Cuando la música no es inocente

LECCION DE MUSICA
Fragmento de La lección de música (Vermeer)

Hoy se celebra el Día del Músico, con la imagen de Santa Cecilia como representación simbólica de esta efeméride, aunque tengo que reconocer que la música del santoral nunca me supo levantar. Quien sigue de cerca este cuaderno de inteligencia digital sabe que estoy comprometido con la música y su ideología concreta, tal y como expresé en un post escrito en 2015, Cuaderno en clave / 1. La ideología musical no es inocente, que iniciaba una serie y que reproduzco a continuación para que no lo olvide. He interrumpido brevemente mi ensayo de un Minueto de Bach, un músico especial, que estoy aprendiendo a tocar en el violín, para presentarlo de la mejor posible en la clase de esta tarde, dedicando con respeto reverencial unas palabras a esta celebración especial.

Es verdad que, en estos tiempos modernos de Chaplin (también difíciles), la música sigue siendo compañera en la alegría y medicina para el dolor (Musica laetitiae comes, medicina dolorum), como telón de fondo para los que nos acercamos a instrumentos tan completos como son el piano, el clave o el violín, como es mi caso. Aprendiendo a tocarlos con partituras no inocentes por su contexto de creación, tanto de Bach como de Mozart, que nos dejaron una forma diferente de interpretar la vida a través de su música, contexto que no olvido.

Sevilla, 22/XI/2017

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Cuaderno en clave / 1. La ideología musical no es inocente

Comienzo hoy una nueva serie de artículos siguiendo el hilo conductor de mi aprendizaje actual del arte de tocar el piano y el violín. Voy a recuperar en sus primeras hojas los artículos que he escrito durante estos diez años acerca de la música en sus diferentes contextos, con respeto reverencial a Mozart, porque me enseñó a cuidar como oro en paño el compromiso personal y profesional de forma muy activa a través de la música.

Hoy, vuelvo a publicar el post que escribí el pasado 9 de septiembre, porque simboliza muy bien lo que pretendo conseguir en mi vida actual aprendiendo a tocar en simultáneo el piano y el violín. A partir de ahora, voy a escribir en este cuaderno en clave sobre el arte de tocar un instrumento, donde las escalas musicales me brindarán una forma diferente de ensalzar el maravilloso poder que tenemos en nuestras manos, personales e intransferibles, para acariciar escalas que nos permiten subir a los cielos que vivieron compositores de los que ahora estoy muy cerca: Albinoni, Bach, Schumann y, obviamente, mi querido niño Trazom, Mozart para todos cuando se lee su apellido al revés, como gustaba firmar en momentos especiales de su azarosa y corta vida.

Admiro el simbolismo de la música. Cada día descubro un mundo nuevo al aproximarme al teclado o al arco y mástil del violín, para conocer mejor su alma. Es una experiencia única que me regala la vida y en la que estoy inmerso por los sentimientos y emociones que me ofrece. He descubierto la riqueza sonora del clave, el instrumento tan querido por Bach y Mozart en sus años de éxito sonoro, asimilando a diario algo que ha perdurado a través de los siglos: Musica laetitiae comes, medicina dolorum, es decir, la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor. En esta clave escribiré día a día, cuando sienta la necesidad de transmitirlo.

Sevilla, 11/X/2015
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Cuando te acompaña la ideología de Mozart

Hoy he vuelto a tocar en mi piano digital, con registro de clave, el Allegro en Si bemol mayor de Mozart (KV 3), que compuso cuando solo tenía seis años. He tardado un mes en interpretarlo con la ilusión que despierta en mi mente cualquier obra del niño Trazom (Mozart al revés), como a él le gustaba firmar en cartas escritas con la grafía de su alma compleja que nos ha llegado hasta nuestros días. Es asombrosa su obra con tan corta edad, pero su virtuosismo traspasaba fronteras en viajes frenéticos auspiciados por su padre, que pacientemente transcribió en un cuaderno dedicado a su hija Nannerl, en el que figuraba la preciosa obra iniciática del niño prodigio a quien tanto admiro.

En un cuadro extraordinario de Vermeer, La lección de música, se contempla un virginal que toca una joven, en el que figura una inscripción en su tapa, Musica laetitiae comes, medicina dolorum (La música es compañera en la alegría y medicina para el dolor), que es todo un programa didáctico para los que aprendemos a tocar un instrumento tan completo como es el piano. Efectivamente, la música está cerca de la alegría, pero en la dialéctica de la vida siempre está también cerca del dolor, de la tristeza. Así lo siguen reflejando hoy día en este tipo de instrumentos barrocos los artesanos holandeses que fabrican los diferentes modelos de cuerda pulsada con una púa de pluma de ganso, de cuervo o cóndor (llamada plectro), según el patrón artístico reflejado por Vermeer.

VERMEER
La lección de música

Hoy me lo ha recordado Vargas Llosa en un artículo comprometido con la actitud del maestro Daniel Barenboim, el extraordinario pianista y director de orquesta, que desde hace muchos años vive un compromiso activo con el necesario entendimiento palestino-israelí, a través del proyecto West-Eastern Divan Orchestra, con raíces andaluzas, que tanto aprecio también: “Mi admiración por Barenboim no es solo por el gran instrumentista y director; también por el ciudadano comprometido con la justicia y la libertad que, a lo largo de toda su vida, ha tenido el coraje de ir contra la corriente en defensa de lo que cree justo y digno de ser defendido o criticado”.

