Cuando te acompaña la ideología de Mozart

Hoy he vuelto a tocar en mi piano digital, con registro de clave, el Allegro en Si bemol mayor de Mozart (KV 3), que compuso cuando solo tenía seis años. He tardado un mes en interpretarlo con la ilusión que despierta en mi mente cualquier obra del niño Trazom (Mozart al revés), como a él le gustaba firmar en cartas escritas con la grafía de su alma compleja que nos ha llegado hasta nuestros días. Es asombrosa su obra con tan corta edad, pero su virtuosismo traspasaba fronteras en viajes frenéticos auspiciados por su padre, que pacientemente transcribió en un cuaderno dedicado a su hija Nannerl, en el que figuraba la preciosa obra iniciática del niño prodigio a quien tanto admiro.

En un cuadro extraordinario de Vermeer, La lección de música, se contempla un virginal que toca una joven, en el que figura una inscripción en su tapa, Musica laetitiae comes, medicina dolorum (La música es compañera en la alegría y medicina para el dolor), que es todo un programa didáctico para los que aprendemos a tocar un instrumento tan completo como es el piano. Efectivamente, la música está cerca de la alegría, pero en la dialéctica de la vida siempre está también cerca del dolor, de la tristeza. Así lo siguen reflejando hoy día en este tipo de instrumentos barrocos los artesanos holandeses que fabrican los diferentes modelos de cuerda pulsada con una púa de pluma de ganso, de cuervo o cóndor (llamada plectro), según el patrón artístico reflejado por Vermeer.

VERMEER
La lección de música

Hoy me lo ha recordado Vargas Llosa en un artículo comprometido con la actitud del maestro Daniel Barenboim, el extraordinario pianista y director de orquesta, que desde hace muchos años vive un compromiso activo con el necesario entendimiento palestino-israelí, a través del proyecto West-Eastern Divan Orchestra, con raíces andaluzas, que tanto aprecio también: “Mi admiración por Barenboim no es solo por el gran instrumentista y director; también por el ciudadano comprometido con la justicia y la libertad que, a lo largo de toda su vida, ha tenido el coraje de ir contra la corriente en defensa de lo que cree justo y digno de ser defendido o criticado”.

Cuando estamos asistiendo a un dolor mundial que se amplifica por días a través de las imágenes que recibimos a diario de los que huyen de guerras y luchas encarnizadas sin sentido alguno, he recordado estos testimonios de músicos que están cerca de la alegría y del compromiso social activo, como era el caso de Mozart o el de Barenboim hoy día; pero también del dolor, como demostró el pianista salzburgués a lo largo de sus treinta y cinco años de vida, estrenando su ópera magna, La flauta mágica, en un teatro de barrio y no en los auspiciados por la Corte o la Iglesia, con quienes se enfrentó por su falta de sintonía con la vida real del pueblo austriaco, o siendo boicoteado por su propio país Israel, como es el caso del director argentino, pero de alma israelita, palestina y española.

Abro imaginariamente mi piano y busco la inscripción pintada por Vermeer: Musica laetitiae comes, medicina dolorum. Toco los treinta compases de la obra iniciática de Mozart y pienso en el tren húngaro, con viajeros pakistaníes, afganos, sirios e iraquíes, migrantes hacia alguna parte, que ha sido recibido esta tarde en Salzburgo, camino de Alemania, entre vítores del pueblo austriaco. Como le gustaría a Mozart que hicieran sus paisanos, enseñándome a amar la música como escuela de compromiso con la alegría y el dolor humano. Como me lo recordaría también Barenboim en su próxima visita comprometida con Andalucía.

Sevilla, 6/IX/2015

Andalucía no es de librerías

SINTAGMA

Es la tercera vez que escribo en este blog sobre una realidad preocupante: cada día se cierran dos librerías en España. El lunes pasado cerró la librería Sintagma, en El Ejido (Almería). Decía ayer Winston Manrique Sabogal en el diario El País, haciéndose eco de esta triste noticia, que “En el Ejido hay un poco menos de vida. El lunes quedaban ya pocos libros en las estanterías de los 20 metros cuadrados de Sintagma, cuando, poco a poco, la gente empezó a llegar. Hacia la una de la tarde todo eran amigos, lectores, conocidos y clientes alrededor de Manuel García Iborra. Él no sabía nada de esa cascada de personas que lo saludaban, lo abrazaban, le daban las gracias, se lamentaban con él de la crisis, de la insensibilidad de las instituciones y de la sociedad. Todos compraban algún libro, otros varios libros, y unos cuantos le pedían que les firmara los ejemplares. Ese día lo trataban como a un gran autor. Y solo era el propietario de una librería”. Ese día cerró la única librería que quedaba en el mar de plásticos de esa zona almeriense, como una isla desconocida de Saramago.

Creo que es una triste noticia. El pasado mes de junio escribí sobre esta crónica anunciada de la muerte de las librerías, en un post muy explícito sobre esta realidad tan preocupante: “Esta mañana lo he comprobado de nuevo: Sevilla no es de librerías, sino de bares. Mi camino del amanecer tenía hoy un objetivo concreto: entrar en las benditas librerías de la ruta escogida que, al igual que las iglesias vacías del poema Entro Señor en tus iglesias, de Rafael Alberti, estaban llenas del arte de enhebrar palabras, pero a los presuntos compradores no se les veía por ningún sitio. Y mi corazón anonadado ha gemido durante unos minutos, en una auténtica soledad sonora».

