Cuando era niño y hacía las cosas de niño, había un momento excelso en la vida escolar cuando se acercaba el verano, porque podía ir a la librería madrileña «Lino» y comprar allí el cuaderno de verano correspondiente, a veces varios, que traían láminas para dibujar y recortables de la época, camuflados entre deberes de estío para no olvidar lo aprendido. Eran muy bonitos, en color por tecnicolor, como las películas, que siempre los llevé en mi cabás a la espalda en los desplazamientos familiares de verano, acompañados como amigos inseparables de mi querido plumier de dos pisos.
Ahora, cuando ya soy considerado mayor, jubilado y pensionista oficial, dejando atrás aquellas cosas de niños, conozco la publicación inminente de un cuaderno de actividades para adultos, Cuaderno Golden Blackie Books. Vol. 1, especialmente pensado para personas mayores o mejor dicho, más “experimentadas (de más edad, dirán algunos)”, según la sinopsis de la editorial que trabaja desde hace años en esta idea de proactividad inteligente: “El Cuaderno Golden ofrece pasatiempos, ejercicios de lógica, anagramas, sopas de letras, test, crucigramas y muchos otros ejercicios y juegos, elaborados a partir de referentes inolvidables como Serrat, Meryl Streep, Rodríguez de la Fuente o Lola Flores, con los que has bailado, aprendido, cantado, leído, vivido. Sin dejar de lado nuevos conceptos y aprendizajes de hoy para mantener la mente activa y los pies en tierra”. Está destinado a las personas que “que no se conforman con matar el tiempo, ni siquiera con pasarlo, sino que quieren disfrutarlo al máximo. En la playa, en la terraza, de pícnic, de viaje, de relax, con amigos, en pareja, con tus hijos… o para aprovechar ese momentito en el que por fin te quedas a solas, sin ruido ni pantallas. Porque nunca hay que dejar de aprender… ¡Ni de divertirse!”.
Considero que es una aventura editorial extraordinaria, ya consolidada después de haberse publicado diez números generalistas en el ámbito de adultos y esta primera edición para los “más experimentados”, un eufemismo feliz dedicado cuidadosamente a las personas mayores, para mantener en forma el cerebro. Para las personas que amamos la lectura de libros es una noticia excelente, avalada por el trabajo cuidado y de gran altura profesional de la editorial. Los autores son dos experimentados profesionales de la cultura creativa y de ilustración, María López Villodres y Cristóbal Fortúnez, que nos animan a comprender a nuestra edad mayor que este cuaderno “no es de deberes”, porque nadie nos obliga a hacer lo que se indica allí, que “funciona con energía solar, por eso lo sacan en verano”, el próximo 23 de junio, con un último consejo: que “apaguemos el móvil, cojamos un lápiz y disfrutemos aprendiendo”. Tengo que reconocer que el saber no ocupa lugar, pero también es una realidad constatable que cada vez tengo menos sitio en mi “experimentado” cerebro. Sé que el verano es una estación que invita a viajar o a imaginar sueños, también a leerlos en pasajes de la vida, que es otra forma de hacer viajes de interior (del alma), acompañado ahora por este cuaderno para viajeros experimentados de la vida. Nada más que por eso, lo he elegido hoy como cuaderno de compañía.
Tengo que reconocer que en este largo viaje de la vida, siempre tengo presentes las recomendaciones de Kavafis sobre la importancia de Ítaca: Ten siempre a Ítaca en tu mente. Llegar allí es tu destino. Mas no apresures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino sin aguantar a que Ítaca te enriquezca. Hoy, gano mucho con la lectura de este cuaderno que me seguirá ayudando a buscar lecturas en islas desconocidas.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Estamos viviendo un fenómeno cada vez más extendido que se llama deserción digital, asociado íntimamente con la defensa consciente del derecho al olvido, también conocido como derecho a la renuncia. El uso no racional de las tecnologías de la información y comunicación, tanto en dispositivos digitales como en uso de redes sociales, por ejemplo, está llevando a esta situación, que se veía venir, de hartazgo y cansancio digital desde hace años. Personalmente lo he expuesto a los largo de estos quince años de presencia en mi blog, sobre todo cuando he tratado el constructo inteligencia digital, en el que junto a la correcta utilización de las tecnologías digitales ya señalaba la necesidad de superar el uso no racional de las mismas, entendida la citada inteligencia digital, en su quinta acepción, como la “capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, es decir, cuando ha superado la dialéctica infernal del doble uso», que lo ejemplificaba con un dato clarificador al respecto: la utilización de los descubrimientos electrónicos para tiempos de guerra y no de paz, como en el caso de los drones o de la fabricación de los chips que paradójicamente se usan lo mismo para la consola PlayStation que para los misiles mortíferos Tomahawk. Ese es el principal reto de la maravillosa inteligencia, digital por supuesto, porque vivimos en la sociedad red, que puede ser a la vez maravillosa o malvada, en función de como se use.
He leído hoy un artículo que recomiendo por su especial interés digital: Despedida por un tuit de hace años: cómo la cultura de la cancelación puede afectar a tu trabajo, en el que se aborda esta realidad por la importancia que tiene en nuestras vidas la huella digital y los impactos que tiene el uso no racional de las tecnologías digitales o la intrusión en nuestras vidas a través de las redes sociales de personas que sobrepasan todos los límites del respeto mutuo digital que también existe. El pasado digital siempre cuenta y esto lo están sufriendo las generaciones actuales de jóvenes cuando acceden a cualquier trabajo. Lo que se dijo hace muchos años en las redes, se localiza inmediatamente por los cazadores de talentos y rápidamente pueden ocasionar un incidente laboral o incluso un despido a los pocos días de ser contratada una persona. De ahí mi recomendación de que quien se encuentre en esta situación o conozca algún caso cercano, consulte con detalle lo que la Agencia Española de Protección de Datos recomienda hacer al respecto en relación con el derecho al olvido. También, obviamente, sobre cuestiones digitales de importancia extrema en nuestras relaciones personales y sociales: acceso no controlado a redes sociales, privacidad y uso no adecuado de fotos y vídeos en internet.
En síntesis, el derecho al olvido se puede ejercer teniendo en cuenta cinco puntos clave, sintetizados por la AEPD:
1. ¿Qué es el derecho de supresión («derecho al olvido»)?
Es la manifestación del derecho de supresión aplicado a los buscadores de internet. El derecho de supresión (‘derecho al olvido’) hace referencia al derecho a impedir la difusión de información personal a través de internet cuando su publicación no cumple los requisitos de adecuación y pertinencia previstos en la normativa. En concreto, incluye el derecho a limitar la difusión universal e indiscriminada de datos personales en los buscadores generales cuando la información es obsoleta o ya no tiene relevancia ni interés público, aunque la publicación original sea legítima (en el caso de boletines oficiales o informaciones amparadas por las libertades de expresión o de información).
2. ¿Puedo ejercerlo frente al buscador sin acudir previamente a la fuente original?
Sí. Los motores de búsqueda y los editores originales realizan dos tratamientos de datos diferenciados, con legitimaciones diferentes y también con un impacto diferente sobre la privacidad de las personas. Por eso puede suceder, y de hecho sucede con frecuencia, que no proceda conceder el derecho frente al editor y sí frente al motor de búsqueda, ya que la difusión universal que realiza el buscador, sumado a la información adicional que facilita sobre el mismo individuo cuando se busca por su nombre, puede tener un impacto desproporcionado sobre su privacidad.
3. Si lo ejerzo frente a un buscador, ¿la información desaparecerá de internet?
No. La sentencia del Tribunal de Justicia de la UE de 13 de mayo de 2014 determina que sólo afecta a los resultados obtenidos en las búsquedas hechas mediante el nombre de la persona y no implica que la página deba ser suprimida de los índices del buscador ni de la fuente original. El enlace que se muestra en el buscador sólo dejará de ser visible cuando la búsqueda se realice a través del nombre de la persona que ejerció su derecho. Las fuentes permanecen inalteradas y el resultado se seguirá mostrando cuando la búsqueda se realice por cualquier otra palabra o término distinta al nombre del afectado
4. ¿Cómo puedo ejercerlo?
La normativa de protección de datos establece que para ejercer el derecho de supresión (y, por tanto, el ‘derecho al olvido’) es imprescindible que el ciudadano se dirija en primer lugar a la entidad que está tratando sus datos, en este caso al buscador. Los buscadores mayoritarios han habilitado sus propios formularios (Google, Bing o Yahoo) para recibir las peticiones de ejercicio de este derecho en este ámbito. Si la entidad no responde a la petición realizada o el ciudadano considera que la respuesta que recibe no es la adecuada, puede interponer una reclamación ante la Agencia Española de Protección de Datos. En función de las circunstancias de cada caso concreto, la Agencia determinará si la estima o no. Esta decisión de la Agencia, a su vez, es recurrible ante los Tribunales.
