El gran poder de la lectura llega al alma de La Candelaria

ISA LEE 2021: niños de la barriada de La Candelaria protagonizan el acto anual de Iniciativa Sevilla Abierta por la Feria del Libro de Sevilla

Sevilla, 1/XI/2021

Ayer pude tocar el cielo del gran poder de la lectura en el acto organizado en la Feria del Libro 2021, en Sevilla, por la Asociación Iniciativa Sevilla Abierta, ISA LEE, con la participación este año de niños de la barriada de La Candelaria, una de las tres que conforman Los Tres Barrios-Amate, un conglomerado urbanístico donde se da uno de los mayores índices de pobreza severa en la ciudad de Sevilla, sostenida en el tiempo, desde que personalmente los conocí en los años sesenta del siglo pasado. Por esta razón me emocionó el acto de ayer porque pude comprobar el significado que puede llegar a tener esta lectura llevada a cabo en la Feria del Libro de esta ciudad.

El acto tuvo lugar ayer en la Carpa situada en la Plaza Nueva, con un título programático que tenía un sentido especial: “DESCUBRIENDO LA PERI-FERIA. Un viaje de Ida y Vuelta”, que es muy importante contextualizar porque tenía el alma de La Candelaria: “La vuelta a la Feria del Libro, tras el periodo de pandemia, empezó en la segunda semana de marzo del 2020, cuando visitamos la asociación AES Candelaria y comprobamos la vida que fluía allí, con un transitar de mayores y niños, de maestros y de alumnos, de madres y bebés, de diferentes procedencias, con distintos acentos y vestimentas, pero nadie parado ni desatendido, era como el centro de integración de los no integrados. Desde que conocimos la fecha de celebración de la Feria del Libro de Sevilla estamos trabajando para llevar ese hervidero humano de la peri-feria al centro de la ciudad, representado aquí por la Feria del Libro, a través de la literatura, contada por sus propios actores. Hemos seleccionado unos textos literarios que cumplan un efecto saludable (provechoso para un fin, particularmente para el bien del alma), que serán leídos, recitados o cantados; y en algunos casos, elaborados por los niños que acuden a la Asociación Educativa y Social (AES Candelaria), situada en el barrio de La Candelaria, en el sector Tres Barrios-Amate. Estos alumnos provienen de diversos países y territorios, y queremos que participen en el principal encuentro cultural de nuestra ciudad, mostrando la importante e ignota labor que realiza esta asociación, a través del hilo conductor de la literatura. La presidenta de la AES Candelaria, Estrella Pérez, durante la situación de pandemia vivida recientemente, sintió el riesgo de desaparición de este oasis de acogida, generosidad y apoyo que constituye la sede en una zona tan vulnerable como son los barrios periféricos; y, en su carta de auxilio a la sociedad, además de recordar la necesidad de un apoyo económico para su sustentación y continuidad, resaltó sus deseos para con sus alumnos con estas palabras: “Hay que confiar en la vida”, “La vida es un proceso de aprendizaje” y “Los alumnos deben aprender por sí mismos de sus propios descubrimientos”. Hemos querido en este viaje de ida y vuelta, resaltar el proceso educativo que juega esta asociación, acercándonos a sus actores, tanto a los enseñantes voluntarios como a los niños, ciudadanos que necesitan alimentarse de nutrientes y de ideas, porque el hecho de enseñar a nuestros semejantes y de aprender de nuestros semejantes es más importante para el establecimiento de nuestra humanidad que cualquiera de los conocimientos concretos que así se perpetúan o transmiten”.

El programa del acto, que se puede leer completo en la dirección web de la Asociación Iniciativa Sevilla Abierta, cumplió su objetivo, en el que se pudo comprobar que el gran poder de la lectura estaba en el alma de La Candelaria, a través de los niños y niñas del barrio, también de los pedagogos de la Asociación Educativa y Social (AES Candelaria), que leyeron textos de Albert Camus, Eduardo Galeano, Carmen Laforet y Federico García Lorca, a los que acompañé con un texto mío que reproduzco a continuación, del que se leyó un fragmento:

La lectura enseña el arte para vivir

Federico García Lorca junto a su hermana Isabel, con un libro en sus manos (1914)

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras.

