Los viajes hacia ninguna parte

Las personas abordan un avión de pasajeros de China Airlines durante una experiencia de “viaje falso” (DAVID CHANG / EFE)

Sevilla, 13/X/2020

El mejor viaje hacia ninguna parte que conozco es el que se desarrolla en la novela y después en la película del mismo nombre, de Fernando Fernán Gómez, estrenada en 1986 y con gran éxito de público. Ahora, los nuevos viajes hacia ninguna parte, son una promoción turística que se ha presentado en sociedad con motivo de la pandemia del coronavirus. Países como Singapur, Australia, Japón y Brunei, bajo la exacta denominación del título de “viajes hacia ninguna parte”, abordan esta iniciativa con objeto de cumplir un doble objetivo según las diferentes promociones: saciar la necesidad de volar de pasajeros asiduos de estas compañías y rentabilizar el coste de mantenimiento de las propias aerolíneas.

El modelo de promoción es bastante similar en todas las experiencias actuales: programa de viajes hacia lugares exóticos y lejanos a la localidad de partida, con una duración considerable en función de la extensión kilométrica del país, con llegada al mismo lugar después de unas horas de viaje, regalos personalizados, cartas de comidas y vinos de exquisiteces culinarias, así como guías turísticas detalladas mediante programas de mano, megafonía y equipos audiovisuales de los aviones utilizados para este fin. Todo pensado, como casi siempre, para los exquisitos del lugar, ¡con la que está cayendo!

La pandemia agudiza el capital y el mercado, así como el ingenio de las compañías aéreas, que han descubierto un nicho que estiman que puede ser rentable. Es verdad que muchas personas echan de menos volar y trasladarse a vivir experiencias nuevas utilizando el avión como medio de transporte preferido y, casi siempre, imprescindible por necesidad de cubrir miles de kilómetros. La necesidad de viajar casi siempre es por ir hacia alguna parte, es decir, cubrir un objetivo vinculado con acontecimientos vitales de variado tipo. Las razones profesionales son también el gran hilo conductor de uso de este transporte, pero lo que está por evaluar es el resultado de la experiencia porque probablemente lo que cause es más frustración que bienestar. El avión es un espacio reducido y continúan perpetuándose las clases sociales. Es verdad que en diez minutos la compañía Qantas (acrónimo de Queensland and Northern Territory Aerial Services), en Australia, agotó todos los billetes disponibles desde la puesta a la venta de su última promoción, siendo la escala de coste desde 500€ a 3.000€, aproximadamente. La vida se reproduce en sus valores en cada viaje y la disponibilidad de visión aérea no es la misma, salvo que se haga alguna escala y puedan utilizar las diferentes infraestructuras turísticas del país, como es el caso de Singapur en el que está previsto iniciar esta actividad turística en este mes, combinando los vuelos con estancia en hoteles, mediante escalas, vales de compra y viajes en limusina, siempre dentro del mismo país.

La falsedad que hay detrás de estos viajes a ninguna parte, ha tenido su máxima expresión en Taiwán, donde existe una promoción sin rodeos: fingir ir al extranjero por unas horas, porque la principal realidad turística es que los aviones no se mueven de la pista: “los taiwaneses se resisten a no viajar, por eso, en el Aeropuerto de Songshan en el centro de Taipéi, se les ha ocurrido una divertida idea con la que contentar a algunos ansiosos viajeros. Les ha ofrecido la experiencia de poder viajar a ninguna parte. A través de un sorteo, en el que participaron una 7.0000 personas, se escogieron 180 ganadores -60 pasajeros por vuelo- al azar, para experimentar, como si fuera real, la posibilidad de abordar un avión. Se les facilitó las tarjetas de embarque, hicieron el check-in y pasaron por seguridad e inmigración antes de subir a un Airbus A330 de la aerolínea más grande de Taiwán, China Airlines, donde los asistentes de vuelo conversaron con los pasajeros sin moverse de la pista. Y aunque no se sirvió comida a bordo, los visitantes cenaron en uno de los restaurantes del aeropuerto. También se les dio la libertad de explorar partes de la terminal y comprar en las tiendas libre de impuestos. Una experiencia completa dentro del complejo”.

También han salido al ataque los grupos ecologistas, porque la contaminación aérea es una de las principales causas del cambio climático. Hasta tal punto es verdad esta realidad que según el The New York Times, una compañía aérea, Qantas, compró recientemente compensaciones de carbono para aliviar el impacto de sus vuelos de siete horas, teniendo en cuenta que en 2018, la aviación civil mundial produjo 918 millones de toneladas de dióxido de carbono, lo que equivaldría a las emisiones anuales de Alemania y los Países Bajos juntas. También, que ante esta realidad de contaminación aérea, la Royal Brunei Airlines asegura usar un Airbus A320neo en estas experiencias, que produce muchas menos emisiones que otros aviones para tratar de paliar ese impacto ambiental.

Parece todo un guion de película en el gran teatro del mundo. Juzguen ustedes. Vuelvo a la película de Fernán-Gómez porque quiero mantener el recuerdo de su mensaje de respeto a los cómicos de la legua, que viajaban siempre hacia una misión posible para el alma humana, aunque a veces fuera a ninguna parte de la sociedad de consumo: hacer felices a quienes los veían, sabiendo que venían de lejos, interpretando la vida y la muerte de la mejor forma que habían aprendido a hacerlo: viajando por esos caminos de Dios hacia el mejor destino humano: el corazón de las personas. Y con una dolorosa transición histórica de medios y público, del teatro al cine, como suele pasar en la vida de cada uno, de todos.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://www.lavanguardia.com/ocio/viajes/20200709/482191451448/volar-ninguna-parte-taipei-taiwan-aeropuerto-songshan.html#galeria-foto-3

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Louise Glück, Premio Nobel por su voz austera

Sevilla, 11/X/2020

Un poema hermoso, La decisión de Odiseo, me ha introducido en la lectura de Louise Glück, Premio Nobel de Literatura 2020 “por su inconfundible voz poética, que, con una belleza austera, convierte en universal la existencia individual”, según consta en el acta del jurado que ha valorado este año este premio que otorga anualmente la Academia Sueca. Es justo resaltar que junto a Olga Tokarczuk, Svetlana Alexiévich y Alice Munro, es la cuarta mujer en la última década que recibe este premio y la decimosexta de su larga historia. Tengo que reconocer que no había entrado en el mundo de secreto y de todos de esta poeta americana, aunque contamos en España con publicaciones muy importantes en la magnífica editorial Pre-Textos. Ahora la he recordado por una fotografía junto a Obama con motivo de la entrega en 2016 de la medalla nacional de Humanidades, porque nada humano me es ajeno y como buscador incansable de islas desconocidas, empezando por mí mismo, tal y como recomendó en una ocasión la mujer de la limpieza en el palacio del rey, gran protagonista de La isla desconocida, la carabela imaginaria de Saramago en El cuento de la isla desconocida.

