De esperanza democrática también se vive

Primer acto de toma de posesión de la Alcaldía de Nueva York, de Zohran Mamdani, el 1 de enero de 2026, en la antigua estación de metro del Ayuntamiento

Nueva York, / donde tu afortunado yo / espera tu llegada, / donde siempre hay tierra / para tus raíces. / Este es nuestro momento

Verso del poema de Cornelius Eady, Proof (prueba), compuesto expresamente para la toma de posesión de Zohran Mamdani, como nuevo alcalde de Nueva York.

Sevilla, 2/I/2026 – 12:41 h UTC (CET+1)

Ayer, día de la toma de posesión de la alcaldía de Nueva York, por parte de Zohran Mamdani, fue un acontecimiento muy importante para el socialismo democrático mundial, porque transmite la esperanza de que otra izquierda es posible en un mundo político descreído, en la lucha sin descanso por un mundo mejor para todos, sin exclusión alguna, de la que me siento partícipe. El acto tuvo lugar a las puertas del Ayuntamiento, a mediodía, como acto público, porque el primer juramento se había producido ya al iniciarse el año 2026, en una ceremonia celebrada en la vieja estación de metro del Ayuntamiento, con bóvedas del arquitecto español Rafael Guastavino y chandeliers de latón, terminada en 1904 y en desuso desde el final de la II Guerra Mundial.

En la ceremonia pública, estuvo presente Bernie Sanders, senador por Vermont y la figura que inspiró a Mamdani, que tomó el juramento al nuevo alcalde, el número 112 en 400 años, rodeado de las banderas de los cinco distritos de Nueva York y sobre un Corán que sostuvo su esposa, Rama Duwaji, en un gesto histórico: nunca antes un alcalde había usado el texto sagrado del islam para asumir su responsabilidad. Estuvieron presentes también, entre otras autoridades, la fiscal general de Nueva York, Letitia James, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, el Defensor del Pueblo de Nueva York, Jumaane Williams. 

Para no interpretar o elegir sólo algunas frases más representativas de su discurso en el acto de toma de posesión, reproduzco a continuación el texto íntegro literal de su intervención, tomado de la página web oficial del Ayuntamiento de Nueva York:

Mis compañeros neoyorquinos empiezan hoy una nueva era. 

Me pongo ante usted ante el privilegio de tomar este juramento sagrado, humilde por la fe que ha depositado en mí y honrado de servir como su 111 o 112 alcalde de la ciudad de Nueva York. Pero no estoy solo. 

Estoy a su lado, las decenas de miles de personas reunidas aquí en Lower Manhattan, calentadas contra el frío de enero por la llama de la esperanza.

Estoy de pie junto a innumerables neoyorquinos observando desde cocinas abarrotadas en Flushing y barberías en el este de Nueva York, desde teléfonos celulares apoyados contra los paneles de taxis estacionados en LaGuardia, desde hospitales en Mott Haven y bibliotecas en El Barrio, que desde hace demasiado tiempo se conocen solo por negligencias.

Estoy junto a los trabajadores de la construcción con botas con punta de acero y proveedores de carros halal cuyas rodillas le duelen por trabajar todo el día.

Estoy de pie junto a los vecinos que llevan un plato de comida a la pareja de ancianos por el vestíbulo, a aquellos con prisa que aún levantan los cochecitos de los extraños por las escaleras del metro y a cada persona que toma la decisión día tras día, incluso cuando parece imposible, de llamar a nuestra ciudad su hogar.

Me mantengo junto a más de un millón de neoyorquinos que votaron por este día hace casi dos meses, y me mantengo igual de decidido junto a aquellos que no lo hicieron. Sé que hay algunas personas que ven esta administración con desconfianza o desconfianza, o que ven la política como una violación permanente. Y aunque solo la acción puede cambiar de opinión, te prometo esto: si eres neoyorquino, soy tu alcalde. Independientemente de si estamos de acuerdo, le protegeré, celebraré con usted, lamentaré junto a usted y nunca, ni por un segundo, me esconderé de usted. 

Agradezco a los líderes de trabajo y movimiento aquí hoy, a los activistas y funcionarios electos que volverán a luchar por los neoyorquinos en el momento en que concluya esta ceremonia, y a los artistas que nos han regalado su talento.

Gracias al gobernador Hochul por unirse a nosotros. Y gracias al Alcalde Adams, hijo de Dorothy, hijo de Brownsville que pasó de lavar platos a la posición más alta de nuestra ciudad, por estar aquí también. Él y yo hemos tenido nuestra parte de desacuerdos, pero siempre me sorprenderá que me haya elegido como candidato alcalde con el que más desearía quedar atrapado en un ascensor.

Gracias a los dos titanes que, como miembros de la Asamblea, he tenido el privilegio de estar representados en el Congreso, Nidia Velázquez y nuestra increíble oradora inaugural Alexandria Ocasio-Cortez. Has allanado el camino para este momento.

Gracias al hombre cuyo liderazgo busco más para emular, en quien estoy tan agradecido de haber jurado hoy: el senador Bernie Sanders.

Gracias a mis equipos, desde la Asamblea hasta la campaña, la transición y ahora, el equipo que estoy muy emocionado de liderar desde el Ayuntamiento.

Gracias a mis padres, Mama y Baba, por criarme, por enseñarme a estar en este mundo y por haberme traído a esta ciudad. Gracias a mi familia, desde Kampala hasta Delhi. Y gracias a mi esposa Rama por ser mi mejor amiga y por mostrarme siempre la belleza de las cosas cotidianas. 

Sobre todo, gracias a la gente de Nueva York.

Un momento como este rara vez llega. Rara vez tenemos la oportunidad de transformarnos y reinventarnos. Aun así, son las propias personas cuyas manos son las que están en las palancas del cambio.

Y, sin embargo, sabemos que con demasiada frecuencia en nuestro pasado, los momentos de gran posibilidad se han cedido rápidamente a la pequeña imaginación y a la menor ambición. Lo que se prometió nunca fue perseguido, lo que podría haber cambiado siguió siendo el mismo. Para los neoyorquinos más ansiosos por ver cómo se renueva nuestra ciudad, el peso solo ha aumentado, la espera solo ha aumentado más tiempo.

Por escrito, me han dicho que esta es la ocasión para restablecer las expectativas, que debería aprovechar esta oportunidad para animar a la gente de Nueva York a pedir poco y esperar aún menos. No haré nada así. La única expectativa que busco restablecer es la de expectativas pequeñas.

A partir de hoy, gobernaremos de forma expansiva y audaz. Es posible que no siempre tengamos éxito. Pero nunca se nos acusará de carecer del valor para intentarlo. 

A aquellos que insisten en que la era de los grandes gobiernos ha terminado, escúchenme cuando yo diga esto; el Ayuntamiento ya no dudará en utilizar su poder para mejorar la vida de los neoyorquinos.

Durante demasiado tiempo, hemos recurrido al sector privado en busca de la grandeza, a la vez que aceptamos la mediocridad de aquellos que sirven al público. No puedo culpar a nadie que haya llegado a cuestionar el papel del gobierno, cuya fe en la democracia se ha visto erosionada por décadas de apatía. Restauraremos esa confianza caminando por un camino diferente, uno donde el gobierno ya no es el único recurso final para aquellos que luchan, uno donde la excelencia ya no es la excepción.

Esperamos la grandeza de los cocineros que visten mil especias, de aquellos que salen a los escenarios de Broadway, de nuestra guardia de punto de partida en Madison Square Garden. Vamos a exigir lo mismo a quienes trabajan en el gobierno. En una ciudad en la que los meros nombres de nuestras calles están asociados con la innovación de las industrias que las llaman hogar, haremos que las palabras “ayuntamiento” sean sinónimos de resolución y resultados.

A medida que nos embarcamos en este trabajo, avancemos en una nueva respuesta a la pregunta de cada generación: ¿A quién pertenece Nueva York?

Durante gran parte de nuestra historia, la respuesta del Ayuntamiento ha sido sencilla: solo pertenece a los ricos y bien conectados, a aquellos que nunca se esfuerzan por captar la atención de los que tienen poder.

Los trabajadores han tenido en cuenta las consecuencias. Aulas concurridas y desarrollos de viviendas públicas donde los ascensores se encuentran fuera de orden; carreteras repletas de baches y autobuses que llegan media hora tarde, si es que llegan tarde; salarios que no aumentan y corporaciones que desgarran a consumidores y empleados por igual. 

