Saramago, veinte años después, volvió a Sevilla

CUADERNO NOBEL… tras un día, otro viene, y lo que ayer fue duda hoy se convierte en certeza.

José Saramago, Cuadernos de Lanzarote II

El miércoles pasado, Saramago volvió a Sevilla. Fue en el Consulado General de Portugal, en un acto promovido por el citado Consulado y la Fundación Saramago, con la colaboración del Centro de Estudios Andaluces y del Centro Andaluz de las Letras, con motivo de la celebración del día de la lectura en Andalucía en el día de hoy. Las intervenciones sucesivas de los ponentes, con firma incluida del acuerdo del cónsul general de Portugal y de la presidenta de la Asociación Feria del Libro de Sevilla, para que el año próximo se dedique a Portugal como país invitado, dejaron su poso de profundo respeto a la vida y obra de Saramago, destacando por su profundidad, desde mi humilde punto de vista, las palabras de Juan José Téllez, porque se preocupó de destacar en todo momento la fina sensibilidad del autor hacia los más desfavorecidos y al cumplimiento inexorable, actual, de sus “profecías” sobre lo que podría ocurrir en el mundo actual.

DIA LECTURA ANDALUCIA

Efectivamente, la certeza llegó. Pilar del Río nos acercó a la realidad del descubrimiento del cuaderno del año del Nobel escrito en 1998, convirtiéndose hoy en un libro con nombre propio. Nos habló del primer registro y del último de este diario escondido en la memoria del ordenador. El primero, ya lo conocía por haberlo recogido en toda su extensión como un aviso para navegantes, en Cuadernos de Lanzarote II, contando lo que había ocurrido en su jardín en una noche de viento infernal y cómo, a la mañana siguiente, se preocupó de enderezar un pino tres palmos más alto que él, que lo veía sufrir a la hora de mantenerse en pie. Lo socorrió como solo él sabía hacerlo, pensando siempre en el más allá del tiempo. Lo salvó ese día y nos contaba que “anduve reviéndome en mi obra durante todo el día”, más o menos cómo lo hizo en su trayectoria como escritor, reviéndose en sus obras durante todos los días de su vida por coherencia intelectual y como persona pre-ocupada por los demás. Lo hacía y lo sigue haciendo en nuestras almas “como un niño que hubiera conseguido atarse los zapatos por primera vez”.

Tengo bastante avanzada la lectura del cuaderno del año del Nobel, pero recordando una anécdota que contó Pilar en el citado acto, he leído el último registro del diario de 1998 que refleja la humanidad inmensa del escritor. Es la historia de la compra de unos calcetines, donde cuenta la sorpresa de un cliente anónimo en unos grandes almacenes cuando lo descubre agachado y localizando sus peúgas (calcetines, en portugués), preguntándole si ese hombre en esa postura era José Saramago, a lo que respondió: “Sí, soy yo”. “Eso me parecía -ha dicho- , pero como lo he visto aquí solo…”. Él cuenta, en esa aventura en El Corte Inglés de Callao, en Madrid, por más señas, que lo que verdaderamente había desconcertado a este señor no era que estuviera solo en esos menesteres, sino que “un Premio Nobel de literatura estuviera comprando calcetines como cualquier mortal, sin contar, por lo menos, con la ayuda de dos secretarios y la protección de cuatro guardaespaldas. Y encima en una postura tan poco digna”.

Así finaliza este diario anunciado en 2001 por el propio Saramago. Vuelvo a leer el epílogo de Cuadernos de Lanzarote II y allí descubro de nuevo los motivos de permanecer oculto el Cuaderno de 1998, el Sexto en concordia: “Y si el Sexto Cuaderno no llegó a ver la luz del día y permaneció agarrado al disco duro del ordenador, fue sólo porque, envuelto de repente en mil obligaciones y compromisos, todos urgentes, todos imperativos, todos inaplazables, se me quebró el ánimo y también la paciencia para para revisar y corregir las doscientas páginas en las que se habían acogido las ideas, los hechos e igualmente las emociones con que el año 1998 me benefició y alguna vez me agredió”.

De todas formas, lo que me sobrecogió del acto en el Consulado General de Portugal fue una anécdota que contó Pilar sobre el origen del libro más polémico de Saramago. Contó que paseando los dos en Sevilla por la calle Sierpes, se volvió Saramago hacia el célebre quiosco de Curro situado en la zona de La Campana y allí vio escritas unas palabras que luego dieron el título a una obra preciosa: El evangelio según Jesucristo. Bendito momento para Sevilla, justo es recordarlo, a la que volvió el miércoles pasado para recordarnos que lo que ayer fue duda hoy se convierte en certeza, intentando comprender el final de aquella obra nacida curiosamente en esta tierra cuando Dios decía: “[…]: Hombres, perdonadle [a Jesús], porque él no sabe lo que hizo. Luego se fue muriendo en medio de un sueño, estaba en Nazareth y oía que su padre le decía, encogiéndose de hombros y sonriendo también, Ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas”.

Salí del Consulado en silencio pensando en estas palabras en esta ciudad iluminada para la Navidad, recordando al niño Jesús proletario que Saramago describía en sus pequeñas memorias, porque él estaba conmigo, al igual que me acompañaba durante muchos años Manuel, el amigo imaginario de Marcelino, Pan y Vino: “En ese tiempo, los Reyes Magos todavía no existían (o soy yo quien no se acuerda de ellos), ni existía la costumbre de montar belenes con la vaca, el buey y el resto de la compañía. Por lo menos en nuestra casa. Se dejaba por la noche el zapato (“el zapatinho”) en la chimenea, al lado de los hornillos de petróleo, y a la mañana siguiente se iba a ver lo que el Niño Jesús habría dejado. Sí, en aquel tiempo era el Niño Jesús quien bajaba por la chimenea, no se quedaba acostado en la paja, con el ombligo al aire, a la espera de que los pastores le llevasen leche y queso, porque de esto, sí, iba a necesitar para vivir, no del-oro-incienso-y-mirra de los magos, que, como se sabe, solo le trajeron amargores para la boca. El Niño Jesús de aquella época era un niño Jesús que trabajaba, que se esforzaba por ser útil a la sociedad, en fin, un proletario como tantos otros”.

No lo olvido en este encuentro imaginario en Sevilla, veinte años después. Gracias José Saramago, porque a través de la lectura de tu obra a lo largo de los años, vuelvo a comprender mejor en esta Navidad de 2018 que yo no puedo hacerle todas las preguntas a ese niño divino de mi infancia, ni él puede darme todas las respuestas para que otro mundo sea posible. Por mucho que me duela. Aunque pensándolo bien y como reconoce la sabiduría popular, la dignidad humana siempre acaba triunfando en las respuestas a la vida, porque tras un día, otro viene, y lo que ayer fue duda hoy se convierte en certeza.

Sevilla, 16 de diciembre de 2018, Día de la Lectura en Andalucía.