Federico García Lorca, en la Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros, con motivo de la inauguración de la biblioteca pública (septiembre, 1931)

Uno de los placeres más útiles, en el código ético de Nuccio Ordine, es el de la lectura. Así lo confirma también una escritora extraordinaria, Irene Vallejo, en su libro canónico “El infinito en un junco”, que recomiendo leer en un acto de agradecimiento reverencial a la historia de los libros: “Hablemos por un momento de ti, que lees estas líneas. Ahora mismo, con el libro abierto entre las manos, te dedicas a una actividad misteriosa e inquietante, aunque la costumbre te impide asombrarte por lo que haces. Piénsalo bien. Estás en silencio, recorriendo con la vista hileras de letras que tienen sentido para ti y te comunican ideas independientes del mundo que te rodea ahora mismo. Te has retirado, por decirlo así, a una habitación interior donde te hablan personas ausentes, es decir, fantasmas visibles solo para ti (en este caso, mi yo espectral) y donde el tiempo pasa al compás de tu interés o tu aburrimiento. Has creado una realidad paralela parecida a la ilusión cinematográfica, una realidad que depende solo de ti. Tú puedes, en cualquier momento, apartar los ojos de estos párrafos y volver a participar en la acción y el movimiento del mundo exterior. Pero mientras tanto permaneces al margen, donde tú has elegido estar. Hay un aura casi mágica en todo esto”.

Personalmente, considero la lectura como el arte para vivir, para aprender a leer las señales de la vida, porque hablar y escribir es solo cosa de personas. Leer, igual. Es una maravilla constatar que estamos preparados desde la preconcepción y a través del cerebro, para leer, cuando todo está conjuntado para comenzar a unir letras y grabarlas con unas determinadas formas en el cerebro. Agregando, además, sentimientos y emociones, de forma indisoluble, en relación con lo que nuestro cerebro lee. La lectura es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible, porque aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida.

La mercadotecnia se ha apropiado del aserto de Gracián, lo bueno si breve dos veces bueno, dando igual la calidad o no de lo breve. La mensajería instantánea, por ejemplo, donde WhatsApp se ha convertido en un claro exponente de la brevedad, así como los tuits, se han apropiado de la lectura por excelencia en los micromundos personales y de redes sociales. En un modo de vivir tan rápido como el actual, la lectura pausada y continua es un estorbo para muchas personas, donde el libro supone además un reto casi inalcanzable para el interés humano de supervivencia diaria.

Nos quedan las palabras… en los libros. En estos momentos tan delicados para la humanidad por los estragos de la pandemia, tenemos la obligación ética de hacer una operación rescate de placeres útiles como el de la lectura, proclamándola como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer cuando vamos siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer, ni hay un compromiso de Estado para que España lea: “¿Pero qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7).

He comprendido muy bien el interés de Irene Vallejo por ilusionarnos con la lectura, retirándome por unos momentos, al preparar estas líneas, “a una habitación interior” donde me han hablado personas ausentes, es decir, fantasmas visibles solo para mi (en este caso, Federico García Lorca, Nuccio Ordine, Irene Vallejo y Alberto Manguel, entre otros autores) y donde el tiempo pasa al compás de mi interés por escribir de la mejor forma posible, porque comprender y compartir lo que leo es bello y la mejor vacuna contra los males del sinvivir de cada día. De ahí mi amor por las bibliotecas, las “clínicas del alma”, donde aprendo cada día el arte de vivir con dignidad, apasionadamente.

Al finalizar el acto, el Zorongo de Federico García Lorca elevó nuestro espíritu lector y solidario con La Candelaria a las alturas del cielo de Federico, con la lectura hecha por una niña del barrio, Paula Bellido, a la que acompañó el baile de Daniela Camacho, otra convecina, que nos dejó cautivados por la forma de expresar el sentimiento de unas palabras que no se olvidan: La luna es un pozo chico, las flores no valen nada, lo que valen son tus brazos, cuando de noche me abrazan. Es verdad que el gran poder de la lectura ha llegado para quedarse en el alma de La Candelaria.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.