegra cuando llegan estos días de forzados recuerdos y que reproduzco completo como homenaje a Platero, para que siga trotando libremente en mi memoria de hipocampo, agregando años a su vida real en la mente sana de los que apreciamos conocerlo tal y como era, porque no nos importa seguir siendo niños sin Nacimiento, como los de Juan Ramón:

Navidad

¡La candela en el campo!… Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul, con un indefinible amarillor en el horizonte de Poniente… De pronto, salta un estridente crujido de ramas verdes que empiezan a arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de puras lenguas momentáneas, que parecen lamerlo.

¡Oh la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé donde, taladrando un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frío! ¡Campo, tibio ahora, de diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!

Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, a través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, a calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que revientan, en un tiro.

Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:

…Camina, María,
camina José…

Yo les traigo a Platero, y se lo doy, para que jueguen con él.

Abro de nuevo el libro y sigo andando por la calle de la Ribera, interpretando los sentimientos de Juan Ramón ante la casa que lo vio nacer, invitando a Platero a que mirara por la cancela la verja de madera, negra por el tiempo…, intentando compartir con él, como solo él sabía hacerlo, una buena noche para ser feliz.

Sevilla, 17/XII/2013

NOTA: Se puede hacer una audio-lectura de este capítulo, accediendo a la siguiente URL: http://albalearning.com/

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