No olvido la ejemplaridad de Jesús de Nazaret, según Pier Paolo Pasolini

Primer plano de Jesús de Nazaret (Enrique Irazoqui), en Il vangelo secondo Mateo (1964), dirigida por Pier Paolo Pasolini

Sevilla, 4/IV/2026 – 07:06 h CET (UTC+2) – Actualizado

Las manifestaciones artísticas en procesiones y oficios varios, en esta Semana tan especial, Santa para algunos, Laica para otros, están basadas en una tradición histórica sobre la pasión y muerte de un personaje histórico, Jesús de Nazareth. Desde el Domingo de Ramos y hasta mañana, el de Resurrección, se condensa en una semana trágica la vida y obra de uno de los personajes imprescindibles de la Humanidad, que me gusta tratar como ciudadano Jesús. Lo escribí el martes pasado, cuando me refería a él, en su ataque continuo de humanidad, recogido así por los cronistas de la época, cuando se cansaba y se dormía en el cabezal del barco porque estaba hecho polvo, (Mc 8,23). O como Machado decía en su precioso poema La Saeta: ¡No puedo cantar, ni quiero / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar! Lo digo con un gran respeto a la fe de mis mayores.

En este contexto, también es verdad que recuerdo siempre una película clásica y de culto sobre la vida de Jesús de Nazareth, El evangelio según Mateo (Il vangelo secondo Mateo, 1964), dirigida por Pier Paolo Pasolini (1922-1975), que me sigue emocionando en el recuerdo personal, transferible hoy, por su mensaje humano y tan cercano a la vida cotidiana de las personas. Pasolini hizo con esta película un cine diferente, singular, diverso: “Jesús (interpretado por Enrique Irazoqui) es mostrado continuamente caminando entre el desierto o entre pueblos en ruinas. Su mirada, como la de Pasolini, no evita a los leprosos ni a los cojos, sino que se detiene en ellos; la cámara, por su parte, se complace, por ejemplo, en la mano del mesías que acaricia los rostros marchitos de quienes acuden a él para encontrar salud. El contacto entre dos cuerpos alivia, de ahí la alegría del rostro de la adolescente María (Margherita Caruso) al ver regresar a José, al saber que, sin importar lo que digan los demás, él ha decidido estar con ella” (1). José demostró siempre que fue un gran compañero.

Miguel Dalmau Soler, Pasolini. El último profeta

Me emocionó esta película cuando la vi de nuevo en Roma en 1976, sabiendo como sabía que aquella ciudad era un peligro para caminantes (Alberti, dixit) que hacen camino al andar. Pasolini sigue muy presente en mi pensamiento crítico y acudo frecuentemente a él. Por ejemplo, sé que una obra espléndida de Miguel Dalmau Soler, Pasolini. El último profeta, ganadora del XXXIV Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias 2022, el año en el que se cumplía el centenario del nacimiento del director italiano, sirve para conocerlo en profundidad, como “último profeta”. Hay que leerla en estos días santos o laicos, según se crean, sientan o miren.

En el fondo, estas palabras son un nuevo homenaje personal al cineasta italiano, del que tanto aprendí a comprender el valor de la vida alternativa y de compromiso político y social, con la pasión dentro (nunca mejor dicho), como él la mostró en una obra también excelente, Teorema, tan incomprendida por la autoridad competente, eclesiástica por supuesto, hasta el punto de haberse arrepentido de haberle entregado un premio por ella, en 1968, cuando descubrió cuál era su auténtico mensaje y no la posibilidad de que el Espíritu Santo entrase en cada uno de nosotros, que fue lo que constituyó el móvil del premio. Cuando se descubrió que Pasolini volaba más bajo que el espíritu, la institución se arrepintió y explicó a los cuatro vientos su voto. El anatema estaba servido. En definitiva muy poca gente había entendido el mensaje real de la película: no es necesario invocar a los espíritus para llenarse de amor en vida, cualquier amor. 

