Vidas paralelas

Sevilla, 3/IX/2021

Cuando está de veras viva, la memoria no contempla la historia, sino que invita a hacerla. Más que en los museos, donde la pobre se aburre, la memoria está en el aire que respiramos; y ella, desde el aire, nos respira.

Eduardo Galeano, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés.

Ocurre con frecuencia que vivimos en paralelo con los demás aunque aparentemente lo hagamos todo juntos pero sin punto de encuentro alguno. El problema es más grave cuando ese paralelismo es con personas próximas y no digamos nada cuando esa realidad se mueve en el terreno de las ideologías, porque está demostrado que éstas, antes o después, demuestran que no son inocentes a lo largo de una vida en común, pasando una factura impagable a los largo de los años. Al igual que en la obra de Plutarco, Vidas paralelas, la comparación entre dos vidas puede ser siempre algo que nos ocurre alguna vez en la vida y que puede despertar nuestro interés, sobre todo cuando llegamos al momento que él nos enseñó, esa “comparación” en la que se pueden resaltar las cualidades de una u otra persona analizada, sabiendo que uno es el mundo de todos y otro el mundo de secreto, debiéndonos librar siempre de una tentación: hacer de cada persona un objeto. Pedro Almodóvar se ha aproximado a esta realidad de la memoria histórica de este país en su última película, Madres paralelas, donde dos mujeres Janis (Penélope Cruz) y Ana (Milena Smit), se mueven en mundos paralelos pero que, en el fondo, si las comparas, nacen del mismo dolor de vida, de la intrahistoria de una guerra civil y sus secuelas a pesar del paso de los años.

Creo que quien sigue de cerca la lectura de este cuaderno digital conoce de sobra mi admiración hacia Eduardo Galeano y su ayuda sempiterna para que logremos entender alguna vez este mundo al revés, asistiendo con frecuencia a las nuevas convocatorias virtuales de su escuela para aprender a convivir con él. Es lo que ha hecho Almodóvar con su película al rescatar unas palabras de Galeano que no dejan indiferente a nadie, respondiendo también a dos preguntas suyas recogidas en el programa de estudios de su escuela del mundo al revés, en el capítulo dedicado a “Las clases magistrales de impunidad”: “¿La historia se repite? ¿O se repite sólo como penitencia de quienes son incapaces de escucharla? No hay historia muda. Por mucho que la quemen, por mucho que la rompan, por mucho que la mientan, la historia humana se niega a callarse la boca. El tiempo que fue sigue latiendo, vivo, dentro del tiempo que es, aunque el tiempo que es no lo quiera o no lo sepa” (1). Esto deberían leerlo y, mejor, escribirlo hasta cien veces en la pizarra inmoral de sus vidas, los negacionistas de todo y de nada, los que no quieren que hablemos de nuestra historia reciente por muchos años que hayan pasado ya, porque el dolor sigue en muchas cunetas y tapias de cementerios de este país.

Galeano profundiza en esta reflexión con palabras que enmudecen mi corazón: “El derecho de recordar no figura entre los derechos humanos consagrados por las Naciones Unidas, pero hoy es más que nunca necesario reivindicarlo y ponerlo en práctica: no para repetir el pasado, sino para evitar que se repita; no para que los vivos seamos ventrílocuos de los muertos, sino para que seamos capaces de hablar con voces no condenadas al eco perpetuo de la estupidez y la desgracia. Cuando está de veras viva, la memoria no contempla la historia, sino que invita a hacerla. Más que en los museos, donde la pobre se aburre, la memoria está en el aire que respiramos; y ella, desde el aire, nos respira”.

Sólo por estas reflexiones creo que Almodóvar merece nuestro respeto con esta entrega de cine ético, que también existe. Queda perfectamente claro en las palabras de crítica de esta película realizada por Francesc Miró en elDiario.es: “En una escena aparentemente baladí, los personajes de Penélope Cruz y Rossy de Palma llegan al pueblo natal de ambas. Penélope le pregunta a su amiga si está bien, pues se la ve alicaída, callada y pensativa. Rossy de Palma asiente y afirma: “Es solo que tengo muchas ganas de llorar”. Uno tiene la sensación, más tras una pandemia como la que hemos vivido, que de eso va todo: de llorar a los muertos. De dejar ir las lágrimas secuestradas durante décadas. Y con esta película, tenemos la esperanza de poder hacerlo”.

Lo he manifestado en ocasiones anteriores cuando he hablado del cine de compromiso social. Existe un determinado cine de calidad que nunca es inocente. No he olvidado cómo me han conmovido determinadas películas que conservo en mi filmoteca cerebral. Recuerdo ahora Hoy empieza todo, excelente película de Bertrand Tavernier, donde pude constatar que el cine, en realidad, no es cine, sino la interpretación de una realidad más próxima de lo que parece. Contenemos la respiración. Todos nos enfrentamos a este momento en un cuerpo a cuerpo. Cuando encontramos las mejores historias, un gran corazón late, se alarma, va más despacio, sale de la sala cinematográfica con el deseo de seguir creyendo en un mundo diferente que todavía es posible. Todos los rostros miran en la misma dirección. Este impulso es el que aspiramos a que nos acompañe siempre, porque es el que nos permite descubrir y alimentar cualquier microhistoria saludable. ¿Saben por qué? Porque como decía el autor de la obra sobre la que está basada la película de Tavernier, aunque hoy comience todo, en verdad, todo se parece al amor digno que nos conmueve, es decir, que nos perturba, inquieta, altera, que nos provoca situaciones placenteras que consuelan a nuestra persona de secreto con fuerza y eficacia, afectando de lleno los sentimientos y emociones.

Al fin y al cabo, porque aspiramos siempre a descubrir nuestra mejor historia. Por esta razón, caminar en paralelo con la Historia, negándola, es condenarnos en vida a no resurgir de las cenizas y, lo que es peor, a obviar la realidad de que el ave fénix existe. Además, cuando lo hacemos con las personas más próximas, escribimos casi sin darnos cuenta la crónica de una muerte personal y social anunciada. Estamos avisados de nuevo por Almodóvar y por Galeano: la memoria está en el aire que respiramos; y ella, desde el aire, nos respira.

(1) Galeano, Eduardo (1998). Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI de España.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.