Cuando estamos asistiendo a un dolor mundial que se amplifica por días a través de las imágenes que recibimos a diario de los que huyen de guerras y luchas encarnizadas sin sentido alguno, he recordado estos testimonios de músicos que están cerca de la alegría y del compromiso social activo, como era el caso de Mozart o el de Barenboim hoy día; pero también del dolor, como demostró el pianista salzburgués a lo largo de sus treinta y cinco años de vida, estrenando su ópera magna, La flauta mágica, en un teatro de barrio y nos en los auspiciados por la Corte o la Iglesia, con quienes se enfrentó por su falta de sintonía con la vida real del pueblo austriaco, o siendo boicoteado por su propio país Israel, como es el caso del director argentino, pero de alma israelita, palestina y española.

Abro imaginariamente mi piano y busco la inscripción pintada por Vermeer: Musica laetitiae comes, medicina dolorum. Toco los treinta compases de la obra iniciática de Mozart y pienso en el tren húngaro, con viajeros pakistaníes, afganos, sirios e iraquíes, migrantes hacia alguna parte, que ha sido recibido esta tarde en Salzburgo, camino de Alemania, entre vítores del pueblo austriaco. Como le gustaría a Mozart que hicieran sus paisanos, enseñándome a amar la música como escuela de compromiso con la alegría y el dolor humano. Como me lo recordaría también Barenboim en su próxima visita comprometida con Andalucía.

Sevilla, 6/IX/2015

Necesitamos un pequeño grano de locura

GARCIA LORCA Y STEVE JOBS

Trasteando en placeres inútiles para muchos, como puede ser la lectura de maestros del pensar, escuchar, decir y escribir, he detectado una feliz coincidencia que deseo compartir en la hoja de hoy de este cuaderno digital. Me refiero a la utilización despectiva del adjetivo “loco” en locuciones diarias cuando escuchamos decir a nuestro alrededor que tal o cual persona “está loca” por lo que piensa, escucha, dice y escribe.

Lo he encontrado en Federico García Lorca, en unas palabras pronunciadas en un acto con estudiantes de la Universidad de Madrid, en 1934, presentando unos versos del poeta chileno Pablo Neruda, cuando les decía lo siguiente: “Yo os aconsejo oír con atención a este gran poeta y tratar de conmoveros con él cada uno a su manera. La poesía requiere una larga iniciación como cualquier deporte, pero hay en la verdadera poesía, un perfume, un acento, un rasgo luminoso que todas las criaturas pueden percibir. Y ojalá os sirva para nutrir ese grano de locura que todos llevamos dentro, que muchos matan para colocarse el odioso monóculo de la pedantería libresca y sin el cual es imprudente vivir”.

Con el paso de los años y trasteando literatura digital, encontré un día unas palabras de Steve Jobs que también ensalzaban el grano de locura que todos llevamos dentro. Ocurrió en un acto académico en el que Steve Jobs pronunció una conferencia, el 12 de junio de 2005, concretamente en la Ceremonia de Graduación —Commencement— de la Universidad de Stanford (1), con un mensaje sorprendente que lleva años dando vueltas en internet: «Seguid hambrientos, seguid alocados». Que las personas jóvenes de espíritu sigan este aserto es una forma noble de emular a personas como Jobs, que ha demostrado que se puede triunfar siendo diferentes, teniendo creencias firmes a pesar de los fracasos.

El hambre y la locura, recomendadas por García Lorca y Jobs, deben ser entendidas como la capacidad de alternar la crudeza de la vida diaria con el bienestar personal, mediante “lecturas especiales/ideales” de lo que está ocurriendo. Necesitamos contar con una base: creer en la naturaleza o en la sociedad, en las personas o en un dios (el que corresponda a nuestra forma de ser y estar en el mundo). Como García Lorca, que siempre creyó en el poder liberador de la poesía. Como Jobs, que siempre creyó en el mundo digital, en Apple.

Estoy convencido que es imprudente vivir sin ese grano de locura que comentaba García Lorca y que luego validó un loco más de este mundo injusto e inútil para muchos, Steve Jobs. Para mí, es avanzar en el descubrimiento de la utilidad de lo que muchos llaman inútil, utópico o irreal de la vida que nos ha tocado vivir apasionadamente y para compartirlo con los demás hambrientos y alocados de este mundo, que muchos dicen que vivimos de forma imprudente. Lo que pasa es que los “cuerdos” oficiales no nos entienden.

Sevilla, 20/XI/2017

(1) https://youtu.be/MHFIeDXgyBw

El tránsito de la vida, según Cristóbal Toral

EMIGRANTE MUERTO
Emigrante muerto, 1975

Ha sido un encuentro fortuito y mágico con Cristóbal Toral (Torre Alháquime (Cádiz), 1940) en el Museo de la Ciudad de Antequera. El miércoles pasado contemplé la colección que se muestra en la planta tercera, con cuadros que sobrecogen por su realismo trágico, siendo las maletas su hilo conductor: “La vida es tránsito. El hombre nace en un punto y desaparece en otro: el tránsito que hay en medio es lo que importa. Hay una mudanza constante en lo que hago, figuras que no se sabe si van, si vienen, si esperan» (1).