Se acumula mi tristeza por estas realidades tan sonoras y que pasan tan desapercibidas para muchas personas. Cada vez que se cierra una librería se cierran muchas posibilidades de crecer en conocimiento y cultura por parte de la población que la rodea. Sé que hay alternativas, pero la esencia del profesional de los libros, como era en el caso de esta librería almeriense, no la sustituye Amazon ni las realidades virtuales más avanzadas. Cuentan que este espacio de inteligencia conectiva era una isla desconocida para el gran público pero muy querida para quien la descubría: “No solo era una librería esencial y emblemática, era muchííííísimo más. Hacía de agente cultural y cumplía una labor social; era un sembrador de ilusiones en un municipio desértico en cuanto a actividades culturales, de rápido enriquecimiento debido a la agricultura de invernadero, y con alto porcentaje de inmigrantes. El Ejido, el Mar de plástico, dice García [Manuel García Iborra, su dueño] “es una zona de trabajadores agrícolas, no universitarios y con bajo índice de lectura, pero donde los padres quieren que sus hijos lean”.

Retomando las palabras ya escritas en mayo, las traigo a colación pero pensando en Sintagma y en su desaparición por liquidación, porque en El Ejido, en su Plaza Mayor, 3, ya no podrán saludar a autores muy queridos por mí, Pasolini, Galeano, Enzensberger, Cobos Wilkins, García Márquez, Muñoz Molina, Pamuk, entre otros: “Allí estaban, en columnas de a diez, de a veinte, esperando ser elegidos por un lector de la verdad posible, mezclados en todas las especialidades que el mundo de la letra impresa permite manifestar la palabra escrita que todavía queda en soporte papel, el que tanto defiende Vargas Llosa, entre otros”.

Tampoco se podrán recorrer las estanterías y mesas de novedades de Sintagma, buscándolos desesperadamente, aunque me hubiera gustado acompañarles el lunes pasado para que no se sintieran tan solos, junto a Manuel, un librero con alma.

Sevilla, 3/IX/2015

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.portalejido.com/libreriasintagma/.

Ha muerto Oliver Sacks como del rayo, una persona imprescindible…

OLIVER SACKS
Hay hombres que luchan un día y son buenos, otros luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero están los que luchan toda la vida, y esos son los imprescindibles

Bertolt Brecht

Nos preparó para su ausencia a través de un artículo memorable, Habla la memoria, que cité en un artículo de este blog, en el mes de febrero pasado. Lo reproduzco a continuación porque sigo pensando que su aportación a la vida ha sido la de una persona imprescindible, tal y como lo definía Bertolt Brecht. Con mi agradecimiento desde la memoria de secreto y porque comprendí muy bien a través de su investigación, un día ya lejano, que la ausencia de color en la vida solo permitía ver la existencia desde un gris triste para el que no estamos precisamente concebidos en la evolución de las especies. Afortunadamente.

Sevilla, 30/VIII/2015

NOTA: la imagen de Oliver Sacks, se ha recuperado hoy de: (http://www.elblogdemontaner.com/la-ultima-leccion-de-oliver-sacks/ )

CUANDO LA MEMORIA HABLA

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Oliver Sacks, Mi propia vida

No todo depende del cristal por el que se contempla la vida. Somos deudores permanentes de la memoria, aunque Juan Ramón Jiménez recordara siempre el cristal amarillo de la casa de su infancia y escribiera un libro que incorpora este color en todas sus páginas, recordando la imagen de una cancela que dejaba pasar la luz por ese cristal pintando los objetos de su casa con ese color. Escribo estas palabras como un pequeño homenaje a Oliver Sacks, un neurólogo inglés del que he aprendido mucho a lo largo de mi vida. Ahora, nos entrega un mensaje sereno sobre su realidad vital, a los 81 años, cuando sabe que un cáncer le aproxima a una realidad insoslayable, porque todo tiene su tiempo, en un artículo sobrecogedor publicado en el New York Times con un título premonitorio: Mi propia vida (1).

He comentado el color porque la lectura de un libro suyo, La isla de los ciegos al color, me aproximó a su investigación de cómo los pacientes aprenden a vivir con su enfermedad, la acromatopsia, hasta alcanzar un mimetismo asombroso con ella, aunque sufren ceguera del color, porque no les permite agregar color a la óptica de sus vidas. Todo se ve siempre de color gris en dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, donde se concentra esta enfermedad, que permiten “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks. Creo que comprendí bien el trasfondo de su libro, cuando contemplé en una ocasión una foto en blanco y negro del fotógrafo Erich Lessing en pleno rodaje de la película “Sonrisas y lágrimas”: “La vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y las lágrimas, permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guion que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral”.

ERICH LESSING-2

Uno de sus últimos descubrimientos de senectud ha sido la memoria alojada en el cerebro de cada persona y sus manifestaciones a lo largo de la vida, que se enriquece con el paso de los años. Así lo ha dejado patente en un artículo extraordinario, Habla la memoria, que centra muy bien el poder real de la dialéctica permanente entre la memoria histórica y la narrativa. Más aún, si se deja hablar a la memoria, de su profundidad histórica, de lo que esconde (sin ser plenamente conscientes de ello) a través de la criptomnesia, que protege de forma sabia determinados olvidos: “Nosotros como seres humanos hemos desarrollado sistemas de memoria que tienen fallos, fragilidades e imperfecciones” […] “La indiferencia sobre las fuentes nos permite asimilar lo que leemos, lo que nos cuentan, lo que dicen otros y pensar, escribir y pintar, de una forma tan rica y tan intensa como si fuesen experiencias primarias. Nos permite ver y escuchar con los ojos y los oídos de otros, entrar en la mente de los demás, asimilar el arte y la ciencia y la religión de toda una cultura”. Cita a Holmes de forma muy gráfica para explicar el potencial de la memoria enriquecida con las experiencias de la vida, citando la cleptomanía literaria que sufría Coleridge: “sus autores alemanes le dieron apoyo y consuelo: en una metáfora que utiliza a menudo él mismo, [sus textos] se entrelazaron alrededor de ellos como la hiedra alrededor de un roble¨. Muchas veces, nos enredamos en personas y sucesos que encadenan historias que no nos pertenecen en realidad, pero que las llegamos a hacer nuestras.

