Seis propuestas para este agosto / 3. El arte de preguntar


A quién le puedo preguntar
Qué vine a hacer en este mundo?

Pablo Neruda, Libro de las preguntas (XXXI)

El terreno de la pregunta siempre es fértil. Se ha demostrado a lo largo de los siglos que la pregunta es un arte mayor en el diálogo de las personas. Basta recordar la escuela mayéutica, socrática por excelencia y vigente todavía en este octavo mes del calendario gregoriano, en la que la pregunta forma parte del aprendizaje de aquellas personas que a través del diálogo constructivo consiguen dar a luz el conocimiento verdadero, permitiendo que nazca una nueva vida. Es el contenido etimológico de la palabra mayéutica, porque mediante la pregunta se alumbra la inteligencia humana, saliendo del confort de respuestas preconcebidas en las que a veces nos instalamos.

Pero el arte de preguntar es anterior en el túnel del tiempo porque nació en la memoria histórica de los pueblos que crecieron en las riberas del Tigris y Éufrates, en la actual Iraq. Les preocupaba el significado de la vida ordinaria, el valor de las preguntas que preocupan a la persona de secreto. Personalmente las recuerdo siempre, para no olvidar su extraordinario valor en la sociedad de mercado y consumo feroz, donde las respuestas a muchas pre-ocupaciones [sic] humanas se ofrecen como mercancía pura y dura, casi siempre vinculada a objetos de “valor” y no a “valores”, para satisfacer superficialmente la intranquilidad del ser humano en momentos de crisis.

La citada “pre-ocupación” era tal que compartían como comunidad humana tres preguntas transcendentales, que alguna vez podríamos rescatar para nuestros tiempos de silencio, cuando el alma vaca incluso más allá del mes de agosto, es decir, cuando tenemos tiempo libre sin necesidad de comprarlo:

– ¿Qué gana el que trabaja con fatiga? o en otra variación sobre el mismo tema: ¿Qué saca cualquier persona de todo su fatigoso afán bajo el sol?
– ¿Quién sabe si el aliento de vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de vida de los animales desciende hacia abajo, a la tierra?
– ¿Quién le guiará a contemplar lo que ha de suceder después de él?

No conocemos las respuestas, cuestión que nos deja solos ante el peligro de un mundo diseñado muchas veces por el enemigo. La verdad es que aquella persona o comunidad, bajo el nombre de Eclesiastés, ya lo advirtió hace muchos siglos a las personas que tenían creencias: las respuestas no las vamos a conocer nunca porque “[Dios] también ha puesto el afán en sus corazones, sin que el hombre llegue [nunca] a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin” (Eclesiastés 3, 11).

El arte de preguntar se encuentra de pronto con una respuesta asombrosa en ese libro sagrado o laico, dependiendo del color del cristal con el que se lea: es mejor hacerlas a otra persona, que fundamentalmente sea amiga o a maestros y maestras de la vida, porque la historia del ser humano ha demostrado que lo mejor es caminar juntos para avanzar en progreso personal y social cundo no entendemos nada de lo que está ocurriendo, cuando no encontramos respuestas a nuestras múltiples preguntas, porque si caemos o nos frustramos diariamente, siempre tendremos alguien al lado que nos levante cuando compartamos nuestro desconcierto en el terreno de las grandes preguntas. La experiencia histórica de los pueblos ribereños, anteriormente citados, así lo había entendido: la amistad es como la cuerda de tres hilos, que difícilmente se puede romper. Ni siquiera con las 74 preguntas inquietantes de Pablo Neruda. Con arte.

Sevilla, 5/VIII/2015

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