Las múltiples maletas de Cristóbal Toral, figuran en sus cuadros y esculturas recordándonos también la realidad de la soledad sonora que sienten muchas personas, básicamente mujeres y emigrantes, en sus diferentes viajes de vida. Me han impresionado los óleos que se cuelgan en el Museo, con metáforas muy desalentadoras. Me he detenido en las obras dedicadas a la mujer, siempre sola: “Trato mucho también el tema de la mujer. Mujeres en interiores de hoteles de no mucho tronío, frágiles, expuestas, con una sensualidad que las humaniza, solitarias… Interpreto esa soledad que existe, la sensación de tránsito. Me gustan las habitaciones de los hoteles, espacios de tránsito donde aparecen las maletas, las camas, las sábanas». En la sinopsis de la obra de Cristóbal Toral, que figura en el museo, se dice textualmente y referido al periodo abierto sobre la mujer como hilo conductor de su obra en 1977, que aparece “siempre solitaria, despojada de toda algarabía, sola en su infinito silencio, cómo proclamando una identidad de origen y destino frente al cosmos. Distanciada, plena de pureza y sobriedad, rodeada de objetos banales, se funde y trasciende la soledad infinita del hombre”. También, he sentido dolor interior al contemplar una obra, Emigrante muerto, que data de 1975, una fecha que nos suena lejana, pero en la que ya se presagiaba lo que iba a venir después. Estábamos avisados por Toral.

LA NOCHE
La noche, 2000

En este mundo de tránsito, he buscado con gran interés en mi biblioteca una obra que me marcó mucho la vida cuando la leí, La maleta de mi padre, de Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura en 2006, porque comprendí la metáfora de su discurso en el acto de recepción oficial del galardón, como homenaje a lo que su padre le entregó un día en una pequeña maleta que contenía su tránsito por la vida: “Recuerdo que, después de que mi padre se fuera, estuve unos días dando vueltas alrededor de la maleta sin tocarla. Conocía desde niño aquella maleta pequeña de cuero negro, sus cierres y sus esquinas redondeadas. Mi padre la usaba cuando salía a algún viaje breve o cuando quería llevar algún peso a su oficina. Me acordaba de que cuando era pequeño, después de que regresar de algún viaje, me gustaba abrir la maleta y revolver sus cosas y aspirar olores a colonia y a país extranjero que salían de su interior. Aquella maleta era un objeto conocido y atractivo que me traía muchos recuerdos del pasado y de mi infancia, pero ahora no podía ni tocarla. ¿Por qué? Por el misterioso peso de la carga que ocultaba en su interior, por supuesto”.

INTERIOR EN PENUMBRA
Interior en penumbra, 1979-1980

Estuve solo en la contemplación de las obras de Toral. Les dejo con imágenes que fotografié para no olvidarlas, aunque en la memoria de hipocampo mantengo vivo el mensaje de su obra, que justifica hoy la realidad de las maletas imaginarias y reales que me han acompañado a lo largo de mi vida. Porque todo es tránsito y porque siempre hay en ellas un misterioso peso de la carga que se suele ocultar en su interior.

Sevilla, 18/XI/2017

(1) http://www.elcultural.com/revista/letras/Cristobal-Toral/6606

Mi fin es mi principio y mi principio mi fin

GELNN GOULD

Este palíndromo (1) ha recorrido siglos desde el todo fluye, nada permanece, de Heráclito de Éfeso. Es la circularidad vital como hilo conductor de las personas que solemos caminar volviendo solo la vista atrás para ver la senda que nunca se ha de volver a pisar, aunque descubramos con el tiempo que solo hay camino siguiendo las estelas de la mar. O cruzando ríos que van a dar a esa mar, por sitios que nunca van a ser los mismos cuando se vuelven a cruzar. Esta es la razón que justifica el mito del eterno retorno simbolizado en esta frase enigmática: mi fin es el principio y mi principio mi fin. Lo conocía por haber escuchado hace muchos años un rondó de Guillaume de Machaut (Ca. 1370), Ma fin est mon commencement, que todavía resuena en territorios lejanos.

La reflexión anterior surge al escuchar con respeto reverencial, de nuevo, a Glenn Gould, en la reinterpretación llevada a cabo en 1981 de sus Variaciones Goldberg, compuestas por Juan Sebastián Bach con una denominación distinta, Aria con treinta variaciones para dos manuales, desarrolladas en la primera mitad del siglo XVIII. Lo ha editado Prisanoticias Colecciones bajo licencia de Sony Music, para una colección que publica el diario El País durante cinco domingos, como homenaje a Glenn Gould e iniciada ayer con la entrega correspondiente a las Variaciones Goldberg.

Siempre me ha fascinado Glenn Gould y su forma iconoclasta de aproximarse a la música a través del piano, rompiendo patrones clásicos y acariciando el teclado de mil formas posibles, sentado sobre una silla imposible para los cánones al uso. Es curioso constatar que Glenn Gould ha sido una rara avis en el terreno de la interpretación pianística, desde su descubrimiento por la discográfica Columbia Records en 1955 y que materializaría solo unos meses después con la publicación de la interpretación magistral de las Variaciones Goldberg por un jovencísimo Gould, con tan solo 22 años.

Su fin fue su principio y su principio su fin, como se canta en el rondó de Machaut. Con cincuenta años, apenas unos días después de la publicación de esta segunda versión completa de las Variaciones, falleció de un infarto en Toronto (Canadá). Todavía hoy seguimos venerando su maestría. Es verdad, porque su fin tan prematuro era fiel reflejo de su comienzo existencial diario, que él vivía a duras penas en su soledad sonora ante los demás. De ahí su Trilogía de la soledad. Para comenzar a vivir en el alma de quien, todavía hoy, lo escucha con el respeto que merece.

Sevilla, 13/XI/2017

(1) Del gr. παλίνδρομος palíndromos ‘que recorre a la inversa’.
1. m. Palabra o frase cuyas letras están dispuestas de tal manera que resulta la misma leída de izquierda a derecha que de derecha a izquierda; p. ej., anilina; dábale arroz a la zorra el abad (DLG RAE, 23ª ed.).