Hay que dejar hablar a la memoria, que no es un ordenador al uso. Sus imperfecciones son nuestra seña de identidad humana, tal y como lo explicaba Oliver Sacks, porque la sana indiferencia a las fuentes “nos permite asimilar lo que leemos, lo que nos dicen, lo que otros dicen y piensan escribir y pintar, tan intensa y ricamente como si fueran experiencias primarias. Nos permite ver y escuchar con otros ojos y oídos, para entrar en otras mentes, para asimilar el arte, la ciencia y la religión de todas las culturas, para celebrar y contribuir a la mente común, la mancomunidad general del conocimiento. Este tipo de intercambio y participación, esta comunión, no sería posible si todos nuestros conocimientos, nuestros recuerdos, estuvieran perfectamente marcados e identificados como privados, exclusivamente nuestros. La memoria es dialógica y surge no sólo de la experiencia directa, sino de la relación de muchas mentes”.

Algo así como la experiencia actúalo de la Noosfera, al unirse en una gran malla humana los cerebros pensantes del mundo en el que vivimos, entrelazando las memorias históricas y las narrativas de los internautas como «la hiedra rodea a un roble». Es justo decir que gracias también a la memoria de Oliver Sacks, que tantas veces nos ha acompañado para comprender mejor la ceguera al color con el que solemos contemplar nuestras vidas cuando se instalan en un gris perpetuo. La vida es algo más que el blanco y negro, que los grises. Porque el cerebro está preparado para interpretar todos los matices cromáticos de la vida en libertad, sin dejar ninguno atrás.

Sevilla, 20/II/2015

(1) En el diario El País (2015, 20 de febrero), se puede leer la traducción del citado artículo original.

La fábrica de sueños

FVF
Fundación Vicente Ferrer

En India se localizan las fábricas de sueños más importantes del mundo. Todas están vinculadas con el cine espectáculo y fantástico, que nada tiene que ver con su realidad más próxima. En este contexto tan paradójico, asistimos en nuestro aquí y ahora a la representación gráfica más dura que podamos imaginar, atados al realismo del sinsentido humano a través de las migraciones provenientes de países en guerra o instalados en la miseria más absoluta. Algunas veces deberíamos soñar despiertos para defender la dignidad humana que falta en nuestro mundo más próximo, que no está en India ni Siria, sino más cerca de lo que pensamos.

Me ha sorprendido leer en un boletín de la Fundación Vicente Ferrer (Junio 2015) un artículo sobre las fábricas de sueños en India, formando parte de su cultura desde hace más de cien años a través de la industria del cine. La pregunta del millón de dólares es obvia: ¿por qué?: “Al público indio le apasionan las películas espectaculares y fantásticas: películas que tienen poco en común con el día a día de la mayoría de la población. Lo cuenta Álvaro Enterría en el libro “La india por dentro”: “Una vez un amigo mío me dijo que no le gustaba el cine occidental: para ver un mundo realista ya tenía el mundo normal. El cine indio fabrica sueños”.

Lo entendí perfectamente. Ante el realismo español, como marca de las casas tristes y tibias, sin necesidad de importar el italiano o el genuino realismo mágico colombiano, se hace imprescindible descubrir esta experiencia india. Tenemos el ejemplo de la Fundación Vicente Ferrer, en su territorio querido de Anantapur, muy cerca de la industria cinematográfica de Tollywood. Sus cines se llenan a diario para soñar en otro mundo posible, pero las personas que asisten y conocen la Fundación ya conocen otra realidad bien distinta, sin necesidad de entrar en estas fábricas tan artificiales. Su realidad ha cambiado en términos de dignidad humana, porque quienes la viven son auténticos actores en sueños que se cumplen día a día gracias a la generosidad humana, defendiendo derechos y deberes, huyendo de la mercancía en la que a veces convertimos el plató de la vida.

Sevilla, 29/VIII/2015

Un paseo llamado libertad

WANDERLUST
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido.

Pablo Neruda, en Walking Around

Ocurrió hace millones de años. Tuvo que ser un momento mágico de la evolución humana. Un día muy lejano ya en el tiempo y no suficientemente investigado todavía, un antropopiteco erguido comenzó a andar de forma productiva sobre dos pies y comenzó a ver de forma diferente el mundo que le rodeaba. Este momento tan especial decidió contarlo a los que le rodeaban, gracias a un pequeño hueso, el hioides, que le permitió pronunciar las primeras palabras entre seres humanos, muy afanados en la cocina de la caza y pesca, menesteres aprendidos en el patio muy particular de sus cavernas.