En La decisión de Odiseo, publicado en su libro Praderas (1), se produce un fenómeno inverso en relación con la llegada del protagonista a la isla después de un azaroso y largo viaje:

El gran hombre le da la espalda a la isla.
Su muerte no sucederá ya en el paraíso
ni volverá a oír
los laudes del paraíso entre los olivos,
junto a las charcas cristalinas bajo los cipreses.

Da comienzo ahora el tiempo en el que oye otra vez
ese latido que es la narración
del mar, al alba cuando su atracción es más fuerte.
Lo que nos trajo hasta aquí
nos sacará de aquí; nuestra nave
se mece en el agua teñida del puerto.

Ahora el hechizo ha concluido.
Devuélvele su vida,
mar que sólo sabes avanzar.

Creo que se comprende bien el motivo de mi admiración por esta interpretación tan bella de la experiencia de Odiseo, tan amante ella de la mitología griega, con una clave que es hilo conductor en mi vida: el mundo sólo tiene interés hacia adelante. Es curioso constatar en su obra las continuas referencias al mundo de ayer, a la historia de las mitologías y a la Biblia, aunque se comprende por su genealogía judía, concretamente húngara y que lo simboliza con el nombre de su hijo, Noé. En este sentido bíblico me ha llamado la atención el título de una obra suya, Ararat -Tierra Santa, en hebreo-, porque así se llamaba el país bíblico que hoy es probablemente Armenia, en el que se posó el Arca de Noé una vez finalizado el diluvio universal. ¿Coincidencia o búsqueda del mundo interior?

Su poemario está transido de dolor sentido real de cualquier pérdida y en relación con la férrea tutela de su madre y por el acoso escolar, tan antiguo, tan actual. Me ha llamado la atención que haya manifestado en alguna ocasión que ha escrito a veces como venganza y defensa ante las circunstancias difíciles que han rodeado su vida, volcada en una obra corta, sólo doce poemarios y algún ensayo, haciendo verdadero el aserto de Gracián: lo breve si bueno, dos veces bueno. Es curioso constatar que su trayectoria está trufada de trabajos profesionales destacados y premios: profesora en la Universidad de Yale, Poeta Laureada de los Estados Unidos en 2003, Pulitzer por El iris salvaje (1992), el National Book Award por Faithful and Virtuous Night (2014) y, recientemente, en febrero de este año, el Premio Tranströmer, promovido en memoria del último Nobel sueco, fallecido en 2015.

Finalizo por ahora, pendiente de una lectura reposada de su obra más representativa, con un poema de Ararat (2), Amante de las flores, porque esta enigmática palabra hebrea también significa suelo santo donde incluso pueden florecer las amapolas, cuya principal virtud es entregar belleza en grupo, cuidándose y muriendo solas, casi siempre en la misma tierra santa que las vio nacer:

En nuestra familia, todos aman las flores.
Por eso las tumbas nos parecen tan extrañas:
sin flores, sólo herméticas fincas de hierba
con placas de granito en el centro:
las inscripciones suaves, la leve hondura de las letras
llena de mugre algunas veces…
Para limpiarlas, hay que usar el pañuelo.

Pero en mi hermana, la cosa es distinta:
una obsesión. Los domingos se sienta en el porche de mi madre
a leer catálogos. Cada otoño, siembra bulbos junto a los escalones de ladrillo.
Cada primavera, espera las flores.
Nadie discute por los gastos. Se sobreentiende
que es mi madre quien paga; después de todo,
es su jardín y cada flor
es para mi padre. Ambas ven
la casa como su auténtica tumba.

No todo prospera en Long Island.
El verano es, a veces, muy caluroso,
y a veces, un aguacero echa por tierra las flores.
Así murieron las amapolas, en un día tan sólo,
eran tan frágiles…

(1) Glück, Louise (2017). Praderas. Valencia: Pre-Textos.

(2) Glück, Louise (2008). Ararat. Valencia: Pre-Textos.

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Steve Jobs, el genio visionario que sigue con nosotros

Hasta el infinito… ¡y más allá!, Buzz Lightyear

Sevilla, 10/X/2020

Todos los días, dos veces al menos, me cruzo con Buzz Lightyear, firme y enigmático, como siempre, en su estantería del cuarto de mi hijo Marcos, cuando doy los pasos que me he marcado en mis paseos domésticos en tiempos de coronavirus. Voy y vengo del timbo al tambo diario y allí está el héroe espacial de Toy Story, veinticinco años después de su aparición en este mundo tan peculiar, construido con piezas de Lego que tanto han gustado siempre a nuestro hijo, dándoles vida con sus habilidosos dedos. Toy Story ha estado vinculada siempre a Steve Jobs, siendo parte del equipo de producción que permitió alcanzar el enorme éxito que tuvo en su estreno mundial y que ha logrado que permanezca en la mente de niños y mayores a lo largo del tiempo. Tenía razón Steve Jobs cuando dijo en cierta ocasión que el mundo era mejor gracias a las películas que hacía Pixar y que por muy brillantes que fueran los productos de Apple, todos terminarían en el vertedero, pero que no pasaría así con las películas de Pixar porque vivirían para siempre en la mente de millones de niños y niñas del mundo y en su tránsito a personas adultas y mayores.

Todo lo anterior viene a colación por una lectura que he iniciado en estos días, Creatividad, S.A.(1), un libro escrito por Ed Catmull, Presidente de Pixar Animation y Disney Animation, que supone un incentivo especial en este tiempo de crisis mundial por la pandemia y en el que la creatividad es necesaria en todos los órdenes de la vida. El libro expone el sueño de su autor cuando era niño, consistente en hacer, un día no lejano, la primera película de dibujos animados por ordenador. Dicho y hecho, porque junto a Steve Job y John Lasseter, fundó Pixar en 1986, obteniendo al cabo de pocos años los éxitos que casi todo el mundo conoce y han podido interiorizar en sus vidas. Ahora, veinticinco años después, he sentido con emoción, en los títulos de crédito, la presencia de Steve Jobs como productor ejecutivo de Toy Story junto a Ed Catmull.