5. ¿Se limita el derecho a recibir información?
No. En el caso de los buscadores, la sentencia señala que es necesario realizar una ponderación caso por caso para alcanzar un equilibrio entre los diferentes derechos e intereses. Dado que es imprescindible valorar las circunstancias de cada solicitud y que se debe tener en cuenta sistemáticamente el interés de las personas usuarias en acceder a una información, aquellas que resulten de interés para el público por su naturaleza o por afectar a una figura pública no serán aceptadas.
En 2017 escribí un artículo, La huella digital es vida, texto y contexto, que recogía ya lo expuesto anteriormente, en relación con una noticia premonitoria: “Un sevillano consigue que Google no lo vincule con noticias antiguas. Una resolución insta al buscador a retirar tres enlaces de los resultados al consultar su nombre” (1). Hice en ese día una reflexión que recojo hoy íntegra en mi tesis de escritura circular, que también existe: “Creo que vivimos en un mundo digital que tiene texto y contexto, porque por encima de todo, la vida es escritura, mejor, la vida es texto y contexto, aunque ahora se lleve la palma el teclado de turno y no el lápiz, el bolígrafo o la pluma de toda la vida: “Sí, la narrativa de Lobo Antunes avanza de la mano de la vida cotidiana que la produce, y el narrador, como el navegante, anota altibajos emocionales, recuerdos y paradojas de la identidad en un manuscrito escrupuloso y contingente que adquiere la forma de un cuaderno de bitácora: escribe su singladura vital en el océano de las palabras, convocándolas al texto y luego corrigiéndolas hasta la extenuación. “A escrita é a vida, e a vida a escrita: ou melhor, a vida é texto” (Colóquio Letras, nº62, Julio de 1981) (2).
La persona que protagoniza hoy la noticia sobre el gran problema de la huella digital en el mundo actual, desea que parte del texto de su vida no se publique más, porque tiene derecho a preservar sus datos personales (su contexto): “La Agencia Española de Protección de Datos ha estimado la reclamación realizada por un sevillano contra Google INC, «instando a esta entidad para que adopte las medidas necesarias para evitar que su nombre se vincule en los resultados de búsqueda de tres URL» al realizar una búsqueda por su nombre, lo que le impedía el derecho a una adecuada reinserción en la sociedad”. Para mí es una gran noticia lo que ha ocurrido porque caminamos muchas veces hacia atrás en este ámbito digital. Las redes sociales son un altavoz permanente de vidas propias y ajenas y no se pueden poner puertas al campo. El mundo Internet es un inmenso huerto sin vallar y sin puertas. Se presupone siempre que sabemos dónde nos metemos, digitalmente hablando, pero estoy convencido que una vez más ignoramos la letra pequeña, digital por supuesto, al entrar en este fascinante mundo en el que la vida privada no depende solo de lo que cada persona escriba sino del uso no racional e inadecuado de cada texto y contexto, en el sentido que decía António Lobo Antunes: la vida es texto (y contexto digital, en este caso), aunque defiendo a los cuatro vientos que escribir, teclear palabras, por mucho riesgo que corra en las redes sociales, es la vida.
Asombrosamente, casi todo se puede utilizar, cortar, copiar, bajar y subir en la Noosfera, excepto la huella digital. El campus de Internet no tiene barreras. Recuerdo en este sentido a un payaso de mi niñez, muy querido, el menos listo de los tres, uno de los augustos, que, en una de sus actuaciones, siempre llevaba en su mano derecha una valla de juguete y la ponía delante de sus pies cada vez que hablaba con el payaso listo, el clown, con traje de lentejuelas, cara maquillada de blanco y cejas circunflejas (una muy pronunciada…). Abría la puerta de la valla y la cerraba a su antojo, una y otra vez, para acceder al otro. La hilaridad estaba servida, porque demostraba que todo el campo, el circo de la vida, era suyo. Pero la ética digital obliga a declarar lo que no es tuyo, porque no todo nos pertenece, no todo se puede sobrepasar con la valla portátil de mi querido payaso, aunque desde una perspectiva de inteligencia digital, tal como la concibo y construyo día a día, ponga a disposición de los demás todo el conocimiento para que se pueda reconocer a cada persona de todos y proteger, sobre todo, a la de secreto.
Cuando te quedas a solas en cualquier espacio de Internet, llámese Google, Bing, Facebook, Instagram, Twitter o LinkedIn, entre otros, y no nos gusta lo que aparece allí de cada uno de nosotros, en algún momento de la vida, que allí sigue irremediablemente sin atisbar forma alguna de borrarlo, recuerdo una aproximación de soledad ante el peligro digital convertido en ciencia, tal y como lo cantaba Enrique Morente en su soleá de la ciencia: Presumes que eres la ciencia / Yo no lo comprendo así / Cómo siendo tú la ciencia / No me has comprendido a mí. Porque hoy mismo, la Soleá de Google, Bing, Facebook, Instagram, Twitter o LinkedIn, sigue sin comprender, siendo la ciencia digital, lo que cada persona desearía borrar de sus vidas (su texto, su contexto), pero que, incomprensiblemente, todavía sigue allí.
No olvido algo que leí en 2009 y que me causó mucha impresión en mi investigación del cerebro, a la luz de un estudio que se acababa de publicar en Science (323: 1492 (2009); Learn Mem 29:122 (2009); Phil. Trans. R. Soc. B 364, 1255 (2009), recogido en un artículo de mi admirado Javier Sampedro, Te gustaría borrar los malos recuerdos, porque hay que recordar que en el cerebro anda el problema de fondo: Utilizar fármacos amnésicos para borrar los recuerdos traumáticos no es una idea nueva, pero nunca hasta ahora hubo una molécula como ZIP. ZIP es un inhibidor de una enzima (catalizador biológico) cerebral llamada PKM zeta. En las pruebas con ratones, una sola dosis de ZIP se ha mostrado capaz de eliminar por completo el recuerdo concreto que el animal haya reactivado en ese momento. Puede tratarse de una habilidad motora placentera, una asociación emocional desagradable o un conocimiento espacial sin mayores implicaciones emocionales. El ZIP se la borra”.
Me preocupó entonces y me sigue preocupando ahora, pensando fríamente que el olvido ya se puede comprar también, formando parte del Gran Mercado Mundial en Internet. Escribí en este cuaderno digital en aquellos días, hace doce años, que el artículo de Sampedro planteaba una pregunta muy inquietante: “¿Qué es mejor, borrar lo que uno ha hecho o lo que piensan los demás? La memoria es inestable, maleable y muy manipulable. Y ya hay respuestas en el laboratorio”. Todo se ha andado y todo se andará. La molécula del olvido se ha descubierto en el laboratorio. Ya se sabe que algunos ratones han agradecido el experimento y ¡ya son felices! Ya lo había intuido anteriormente en otro artículo mío, Cerebro humano, cerebro de ratón, en que manifestaba lo siguiente: “somos, en definitiva, más libres, porque nos conocemos mejor, a través de la verdadera causa de la salud y la enfermedad, gracias a proyectos cuya base científica nace en un pequeño ratón de la factoría Allen, que siempre estará cerca, paradojas de la vida, de la humanidad y de la genética del que conocí hace muchos años, de nombre Mickey [Mouse]”. La dosis adecuada de ZIP es como una goma de borrar, como se demostró en la investigación científica citada: “En las pruebas con ratones, una dosis de ZIP [compuesto químico] elimina por completo cualquier recuerdo que el animal estuviera recuperando de la memoria en ese momento”. Y la he vuelto a leer muchas veces, en una composición artística del autor o autora, porque me ha parecido extraordinario que el propio cerebro humano haya llegado a este descubrimiento. Y vuelta a empezar. Situaciones como estas no las deberíamos olvidar. Y el drama shakesperiano está servido, porque olvidar o no olvidar no sólo en el mundo digital, sino también en el atómico de todos los días, es donde está la verdadera cuestión, salvando siempre que el olvido es un derecho y no una mercancía más en el Gran Mercado del Mundo.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Ángeles Alvariño, Serantes (Ferrol, Galicia), 1916 / La Jolla, (San Diego, California), 2005
Sevilla, 14/VI/2021
En estos días se ha pronunciado miles de veces el nombre de Ángeles Alvariño, el buque oceanográfico que ha estado trabajando y lo sigue haciendo en la actualidad en la búsqueda de Olivia y Anna, las niñas desaparecidas en Tenerife, que ha conseguido localizar el cuerpo de una de ellas, Olivia y que prosigue sus tareas de localización de la más pequeña. Creo que es justo detallar quién era Ángeles Alvariño, en un país descreído y muy poco dado a reconocer el éxito de los demás, todavía peor si se refiere a mujeres de tanto prestigio como ella. Lo destaco como seña de identidad en el fondo y forma de estas palabras, porque sólo pretendo que sea un homenaje a una persona que aportó mucho al mundo de la oceanografía y que hoy la podemos reconocer por dar nombre a un barco especializado en tareas de investigación marina, con la vertiente humana que todos reconocemos ahora por su esfuerzo en localizar los cuerpos de las dos niñas en las profundidades del océano que ella conocía a la perfección.
