Hoy sabemos más por qué somos violentos

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Cuando era pequeño crecí cerca de Mickey Mouse, Minnie Mouse, Pluto y Goofy. Los dibujé mil veces. Me parecían muy humanos e inteligentes, porque vivían como yo, más o menos. Además, hablaban, lloraban y amaban. Pero nunca supe que no me separaba mucho de la forma de ser de Mickey o Minnie en el mundo actual, porque la ciencia ha alcanzado resultados muy brillantes en la etología cerebral: ya se sabe que el 99% de los 28.000 genes humanos tiene su homólogo en el genoma del ratón. Y poco a poco nos vamos adentrando en el conocimiento aplicado de estas investigaciones al cerebro humano.

Siendo esto así, estoy a la que salta -científicamente hablando- sobre todo lo que se mueve en laboratorios del cerebro con la ayuda del mundo digital. Hoy he conocido una publicación en la revista Neuron, con un título apasionante Social Control of Hypothalamus-Mediated Mal Aggression, todavía en arte y ensayo científicos con ratones, pero que nos ofrece una idea fantástica de los avances en la investigación mundial de las estructuras y funcionamiento del cerebro. En este caso, “Los científicos trastearon en el cerebro de estos ratones hasta dar con un pequeño grupo de neuronas en el que se localiza su particular míster Hyde, unas células que al activarse desatan un inédito comportamiento agresivo y violento. Y los investigadores, de la Universidad de Stanford, activaron estas neuronas una y otra vez en distintos contextos para conocer las raíces de los ataques de ira y los estallidos de violencia incontrolada que, aseguran, pueden tener implicaciones para los humanos” (1).

Hace diez años abordé en este blog una explicación divulgativa de la estructura cerebral que protagoniza este avance científico, el hipotálamo, en el contexto de poner al alcance de muchas personas el conocimiento del funcionamiento del cerebro, compuesto por estructuras que llamaba simbólicamente “de mercado”, al compararlas con ciruelas (hipotálamo), guisantes (pituita), almendras (amígdalas), nueces (tálamo) y castañas (doble hemisferio cerebral). En este caso, el hipotálamo, lo situaba, como su propio nombre indica, “bajo la cama nupcial, la habitación reservada, que así llamábamos al tálamo”: “Esta estructura cerebral, en su clave etimológica pura, participa en la regulación del sistema neurovegetativo y endocrino. Es otra “tarjeta” neuronal (a modo informático) que cuando se estropea (no funciona bien) acarrea muchísimos problemas a las personas. Y lo peor es que no existen todavía recambios de piezas originales, solo tratamientos -reparaciones- paliativos. El hipotálamo, del tamaño de una ciruela pequeña (seguimos en la cocina de la inteligencia…), compuesto por diversos núcleos interrelacionados entre sí, es responsable de una central química más alojada en el cerebro, en su zona central. Controla el equilibrio del agua en el cuerpo, provoca la sensación de hambre o de inapetencia, regula la temperatura corporal (sobre todo la emocional), regula el sueño, también las hormonas, casi todas las “reacciones” emocionales asociadas a conductas de hiperexcitación o de depresión, la expresión de la libido, y lleva a feliz término el largo viaje que necesita el olfato. Una joya, en definitiva. Y nosotras y nosotros, sin saberlo”.

Vuelvo a la investigación anunciada por los científicos de la Universidad de Stanford, una vez descrita de forma sencilla la estructura cerebral de nombre “hipotálamo”. En ratones aislados se ha demostrado que activar un centro neuronal de unas 50.000 neuronas, lleva de forma incuestionable a estos ratones a mostrar una agresividad que va más allá de la ya conocida de defensa de su territorio: “Pero los niveles de rabia que provocaron los científicos van más allá de lo esperable: además de contra otros machos, cargaban contra objetivos a los que jamás atacan, como su reflejo en el espejo, guantes de laboratorio y hembras, incluso estando castrados. Todo por culpa de un minúsculo grupo de unas 50.000 neuronas en el hipotálamo, “una aguja en un pajar” comparadas con los 80 millones que tiene el cerebro del ratón, según lo explica el líder de este experimento, Nirao Shah, en una región que desempeña un papel en muchas actividades controladas por hormonas como la alimentación, el miedo y la actividad sexual”. Además, algo muy importante para la investigación de la agresividad de género, esta reacción no se da en las hembras.