El libro está dirigido a directivos de empresas pero, sobre todo, a las personas que deseen trabajar en un entorno que fomente la creatividad y la solución de problemas, es decir, va dirigido a la inteligencia humana en general, porque se centra en la mejor definición de inteligencia que encontré hace ya muchos años en mi vida personal y profesional, entendida como la “capacidad humana de resolver problemas y desarrollar actos felices en la vida diaria y ordinaria”, tal y como lo aprendí de José Antonio Marina en 1992, en su Elogio y refutación del ingenio. Es así porque cuando nos introducimos en los vericuetos de la sociedad justa y feliz, nos damos cuenta de que el conocimiento de las utopías puede mejorar el mundo, sobre todo cuando se alcanza la felicidad personal y política, es decir, como ciudadanos del mundo atendiendo al sentido primigenio de la “polis”, recordando siempre, en mi caso, la frase resumen de la Constitución de 1812 en nuestro país, que decía: “El objeto del gobierno es la felicidad de la Nación”. Identificar las fuerzas destructivas que intentan bloquear permanentemente el gran objetivo de la inteligencia, resolver problemas y ser felices, son los grandes objetivos que se propone al autor contando su experiencia personal y profesional a lo largo de muchos años en Pixar y Disney Animation, teniendo a Toy Story como el hilo conductor de la misma junto a la amistad inseparable con Steve Jobs hasta su fallecimiento y el homenaje final de Pixar a su memoria en un lugar muy querido por él, el edificio al que todos llamaban afectuosamente y con respeto La película de Steve.

Me he dado cuenta, leyendo el libro, que hay un amigo en Ed Catmull que se llama Steve Jobs. Es su mejor homenaje en las últimas páginas, con un título paradigmático: El Steve que nosotros conocimos. Les aseguro que al igual que ocurre con el mensaje tradicional en los títulos de crédito de las películas de mi infancia y juventud, cualquier parecido con la realidad que nos han contado de él, como personaje huraño y tiránico, es sólo una amarga interpretación de su vida, porque Jobs era una persona instalada en la creatividad, calidad e innovación personal y profesional permanente. Su esfuerzo por retratar al auténtico Steve Jobs es un esfuerzo encomiable de una persona que lo mantiene como a un amigo en él, cantando sottovoce la canción de Toy Story, que sigue muy presente en la banda sonora de nuestras vidas: “La montaña rusa se había parado y un buen amigo se había apeado de ella, pero el viaje que habíamos hecho juntos estaba ahí. Y había sido un viaje fabuloso”. Es la última frase del libro.

(1) Catmull, Ed (2016, 3ª ed.). Creatividad, S.A. Cómo llevar la inspiración hasta el infinito y más allá. Barcelona: Penguin Random House.

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Fondo de naves

Sevilla, 9/X/2020

En el prólogo de “El infinito en un junco” (excelente libro), cuenta su autora, Irene Vallejo, que Alejandría era el principal puerto de Egipto, su nuevo centro vital en el siglo IV antes de Cristo y que a todos los barcos de cualquier procedencia que hacían escala en la capital de la Biblioteca se les sometía a un registro inmediato: “Los oficiales de aduanas requisaban cualquier escrito que encontraban a bordo, lo hacían copiar en papiros nuevos, devolvían las copias y retenían los originales. Estos libros tomados al abordaje iban a parar a las estanterías de la Biblioteca con una breve anotación aclarando su procedencia (“fondo de las naves”)».

Salvando lo que haya que salvar y viajando a través del tiempo, he interpretado este hecho como una metáfora de la vida, porque cuando llegamos a puerto después de cualquier singladura vital, puede que nos ocurra lo mismo si amamos la lectura, es decir, somos nosotros mismos los que podemos localizar nuestros libros escogidos para cada viaje a alguna parte sin que nadie nos los requise, nos copie los originales y después se queden con ellos. También nos puede pasar si en nuestra conducta diaria, personal y social, somos como libros abiertos o cerrados que alguna vez nos los piden prestados y se quedan con ellos (con los libros y con nuestra alma que los eligió y que se queda dentro). He repasado momentos transcendentales de mi vida y creo que podría organizar mi Biblioteca particular obtenida a través del “fondo de mis naves” en los que he viajado a lo largo de mis cumpledías, aunque tengo que declarar que algunos pertenecen a lo más íntimo de mi propia intimidad, siguiendo al santo de Hipona, San Agustín.

Mi infancia son recuerdos de libros queridos y que procedían del contexto vital en el que vivía en Madrid. En aquél viaje iniciático, sí recuerdo bien que navegaba fácilmente con Salgari, Verne y Richmal Crompton, con su travieso y admirado Guillermo, compensado a veces con la compañía de Cuchifritín, el amigo de Celia, unos hermanos con ideología gracias a Elena Fortún, así como los de la familia Donald y Marcelino, Pan y Vino, de José María Sánchez Silva, haciéndome amigo de su amigo invisible, Manuel, porque no entendía casi nada de la vida de Marcelino y al menos Manuel parecía que tenía los pies en el suelo. No faltaban tampoco el catecismo Ripalda y la Cartilla Moderna de Urbanidad como manuales del discreto encanto de la niñez burguesa y “bien educada”, que siempre comenzaba cada capítulo de la misma forma: “En los viajes. El niño bien educado”, por ejemplo, cuando ese niño viajaba en un tren cualquiera de la vida. O en un barco.

A partir de aquí apelo de nuevo, en este aquí y en este ahora, al intimior intimo meo agustiniano, porque tengo que revisar de nuevo mi Biblioteca y localizar los ejemplares que tienen la siguiente anotación: “Fondo de naves”. Tengo el convencimiento de que me sobran dedos de una mano para hacer este acopio de un fondo muy especial, sentado ahora en la amura de babor de un cuento muy querido, “La isla desconocida”, que está bastante deteriorado por las salpicaduras del agua de mar, mientras preparo con urgencia los avíos en tierra para mi próximo viaje hacia alguna isla no descubierta en mi azarosa vida pasada, presente y futura. De lo que estoy muy seguro es de que se quedarán siempre conmigo, porque pertenecen al fondo de naves en la Biblioteca de Mi Vida.

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Una película frágil, «Lo que arde», camina hacia el Oscar

Reportaje en Días de Cine TVE: http://www.rtve.es/alacarta/videos/di.