Desgraciadamente, no le salvó nunca su magistral interpretación laica de la vida del ciudadano Jesús de Nazareth, en su forma de leer para el siglo XX el evangelio según Mateo. Quizás tampoco hoy día, en pleno siglo XXI, en un universo tan descreído y alejado del espíritu del bien humano, a pesar de que seguimos sufriendo mucho con la intolerancia y ausencia radical de valores que nos asola a diario.

Comprendo hoy, mejor que nunca, unas palabras de Pasolini que no olvido, hilo conductor de su gran película: “Me interesa el extremismo de Cristo, su modo tajante de cerrarse en banda, su radicalismo total y absoluto. Cristo perdona fácilmente los pecados individuales, pero es intransigente con los sociales”. Palabra de Pasolini.

(1) https://cinedivergente.com/el-evangelio-segun-san-mateo/

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¡Paz y Libertad!

Artemisa nos convertirá en hijos de la luna

Luna quieres ser madre
y no encuentras querer
que te haga mujer;
dime, luna de plata,
qué pretendes hacer
con un niño de piel.

Mecano, Hijo de la Luna

Sevilla, 1/IV/2026 – 23:09 h CET (UTC+2)

Dentro de una hora y cuarto, aproximadamente, los cuatro astronautas de la misión Artemisa II, Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, viajarán hacia la Luna, durante diez días, en una misión que dará una vuelta a nuestro satélite en la primera misión lunar tripulada después de más de medio siglo. Con tal motivo y con la ardiente impaciencia de este acontecimiento espacial y a la espera de sus resultados en beneficio de la humanidad, publico de nuevo el post que escribí en 2022, Hijos de la Luna, como homenaje a un inquietante deseo humano multisecular de descubrir este fascinante satélite natural de la Tierra.

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Hijos de la Luna

Sevilla, 29/VIII/2022, a las 14:33, hora peninsular en la que estaba previsto el despegue de la primera misión del proyecto Artemis de la NASA que, finalmente, ha sido abortado y programado de nuevo su lanzamiento hasta el 2 de septiembre.

Hoy estaba previsto el despegue a las 14:33, hora peninsular española, de la primera misión del Programa Artemis, bautizado así por la hermana gemela del dios Apolo en la mitología griega. Por un problema de última hora, ha sido abortado el lanzamiento y programado de nuevo para el 2 de septiembre. El objetivo final, según la NASA, es llevar “a la primera mujer y a la primera persona no blanca” a la Luna dentro de tres años.

Curiosamente, el próximo 1 de septiembre, se cumplen 120 años del estreno de una película mítica de la historia del cine, Viaje a la Luna, dirigida por Georges Méliès, que no tuvo mucho éxito en el citado estreno por “su duración”, ¡algo más de quince minutos!, aunque después de una presentación concienzuda de la citada proyección alcanzó un éxito sin precedentes entre los feriantes, como reconoció siempre Méliès. Supuso el éxito del cine que contaba cosas que interesaban en aquellos años dorados de Julio Verne, historias que gustaban a los espectadores. Alcanzó un éxito rotundo, tanto en Europa como en Estados Unidos. Unos años antes, ya había rodado un corto, La Luna a un metro (1898), que no era más que la adaptación de un espectáculo que apreciaba sobremanera el teatro mágico de Robert Houdin, llevado a término en su obra Las caras de la Luna o las desventuras de Nostradamus (1891), al que profesaba admiración en su componente mágica.

La misión no tiene por ahora un componente humano, ni mágico, como el que nos deslumbró en 1902 y 1969, sino que solo es un viaje de prueba que durará 42 días y la nave espacial Orion hará un viaje de ida y vuelta a la Luna con tres maniquíes a bordo, como ensayo general de las futuras misiones Artemis II, que repetirá un viaje similar con cuatro astronautas en 2024, y Artemis III, que se posará sobre el satélite en 2025 como fecha estimada en el citado programa Artemis. Entre los objetos que lleva a bordo Orion está la reproducción de un fotograma de la película de Méliès, Viaje a la Luna, citada anteriormente, que ha sido donada por la Agencia Espacial Europea (ESA).