Así comenzó una historia jamás bien contada, mucho más allá de la creación porque todo era evolución. Y comentó sus primeros paseos por suelo africano, cómo había vivido aquella experiencia maravillosa, hasta que asimilando la presencia en su entorno de un pequeño pájaro, el escribano añil, decidió comenzar esa aventura iniciática para seres inteligentes con sentimientos y emociones, viajar, que hoy conocemos a través de estudios científicos que “nos aportan datos reveladores y concluyentes sobre el momento histórico en que los primeros humanos modernos decidieron abandonar África y expandirse por lo que hoy conocemos como Europa y Asia. A través del ADN de determinados pueblos distribuidos por los cinco continentes, el rastro de los humanos inteligentes está cada vez más cerca de ser descifrado. Los africanos, que brillaban por ser magníficos cazadores-recolectores, decidieron hace 50.000 años, aproximadamente, salir de su territorio y comenzar la aventura jamás contada. Aprovechando, además, un salto cualitativo, neuronal, que permitía articular palabras, utilizar sabiamente el fuego, alimentarse con alimentos cocinados y expresar sentimientos y emociones. Había nacido la corteza cerebral de los humanos modernos, de la que cada vez tenemos indicios más objetivos de su salto genético, a la luz de los últimos descubrimientos de genes diferenciadores de los primates, a través de una curiosa proteína denominada “reelin” (1). Aquellos primeros paseos de nuestros antepasados fueron sorprendentes, algo parecido a los del primer astronauta en la luna.

Desde entonces han ocurrido muchas cosas alrededor de la bipedestación humana, porque se ha demostrado que nacemos para caminar, para hablar y para aprender. Es lo que la ciencia nos aporta hoy a través de investigaciones fascinantes (2). Ahora, un libro que me despertó gran interés en el pasado mes de abril, Wanderlust. Una historia del caminar, sobre el que escribí un post refiriéndome a él, En caminar juntos está el secreto, ha llegado a mis manos por una llamada de atención de un gran escritor argentino, Patricio Pron, en un breve artículo, Al andar, donde manifiesta la importancia de andar como una disidencia que abre horizontes a la inteligencia humana y a la libertad: “Pensar y caminar (más aun: vagabundear sin rumbo, abiertos a lo que vemos y al efecto que todo ello provoca en nosotros) serían, pues, actividades antieconómicas (“anticapitalistas”, se puede decir) y, por consiguiente, no debería sorprendernos que, como recordó recientemente el escritor español Isaac Rosa en este mismo periódico [Rosa, Isaac (2015, 27 de abril). Buena gente que camina. Babelia (El País)], las manifestaciones políticas más recientes en España (y no sólo en ella) hayan tenido el carácter de una marcha “que prolonga el caminar como un acto político, una forma de desobediencia civil” (3).

EL CUARTO PODER
Giuseppe Pellizza da Volpedo (1901). El Cuarto Estado.

En mi persona de secreto, que siempre pasea conmigo en silencio sonoro, resuenan las primeras palabras del secreto de caminar que escribí aquél día, porque andar no es una decisión inocente, sino política (en el buen sentido de la palabra “política”: de ciudadanía comprometida): “Siempre me ha sorprendido el cuadro “El Cuarto Estado”, al que hizo tan famoso la película “Novecento” de Bertolucci. Lo contemplé a diario en los meses que duró la promoción de la película, cuando vivía en Roma en 1976, a través de las ventanillas de los autobuses 881 y 62, camino de mi Facultad. Descubrí entonces que en caminar juntos está el secreto de la vida”, es decir, descubrir que al igual que hicieron nuestros antepasados hay que hacer camino al andar, con tu quiero y mi puedo, ante la imperiosa necesidad de levantarnos del suelo para seguir caminando en situaciones impresentables a las que nos lleva muchas veces, por las aceras de la vida, la sociedad de mercado y sus mercancías.

Sevilla, 21/VIII/2015

(1) Cobeña, José Antonio (2015, 15 de abril). MasterCerebro.
(2) Marcus, G. (2005). El nacimiento de la mente. Barcelona: Ariel.
(3) Pron, Patricio (2015, 17 de agosto). Al andar. El País.

Carpe diem: a cada día le basta su afán

Hace un año que el actor Robin Williams se bajó del mundo que ordenó parar porque no le satisfacía y que en su momento ensalzó como actitud posible Groucho Marx, tomando una decisión controvertida para cualquier ser humano, que nos cuesta comprender. Le dediqué aquél día unas palabras especiales en el contexto de hacer siempre de este mes un agosto diferente, que reproduzco íntegramente hoy por su fondo y forma, porque busco siempre respuestas constructivas a la soledad acompañada en un mundo diseñado a veces por el enemigo. Como la que él vivía.

Gracias, capitán, gracias…

Sevilla, 11/VIII/2015

HAGAMOS UN AGOSTO DIFERENTE (III) El ejemplo de un gran actor: Robin Williams


Carpe Diem: Vivid el momento. Coged las rosas mientras aún tengan color pues pronto se marchitarán. La medicina, la ingeniería, la arquitectura son trabajos que sirven para dignificar la vida pero es la poesía, los sentimientos, lo que nos mantiene vivos.

Carpe diem. Siempre he valorado esta expresión, recordada de forma especial en una excepcional película, El Club de los poetas muertos, protagonizada por Robin Williams, actor inolvidable para muchas personas que se identificaron con un profesor especial, John Keating, interpretado de forma magistral por él. Hoy hemos recibido una noticia triste, su fallecimiento en la residencia ya habitual de San Francisco, probablemente cansado de vivir a pesar de él mismo, de su carpe diem particular, sabiendo que ha hecho felices a muchas personas con sus interpretaciones mágicas de actor comprometido con guiones especiales capaces de transmitir sentimientos y emociones diferentes.

