Seis propuestas para este agosto / 4. El arte de callar

EL ARTE DE CALLAR

Me fascinó su lectura. Es un libro precioso, El arte de callar (1), donde aprendí a practicar el silencio como arte sublime, porque solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio (Abate Dinouart, Principio 1º, necesario para callar). He escrito muchas veces en este cuaderno digital sobre esta manifestación artística que podemos alcanzar los seres humanos, imprescindible en este tiempo de vocerío, tertulias en el reino mediático de la opinión, falta de teoría crítica y donde todo el mundo se anima a publicar un libro sin compasión alguna hacia los demás, donde el striptease personal más vergonzante hace estragos en los medios de opinión.

He recordado de forma especial un post que escribí en 2008, Cuando el cerebro prefiere callar, porque en este momento no tengo más que decir sobre esta maravillosa propuesta de agosto. Lo reproduzco a continuación porque mantiene el fondo y la forma del hilo conductor de esta serie. Espero que disfruten con su lectura tanto como yo lo hago introyectándolo de nuevo y manteniéndolo en la memoria de mis silencios, aunque quede una tarea extraordinaria para el reto de vivir despierto: practicar el silencio. Con arte.

Sevilla, 6/VIII/2015

(1) Dinouart, A. (2003). El arte de callar. Madrid: Siruela, p. 53 (4ª ed.).

NOTA: imagen tomada de http://www.logopediatorrent.es/blog/el-arte-de-hablar-la-virtud-de-callar-la-importancia-de-escuchar/

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Cuando el cerebro prefiere callar

ARTE DE CALLAR
Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio
Abate Dinouart. Principio 1º, necesario para callar.

Hacía referencia Antonio Muñoz Molina a Cervantes, en un artículo extraordinario en el suplemento Babelia de 13 de diciembre de 2008 (1), con la siguiente frase controvertida: “En el Quijote, Cervantes atribuye a su cronista embustero y apócrifo Cide Hamete Benengeli una aspiración que siempre me ha parecido enigmática:… y pide que se le alabe no por lo que dijo, sino por lo que dejó de decir”. El cerebro nos permite actuar con estas autorestricciones a la activación de la memoria, obedeciendo a órdenes de la corteza cerebral a diversas estructuras cerebrales que intervienen en el proceso de la memoria para que no recuperemos, en determinados momentos, aquello que no interesa, no es conveniente recordar o simplemente, aunque se recuerde a la perfección, no se debe verbalizar.

Personalmente estoy preocupado con el mundo que me rodea lleno de ruidos y de palabras por doquier. Hoy, no es socialmente correcto hablar del silencio y los cerebros se preparan, en la medida de sus posibilidades, a convivir permanentemente con el ruido de alrededor, cualquiera que sea, porque no gusta la soledad. Además, siempre que se está con los demás se considera no prudente estar callados. Se imponen nuestros criterios, nuestra forma de pensar, nuestros gustos, sin escuchar. Caiga quien caiga. Además, supe en 2006 de una afirmación del primatólogo Josep Call, experto español en estudios comparados entre los simios y los seres humanos, que recogí en un post que llevaba por título “Los ultrasociales”, del que entresaco los siguientes párrafos por su aportación contradictoria con la conducta común humana: “Los chimpancés son muy sociales, pero los humanos se distinguen de otros primates en que son ultrasociales”. Sin embargo, también había manifestado en la misma conferencia pronunciada en Barcelona, el 14 de marzo, que cuando se realizó una prueba de conversación hace unos años en el Centro de Investigación del Lenguaje de Atlanta (EE UU) con un simio que se comunicaba a través de un ordenador, el resultado fue decepcionante: “Se vio que a los chimpancés no les interesa para nada conversar y sólo usan el modo imperativo, para pedir zumo o comida”. […] Pasa como en los tiempos que corren, donde en todos los terrenos sociales, políticos, empresariales, universitarios, familiares, nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (Aristóteles), algunos lo llaman Dios ó deidad, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos. La experiencia de Atlanta refuerza una tesis emocionante. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse. A pesar de los tiempos que corren que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo”.

Pero, si sabemos por qué hablan las personas, ¿podemos saber también por qué callan? Sobre la primera cuestión ya comenté ampliamente la respuesta adecuada en un post específico, ¿Por qué hablan las personas? y que recomiendo su atenta lectura para aproximarse al análisis que se plantea en el mismo. Sobre el silencio humano, hay mucho que investigar, porque aunque utilicemos un lenguaje cinematográfico, el ser humano ha nacido para hablar, es decir, el cerebro está pre-programado para hablar y que comentaba también en el post anteriormente citado: “Todavía me sobrecoge el descubrimiento de Selam (paz), la niña de Dikika, al que dediqué un post específico, cuando se valoró la localización de su hueso hioides como un hallazgo trascendental para conocer el origen del lenguaje en el “equipo” de fonación pre-programado en los seres humanos, a diferencia de los chimpancés y macacos más próximos en nuestros antepasados (siempre se ha dicho -desde el punto de vista científico y hasta con cierto desdén- que los monos no hablan): “Y lo que me ha llamado la atención poderosamente, desde la anatomía de estos fósiles, ha sido el hallazgo de un hueso, el hioides [Hueso impar, simétrico, solitario, de forma parabólica (en U), situado en la parte anterior y media del cuello entre la base de la lengua y la laringe], que es el auténtico protagonista, porque su función está vinculada claramente a una característica de los homínidos: el hioides permite fosilizar el aparato fonador, es decir, hay una base para localizar la génesis del lenguaje, aunque tengamos que aceptar que el grito fuera la primera seña de identidad de los australopitecus afarensis”. Nunca sabremos si Selam, que cumpliría hoy tres mil millones, trescientos mil años, dijo alguna vez ¡mamá!, aunque su hueso hioides nos permite vislumbrar que sí habló”.

Si estamos pre-programados para hablar, tendremos que acatar que callar es un arte y una defensa neuronal, perfectamente organizada en el cerebro, mediante la complementariedad sinfónica de diversas estructuras cerebrales, porque la realidad terca es que tenemos que hacer esfuerzos para callar porque no estamos pre-programados para ello. Hablamos porque recordamos: palabras, gestos, acontecimientos vitales, entre otras razones de vida. Callamos, porque inhibimos determinadas palabras, gestos, acontecimientos vitales y todos los aprendizajes acumulados a lo largo de la vida sobre estas estructuras conductuales y éticas. Y los silencios se acaban proyectando también a través de los estereotipos definidos en determinadas enfermedades mentales. Y es curioso: lo que sabemos hoy a ciencia cierta es que nuestros antepasados homínidos no estaban preparados para hablar, aunque la niña de Dikika, jugando con el hueso hioides, grite hoy a los cuatro vientos que hablar es cosa de personas…, como ella, después de haber callado durante millones de años.

Vuelvo hoy a recoger en mi mesilla de noche cerebral, un libro muy querido para mi persona de secreto: El arte de callar (2). Fui directamente a la página 53 y leí el último principio necesario para callar, el 14º: “El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades sin cubrirlas de mentiras”. En definitiva, ética cerebral del silencio.

Sevilla, 20/XII/2008

(1) Muñoz Molina, A. (2008, 13 de diciembre). Jugadores de cartas, El País (Babelia), pág. 13.
(2) Dinouart, A. (2003). El arte de callar. Madrid: Siruela, p. 53 (4ª ed.).

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