Esta historia actual del programa Artemis no creo que repita el éxito de lo contado por Méliès y por la llegada del primer hombre a la Luna de 1969. Me ha interesado conocer a fondo el guion de esta película mítica porque nos permite vislumbrar qué es lo que verdaderamente se quería contar con aquel invento científico de tan larga duración y qué es lo que se quería decir en una película muda donde la imagen valía mucho más que mil palabras. El argumento se centra en contar la historia de seis valientes astronautas que viajan en una cápsula espacial de la Tierra a la Luna, trama que tenía su inspiración obvia en las obras de “De la Tierra a la Luna”, de Julio Verne (1865) y “El primer hombre en la Luna” de H. G. Wells (1901).

Su implicación en el rodaje fue tan alta que él mismo figuraba como actor, en el papel del Profesor Barbarrevuelta, que junto a otros astronautasVictor André, Henri Delannoy, Farjaux Kelm, Brunnett, Bluette Bernon, se enfrentan a una truculenta historia presentada por una voz en “off”: “Hoy tenemos el privilegio de acudir a una reunión extraordinaria de los miembros del Instituto de Astronomía Incoherente”. ¿Ocuparía hoy la NASA este lugar como metáfora en un mundo acuciado por sus deudas y pobreza severa, ante los gastos que suponen estos proyectos científicos? A través de dieciocho planos secuenciales se desarrolla el argumento en el que el escepticismo es total a excepción del ilusionado Profesor Barbarrevuelta o Georges Méliès, como queramos llamarlo. Después viene la construcción de la nave y el cañón que la dispara, el lanzamiento grotesco y la llegada a la Luna que consiste en atravesar su ojo derecho, que ha hecho icónico el cartel de presentación de la película. Después se suceden múltiples aventuras con la población selenita hasta que finalmente regresan a Tierra con un selenita cautivo y los aventureros son recibidos con todos los honores y medallas con forma de Luna. Finalmente, se levanta una estatua a Barbarrevuelta, en la que aparece pisoteando la cabeza de la Luna, figurando en su pedestal un rótulo que no tiene desperdicio: El trabajo todo lo supera.

Una vez más, cualquier parecido de Viaje a la Luna con la realidad actual es pura coincidencia. ¿O no?, porque las metáforas están servidas. Al buen entendedor de este lanzamiento de hoy pocas palabras basta, porque cuando en 2025 llegue hasta la luna la primera mujer y de tez no blanca, puede que la Luna siga queriendo ser madre, una mujer también, sin saber que hacer con un niño de piel, como cantaba Mecano en aquellos años hermosos de la Transición española. Preocupada, también, por el sufrimiento en el planeta Tierra, sobre todo de sus niños y niñas de piel. De lo que estoy seguro es de que en las noches / que haya luna llena / será porque el niño / esté de buenas; / y si el niño llora / menguará la luna / para hacerle una cuna. Será lo más humano que habré escuchado nunca, aunque no figure esta canción entre los objetos que contemple llevar Orion de la NASA, tan cuidadosa ella.

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¡Paz y Libertad!

Chaplin y su beso final…, inolvidable, de película

Luces de la ciudad (1931)

Escribo porque solamente modificando la realidad puedo soportarla, […] escribo para ser feliz.

Orhan Pamuk, en el discurso del acto de entrega del Premio Nobel de Literatura 2006

Sevilla, 23/III/2026 – 07:02 h UTC (CET+1)