Y aún así, han habido momentos breves y fugaces en los que la ecuación cambió. 

Hace doce años, Bill de Blasio se encontraba en mi posición actual, ya que prometía “poner fin a las desigualdades económicas y sociales” que dividían nuestra ciudad en dos. 

En 1990, David Dinkins juró el mismo juramento que juré hoy, prometiendo celebrar el “espléndido mosaico” que es Nueva York, donde todos nos merecemos una vida decente. 

Y casi seis décadas antes, Fiorella La Guardia asumió el cargo con el objetivo de construir una ciudad que fuera “mucho mayor y más hermosa” para los hambrientos y los pobres. 

Algunos de estos alcaldes lograron más éxito que otros. Pero estaban unificados por la creencia compartida de que Nueva York podría pertenecer a algo más que unos pocos privilegiados. Podría pertenecer a aquellos que operan nuestro metro y despiertan nuestros parques, aquellos que nos alimentan con biryani y porciones de carne, picaña y pastrami en centeno. Y sabían que esta creencia podría hacerse realidad si solo el gobierno se atreviera a trabajar más duro para aquellos que trabajan más duro.

A lo largo de los años venideros, mi administración recuperará ese legado. El Ayuntamiento ofrecerá una agenda de seguridad, asequibilidad y abundancia, donde el gobierno se parece y vive como las personas a las que representa, nunca se desploma en la lucha contra la codicia corporativa y se niega a vacar antes de los desafíos que otros han considerado demasiado complicados.

Al hacerlo, proporcionaremos nuestra propia respuesta a esa pregunta antigua, ¿a quién pertenece Nueva York? Bueno, amigos míos, podemos mirar a Madiba y la Carta de la Libertad de Sudáfrica: Nueva York “pertenece a todos los que viven en ella”. 

Juntos, contaremos una nueva historia de nuestra ciudad.

Esto no será una historia de una ciudad, gobernada solo por el uno por ciento. Tampoco será una historia de dos ciudades, las ricas frente a las pobres. 

Será una historia de 8 millones y medio de ciudades, cada una de ellas un neoyorquino con esperanzas y miedos, cada una un universo, cada una de ellas entretejida. 

Los autores de esta historia hablarán sobre Pashto y Mandarin, Yiddish y Creole. Rezarán en mezquitas, en shul, en la iglesia, en Gurdwaras y Mandirs y en los templos, y muchos no rezarán en absoluto. 

Serán inmigrantes judíos rusos en Brighton Beach, italianos en Rossville y familias irlandesas en Woodhaven, muchos de los cuales venían aquí con solo un sueño de una vida mejor, un sueño que se ha escapado. Serán jóvenes en apartamentos con calambres en Marble Hill, donde las paredes se sacuden cuando pasa el metro. Serán propietarios de casa negros en St. Albans, cuyas casas representan un testimonio físico para triunfar en décadas de trabajo y redireccionamiento menos remunerados. Serán neoyorquinos palestinos en Bay Ridge, que ya no tendrán que enfrentarse a una política que hable de universalismo y luego los haga la excepción. 

Pocos de estos 8 millones y medio caben en cajas limpias y sencillas. Algunos serán votantes de Hillside Avenue o Fordham Road que apoyaron al presidente Trump un año antes de votar por mí, cansados de ser fracasados por el establecimiento de su partido. La mayoría no utilizará el lenguaje que a menudo esperamos de aquellos que ejercen influencia. Agradezco el cambio. Durante demasiado tiempo, quienes dominan la buena gramática de la civilidad han desplegado decoro para enmascarar las agendas de crueldad.

Muchas de estas personas han sido traicionadas por el orden establecido. Pero en nuestra administración, se satisfarán sus necesidades. Sus esperanzas, sueños e intereses se reflejarán de forma transparente en el gobierno. Ellos darán forma a nuestro futuro. 

Y si durante demasiado tiempo estas comunidades han existido como distintas entre sí, acercaremos esta ciudad. Reemplazaremos la frigidez del individualismo robusto con la calidez del coleccionismo. Si nuestra campaña demuestra que los habitantes de Nueva York anhelan solidaridad, deje que este gobierno la fomente. Porque no importa lo que coma, qué idioma hable, cómo ore o de dónde venga, las palabras que más nos definen son las dos que todos compartimos: neoyorquinos.

Y serán los neoyorquinos los que reforman un sistema de impuestos sobre la propiedad que se ha roto desde hace mucho tiempo. Los neoyorquinos que crearán un nuevo Departamento de Seguridad Comunitaria que abordará la crisis de salud mental y permitirá que la policía se centre en el trabajo que se inscribieron. Los neoyorquinos que se enfrentarán a los malos propietarios que maltratan a sus inquilinos y a los propietarios de pequeñas empresas libres de los grilletes de la burocracia hinchada. Y estoy orgulloso de ser uno de esos neoyorquinos.

Cuando ganamos la primaria el pasado junio, había muchos que decían que estas aspiraciones y aquellos que las mantenían habían salido de la nada. Sin embargo, la nada de un hombre es otra cosa. Este movimiento salió de 8 millones y medio de lugares: depósitos de taxis y almacenes de Amazon, reuniones de DSA y juegos de dominó en la acera. Los poderes que se habían visto lejos de estos lugares durante bastante tiempo, si habían sabido de ellos en absoluto, por lo que los desestimaron como en ningún lugar. Pero en nuestra ciudad, donde cada rincón de estos cinco distritos tiene poder, no hay ningún lugar y nadie hay. Solo hay Nueva York y solo hay neoyorquinos. 

8 millones y medio de neoyorquinos hablarán de la existencia de esta nueva era. Será alto. Será diferente. Se sentirá como el Nueva York que nos encanta.

No importa cuánto tiempo hayas llamado hogar a esta ciudad, ese amor ha dado forma a tu vida. Sé que ha dado forma a la mía. 

Esta es la ciudad en la que establezco récords de velocidad en tierra en mi scooter de maquinilla a los 12 años. Los cuatro bloques más rápidos de mi vida.

La ciudad donde comí donuts en polvo a media hora durante los partidos de fútbol de AYSO y me di cuenta de que probablemente no sería profesional, devoraría porciones demasiado grandes en Koronet Pizza, jugaba al cricket con mis amigos en Ferry Point Park y tomé el tren 1 al BX10 solo para llegar tarde a Bronx Science.

La ciudad donde he estado en huelga de hambre justo a la salida de estas puertas, me senté claustrofóbico en un tren N parado justo después de Atlantic Avenue y esperé en un tranquilo terror para que mi padre saliera de 26 Federal Plaza.

La ciudad donde llevé a una hermosa mujer llamada Rama al McCarren Park en nuestra primera cita y juré un juramento diferente para convertirme en ciudadano estadounidense en Pearl Street.

Vivir en Nueva York, amar Nueva York, es saber que somos los administradores de algo sin igual en nuestro mundo. ¿Dónde más puedes escuchar el sonido de la cacerola, saborear el olor del sancocho y pagar 9 USD por café en el mismo bloque? ¿En qué otro lugar podría un niño musulmán como yo comer bagels y queso todos los domingos?

Ese amor será nuestra guía mientras perseguimos nuestra agenda. Aquí, donde nació el idioma del nuevo acuerdo, devolveremos los vastos recursos de esta ciudad a los trabajadores que la llaman hogar. No solo haremos posible que todos los neoyorquinos vuelvan a disfrutar de una vida que aman, sino que superaremos el aislamiento que muchos sienten y conectaremos a las personas de esta ciudad entre sí. 

El coste del cuidado infantil ya no desalentará a los adultos jóvenes de formar una familia, ya que proporcionaremos cuidado infantil universal a muchos gravando a los pocos más ricos.

Aquellos que se encuentren en casas estabilizadas para alquiler ya no temen la última subida de alquiler, porque congelaremos el alquiler. 

Subir a un autobús sin preocuparse por una excursión de tarifas o si llegará tarde a su destino ya no se considerará un pequeño milagro, porque haremos los autobuses de forma rápida y gratuita. 

Estas políticas no se basan simplemente en los costes que hacemos gratis, sino en las vidas que llenamos de libertad. Durante demasiado tiempo en nuestra ciudad, la libertad solo ha pertenecido a aquellos que pueden permitirse comprarla. Nuestro Ayuntamiento lo cambiará.