Nuestra protagonista, nacida en Serantes (Ferrol, Galicia) en 1916, fue una prestigiosa investigadora, oceanógrafa, zoóloga, bióloga y profesora universitaria, “precursora en la investigación oceanográfica mundial. En 1953-54 fue la primera mujer científica en un buque oceanográfico británico, el Sarsia. A partir de 1956 realizó sus investigaciones en Estados Unidos. Descubrió 22 especies de organismos marinos. Ángeles Alvariño fue la figura elegida en 2015 por la Real Academia Gallega de Ciencias (RAGC) para celebrar el 1 de junio el «Día de la Ciencia en Galicia», en el que por primera vez se homenajeó a una mujer investigadora”.
Gran parte de su recorrido en la investigación oceanográfica se desarrolló en Estados Unidos, donde falleció en 2005 en La Jolla, EEUU, destacando los veinte años en los que trabajó en el Centro Científico de las Pesquerías del Sudoeste, una división del Servicio Nacional de Pesca Marítima de Estados Unidos, hasta su jubilación en 1987. He sabido que fue una activista reconocida en la lucha por la no discriminación por razón de género, siendo reconocido su trabajo en defensa de los derechos laborales de las mujeres. Así se recogía en un artículo publicado en 2018 por elDiario.es, con un título y subtítulo esclarecedores: “Una pionera española en la lucha contra la desigualdad laboral. La bióloga gallega Ángeles Alvariño denunció en 1977 al Gobierno de los Estados Unidos que sufría discriminación por razones de género”.
En el citado artículo se expone que “Alvariño inició la carta declarando que sufría discriminación y que escribía porque pensaba que una nueva y progresista administración debería saber cuáles eran las condiciones reales de trabajo en las dependencias oficiales. En el escrito hizo referencia a que en los siete años que llevaba en la SWFC [Southwest Fisheries Center, integrado en el National Marine Fisheries Service y, a su vez, en la National Oceanic and Atmospheric Agency (NOAA)]. se había comprometido en la defensa de los derechos laborales de las mujeres, fuera representante de sus compañeras y realizara un estudio en 1974-75 en el que se demostraba la discriminación femenina en el Laboratorio de La Jolla. La científica subrayó la circunstancia que determinaba allí una injusta promoción profesional: el género. Todos los que ocupaban las categorías profesionales superiores eran hombres”. A pesar de su lucha incansable, el resultado final fue decepcionante porque no se llegó a emitir informe oficial alguno, probablemente porque se enfrentaban a una situación de múltiples silencios cómplices machistas: “Alvariño entendía que también las minorías eran discriminadas y explicó que ella había sido objeto de persecución personal y obligada a trabajar en unas inadecuadas condiciones. En ese punto dejó sentado que no era de las que aceptaban las situaciones injustas: “No fui de las que se inclinaron y aceptaron en silencio la situación”. Asimismo, explicó que se le denegó el ascenso profesional sin razones objetivas, por un sistema de supervisión de hombres que constituían una mafia. Sí, esa fue la palabra que usó; la científica gallega hablaba claro y alto. Le dijo a la ministra [Juanita Morris Kreps] que intentó cambiar las cosas siguiendo los procedimientos establecidos, pero sus propuestas no se tuvieron en cuenta”.
Creo que es justo reconocer su obra científica, yendo más allá de la mera denominación de un buque especializado. Creo que en estos momentos Ángeles Alvariño se emocionaría al conocer que gracias a sus trabajos científicos, la oceanografía cumplía también con una misión humana de un calado excepcional, utilizando un robot con tecnología muy avanzada para investigar las profundidades submarinas por un hecho inhumano. En esta inquietante paradoja, era imprescindible reconocérselo como mujer y como madre.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Con el ánimo de aunar voluntades de creencia en la bondad del ser humano, escribo estas palabras como acto de solidaridad con Beatriz, la madre de Olivia y Anna, con su familia, que se han convertido tristemente en noticia continua desde hace un mes y medio por la desaparición de las dos niñas en una maniobra de violencia vicaria por parte de su padre. Mi intención es traer a nuestro recuerdo la situación que vivimos en marzo de 2018 con la desaparición también de Gabriel, el niño almeriense que sufrió la violencia por parte de la novia de su padre, por la gran lección humana que recibimos en aquel caso de sus padres. No quiero entrar en más detalles escabrosos en ambos casos, de sobra conocidos, pero sí rescatar algo que aprendí y escribí con motivo de aquél luctuoso suceso, porque salvando lo que haya que salvar, hay un contexto que he recuperado en mi memoria de secreto y que deseo hoy resaltar.
El mar es de nuevo un triste protagonista de las niñas de Tenerife, como lo era para Gabriel, conocido como “Pescaíto” por su amor a los peces. Beatriz, al igual que en su momento hizo Patricia, junto a su exmarido, Ángel, padres de Gabriel, ha dado una lección al mundo de prudencia, de saber estar y comunicar sus sentimientos, siempre con mensajes positivos y amables en la creencia de que su exmarido no iba a hacer daño alguno a las niñas. Sus comunicados, cartas y mensajes, han sido una lección continua de entereza y confianza en la cara más amable del ser humano, aunque finalmente no haya sido así. Las redes sociales se han inundado de la imagen de dos niñas-sirenas redivivas, Olivia y Anna, de espaldas, “siempre juntas” y simbolizando el imprescindible camino feliz en sus vidas, truncadas por la maldad humana.
Lo anterior es lo que me ha recordado una fábula recogida en un texto que no olvido de David Foster Wallace, Esto es el agua: algunas reflexiones compartidas en una ocasión señalada sobre la idea de vivir una vida compasiva, un discurso que dirigió a la promoción de graduados del Kenyon College en 2005, comenzando con una pequeña parábola: “Van dos peces nadando por el mar y se encuentran con un pez más viejo que viene nadando en dirección contraria. El pez mayor los saluda y les dice, “Buenos días, chicos. ¿Qué tal está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguen nadando y al cabo de un rato uno de ellos mira al otro y le pregunta, “¿Qué demonios es el agua?”. La gran paradoja de esta parábola es que los que estamos asistiendo a esta desgraciada aventura humana en Tenerife no sabemos apreciar lo que hacemos a diario, olvidando la sencillez de lo que corresponde al carpe diem bueno o malo de cada ser humano. Como decía Foster Wallace, “La enseñanza más urgente de la historia de los peces es, simplemente, que los aspectos de la realidad que resultan más obvios, más ubicuos e importantes, a menudo son los más difíciles de ver y de los que más cuesta hablar”. Y una realidad que existe es la maldad humana, la del padre de Olivia y Anna, por ejemplo, no vinculada con estereotipos de enfermedad mental, sino como un perfil psicológico que existe en muchas personas, aparentemente muy bien integradas en la sociedad, aunque siempre dan pistas de que gozan con el mal y la maledicencia diaria aplicada en sus vidas, en todo lo que hacen y practican. Las vemos a diario, están más cerca de nosotros de lo que a veces pensamos y casi siempre siguen adelante con aparentes triunfos sociales porque las personas próximas participamos de forma vergonzante en silencios cómplices para no complicarnos la vida.
Cuando ocurren estos desgraciados sucesos, más allá de los negocios mediáticos que también se dan en una falta de escrúpulos clamorosa y consentida por la sociedad, nos cuestionamos la maldad humana e intentamos desviar la atención con salidas rápidas e inoportunas, como por ejemplo la socorrida justificación de la enfermedad mental, que deberíamos cuidar al extremo, porque no es así. Existe una realidad que se llama maldad y muchas personas conviven con ella a diario, porque es un perfil psicológico que convive a diario con nosotros, sin que tenga que relacionarse necesariamente con la salud mental. Son personas pendencieras, chulescas, machistas, a las que siempre les han reído las gracias, aunque ellos no soportan ninguna. Es la razón de lo que Foster Wallace decía a los alumnos de graduación utilizando la parábola de los peces, anteriormente expuesta: “si a la hora de escoger los asuntos sobre los que pensáis, vuestra libertad de elección os parece demasiado evidente como para que merezca la pena perder el tiempo hablando de ello, yo os pediría que pensarais un poco en los peces y el agua y que aparcarais por un momento vuestro escepticismo con respecto al valor de las cosas que parecen muy evidentes”. La maldad humana, por ejemplo, pero también el agradecimiento, la solidaridad, la cercanía, la bondad, el bien y el amor. Las personas buenas, que también existen y que son las que nos permiten hoy mismo seguir creyendo en el ser humano, a pesar de todo.