Escribí en este blog en 2022 que el cine era ver caminar a Henry Fonda, afirmación atribuida a John Ford, aunque quien me conoce sabe que también ensalzo a los cielos cinematográficos a Errol Flynn, un gran actor de mi infancia madrileña, que me ha acompañado a lo largo de mi azarosa vida, en competencia legítima con Charles Chaplin. He avanzado muchas veces por desfiladeros existenciales que están situados en zona comanche o sioux permanente, pero sin la valentía e intrepidez aprendidas en mi niñez rediviva del General Custer o Errol Flynn (tanto monta, monta tanto), en los que de manera arrogante y sin despeinarse, con la botonadura dorada reluciente y sin una mota de polvo en su traje y botas de montar, avanzaba con su Séptimo de Caballería para deshacerse de Caballo Loco o Víctor Mature (otra vez, tanto monta, monta tanto), sabiendo, eso sí, que al final del desfiladero podía estar siempre Beth (Olivia de Havilland), para fundirse en un abrazo eterno y casto, como si no pasara nada, que arrancaba aplausos eternos en el patio de butacas del Cinema Paradiso de mi infancia, el Cine Ideal en Sevilla o en el famoso Tívoli, en el Madrid de mis años jóvenes. Lo de menos era ya el final desastroso de la película, de cuyo nombre no quiero acordarme, en un país que estaba necesitado de escenas edulcoradas y de cartón piedra, porque lo importante era y será que nunca hay que rendirse ante la adversidad de la indignidad humana.

Lo de Chaplin es harina de otro costal. Si escribo hoy estas líneas es para decir algo especial, consejo recibido de Ítalo Calvino que no olvido, aunque confieso que lo hago porque escribiendo soy feliz (Orhan Pamuk, dixit), con la ayuda de un excelente artículo que he leído en mi apreciado elDiario.es, recordando una película de Chaplin, Luces de la ciudad, estrenada en 1931, considerando que contiene en su banda sonora una canción, La violetera, de autoría española que hizo famosa Chaplin en esta película muda, aunque se le entendía todo…, regalándonos el mejor final de la historia del cine, abierto todavía hoy para la mejor interpretación posible de cada espectador. Esa es la quintaesencia del cine y la maestría de Chaplin.

Cartel publicitario de Luces de la ciudad (1931)

El amor casi imposible de un vagabundo (Charles Chaplin) y una vendedora de flores (Virginia Cherrill), ciega por más señas, aboca a un final sorprendente y abierto, como a veces ocurre en la vida, donde ojos que ven y no sienten se encargan de poner final a lo que interpretan a diario de forma aviesa, aunque cualquier parecido con la realidad no sea pura coincidencia.

El cine de Chaplin me asombró desde mi pequeñez extrema y prueba de ello es que recuerdo que siendo adolescente, esta escena final me hizo llorar en silencio y sin que nadie me viera en mi querido cine madrileño de sesión continua. ¿Amor imposible? No, amor verdadero. No lo olvido, porque me quedó grabado para siempre, en mi memoria de hipocampo, un beso inolvidable, de película. Verdadero.

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¡Paz y Libertad!

Diario de mi zaratán / 2. Refugio

Sevilla, 12/III/2026 – 07:42 h UTC (CET+1)

Se acercaba la Navidad después de identificar mi zaratán y junto al héroe del relato homónimo de Juan Ramón Jiménez, Josefito Figuraciones, rememoré las andanzas de otro niño, el Principito, porque creí que era importante rescatar la quintaesencia de lo narrado por Antoine de Saint-Exupèry, sobre todo porque la acción ocurre en un desierto, como a veces es el mundo que nos rodea, con soluciones para comprender lo que nos pasa que sólo lo sabe explicar bien un niño. Así nació un pequeño libro que publiqué en enero, El Principito, hoy, con una interpretación de su mensaje adaptada a las actuales circunstancias de nuestro complejo mundo al revés, respetando la óptica de este niño-hombrecito-príncipe, tanto monta-monta tanto, texto en el que proyecto mis razones pascalianas de la razón y del corazón al leerlo ya como «persona mayor», como le gustaba decir a nuestro pequeño héroe, afectada por una situación especial.

Asumí algunas ideas del Principito como propias en este momento delicado de mi vida, que confieso han sido, por este orden, las siguientes: todos los mayores han sido primero niños (algo que no olvido), hay que juzgar por actos, no por palabras, es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás, ¿quién descifra el terrible enigma de la soledad humana? y, sobre todas, una fundamental en mi vida actual: lo esencial es invisible a los ojos.

