Deserción digital y derecho al olvido

Sevilla, 15/VI/2021

Estamos viviendo un fenómeno cada vez más extendido que se llama deserción digital, asociado íntimamente con la defensa consciente del derecho al olvido, también conocido como derecho a la renuncia. El uso no racional de las tecnologías de la información y comunicación, tanto en dispositivos digitales como en uso de redes sociales, por ejemplo, está llevando a esta situación, que se veía venir, de hartazgo y cansancio digital desde hace años. Personalmente lo he expuesto a los largo de estos quince años de presencia en mi blog, sobre todo cuando he tratado el constructo inteligencia digital, en el que junto a la correcta utilización de las tecnologías digitales ya señalaba la necesidad de superar el uso no racional de las mismas, entendida la citada inteligencia digital, en su quinta acepción, como la “capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, es decir, cuando ha superado la dialéctica infernal del doble uso”, que lo ejemplificaba con un dato clarificador al respecto: la utilización de los descubrimientos electrónicos para tiempos de guerra y no de paz, como en el caso de los drones o de la fabricación de los chips que paradójicamente se usan lo mismo para la consola PlayStation que para los misiles mortíferos Tomahawk. Ese es el principal reto de la maravillosa inteligencia, digital por supuesto, porque vivimos en la sociedad red, que puede ser a la vez maravillosa o malvada, en función de como se use.

He leído hoy un artículo que recomiendo por su especial interés digital: Despedida por un tuit de hace años: cómo la cultura de la cancelación puede afectar a tu trabajo, en el que se aborda esta realidad por la importancia que tiene en nuestras vidas la huella digital y los impactos que tiene el uso no racional de las tecnologías digitales o la intrusión en nuestras vidas a través de las redes sociales de personas que sobrepasan todos los límites del respeto mutuo digital que también existe. El pasado digital siempre cuenta y esto lo están sufriendo las generaciones actuales de jóvenes cuando acceden a cualquier trabajo. Lo que se dijo hace muchos años en las redes, se localiza inmediatamente por los cazadores de talentos y rápidamente pueden ocasionar un incidente laboral o incluso un despido a los pocos días de ser contratada una persona. De ahí mi recomendación de que quien se encuentre en esta situación o conozca algún caso cercano, consulte con detalle lo que la Agencia Española de Protección de Datos recomienda hacer al respecto en relación con el derecho al olvido. También, obviamente, sobre cuestiones digitales de importancia extrema en nuestras relaciones personales y sociales: acceso no controlado a redes sociales, privacidad y uso no adecuado de fotos y vídeos en internet.

En síntesis, el derecho al olvido se puede ejercer teniendo en cuenta cinco puntos clave, sintetizados por la AEPD:

1. ¿Qué es el derecho de supresión (“derecho al olvido”)?

Es la manifestación del derecho de supresión aplicado a los buscadores de internet. El derecho de supresión (‘derecho al olvido’) hace referencia al derecho a impedir la difusión de información personal a través de internet cuando su publicación no cumple los requisitos de adecuación y pertinencia previstos en la normativa. En concreto, incluye el derecho a limitar la difusión universal e indiscriminada de datos personales en los buscadores generales cuando la información es obsoleta o ya no tiene relevancia ni interés público, aunque la publicación original sea legítima (en el caso de boletines oficiales o informaciones amparadas por las libertades de expresión o de información).

2. ¿Puedo ejercerlo frente al buscador sin acudir previamente a la fuente original?

Sí. Los motores de búsqueda y los editores originales realizan dos tratamientos de datos diferenciados, con legitimaciones diferentes y también con un impacto diferente sobre la privacidad de las personas. Por eso puede suceder, y de hecho sucede con frecuencia, que no proceda conceder el derecho frente al editor y sí frente al motor de búsqueda, ya que la difusión universal que realiza el buscador, sumado a la información adicional que facilita sobre el mismo individuo cuando se busca por su nombre, puede tener un impacto desproporcionado sobre su privacidad.

3. Si lo ejerzo frente a un buscador, ¿la información desaparecerá de internet?

No. La sentencia del Tribunal de Justicia de la UE de 13 de mayo de 2014 determina que sólo afecta a los resultados obtenidos en las búsquedas hechas mediante el nombre de la persona y no implica que la página deba ser suprimida de los índices del buscador ni de la fuente original. El enlace que se muestra en el buscador sólo dejará de ser visible cuando la búsqueda se realice a través del nombre de la persona que ejerció su derecho. Las fuentes permanecen inalteradas y el resultado se seguirá mostrando cuando la búsqueda se realice por cualquier otra palabra o término distinta al nombre del afectado

4. ¿Cómo puedo ejercerlo?