Estas promesas llevaron nuestro movimiento al Ayuntamiento, y nos llevarán desde los gritos de concentración de una campaña hasta las realidades de una nueva era política.

Hace dos domingos, cuando la nieve cayó suavemente, pasé doce horas en el Museo de la Imagen en Movimiento en Astoria, escuchando a los neoyorquinos de todos los distritos mientras me contaban sobre la ciudad que es suya.

Analizamos las horas de construcción en la Van Wyck Expressway y la elegibilidad para EBT, vivienda asequible para artistas y redadas de ICE. Hablé con un hombre llamado TJ que dijo que un día hace unos años, su corazón se rompió porque se dio cuenta de que nunca iba a seguir adelante aquí, por mucho que trabajara. Hablé con una tía paquistaní llamada Samina, que me dijo que este movimiento había fomentado algo muy raro: la suavidad en el corazón de la gente. Como dijo en Urdu: inicie sesión en ke dil badalgyehe.

142 neoyorquinos de 8 millones y medio. Y sin embargo, si algo unía a cada persona sentada frente a mí, era el reconocimiento compartido de que este momento exige una nueva política y un nuevo enfoque del poder. 

No entregaremos nada menos, ya que trabajamos cada día para que esta ciudad pertenezca a más personas que el día anterior.

Esto es lo que quiero que esperen de la administración que esta mañana se trasladó al edificio detrás de mí.

Transformaremos la cultura del Ayuntamiento de “no” a “cómo”

Responderemos a todos los neoyorquinos, no a ningún multimillonario u oligarca que crea que pueden comprar nuestra democracia. 

Mandaremos sin vergüenza ni inseguridad, sin disculparnos por lo que creemos. Fui elegido como socialista demócrata y gobernaré como socialista demócrata. No abandonaré mis principios por miedo a ser considerado radical. Como dijo una vez el gran senador de Vermont: “Lo que es radical es un sistema que da tanto a tan pocos y niega a tanta gente las necesidades básicas de la vida”. 

Nos esforzaremos todos los días para asegurarnos de que ningún neoyorquino tenga precio para ninguna de esas necesidades básicas. 

Y a lo largo de todo esto, en palabras de Jason Terrance Phillips, más conocido como Jadakiss o J to the Muah, estaremos “fuera”, porque es un gobierno de Nueva York, de Nueva York y de Nueva York.

Antes de terminar, quiero preguntarle, si puede, si está aquí hoy o en cualquier lugar mirando, para estar de pie.

Les pido que se pongan de pie con nosotros ahora y todos los días que le siguen. El Ayuntamiento no podrá cumplir por su cuenta. Y aunque animamos a los neoyorquinos a exigir más a aquellos con el gran privilegio de servirles, también les animamos a exigirles más a ustedes mismos. 

El movimiento que comenzamos hace más de un año no terminó con nuestra victoria en la noche electoral. No terminará esta tarde. Perdura en cada batalla que lucharemos juntos; en cada ventisca e inundación que soportamos juntos; en cada momento de desafío fiscal que superamos con ambición, no con austeridad, juntos; en cada forma perseguimos el cambio en los intereses de los trabajadores, en lugar de a su cargo, juntos. 

Ya no trataremos la victoria como una invitación para rechazar las noticias. A partir de hoy, entenderemos la victoria de forma muy sencilla: algo con el poder de transformar vidas y algo que exige esfuerzo de cada uno de nosotros, cada día. 

Lo que logremos juntos llegará a los cinco distritos y resonará mucho más allá. Hay muchos que estarán viendo. Quieren saber si la izquierda puede gobernar. Quieren saber si las dificultades que les afectan pueden resolverse. Quieren saber si es correcto volver a esperar. 

Así que, junto con el viento del propósito a nuestro espaldas, haremos algo que los neoyorquinos hacen mejor que nadie: daremos un ejemplo para el mundo. Si lo que dijo Sinatra es cierto, déjenos demostrar que cualquiera puede hacerlo en Nueva York, y también en cualquier otro lugar. Demostraremos que cuando una ciudad pertenece a la gente, no hay necesidad de que se conozca a una persona demasiado pequeña, ni de que ninguna persona esté demasiado enferma para estar sana, ni de que nadie esté demasiado solo para sentir que Nueva York es su hogar.

El trabajo continúa, el trabajo perdura, el trabajo, mis amigos, solo ha comenzado

Gracias.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SIRIA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Ante el año nuevo, debemos creer lo que no vimos, porque nos invita a negar lo que miramos

Tal como siempre, pues, pedid conmigo:
Más fe, mucha más fe.
Que en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.

Ángel González (Oviedo, 1925 – Madrid, 2008), en Alocución a las veintitrés.

Sevilla, 31/XII/2025 – 15:08 h UTC (CET+1)

Dedicado a todas las personas que siguen viajando conmigo en la amura de babor, no inocente por su posición, de ‘La isla desconocida’, la carabela imaginaria de José Saramago de su ‘Cuento de la isla desconocida’, en singladuras para ‘personas imperfectas’, que soñamos en mundos reales más dignos, aunque no perfectos, para todos, porque creemos que cada día puede ser nuevo, sin tener que esperar a la celebración anual, como la de hoy, auspiciada y financiada por los mercados y sus mercancías. Esa es la razón de por qué debemos creer más en lo que no vimos en el cada día de este año, para así negar lo que miramos y contemplar un futuro diferente en el cada día próximo de 2026.

Gracias por compartir la lectura de este cuaderno digital, que ha cumplido en diciembre de 2025 veinte años como cuaderno de “derrota” en el lenguaje del mar, el de navegación por la Noosfera, la malla pensante de la humanidad. Gracias sinceras.

Recurro de nuevo, un año más, al poeta Ángel González para buscar luz en este túnel ético en el que nos encontramos, ante el ocaso de la democracia, porque nos ofrece una visión personal de la vida en una alocución de fin de año cargada de historia de problemas recientes en este país y en el mundo que nos rodea, salvando lo que haya que salvar. Lleva por título “Alocución a las veintitrés” (1). Hoy, cuando quedan muy pocas horas para que finalice un año complejo, para olvidarlo quizás, vuelvo a leerla detenidamente porque siempre calma mi ardiente paciencia y conmueve mi alma de secreto.

Alocución es un discurso o razonamiento breve por lo común y dirigido por un superior a sus inferiores, secuaces o súbditos [sic, según la RAE]. Lo que sí tengo claro es que cuando cambie el año, suenen las campanadas y nos enfrentemos a las uvas, esta alocución va a ser un revulsivo a las veinticuatro horas para que aprendamos del valor de la libertad de la palabra de ciudadanos imperfectos que aún nos queda en este año bastante complejo y que, afortunadamente, no está a la venta en Amazon ni en los mercados porque, seamos sinceros, interesa escucharla solo a unos pocos. Porque la libertad de la palabra, que aún nos queda, nos ofrece, entre otras muchas cosas, tener fe en ella, aunque la terca realidad nos complique a veces la vida. Porque ahí está, a pesar de que algunos ciudadanos perfectos, instalados en la mediocridad, sólo ven el mundo del nunca jamás en todo lo que les rodea, sin mezcla de esperanza alguna. Lo que necesitamos esta noche es recordar, al tomar las uvas, junto a Ángel González, que hace falta Más fe, mucha más fe. / Que en cierto modo, / creer con fuerza tal lo que no vimos / nos invita a negar lo que miramos.

Lo he dicho en referencias anteriores a este poema, a estas alturas del calendario: estas palabras de Ángel González son un símbolo de lo que a veces no queremos ver aunque es evidente lo que está pasando, aplicando el principio de realidad de Freud, el más terco de todos los principios, cuando finaliza este año. Las preguntas serias son las que enuncia metafóricamente el poeta: ¿quién se dirige a quién? ¿quién, con poder suficiente, sean reyes, reinas, presidentes, presidentas o ministros y ministras, se dirige así a sus subordinados con un discurso paradigmático de doble moral? ¿lo pronuncian solo algunos políticos (todos no son iguales) o todas las personas que no quieren ver lo que miramos todos, solo por ejercer cierta prepotencia sobre los demás, sin compasión alguna?, ¿afecta sólo a los de arriba o a los de abajo también, a los de izquierdas o a los de derechas en su amplio espectro?, o ¿quizás, a todos los que se consideran ciudadanos perfectos?

