La gran lección de Beatriz, la madre de Olivia y Anna

René Magritte (1898 – 1967), L´idée (La idea), 1966

Sevilla, 13/VI/2021

Con el ánimo de aunar voluntades de creencia en la bondad del ser humano, escribo estas palabras como acto de solidaridad con Beatriz, la madre de Olivia y Anna, con su familia, que se han convertido tristemente en noticia continua desde hace un mes y medio por la desaparición de las dos niñas en una maniobra de violencia vicaria por parte de su padre. Mi intención es traer a nuestro recuerdo la situación que vivimos en marzo de 2018 con la desaparición también de Gabriel, el niño almeriense que sufrió la violencia por parte de la novia de su padre, por la gran lección humana que recibimos en aquel caso de sus padres. No quiero entrar en más detalles escabrosos en ambos casos, de sobra conocidos, pero sí rescatar algo que aprendí y escribí con motivo de aquél luctuoso suceso, porque salvando lo que haya que salvar, hay un contexto que he recuperado en mi memoria de secreto y que deseo hoy resaltar.

El mar es de nuevo un triste protagonista de las niñas de Tenerife, como lo era para Gabriel, conocido como “Pescaíto” por su amor a los peces. Beatriz, al igual que en su momento hizo Patricia, junto a su exmarido, Ángel, padres de Gabriel, ha dado una lección al mundo de prudencia, de saber estar y comunicar sus sentimientos, siempre con mensajes positivos y amables en la creencia de que su exmarido no iba a hacer daño alguno a las niñas. Sus comunicados, cartas y mensajes, han sido una lección continua de entereza y confianza en la cara más amable del ser humano, aunque finalmente no haya sido así. Las redes sociales se han inundado de la imagen de dos niñas-sirenas redivivas, Olivia y Anna, de espaldas, “siempre juntas” y simbolizando el imprescindible camino feliz en sus vidas, truncadas por la maldad humana.

Lo anterior es lo que me ha recordado una fábula recogida en un texto que no olvido de David Foster WallaceEsto es el agua: algunas reflexiones compartidas en una ocasión señalada sobre la idea de vivir una vida compasiva, un discurso que dirigió a la promoción de graduados del Kenyon College en 2005, comenzando con una pequeña parábola: “Van dos peces nadando por el mar y se encuentran con un pez más viejo que viene nadando en dirección contraria. El pez mayor los saluda y les dice, “Buenos días, chicos. ¿Qué tal está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguen nadando y al cabo de un rato uno de ellos mira al otro y le pregunta, “¿Qué demonios es el agua?”. La gran paradoja de esta parábola es que los que estamos asistiendo a esta desgraciada aventura humana en Tenerife no sabemos apreciar lo que hacemos a diario, olvidando la sencillez de lo que corresponde al carpe diem bueno o malo de cada ser humano. Como decía Foster Wallace, “La enseñanza más urgente de la historia de los peces es, simplemente, que los aspectos de la realidad que resultan más obvios, más ubicuos e importantes, a menudo son los más difíciles de ver y de los que más cuesta hablar”. Y una realidad que existe es la maldad humana, la del padre de Olivia y Anna, por ejemplo, no vinculada con estereotipos de enfermedad mental, sino como un perfil psicológico que existe en muchas personas, aparentemente muy bien integradas en la sociedad, aunque siempre dan pistas de que gozan con el mal y la maledicencia diaria aplicada en sus vidas, en todo lo que hacen y practican. Las vemos a diario, están más cerca de nosotros de lo que a veces pensamos y casi siempre siguen adelante con aparentes triunfos sociales porque las personas próximas participamos de forma vergonzante en silencios cómplices para no complicarnos la vida.

Cuando ocurren estos desgraciados sucesos, más allá de los negocios mediáticos que también se dan en una falta de escrúpulos clamorosa y consentida por la sociedad, nos cuestionamos la maldad humana e intentamos desviar la atención con salidas rápidas e inoportunas, como por ejemplo la socorrida justificación de la enfermedad mental, que deberíamos cuidar al extremo, porque no es así. Existe una realidad que se llama maldad y muchas personas conviven con ella a diario, porque es un perfil psicológico que convive a diario con nosotros, sin que tenga que relacionarse necesariamente con la salud mental. Son personas pendencieras, chulescas, machistas, a las que siempre les han reído las gracias, aunque ellos no soportan ninguna. Es la razón de lo que Foster Wallace decía a los alumnos de graduación utilizando la parábola de los peces, anteriormente expuesta: “si a la hora de escoger los asuntos sobre los que pensáis, vuestra libertad de elección os parece demasiado evidente como para que merezca la pena perder el tiempo hablando de ello, yo os pediría que pensarais un poco en los peces y el agua y que aparcarais por un momento vuestro escepticismo con respecto al valor de las cosas que parecen muy evidentes”. La maldad humana, por ejemplo, pero también el agradecimiento, la solidaridad, la cercanía, la bondad, el bien y el amor. Las personas buenas, que también existen y que son las que nos permiten hoy mismo seguir creyendo en el ser humano, a pesar de todo.