La normativa de protección de datos establece que para ejercer el derecho de supresión (y, por tanto, el ‘derecho al olvido’) es imprescindible que el ciudadano se dirija en primer lugar a la entidad que está tratando sus datos, en este caso al buscador. Los buscadores mayoritarios han habilitado sus propios formularios (Google,  Bing Yahoo) para recibir las peticiones de ejercicio de este derecho en este ámbito. Si la entidad no responde a la petición realizada o el ciudadano considera que la respuesta que recibe no es la adecuada, puede interponer una reclamación ante la Agencia Española de Protección de Datos. En función de las circunstancias de cada caso concreto, la Agencia determinará si la estima o no. Esta decisión de la Agencia, a su vez, es recurrible ante los Tribunales.

5. ¿Se limita el derecho a recibir información?

No. En el caso de los buscadores, la sentencia señala que es necesario realizar una ponderación caso por caso para alcanzar un equilibrio entre los diferentes derechos e intereses. Dado que es imprescindible valorar las circunstancias de cada solicitud y que se debe tener en cuenta sistemáticamente el interés de las personas usuarias en acceder a una información, aquellas que resulten de interés para el público por su naturaleza o por afectar a una figura pública no serán aceptadas.

En 2017 escribí un artículo, La huella digital es vida, texto y contexto, que recogía ya lo expuesto anteriormente, en relación con una noticia premonitoria: “Un sevillano consigue que Google no lo vincule con noticias antiguas. Una resolución insta al buscador a retirar tres enlaces de los resultados al consultar su nombre” (1). Hice en ese día una reflexión que recojo hoy íntegra en mi tesis de escritura circular, que también existe: “Creo que vivimos en un mundo digital que tiene texto y contexto, porque por encima de todo, la vida es escritura, mejor, la vida es texto y contexto, aunque ahora se lleve la palma el teclado de turno y no el lápiz, el bolígrafo o la pluma de toda la vida: “Sí, la narrativa de Lobo Antunes avanza de la mano de la vida cotidiana que la produce, y el narrador, como el navegante, anota altibajos emocionales, recuerdos y paradojas de la identidad en un manuscrito escrupuloso y contingente que adquiere la forma de un cuaderno de bitácora: escribe su singladura vital en el océano de las palabras, convocándolas al texto y luego corrigiéndolas hasta la extenuación. “A escrita é a vida, e a vida a escrita: ou melhor, a vida é texto” (Colóquio Letras, nº62, Julio de 1981) (2).

La persona que protagoniza hoy la noticia sobre el gran problema de la huella digital en el mundo actual, desea que parte del texto de su vida no se publique más, porque tiene derecho a preservar sus datos personales (su contexto): “La Agencia Española de Protección de Datos ha estimado la reclamación realizada por un sevillano contra Google INC, «instando a esta entidad para que adopte las medidas necesarias para evitar que su nombre se vincule en los resultados de búsqueda de tres URL» al realizar una búsqueda por su nombre, lo que le impedía el derecho a una adecuada reinserción en la sociedad”. Para mí es una gran noticia lo que ha ocurrido porque caminamos muchas veces hacia atrás en este ámbito digital. Las redes sociales son un altavoz permanente de vidas propias y ajenas y no se pueden poner puertas al campo. El mundo Internet es un inmenso huerto sin vallar y sin puertas. Se presupone siempre que sabemos dónde nos metemos, digitalmente hablando, pero estoy convencido que una vez más ignoramos la letra pequeña, digital por supuesto, al entrar en este fascinante mundo en el que la vida privada no depende solo de lo que cada persona escriba sino del uso no racional e inadecuado de cada texto y contexto, en el sentido que decía António Lobo Antunes: la vida es texto (y contexto digital, en este caso), aunque defiendo a los cuatro vientos que escribir, teclear palabras, por mucho riesgo que corra en las redes sociales, es la vida.

Asombrosamente, casi todo se puede utilizar, cortar, copiar, bajar y subir en la Noosfera, excepto la huella digital. El campus de Internet no tiene barreras. Recuerdo en este sentido a un payaso de mi niñez, muy querido, el menos listo de los tres, uno de los augustos, que, en una de sus actuaciones, siempre llevaba en su mano derecha una valla de juguete y la ponía delante de sus pies cada vez que hablaba con el payaso listo, el clown, con traje de lentejuelas, cara maquillada de blanco y cejas circunflejas (una muy pronunciada…). Abría la puerta de la valla y la cerraba a su antojo, una y otra vez, para acceder al otro. La hilaridad estaba servida, porque demostraba que todo el campo, el circo de la vida, era suyo. Pero la ética digital obliga a declarar lo que no es tuyo, porque no todo nos pertenece, no todo se puede sobrepasar con la valla portátil de mi querido payaso, aunque desde una perspectiva de inteligencia digital, tal como la concibo y construyo día a día, ponga a disposición de los demás todo el conocimiento para que se pueda reconocer a cada persona de todos y proteger, sobre todo, a la de secreto.