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://drugstoremag.es/wp-content/uploads/2014/10/1958-04-don-hunstein-owned-by-sony-music_2.png

La Tarara une a Cataluña y Andalucía

ORQUESTA ARABE BARCELONA

Ayer asistí al concierto de la Orquesta Árabe de Barcelona en el espacio Caixaforum, en Sevilla, con un título programático, Un té a la menta. Música de Magreb, que presagiaba algo más allá de un encuentro casual. Efectivamente fue así, con guiños continuos a la situación actual creada por el proceso de Cataluña, donde las puertas y ventanas abiertas del decorado, nos situaban más allá de Chaouen, lugar imaginario donde se sitúa la acción, aunque estábamos en Sevilla, una parte importante de Al-Ándalus, como alguna vez se citó, con la dirección musical histórica de Ziryab.

Como se adelantaba en el programa, “De la mano de algunos músicos de la Orquesta Árabe de Barcelona tendrás ocasión de descubrir toda la riqueza sonora de Magreb. Escucharás las melodías que se tocaban en la España musulmana y que se han conservado en el Magreb actual a través de la llamada música árabo-andaluza, una música que mantiene muchos lazos con el flamenco. Sonarán también canciones amaziges o bereberes, música gnaua, músicas sufíes, música popular o chaabi y la música moderna magrebí, que ha encontrado en el rai su versión más exitosa”.

Fue una delicia interactuar permanentemente con miembros de la orquesta. Todo era un símbolo de unión y transferencia de cultura a través de una música tan cercana a Andalucía. Recordé especialmente a García Lorca cuando nos invitaron a cantar y tocar palmas en una canción sefardí que todos conocíamos, la Tarara. Se demostró de forma sencilla que no hay fronteras ni murallas cuando abrimos el corazón a la cultura. Una sencilla canción rememoró en nuestra memoria de hipocampo el contenido de una letra que muchos recordaron ayer, cuya melodía se la debemos a músicos árabes que vivieron durante siglos en Andalucía, en Sevilla. La letra era otra cuestión, aunque todos coincidíamos en la versión que nos regaló García Lorca en 1931, en su andar de compromiso activo, del timbo al tambo, por estas tierras españolas de Dios.

La Tarara, sí;
la tarara, no;
la Tarara, niña,
que la he visto yo.

Lleva la Tarara
un vestido verde
lleno de volantes
y de cascabeles.

La Tarara, sí;
la tarara, no;
la Tarara, niña,
que la he visto yo.

Luce mi Tarara
su cola de seda
sobre las retamas
y la hierbabuena.

Ay, Tarara loca.
Mueve, la cintura
para los muchachos
de las aceitunas.

Comprendí ayer, mejor que nunca, que Cataluña debe seguir integrada en este país. Fue un símbolo que unos músicos pertenecientes a la Orquesta Árabe de Cataluña nos recordaran algo muy obvio para nosotros en Andalucía. Unidos por la cultura no nos hacen falta fronteras ficticias que nacen por el desencanto que surge entre las personas, entre los pueblos, cuando no hablamos entre sí. Las ventanas y puertas del decorado, siempre abiertas, reflejaban el sentir ciudadano como país. Si además nos servían té verde, acompañado por las canciones de nuestros antepasados, era verdad que podíamos cantar juntos la Tarara sin vergüenza alguna, aunque algunos descubrieran ayer que García Lorca solo rescató esta canción popular para que un día pudiéramos cantarla todos en Sevilla o en Barcelona, como himno de la rebelión de los que a veces llamamos locos por convivir. Como la Tarara, aunque dicen que hace mucho tiempo atrás hacía cosas diferentes a los demás.


La Tarara, cantada por todos los asistentes junto a la Orquesta Árabe de Barcelona, el 11/XI/2017

Todo ayer era un símbolo, pero se me antoja necesario pensar en Cataluña, también con palabras de García Lorca. ¡Qué mejor reconocimiento a una extraordinaria Comunidad, con palabras de un andaluz universal que supo cantar la quintaesencia de un pueblo al que tanto amamos! Me acordé también de sus palabras a Las Ramblas, “La rosa mudable, encerrada en la melancolía del Carmen granadino, ha querido agitarse en su rama al borde del estanque para que la vean las flores de la calle más alegre del mundo [las Ramblas], la calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la tierra que yo desearía que no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre: Rambla de Barcelona”, con el eco de la Tarara, como él solía ver la verdad y sencillez de la vida.

Sevilla, 12/XI/2017

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://caixaforum.es/sevilla/fichaactividad?entryId=213842

El sueño de Guido Orefice

Día-de-las-librerías-Lecturas-célebres-web

Hoy se celebra el Día de las Librerías, un espacio en el que me encuentro siempre como en mi casa, buscando lecturas que enriquezcan el alma de secreto. Me acuerdo especialmente de Guido Orefice, el protagonista de la película La vida es bella, porque abrir una librería era uno de sus sueños, junto a comprender bien a Schopenhauer (por su canto a la voluntad como motor de la dialéctica pendular de la vida) y saber distinguir el norte del sur (que también existe). No lo he olvidado desde que le conocí en aquella película excelente que me dejó helado el corazón por su hilo conductor.