Sigo leyendo de forma esporádica un gran libro sobre el que ya he reflexionado en alguna ocasión en estas páginas, La mente moral (1), en el que se intenta desentrañar el dilema de cómo la naturaleza ha desarrollado nuestro sentido del bien y del mal, porque al igual que damos valor a la plata, dado que en sí misma no vale nada, el mal nos hace daño porque así lo identifica el cerebro humano. Creo que una obligación humana por excelencia es llegar al conocimiento de por qué tenemos que encontrarnos siempre con el gran dilema dialéctico del bien y del mal, así como de las consecuencias de las decisiones que tomamos a diario en las que siempre está presente y del que difícilmente aprendemos por acción o por omisión. Si alguna vez llegáramos a explicar la causa de la decisión u omisión ética de nuestro cerebro, por qué se producen algunas respuestas que no nos agradan o que incluso nos hacen fracasar en un momento o para toda la vida, viviendo un desposorio casi místico con la culpa, haríamos mucho más fácil la vida diaria porque al menos sabríamos a qué atenernos.

Hoy, nos agarramos como a un clavo ardiendo a Dios o dioses, a la naturaleza, a la sociedad o a las personas, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, para justificar nuestras acciones, olvidando que nuestra gran máquina de la verdad, nuestro cerebro, guarda el secreto ancestral de por qué existe el bien o el mal y de por qué actuamos de una forma u otra. Maravillosa aventura para dejar de lado, definitivamente, el drama (¡con perdón!) de la serpiente malvada, tal como se recogió en las famosas diez líneas del libro del Génesis, en la tríada serpiente/Adán/Eva, por supuesto la manzana, que son la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, el cerebro reptiliano, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo [en un enfoque básicamente machista de la ética del cerebro humano]. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esa cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas” (2).

Toda mi generación ha crecido con estas realidades culturales del origen del mal y de la maldad humana, grabados a fuego, donde la responsabilidad de la mujer era clara: se había dejado tentar por una serpiente porque a partir de ese momento pasaba a ser sabionda, es decir, conocería la causa del bien y del mal, y además fue la que arrastró al hombre para que también “pecara”: ¡mujer tenía que ser! En la corteza cerebral ha pesado mucho esta doctrina del mal durante siglos, a pesar de la elaboración del sistema límbico que ha llevado a mujeres y hombres a descubrir por igual y por primera vez, de forma abierta, sus cerebros emocionales, poniendo las cosas en su sitio, incluido paraísos, manzanas, serpientes y árboles situados en medio de un determinado jardín de la vida o de la muerte que nadie sabe dónde están.

Entrego estas palabras a la Noosfera para caminar juntos también en la búsqueda de la bondad humana para construir entre todos un mundo mejor y más bueno, acompañando ahora a Beatriz, la madre de Olivia y Anna, que nos ha ofrecido y lo sigue haciendo un ejemplo inolvidable de entereza y bondad, como símbolo solidario de acompañamiento de miles de mujeres que sufren a diario, en estos momentos, la violencia vicaria. Hoy, es lo que más me interesa. Como ya he manifestado en ocasiones anteriores, lo ocurrido en Tenerife sé que no deja tranquilo a nadie, aunque en clave de Bob Dylan, separándome unos momentos de él, la respuesta a la pregunta de ¿qué es la maldad? está en el cerebro humano (no en el viento), donde nace, se desarrolla y muere. Es ahí donde tenemos que trabajar, en la educación saludable del mismo durante toda la vida, dando la importancia necesaria al bien, a la bondad, al respeto a las mujeres y a las madres, que son hoy los peces de la parábola de Foster Wallace.

(1) Hauser, Marc (2008). La mente moral. Barcelona: Paidós Ibérica, pág. 17.

(2) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.