Sigo leyendo de forma esporádica un gran libro sobre el que ya he reflexionado en alguna ocasión en estas páginas, La mente moral (1), en el que se intenta desentrañar el dilema de cómo la naturaleza ha desarrollado nuestro sentido del bien y del mal, porque al igual que damos valor a la plata, dado que en sí misma no vale nada, el mal nos hace daño porque así lo identifica el cerebro humano. Creo que una obligación humana por excelencia es llegar al conocimiento de por qué tenemos que encontrarnos siempre con el gran dilema dialéctico del bien y del mal, así como de las consecuencias de las decisiones que tomamos a diario en las que siempre está presente y del que difícilmente aprendemos por acción o por omisión. Si alguna vez llegáramos a explicar la causa de la decisión u omisión ética de nuestro cerebro, por qué se producen algunas respuestas que no nos agradan o que incluso nos hacen fracasar en un momento o para toda la vida, viviendo un desposorio casi místico con la culpa, haríamos mucho más fácil la vida diaria porque al menos sabríamos a qué atenernos.
Hoy, nos agarramos como a un clavo ardiendo a Dios o dioses, a la naturaleza, a la sociedad o a las personas, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, para justificar nuestras acciones, olvidando que nuestra gran máquina de la verdad, nuestro cerebro, guarda el secreto ancestral de por qué existe el bien o el mal y de por qué actuamos de una forma u otra. Maravillosa aventura para dejar de lado, definitivamente, el drama (¡con perdón!) de la serpiente malvada, tal como se recogió en las famosas diez líneas del libro del Génesis, en la tríada serpiente/Adán/Eva, por supuesto la manzana, que son la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, el cerebro reptiliano, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo [en un enfoque básicamente machista de la ética del cerebro humano]. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esa cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas” (2).
Toda mi generación ha crecido con estas realidades culturales del origen del mal y de la maldad humana, grabados a fuego, donde la responsabilidad de la mujer era clara: se había dejado tentar por una serpiente porque a partir de ese momento pasaba a ser sabionda, es decir, conocería la causa del bien y del mal, y además fue la que arrastró al hombre para que también “pecara”: ¡mujer tenía que ser! En la corteza cerebral ha pesado mucho esta doctrina del mal durante siglos, a pesar de la elaboración del sistema límbico que ha llevado a mujeres y hombres a descubrir por igual y por primera vez, de forma abierta, sus cerebros emocionales, poniendo las cosas en su sitio, incluido paraísos, manzanas, serpientes y árboles situados en medio de un determinado jardín de la vida o de la muerte que nadie sabe dónde están.
Entrego estas palabras a la Noosfera para caminar juntos también en la búsqueda de la bondad humana para construir entre todos un mundo mejor y más bueno, acompañando ahora a Beatriz, la madre de Olivia y Anna, que nos ha ofrecido y lo sigue haciendo un ejemplo inolvidable de entereza y bondad, como símbolo solidario de acompañamiento de miles de mujeres que sufren a diario, en estos momentos, la violencia vicaria. Hoy, es lo que más me interesa. Como ya he manifestado en ocasiones anteriores, lo ocurrido en Tenerife sé que no deja tranquilo a nadie, aunque en clave de Bob Dylan, separándome unos momentos de él, la respuesta a la pregunta de ¿qué es la maldad? está en el cerebro humano (no en el viento), donde nace, se desarrolla y muere. Es ahí donde tenemos que trabajar, en la educación saludable del mismo durante toda la vida, dando la importancia necesaria al bien, a la bondad, al respeto a las mujeres y a las madres, que son hoy los peces de la parábola de Foster Wallace.
(1) Hauser, Marc (2008). La mente moral. Barcelona: Paidós Ibérica, pág. 17.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Proyecto Biblioteca humana: “publicamos personas como libros abiertos”
Sevilla, 11/VI/2021
Cada persona es un libro abierto: “publicamos personas como libros abiertos”, dice el mensaje de la imagen de cabecera. Me gusta pensar en esta realidad, sobre todo cuando las bibliotecas son paraísos en los que sueño con frecuencia. Pero la concepción y la realidad de las mismas han cambiado mucho a pesar de su larga tradición, tan extraordinariamente narrada por Irene Vallejo en su preciosa obra “El infinito en un junco” (1). Un ejemplo vale más que mil palabras y me refiero al proyecto que nació en Dinamarca hace veinte años, con una denominación apasionante, Biblioteca humana, que ratifica el aserto que se utiliza con frecuencia al reconocer la sabiduría de una persona, calificándola como un libro abierto, aunque lo que se pretende en realidad con ese proyecto es que reconozcamos en el otro quién es mediante un encuentro en el que uno narra su vida y ese otro, que escucha, “lee” lo que se transmite, sobre todo cuando con esa acción vencemos estereotipos, prejuicios y desconocimiento de la realidad personal de otras personas diferentes y singulares.
La Biblioteca Humana fue creada en Copenhague en la primavera de 2000 por Ronni Abergel, su hermano Dany y sus amigos Asma Mouna y Christoffer Erichsen. El evento original “estuvo abierto ocho horas al día durante cuatro días seguidos y contó con más de cincuenta títulos diferentes. La amplia selección de libros brindó a los lectores una amplia variedad de opciones para desafiar sus estereotipos, por lo que más de mil lectores aprovecharon para dejar a los libros, bibliotecarios, organizadores y lectores atónitos ante la recepción y el impacto de la Biblioteca Humana”. Según la propia organización, “la biblioteca humana es, en el verdadero sentido de la palabra, una biblioteca de personas. Organizamos eventos en los que los lectores pueden tomar prestados seres humanos que sirven como libros abiertos y tener conversaciones a las que normalmente no tendrían acceso. Cada libro humano de nuestra estantería, representa un grupo en nuestra sociedad que a menudo está sujeto a prejuicios, estigmatización o discriminación debido a su estilo de vida, diagnóstico, creencias, discapacidad, estatus social, origen étnico, etc.”.
Considero que es un proyecto fascinante y que cada biblioteca pública o privada de este país debería contar con una sección dedicada al “fondo humano”, si así se pudiera llamar, donde tendríamos la oportunidad de organizar encuentros para “retirar” libros (personas) en actos concretos y “leer” lo que nos cuentan sobre sus vidas, que siempre son libros abiertos, no como se entiende hoy esta expresión vinculada a la sabiduría de una persona determinada, sino a la realidad de esa persona que aparece ante mí con un título y que puede ser de interés general conocerla. Sería muy interesante que llegara un día que la biblioteca pública Infanta Elena de Sevilla, por ejemplo, pudiera anunciar que se incorporó la semana pasada una persona al “fondo” de la misma y que se puede “reservar” su “lectura” en un día y en una hora concreta, lo que se traduciría en un encuentro personal o colectivo para “conocer” (leer) a fondo su vida, porque de esta forma los lectores podríamos “tomar prestados seres humanos” (valga la expresión) como libros abiertos y tener conversaciones a las que normalmente no tendríamos acceso. Cada libro humano de las nuevas estanterías de la Biblioteca Humana Infanta Elena, podría representar un grupo en nuestra sociedad que a menudo está sujeto a prejuicios, estigmatización o discriminación debido a su estilo de vida, diagnóstico, creencias, discapacidad, estatus social u origen étnico. Aquí tendrían cabida los nadies, por ejemplo, que tendrían muchas cosas que decir y denunciar.
El ”fondo” de estas bibliotecas humanas puede ser riquísimo: «Soy bipolar», «Veterano de guerra», «Historia de un gitano», «Creo en el poliamor» son algunos de los títulos que se pueden encontrar en estas reuniones literarias. Inicialmente surgieron como un mecanismo de inclusión para ciudadanos excluidos por diferentes motivos de la comunidad. Para darles voz y un espacio en el que poder expresarse de forma libre y entender el background del que proceden” (2). Como la imaginación es muy libre, podemos hacer un ejercicio breve de aportación de nuevos “títulos” que estaríamos interesados en “leer” casi inmediatamente. ¿Dónde está la diferencia sobre una biblioteca tradicional? En que las relaciones humanas se enriquecerían hasta límites insospechados porque cada persona, que es un mundo, nos podría enriquecer con la “lectura” de su vida. Preciosa idea para cuidar el alma humana. Creo que algo así intuyó el historiador siciliano Diodoro de Sículo en el siglo I a.C., cuando sobre las estanterías o nichos (bibliotecas, en griego) donde se colocaban los rollos de papiros que se podían leer en la Biblioteca de Alejandría, figuraba siempre un letrero sobrecogedor: lugar del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”.