Aquella película hizo historia en mi vida. La recuerdo en todos sus planos principales, destacando sobre todo los momentos estelares de la forma de entender la vida el profesor Keating y transmitirla a los demás, fundamentalmente a sus cuatro alumnos especiales por su condición de seguidores de un gran maestro. Desde el comienzo de la película, un nuevo profesor iba a cambiar la vida de alumnos en la mejor tradición de maestría de la vida, que tanto he valorado siempre en mis profesores de diferentes ciclos vitales, tanto académicos como profesionales, porque todos no han sido iguales. Mi maestra especial, Dª Antonia, me enseñó, por ejemplo, la primera versión del carpe diem infantil casi en un alma adulta, que siempre recuerdo de forma entrañable. Cuidó mucho mis sueños en paraísos perdidos, porque mi vida pequeña no daba para más, porque para ella era muy importante cada momento mío, en definitiva mi tiempo…

Era lo que John Keating/Robin Williams intentaba transmitir a sus alumnos desde la primera clase: que amaran el tiempo real de cada uno, cada momento, porque nada se repite, porque nadie se baña dos veces en el mismo río. A través de la poesía, porque siempre que se crea y piensa en algo, se puede dar el énfasis que cada persona necesita en su momento personal e intransferible y así se rompen esquemas. Esa es su verdadera razón, que Juan Ramón Jiménez también nos transmitió de forma excelente: amor y poesía, cada día.

Además, la libertad debe estar presente en esta acción poética. Él se lo enseñó a los cuatro alumnos que copiaron su experiencia vital: crear un nuevo Club de los poetas muertos, amando la transgresión de la vida cuando sus pilares se tambalean, tal y como está sucediendo en la actualidad. Ellos decidieron apostar por la libertad personal y colectiva frente a los cuatro pilares de su colegio: tradición, honor, disciplina y excelencia.

El desenlace de la película es conocido y doloroso. Al final, como a casi todas las personas que introducen cambios en la vida, en la sociedad, se las expulsa de la misma, con silencios cómplices. No es de extrañar que todos los alumnos firmaran la expulsión del profesor Keating. Un final, salvando lo que hay que salvar, que tiene un parecido extraordinario con los planos finales de La lengua de las mariposas, en el momento que los alumnos tiran piedras a su profesor, D. Gregorio, que tanta felicidad les había proporcionado, en un silencio cómplice desolador ante la cordada de presos.

Y al final de la película de su vida, podríamos gritar a los cuatro vientos las palabras coreadas por sus alumnos subidos en los pupitres: “Oh capitán, mi capitán”, mejor hoy “Oh, Robin, nuestro Robin”. Y el actor, en su carpe diem actual seguro que volverá a respondernos generosamente “gracias chicos, gracias”.

The end.

Sevilla, 12/VIII/2014

Seis propuestas para este agosto / 6. El arte de soñar

EL SUENO
«Recuerdo los ojos de mi esposa otra vez. Nunca veré cualquier cosa más aparte de esos ojos. Ellos preguntan.»

Antoine de Saint Exupéry, Terre des Hommes, 1939

Cuando era pequeño me emocionaban las dos palabras inglesas, The End, que aparecían siempre en los últimos planos de las películas de sesión continua, en los cines refrigerados del ferragosto madrileño. Fue especial el día de Candilejas, porque Chaplin era un ídolo de mi vida en el barrio de Salamanca, para un niño del Sur que soñaba con su tierra de origen, viviendo el discreto encanto de la burguesía, tan lejana de la ternura triste de Charlot, de los cómicos, como el que representaba el payaso Calvero en aquella hermosa película.

He querido construir un contexto humano especial con estas seis propuestas, que acaban hoy con el espíritu intacto de Ítalo Calvino, en un mundo diseñado a veces por el enemigo, porque proponer es mejor que destruir o tirar tapias por sistema sin posibilidad de reconstrucción alguna. Sé que la sociedad actual nos impide casi siempre soñar despiertos, pero no me resigno a estar encerrado en el club de los tristes o, algo peor, en el de los tibios. Recuerdo que en mi infancia de tierras de Castilla, el confesor de mi colegio nos recordaba los primeros jueves de cada mes y con voz trémula la cita del Apocalipsis que siempre he tenido presente, la cita “pi”, porque era la del capítulo 3, 14-16: “porque no estáis fríos ni calientes, sino tibios, estoy a punto de vomitaros de mi boca”. Y se quedaba tan pancho, aunque su terror hacía estragos en nuestras pequeñas conciencias. Me alegra, por tanto, pertenecer al Club de las Personas Dignas, lejos de la Iglesia aquella de mi infancia, la del miedo, que no quiere hoy Francisco.

Todas las películas tienen un final (es lo que tienen de malo…), pero la vida sigue siempre dispuesta a ofrecernos miles de oportunidades para creer que todavía es posible ser y estar en el mundo de otra forma, soñando despiertos, porque deseamos cambiar aquello que no nos hace felices, que mina a diario la persona de todos o la de secreto que llevamos dentro. El cine de mi infancia contemplaba siempre descansos pero, cuando soñamos, la vida no se detiene sino que solo esperamos, mientras caminamos, que se cumplan los deseos irrefrenables de alcanzar resultados pretendidos. Descansar en agosto es, a veces, despertar a nuevas experiencias de lo que está por venir, donde cualquier parecido con la realidad, a diferencia de lo que ocurre con las películas, no es pura coincidencia, sino el fruto de un sueño realizado, porque es legítimo que así sea. Como en el campo, los sueños realizados son solo para quienes los trabajan.