Vivimos unos años en los que abrir librerías no es lo habitual en la economía de mercado, más bien cerrarlas. Que se les dedique un día especial me parece extraordinario en los tiempos que corren y en los que no se valoran los llamados “placeres inútiles”, entre los que se encuentra el acto de leer apasionadamente. Días como hoy nos ofrecen la oportunidad para acercarnos de nuevo a los libros, sabiendo de antemano que nada es inocente en este negocio. Lo que sí tengo claro es que, gracias a libreros a libreras, seguimos ilusionados en conocer bien a autores que nos devuelven muchas veces la razón de existir o ser, aunque la dialéctica que viven las librerías con la competencia del mundo digital abre una nueva forma de adquirir este conocimiento. Lo leía recientemente en la revista “Mercurio” (nº 191, mayo de 2017), en una entrevista a Lola Larumbe, propietaria de una librería también muy querida por mí, “la Alberti”, como se la conoce coloquialmente en Madrid. Ante la pregunta de cómo se puede convencer al lector para que acuda más a las librerías y menos a esas plataformas de Internet que sirven tan eficazmente, Lola responde: “Es una cuestión de principios. Si no vivimos con unos principios, apaga y vámonos. Nuestra actitud ha de ser activa y combativa. Si no quieres subempleos, sueldos mínimos, contratos basura, no puedes engordar ese sistema. Como nuestro poder político es muy pequeño, hay que consumir responsablemente, es casi la única arma”.

Un gran debate está en medio de esta situación, aunque siempre creo que hay elementos de convergencia muy claros. La librería que es atendida por profesionales del libro te ofrece un asesoramiento personal e intransferible, en espacios de diálogo responsable que no encuentras en Internet, donde lo probable es que la orientación de compra sea por opiniones de servicio, pero difícilmente de contenidos. Es lo que Lino (mi librero de Madrid) hacía muy bien cuando yo era un niño, porque hablaba con él como niño, pensaba como niño, razonaba con él como niño. Ahora, que he dejado las cosas de niño, busco siempre profesionales en este sector, en una ciudad como Sevilla que es más de bares que de librerías.

MICRORRELATO

He recordado también una historia preciosa que sucedió en 2015 en una librería de Sevilla, La casa tomada, porque una vez una persona tuvo también el sueño de Guido Orefice: abrir una librería: “Un microrrelato de Mª José Barrios copiado a mano por Marta González para colocar en nuestra puerta, que seguro que hemos compartido por aquí más de una vez. Una foto improvisada de nuestro amigo Juan Antonio Hidalgo que desde hace una semana nos encontramos por todos lados, con miles de comentarios, “me gusta”, retuiteos y compartidos en redes sociales… y hoy nos topamos con esta noticia. No es la primera vez que el cuento se comparte en Internet, si bien es cierto que en esta ocasión ha tenido una repercusión sin igual. La única nota amarga, que no llega a empañar la alegría de las libreras, es que en la mayoría de los casos no se cita el nombre de la librería ni de la autora del microrrelato. Tampoco el cartel lo incluye, ya que su intención nunca fue la de llegar tan lejos, sino tan solo la de provocar la sonrisa de los clientes”.

María José Barrios nos ha traído una reflexión, abriendo una librería, con nombre y apellidos, al mundo de la Noosfera. Ha cumplido el mejor sueño con una microhistoria del Sur, que también existe, muy bella. Desde La casa tomada… por Internet. Esta es la razón de por qué busco libros con la linterna de Diógenes, para localizar libreros y libreras para una nueva forma de descubrir la vida pasada, presente y futura a través de algunos libros. Los que nunca se olvidan, porque hubo siempre una persona detrás que, como Lino, te habló de su quintaesencia, no de los fárragos en los que los sume el mercado.

Sencillamente, porque siempre te ayudan a comprender que leer consiste en ver más allá de las páginas de un libro, como le ocurría a Guido Orefice, que quería ser librero para demostrar al mundo que, a pesar de todo, la vida es bella.

Sevilla, 10/XI/2017, Día de las Librerías en España.

Este año no hay alfombras de jacarandá

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Jacarandá

En mi soledad / he visto cosas muy claras, / que no son verdad
Antonio Machado, Proverbios y Cantares (XVII)

Todos los años espero los meses de mayo y noviembre para pisar las alfombras de jacarandá. Así lo expresaba en la floración de este árbol en mayo de 2015, cuando escribí un post que llevaba por título Palabras del amanecer / 3. Alfombras del jacarandá, que reproduzco a continuación, cambiando lo que haya que cambiar en estos tiempos modernos de 2017. A la altura de este mes y pasado también el mes de octubre, que en años anteriores ya nos avisaba de estos brotes, no vemos por ningún sitio las flores de jacarandá en calles y avenidas de esta ciudad. ¿Qué pasa con la naturaleza realmente? Es su manera de protestar. Ya estábamos avisados, en expresión de Al Gore, porque es evidente que el cambio climático nos ha retirado estos regalos anuales que caracterizan esta ciudad, que tanto ama a estos árboles y sus flores duplicadas. Por algo será, aunque Sevilla necesita urgentemente las alfombras del jacarandá para recordarnos que en nuestro andar de soledad vemos cosas muy claras que no son verdad.

Sevilla, 8/XI/2017

PALABRAS DEL AMANECER / 3. Alfombras del jacarandá

El hombre tardó en comprender que Dios había sentido misericordia de los enamorados y había convertido a Mbareté en ese árbol, y que los ojos de su hija lo miraban desde todas y cada una de las azules flores del jacarandá.
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AA.VV. (1998). Cuentos y leyendas de la Argentina

Sevilla se llena de alfombras dos veces al año gracias a las flores del jacarandá, árbol traído desde América a través del Río Grande. Estos días hay que pasear con cuidado para no estropear estas obras de arte de la naturaleza en el amanecer precioso, cuando se ponen las aceras, de una ciudad diseñada por personas que fueron respetuosas a través de su historia con la naturaleza, la sociedad, sus habitantes y… Dios, cuatro creencias necesarias según Ferrater Mora cuando estamos atravesando cualquier encrucijada de la vida.