ALOCUCIÓN A LAS VEINTITRÉS

Ciudadanos perfectos a estas horas,
honorables cabezas de familia
que lleváis a los labios vuestra servilleta
antes de pronunciar las palabras rituales
en acción de gracias por la abundante cena:

vuestra responsabilidad de sólidos pilares
de la civilización y de Occidente,
del consumo de bicarbonato sódico
y del paternalismo hacia la servidumbre,
exige de vuestra parte
cierta ignorancia de hechos también ciertos,
un esfuerzo final en bien de todos,
la tozuda incomprensión de algunas realidades,
la fe más meritoria, en resumen,
que consiste en no creer en lo evidente.

Yo podría jurar que la tierra está fija
–ya lo juré otras veces–
y que el sol gira en torno a ella;
yo podría negar que la sangre circula
–lo seguiré negando, si hace falta–
por las venas del hombre; yo podría
quemar vivo a quien diga lo contrario
–lo estoy quemando ahora–.

No es que sean importantes los asuntos
objeto de polémica:
lo importante es la rígida
firmeza en el error.
Pues las mentiras viejas se convierten
en materia de fe, y de esa forma
quien ose discutirnos
debe afrontar la acusación de impío.
Con esto, y una buena cosecha de limones,
y la ayuda impagable de nuestros coaligados,
podemos esperar algunos lustros
de paz como ésta de hoy,
en una noche semejante a ésta de hoy,
tras una cena lo mismo que ésta de hoy.

Tal como siempre, pues, pedid conmigo:
Más fe, mucha más fe.
Que en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.

(1) González, Ángel, Palabra sobre palabra, 2018. Barcelona: Austral, p. 176s.

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¡Paz y Libertad!

Yannick Nézet-Séguin dirigirá el Concierto de Año Nuevo 2026 en Viena

Yannick Nézet-Séguin

Sevilla, 31/XII/2025 – 09:00 h UTC (CET+1)

Mañana se celebrará en la Sala Dorada del Musikverein (Casa de la Música) de Viena, el concierto de Año Nuevo 2026, dirigido en esta ocasión por el Maestro canadiense Yannick Nézet-Séguin (Montreal, Canadá, 1975), pianista excepcional también, al frente de la Orquesta Filarmónica de Viena.

El Concierto, que comenzará a las 11:15 horas (UTC+1), se desarrollará con el espíritu interpretativo de la Filarmónica de Viena, respetando el lema que figura como representación de la misma, Tradición e Historia y con el siguiente programa:

– Johann Strauß II: Overtüre to the Operetta «Indigo and the Forty Thieves»
– Carl Michael Ziehrer: Donausagen. Walzer, op. 446
– Joseph Lanner: Malapou-Galoppe, op. 148
– Eduard Strauß: Brausteufelchen. Polka schnell, op. 154
– Johann Strauß II: Fledermaus-Quadrille, op. 363
– Johann Strauß I.: Der Karneval in Paris. Galopp, op. 100
– Franz von Suppè: Ouvertüre zur Operette «Die schöne Galathée»
– Josephine Weinlich: Sirenen Lieder. Polka mazur, op. 13 [Arr. W. Dörner]
– Josef Strauß: Frauenwürde. Walzer, op. 277
– Johann Strauß II: Diplomaten-Polka. Polka francaise, op. 448
– Florence Price: Rainbow Waltz
– Hans Christian Lumbye: Københavns Jernbane-Damp-Galop
– Johann Strauß II: Rosen aus dem Süden (Roses from the South), Waltz, op. 388
– Johann Strauß II: Egyptischer Marsch (Egyptian March), op. 335
– Josef Strauß: Olive Branch Waltz, op. 207.

En esta ocasión, el programa incluye cinco estrenos de obras nunca representadas en este concierto, entre las cuales y como gran novedad figuran obras de dos compositoras, en un guiño feminista muy significativo y como revulsivo de la trayectoria clásica y conservadora de la orquesta. Las tres primeras, son la obertura de la opereta Indigo y los cuarenta ladrones, de Johann Strauß II, el vals Donausagen de Carl Michael Ziehrer, la polka Brausteufelchen de Eduard Strauss y el Malapou-Galoppe de Joseph Lanner. Las de las dos compositoras, la polka Sirenen Lieder. Polka mazur, op. 13 [Arr. W. Dörner] (Canciones de Sirenas), de Josephine Weinlich (1848-1887), fundadora en Viena de la primera orquesta femenina de Europa, y el Rainbow Waltz de la afroamericana estadounidense Florence Price (1887-1953).

El director de este concierto, Yannick Nézet-Séguin, tiene una trayectoria musical extraordinaria, siendo en la actualidad director musical de la Ópera Metropolitana de Nueva York desde 2018, director musical de la Orquesta de Filadelfia desde 2012 y, desde hace 25 años, director musical y director principal de la Orquesta Metropolitana de Montreal, su país de origen. También, ha obtenido un último reconocimiento mundial, el Premio Grammy por la mejor banda sonora (grabada con la London Symphony Orchestra), para la película Maestro, de Bradley Cooper, dedicada al director de orquesta estadounidense Leonard Bernstein.

Una vez más y a través de este Concierto de Año Nuevo, tendremos la oportunidad de experimentar en nuestra vida el gran aserto musical del barroco y del clasicismo: musica laetitiae comes, medicina dolorum, es decir, la música puede ser compañera en la alegría y medicina para el dolor. Ahora, de la mano de Yannick Nézet-Séguin, interpretando junto a la Filarmónica de Viena, la música transgresora de la familia Strauss. Para que no la olvidemos, en los momentos actuales de turbación y mudanza en los que, a nivel mundial y local, estamos inmersos.

NOTA: la imagen de Yannick Nézet-Séguin se ha recuperado hoy de la página oficial del Concierto de Año Nuevo 2026.

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¡Paz y Libertad!

El Principito, hoy / y 10. Un santo inocente muy especial

Cayó suavemente, como cae un árbol

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVII

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Todos los mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan). Corrijo, pues, mi dedicatoria: A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO

Antoine de Saint-Exupéry, en la dedicatoria de El Principito (1943)

oOo

A mis nietos Adrián y Alejandro, para que siempre conserven la amistad del principito.

Sevilla, 28/XII/2025 – 08:33 h UTC (CET+1)

Hoy es el día de los Santos Inocentes según el calendario católico, apostólico y romano que, desde una perspectiva laica, lo asocio siempre con la muerte de miles de niños y niñas en el mundo, víctimas de hambruna, guerras, exilios involuntarios y tráfico criminal organizado. Gaza, Ucrania, Sudán, Myanmar, son algunos ejemplos del mundo al revés tan poco atendidos por el mal llamado Primer Mundo de los poderosos, tutelado ahora por el emperador Trump, con su traje nuevo…, pero desnudo para las personas dignas, recordando el cuento de Andersen.

Leyendo El Principito, creo que el protagonista puede ser un buen ejemplo de un “niño hombrecito“, inocente, según el aviador-narrador, que Antoine de Saint-Exupéry nos dejó retratado para la posteridad humana, en una novela corta para algunos, un cuento para muchos, con enseñanzas de valores eternos. Uno de ellos, la santa inocencia de la verdad verdadera, de la amistad.

Me enfrento hoy a la lectura del último capítulo, que forma parte de esta serie que anuncié el pasado 14 de diciembre. Lo prometido siempre es deuda y hoy cumplo mi compromiso, recordando por qué lo hago, por dos razones de peso: un pequeño homenaje al autor de este relato precioso, porque este año los derechos de autor de El Principito han pasado a ser de dominio público en este país, algo que me parece maravilloso al obtener la categoría de bien común de la humanidad, pasando de la salvaguarda de los derechos de autor legalmente establecida a unos imaginarios derechos permanentes y universales de lectores y lectoras de la misma, así como de las posibles interpretaciones y publicaciones que se puedan hacer sobre ella. La segunda razón, ha sido que he escrito esta serie sabiendo que Antoine de Saint-Exupéry escribió esta joya literaria atendiendo a una petición de sus editores estadounidenses que habían visto sus dibujos y le pidieron que escribiese un cuento de Navidad partiendo de ellos, desarrollándola ahora a través de 10 artículos, con mi interpretación del relato, actualizado en un contexto histórico especial como es la navidad en este año tan complejo que ya termina.

