Piratería de cerebros e inteligencia digital

cerebro a cerebro

He leído recientemente un artículo inquietante del historiador israelí Yuval Noah Harari, Los cerebros “hackeados” votan, con una entradilla demoledora: “Algunas de las mentes más brillantes del planeta llevan años investigando cómo piratear el cerebro humano para que pinchemos en determinados anuncios o enlaces. Y ese método ya se usa para vendernos políticos e ideologías”. He recomendado su lectura por activa y por pasiva, utilizando las redes al alcance de mis dispositivos móviles, porque es de lectura obligada ante la ingenuidad atómica que nos rodea.

En el citado artículo figuran varias preguntas concatenadas que debería afrontar urgentemente la humanidad, a modo de corolario de su hilo argumental: “¿Cómo funciona la democracia liberal en una era en la que los Gobiernos y las empresas pueden piratear a los seres humanos? ¿Dónde quedan afirmaciones como que “el votante sabe lo que conviene” y “el cliente siempre tiene razón”? ¿Cómo vivir cuando comprendemos que somos animales pirateables, que nuestro corazón puede ser un agente del Gobierno, que nuestra amígdala puede estar trabajando para Putin y la próxima idea que se nos ocurra perfectamente puede no ser consecuencia del libre albedrío sino de un algoritmo que nos conoce mejor que nosotros mismos?”.

Las preguntas no son inocentes, por supuesto y traducen lo que casi todos pensamos como secretos a voces. Hace una reflexión muy dura a la hora de explicar que el contexto en que nos movemos en la actualidad es el del retroceso histórico, con carga bíblica para dar soluciones a problemas de hoy, donde volvemos a abordar debates pasados de moda y de siglo. Para cerrar esta cuadratura del círculo ofrece dos soluciones a la pregunta clásica de Lenin: ¿qué hacer?: “Supongo que necesitamos luchar en dos frentes simultáneos. Debemos defender la democracia liberal no solo porque ha demostrado que es una forma de gobierno más benigna que cualquier otra alternativa, sino también porque es lo que menos restringe el debate sobre el futuro de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, debemos poner en tela de juicio las hipótesis tradicionales del liberalismo y desarrollar un nuevo proyecto político más acorde con las realidades científicas y las capacidades tecnológicas del siglo XXI”.

Sobre el primer frente, la defensa de la democracia liberal, tengo que decir que me inquieta la recomendación, porque la supuesta benignidad y la tolerancia de esta corriente ideológica está lejos de garantizar un progreso democrático integral, sobre todo, para los que menos tienen desde la falta real de equidad en la accesibilidad digital que nos ocupa en esta reflexión. El liberalismo es una ideología más, concreta, con todos los bagajes que se esperan de ella, con un matiz esclarecedor consistente en la negación y olvido de “los otros” como artífices de la democracia en favor del individualismo soberano, con un suelo firme enraizado en la economía pura y dura que debe beneficiar siempre al individuo y con escasa regulación e intervención del Estado. Como todas las ideologías, ésta tampoco es inocente, aunque diferente según las bases de creencias que las sustentan y de que ataquen o no a la razón. Además, el liberalismo es una ideología incompleta, aislando a las personas que sufren la falta de equidad en la accesibilidad digital. Intenta flotar por encima de la sociedad en general en favor del individuo porque es soberano, contemplando solo el Estado como testigo de cargo, pero con intervenciones mínimas, cosméticas tan solo, porque casi no es necesaria su presencia. La razón liberal es incompleta siempre porque el individualismo limita la posibilidad de transformar el mundo sin dejar a nadie atrás. Lo estudié en su día en la obra de José Ferrater Mora y no lo he olvidado.

La verdad es que la lectura del artículo abre unos interrogantes que van dirigidos directamente a la línea de flotación de la humanidad. Creo que estamos avanzando históricamente con bastante falta de altura de conocimiento y libertad, no cuidando una inteligencia propia de los seres humanos a la que vengo llamando desde hace ya muchos años, inteligencia digital, que cubre el ciclo vital completo de todo ser humano, desde que nacemos hasta que morimos, porque nos va a acompañar siempre, llevando desde el equipamiento digital que corresponda el manual de instrucciones para conocer el funcionamiento del gran artífice digital de la vida: el cerebro bien informado en mi yo y mis circunstancias.

Necesitamos abrir urgentemente un ciclo educativo muy importante del conocimiento de nuestro cerebro, como yacimiento insustituible para comprender por qué nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos en un mundo digital. Desde hace trece años llevo escribiendo en este cuaderno digital una historia interminable de la inteligencia digital, controlada siempre por las maravillosas estructuras del cerebro que todavía es un gran desconocido a nivel científico. Decía en su artículo Yuval Noah Harari que “nuestra amígdala puede estar trabajando para Putin”. Pero ¿sabemos que es la amígdala y las funciones que cumple en el cerebro de cada persona? Sin ánimo de aburrir a nadie, me gustaría hablar hoy de esta estructura cerebral, a modo de ejemplo, de cómo conocerla nos puede hacer más libres y responsables ante los ataques, no inocentes, de Putin.