Lo escribí en la Navidad de 2013 y me reafirmo en todas y cada una de aquellas palabras que han pasado ya por el implacable túnel del tiempo, ante la imagen que encabeza este post y que guardo en mi museo de las pequeñas cosas, no inocente y de apertura inmediata en este mes de agosto: “Saco una bella lección. En estos momentos de contexto complejo para todos, sin excepción, hay que mirar esta foto con atención preferente y aprender a cerrar los ojos ante aquello que no nos proporciona bienestar alguno, buscar un rincón de paz en la vida particular de cada uno y soñar de forma consciente, como lo hacen estas mujeres, sin esperar al sueño de la noche, que casi siempre se queda en el olvido. Y una última reflexión: es conveniente soñar junto a la persona que queremos, porque la felicidad es mayor, al trenzarse el amor como una cuerda de tres hilos, que difícilmente se puede romper. Y estos días de tanta mercancía ofrecida a cualquier postor, podemos probarlo. Es lo que tiene no confundir en Navidad [o en agosto…], como todo necio, el valor y precio de cada sueño”.

Con Arte.

THE END

Sevilla, 8/VIII/2015

Seis propuestas para este agosto / 5. El arte de dignificar

Necesitamos dignificar cada segundo de nuestra vida, hacer digno o presentar como tal a alguien o algo. Hablamos con frecuencia de dignidad, pero creo que no conocemos bien su significado real, su recorrido histórico en España desde el siglo XVIII, primera realidad de fijación histórica, limpieza de miras y ofrecimiento de todo su esplendor a través de los significados otorgados por las personas, en el argot del lema de la Real Academia Española. Vivimos una constante frivolidad y mediocridad en un mundo global donde la dignidad sufre un acoso y derribo por parte de intereses espurios controlados siempre por el poderoso caballero don dinero. Las personas son las principales afectadas por su contrario, la indignidad, por la falta de respeto, de educación, así como del nulo reconocimiento de derechos y deberes fundamentales de quienes la sufren, tanto en la familia, como en el trabajo y en las relaciones sociales. Ausencia de reconocimiento humano, de respeto integral, mucho más cerca de nosotros de lo que parece.

Después de más de dos siglos de andadura en el lenguaje de nuestro país que figura en los diccionarios, podemos fijar bien la palabra dignidad, sin adulterarla ni contaminarla, respetando su propia historia social, aceptando que es una palabra muy apreciada, compartiendo su raíz histórica y de arraigo popular. Una persona digna es un ejemplo siempre de seriedad, gravedad y decoro en la manera de comportarse, es decir, manifiesta pureza, honestidad y recato; se aprecia y defiende su honra, estimación, modestia, mesura y circunspección, entendida ésta como atención, cordura y prudencia ante las circunstancias, para comportarse comedidamente. El arte de dignificar a personas, situaciones y objetos es la gran tarea que podríamos proponer de aquí en adelante, contrarrestando la indignidad galopante que nos rodea.

Nos necesitamos y juntos podemos hacer camino al andar, dignificando a las personas que queremos, a las creencias políticas que nos siguen pidiendo que no abandonemos a los sin voz, a los que menos tienen, a los que llamamos torpes, a las personas pobres de todo: de espíritu y carne, de dinero, del tener y ser; a las personas que ejercen una política digna, a los que defienden que todos no somos iguales, a las personas que aun equivocándose están dispuestas a rectificar, a los que les preocupa el silencio de las minorías; a los que defendemos la sociedad del bienestar social, a los que quieren y desean dejar de estar intranquilos porque pierden ilusiones, dinero y puestos de trabajo, a los que tienen muy claro desde el punto de vista político que no es lo mismo trabajar por la defensa de derechos y deberes, que por la mera mercancía…

He escrito muchas veces sobre la dignidad. El arte de dignificar, tal y como se ha explicado anteriormente, exige unas condiciones muy estrictas para pertenecer en este mes de agosto al Club de las Personas Dignas. En cada aquí y ahora, con ayuda de Declaraciones Internacionales, Constituciones y Estatutos de Autonomía, debiendo ser nuestro empeño al creer en el significado de esa maravillosa palabra, dignidad, trabajando denodadamente para recuperar su auténtico significado activo, no impreso, y quedarnos con ella, tal y como lo aprendí -un día ya muy lejano- de Blas de Otero, en momentos difíciles de España.

Hablamos de propuestas, proposiciones dignas, como también aprendí de Pablo Milanés, de las suyas, tal y como él las cantaba. No hacen falta ya muchas palabras para compartir este empeño de compartir ilusión por cambiar aquello que no nos hace felices, por mucho que el mercado se empeñe en convencernos que la felicidad es tener y no ser. Es más fácil estar atentos a disfrutar esta jornada de agosto, sin ir más lejos, inquietando el gusto de los demás a través de los sentidos, compartir mensajes y propuestas que entusiasmen a los demás, sobre todo a los que están más cerca, lanzándonos por caminos y veredas anunciando que otro mundo es posible, porque la primavera llega siempre, de forma puntual, haciendo nuestro el crisol de esta morada, como si fuéramos a cumplir nuestro último sueño. Con arte.