Cayó suavemente, como cae un árbol

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVII

El capítulo XXVII culmina esta obra maestra de la literatura infantil y, sobre todo, de adultos que no olvidamos que alguna vez fuimos niños. Han pasado seis años desde que comenzó ese maravilloso encuentro y el aviador recuerda lo sucedido en el desierto: “Ahora me he consolado un poco. Es decir…, no del todo. Pero sé que verdaderamente [el hombrecito príncipe] volvió a su planeta, pues, al nacer el día, no encontré su cuerpo. Y no era un cuerpo tan pesado… Y por la noche me gusta oír las estrellas. Son como quinientos millones de cascabeles…”, tal y como él me lo había anunciado en los últimos momentos de su vida. Pienso qué hará en su pequeño mundo, que existir existe: “Es un gran misterio. Para vosotros, que también amáis al principito, como para mí, nada en el universo sigue siendo igual si en alguna parte, no se sabe dónde, un cordero que no conocemos ha comido, sí o no, a una rosa… —Mirad al cielo. Preguntad: ¿el cordero, sí o no, se ha comido la flor? Y veréis cómo todo cambia…¡Y ninguna persona grande comprenderá jamás que tenga tanta importancia!”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVII

Dejo hablar al aviador para que me cuente su visión final de una experiencia personal tan difícil de contar:

Éste es, para mí, el más bello y más triste paisaje del mundo.Es el mismo paisaje de la página precedente, pero lo he dibujado una vez más para mostrároslo bien. Aquí fue donde el principito apareció en la Tierra, y luego desapareció. Mirad atentamente este paisaje a fin de estar seguros de que habréis de reconocerlo, si viajáis un día por el África, en el desierto. Y si llegáis a pasar por allí, os suplico: no os apresuréis; esperad un momento, exactamente debajo de la estrella. Si entonces un niño llega hacia vosotros, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinaréis quién es. ¡Sed amables entonces! No me dejéis tan triste. Escribidme en seguida, decidme que el principito ha vuelto…”.

Puedo asegurar que, en mi caso, ha vuelto…

He aquí el mejor retrato que, más tarde, logré hacer de él

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo II

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El Principito, hoy / 9. Lo importante, es lo que no se ve

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVI

Sevilla, 27/XII/2025 – 08:39 h UTC (CET+1)

Nos aproximamos a los últimos capítulos, hoy el XXV y XXVI. En el primero, leo la travesía del desierto que permite al principito y al aviador, llegar a un pozo que parecía de aldea no del Sáhara, al disponer de roldana, balde y la cuerda… El principito “rió, tocó la cuerda, e hizo mover la roldana. Y la roldana gimió como gime una vieja veleta cuando el viento ha dormido mucho”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXV

Fue el momento de comprender por qué el principito quería beber de esa agua: “Levanté el balde hasta sus labios. Bebió con los ojos cerrados. Todo era bello como una fiesta. El agua no era un alimento. Había nacido de la marcha bajo las estrellas, del canto de la roldana, del esfuerzo de mis brazos. Era buena para el corazón, como un regalo. Cuando yo era pequeño, la luz del árbol de Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, formaban todo el resplandor del regalo de Navidad que recibía”. Todo lo que había rodeado al esfuerzo del camino en busca del agua terrenal, haberlo compartido, era beneficioso para el corazón. Creo que Rafael Alberti lo explicó muy bien en un poema dedicado al verso que, hoy, puedo cambiar por agua: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso. El agua, sin corazón, no es nada. El principito lo resumía bien: “los  ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón”.

Más adelante, descubre el principito que se cumplía ya el aniversario de su caída a la Tierra desde el asteroide donde habitaba, con gran sorpresa del aviador: “—Entonces, no te paseabas por casualidad la mañana que te conocí, hace ocho días, así, solo, a mil millas de todas las regiones habitadas. ¿Volvías hacia el punto de tu caída? El principito enrojeció otra vez. Y agregué, vacilando: —¿Tal vez, por el aniversario…? El principito enrojeció de nuevo. Jamás respondía a las preguntas, pero cuando uno se enrojece significa «sí», ¿no es cierto?—¡Ah! —le dije—. Temo… Pero me respondió: —Debes trabajar ahora. Debes volver a tu máquina. Te espero aquí. Vuelve mañana por la tarde… Pero yo no estaba muy tranquilo. Me acordaba del zorro. Si uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco”. La realidad es que se acercaba el final de esta preciosa aventura.

El capítulo XXVI necesita varias lecturas por la profundidad del mensaje que lleva dentro. Comienza con el descubrimiento, por parte del aviador, del principito subido en lo alto dentro un muro en ruinas, junto al pozo, dialogando de forma críptica con una serpiente: “—Tienes buen veneno? ¿Estás segura de no hacerme sufrir mucho tiempo? Me detuve, con el corazón oprimido, pero seguía sin comprender. —Ahora, vete… —dijo—. ¡Quiero volver a descender! Entonces bajé yo mismo los ojos hacia el pie del muro y ¡di un brinco! Estaba allí, erguida hacia el principito, una de ésas serpientes amarillas que os ejecutan en treinta segundos. Comencé a correr, mientras buscaba el revólver en mi bolsillo, pero, al oír el ruido que hice, la serpiente se dejó deslizar suavemente por la arena, como un chorro de agua que muere, y, sin apresurarse demasiado, se escurrió entre las piedras con un ligero sonido metálico. Llegué al muro justo a tiempo para recibir en brazos a mi hombrecito, pálido como la nieve. —¿Qué historia es ésta? ¿Ahora hablas con las serpientes? Aflojé su eterna bufanda de oro. Le mojé las sienes y le hice beber. Y no me atreví a preguntarle nada. Me miró gravemente y rodeó mi cuello con sus brazos. Sentía latir su corazón como el de un pájaro que muere, herido por una carabina”.

El aviador se dio cuenta de que había ocurrido algo extraordinario y grave a la vez. Es la primera vez que se dirige al principito como hombrecito, tomando conciencia de su miedo, lo que le ocasiona una profunda tristeza por su posible retorno a su estrella: “Pero rió suavemente. —Tendré mucho más miedo esta noche… De nuevo me sentí helado por la sensación de lo irreparable. Y comprendí que no soportaría la idea de no oír nunca más su risa. Era para mí como una fuente en el desierto. —Hombrecito…, quiero oírte reír otra vez…”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVI

A partir de estas palabras, comienza a comprender lo que está ocurriendo: “—Esta noche, hará un año. Mi estrella se encontrará exactamente sobre el lugar donde caí el año pasado… —Hombrecito, ¿verdad que es un mal sueño esa historia de la serpiente, de la cita y de la estrella?… Pero no contestó a mi pregunta, y dijo: —Lo que es importante, eso no se ve. —Ciertamente…”. De nuevo, volvió a resonar en su alma de secreto qué es lo esencial de la vida, de las personas, lo que no se ve, lo que tantas veces le había explicado el hombrecito príncipe.

A partir de aquí, nuestro pequeño héroe, le ofrece al aviador su gran regalo para que entienda la experiencia de su encuentro en muy pocos días, la brevedad de un gran misterio, lo que le deslumbrará cuando mire a las estrellas: “—Las gentes tienen estrellas que no son las mismas. Para unos, los que viajan, las estrellas son guías. Para otros, no son más que lucecitas. Para otros, que son sabios, son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas no hablan. Tú tendrás estrellas como nadie las ha tenido. —¿Qué quieres decir? —Cuando mires al cielo, por la noche, como yo habitaré en una de ellas, como yo reiré en una de ellas, será para ti como si rieran todas las estrellas. ¡Tú tendrás estrellas que saben reír! Y volvió a reír. —Y cuando te hayas consolado (siempre se encuentra consuelo) estarás contento de haberme conocido. Serás siempre mi amigo. Tendrás deseos de reír conmigo. Y abrirás a veces tu ventana, así…, por placer… Y tus amigos se asombrarán al verte reír mirando el cielo. Entonces les dirás: «Sí, las estrellas siempre me hacen reír», y ellos te creerán loco. Te habré hecho una muy mala jugada…”.