En el cerebro se encuentra una estructura cerebral, del tamaño de una almendra, que se llama “amígdala” (del griego ὰμυγδάλη, almendra), situada exactamente en el lóbulo temporal y forma parte, junto a otras estructuras cerebrales, como el hipotálamo, el septum y el hipocampo, fundamentalmente, de los circuitos responsables de la emoción, de la motivación y del control del sistema autónomo o vegetativo. Todo ello configura el denominado sistema límbico, responsable directo de la codificación del mundo personal e intransferible de los sentimientos y de las emociones. Con el control férreo de la corteza prefrontal, como corteza de asociación situada en el lóbulo frontal. Una parte muy importante de la corteza (servilleta) cerebral, utilizando la descripción del tamaño de la misma hecha por Jeff Hawkins (1).

Desde el punto de vista científico, ya sabemos muchas cosas de la amígdala cerebral. Es una estructura muy pequeña y evolutivamente muy antigua. Dependiendo de su tamaño se puede identificar el carácter de una persona, llegándose a saber que una atrofia de la amígdala llevará a la persona que la sufra a una seria dificultad en el reconocimiento de los peligros, siendo realmente asombrosa la asociación que se puede llegar a dar entre su hipertrofia y la violencia y agresión. Se puede llegar a conocer hoy, a través de técnicas no invasivas de tomografía mediante emisión de positrones (PET), el coeficiente de las emociones en cada lado de la amígdala.

Existe una investigación muy avanzada de esta estructura cerebral, pero es una muestra nada más de la complejidad de nuestro cerebro y de la necesidad del conocimiento profundo del mismo para comprender en su esencia la inteligencia digital, tantas veces analizada en este blog. En el libro que publiqué en 2007, Inteligencia Digital. Introducción a la Noosfera digital, ya alertaba de esta oportunidad histórica en la vida de las personas que pueblan la Noosfera. En esa ocasión, definí la inteligencia digital a través de cinco acepciones: 1. destreza, habilidad y experiencia práctica de las cosas que se manejan y tratan, con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, nacida de haberse hecho muy capaz de ella. 2. capacidad que tienen las personas de recibir información, elaborarla y producir respuestas eficaces, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación. 3. capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para un determinado contexto comunitario o cultural, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación. 4. factor determinante de la habilidad social, del arte social de cada ser humano en su relación consigo mismo y con los demás, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación. 5. capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, es decir, cuando ha superado la dialéctica infernal del doble uso.

Es cierto que la inteligencia digital tiene riesgos inherentes a su desarrollo y consolidación en el cerebro humano, pero es una realidad que no tiene vuelta atrás: el mundo digital solo tiene interés hacia adelante, grabándose en el hipocampo, otra maravillosa estructura cerebral que convive muy bien con la información y su retención en zona de memoria a corto, medio y largo plazo, que sabe convertirla en conocimiento cuando se cruza permanentemente con otra estructura próxima, muy amable para la vida de las personas, la amígdala, donde se forjan nuestros sentimientos y emociones.

El artículo de Yuval Noah Harari aborda precisamente el doble uso de los avances científicos digitales. La quinta acepción enunciada anteriormente, en conjunción con las cuatro restantes, cuando las tecnologías están al servicio de la ciudadanía, con una ideología democrática digital respaldada por leyes de amplio espectro digital, puede contrarrestar los peligros que acechan al homo digitalis. Los ordenadores, el software y el hardware inventados por el cerebro humano, permiten hoy creer que llegará un día en que sabremos cómo funciona el cerebro cada segundo (la amígdala amenazada hoy por Putin, Trump y compañeros mártires), y descubriremos que somos más listos que los propios programas informáticos que nos lo han facilitado, porque la inteligencia digital desarrolla la capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, cuando ha superado la dialéctica infernal del doble uso: la utilización de los descubrimientos electrónicos para tiempos de guerra y no de paz. Quiero y defiendo creer e investigar estos principios digitales, que pueden ser una base extraordinaria para transformar el mundo actual y hacerlo más habitable y más humano.

Estoy convencido que los ordenadores, el software y el hardware inventados por el cerebro humano, es decir, el conjunto de tecnologías informáticas y de telecomunicaciones que son el corazón de las máquinas que preocupan y mucho a investigadores, historiadores y filósofos, de forma legítima y bien fundamentada, permiten hoy creer que llegará un día en este “siglo del cerebro”, no mucho más tarde, en que sabremos cómo funciona cada milésima de segundo, y descubriremos que somos más listos que los propios programas informáticos que usamos a diario en las máquinas que nos rodean, porque estoy convencido de que la inteligencia digital desarrolla sobre todo la capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, sobre todo cuando seamos capaces de superar la dialéctica infernal del doble uso de la informática, es decir, la utilización de los descubrimientos electrónicos para tiempos de guerra y no de paz, como en el caso de los drones o de la fabricación de los chips que paradójicamente se usan lo mismo para la consola Play Station que para los misiles Tomahawk. Ese es el principal reto de la inteligencia, digital, por supuesto.

Sevilla, 11/I/2019

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.ciencias.pe/tecnología/comunicación-de-cerebro-cerebro-es-posible

(1) Hawkins, J. y Blakeslee, S. (2005). Sobre la inteligencia. Espasa Calpe: Madrid.