Por aquí y por allá se llenan las aceras de un manto de flores azules con tonos violáceos, acampanadas, que nos obligan a ser cuidadosos para no estropearlas al pisarlas, después de que se ofrezcan a millares como un regalo fuera de la dinámica de los mercados, porque todavía no la han convertido en mercancía. Cualquiera puede recogerlas del suelo y preparar un ramillete de libre composición donde lo único que cuenta es la sensibilidad del respeto a un bien entregado por la propia naturaleza, que sabe lo que entrega, aunque es probable que ella dude de qué es lo que se recibe.

Disputa su posición en la ciudad con las buganvillas ante miles de ojos buscadores de otra forma de admirarse y ver como transcurre la cotidianidad de la vida vestida con vistosos colores, porque saben que Antonio Machado recomendó cómo utilizar el campo de la visión personal e intransferible: «El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve.». Con él he paseado esta mañana por aceras-alfombra de jacarandá, buscando el sentido de un acertijo ético que escribió junto a su manera de ver a las otras personas, a la vida: Entre el vivir y el soñar hay una tercera cosa. Adivínala. Y buscando la mejor respuesta la he encontrado también en él: el despertar a nuevas sensaciones en tiempos revueltos, de turbación, donde a diferencia de la recomendación de Ignacio de Loyola, procuro hacer alguna mudanza cuando voy de mi corazón a mis asuntos: “Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: despertar”.

Sorteando un campo de flores, he sabido que ha llegado la hora de mi corazón: la hora de una esperanza y una desesperación. Hoy he salido a pasear de nuevo con Antonio Machado, un gran amigo de Sevilla, aunque fuera su hermano quien mejor la definiría como ciudad que a veces te deja sin palabras. Ella, Sevilla, se vale por sí sola, aunque hoy necesite las alfombras del jacarandá para recordarnos que en nuestro andar de soledad vemos cosas muy claras que no son verdad.

Sevilla, 15/05/2015

Noviembre, mes de la calidad

ASQ
https://asq.org/

He ofendido a Dios y a la humanidad porque mi trabajo no tuvo la calidad que debía haber tenido. Leonardo da Vinci (1452-1519)

Faltan días en los calendarios para celebrar los más diversos acontecimientos que controla la economía de mercado, en un control laico del santoral católico, muy activo a lo largo de los siglos. Consumimos más con ocasión de la celebración de trescientos sesenta y cinco días de todo lo que se mueve en un año en el mundo, en días especiales y en algún caso se acumula el consumo de forma asombrosa como ocurre en el Black Freeday de este mes. Por esta razón, me llama la atención que se promocionen meses de lo que sea ante el agotamiento del calendario anual, a lo que siguen y seguirán años, lustros y así sucesivamente hasta llegar a siglos y eras.

En esta vorágine de celebraciones con frenesí propio, hay que agregar en noviembre la del mes de la calidad. Nació la idea en Japón, en el año 1959, con motivo de la celebración del décimo aniversario de la revista «Control Estadístico de Calidad». No se ha promocionado mucho y es raro ver campañas publicitarias en tal sentido. Sería bueno rescatarlo en este país, como signo de que preocupa la aplicación de los grandes principios de la calidad en cualquier terreno humano. España tiene fama de chapucera en muchos órdenes y es un clamor popular que se descuida la calidad en muchos terrenos en los que nos movemos a diario, sobre todo por culpa de la mediocridad que nos invade.

La calidad debe ser el resultado de una actitud personal o laboral ante cualquier acontecimiento de la vida. Es curioso que en una sociedad donde proliferan los cursos de calidad por doquier, se constata que es una gran ausente en la vida ordinaria. El problema radica en que se ha convertido en un estándar más de promoción, con sello incluido y certificados ostentosos, pero no una actitud que complemente el conocimiento y la aptitud para desarrollarla desde el comienzo del ciclo educativo en la vida escolar y universitaria. La calidad no es un sello, sino una actitud continua en el tiempo que hay que aplicar en todos los órdenes de la vida. Un ejemplo contundente es el relacionado con el turismo en este país. Este año vamos a morir de éxito, pero las estadísticas nos ofrecen datos alarmantes de estándares de calidad que aprecian o no los que nos visitan, vinculados inexorablemente a la falta de criterios de sostenibilidad, falta de profesionalidad y alta precariedad en el empleo.

En el ámbito educativo pasa lo mismo. Las encuestas internacionales ponen a este país en su sitio y no es esplendoroso que digamos. Si nos referimos a la transparencia pública, igual. En el terreno de la política, mejor no hablar, porque los hechos demuestran que la calidad brilla por su ausencia en el terreno de la ejemplaridad que huye de toda mediocridad.

Noviembre se convierte en un mes para reflexionar sobre qué tipo de calidad practicamos y usamos a diario. Con un Estado que debería buscarla apasionadamente como actividad diaria y sin necesidad de que lo tuviéramos que recordar en un mes con clases prácticas de mercado, porque no es eso, es simplemente un derecho y deber del Estado y también de la ciudadanía que la sustenta y la sufre a diario. Porque debería darnos miedo la mediocridad galopante que nos rodea.

Sevilla, 5/XI/2017

Elogio de lo aparentemente inútil

EL SUENO

Presumes que eres la ciencia
Yo no lo comprendo así
Cómo siendo tú la ciencia
No me has comprendido a mí

Enrique Morente, Soleá de la ciencia

Vivimos instalados en una sociedad utilitarista, presidida por el imperio del mercado y sus mercancías. Los que tenemos la sensación de habernos equivocado de siglo lo pasamos muy mal, porque estamos convencidos del placer de lo inútil. La lectura de un libro muy recomendable, La utilidad de lo inútil (1), de Nuccio Ordine, me ha refrescado estos conceptos. Muy útil también para espíritus inquietos que priman el valor del conocimiento y de la admiración por todo lo que se mueve a nuestro alrededor. Imprescindible para militantes del Club de las Personas Dignas.