Sevilla, 7/VIII/2015

Seis propuestas para este agosto / 4. El arte de callar

EL ARTE DE CALLAR

Me fascinó su lectura. Es un libro precioso, El arte de callar (1), donde aprendí a practicar el silencio como arte sublime, porque solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio (Abate Dinouart, Principio 1º, necesario para callar). He escrito muchas veces en este cuaderno digital sobre esta manifestación artística que podemos alcanzar los seres humanos, imprescindible en este tiempo de vocerío, tertulias en el reino mediático de la opinión, falta de teoría crítica y donde todo el mundo se anima a publicar un libro sin compasión alguna hacia los demás, donde el striptease personal más vergonzante hace estragos en los medios de opinión.

He recordado de forma especial un post que escribí en 2008, Cuando el cerebro prefiere callar, porque en este momento no tengo más que decir sobre esta maravillosa propuesta de agosto. Lo reproduzco a continuación porque mantiene el fondo y la forma del hilo conductor de esta serie. Espero que disfruten con su lectura tanto como yo lo hago introyectándolo de nuevo y manteniéndolo en la memoria de mis silencios, aunque quede una tarea extraordinaria para el reto de vivir despierto: practicar el silencio. Con arte.

Sevilla, 6/VIII/2015

(1) Dinouart, A. (2003). El arte de callar. Madrid: Siruela, p. 53 (4ª ed.).

NOTA: imagen tomada de http://www.logopediatorrent.es/blog/el-arte-de-hablar-la-virtud-de-callar-la-importancia-de-escuchar/

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Cuando el cerebro prefiere callar

ARTE DE CALLAR
Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio
Abate Dinouart. Principio 1º, necesario para callar.

Hacía referencia Antonio Muñoz Molina a Cervantes, en un artículo extraordinario en el suplemento Babelia de 13 de diciembre de 2008 (1), con la siguiente frase controvertida: “En el Quijote, Cervantes atribuye a su cronista embustero y apócrifo Cide Hamete Benengeli una aspiración que siempre me ha parecido enigmática:… y pide que se le alabe no por lo que dijo, sino por lo que dejó de decir”. El cerebro nos permite actuar con estas autorestricciones a la activación de la memoria, obedeciendo a órdenes de la corteza cerebral a diversas estructuras cerebrales que intervienen en el proceso de la memoria para que no recuperemos, en determinados momentos, aquello que no interesa, no es conveniente recordar o simplemente, aunque se recuerde a la perfección, no se debe verbalizar.

Personalmente estoy preocupado con el mundo que me rodea lleno de ruidos y de palabras por doquier. Hoy, no es socialmente correcto hablar del silencio y los cerebros se preparan, en la medida de sus posibilidades, a convivir permanentemente con el ruido de alrededor, cualquiera que sea, porque no gusta la soledad. Además, siempre que se está con los demás se considera no prudente estar callados. Se imponen nuestros criterios, nuestra forma de pensar, nuestros gustos, sin escuchar. Caiga quien caiga. Además, supe en 2006 de una afirmación del primatólogo Josep Call, experto español en estudios comparados entre los simios y los seres humanos, que recogí en un post que llevaba por título “Los ultrasociales”, del que entresaco los siguientes párrafos por su aportación contradictoria con la conducta común humana: “Los chimpancés son muy sociales, pero los humanos se distinguen de otros primates en que son ultrasociales”. Sin embargo, también había manifestado en la misma conferencia pronunciada en Barcelona, el 14 de marzo, que cuando se realizó una prueba de conversación hace unos años en el Centro de Investigación del Lenguaje de Atlanta (EE UU) con un simio que se comunicaba a través de un ordenador, el resultado fue decepcionante: “Se vio que a los chimpancés no les interesa para nada conversar y sólo usan el modo imperativo, para pedir zumo o comida”. […] Pasa como en los tiempos que corren, donde en todos los terrenos sociales, políticos, empresariales, universitarios, familiares, nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (Aristóteles), algunos lo llaman Dios ó deidad, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos. La experiencia de Atlanta refuerza una tesis emocionante. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse. A pesar de los tiempos que corren que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo”.

Pero, si sabemos por qué hablan las personas, ¿podemos saber también por qué callan? Sobre la primera cuestión ya comenté ampliamente la respuesta adecuada en un post específico, ¿Por qué hablan las personas? y que recomiendo su atenta lectura para aproximarse al análisis que se plantea en el mismo. Sobre el silencio humano, hay mucho que investigar, porque aunque utilicemos un lenguaje cinematográfico, el ser humano ha nacido para hablar, es decir, el cerebro está pre-programado para hablar y que comentaba también en el post anteriormente citado: “Todavía me sobrecoge el descubrimiento de Selam (paz), la niña de Dikika, al que dediqué un post específico, cuando se valoró la localización de su hueso hioides como un hallazgo trascendental para conocer el origen del lenguaje en el “equipo” de fonación pre-programado en los seres humanos, a diferencia de los chimpancés y macacos más próximos en nuestros antepasados (siempre se ha dicho -desde el punto de vista científico y hasta con cierto desdén- que los monos no hablan): “Y lo que me ha llamado la atención poderosamente, desde la anatomía de estos fósiles, ha sido el hallazgo de un hueso, el hioides [Hueso impar, simétrico, solitario, de forma parabólica (en U), situado en la parte anterior y media del cuello entre la base de la lengua y la laringe], que es el auténtico protagonista, porque su función está vinculada claramente a una característica de los homínidos: el hioides permite fosilizar el aparato fonador, es decir, hay una base para localizar la génesis del lenguaje, aunque tengamos que aceptar que el grito fuera la primera seña de identidad de los australopitecus afarensis”. Nunca sabremos si Selam, que cumpliría hoy tres mil millones, trescientos mil años, dijo alguna vez ¡mamá!, aunque su hueso hioides nos permite vislumbrar que sí habló”.

