Elecciones en Andalucía (II). Todos no son (ni somos) iguales.

NORAY
Noray en Puerto Calero (Lanzarote). Foto del autor

“A veces, falta mar para recoger a todos los que se tiran del barco…
Después, suele faltar barco para recoger a todos los que se tiraron a ese mar…”

Es comprensible que exista un descrédito generalizado de la política y de los políticos que la llevan a cabo, pero los árboles impiden ver a veces el bosque y no es justo generalizar sin compasión sobre la llamada “clase” política. El hartazgo es evidente, pero es imprescindible separar la paja del heno como nos enseñaron hace ya muchos años, unos en el lenguaje del campo puro y duro, otros en la doctrina oficial de la Iglesia.

¿Por qué es necesario acabar con análisis totalitarios de los casos de corrupción? Porque por higiene mental es imprescindible diagnosticar bien la situación y colaborar en la reconstrucción de la democracia día a día, mucho más en un país tan cartesiano y dual para todo lo que se hace visible en el día a día.

Vivimos unos momentos que exigen mucho rigor en la toma de decisiones que facilita la democracia y no todos los programas políticos son iguales, ni los políticos que los ejecutan tampoco. Ser de derechas, centro o izquierda, también del arriba o abajo actual, en este país, parece que imprime carácter hasta que la muerte te separe y está mal visto socialmente que haya alternancia en la pertenencia a un determinado partido o a otro. Es verdad que aparentemente parece una gran contradicción estar defendiendo un día los valores de la socialdemocracia más exigente y al otro los del liberalismo más feroz. Normalmente pasa porque las ideologías son un flanco muy débil en nuestro país dado que los partidos no han estado muy finos a la hora de aceptar militantes en sus filas y la formación en sus idearios brilla muchas veces por su ausencia. Esta es una realidad que hay que aceptar pero lo que no es normal es que haya unos desplazamientos de pertenencia a partidos o de votos, tan agresivos, como a los que estamos asistiendo en la actualidad. El llamado voto de castigo existe, pero deja detrás una gran incógnita: ¿se conocían bien los programas de los partidos a los que se han votado?, ¿se puede cambiar tan fácilmente de chaqueta por los errores de determinados miembros de un partido?, ¿se conocía bien el ideario de un programa, más allá de acciones concretas de algunos representantes eximios del mismo?

Indiscutiblemente, todos los partidos no son iguales, ni las personas que los representan. Basta conocer la trayectoria histórica de los partidos que han existido en los últimos casi cuarenta años de democracia en este país, que ahora se quiere olvidar de un plumazo bajo la denominación de casta, para no dejar duda alguna que no es lo mismo la historia de la derecha o del centro que la de la izquierda, por mucho que se quiera generalizar sin compasión alguna en análisis que no resisten el más mínimo juicio de valor crítico. Todos no han sido iguales, luego todos no son iguales ahora si se respeta la historia y este aserto se debería defender por la militancia más activa de cada partido. Se ha tenido que hacer un camino político al andar que es de bien nacido reconocerlo y pregonarlo para que no haya duda alguna sobre su legitimidad.

Andalucía ha sido una experiencia especial a lo largo de esta etapa democrática. Se critica duramente que la izquierda haya estado gobernando durante más de treinta años y que lo siga haciendo en la actualidad, pero ha sido la decisión de los andaluces, sin más paliativos. En democracia éstas son las reglas del juego. Que esta situación haya permitido que la izquierda se haya dormido en los laureles no es discutible pero cada vez que se ha pulsado el voto andaluz la respuesta a favor de la izquierda ha sido mayoritaria, en algunos casos de forma abrumadora. Es de suponer que la decisión mayoritaria ha querido tener un gobierno que defienda valores sociales de forma contundente, donde la educación, la salud y los servicios sociales, incluyendo la atención más cercana a la dependencia, primen sobre otros.

Viví en 2012, en la etapa previa a las elecciones en Andalucía, una sensación de deserción casi colectiva que la he recordado ahora, cambiando lo que haya que cambiar, a través de un aforismo personal y transferible:

Falta mar para recoger a todos los que se tiran del barco…

Y hacía la siguiente reflexión aprovechando el texto dentro del contexto que se aconseja en todo aforismo: “Era objetivo, porque asistí a deserciones de todo tipo ante lo que podía pasar el 25 de marzo de 2012. Era inteligible, porque muchas personas que se mantenían en el puente de mando personal, político y profesional, sabían que era cierto solo con mirar a su alrededor. Y la dialéctica era obvia: barco y mar, porque en determinados momentos se controlan por la tensión económica, política o social, correspondiente. Era verdad, desgraciadamente, que cada uno estaba al final en su sitio, porque lo que defiendo desde hace años es que no todos decimos lo mismo, ni vamos en el mismo barco. Ni hacemos la misma singladura. Ni navegamos con la misma empresa armadora. Unos en cruceros, otros, en pateras, sin quilla, pero navegando siempre hacia alguna parte, buscando islas desconocidas, que se encuentran. Y pasadas esas fechas críticas, nació un nuevo aforismo, como corolario del anterior e indisolublemente unido a él:

Falta barco para recoger a todos los que se tiraron a ese mar…”

Se aproximan fechas críticas para nuestra Comunidad. Votar o no votar no debe ser la cuestión. Hay que votar, sin duda alguna y a quienes representen mejor los objetivos que tenemos como personas y como grupos insertos en una sociedad muy concreta. Todos los partidos no son iguales, ni las personas que los representan tampoco. Leamos los programas, asistamos a las presentaciones de los mismos, conozcamos a sus líderes, hablemos con la gente más próxima y tomemos nota. La lista de los proyectos políticos también la debemos hacer nuestra, no solo la que figura en unas siglas. Es probable que tomando conciencia de que tenemos que trabajar unidos para defender esa acción política diaria del partido al que voto, empecemos a ver las cosas de diferente forma, porque el empoderamiento, es decir, la capacidad para conocer lo que está sucediendo y participar posteriormente en las decisiones informadas para alcanzar los objetivos trazados, ya no es algo que corresponde solo a los demás sino a nosotros mismos.

Es obvio que todos no somos iguales ni vamos en el mismo barco a la hora de votar. Me asombra para bien, ver todos los días a muchas personas que viajamos en la vida en patera, mientras otros nos saludan desde su crucero de lujo, saludándonos desde la popa y diciéndonos incluso adiós. Es que no es lo mismo.

Sevilla, 9/II/2015

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