Pájaros que anidan en mi cabeza

DIA DEL LIBRO F 2018

Cuando era niño y hacía las cosas de niño, me decían en casa que a veces tenía la cabeza “llena de pájaros”. No entendía qué me querían decir, pero por la cara que ponían creo que no presagiaban nada bueno. Mi futuro estaba en juego y yo me escondía en lecturas tan dispares como Cuchifritín (el hermano de Celia) y Paquito, de Elena Fortún, junto a uno de Emilio Salgari, El rey de los cangrejos, que todavía conservo.

Los libros son como pájaros perdidos que se conservan en el alma de quien los lee con la atención debida y allí los encontraremos siempre. Mañana se celebra el Día Internacional del Libro y he elegido una imagen representativa que simboliza una idea preciosa, los libros son pájaros, porque anidan en la cabeza por siempre jamás. Es un lugar seguro para conservarlos de por vida.

DIA DEL LIBRO F1 2018También he visto otra imagen que representa esta efeméride con un mensaje alentador: La lectura es mi soledad acompañada, según Sergio Ramírez, Premio Cervantes 2018. Es verdad, porque leer un libro suele ser una opción personal e intransferible. Entre soledades y pájaros anda el juego este año, situaciones y seres animados que me conmueven en el acto de leer, tal y como contemplo muchas veces a Benedetti en su mecedora de lectura que tanto amaba.

mario-benedetti

Esta semana he leído un libro que he buscado con ilusión de niño con la cabeza llena de pájaros, porque los sigo llevando dentro (uccellaci o uccellini, los famosos pajarracos o pajarillos de Pier Paolo Pasolini). Está dedicado a Antonio Machado, a sus dolorosas soledades, según su hermano José, un gran desconocido en este país. Me ha afectado mucho su lectura porque el título es real como la vida misma, Últimas soledades del poeta Antonio Machado. Recuerdos de su hermano José (1). Cuenta en estas páginas que unos días antes de morir en el pueblo del destierro, le pidió ver el mar: “Esta fue su primera y última salida. Nos encaminamos a la playa. Allí nos sentamos en una de las barcas que reposaban sobre la arena. El sol de mediodía no daba casi calor. Era en ese momento único en que se diría que el cuerpo entierra su sombra bajo los pies. […] Así permaneció absorto, silencioso, ante el constante ir y venir de las olas que, incansables, se agitaban como bajo una maldición que no las dejara reposar. Al cabo de un largo rato de contemplación me dijo señalando a una de las humildes casitas de los pescadores: “Quién pudiera vivir ahí tras una de esas ventanas, libre ya de toda preocupación” Y volvió al hotel, sumido en el más profundo silencio. Una soledad acompañada, recordando una idea de su infancia sobre ella: Sí, yo era niño y tú mi compañera. Seguro que en esta soledad sonora recordó el último verso de su retrato con alma: Y cuando llegue el día del último viaje / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo, ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar. Al leerlo otra vez con el calor que da la impecable dignidad de la que hizo gala siempre, se me han caído unas lágrimas, como le ocurría a María Celeste, el mascarón de proa preferido de Neruda, que lloraba cada vez que el calor del fuego que ardía en la chimenea de su casa, en la Isla Negra, condensaba el vapor en sus ojos de cristal. Porque ante la dignidad y la vergüenza todo llora y nada permanece insensible y quieto.

Es verdad, los libros son como pájaros. He buscado en mi biblioteca cerebral un pájaro perdido de Tagore y lo he encontrado allí tan vivo y coleando como siempre: A mis amados les dejo las cosas pequeñas; las cosas grandes son para todos. Estas palabras hoy son cosas pequeñas, que mañana, en la celebración del Día del Libro, serán grandes, porque volarán sin que ni siquiera me dé cuenta de ello. Ahora, que soy mayor y he dejado las cosas de niño, soy consciente de que sigo teniendo la cabeza llena de pájaros-libros, porque gracias a otro hermano pájaro perdido de Tagore, el 130, he aprendido que no hay que cerrar la puerta a todos los errores que me achacaban de niño por tener tantos nidos en la cabeza, porque corremos el grave peligro de dejar fuera la verdad que personalmente he encontrado siempre en los libros de mi infancia en una casa de Sevilla; de mi juventud, once años en tierra de Castilla; de mi historia, incluso por algunos casos que recordarlos hoy no quiero. Todo ocurrió porque un día se me llenó la cabeza de pájaros de Antonio Machado. Así lo viví, lo vivo y lo viviré; y así lo cuento.

Sevilla, 22/IV/2018

(1) Machado, José (1999).  Últimas soledades del poeta Antonio Machado. Recuerdos de su hermano José. Madrid: Ediciones de la Torre, pág. 141s.