(1) Vallejo, Irene (2020). El infinito en un junco. Madrid: Siruela.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Siempre hacia adelante – DAR YASIN (AP) | 25-11-2011 El ciclista, en medio de una espesa niebla, mira a cámara mientras no detiene su avance por una de las calles de Srinagar (India)
Sevilla, 10/VI/2021
Estamos viviendo un tiempo muy complejo en este país en torno a los indultos de las personas juzgadas en el proceso independentista de Cataluña. Creo firmemente en la reconciliación y en la sana utilización de una palabra de esencia lingüística catalana, seny, que recoge muy bien un sentir que deberíamos adoptar todas las personas que creemos en la comprensión, el perdón y en la regeneración de la sociedad. Ha llegado el momento de avanzar en ese difícil proceso de entendimiento con Cataluña, algo que ya he manifestado anteriormente en este cuaderno digital, situando en el centro de todos los próximos encuentros de Estado el diálogo político con espíritu machadiano, con las preguntas necesarias de las partes intervinientes y su correspondiente actitud de escucha, con un objetivo claro: hablar de la nueva y posible configuración territorial y federal de España en la que Cataluña tenga la cabida que busca en alternativas independentistas que hoy día no tienen viabilidad en un Estado de Derecho.
Esa es la razón de por qué recurro al “seny”, el sentido común, algo tan querido por el pueblo catalán, pero en el sentido que aprendí de mi gran maestro Ferrater Mora: “El seny no excluye, sino que muchas veces postula, el atrevimiento y la osadía, todo lo que, desde cierto punto de vista, puede parecer insensato, pero que, visto desde el horizonte de la continuidad, se convierte en una actitud sensata. El auténtico seny no se limita a perseguir lo más accesible, las realidades cotidianas e inmediatas; el auténtico seny, podríamos decir el ideal del seny, es perseguir lo que es justo, conveniente y correcto, aunque esta persecución sea en algunos momentos la acción más insensata que se pueda imaginar”. También, Impecable, sobre todo cuando ambos han contemplado hoy la fuente que tantas veces recordaba Machado en la búsqueda de su sentido de la vida, haciendo camino al andar.
Decía también Ferrater Mora que la escuela escocesa que ha estudiado el sentido común se centra en la concepción de Reid cuando afirma este autor que “hay un cierto grado de sentido que resulta necesario para convertirnos en seres capaces de leyes y de gobierno propio” (1). El antecedente del seny demuestra que este sentido (común) es como una especie de facultad regulativa que “nos permite fundar nuestros juicios sin caer en el escepticismo ni en el dogmatismo”.
Pero también hay que hablar de comprensión y perdón en el proceso catalán, vía indultos, algo imprescindible para salir del inmovilismo de Estado que no conduce a ningún sitio. En cierta ocasión escuché una frase excelente, un auténtico aforismo, que no olvido al escribir estas líneas: perdonar es comprender y a veces se comprende tanto que no hay nada que perdonar. Comprendo que sea difícil trasladar esta feliz construcción de los pensamientos y sentimientos a las realidades más próximas en este territorio llamado España y que habitamos, tan maleducado en su sentido más profundo y cainita de base, pero todo el esfuerzo que se haga para caminar unidos es poco por hacer viable el diálogo basado en la comprensión del otro y de sus argumentos. Somos un país muy poco dado a preguntar y escuchar, a pesar de que hace años el propio Machado nos alertó de esta debilidad nacional: para dialogar, preguntad primero: después… escuchad.
Me gusta leer aforismos, sobre todo los de un maestro como Jorge Wagensberg, que desgraciadamente falleció en 2018, sabiendo que ya en el siglo XVIII se definía por primera vez el lema “aforismo”, en el Diccionario de Autoridades, como “Sentencia breve y doctrinal, que en pocas palabras explica y comprehende la esencia de las cosas” (RAE A 1726, pág. 338,1). Recuerdo con especial atención uno, entresacado entre otros dedicados a la interdisciplinariedad (2), que lo considero de especial interés para los que necesitamos viajar imaginariamente a islas desconocidas para solucionar problemas de este país y no tener problemas al elegir qué llevarnos para meditar en la persona de secreto que se queda sola ante la comprensión y el perdón. Dice exactamente así: ¿Qué hacer? Comprender (no tenemos nada mejor que hacer). ¿Comprender qué? Comprender la realidad (no tenemos nada más a mano).
Es verdad. Sobre todo, cuando la comprensión es fruto del perdón por lo que no acabamos de comprender, en una tautología de términos que se confunden casi siempre en estos tiempos tan modernos. Porque perdonar es comprender y a veces comprendemos tanto que no hay nada que perdonar. Vivimos momentos desconcertantes, porque no sabemos lo que nos pasa a los de alma inquieta. Nos rodea una mediocridad política galopante y una desvergüenza de lo corrupto que casi todo lo invade de forma silente, mucho más allá del territorio de la política profesional porque están instaladas en la sociedad. Solo nos queda comprender el comportamiento humano que nos rodea, porque nada nos puede ni debe ser ajeno, tomando conciencia de que no tenemos nada mejor que hacer si queremos comprender lo que nos pasa. Y lo que pasa es que la realidad nos rodea, porque la tenemos a mano en cualquier ámbito en el que nos movemos al despertar cada día. Y hay que comprenderla, caminando por las aceras de la vida que nos llevan al interesante Club de las Personas Dignas.
Un aforismo de Jorge Wagensberg precioso y útil, sobre todo en una sociedad de mercado que en este aquí y ahora de la comprensión no necesita recurrir al poderoso caballero don dinero. Es el deber de vivir con los demás y el derecho a comprenderlo para aprender a perdonar a los que hacen cosas que no nos gustan y seguir luchando por transformar la sociedad (la que no es digna, justa y equitativa). Aunque, repito, estamos advertidos: perdonar es comprender y a veces comprendemos tanto que no hay nada que perdonar. Incluso, a las personas condenadas por el traído y llevado proceso catalán de independentismo.
Necesitamos recordar siempre que durante las veinticuatro horas del día este país necesita rescatar segundos de preguntas, comprensión y perdón si el acontecer diario abre heridas de amor y muerte, que para unas y unos puede ser entregar por cansancio existencial lo más querido y para aquellas y aquellos, alcanzar el sueño más esperado, ir siempre hacia adelante. Así recuperamos, al mismo tiempo, la dignidad, como cualidad de lo más digno, es decir, aquello que nos hace merecedores de algo tan importante como la comprensión de los demás. Además, sin necesitar el perdón, porque todas y todos aprendemos a comprender nuestras propias limitaciones, llevándonos de la mano al necesario tiempo de silencio nacional preconizado por Azaña: si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar. También, comprender la realidad para no tener que perdonar tanto:¿Qué hacer? Comprender (no tenemos nada mejor que hacer). ¿Comprender qué? Comprender la realidad (no tenemos nada más a mano).
(1) Ferrater Mora, José (1980, 2ª ed.). Diccionario de Filosofía (4). Madrid: Alianza Editorial, pág. 2985.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Ella [la escritura] sólo producirá el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; confiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu.
Platón, Fedro, 274c-277a
Sevilla, 9/VI/2021
Hoy estreno un nuevo cuaderno digital en el que tendré que seguir enfrentándome al fenómeno de la pantalla en blanco, como en miles de ocasiones, procurando que lo que escriba sea algo especial, siguiendo las recomendaciones de Ítalo Calvino tantas veces citadas en hojas digitales anteriores: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar). Será una forma de agradecer con alma el regalo que he recibido, despejando la incógnita que el poeta Antonio Porchia planteó hace ya un tiempo: “Sé lo que te he dado; no sé lo que has recibido”. En mi caso, si lo sé, porque es un medio extraordinario para expresar mis conocimientos, sentimientos y emociones a través de la palabra, que aun me queda.
En cualquier caso, es un momento en el que no olvido a la persona que me enseñó a escribir, con su amable caligrafía, que aprendí paulatinamente en una ceremonia de introducción a la escritura que no olvido, con una secuencia cuidada en todos sus detalles. Palillero azul y plumín metálico eran mis medios queridos y amorosamente entregados por mi maestra de vida, doña Antonia, comenzando por la letra inglesa y siguiendo por la redondilla, cuadrada y gótica. Conservo un cuaderno forrado en papel azul y con una etiqueta blanca dentada, en la que escribí con unos siete años la palabra mágica, Diario, con una redondilla impecable, en la que he vuelto a repasar aquellas páginas inolvidables de caligrafía diversa, tutelada siempre por la visión amable de mi querida maestra de escritura y de vida. Aquellas palabras y frases de mi niñez rediviva, escritas con tinta negra muy aguada que preparaba el director de mi Colegio, don Enrique, en botellas de litro que volcaba en tinteros de porcelana blanca alojados en mi banca y que estaban siempre adornadas con grecas imposibles que hacía con esmero sobre aquel papel cuadriculado de los inolvidable cuadernos Rubio. Aquellas maravillosas clases me enseñaron algo importante: escribir lo que copiaba o sentía, transmitiéndolo con el pulso de mi mano, a mantener una forma de expresarme con trazados bellos, que es lo que significaba la caligrafía, palabra que sólo comprendí años más tarde, cuando la cuidaba en las ocasiones especiales que me enseñó a discernir doña Antonia.