En este tiempo de silencio, junto a la realidad “principesca”, rescaté también los consejos de un gran director de cine, Costa-Gavras, que figuran en un libro suyo íntimo, Ve adonde sea imposible llegar, en el que narra a modo de memorias las vicisitudes de su larga carrera cinematográfica, que tanto admiro, porque nunca ha sido inocente. Pero siendo sincero, mi refugio en él, con mi zaratán a cuestas, ha sido para leer apasionadamente una obra conmovedora, Le dernier souffle (El último suspiro), en su edición original francesa, escrita por Claude Grange y Régis Debray (¡ay la revolución de los años jóvenes!), que inspiró la última película de este director, de título homónimo.

¿Por qué esta lectura conjunta? Lo explico a continuación, porque resultaba atractivo para mi persona de secreto que Costa-Gavras se inspirara, en el título de sus memorias, en un escritor griego, como él, Nikos Kazantzakis, extrayendo un diálogo de su personalísima Carta a Greco, en el que le pide al pintor, dirigiéndose a él como “abuelo amado”, que le dé una orden para centrar su azarosa vida, que recibe en los siguientes términos: “Llega hasta donde puedas”. El consejo no llegó a estremecer el corazón del peticionario y vuelve a pedir al abuelo una orden “más difícil, más cretense”, resonando a partir de ese momento “una voz hecha para ordenar y que hacía temblar el aire”: “¡Llega hasta donde no puedas!”.

De esta forma, estas palabras de espíritu cretense, son para mí el hilo conductor de sus memorias, leyéndolas con fruición desde que escuché una intervención suya en el Festival de Cine de San Sebastian, en 2024, con motivo de la presentación de su última película ya citada, El último suspiro, en la que manifestó que “el cine es un espectáculo que busca generar emociones en el espectador, luego a partir de esas emociones éste puede llevar a cabo una reflexión o no, pero en todo caso el cine no está para impartir doctrina”, a lo que agregó: “Yo nunca podría rodar una película sobre algo que me resultara indiferente. Cuando he intentado hacerlo, he desistido y he abandonado el proyecto. Rodar una película es como vivir una historia de amor, hay que hacerlo hasta el final. A mis 91 años y con la muerte asomando en el horizonte es normal que a menudo me pregunte: ¿cómo acabará todo esto? ¿Cuando llegue el momento seré presa del terror o podré acabar mis días con dignidad?”.

Ese día tendrá un sentido especial haber recorrido su vida con aquella orden de su abuelo amado como hilo conductor, recordando a Kazantzakis, porque ha ido hasta adonde ha podido llegar, aunque pareciera imposible. Costa-Gavras lo explica muy bien en sus Memorias, cuando afirma que en su mayo francés de 1968, que vivió en vivo y en directo, escuchó, entre otros muchos eslóganes, uno que decía “sé realista, haz lo imposible”, lo que le recordó la frase de Kazantzakis, Ir adonde resulta imposible llegar: “Durante mi época de estudiante, me había hecho reflexionar mucho por la dureza de su significado. Para mí cobró sentido en París al leer esta otra frase: “No quiero ser el más fuerte, ni el más rico, ni el más guapo, ni el más grande. Quiero ser diferente”.

Leí también, como he manifestado anteriormente, la obra francesa de Grange y Debray, El último suspiro, después de haber visto la película, que me emocionó especialmente, con su hilo conductor vital, declarado por Costa-Gavras. La sinopsis oficial es escueta, para no interferir las emociones y sentimientos del espectador: «En una suerte de diálogo filosófico, el doctor Augustin Masset y el célebre escritor Fabrice Toussaint debaten sobre la vida y la muerte… Una vorágine de encuentros en los que el médico es el guía y el escritor, su pasajero, conducido a confrontar sus propios miedos y angustias… Una danza poética en la que cada paciente es un compendio de emociones, risas y lágrimas… Un viaje al corazón palpitante de nuestras vidas».

