Bach, Richter… y las mudanzas de mi cerebro

 

Estoy ensayando en el clave un fragmento del Concierto de Brandenburgo número 3, obra excelsa de Bach, a quien me acerco con respeto reverencial en este tiempo de turbación y revelándome con el consejo ignaciano de no hacer mudanzas ahora. Estoy apesadumbrado con el resultado de las elecciones del pasado 2 de diciembre porque la fragmentación política no creo que nos lleve a nada bueno, sobre todo cuando a las nuevas compañías de transporte especializadas en mudanzas políticas, las escucho acercarse a los centros de poder con exclamaciones que hacen temblar los cimientos de la cordura, pendientes del contrato del siglo. De un lado y de otro, de arriba y de abajo, de derecha y de izquierda, todas, sin excepción alguna.

He acudido a mi memoria de secreto, a mi biblioteca neuronal, como clínicas del alma y he vuelto a leer una reflexión que hice hace ya diez años sobre las mudanzas del cerebro, mío, tuyo, de él o de ella, nuestro, vuestro o de ellos o ellas. No borro palabra alguna de aquel momento de mudanza interna porque me sirve en su totalidad, con una novedad: leerla acompañado por Bach y Karl Richter, maestros en la forma de acercarme cada día a la música, como en este caso, a través de la Tocata y fuga en Re menor, BWV 565. Richter me parece un prodigio como ser humano que amaba la música sobre todas las cosas y su fallecimiento repentino en 1981, cuando solo tenía 54 años, nos privó de seguir escuchando su asombrosa forma de interpretar y dirigir, sobre todo los seis conciertos de Brandenburgo que todavía hoy me sobrecogen al escucharlos, verlos y sentirlos.

Decía ayer que “Las mudanzas han sido una constante en mi vida, porque he aceptado siempre con buen talante que en la vida se producen variaciones del estado que tienen las cosas, pasando a otro diferente en lo físico u lo moral (Diccionario de Autoridades, RAE, 1734). Las he vuelto a revivir al leer una frase de un cómico americano Steven Wright, al afirmar que escribía un diario desde su nacimiento y como prueba de ello nos recordaba sus dos primeros días de vida: “Día uno: todavía cansado por la mudanza. Día dos: todo el mundo me habla como si fuera idiota”. Es una frase que simboliza muy bien las múltiples veces que hacemos mudanza en el cerebro porque cambiamos o nos cambian la vida (el estado que tienen las cosas) muchas veces a lo largo de la vida. Y el cerebro lo aguanta todo y…, lo guarda también. Es una dialéctica permanente entre plasticidad cerebral y funcionamiento perfecto del hipocampo (como estructura que siempre está “de guardia” en el armario de la vida).

Por otra parte, he escuchado muchas veces la frase ignaciana “en tiempo de turbación no hacer mudanza”, en una interpretación ascética de la frónesis (prudencia) griega, de la prudencia como madre de la sabiduría. Ahora bien, ¿qué es turbación?, ¿algo estático o dinámico?, ¿azar o necesidad?, es decir, ¿nos mudamos todos los días o no? La respuesta no está en el viento y el contrato de la perfecta mudanza lo administra segundo a segundo la inteligencia, como capacidad de resolver diariamente los problemas comunes y específicos de cada ser humano, en la búsqueda incesante del bienestar y bien-ser. En definitiva, ética de la felicidad, ética neuronal, porque en una danza admirable -una mu-danza perpetua-, cien mil millones de neuronas están viajando constantemente en nuestra corteza cerebral para responder a un programa de vida genético que luego tiene que modularse con el medio en el que cada ser humano nace, crece, se multiplica y muere. La estructura del cerebro al nacer “ya está instalada” que diría Gary Marcus. Antes, incluso, de la mejor mudanza existencial que existe: nacer a la vida, en el esquema de Wright. Pero estamos obligatoriamente obligados a viajar constantemente hacia alguna parte. Hacia dónde solo merece la pena (yo diría la alegría…) cuando es hacia adelante. Lo manifiesto así por coherencia con lo que yo vivo diariamente en una mudanza cerebral, personal e intransferible, como determinadas nieves: perpetua. Porque no lo sé todo, porque no tengo garantizado casi nada, porque cada vez voy más ligero de equipaje, porque no me gusta mirar atrás y menos con ira, porque este siglo tiene horizontes de grandeza que no coinciden con mis patrones de educación para ser un buen ciudadano, porque el trabajo público está cada vez más “tocado” respecto del bien común, porque se confunde habitualmente valor y precio, porque la ética está en horas bajas, porque el sufrimiento de las personas que quiero sigue haciéndome preguntas que no sé contestar, y porque constantemente me adelantan las personas maleducadas por la izquierda y por la derecha, en el pleno sentido de las palabras.

¿Pesimista? No, optimista bien informado sobre la turbación. Y no quiero pasar como un idiota por la vida. Ya sé que el saber sobre las mudanzas tampoco ocupa lugar [en el cerebro]. Pero, aunque no lo haya anotado Steven Wright en su diario para esta ocasión, en mi 26.901º día de existencia [actualizado a 13/XII/2018], ¡me queda ya tan poco sitio!… “.

Para quedarme más tranquilo ante tanta turbación, he recordado también que Adán y Eva no fueron expulsados…, sino que se mudaron a otro Paraíso. Quizá es lo que necesito hacer hoy escuchando, viendo y sintiendo el mensaje de Richter y Bach que comparto con la noosfera, la malla pensante digital de la que ya hablaba hace más de un siglo Pierre Teilhard de Chardin, a quien debo una de mis mudanzas interiores más llena de turbación.

Sevilla, 13/XII/2018