También he recordado a Lino, que daba el nombre a la librería homónima en la calle Narváez, en Madrid, cuando escribía como niño. Lino te atendía de forma correcta, educada, sin descomponer su figura de librero/papelero al alternar dos negocios en uno: vendía libros y objetos de papelería, sobre todo, escolar. Tuvo visión de futuro cuando lo “puso”, como intuyendo lo que venía después. Siendo ese niño que llevo dentro, recuerdo hoy sus consejos recorriendo el pasillo estrecho detrás del mostrador, rodeado de estanterías de madera inundadas del olor profundo de las gomas Milán. Sobre todo, el olor inigualable a papel, que no tiene parangón. Salía siempre de allí como chiquillo con zapatos/libros/cuadernos nuevos. No he olvidado nunca a Lino, siempre impecable, con su bata de color beige imposible y con sus gafas redondas de sabio despistado.
Y, por último, la caligrafía, la escritura bella que me enseñó a usar en la vida diaria mi maestra, como significado excelente de la palabra en sí y expresión máxima de mi pensamiento adornado con palabras. Mi mano, cogida de la mano del tiempo, siempre prefirió los manuscritos desde aquellas preciosas aventuras con Doña Antonia. Es verdad que “El manuscrito tiene una característica evidente, comparado con la máquina de escribir o la pantalla: la individualidad. La letra de una persona es algo exclusivo, como sabe bien el amante que reconoce ya desde el sobre una carta de su amada…” (1). Es lo que probablemente intentó explicarnos García Márquez sobre el realismo mágico de sus palabras manuscritas, aunque él las escribiera con una máquina de escribir clásica que superaba con creces la letra creada por la bola de tungsteno de su bolígrafo BIC de turno. Pero éste probablemente estaba allí, muy pendiente de su mano creadora, aunque arrugada probablemente por el tiempo. Como la carta comunicando la pensión al coronel Buendía, que tanto esperó, mucho menos importante que lo que nos sucede en el día a día, cuando vamos como él del timbo al tambo de nuestras vidas. Hoy, estrenando como un chiquillo de ayer, un cuaderno digital nuevo, como si fueran los zapatos “gorila” de aquella época y la famosa pelota maciza de color verde que te regalaban con la compra de cada par y que tanta ilusión me hacía. Aprendí también en aquellos años a no confundir, como todo necio, valor y precio.
Considero imprescindible el respeto histórico de la caligrafía y su consideración actual como arte de reflejar mediante caracteres impresos lo que lleva el alma de cada persona que escribe, incluso utilizando los medios digitales, como es mi caso hoy, sin secuestrar la morfología y la sintaxis que ofrecen hoy día las palabras escritas con alma. Es lo que Steve Jobs contó un día en su célebre discurso de Stanford: “En aquella época la Universidad de Reed ofrecía la que quizá fuese la mejor formación en caligrafía del país. En todas partes del campus, todos los póster, todas las etiquetas de todos los cajones, estaban bellamente caligrafiadas a mano. Como ya no estaba matriculado y no tenía clases obligatorias, decidí atender al curso de caligrafía para aprender cómo se hacía. Aprendí cosas sobre el serif y tipografías sans serif, sobre los espacios variables entre letras, sobre qué hace realmente grande a una gran tipografía. […] Y diseñamos el Mac con eso en su esencia. Fue el primer ordenador con tipografías bellas. Si nunca me hubiera dejado caer por aquél curso concreto en la universidad, el Mac jamás habría tenido múltiples tipografías, ni caracteres con espaciado proporcional. Y como Windows no hizo más que copiar el Mac, es probable que ningún ordenador personal los tuviera ahora. Si nunca hubiera decidido dejarlo, no habría entrado en esa clase de caligrafía y los ordenadores personales no tendrían la maravillosa tipografía que poseen…”.
Creo que este nuevo cuaderno digital me permitirá seguir escribiendo con alma, a pesar de los presagios de Platón en Fedro (274c-277ª), porque lo que escriba intentaré que no produzca olvido alguno despreciando mi memoria, confiando en este auxilio de la escritura en el nuevo cuaderno digital y el cuidado exquisito de los recuerdos para que no se pierda el espíritu de lo que el escritor Lobo Antunes explicó en el acto de recepción del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, en la Feria Internacional del Libro, en la ciudad de Guadalajara (México), en noviembre de 2008. En ese acto transfirió una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, por si detrás de todo esto está el alma humana, alada, que fabrica el cerebro. Porque al igual que manifestó en ese acto: “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”. También, porque todos los días escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas, entusiasmados con nuestras almas aladas que un día como hoy se atreven a escribir palabras esenciales en un nuevo cuaderno digital que busca apasionadamente, a diario, islas desconocidas. Fundamentalmente, porque otro mundo es posible.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Luz López y Mario Benedetti / Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez
Sevilla, 7 de junio de 2021
Juan Ramón Jiménez, el poeta con el que compartí su casa de juventud en Moguer durante algún tiempo, escribió unas palabras hace más de cien años que rescato hoy en la celebración de mi cumplevidas, concretamente en una bella introducción a su querido diario (1), recogidas del sánscrito -¡ay, la influencia de Zenobia!-, porque resumen perfectamente la atención que debemos prestar a cada día, espacio y tiempo en el que se desarrolla la vida personal e intransferible de cada uno :
¡Cuida bien de este día! Este día es la vida, la esencia misma de la vida. En su leve transcurso se encierran todas las realidades y todas las variedades de tu existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura.
El día de ayer no es sino sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, este día!».
Hoy, me sentaré junto a él compartiendo mi cumplevidas con Mario Benedetti -¡ay, la influencia de Luz!-, recordándome también que ya he recorrido un camino vital de ochocientos ochenta y ocho meses en mi cumpledías vital, aplicando sus palabras del poema Como siempre en primera persona, porque así lo he leído una y otra vez en lo más íntimo de mi propia intimidad. Es verdad, porque esta matusalénica edad «no se me nota cuando en el instante en que vencen los crueles entro a diario a averiguar la alegría del mundo, volando gaviotamente sobre las fobias, desarbolando los nudosos rencores. He alcanzado una buena edad para cambiar estatutos y horóscopos, dejando que mi manantial mane amor sin miseria».
La realidad es que Juan Ramón Jiménez me plantea una cuestión no baladí, porque me lleva a transformar cada día en una vida personal e intransferible, que es también en clave agustiniana «lo más íntimo de mi propia intimidad». Cada día es, a veces, toda una vida, toda mi vida. Estoy encantado porque sea así en un día tan normal como hoy, en el que puedo experimentar el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura. Sencillamente, porque se proyectan tres situaciones que me llenan de esperanza en momentos en los que necesito reforzar ilusiones y oportunidades: crecer caminando siempre hacia adelante, actuar de forma saludable, de tal forma que ennoblezca cada acto humano y descubrir la belleza de la hermosura de todo aquello que debo hacer bien respondiendo a mi ética personal y colectiva, atendiendo al suelo firme (la solería de nuestra vida) que justifica todos los actos humanos propios y asociados.
Gracias Juan Ramón Jiménez, gracias Mario Benedetti. También, a Luz y Zenobia. En mi humilde caso, a María José, Marcos, Vanessa y Adrián. A los otros miembros de la familia, amigos y amigas, así como a los pacientes lectores de este cuaderno digital, pero sobre todo vital. No os olvido en un día como hoy, mi cumplevidas y cumpledías, en el que el tiempo lleva siempre mi vida dentro.
(1) Jiménez, Juan Ramón, Diario de un poeta recién casado (1916-1917), 2011. Madrid: Visor Libros.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Mirando por el retrovisor de este cuaderno digital, tomo conciencia de que llevo más de quince años escribiendo artículos, con paciencia turca, unos detrás de otros, ya camino de dos mil, a veces copiando lo que ya he dicho, reafirmando mi pensamiento circular que lo envuelve todo. Siempre vuelven a mi inteligencia particular unas palabras del Premio Nobel de Literatura en 2006, Orhan Pamuk, cuando nos explicó qué significaba en su vida un dicho de su tierra con un valor especial: “escribir es como cavar un pozo con una aguja”, expresión fantástica a la que dediqué un artículo con motivo de la celebración del Día Internacional del Libro en el año 2017.