Son 172 páginas útiles para comprender el oxímoron (2) “utilidad de lo inútil”, pero se despeja inmediatamente cualquier duda al explicar el autor que la referencia a la utilidad se centra solo en aquellos saberes “cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista”. Es útil todo aquello que nos ayuda a ser mejores y decir esto en una sociedad de mercado puro y duro es para obtener matrícula de honor en la Universidad de las grandes avenidas digitales del mundo actual, a las que se asiste a clases “útiles” en zapatillas (pantuflas), como explicaba muy bien en su momento el profesor libertario Michel Onfray: “Si siguiera trabajando dentro del Ministerio de Educación debería respetar un programa, unos autores, unos conceptos, preparar a los alumnos para superar unos exámenes de acuerdo con unas determinadas fórmulas… todo eso está bien pero hay mucha gente que satisface esa demanda, que se adapta al molde. En el Ministerio te dejan enseñar la filosofía como quieres, pero sólo oficialmente porque hay que hablar de Platón, de Aristóteles, de todos los grandes autores, antiguos y modernos… no queda tiempo para adentrarse en otros terrenos”. Si a esto agregamos la realidad de la Universidad digital/global que es en sí mismo Internet, a la que puedes asistir con pantuflas también, desde tu casa, podemos atisbar que el gran reto del siglo actual es trabajar al servicio de la inteligencia compartida, del cerebro, gran desconocido desde el punto de vista científico.

Tenemos un tesoro individual que se llama cerebro, personal e intransferible, donde se puede elaborar el conocimiento gradual a lo largo de la vida a través de la inteligencia creadora, que es la única que nos libera. Tiene un problema que consiste en que no es transmisible automáticamente a los demás, sino que es imprescindible adquirir el conocimiento liberador, trabajarlo internamente a través del esfuerzo de cada persona a la hora de plantearse gozar de los que algunos llaman placeres inútiles para alejarlos del poderoso caballero don dinero. Así lo reconocía hace ya muchos siglos Sócrates en su diálogo Banquete: “Estaría bien, Agatón, que la sabiduría fuera una cosa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera del más lleno al más vacío de nosotros. Como fluye el agua en las copas, a través de un hilo de lana, de las más llena a la más vacía”.

Un ejemplo vale a veces más que mil palabras. Lo experimenté cuando escribí unas palabras el mes de mayo pasado para participar en un encuentro programado al respecto por la Asociación Sevilla Abierta en la Feria del Libro de Sevilla, con un hilo conductor muy sugerente “Reivindiquemos los placeres “inútiles” de la vida”. Mi reflexión sobre el placer de lo inútil lo centré en la tarea que abordo casi a diario, escribir, con la consideración de fondo que aprendí del premio Nobel Orhan Pamuk: “Escribir es como cavar un pozo con una aguja”. Algo aparentemente inútil, pero en lo que creo apasionadamente.
Sobre todo, cuando he sido capaz de comprender la “inutilidad” de las palabras de Pamuk: “¡Escribo porque quiero hacerlo, con toda el alma! Escribo porque a diferencia de otros, no me siento a gusto con un trabajo común y corriente. Escribo para que libros como los míos sean escritos y para poderlos leer. Escribo porque estoy molesto con ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me complace enormemente sentarme en un cuarto a escribir sin descanso. Escribo porque solamente modificando la realidad puedo soportarla. Escribo para que el mundo entero sepa cómo yo, cómo nosotros en Estambul y en Turquía hemos vivido y vivimos. Escribo porque amo el olor del papel, de la pluma y de la tinta. Escribo porque creo más en la literatura, en el arte de la novela, que en cualquier otra cosa. Escribo porque es un hábito, una pasión. Escribo porque tengo miedo de ser olvidado. Escribo porque me gusta la celebridad y toda la notoriedad que el escribir conlleva. Escribo para estar solo. Escribo en la esperanza de entender por qué estoy furioso con ustedes, con todos. Escribo porque me gusta ser leído. Escribo para terminar de una vez por todas esta novela, este texto, esta página que en algún momento comencé a escribir. Escribo porque todos esperan que escriba. Escribo porque tengo una fe infantil en la inmortalidad de las bibliotecas y en el lugar que mis libros tendrán en los estantes. Escribo porque la vida, el mundo, todo es increíblemente bello y maravilloso. Escribo porque gozo traduciendo en palabras toda la belleza y la opulencia de la vida. Escribo, no para contar historias sino para construir historias. Escribo para liberarme del sentimiento de que siempre existe un lugar al que -como en una pesadilla- jamás podré llegar. Escribo porque nunca he conseguido ser feliz. Escribo para ser feliz”.

Escribo porque es el mejor elogio de los placeres inútiles en el sentido menos utilitarista posible del término “inútil”, porque quiero ser feliz, porque me transforma y renueva continuamente el alma, porque podemos escribir la historia mejor y jamás contada, pero si le falta alma, no es nada (3): “Y eso el lector lo nota. Intuye que a esa perfección le falta algo”. Se llama corazón, alma, un texto en el cual se nota si el autor se ha enamorado de su libro, de sus artículos, más allá de las ideas que quiere contar”. Y me reafirmo en lo que ya he expresado en los últimos años sobre escribir con el alma, tal y como lo estoy haciendo ahora. Lo más útil que encuentro siempre en mi desván de sueños y placeres inútiles.