Sevilla, 8/X/2020

La ceremonia de los premios Goya de este año, en su 34ª edición, mostró un momento mágico en la recogida del premio a la mejor actriz revelación otorgado a Benedicta Sánchez por su interpretación en «O que arde», dirigida por Oliver Laxe, que también obtuvo el premio a la mejor dirección de fotografía. Con enorme satisfacción he conocido que la Academia de Cine eligió el pasado martes esta película junto a «El hoyo» y «La trinchera infinita», como precandidatas para representar a España en los Oscar 2021. De entre las tres, la Academia anunciará el próximo 3 de noviembre la que finalmente resulte elegida para participar en los Oscar 2021, en las cinco nominaciones finales para el apartado de Mejor película internacional.

Para entender la clave de esta emoción personal y no sé si transferible, publico de nuevo el post que escribí en el pasado mes de octubre de 2019 sobre esta película, porque al conocerla comprendí perfectamente lo que significa la fragilidad de vivir. Si se encuentran en esta situación les invito a leerlo. Para mí, el mejor premio y con la alegría de saber que Goya también pintó, en su tiempo, la fragilidad de vivir. Ahora queda esperar el largo camino de los Oscar, en un tiempo de coronavirus que muestra la cara más frágil del mundo en su nueva forma de vivir. España tiene ahora la palabra.

Si quieren disfrutar de parte de la banda sonora de la película, recomiendo escuchar atentamente la interpretación de la contralto italiana Sara Mingardo, poniendo voz celestial a una composición de Vivaldi, Nisi Dominus (RV 608), un salmo precioso, el 126, que canta al amor y a la vida: A su amado dará el Señor el sueño / He aquí la herencia del señor, el amor de la madre a su hijo, a pesar de todo.

La fragilidad de vivir

Sevilla, 16/X/2019

Manuel Rivas me ha devuelto la ilusión por romper silencios, leyendo una columna suya de cuyo título quiero ahora acordarme: Toda la fragilidad del mundo, dedicada a Oliver Laxe, un director gallego que hace cine de compromiso activo, que tanto aprecio: “Escribo sobre fragilidad después de conversar con Oliver Laxe. Él me habló de “cine frágil”. Y la palabra no se me va de la cabeza. La fragilidad de lo que surge fuera de un previsible canon comercial. Del cine indómito, no clonado, también en peligro de extinción. Pero “frágil” tiene un doble sentido. Un cine que quiere ser arte y no se sonroja al decirlo, no para idolatrar al “arte”, sino como “tabla de salvación”, como una “isla de lo sagrado”. Y lo consigue. Sus películas parecen filmadas en vidrio. Frágiles y duras. El vidrio solo se puede cortar bien con la punta del diamante. Sus personajes son también frágiles, muy humanos, pero con un nimbo que trasciende, con “un no sé qué de eterno”, que decía Van Gogh. Humildes y sublimes. Lo eran en Todos vós sodes capitáns (2010) y Mimosas (2016), premiadas en el Festival de Cannes, y lo son en especial en O que arde, la película que se estrena en España en estas fechas”.

Todo es frágil en un mundo que se rompe a pedazos. Y este loco mundo no está hecho para las personas de alma frágil, que no tiene que ver nada con la frase hecha de “seres de piel fina” que tanto incomoda a los que hacen de la mala educación su bandera de personas hechas y derechas. Lo dice Rivas de forma magistral: “Lo duro es constatar tanto espacio de fragilidad. La fragilidad en que vive gran parte de la infancia, con hambre y enfermedades de la edad de la peste. La fragilidad de tantas personas que viven al día. La fragilidad de los que tienen que alquilar su trabajo por horas y a un precio irrisorio, digamos un dólar por hora, sean las manos en talleres sórdidos o el cerebro para los gigantes tecnológicos. La fragilidad máxima de los inmigrantes y refugiados en ruta, en pateras por mar o siguiendo los osarios que jalonan los desiertos. La fragilidad de las periodistas que apuestan la cabeza por contar la verdad en la geografía del miedo, donde gobierna el neofeudalismo y la economía criminal”.

La palabra “fragilidad” es ambigua en el diccionario de la Real Academia Española, tomada como “cualidad de frágil”, entendiendo frágil en sus cuatro acepciones, siempre como adjetivos: “1. Quebradizo, y que con facilidad se hace pedazos; 2. Débil, que puede deteriorarse con facilidad. Tiene una salud frágil; 3. Dicho de una persona: Que cae fácilmente en algún pecado, especialmente contra la castidad; 4. Caduco y perecedero. Tiene una historia, como palabra, muy vinculada a la moral más estricta y caduca que podamos pensar, como lo atestigua su primera aparición en el Diccionario de Autoridades en 1732: “En lo moral se toma por la propensión que la naturaleza humana tiene en caer en lo malo”. Sin comentarios.

Vuelvo a la lectura de libros útiles, que me reconforta en medio de tanta fragilidad. Abro las primeras páginas de un libro de Manuel Rivas que tengo como de cabecera, ¿Qué me quieres amor? y me recreo viendo la dedicatoria que nos hizo en una visita a Sevilla en 2016, con una propuesta deslumbrante para tiempos frágiles: puso título a un libro que tengo que escribir sin falta, Por el derecho a soñar, que no olvido a pesar de la fragilidad que me rodea y que, a veces, me destroza el alma.

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Invitadas, olvidadas y rescatadas ahora por el Museo del Prado

María Luisa Puiggener, La última alhaja, 1900 (Colección Fundación Cajasol)

Sevilla, 7/X/2020

En el Museo Nacional del Prado se inauguró ayer la exposición Invitadas, en la que se desea dar visibilidad al papel desempeñado por la mujer en la historia del arte en España en el periodo transcurrido entre 1833 y 1931: “Se pretende así dar respuesta a esas cuestiones que hoy podemos considerar clásicas desde una doble propuesta. Por un lado, la visibilización de los principales hitos de la producción artística de las mujeres en el periodo cronológico que va desde los tiempos de Rosario Weiss (1814-1843) hasta los de Elena Brockmann (1867-1946), y por otro el reconocimiento del contexto concreto, del escenario ideológico en el que todas ellas debieron desarrollar sus carreras. Como trasfondo de todo ello aparece una estructura oficial que, en definitiva, nunca las consideró como parte integrante del sistema, y que las colocó, con todas sus consecuencias, en una inamovible posición de invitadas”.