Cuando te quedas a solas en cualquier espacio de Internet, llámese Google, Bing, Facebook, Instagram, Twitter o LinkedIn, entre otros, y no nos gusta lo que aparece allí de cada uno de nosotros, en algún momento de la vida, que allí sigue irremediablemente sin atisbar forma alguna de borrarlo, recuerdo una aproximación de soledad ante el peligro digital convertido en ciencia, tal y como lo cantaba Enrique Morente en su soleá de la ciencia: Presumes que eres la ciencia / Yo no lo comprendo así / Cómo siendo tú la ciencia / No me has comprendido a mí. Porque hoy mismo, la Soleá de Google, Bing, Facebook, Instagram, Twitter o LinkedIn, sigue sin comprender, siendo la ciencia digital, lo que cada persona desearía borrar de sus vidas (su texto, su contexto), pero que, incomprensiblemente, todavía sigue allí.

No olvido algo que leí en 2009 y que me causó mucha impresión en mi investigación del cerebro, a la luz de un estudio que se acababa de publicar en Science (323: 1492 (2009); Learn Mem 29:122 (2009); Phil. Trans. R. Soc. B 364, 1255 (2009), recogido en un artículo de mi admirado Javier Sampedro, Te gustaría borrar los malos recuerdos, porque hay que recordar que en el cerebro anda el problema de fondo: Utilizar fármacos amnésicos para borrar los recuerdos traumáticos no es una idea nueva, pero nunca hasta ahora hubo una molécula como ZIP. ZIP es un inhibidor de una enzima (catalizador biológico) cerebral llamada PKM zeta. En las pruebas con ratones, una sola dosis de ZIP se ha mostrado capaz de eliminar por completo el recuerdo concreto que el animal haya reactivado en ese momento. Puede tratarse de una habilidad motora placentera, una asociación emocional desagradable o un conocimiento espacial sin mayores implicaciones emocionales. El ZIP se la borra”.

Me preocupó entonces y me sigue preocupando ahora, pensando fríamente que el olvido ya se puede comprar también, formando parte del Gran Mercado Mundial en Internet. Escribí en este cuaderno digital en aquellos días, hace doce años, que el artículo de Sampedro planteaba una pregunta muy inquietante: “¿Qué es mejor, borrar lo que uno ha hecho o lo que piensan los demás? La memoria es inestable, maleable y muy manipulable. Y ya hay respuestas en el laboratorio”. Todo se ha andado y todo se andará. La molécula del olvido se ha descubierto en el laboratorio. Ya se sabe que algunos ratones han agradecido el experimento y ¡ya son felices! Ya lo había intuido anteriormente en otro artículo mío, Cerebro humano, cerebro de ratón, en que manifestaba lo siguiente: “somos, en definitiva, más libres, porque nos conocemos mejor, a través de la verdadera causa de la salud y la enfermedad, gracias a proyectos cuya base científica nace en un pequeño ratón de la factoría Allen, que siempre estará cerca, paradojas de la vida, de la humanidad y de la genética del que conocí hace muchos años, de nombre Mickey [Mouse]”. La dosis adecuada de ZIP es como una goma de borrar, como se demostró en la investigación científica citada: “En las pruebas con ratones, una dosis de ZIP [compuesto químico] elimina por completo cualquier recuerdo que el animal estuviera recuperando de la memoria en ese momento”. Y la he vuelto a leer muchas veces, en una composición artística del autor o autora, porque me ha parecido extraordinario que el propio cerebro humano haya llegado a este descubrimiento. Y vuelta a empezar. Situaciones como estas no las deberíamos olvidar. Y el drama shakesperiano está servido, porque olvidar o no olvidar no sólo en el mundo digital, sino también en el atómico de todos los días, es donde está la verdadera cuestión, salvando siempre que el olvido es un derecho y no una mercancía más en el Gran Mercado del Mundo.

NOTA: la imagen se ha recuperado del Informe Anual 2016 del European Data Protection Supervisor: https://edps.europa.eu/sites/edp/files/publication/17-04-27_annual_report_2016_en_1.pdf

(1) http://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-sevillano-consigue-google-no-vincule-noticias-antiguas-201707170715_noticia.html

(2) http://www.letraslibres.com/mexico-espana/libros/memoria-elefante-antonio-lobo-antunes

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.