Luego…, viene la despedida, dolorosa como todas, que hay que leerla, querido lector, querida lectora, para comprenderla. Estoy seguro de que el hombrecito, a pesar de todo, se marchó solo a su cielo particular plagado de estrellas: “El principito dijo: —Bien… Eso es todo… Vaciló aún un momento; luego se levantó. Dio un paso. Yo no podía moverme. No hubo nada más que un relámpago amarillo cerca de su tobillo. Quedó inmóvil un instante. No gritó. Cayó suavemente, como cae un árbol. En la arena, ni siquiera hizo un ruido”.

Me quedo pensativo, conmovido, conturbado y hoy me enfrentaré a la lectura del último capítulo de esta historia para personas grandes, que contaré “próximamente en este salón”, digital por supuesto, tal y como se anunciaban las películas en mi infancia de Castilla.

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El Principito, hoy / 8. Sólo los niños saben lo que buscan, lo esencial de la vida

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXIV

Sevilla, 26/XII/2025 – 11:56 h UTC (CET+1)

Abro El Principito hoy por el capítulo XXII y me asombra el breve e intenso diálogo de un guardaagujas con el principito. Trenes rápidos que pasan en un sentido y en otro, provocan preguntas y respuestas de profundo calado: “Y un rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la cabina de las agujas.

—Llevan mucha prisa —dijo el principito—. ¿Qué buscan? —Hasta el hombre de la locomotora lo ignora —dijo el guardaagujas. Y un segundo rápido iluminado rugió, en sentido inverso. —¿Vuelven ya? —preguntó el principito. —No son los mismos —dijo el guardaagujas—. Es un cambio. —¿No estaban contentos donde estaban? —Nadie está nunca contento donde está —dijo el guardaagujas. Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado. —¿Persiguen a los primeros viajeros? —preguntó el principito. —No persiguen absolutamente nada —dijo el guardaagujas. Ahí adentro duermen o bostezan. Sólo los niños aplastan sus narices contra los vidrios. —Sólo los niños saben lo que buscan —dijo el principito. Pierden tiempo por una muñeca de trapo y la muñeca se transforma en algo muy importante, y si se les quita la muñeca, lloran… —Tienen suerte —dijo el guardaagujas”.

Prisa, búsquedas, descontento, viajes hacia ninguna parte, como pasa en la vida de las personas grandes que solemos ir del tumbo al tambo, como decía García Márquez en sus Cuentos peregrinos. Y la respuesta a este ir y venir existencial no está en el viento (Bob Dylan, dixit), sino en el niño de cuatro años de Groucho Marx o en los del principito, porque solo ellos saben lo que buscan.

El siguiente capítulo, el XXIII, narra el encuentro del principito con un mercader de píldoras especiales que aplacan la sed: “Se toma una por semana y ya no se siente necesidad de beber”. Ante la pregunta del principito de por qué las vende, el mercader responde que “es una economía de tiempo. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana. —¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos? —Se hace lo que se quiere…”. Para mí, nos encontramos con una de las mejores reflexiones del principito: “Yo, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría tranquilamente hacia una fuente…”. Creo que hoy he entendido el sentido de lo que significó el viaje de Ulises a Ítaca: lo importante en la vida nos es llegar sino hacer el camino.

Lo que acabo de escribir es el auténtico sentido de la vida y es la razón de por qué el capítulo siguiente, el XXIV, resume perfectamente el camino recorrido en sólo ocho días, el tiempo exacto en el que el narrador-aviador lleva en el desierto con su avión averiado y se agota ya la provisión de agua, provocando la sed y sin entender que ante tal necesidad, el principito dé prioridad a “caminar tranquilamente hacia una fuente”, cuando ellos están en un desierto. Ante tal necesidad, que ya es compartida, el principito recuerda qué ha significado el zorro en su vida, una auténtica amistad o la flor a la que protege con esmero, las estrellas, pero el gran descubrimiento es tener que hacer el camino en un medio inhóspito, el desierto, como tantas veces ocurre en la vida. Y sigo leyendo unas páginas especiales que son la quintaesencia de esta bella historia:

—El desierto es bello —agregó [el principito]. Es verdad. Siempre he amado el desierto. Puede uno sentarse sobre un médano de arena. No se ve nada. No se oye nada. Y sin embargo, algo resplandece en el silencio…—Lo que embellece al desierto —dijo el principito— es que esconde un pozo en cualquier parte… Me sorprendí al comprender de pronto el misterioso resplandor de la arena. Cuando era muchachito vivía yo en una antigua casa y la leyenda contaba que allí había un tesoro escondido. Sin duda, nadie supo descubrirlo y quizá nadie lo buscó. Pero encantaba toda la casa. Mi casa guardaba un secreto en el fondo de su corazón…

—Sí —dije al principito—; ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que los embellece es invisible.

—Me gusta que estés de acuerdo con mi zorro —dijo.

Como el principito se durmiera, lo tomé en mis brazos y volví a ponerme en camino. Estaba emocionado. Me parecía cargar un frágil tesoro. Me parecía también que no había nada más frágil sobre la Tierra. A la luz de la luna, miré su frente pálida, sus ojos cerrados, sus mechones de cabellos que temblaban al viento, y me dije: «Lo que veo aquí es sólo una corteza. Lo más importante es invisible…». Como sus labios entreabiertos esbozaran una media sonrisa, me dije aún: «Lo que me emociona tanto en este principito dormido es su fidelidad por una flor, es la imagen de una rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, aun cuando duerme…». Y lo sentí más frágil todavía. Es necesario proteger a las lámparas; un golpe de viento puede apagarlas… Caminando así, descubrí el pozo al nacer el día”.

Al leer estas últimas palabras, tomo conciencia de nuevo sobre su significado último, como hilo conductor de esta novela corta: lo esencial en la vida, en las cosas, sobre todo en las personas, es muchas veces invisible a nuestros ojos.

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El Mensaje del Rey, breve y con carencias de gran calado institucional

Mensaje de Navidad del Rey

Sevilla, 25/XII/2025 – 21:47 h – UTC (CET+1)

Nada mejor que recordar a Baltasar Gracián, cuando afirmó en su afamado Oráculo Manual y el Arte de la Prudencia, que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, una vez visto y leído el Mensaje de Navidad del Rey, anoche, desde una interpretación democrática, obligadamente constitucional y más allá de la atrezzatura buscada especialmente para esta ocasión: sede del Palacio Real, de pie durante los nueve minutos y dos segundos que duró la lectura de 1.126 palabras que contenía, un minúsculo belén, un árbol de Navidad y, como plató central, el frío Salón de Columnas con tapices incluidos. Desde mi punto de vista, el Mensaje fue breve y relativamente bueno, lo que me aleja bastante de considerarlo dos veces bueno.

Sobre el contenido del mensaje, creo que el Rey abordó cuestiones de Estado, que resumo también brevemente, aunque considero que es necesario leer el texto íntegro, sin interpretación ajena alguna que pueda contaminarlo.

En primer lugar, situó la intervención desde “nuestra convivencia democrática, a través de la memoria del camino recorrido y de la confianza en el presente y en el futuro”, al haberse cumplido este año el 50 aniversario de “nuestra transición democrática”. Obviamente citó el mejor resultado de aquel momento, la aprobación de la Constitución de 1978 como el conjunto de propósitos compartidos sobre el que se edifica nuestro presente y nuestro vivir juntos, un marco lo bastante amplio para que cupiéramos todos, toda nuestra diversidad”.

A esta introducción obligada, siguió la referencia de otro éxito democrático en esta Transición, la incorporación de España al proceso de integración europeo que fue “el otro paso decisivo, ilusionante y movilizador. Y también fue el resultado de un compromiso colectivo: el de un país que quería cerrar una etapa marcada por un prolongado distanciamiento de una Europa con la que compartimos principios y valores y un proyecto común de futuro. Europa no sólo trajo modernización y progreso económico y social: afianzó nuestras libertades democráticas”.