La exposición se presenta en dieciséis ámbitos, que van desde la primera posición de reinas intrusas, hasta la última de anfitrionas de sí mismas, pasando por los doce espacios restantes: el molde patriarcal, el arte de adoctrinar, brújula para extraviadas, madres a juicio, desnudas, censuradas, la reconstrucción de la mujer castiza y las maniquíes de lujo, náufragas, modelos en el atelier, pintoras en miniatura, las primeras fotógrafas, señoras “copiantas”, reinas y pintoras, las viejas maestras y las “verdaderas pintoras” y señoras antes que pintoras.

He tratado este problema de representación de la mujer en la cultura de este país a lo largo de los siglos, en todas las manifestaciones artísticas y esta muestra es un paso más, muy interesante, para sacar de los fondos del Museo Nacional del Prado o de otros museos nacionales o fundaciones y colecciones varias, obras que por imperativo de los diferentes reinados, regímenes y la dictadura, obviamente, nunca pudieron exponerse en las galerías abiertas de esta pinacoteca nacional o en otras. Por el contrario, siempre encontraron huecos estos espacios públicos para colgar exclusivamente cuadros representativos de las mujeres “puestas” en el sitio que les correspondía en aquella época, tan tristemente larga.

Es muy llamativa la obra de Antonio Fillol Granell (1870-1930), porque sus obras, en consonancia con lo que el Sistema aceptaba de la representación social de la mujer, se exponía sin tapujos por el realismo de su pintura, acorde con la legitimación del papel de la mujer extraviada, sometida a permanente juicio, desnuda e ida, en cualquiera de los estamentos sociales, ya fuera en la realeza, la burguesía o en la etnia gitana, sin ir más lejos. Es uno de los pocos pintores de la época que “denunciaron abiertamente la posición desfavorable en la que las instituciones patriarcales habían situado injustamente a las mujeres”. He escogido un cuadro que figura en la exposición y que forma parte del fondo del Museo pero entregado en depósito al Museo de Jaén, titulado La rebelde, como arquetipo de lo anteriormente expuesto: “La rebelde es quizás la última expresión de la pintura social que había venido desarrollando el artista desde hacía décadas. Esta obra nos traslada a un campamento gitano en medio del campo, un clan de una familia errante. La improvisada tienda del fondo es la única referencia a una especie de hábitat. En este caso la lucha de clases ha dado paso a la violencia doméstica y a la intransigencia, frente a quienes sienten el anhelo de libertad en la sangre y se enfrentan al orden establecido, en este caso el paternalismo machista y la tradición represora que impide decidir el propio camino. El argumento de La rebelde parece ser el de la joven gitana que se ha enamorado de un payo y es expulsada del campamento y agredida”.

Antonio Fillol Granell. La rebelde, 1915 (Museo de Jaén, depósito del Museo Nacional del Prado)

Una muestra de la excelencia de esta exposición es la incorporación a la misma de una pintora andaluza, olvidada por la historia, María Luisa Puiggener (Jerez de la Frontera, 1875 – Sevilla, 1921), como anfitriona de sí misma, a la que he dedicado la imagen de cabecera en esta página, porque simboliza el hilo conductor que el Museo Nacional del Prado ha pretendido presentar en este ambicioso proyecto hecho realidad.

En tiempos de coronavirus será difícil la movilidad en los próximos días y meses para poder contemplar en directo esta exposición tan ideológicamente interesante, no inocente e instructiva para salvaguardar la memoria histórica, que también existe, de las mujeres artistas en este país, relegadas clásicamente al papel de olvidadas, invitadas y meras copiantas de lo que hacían tan maravillosamente bien los hombres pintores o escultores, en este caso. En este sentido, recomiendo visualizar la presentación oficial de la exposición, que permite seguir de cerca el contenido de la misma, paso a paso, a cargo del Comisario de la misma, Carlos G. Navarro, conservador del Área de Pintura del siglo XIX del Museo. Es importante hacerlo porque estoy convencido de que es una muestra crítica y al mismo tiempo aleccionadora por la operación rescate de mujeres pintoras o escultoras extraordinarias que casi nunca figuraron en los catálogos oficiales de los concursos de pintura o en los museos de España.

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Las palabras andan y las noticias vuelan

Grabado de José Francisco Borges en Las palabras andantes, de Eduardo Galeano

Dedicado con palabras andantes a Adrián, nuestro niñonieto soñado

Sevilla, 6/X/2020

Eduardo Galeano publicó en 1993 un conjunto de reflexiones personales -ventanas e historias las llamaba él-, bajo el título de Las palabras andantes (1), que me recordó algo que aprendí cuando me acerqué hace ya muchos años a la filosofía presocrática y descubrí que los atenienses, que amaban las palabras quietas y andantes, corrían todos los días hacia el Areópago porque estaban “ávidos de las últimas noticias”, que volaban también, aunque su primer deseo, el de los emisores de aquellas palabras fugaces, fuera andar acompañando a la ciudadanía política, en su sentido primigenio, a los que a través de ellas conformaban con sus actos la Ciudad. Era un círculo saludable y perfecto.

Lo que él llama “Ventana sobre este libro”, sobrecoge al abrirla y leerla: “Una mesa remendada, unas viejas letritas móviles de plomo o madera, una prensa que quizás Gutenberg usó: el taller de José Francisco Borges en el pueblo de Bezerros, en los adentros del nordeste del Brasil. El aire huele a tinta, huele a madera. Las planchas de madera, en altas pilas, esperan que Borges las talle, mientras los grabados frescos, recién despegados, se secan colgados de los alambres. Con su cara tallada en madera, Borges me mira sin decir palabra. En plena era de la televisión, Borges sigue siendo un artista de la antigua tradición del cordel. En minúsculos folletos, cuenta sucedidos y leyendas: él escribe los versos, talla los grabados, los imprime, los carga al hombro y los ofrece en los mercados, pueblo por pueblo, cantando en letanías las hazañas de gentes y fantasmas. Yo he venido a su taller para invitarlo a que trabajemos juntos. Le explico mi proyecto: imágenes de él, sus artes de grabado, y palabras mías. Él calla. Y yo hablo y hablo, explicando. Y él, nada. Y así sigue siendo, hasta que de pronto me doy cuenta: mis palabras no tienen música. Estoy soplando en flauta quebrada. Lo no nacido no se explica, no se entiende: se siente, se palpa cuando se mueve. Y entonces dejo de explicar; y le cuento. Le cuento las historias de espantos y de encantos que yo quiero escribir, voces que he recogido en los caminos y sueños míos de andar despierto, realidades deliradas, delirios realizados, palabras andantes que encontré —o fui por ellas encontrado. Le cuento los cuentos; y este libro nace”.