En aquella ocasión dediqué aquellas palabras a las personas que desde que abrí por primera vez este cuaderno digital, en diciembre de 2005, se acercan a este cuaderno de inteligencia digital para buscar islas desconocidas, a cuantos sienten el placer de leer libros y palabras unidas en otros formatos, que dan sentido a sus vidas; a quienes descubren el sentido de la existencia a través de autores concretos, a las personas que se sienten acompañadas por libros de cabecera que nunca les abandonan, a quienes confían en que quienes escriben tienen la paciencia turca de cavar pozos con una aguja, porque solo desean transformar la realidad poco a poco para poder soportarla. Hoy, sigue teniendo el mismo valor esta dedicatoria, que reafirmo en todos sus términos.
Después de muchos años de oficio vital, creo que comprendí qué significa escribir cuando leí a Pamuk en su memorable discurso en el acto de recepción del premio Nobel: “[…] el secreto del escritor no es la inspiración, pues nunca se sabe de dónde viene, sino la obstinación y la paciencia. Hay una hermosa expresión turca, “cavar un pozo con una aguja”, y a mí me parece que fue inventada pensando en nosotros, los escritores. Para mí, ser un escritor significa observar con atención las heridas que llevamos dentro, sobre todo las heridas secretas de las que no sabemos nada o casi nada, descubrirlas con paciencia, estudiarlas y sacarlas a la luz para luego asumirlas y hacer de ellas una parte consciente de nuestra escritura y nuestra identidad. Ser escritor es hablar de cosas que todos conocen sin saberlo. Descubrir este conocimiento, desarrollarlo y compartirlo, ofrece al lector el placer del asombro en el recorrido de un mundo que le es familiar”.
Con el hilo conductor de transmitir una idea circular en este blog desde su primer día de vida literaria, vuelvo a utilizar aquellas palabras, salvando lo que debo salvar simplemente por la actualización temporal, aspecto de forma que no de fondo, recordando a José Manuel Blecua, ex director de la RAE, cuando dijo en una ocasión que al escribir copiamos siempre de los autores que hemos leído a lo largo de nuestra vida y nos han marcado. En esta ocasión, lo hago copiando de mí mismo, porque estos siguen siendo mis principios y, si no gustan, no tengo otros, separándome por un momento de mi admirado Groucho Marx. En un tiempo en el que se arrojan valores por la ventana desde nuestro vehículo vital, vuelvo a hacer una declaración de principios sobre por qué escribo en este blog, en una etapa de jubilación en la que sigo asumiendo, cada día que pasa, que lo nuestro es pasar, con ardiente impaciencia personal y social, sabiendo que ahora tengo un compromiso intelectual con la sociedad en la que vivo.
Les explico a continuación esta declaración de principios. Gracias anticipadas si está interesado o interesada en leer unas palabras necesarias en mi vida, casi imprescindibles para seguir escribiendo.
Un día ya lejano, aprendí el significado de un dicho turco, escribir es como cavar un pozo con una aguja, leyendo el discurso de Orhan Pamuk en el acto de entrega del Premio Nobel de Literatura en 2006, publicado después con un título muy sugerente, tanto como las palabras escritas en su dilatada vida: La maleta de mi padre (1). Es verdad que la vida de un escritor se hace poco a poco, horadando la persona de secreto que todos llevamos dentro, aunque no todos lo descubran, es decir, cavando el pozo del alma con una aguja virtual a imagen y semejanza de cada uno. Esa es la razón de que existan pocos escritores que aporten al mundo sus pozos con agua, porque es su misión, no la de estar secos.
El día 23 de abril de cada año se celebra el Día Internacional del Libro en lugares concretos, una de las preocupaciones de más de veinticinco años de soledad de Pamuk en Estambul, buscando su lugar ansiado de escritor, encerrado en una habitación con fronteras domésticas. En este día, cada año vuelvo a hacer la reflexión que acompaña a este autor a lo largo de su vida, todavía hoy: ¿por qué escribo? Y he buscado las razones de Orhan Pamuk cuando hablaba de la maleta que un día le entregó su padre y que reflejaba lo que había aprendido de él y de una premonición hecha hacia él después de un abrazo de silencio: “…me dijo de repente y como si tal cosa que algún día me darían el premio [Nobel de Literatura] que hoy recibo con gran alegría”.
Pamuk, en ese delicioso discurso, confesó por qué escribía y hoy lo he recordado: “¡Escribo porque quiero hacerlo, con toda el alma! Escribo porque a diferencia de otros, no me siento a gusto con un trabajo común y corriente. Escribo para que libros como los míos sean escritos y para poderlos leer. Escribo porque estoy molesto con ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me complace enormemente sentarme en un cuarto a escribir sin descanso. Escribo porque solamente modificando la realidad puedo soportarla. Escribo para que el mundo entero sepa cómo yo, cómo nosotros en Estambul y en Turquía hemos vivido y vivimos. Escribo porque amo el olor del papel, de la pluma y de la tinta. Escribo porque creo más en la literatura, en el arte de la novela, que en cualquier otra cosa. Escribo porque es un hábito, una pasión. Escribo porque tengo miedo de ser olvidado. Escribo porque me gusta la celebridad y toda la notoriedad que el escribir conlleva. Escribo para estar solo. Escribo en la esperanza de entender por qué estoy furioso con ustedes, con todos. Escribo porque me gusta ser leído. Escribo para terminar de una vez por todas esta novela, este texto, esta página que en algún momento comencé a escribir. Escribo porque todos esperan que escriba. Escribo porque tengo una fe infantil en la inmortalidad de las bibliotecas y en el lugar que mis libros tendrán en los estantes. Escribo porque la vida, el mundo, todo es increíblemente bello y maravilloso. Escribo porque gozo traduciendo en palabras toda la belleza y la opulencia de la vida. Escribo, no para contar historias sino para construir historias. Escribo para liberarme del sentimiento de que siempre existe un lugar al que -como en una pesadilla- jamás podré llegar. Escribo porque nunca he conseguido ser feliz. Escribo para ser feliz”.
Otro día, yendo del timbo al tambo, en expresión muy querida por Gabriel García Márquez, me atreví a responder también a esa pregunta, ¿por qué escribo?, que reproduzco a continuación como justificación personal e intransferible de por qué lo hago, siendo consciente de que tengo que volver a leer las palabras de Pamuk para aprender de él cómo se cava, con una aguja, un pozo literario de secreto en mi alma. Lo hago porque es una pregunta a la que todavía no había dado respuesta, como a tantas preguntas de mi vida, sobre todo tres que superan con creces a ésta (Eclesiastés, 3, 1-22), a veces sintiendo profundamente aquellas palabras de aquél ejemplar ciudadano llamado Jesús, “triste está mi alma hasta la muerte”, que me cuesta descifrar en el terco día a día: ¿Qué gana el que trabaja con fatiga? o en otra variación sobre el mismo tema: ¿qué saca el hombre de todo su fatigoso afán bajo el sol?; ¿quién sabe si el aliento de la vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de la bestia desciende hacia abajo, hacia la tierra? y, por último, ¿quién guiará al hombre a contemplar lo que ha de suceder después de él? A día de hoy, la única respuesta que me sigue pareciendo coherente es la del propio Eclesiastés, un auténtico líder de las asambleas: hay que hacer camino al andar y aprender una gran respuesta provisional en la vida: es mejor caminar con otros, porque si nos caemos siempre habrá alguien que te levante, porque la amistad es como la cuerda de tres hilos: jamás se puede romper.
¿Por qué escribo? En primer lugar, porque es la forma de expresar de forma especial, con palabras, la esencia de mi persona de secreto, interpretando la realidad que rodea permanentemente mi vida de forma voluntaria pero no inocente. Ser dueño de las palabras, es el acto humano por excelencia porque es una posibilidad que solo pertenece a mi especie, aunque genere en el acto de escribirlas un miedo cerval ante la página en blanco. Cada vez que me enfrento a esta realidad, recuerdo algo que aprendí hace ya muchos años de Ítalo Calvino en su obra póstuma “Seis propuestas para el próximo milenio”: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar).
En segundo lugar, porque considero que escribir es un acto de militancia activa en el compromiso intelectual, por varias razones: el mero hecho de cuestionar la existencia de uno mismo al servicio estrictamente personal, es decir, el trabajo permanente en clave de autoservicio, así definido e interpretado, rompiendo moldes y preguntándonos si lo importante es salir del pequeño mundo que nos rodea como privilegiada zona de confort y mirar alrededor, ya es un signo de capacidad intelectual extraordinaria que muchas veces no está al alcance de cualquiera por imperativos del mercado. Desgraciadamente. Además, porque al escribir se hace patente el compromiso con uno mismo y con los demás, fundamentalmente con los más desfavorecidos por la vida. Siempre lo he asociado con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretando la responsabilidad como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tantas veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad al escribir (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, en segundo lugar, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que he llamado a veces “uso de razón científica”, nos pasamos toda la vida “decidiendo”. Cuando tienes la “suerte” de conocer las interioridades del dilema al escribir, ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no vayan por estas líneas de conducta. Cualquier régimen sabe de estas posibilidades. Y cualquier régimen, de izquierdas y derechas lo sabe. Por eso lo manejan, aunque siempre me ha emocionado la sensibilidad de la izquierda organizada o la de “los de abajo” que dicen ahora. La de los nadies organizados, también.
