Cuaderno en clave / 2. ¿Por qué en un teatro de barrio?

PAPAGENO3
Puerta de Papageno en el Teatro sobre el río Viena. Fotografía de Marcos Cobeña Morián.

Mozart eligió un teatro enclavado en un barrio humilde de Viena, junto al río del mismo nombre, del que hoy solo queda el vestigio de una de sus puertas, la de Papageno, para ensalzarlo como héroe muy humano, pegado a la tierra, protagonista al fin de la ópera magna que estrenó allí deliberadamente, La flauta mágica, tan controvertida como su autor, lejos de los oropeles y lisonjas del Rey y del Obispo inquisidor, que tanto detestaba.

Me ha maravillado siempre el fondo y forma de esta ópera y la dialéctica que muestra enfrentando al encantador de pájaros, junto a su carillón alegre, con la Reina de la Noche. Representa de forma magistral la vida misma, donde el amor triunfa frente al mal humano. Indudablemente, ya había marcado Papageno en el siglo XVIII una nueva forma de entender la vida y la muerte cortesana y popular, en una dialéctica claramente diferenciada a favor de los más humildes, de la sencillez posible en todos los actos trascendentales de la existencia humana. Representaba la otra orilla de la vida, en su particular teatro de barrio, diseñada casi siempre por la forma de existir en el mundo desde la visión regia o eclesiástica y con escasa sensibilidad democrática.

Publiqué en 1987 un libro que llevaba este hermoso título, Teatro de barrio, donde Mozart estaba presente en todas y cada una de sus páginas. En las candilejas del libro, escribí que era “el resultado de una reflexión vinculada a la existencia del periódico «La Noticia de Huelva». A lo largo de cuatro meses del año 1984, aparecieron diecinueve artículos bajo el título genérico de «La flauta mágica», en homenaje al giro copernicano que Mozart imprimió a la existencia culta de la época, en un esfuerzo encomiable por vibrar con el pueblo auténtico, en la espera/esperanza de ver cantado y representado el amor sencillo de cada día. No hubiera sido posible escribir en clave mozartiana sin la vivencia, también diaria, de aquel periódico querido. Esta publicación quiere ser un homenaje a cuantas personas se esforzaron en el cada día de su aparición, porque en toda representación teatral o publicación diaria lo importante es el esfuerzo conjuntado, «sinfónico», de los que hacen posible la lectura de la partitura, en este caso, en clave de esperanza y creencia en el hombre, la sociedad y la naturaleza”.

Juan Cobos Wilkins, amigo del alma, escribió el prólogo con un título mágico, Desde la concha del apuntador, que son las mejores páginas del libro, donde finaliza su excelente presentación con palabras de respeto reverencial a Mozart: “La grandeza y servidumbre de la palabra están en el justo o manipulado uso de su esencia: el hombre canta en la flauta que encanta a la cobra que hipnotiza a los hombres que callados, en círculo, contemplan. La flauta es mágica. Y bífida: como en Mozart o como en Hamelin. Y Cobeña lo sabe, pero sabe también que el poder de su música se deshace -igual que el círculo de silentes que rodean al ofidio y al encantador- en cuanto se interrumpe la melodía. Que no cese, por tanto, la música de esa flauta que en este caso –y a diecinueve pruebas me remito- no sonó por casualidad. Que desde su concha de teatro de barrio el apuntador que desea hallar el nombre exacto de las cosas lo encuentre y lo comparta. Pues como el autor de estos artículos dice en la, para mí, más hermosa frase de todos ellos: «La experiencia terrible del paraíso no radicaba en la manzana, sino en la soledad humana»”.

He vuelto a tocar en mi piano digital, con registro de clave, el Allegro en Si bemol mayor de Mozart (KV 3), buscando desesperadamente a Papageno en su alma de secreto. Sólo lo he encontrado en su puerta del teatro junto al río Viena, cubierto de plumas y con su inseparable jaula para meter/sacar los pájaros encantados, sin saber nunca a qué tipo de pájaros –uccellaci o uccellini, pasolinianos- se estará refiriendo en su larga andanza festiva hasta nuestros días.

Sevilla, 12/X/2015

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