El libro es una delicia en su fondo y forma, con los grabados y grabaditos de José F. Borges, que acompañan ventanas e historias mágicas y dolientes. Me ha causado bastante impresión interna la ventana III, dedicada a la palabra: “En lengua guaraní, ñe’e significa «palabra» y también significa «alma». Creen los indios guaraníes que quienes mienten la palabra, o la dilapidan, son traidores del alma”. ¡Ay, mentir la palabra, cuántas traiciones vivimos tan cerca en este aquí y ahora! También, la ventana sobre paredes de países que aman el español sin conquista detrás: “Escrito en un muro de Montevideo; Nada en vano. Todo en vino. También en Montevideo; Las Vírgenes tienen muchas Navidades, pero ninguna Nochebuena. En Buenos Aires: Tengo ambre. Ya me comí la h. También en Buenos Aires: ¡Resucitaremos aunque nos cueste la vida! En Quito: Cuando teníamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas. En México; Salario mínimo al Presidente, para que vea lo que se siente. En Lima: No queremos sobrevivir. Queremos vivir. En La Habana: Todo se puede bailar. En Río de Janeiro: Quien tiene miedo de vivir, no nace”. El diccionario del español se sube por las paredes del mundo, andando cuesta arriba casi siempre.

En estos días, cuando un niñonieto está ya con nosotros, permitiéndonos que las palabras anden con él, Galeano lo resume de forma preciosa en una ventana sobre la llegada: “El hijo de Pilar y Daniel Weinberg fue bautizado en la costanera. Y en el bautismo le enseñaron lo sagrado. Recibió una caracola: —Para que aprendas a amar el agua. Abrieron la jaula de un pájaro preso: —Para que aprendas a amar el aire. Le dieron una flor de malvón: —Para que aprendas a amar la tierra. Y también le dieron una botellita cerrada: —No la abras nunca, nunca. Para que aprendas a amar el misterio«.

Al final, las auténticas palabras deben ser cuentos, porque las palabras no se explican, son auténticas cuando se mueven y van a todas partes, como las noticias que vuelan. Así le ocurrió a Galeano en su encuentro con José Francisco Borges y así lo transmito: “Le cuento las historias de espantos y de encantos que yo quiero escribir, voces que he recogido en los caminos y sueños míos de andar despierto, realidades deliradas, delirios realizados, palabras andantes que encontré —o fui por ellas encontrado. Le cuento los cuentos; y este libro nace” .

Hoy he sido encontrado por las palabras de Galeano y esa es la razón de compartirlas con la Noosfera, la malla pensante de la Humanidad, porque mi alma ateniense me dice que debo ir corriendo al Areópago Virtual de hoy día, ávido de la última noticia, porque las noticias vuelan, sabiendo que todavía, a mi matusalénica edad, debo aprender a amar el agua, el aire, la tierra y el misterio de las palabras andantes que vuelan solas con un objetivo claro: entregárselas en una caja de sueños a nuestro niñonieto, con una caracola, una jaulita, una flor de geranio del Sur y una botellita cerrada para que le podamos enseñar -y él pueda aprender- el misterio de la vida.

(1) Galeano, Eduardo (2003). Las palabras andantes. Madrid: Siglo XXI.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Los irascibles del siglo XXI

Publicación de la fotografía de Los irascibles, en la revista LIFE, el 15 de enero de 1951

Sevilla, 5/X/2020

Conocí a comienzos de este año y a través de la Fundación Juan March, una exposición sobre Los irascibles: pintores contra el museo. Nueva York, 1950, que estuvo programada en principio desde el 6 marzo hasta el 7 de junio de 2020 y que fue cancelada una semana después de la inauguración por la declaración del estado de alarma. La Fundación, atenta a las consecuencias que ha sufrido la cultura en general a consecuencia de la pandemia, ha recuperado la exposición a través de una conferencia que no se pudo llevar a cabo en la programación original, con el título, La exposición explicada,  acerca de la muestra Los irascibles. Pintores contra el museo. Nueva York, 1950 (2020, Fundación Juan March): “Esta circunstancia única –la de un conjunto de obras de unos artistas que protestaron en 1950 precisamente por no ser expuestos, y que medio siglo después lo son, pero no pueden verse– es el punto de partida para un experimento visual que constituye el primer episodio de la nueva serie de ensayos audiovisuales, La cara B”. Tendrá lugar el próximo viernes 16 de octubre a través de los canales Canal March y YouTube.

Me ha llamado la atención este hecho histórico porque resume muy bien la confrontación que siempre se ha dado en todas las artes entre lo conceptualmente clásico y moderno (bohemio, a veces), a través de diferentes representaciones. La fotografía que encabeza estas palabras representa la generación de artistas conocida como Escuela de Nueva York, habiendo sido publicada por la revista LIFE el 15 de enero de 1951, en su página 24 dedicada a ARTE, con un pie muy significativo: Un grupo irascible de artistas avanzados ha liderado la lucha contra una exposición. Era el símbolo de una protesta colectiva, anunciada y escrita, por parte de un grupo de pintores y escultores que representaban el arte moderno y actual de Nueva-York ante el Metropolitan Museum of Art que había convocado para finales del año 1950 un concurso teledirigido por las fuerzas vivas artísticas de Nueva York (American Painting Today, Pintura estadounidense actual), muy lejos de sus planteamientos rompedores en el arte americano del momento.

Si hoy he efectuado una parada en mi rincón artístico personal es para reivindicar la situación crítica que está atravesando la cultura en España, en todas sus manifestaciones posibles, a consecuencia de la pandemia. Es imprescindible que se actúe con visión de presente y futuro par parte del Gobierno correspondiente para proteger los daños colaterales que está sufriendo la CULTURA, con mayúscula, como caudal en el que se manifiestan todos los sentimientos y emociones, conocimientos, habilidades y actitudes de los artistas en general, sin excepción alguna, así como la que están sobrellevando a duras penas  los profesionales que producen estas manifestaciones en todos los estamentos culturales posibles. Es verdad que está sucediendo en unas manifestaciones artísticas más que en otras, pero que malviven con un denominador común: los artistas, en general, no pueden expresarse por la lejanía impuesta del público, por la distancia o ausencia de la ciudadanía a actos culturales de todo tipo por motivos sanitarios, cuando son los auténticos destinatarios, receptores y participantes activos en la cultura general de este país.

