Hayat, Verdad

La tinta de la esperanza se ha secado. Que el destino escriba lo que quiera

Hayat Belkacem, en su perfil de Facebook

Hayat (verdad) era el nombre paradójico de la joven marroquí de 19 años que murió acribillada por disparos hacia su patera por parte de la Marina Real de Marruecos, cerca de Tetuán, el pasado 25 de septiembre. Otra noticia más sobre emigrantes que pasan sin pena ni gloria. A pesar de esta realidad inexorable, he leído un artículo muy descriptivo sobre la intrahistoria verdadera de Hayat Belkacem que me ha conmovido, porque una vez más traduce el dramatismo de personas que buscan un mundo diferente comenzando un viaje hacia lo desconocido en España, a través de mafias especializadas en la desgracia humana. En este caso, además, con dos españoles al frente de la desgraciada travesía abortada en la costa marroquí.

Hayat estudiaba Derecho en una Universidad cerca de Tetuán y alternaba sus estudios con diversos trabajos de cuidadora de niños y costura para ayudar a la familia. Basta leer con atención el artículo citado para comprender el sufrimiento individual y colectivo de sus padres y hermanos. Esta es la otra cara desconocida que justifica la imperiosa necesidad de salir de un entorno poco propicio para alcanzar objetivos legítimos de dignidad en todos los ámbitos de proyección posibles.

Hayat ha sido noticia durante unas horas, pero la terrible realidad de pobreza en su país seguirá alimentando ilusiones legítimas para aspirar a hacer algo más que ver pasar la vida a muy bajo precio sentados en aceras de indignidad. La verdad que encierra su nombre y su vida debe ser motivo más que suficiente para hacernos reflexionar con com-pasión [sic] (sentimiento y lástima que tenemos por el mal de otros) y comprender la llegada de pateras a nuestro país mientras que no se lleguen a acuerdos con el Reino de Marruecos, por ejemplo, para mejorar su situación social tan deprimente en áreas específicas. El 20% de los inmigrantes irregulares que han llegado a las costas andaluzas en lo que va de año, es de procedencia marroquí y las cifras aumentarán de aquí a fin de año. Mohamed Benaisa, director del Observatorio del Norte por los Derechos del Hombre, lo ha manifestado recientemente: “El problema de estos jóvenes es que ellos no tienen ninguna perspectiva de futuro. No hay ningún incentivo, nada que les haga pensar que después de sacrificarse varios años van a vivir mejor que ahora”. La vida, para ellos, no vale absolutamente nada si se queda en su país.

Siento algo parecido a estar solos ante el peligro del mar abierto, en el espacio que separa dos orillas muy próximas a nosotros en Sevilla, las de Tánger y Tarifa, en un mar salpicado de muertes y desengaños de los que buscan un mundo diferente, lejos de la miseria y el dolor que generan la pobreza extrema, las guerras muchas veces fratricidas y la persecución por razón de creencia o religión. Hoy, también, tan cerca y tan lejos de Tetuán.

Conozco a un migrante marroquí que vive aquí en Sevilla, al que admiro a través de arte plástica, porque nos entrega dignidad a raudales.  Su historia es la de un niño marroquí que dejó un día ya lejano sus zapatos en aquella orilla y quiso navegar hacia la libertad sin olvidar nunca su pasado, su tierra y su parentela, con un mensaje claro de revolución activa, dándole una vuelta a la forma de ser y estar muchas personas en el mundo propio y de los demás. Para que él y su pueblo puedan estar arriba en un tiempo próximo después de años de estar abajo, dejando de ser alfombra roja de los poderosos. Y me ha emocionado saber que gracias a personas como él podemos confiar tal día como hoy en que otro mundo aún es posible. Todo un ejemplo.

En el contexto actual, el destino ha escrito de forma terrible en la vida de Hayat. Es verdad, la tinta de la esperanza a veces se seca.

Sevilla, 30/IX/2018