Si estamos pre-programados para hablar, tendremos que acatar que callar es un arte y una defensa neuronal, perfectamente organizada en el cerebro, mediante la complementariedad sinfónica de diversas estructuras cerebrales, porque la realidad terca es que tenemos que hacer esfuerzos para callar porque no estamos pre-programados para ello. Hablamos porque recordamos: palabras, gestos, acontecimientos vitales, entre otras razones de vida. Callamos, porque inhibimos determinadas palabras, gestos, acontecimientos vitales y todos los aprendizajes acumulados a lo largo de la vida sobre estas estructuras conductuales y éticas. Y los silencios se acaban proyectando también a través de los estereotipos definidos en determinadas enfermedades mentales. Y es curioso: lo que sabemos hoy a ciencia cierta es que nuestros antepasados homínidos no estaban preparados para hablar, aunque la niña de Dikika, jugando con el hueso hioides, grite hoy a los cuatro vientos que hablar es cosa de personas…, como ella, después de haber callado durante millones de años.

Vuelvo hoy a recoger en mi mesilla de noche cerebral, un libro muy querido para mi persona de secreto: El arte de callar (2). Fui directamente a la página 53 y leí el último principio necesario para callar, el 14º: “El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades sin cubrirlas de mentiras”. En definitiva, ética cerebral del silencio.

Sevilla, 20/XII/2008

(1) Muñoz Molina, A. (2008, 13 de diciembre). Jugadores de cartas, El País (Babelia), pág. 13.
(2) Dinouart, A. (2003). El arte de callar. Madrid: Siruela, p. 53 (4ª ed.).

Seis propuestas para este agosto / 3. El arte de preguntar


A quién le puedo preguntar
Qué vine a hacer en este mundo?

Pablo Neruda, Libro de las preguntas (XXXI)

El terreno de la pregunta siempre es fértil. Se ha demostrado a lo largo de los siglos que la pregunta es un arte mayor en el diálogo de las personas. Basta recordar la escuela mayéutica, socrática por excelencia y vigente todavía en este octavo mes del calendario gregoriano, en la que la pregunta forma parte del aprendizaje de aquellas personas que a través del diálogo constructivo consiguen dar a luz el conocimiento verdadero, permitiendo que nazca una nueva vida. Es el contenido etimológico de la palabra mayéutica, porque mediante la pregunta se alumbra la inteligencia humana, saliendo del confort de respuestas preconcebidas en las que a veces nos instalamos.

Pero el arte de preguntar es anterior en el túnel del tiempo porque nació en la memoria histórica de los pueblos que crecieron en las riberas del Tigris y Éufrates, en la actual Iraq. Les preocupaba el significado de la vida ordinaria, el valor de las preguntas que preocupan a la persona de secreto. Personalmente las recuerdo siempre, para no olvidar su extraordinario valor en la sociedad de mercado y consumo feroz, donde las respuestas a muchas pre-ocupaciones [sic] humanas se ofrecen como mercancía pura y dura, casi siempre vinculada a objetos de “valor” y no a “valores”, para satisfacer superficialmente la intranquilidad del ser humano en momentos de crisis.

La citada “pre-ocupación” era tal que compartían como comunidad humana tres preguntas transcendentales, que alguna vez podríamos rescatar para nuestros tiempos de silencio, cuando el alma vaca incluso más allá del mes de agosto, es decir, cuando tenemos tiempo libre sin necesidad de comprarlo:

– ¿Qué gana el que trabaja con fatiga? o en otra variación sobre el mismo tema: ¿Qué saca cualquier persona de todo su fatigoso afán bajo el sol?
– ¿Quién sabe si el aliento de vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de vida de los animales desciende hacia abajo, a la tierra?
– ¿Quién le guiará a contemplar lo que ha de suceder después de él?

No conocemos las respuestas, cuestión que nos deja solos ante el peligro de un mundo diseñado muchas veces por el enemigo. La verdad es que aquella persona o comunidad, bajo el nombre de Eclesiastés, ya lo advirtió hace muchos siglos a las personas que tenían creencias: las respuestas no las vamos a conocer nunca porque “[Dios] también ha puesto el afán en sus corazones, sin que el hombre llegue [nunca] a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin” (Eclesiastés 3, 11).

El arte de preguntar se encuentra de pronto con una respuesta asombrosa en ese libro sagrado o laico, dependiendo del color del cristal con el que se lea: es mejor hacerlas a otra persona, que fundamentalmente sea amiga o a maestros y maestras de la vida, porque la historia del ser humano ha demostrado que lo mejor es caminar juntos para avanzar en progreso personal y social cundo no entendemos nada de lo que está ocurriendo, cuando no encontramos respuestas a nuestras múltiples preguntas, porque si caemos o nos frustramos diariamente, siempre tendremos alguien al lado que nos levante cuando compartamos nuestro desconcierto en el terreno de las grandes preguntas. La experiencia histórica de los pueblos ribereños, anteriormente citados, así lo había entendido: la amistad es como la cuerda de tres hilos, que difícilmente se puede romper. Ni siquiera con las 74 preguntas inquietantes de Pablo Neruda. Con arte.

Sevilla, 5/VIII/2015