Entiendo la actitud irascible como la forma de expresar un “sentimiento de indignación que causa enojo”, atendiendo a la primera acepción del término “ira” en el diccionario de la RAE. Necesitamos, por tanto, reivindicar el papel de los artistas irascibles del siglo XXI, junto a una ciudadanía también irascible, en plena pandemia, contra una ausencia de protección oficial de la cultura en estos duros momentos, entendida como la representación del sentimiento más profundo del ser humano en una forma de ser y estar en el mundo a través del arte, en todas y cada una de sus manifestaciones. También, porque hay alternativas digitales a la cultura tradicional, que se deberían explorar de forma estratégica estatal, utilizando los medios públicos de comunicación, para paliar los daños actuales. Como un ejemplo clarificador de la situación actual de consumo cultural teledirigido y no razonable, es obvio constatar que estamos asistiendo a la explosión de la llamada “cultura del entretenimiento” de determinadas cadenas privadas de televisión, verdaderamente lamentable, donde es público y notorio que se persiguen fines nada claros de atención y servicio a la ciudadanía en sus necesidades culturales, aprovechando la situación de desconcierto que producen los confinamientos forzados y la obligada ausencia de asistencia a los espacios tradicionales.

Es obvio que necesitamos una revolución cultural de “los irascibles del siglo XXI” en estos momentos tan delicados de restricciones por la pandemia. Es muy importante no olvidar a nuestros antepasados, salvando hoy lo que haya que salvar en términos artísticos y el levantamiento de los artistas es hoy una necesidad junto a la ciudadanía responsable y amante de la cultura. No perderé la oportunidad de aprender de lo que protagonizaron los irascibles de Nueva York, gracias al extraordinario trabajo desarrollado por la Fundación Juan March para acercarnos esta realidad tan aleccionadora. Una metáfora excelente en tiempos de coronavirus.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Cuando los loros maleducados son noticia

Sevilla, 3/X/2020

En primero de periodismo se enseña que un ejemplo claro de cuándo la información se convierte en noticia es, por ejemplo, en la relación persona/perro, porque nunca será una noticia -en su sentido estricto- que un perro ha mordido a una persona, sino que una persona ha mordido a un perro. Ahora ha pasado algo curioso, noticiable, en la relación loro/persona, porque ha saltado al mundo la noticia de que cinco loros grises africanos, conocidos también como “yacos”, han tenido que ser retirados de la visita al zoológico Friskney, en Lincolnshire, porque a modo de «pandilla» o «manada» se dedicaban a insultar gravemente a las personas que se acercaban a ellos. Es llamativa la noticia porque, probablemente, son ellos los que llevan siglos sufriendo las vejaciones de muchas personas, enseñándoles por ejemplo palabras soeces, pero nunca se ha escuchado la noticia de que determinadas personas han sido expulsadas de un zoológico por enseñar palabras malsonantes a los loros grises, una especie que tiene unas habilidades especiales para aprender y repetir palabras humanas.

La verdad es que lo sucedido en este zoológico, más allá del riguroso estudio que propiciarán para los etólogos del lugar, es una metáfora de lo que sucede en la vida ordinaria en un mundo al revés, como el de Mafalda y en el que habitamos en estos momentos tan delicados para la humanidad. Por ejemplo, en las declaraciones públicas de determinados dirigentes políticos y sobre todo, en el Congreso de los Diputados de este país, donde los insultos proliferan y nunca pasa nada, aunque creo que sí sucede algo muy grave y sobre lo que no se profundiza nunca: la desafección política de la ciudadanía que es lo más desgarrador que puede ocurrir en democracia. ¡Total, para qué darle importancia, si sólo son insultos de nada, que pueden ser borrados de las actas si así se aprueba!, cuando creo que son insultos de mucho, porque significa la mala educación y la vejación del otro, nada ejemplarizante, de los padres y madres de la patria. Con un agravante sobre los loros grises del parque Friskney, que no pueden ser retirados de la vista del público porque allí siguen, sentados en sus escaños como si no hubiera pasado nada. Y los que acabamos excluyéndonos en nuestras casas para no volver a visitar el Congreso, somos nosotros, las personas y no los que insultan por doquier como deporte nacional, con un recuerdo especial para los niños y niñas que sufren el acoso escolar con todo tipo de insultos encubiertos por el silencio cómplice de todos.

No es de extrañar que el insulto sea otro pecado capital más de los españoles a tener en cuenta, mucho más cuando sabemos que nunca pasa nada y que podemos hacerlo en cualquier lugar y situación: familias, colegios, calles, reuniones de amigos, trabajo, deporte, etc., etc. Es deporte nacional y cuanto más grave sea el insulto más reconocimiento se tiene de los demás, sobre todo cuando se actúa en manada. Creo que no habría sitio suficiente en España si tuviéramos que hacer como con los loros grises de Lincolnshire, confinar a los que insultan y dicen palabras soeces y malsonantes, sobre todo en las redes sociales encubiertos por la cobardía del anonimato. Nos quedaríamos solos los que creemos que es una característica de nuestro país que deberíamos desterrar para siempre, aunque al igual que en la noticia de los loros grises, los verdaderos culpables son los cuidadores que quizá los han adiestrado a decirlos durante la cuarentena de acogida y les han reído las gracias de insultar o, en relación con nuestro país, los que consideran que insultar es una forma normal y progre de relacionarnos en casa, escuelas, trabajos o en el ocio diurno y nocturno de todo tipo. Creo que en determinadas ocasiones Hobbes tenía razón cuando decía que el hombre es un lobo para el hombre, homo homini lupus. En muchas ocasiones es así y si no que lo desmientan las noticias a diario de los informativos del lugar. Aunque todavía, que se sepa, no haya mordido nunca un hombre a un lobo.

