Colas de cometas

Conocí de cerca a María Teresa León durante mi estancia en Roma en 1976 y 1977, cuando vivía junto a Rafael Alberti en Via Garibaldi 88, en el Trastévere, no a ella directamente sino a la persona que la cuidaba en los primeros atisbos de la enfermedad que la alejaría después del mundo real. Supe de sus viajes en tren hacia Milán, para que atendieran su situación compleja. Aun así, tengo que reconocer que solo conocía bien a Alberti, siguiendo sus consejos en Roma, peligro para caminantes, pero María Teresa fue un descubrimiento que tardé muchos años en atender y leer con el detalle y respeto que mereció siempre.

María Teresa fue durante muchos años cola de cometa, como compañera de vida leal a Alberti: “En 1929 conoció a Alberti y dejó a su marido, con el que tenía dos hijos, para comenzar una relación con él. Se casarían en 1932, cuando el poeta ya era una de las figuras estelares de la Generación del 27 con poemarios como Marinero en tierra y Sobre los ángeles. Eso hizo también que León diera un paso atrás. “Ella siempre lo dijo: se consideraba cola de cometa. Adoraba a Alberti y pensaba que era un genio absoluto y se puso detrás. Si había que priorizar una carrera, fue la de él, comenta Arcas [Luz Arcas, coreógrafa de la obra]“(1).

UNA GRAN EMOCION POLITICA

Del 26 al 30 de septiembre pasados se ha presentado en el Teatro Valle-Inclán del Centro Dramático Nacional, en Madrid, la obra Una gran emoción política, como homenaje a María Teresa León, autora a la que siempre he manifestado un profundo respeto, en la que participan doce bailarines acompañados por música en directo del folclore tradicional. Está basada en Memoria de la melancolía, un libro autobiográfico que comenzó a escribir durante su exilio en Roma en los años sesenta, como protagonista directa de una historia cargada de recuerdos de lo vivo y lejano. El olvido de su vida y obra en este país ha sido memorable y ya he contado en este cuaderno digital una anécdota de su memoria de la melancolía que viví en primera persona y que tengo grabada en mi alma de secreto para siempre.

Sucedió en una gran superficie localizada en Sevilla capital. Había ofertas de libros con precios de saldo y cerca de la caja donde me situé para pagar me encontré con una torre de diez libros iguales de María Teresa, Memorias de la melancolía, a un euro el ejemplar como precio de saldo. Los compré todos con gran asombro de la cajera que, entre productos frescos de diverso origen, se encontró de pronto con diez libros iguales, una mercancía casi desconocida, sobre los que me pidió una sencilla explicación por aquella forma de proceder. No conocía a la autora y aproveché para explicarle quién era y la melancolía que me producía verla en aquella situación. Fue una operación rescate in extremis como pequeño homenaje de respeto y para sacarla del olvido. A día de hoy, solo conservo un ejemplar, porque los nueve restantes los regalé a personas que aprecio y que saben tratar bien a María Teresa. Es verdad, salvando las distancias obviamente, que se volvió a reproducir en mí una memoria de la melancolía. Como la que se ha ofrecido recientemente en Madrid, aunque con letra grande, con gran emoción política en los tiempos que corren.

Otra mujer extraordinaria, Zenobia Camprubí, compañera inseparable de Juan Ramón Jiménez, fue también cola de cometa. Zenobia vivió con dedicación plena a Juan Ramón. Cuando se publicó en 2006 el tercer tomo de su Diario, y tal como manifestaba Andrés Trapiello, en el suplemento Babelia de El País, de 7/X/2006, nos podíamos acercar “[…] ante una obra donde no cabe mayor seriedad: han sido dictados por la consciencia y por la paciencia, es decir, por un pensar y un padecer únicos y muy hondos”. Sigue siendo, al igual que María Teresa León, una gran desconocida para el gran público porque todos los honores se los llevó siempre Juan Ramón, como le ocurrió a María Teresa con Alberti, pero la lectura de sus obras diarias nos permite recuperar la autenticidad y grandiosidad de estas mujeres cultas, inteligentes, sensibles, compañeras, amiga y, en el caso de Zenobia, enfermera sempiterna de “su único hijo, Juan Ramón”, en un amor correspondido a su manera y que se traduce con exactitud existencial en su dedicatoria a los diarios: “A Zenobia de mi alma, que la adoró como la mujer más completa del mundo, y no pudo hacerla feliz”. Como Rafael dedicaba con amor pasional su obra a María Teresa.

Ahí está la clave de ser colas de cometas, algo que sucedió a muchas mujeres en una de las dos Españas que nos helaba siempre el corazón. Al buen entendedor de olvidos, con pocas palabras basta. Ellas, hoy, lo merecen todo, en letra grande, con emoción política y con la dignidad de la memoria histórica que merecen. Con melancolía.

Sevilla, 1/X/2018

(1) https://www.eldiario.es/cultura/teatro/Maria-Teresa-Leon-memoria-historica_0_818568910.html