También abordó cuestiones de Estado: “Vivimos tiempos ciertamente exigentes. Muchos ciudadanos sienten que el aumento del coste de la vida limita sus opciones de progreso; que el acceso a la vivienda es un obstáculo para los proyectos de tantos jóvenes; que la velocidad de los avances tecnológicos genera incertidumbre laboral; o que los fenómenos climáticos son un condicionante cada vez mayor y en ocasiones trágico. Tenemos muchos desafíos… Y los ciudadanos también perciben que la tensión en el debate público provoca hastío, desencanto y desafección. Realidades, todas ellas, que no se resuelven ni con retórica ni con voluntarismo”. Es obvio que dejó desafíos sin citar, echando personalmente de menos las referencias expresas a los problemas acuciantes en relación con la educación pública a todos los niveles, por recortes permanentes en su financiación y dotación de personal, la insoportable situación de la sanidad pública, con un drama sin abordaje urgente institucional referido por ejemplo a las listas de espera en atención especializada y quirúrgica, junto al desmantelamiento del modelo de la atención primaria como piedra angular del Sistema Nacional de Salud, en definitiva la falta de estrategia pública sanitaria a nivel de Estado y su necesaria proyección en las Autonomías, las deficiencias mantenidas en el tiempo en relación con los Servicios Sociales, así como la falta de atención integral al problema de la vivienda en todas sus proyecciones posibles, no sólo en lo que afecta a los jóvenes citados en su Mensaje.

Es importante señalar que sí abordó un problema galopante en nuestra sociedad, la convivencia: “Pero la convivencia no es un legado imperecedero. No basta con haberlo recibido: es una construcción frágil. Por esa razón, todos debemos hacer del cuidado de la convivencia nuestra labor diaria. Y para ello necesitamos confianza. En este mundo convulso, donde el multilateralismo y el orden mundial están en crisis, las sociedades democráticas atraviesan, atravesamos, una inquietante crisis de confianza. Y esta realidad afecta seriamente al ánimo de los ciudadanos y a la credibilidad de las instituciones. Los extremismos, los radicalismos y populismos se nutren de esta falta de confianza, de la desinformación, de las desigualdades, del desencanto con el presente y de las dudas sobre cómo abordar el futuro”.

Evidentemente, se trata de asumir una realidad flagrante en nuestro país, la falta de diálogo: “Recordemos —en esta víspera de Navidad— que, en democracia, las ideas propias nunca pueden ser dogmas, ni las ajenas, amenazas; que avanzar consiste en dar pasos, con acuerdos y renuncias, pero en una misma dirección, no correr a costa de la caída del otro; que España es, ante todo, un proyecto compartido: un modo de reunir —y de realizar— los intereses y aspiraciones individuales en torno a una misma noción del bien común”.

Me agradó que recogiera en su Mensaje una llamada de atención a la responsabilidad compartida para sacar al país del atolladero actual: “Pero tenemos un gran activo: nuestra capacidad de recorrerlos juntos. Hagámoslo con la memoria de estos 50 años y hagámoslo con confianza. El miedo solo construye barreras y genera ruido, y las barreras y el ruido impiden comprender la realidad en toda su amplitud. Somos un gran país. España está llena de iniciativa y de talento, y creo que el mundo necesita —más que nunca— de nuestra sensibilidad, de nuestra creatividad y nuestra capacidad de trabajo, de nuestro sentido de la justicia y de la equidad y de nuestra apuesta decidida por Europa, sus principios y sus valores. Podremos lograr nuestros objetivos, con aciertos y errores, si los emprendemos juntos; participando todos, orgullosos, de este gran proyecto de vida en común que es España”.

Fue, en general, una mera declaración de principios, nada más. Sinceramente, esperaba mucho más dado el delicado momento político del país. Quedaron muchos asuntos sin tratar y eché de menos una referencia expresa a la Memoria Democrática, la violencia de género, la fragilidad actual del Estado de Bienestar, en proyecciones de demolición programada del Sistema Nacional de Salud o de la Educación Pública en todos sus niveles, desde la Educación Infantil a la Universitaria, con proyecciones manifiestas del citado Malestar, en la pobreza estructural y severa del país, especialmente a la pobreza infantil, o a la que sufren mayoritariamente los nadies, en exclusión social permanente. Igualmente, no dedicó palabra alguna a la inmigración y a cómo emerge una política en contra de la asunción de esta realidad en el país, con movimientos xenófobos de un marcado peligro social, así como a todo lo que suena diferente con especial incidencia en los colectivos LGBTIQ+ y sus diferentes proyecciones en la actualidad. Muchas ausencias en un momento muy delicado del país.

Finalizo como señalaba al principio de esta reflexión democrática, citando a Baltasar Gracián: el Mensaje del Rey fue breve y formalmente bueno, aunque manifiestamente incompleto y con grandes ausencias sociales de relevancia vital en el país, lo que me aleja bastante de considerarlo, como demócrata, dos veces bueno.

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Navidad 2025: una oportunidad de decir todo, crispadamente recogidos y mudos

jose-saramago
José Saramago (Azinhaga
(Golegã), Portugal, 1922 – Tías (Lanzarote), España, 2010)

Sevilla, 25/XII/2025 – 09:30 UTC (CET+1)

Debo muchas cosas a José Saramago. Una de ellas, el recuerdo sempiterno del compromiso personal y social activo que, en tiempos revueltos, es un acicate para seguir surcando mares en busca de islas desconocidas. He escuchado muchas veces a Pilar del Río, su compañera de aventuras existenciales, contar cosas sencillas de José, siempre Saramago. Y de su compromiso con la vida, al que recurro de vez en cuando, cuando voy del timbo al tambo, para saber que cuando era un joven de veinte años, ya expresaba así su soledad sonora: 

Solo diré
Crispadamente recogido y mudo,
Que quien se calla cuanto me callé,
No se podrá morir sin decir todo
.

Y él contaba que “La composición más antigua de la colectánea [su obra Poesía completa], cuando el aprendiz de poeta apena pasaba de los veinte años, se llama “Poema a boca cerrada” y contiene, en sus últimos versos, un compromiso y un anhelo que todavía hoy me asombra por la desmesura del desafío que se proponían: Que quien se calla cuanto me callé / No se podrá morir sin decir todo.

Muchos años después, 39 exactamente, José Saramago escribía estas palabras en el Prólogo de la edición en castellano (Alfaguara, 2005), y refiriéndose al joven impulsivo que escribió estas palabras tan bellas, hacía una auténtica declaración de principios para bocas cerradas: “hoy sé lo que él no podía saber, que sólo cuando se tiene veinte años es posible creer que algún día se llegará a decir todo. La vida, incluso la más prolongada, incluso la de un viejísimo matusalén de barbas fluviales, siempre dejará tras de sí sombras calladas, restos incombustibles, islas desconocidas”.

Hay que pasar de la tristeza a la lucha, “desbravando islas” en expresión suya, porque cuando se tiene muy claro el horizonte del interés público, el personal e intransferible pasa a un segundo plano. La Navidad se puede convertir así, para mi, en oportunidad y fortaleza para asumir el arte de callar, crispadamente recogido y mudo por muchas situaciones de mis alrededores que no me gustan, que me pre-ocupan (así, con guion), aunque tengo claro que no puedo, mejor, que no debo morir sin decir todo

Lo difícil, sin lugar a dudas, es levantarse del suelo, en la clave de una obra importante de Saramago, y seguir haciendo camino de interés general, público, por qué no digital, al andar. Pero hay que hacerlo, es más, es urgente decirlo hoy a los cuatro vientos navideños.

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Nochebuena de los felices…, según Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez, Platero y yo, primera edición en 1914

Sevilla, 24/XII/2025 – 08:00 h UTC (CET+1)

Un año más, vivimos inmersos en unos días que respeto en su quintaesencia histórica, aunque soy consciente de que la economía de mercado los ha convertido en pura mercancía. Como decía Gabriel García Márquez, la Navidad, «[…] es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”, añadiendo una premonición a modo de profecía, dado que los niños del mundo pueden terminar “[…] por creer de verdad que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos” (1). Hoy, recuerdo el villancico que cerraba los planos finales de la película Plácido: “en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá”, que repongo en sesión especial vital todos los años, en mi Cinema Paradiso imaginario, durante la Navidad, para que no olvide su mensaje demoledor cuando muchas veces convertimos estos días en una rifa para sentar pobres en nuestras mesas vitales.