Sevilla, 4/XI/2017

(1) Ordine, Nuccio (2017, 17ª ed.). La utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado.
(2) Oxímoron (RAE. Diccionario usual): combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido, como en un silencio atronador.
(2) https://joseantoniocobena.com/2014/03/26/escribir-con-el-alma/

Las pequeñas cosas… de Cataluña (bis)

Uno se cree
Que las mató
El tiempo y la ausencia.
Pero su tren
Vendió boleto
De ida y vuelta.

Repasando páginas de este cuaderno digital, entristecido por la muerte de Daniel Viglietti, he recordado especialmente el artículo original que escribí con este título dos días antes de las elecciones en Cataluña, que se celebraron el 27 de septiembre de 2015. Dos años después, en la octava de la Declaración Unilateral de Independencia, lo he leído una y otra vez manteniendo el fondo y la forma de aquellas palabras, cambiando lo que hoy se debe cambiar, que solo estriba en los acontecimientos de aquella fecha que se tildaba de plebiscitaria y que hoy deben referirse a la sesión de infeliz memoria que el Parlamento catalán celebró el pasado 27 de octubre. De aquellos polvos han venido estos lodos. Quiero compartirlo en mi rincón de pensar, al que suelo acudir en momentos difíciles, exactamente como lo escribí, sin quitar o poner una sola coma. Hoy, pienso que aquello fue un aviso para navegantes.

Sevilla, 1/XI/2017

Aprendí a amar a Cataluña de un catalán sin ambages, Joan Manuel Serrat, que nos trajo siempre aires de libertad cuando este país te helaba el corazón. Ahora, a escasas horas de unas elecciones que se quieren convertir en plebiscitarias, me gustaría recordar aquellas pequeñas cosas que hoy son muy grandes por la ceguera de unos y la terquedad de otros. Aquellas actitudes catalanas que siempre caracterizaron a este territorio que forma parte de España atendiendo a la Constitución, que es una gran cosa. Siempre decíamos que había que aprender de Cataluña porque a diferencia de Euskadi hablaban democráticamente de sus señas de identidad, de su singularidad, sin recurrir a medios violentos. Nos parecía hasta bien, porque eran demócratas. Sabíamos también, que eran unos maestros en manejar el dinero y sus circunstancias. Otra pequeña cosa que les caracterizaba y de las que incluso hacíamos chistes sin compasión, aunque los admirábamos por los rincones. Cuando visitábamos esa gran ciudad que es Barcelona, decíamos siempre que aquella ciudad sí que nos hacía sentirnos europeos. Y en tiempos pretéritos, Cataluña nos abrió las puertas a la libertad que encontrábamos en Francia, aunque fuera para morir, como Antonio Machado. Pequeñas cosas que hoy son muy grandes. El tren de su forma de ser y sentir, catalanas por supuesto, nos vendió siempre boletos de ida y vuelta. Porque no las mató el tiempo y la ausencia… de cordura política.

Son aquellas pequeñas cosas,
Que nos dejó un tiempo de rosas
En un rincón,
En un papel
O en un cajón.

Aquellas pequeñas/grandes cosas, depende del color del cristal con que se miren, nos han dejado en muchísimas ocasiones tiempos de rosas, de éxitos, de reconocimiento mundial de sus grandes personajes, de su forma de diseñar ciudades mejores, industrias que eran y son locomotora del país, de un mar Mediterráneo al que todo el mundo canta, porque en el que baña a Cataluña muchos han jugado en sus playas y quizá sigue escondido aún su primer amor tras sus cañas. Pero muchos políticos fueron dejándolas en el olvido, en rincones, papeles y cajones de despachos públicos sin hacer concesión alguna al diálogo constructivo para ofrecer respuestas a sus peculiaridades, a sus pequeñas cosas políticas de su gran singularidad. A lo sumo, cambios apresurados constitucionales pero siempre en torno al poderoso caballero don dinero, cuando la auténtica cuestión no era sólo esa precisamente.

Como un ladrón
Te acechan detrás de la puerta.
Te tienen tan
A su merced
Como hojas muertas
Que el viento arrastra allá o aquí,

Y la peor seña de identidad de Cataluña, la intransigencia a cualquier precio, sin miramiento alguno, estaba detrás de la puerta, porque ya no eran pequeñas cosas, ya se convirtieron en grandes. Ahí es donde radica el auténtico problema. La rabieta del que no es escuchado se convierte en grito de independencia de algo y alguien que no te está atando sino que forma parte de una estructura de Estado que con otra decisión de Estado y sólo así, se entiende. No se hicieron los deberes democráticos y así hemos llegado hasta aquí. Ahora, gran parte de Cataluña y de España está a merced de quien estaba detrás de la puerta. Por cierto, los miles y miles de personas que no les gusta su forma de formar parte de España tienen la legitimidad de la discrepancia, pero siempre que respeten las reglas del juego democrático. Las elecciones del 27 de septiembre son unas elecciones democráticas para elegir un Gobierno en la Comunidad de Cataluña, pero no un plebiscito para alcanzar la escisión del país al que pertenecen.

Que te sonríen tristes y
Nos hacen que
Lloremos cuando
Nadie nos ve.

Tengo la impresión que horas antes de este día tan importante para España y Cataluña, por este orden, las pequeñas cosas políticas que ahora son ya demasiado grandes, nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve. Muchos catalanes, a los que me uno hoy sintiéndome catalán de razón y corazón, recordamos estas palabras de otro catalán excelente, Serrat, del que tanto hemos aprendido a cantar cosas importantes de la vida cuando casi nadie nos ve.

Sevilla, 25/IX/2015