Faltas de ortografía, de lectura, de… educación

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Estos días aparecen noticias de las insultantes faltas de ortografía que inundan el país, como hecho constatado en unas oposiciones recientes, que muestran una vez más la mala educación que hace estragos en el sentido más profundo de la palabra “educación”. Un maestro, un profesor, con faltas de ortografía, que no redacten bien, que no lean y que no sepan dirigirse a su alumnado con oratoria cuidada, no pueden enseñar casi nada, por mucho que se esfuercen en su labor docente, porque están dejando ver unas carencias fundamentales: la falta de lectura, de rigor en la escritura y en el dictado de los aprendizajes propios que ahora tienen que transmitir, porque la oratoria también tiene su importancia y no solo es cuestión de algunos clásicos impopulares hoy día.

Lo que más me molesta es que se busque un culpable en el mundo digital fuera de las propias personas. Las reglas impuestas por las tecnologías en la telefonía móvil por ejemplo, con su lenguaje tan particular, no deberían alterar el aprendizaje correcto de las esenciales normas de ortografía y redacción en todas las personas, mucho más en el mundo de la docencia. Las abreviaturas, contracciones y neologismos digitales no son los verdaderos culpables de este desastre, porque pertenecen a un nuevo vocabulario digital en constante evolución que, en un día no muy lejano, se incorporarán al diccionario de la lengua española, “fijándolas y dándoles brillo y esplendor” (según el lema de la Real Academia Española), sino la ordenación y organización actual de la docencia y discencia (Paulo Freire dixit), en las que hay una ausencia clamorosa de valoración de la correcta ortografía y redacción asociadas a la educación en general y, sobre todo, a la lectura.

Decía Gabriel García Márquez, en su discurso ante la Asociación de Academias, en el marco del IV Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Cartagena de Indias (Colombia) en 2007, que “Los lectores de Cien Años de Soledad son hoy una comunidad que, si viviera en un mismo pedazo de tierra, sería uno de los veinte países más poblados del mundo. No se trata de una afirmación jactanciosa. Al contrario, quiero apenas mostrar que ahí está una gigantesca cantidad de personas que han demostrado con su hábito de lectura que tienen un alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano”. Es verdad, porque de la lectura solo se obtienen beneficios. Me emocionó también en su momento leer las razones para escribir que tiene Orhan Pamuk, premio nobel de literatura en 2006 porque, salvando lo que haya que salvar, podrían entenderse también como razones para leer, asegurando de esta forma la ortografía y sintaxis mejores que podamos soñar: “¡Escribo porque quiero hacerlo, con toda el alma! Escribo porque a diferencia de otros, no me siento a gusto con un trabajo común y corriente. Escribo para que libros como los míos sean escritos y para poderlos leer. Escribo porque estoy molesto con ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me complace enormemente sentarme en un cuarto a escribir sin descanso. Escribo porque solamente modificando la realidad puedo soportarla. Escribo para que el mundo entero sepa cómo yo, cómo nosotros en Estambul y en Turquía hemos vivido y vivimos. Escribo porque amo el olor del papel, de la pluma y de la tinta. Escribo porque creo más en la literatura, en el arte de la novela, que en cualquier otra cosa. Escribo porque es un hábito, una pasión. Escribo porque tengo miedo de ser olvidado. Escribo porque me gusta la celebridad y toda la notoriedad que el escribir conlleva. Escribo para estar solo. Escribo en la esperanza de entender por qué estoy furioso con ustedes, con todos. Escribo porque me gusta ser leído. Escribo para terminar de una vez por todas esta novela, este texto, esta página que en algún momento comencé a escribir. Escribo porque todos esperan que escriba. Escribo porque tengo una fe infantil en la inmortalidad de las bibliotecas y en el lugar que mis libros tendrán en los estantes. Escribo porque la vida, el mundo, todo es increíblemente bello y maravilloso. Escribo porque gozo traduciendo en palabras toda la belleza y la opulencia de la vida. Escribo, no para contar historias sino para construir historias. Escribo para liberarme del sentimiento de que siempre existe un lugar al que -como en una pesadilla- jamás podré llegar. Escribo porque nunca he conseguido ser feliz. Escribo para ser feliz”.

Sustituir en este texto la palabra “escribir” por “leer” sería un buen ejercicio para “educar”, en el sentido más pleno de trabajar por y para la educación, con ortografía y sintaxis incluidas. Hagan la prueba, porque me parece una experiencia extraordinaria. ¿Saben por qué? Porque como Pamuk dice en su preciosa exposición, leemos para ser felices y así me gustaría volver a expresarlo a mis alumnos de toda la vida, para que también sean felices a través de la palabra, que aún nos queda. Porque también fui profesor en momentos cruciales de mi existencia y no lo he olvidado nunca, cuidando las palabras y lo que significan, eso sí, correctamente dichas y escritas, con alma abierta para llenarla de palabras aprendidas en la lectura y transmitidas en castellano perfecto. Leyendo a García Márquez y a Pamuk, por supuesto.

Sevilla, 7/XI/2018