Escribo estas palabras como regalo con estela para todos los días (2), no sólo en Navidad, para los que desean ser felices con lo que tienen, día a día, pero sobre todo para que seamos mucho más felices todavía siendo y no solo teniendo. También para los niños y niñas de mi ciudad, que viven en barrios calificados como más pobres de España, porque estoy convencido de que su nochebuena es diferente, la de los nadies, «los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida«, que de forma tan excelsa describió Eduardo Galeano en un poema precioso, para que no se olvide la dignidad y la luz que llevan dentro, porque a su manera viven la navidad de los felices, según la describió Juan Ramón Jiménez en su obra excelsa, Platero y yo.

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La nochebuena de los felices no me pertenece como título de esta reflexión, sino al niñodiós de nombre Juan Ramón Jiménez: “Cuando yo era el niñodiós, era Moguer, este pueblo, una blanca maravilla; la luz con el tiempo dentro”. En 2014 se celebraron los primeros cien años -porque estoy convencido de que se cumplirán muchos más- de la primera publicación, parcial, de “Platero y yo”, elegía andaluza a la que siempre quería agregar capítulos el poeta de Moguer, el gran embajador mundial de ese pueblo precioso, que me entregó su alma secreta durante años.

Moguer me ofreció siempre una acogida de día y noche que no puedo olvidar. Por las mañanas, porque preparaba mis clases en la casa de Juan Ramón, gracias a Pepito, su guardián celoso y servicial, muy atento a que mi estancia allí fuera tranquila y segura, alejándome a veces del clamor infantil en las visitas de la mañana a la sala-biblioteca que existía en la planta baja de aquella época. Además, en el arco de la escalera del patio principal, leía todos los días un mensaje alentador y programático: Amor y poesía, cada día… Por las noches, porque me ofrecía conocimiento y libertad para comprender en sus recónditos bares, uno de ellos muy querido, La Parrala, lo que significaba tomar algo a modo de cena, siempre acompañado por personas que conocí a pie de barra. Sobre todo, Mateo, un hombre tosco y aguerrido, que hablaba todos los días con su caballo, en conversaciones imposibles, probablemente porque Platero lo había marcado de por vida, haciéndome partícipe de sus ilusiones y frustraciones diarias. Después, en un paseo iluminado siempre por los mensajes de personas y paredes, me alojaba en el Hotel situado junto al Ayuntamiento, en una habitación que me asignaba el encargado, Pepe, que en su soledad sonora y amable, procuraba proteger mi estancia para que la vida me permitiera descansar como caminante que siempre pretendía hacer camino al andar.

Llega la Nochebuena, sobre todo para los felices. Y he vuelto a leer en Platero y yo el capítulo dedicado a la Navidad (CXVI), cuya lectura casi recuerdo de forma íntegra cuando llegan estos días de forzados recuerdos y que reproduzco completo como homenaje a Platero, para que siga trotando libremente en mi memoria de hipocampo, agregando años a su vida real en la mente sana de los que apreciamos conocerlo tal y como era, porque no nos importa seguir siendo niños sin Nacimiento, como los de Juan Ramón :

Navidad

¡La candela en el campo!… Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul, con un indefinible amarillor en el horizonte de Poniente… De pronto, salta un estridente crujido de ramas verdes que empiezan a arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de puras lenguas momentáneas, que parecen lamerlo.

¡Oh la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé donde, taladrando un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frío! ¡Campo, tibio ahora, de diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!

Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, a través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, a calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que revientan, en un tiro.

Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:

…Camina, María,
camina José…

Yo les traigo a Platero, y se lo doy, para que jueguen con él.

Abro de nuevo el libro y sigo andando por la calle de la Ribera, en mi Moguer imaginario, interpretando los sentimientos de Juan Ramón ante la casa que lo vio nacer, invitando a Platero a que mirara por la cancela la verja de madera, negra por el tiempo…, intentando compartir con él, como solo él sabía hacerlo, una buena noche para ser feliz.

(1) Cobeña Fernández, José Antonio, 2025, Vuelvo a recordar a Gabriel García Márquez, por su visión de la navidad actual.

(2) Cobeña Fernández, José Antonio (1987). La estela del regalo, en Teatro de barrio. Huelva, pág. 99.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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El Principito, hoy / 7. Lo esencial es invisible a los ojos

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXI

Sevilla, 24/XII/2025 – 07:40 h UTC (CET+1)

Hoy, con la lectura de los capítulos XVIII al XXI, descubro de nuevo el contexto en el que nació un aserto que procuro mantenerlo muy presente en mi vida: lo esencial es invisible a los ojos. La última vez que lo consideré en profundidad fue en 2022, con ocasión de una visita a una tienda de ropa en mi ciudad, mi planeta actual en lenguaje principesco, en la que me encontré con un mensaje que pertenece a esas reflexiones que permanecen en mi memoria de hipocampo. Fue en una camiseta, donde se podía leer la citada frase, lo esencial es invisible a los ojos, pronunciada por el zorro que se convierte en amigo del principito, al finalizar su famoso capítulo XXI:

“—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

—Lo esencial es invisible a los ojos —repitió el principito, a fin de acordarse.

—El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.

—El tiempo que perdí por mi rosa… —dijo el principito, a fin de acordarse.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…

—Soy responsable de mi rosa, repitió el principito, a fin de acordarse”.

Los capítulos anteriores son sólo un antesala de este genial descubrimiento, acompañando por mi parte al principito en su travesía personal del desierto, buscando hombres a modo de Diógenes redivivo (capítulo XVIII), donde encuentra una rosa desafiante que le enseña algo alarmante sobre su preocupación desértica: “¿Los hombres? Creo que existen seis o siete. Los he visto hace años. Pero no se sabe nunca dónde encontrarlos. El viento los lleva. No tienen raíces. Les molesta mucho no tenerlas”. A estas palabras, el principito solo dijo “adiós”.

Prosigue su viaje subiendo a una alta montaña (capítulo XIX), donde sólo escucha el eco de sus demandas, de su soledad: “—Estoy solo…, estoy solo…, estoy solo —respondió el eco. «¡Qué planeta tan raro! —pensó entonces—. Es seco, puntiagudo y salado. Y los hombres no tienen imaginación. Repiten lo que se les dice… En mi casa tenía una flor: era siempre la primera en hablar…». Continúa su camino, descubriendo por fin una ruta que le lleva a la “morada de los hombres” (capítulo XX). Entra en un jardín de muchas rosas donde se sintió muy desdichado, porque “su flor le había contado que era la única de su especie en el universo. Y he aquí que había cinco mil, todas semejantes, en un solo jardín”. Él se creía rico con una flor única, porque “no poseía más que una rosa ordinaria. La rosa y mis tres volcanes que me llegan a la rodilla, uno de los cuales quizá está apagado para siempre. Realmente no soy un gran príncipe…». Y , tendido sobre la hierba, lloró”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XX

Llego finalmente al extraordinario capítulo XXI, donde aparece un zorro, “no domesticado“, otro gran protagonista de esta aleccionadora aventura, tal y como comentaba al comienzo de estas palabras. Todo comienza con el diálogo en torno al significado de “domesticar”: —Es una cosa demasiado olvidada —dijo el zorro—. Significa «crear lazos». —¿Crear lazos? —Sí —dijo el zorro—. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo. Empiezo a comprender —dijo el principito—. Hay una flor… Creo que me ha domesticado”.

No olvido este diálogo tan aleccionador. Vuelvo a leer y reproducir el final de este capítulo, porque es una lección preciosa en tiempos revueltos, donde debemos tomar conciencia de que debemos “perder tiempo” con las personas que queremos, algo que nos roba la llamada “inteligencia” del teléfono móvil, por ejemplo. Será, en este mundo al revés, algo que nos llenará de placer interno porque habremos domesticado, en el sentido más puro del término, lo que queremos en quien creemos, aunque en principio sea algo invisible para los ojos, algo que se parecerá mucho a la rosa del principito, como ejemplo precioso en nuestras vidas:

“—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

—Lo esencial es invisible a los ojos —repitió el principito, a fin de acordarse.

—El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.

—El tiempo que perdí por mi rosa… —dijo el principito, a fin de acordarse.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…

—Soy responsable de mi rosa —repitió el principito, a fin de acordarse”.

Lo esencial sigue siendo invisible a los ojos

El secreto del zorro está desvelado y me siento muy feliz al compartirlo. Yo también sigo teniendo rosas a las que cuidar cada día, porque sé que son una vida, la esencia misma de la vida, en un mundo al revés en el que lo esencial sigue siendo muchas veces invisible a los ojos.

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