Por último, algo me ha llamado la atención en esta noticia: a los cuidadores del zoo les ha preocupado que estos loros grises actúen así cuando están juntos, en manada y que probablemente habrá que separarlos cuando regresen a sus zonas visitables, creo yo que para que sientan vergüenza ajena por su comportamiento soez y maleducado y los manden a callar sus compañeros de jaula. Será un experimento a tener en cuenta. Ya veremos sus resultados y creo que nos los podrán contar los psicólogos y etólogos que como Irene Maxine Pepperberg, profesora-adjunta de psicología en la Universidad de Brandeis y profesora-lectora en la Universidad de Harvard, han trabajado durante décadas para conocer el comportamiento de estos loros: “En junio de 1977, un joven loro gris africano (Psittacus erithacus) de 13 meses llegó a la Universidad de Purdue, en West Lafayette (Indiana). El yaco había sido escogido de un aviario de las cercanías de Chicago no por sus cualidades, sino completamente al azar. Nada más llegar al laboratorio recibió el nombre de Alex (1976-2007), cuyas iniciales se corresponden con «Animal Learning EXperiment». Estaba a punto de comenzar una de las más apasionantes experiencias ocurridas en el ámbito de la ciencia que se dedica al estudio de la inteligencia animal. Veinticinco años después, podemos decir que los loros grises africanos han entrado por fin en los debates y teorías de psicólogos cognitivos, neurólogos y etólogos como nunca había ocurrido antes, y aunque lo han hecho de manera algo polémica, pocos expertos en cognición animal dudan ahora que hay que tomarse en serio la inteligencia de los papagayos. Esto se lo debemos fundamentalmente a la tenacidad, el empeño y la perseverancia de la persona que encargó en su día aquel yaco de Chicago para someterlo a un largo programa de investigación: Irene Maxine Pepperberg. Por supuesto, también se lo debemos a Alex” (1).

Los experimentos llevados a cabo con esta especie demuestran que si se les educan bien, son animales muy inteligentes, cercanos a las personas, sensibles, respetuosos y buenos compañeros de viaje a lo largo de su vida que, en algunos casos, superan los sesenta años. Para no olvidarlos, porque en laboratorio han demostrado que comparten con los humanos muchas más habilidades cognitivas que pronunciar palabras para insultar. Esa debería ser la gran noticia.

NOTA: la imagen ha sido recuperada hoy de https://www.iucnredlist.org/species/22724813/129879439

(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Irene_Pepperberg

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

¡Qué solos están en Madrid!

Sevilla, 3/X/2020

Mi infancia son recuerdos de Madrid, una ciudad amable, acogedora, a la que llegué cuando sólo tenía cuatro años. No tenía mi casa natal de Sevilla, ni huerto alguno en el que madurara el limonero; mi juventud también se inició allí. Ahora, cuando ya dejé allí las cosas de niño y juventud, regreso mentalmente a Madrid y me encuentro con una ciudad en estado de sitio por el coronavirus, con un sentimiento -que intuyo- de soledad institucional de salud pública cuando amanece todos los días. En este sentido he recordado una canción emblemática de Hilario Camacho, Madrid amanece, que dibujó también una ciudad preocupante y que hoy, salvando lo que haya que salvar, nos puede servir para contar a los cuatro vientos esa soledad que embarga a sus millones de habitantes por la mala gestión política del gobierno correspondiente. Fundamentalmente, a los que menos tienen y sobre los que se han centrado en una primera fase las medidas restrictivas por la segunda ola de la pandemia, cuando de todos es sabido que las condiciones de hábitat en los primeros barrios confinados, hasta un cierto punto, son en muchos casos donde más se muestran los estragos de la pobreza absoluta.

Hilario Camacho escribió la letra de la canción en 1981, tomando conciencia de lo que ya se constataba como una amenaza a la naturaleza y al ser humano en toda regla. Ahora, esa letra nos ayuda a comprender bien qué significa la orfandad de la ciudadanía por no respetarse la correcta política en defensa del interés general, cuyo resultado es, digámoslo sin remilgo alguno, de muerte. Aquella letra resuena ahora en mi mente de forma especial, a modo de denuncia ética:

Madrid amanece
con ruido, con humo
y oscuros borrones
flotando entre nubes.
Madrid amanece
entre sueños perdidos,
confusión y sorpresa
latiendo en las venas.
Y entre tinieblas de fiebre,
se abre paso la luz,
es como una resaca
contagiosa y común,
que te vuelve a recordar,
qué solo estás,
qué solo estás,
qué solo estás,
en medio de tanta gente
una vez más,
una vez más,
una vez más,
qué solo estás,
en medio de tanta gente,
qué solo estás.

Todavía hay más en su canción protesta:

Madrid amanece
con miradas de odio
egoísmo y desdicha,
corriendo sin meta.
Madrid amanece
entre amorosas cadenas,
amarga desidia
y lágrimas ácidas
Y ese llanto salado,
moja tu paladar.
Madrid amanece a través del cristal
que te vuelve a recordar,
qué solo estás,
qué solo estás,
qué solo estás
en medio de tanta gente,
una vez más,
una vez más,
una vez más,
qué solo estás,
en medio de tanta gente,
qué solo estás.

Se despide con tristeza después de contarnos esa realidad de Madrid, que puede ser la de hoy mismo entre amargas desidias y lágrimas ácidas: una vez más, una vez más, una vez más, qué solos están en medio de tanta gente, qué solos están.

Apago el tocadiscos que reproduce de vez en cuando mi banda sonora vital, pongo el brazo en su sitio y me pregunto dónde están las fuerzas progresistas en Madrid para denunciar tanta dejadez, tanta estulticia y tanta mediocridad política, dejando en la orfandad más absoluta a la ciudadanía en general y al personal sanitario y de múltiples servicios esenciales, en particular, que han dado muestras en la llamada primera ola de una profesionalidad y generosidad sin límites. Aunque ahora vivo a más de quinientos kilómetros, siento que mi infancia sigue siendo recuerdos de una ciudad amable, acogedora, a la que llegué cuando sólo tenía cuatro años, donde nunca me sentí extraño o extranjero. No tenía mi casa natal de Sevilla, ni huerto alguno en el que madurara el limonero; pero mi juventud también se inició allí y la ciudad me educó como ciudadano en la dignidad de lo que Antonio Machado sentía como ser un hombre bueno, más que un hombre al uso que sabe su doctrina. Y Madrid me duele en el alma cuando veo a sus millones de ciudadanos solos, entre sueños perdidos, confusión y sorpresa, mientras amanece / con miradas de odio / egoísmo y desdicha, / corriendo sin meta… / entre amorosas cadenas, / amarga desidia / y lágrimas ácidas / Y ese llanto salado, / moja tu paladar. Una soledad sonora en medio de tanta gente: qué solos están, qué solos están, qué solo están…, en medio de tanta gente, qué solos están.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.