En tercer lugar, porque me transforma y renueva continuamente el alma, porque podemos escribir la historia mejor y jamás contada, pero si le falta alma, no es nada: Y eso el lector lo nota. Intuye que a esa perfección le falta algo. Se llama corazón, alma, un texto en el cual se nota si el autor se ha enamorado de su libro más allá de las ideas que quiere contar. Y me reafirmo en lo que ya he expresado en los últimos años sobre escribir con el alma, tal y como lo estoy haciendo ahora: “Esto me ha pasado a mí. Me he enamorado de mis libros y estoy viviendo esos momentos en los que mi alma está pendiente de todo, para que no falte nada a las personas que quieres y a las desconocidas que van a captar esos sentimientos y emociones que adornan siempre la inteligencia conectiva que escribe, que se expresa desde dentro de cada autor, siendo Internet un medio poderoso y lleno de recursos para difundir este momento mágico, dando la razón a San Agustín cuando escribía en un perfecto latín un constructo que me ha acompañado siempre: bonum est diffusivum sui (el bien, se difunde a sí mismo). O lo que es lo mismo: la buena literatura, escrita con alma, se difunde a sí misma. Todavía más, con la ayuda de las tecnologías y sistemas de información, porque se construye y difunde con la inteligencia digital, cada día más al alcance de muchas personas que saben qué es escribir con el alma de la pasión.
José Manuel Blecua, ex director de la RAE, dijo en una ocasión que al escribir copiamos siempre de los autores que hemos leído a lo largo de nuestra vida y nos han marcado. Quizá, al escribir hoy estas palabras especiales, para decir algo especial, he copiado una experiencia contada una vez por el escritor portugués António Lobo Antúnes, sobre una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, como si detrás de todo está el alma humana que fabrica el cerebro. Porque según Lobo Antúnes “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”. También, porque todos los días, los pequeños, escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas, como cavando un pozo del alma con una aguja.
(1) Pamuk, Orhan (1997). La maleta de mi padre. Barcelona: Random House Mondadori.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Amor, amor, aquel y aquella Si ya no son, ¿dónde se fueron? Ayer, ayer dije a mis ojos ¿cuándo volveremos a vernos?
Pablo Neruda, Libro de las preguntas, XXII
Sevilla, 31/V/2021
En Galicia conocí una tradición preciosa en torno a San Andrés de Teixidó. Una vez más, a través de una canción del grupo gallego Luar na Lubre (resplandor de la luz en el bosque celta), Romeiro ao Lonxe(1.999), sentí hace años la realidad de la búsqueda del amor, que se encuentra incluso cuando alguna vez se va y no se llega a conocer nunca dónde fue, en una composición con la que despido, junto a estas palabras, la serie que he dedicado durante este mes a preguntas de Neruda compiladas en un libro póstumo, Libro de las preguntas, de las que he seleccionado las que me han conmovido especialmente en este tiempo de coronavirus y que hoy se cierra con un homenaje a la gran pregunta del amor, Amor, amor, aquel y aquella / Si ya no son, ¿dónde se fueron? En esta ocasión, Neruda sólo cita tres veces la palabra amor en sus setenta y cuatro capítulos, aunque creo que está presente en ellos de múltiples formas. Respeto, profundo respeto es lo que manifiesto a esta realidad que mueve el mundo y que el poeta chileno cantó siempre a los cuatro vientos incluso, a veces, de forma desesperada. ¿Por qué he elegido a Luar na Lubre para intentar responder a estas preguntas? Creo que por una razón geológica, la proximidad del mar que siempre apreció especialmente Neruda desde sus casas en Valparaíso o en Isla Negra y al que canta con frecuencia este grupo folk coruñés. También por lo que dice la letra de esta canción respetando una tradición multisecular gallega, envuelta en una canción popular inglesa “Scarborough Fair” (La feria de Scarborough), de la que se conservan datos desde el siglo XII, que conocimos también hace años por la versión de Simon & Garfunkel y ahora por Luar na Lubre.
La sinopsis de esta canción es presentada por este grupo como mensaje de paz y concordia mundial a través del amor, algo que deseo utilizar hoy como broche final de esta serie: “En el fin del mundo, como el dicho popular proclama a San Andrés de Teixido, “va de muerto el que no fue de vivo”, los peregrinos comparten el camino con los animales, que son las almas de los que no pudieron cumplir en vida la peregrinación, por lo que no pueden recibir ningún tipo de maltrato. Los romeros solían llevar una larga camisa blanca con cenefas formando ondas y en algunos puntos del camino depositaban piedras que iban haciendo crecer: milladoiros. Alrededor de la ermita los vecinos aún siguen haciendo los sanandreses, hermosa artesanía de miga de pan endurecido en el horno y coloreado, con imágenes del santo en su barca de piedra. En el atrio crece la hierba de enamorar, a la que se atribuyen propiedades casamenteras. En la canción peregrina el cormorán, el alcatraz y el lagarto ocelado -vistoso ejemplar con cabeza de intenso color azul-, en este espacio que despierta las ansias de amor y paz y la hermandad entre vivos, muertos, animales, plantas y aguas”. Fraternidad universal.
He sentido un profundo respeto a la hora de traducir la letra de la canción, en gallego y escrita por Xulio Cura, porque hay palabras y expresiones que pierden toda su fuerza cuando intentamos volcarla a la lengua española. Aún así, voy a intentar destacar lo que considero de mayor interés para esta reflexión, publicando íntegramente la letra de la canción en gallego, como corolario de esta serie, porque el hilo conductor está expresado en la canción: tenemos que buscar el auténtico sentido de las preguntas de la vida en el santuario de la felicidad y de la creencia particular y colectiva, un espacio común en el que se despiertan “las ansias de amor y paz y la hermandad entre vivos, muertos, animales, plantas y aguas”, que en tiempos tan complejos como los actuales es importante recordar.
La vida es como una romería permanente que busca siempre algún pretexto para intentar encontrar su sentido esencial, a veces con cosas tan sencillas como unas pequeñas hierbas que simbolizan el amor y sus caricias, porque nos pesan las tradiciones de nuestros mayores que, boca a boca, conocían alguna formas de encontrarlo de esta forma. En la canción original inglesa, Scarborough Fair, era recurrente la cita de hierbas para enamorar: perejil, salvia, romero y tomillo. Al ser un acontecimiento tan importante hay que presentarse con las mejores galas, vistiendo una camisa de lino que ella, la persona a la que amamos (lo que o a quien amamos como símbolo), nos tejió y adornó -en un día ya lejano- con esas pequeñas hierbas, para que la pudiéramos utilizar en las mejores fiestas de la vida. Esto lo comprenden el lagarto azul, las amapolas, que demuestran el sinsentido de las guerras humanas y sus tambores lejanos, los alcatraces que brincan por el acantilado y cuidan el atrio familiar. También el cormorán que sobrevuela los montoncillos de piedras [amilladoiro] que cada persona, que acude al santuario, deposita a lo largo del camino, cuidando que todo quede en el recuerdo de un pan santo iluminado con colores que dignifican e iluminan esta aventura de amor y que cada uno, cada una, guardará siempre en su corazón.
Desde cada finisterre particular, que también existe, podemos hoy comprender mejor las últimas preguntas de Neruda en esta serie, que simbolizan el motor que mueve el mundo, el amor, sin que sepamos al despedirnos hoy cuando volveremos a vernos:
Amor, amor, aquel y aquella Si ya no son, ¿dónde se fueron? Ayer, ayer dije a mis ojos ¿cuándo volveremos a vernos?
Romeiro ao lonxe
Romeiro hei de ir lonxe ao San Andrés [de Teixidó] con herbiñas de namorar, dareille a quen alén mar está o aloumiño do meu amor. Hei de vestir a camisa de liño que ela teceo para min con herbiñas de namorar; anda o lagarto azul e souril a acaroar mapoulas bermellas, nacidas de fusís, co aloumiño do meu amor, alleo á guerra e ao seu tambor. Morto ou vivo hei volver á terra que ela andou canda min con herbiñas de namorar; chouta o mascato polo cantil a vela-lo adro familiar, ala lonxe, na fin, co aloumiño do meu amor. Cabo do mundo, ó pé dun aguillón doéme a guerra ruín entre herbiñas de namorar; corvo mariño voa xentil o amilladoiro a levantar e pan santo a colorir co aloumiño do meu amor. Romeiro hei de ir lonxe ao San Andrés con herbiñas de namorar, dareille a quen alén mar está o aloumiño do meu amor.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.