Pero lo verdaderamente sorprendente en esta investigación ha sido descubrir que cuando este centro neuronal se activa en ratones socializados con otros, la situación cambia radicalmente, es decir, “Nos sorprendió mucho que la convivencia social de los machos reprimiera su agresividad cuando entraban en otro territorio masculino: estos varones socializados no atacaron cuando les estimulamos este centro cerebral”, señala Shah, destacando que el principal hallazgo de su trabajo es que el contexto social y la experiencia pueden anular ese resorte de violencia. “Dicho de otro modo, al pensar si en lo relativo a la agresión masculina se nace o se hace, nuestro estudio muestra que se hace, porque este aspecto puede dominar y sobreponerse a la naturaleza del circuito neuronal para frenar la agresión”, resume el investigador de Stanford. Los ratones acostumbrados a convivir demostraron ser más dóciles, pero cuando bloquearon su capacidad de percibir las feromonas que secretan sus congéneres volvieron a ser igualmente violentos”.

Queda mucho por investigar en la aplicación de estos descubrimientos en el cerebro humano, pero es algo que me preocupa desde hace ya muchos años porque estoy convencido que conocer bien las estructuras cerebrales y su funcionamiento, resolverá muchos problemas que estamos viviendo hoy desconsoladamente en relación con la violencia de género. Así lo escribía ya en este blog en 2007, Cerebro y género: mitos a desmontar, cuando adquirí el compromiso de desarrollar teoría crítica sobre la relación de cerebro y género: “Cuando inicié esta serie de artículos, sabía que era una aventura apasionante, sobre todo porque responde a una razón muy clara: sabemos muy poco de la inteligencia del hombre y casi nada de la inteligencia de la mujer. Además, podía ser una contribución para que aprendiéramos, de forma compartida, hombres y mujeres de buena inteligencia (aprendimos a decir solo “de buena voluntad”, junto con la paz de los hombres como curiosa paradoja…), las últimas razones de las conductas cerebrales que después las reproducen hombres y mujeres, con expresión desajustada. De esta forma, pensé, podríamos acabar con la frase más repulsiva en la conducta de los hombres y fabricada por la inteligencia de algunos, de muchos: mujer tenías que ser. Nunca más, al menos en nuestro entorno, porque sabemos que las cosas no son así. Para esto puede servir este artículo, otros: comentarlo, pasarlo, divulgarlo, criticarlo, pero con una idea común: contribuir a reforzar la verdad del cerebro en el ser humano, como el principio de todas sus acciones”.

MICKY MINNIE

Como ya afirmé en 2006 en relación con la sorprendente noticia de que el Instituto Allen de Ciencias del Cerebro había finalizado la secuenciación del mapa genético del cerebro del ratón, a través de un atlas tridimensional, de utilización gratuita en Internet, en el que se muestra qué genes se activan en las neuronas en cada área del cerebro, somos, en definitiva, más libres, porque nos conocemos mejor, a través del descubrimiento de las verdaderas causas de la salud y la enfermedad. Gracias a proyectos cuya base científica nació hace ya diez años en un pequeño ratón de la factoría Allen, que siempre estará cerca, paradojas de la vida, de la humanidad y de la genética de los que conocí hace muchos años, de nombre Mickey o Minnie, porque ambos tienen mucho que aportar todavía como especie al mundo de la investigación cerebral. Ellos, tal y como los recuerdo, no eran violentos. Probablemente, porque compartían todo y nunca se sentían solos.

Sevilla, 5/VIII/2017

NOTA: la imagen del hipotálamo se recuperó el 24 de abril de 2007, de MedlinePlus

(1) https://elpais.com/elpais/2017/07/28/ciencia/1501231524_675955.html