Una cosa más. Costa-Gavras se despidió en su comparecencia oficial de presentación de su película en el Festival de San Sebastián, estrenada en 2024, dejando un mensaje aleccionador: “Buena parte de ese vivir de espaldas a la muerte está motivado por nuestra educación religiosa. Las religiones nos invitan a resignarnos ante el sufrimiento, pero sufrir es algo obsceno, no hay nada de bueno en ello. Sufrir es lo peor de la vida y del mismo modo que ya hay métodos para que las mujeres puedan parir sin sufrir, debería implementarse algo parecido en medicina paliativa […] Sea cual sea nuestro estado físico, yo creo que nunca hay que rendirse, merece la pena luchar hasta el final”. Una vez más, sintió profundamente, al pronunciar estas palabras, aquella orden del “abuelo amado”, según Kazantzakis: ve adonde sea imposible llegar. Mejor todavía, lo leído en dos pancartas del Mayo francés, como si fuera dos órdenes en su vida: “Sé realista, haz lo imposible” y “No quiero ser el más fuerte, ni el más rico, ni el más guapo, ni el más grande. Quiero ser diferente”.

En estos momentos tan especiales de mi vida, quiero seguir descubriendo lo esencial de lo que me sucede, para que no sea invisible a mis ojos, así como ser realista y luchar contra el zaratán, para vencerlo, algo a lo que aparentemente parece imposible llegar. Lucharé, aplicando siempre el principio freudiano de realidad. Al fin y al cabo, un refugio para mi persona de secreto.

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Estamos solos ante el peligro del totalitarismo y tecnofeudalismo mundial

Gary Cooper, Solo ante el peligro, 1952

Sevilla, 9/II/2026 – 14:43 h UTC (CET+1)

Los que hemos crecido en torno a películas de culto como El último tren de Gun Hill y Solo ante el peligro, recordamos con precisión de reloj suizo las esperas interminables con ardiente impaciencia, de Matt Morgan (Kirk Douglas) o Will Kane (Gary Cooper), en escenas de cuenta atrás horaria de estación de tren, en el “salvaje Oeste”, que nunca he olvidado. Cuando cada día vuelvo de mi corazón a mis asuntos y salgo del andén de espera vital donde siempre me acuerdo de esos relojes famosos, sigo buscando las razones que todos deseamos tener para escudriñar mejor el revés y el derecho de nuestras vidas, solos muchas veces ante el peligro y con el riesgo de que llegue a hora exacta el último tren de Gun Hill… o Hadleyville, que siempre llegan, gracias a personas que como Morgan o Kane, saben esperar horas interminables para levantarse ante el silencio cómplice de determinados gobiernos, países y personas —todos no somos iguales— en las diferentes situaciones de desectructuración democrática que estamos atravesando, por obra y gracia de los nuevos emperadores y gobiernos autocráticos, así como por el tecnofeudalismo representado por personajes como Elon Musk (dueño y señor de X) o Pavel Durov (gran jefe de Telegram), al ver cómo han reaccionado ante las manifestaciones del presidente de nuestro país, Pedro Sánchez, efectuadas la semana pasada en el World Governments Summit en Dubái: “las redes sociales, por desgracia, se han convertido en una suerte de salvaje Oeste, de Estado fallido«, ya que hay aplicaciones que «dan refugio a actividades criminales, de pornografía, de violencia».

Como reacción desmedida y no inocente, Elon Musk, le ha insultado llamándole “sucio”, acusándolo también de ser “un tirano y un traidor al pueblo de España», por su propuesta legislativa de limitación de edad de 16 años, para poder acceder a las redes sociales, decisión legislativa que se llevará mañana al Consejo de Ministros, con el fin de obligar a las plataformas digitales a implementar sistemas efectivos de verificación de edad: “Vamos a devolver las redes sociales a esa tierra prometida que nunca debieran haber abandonado», ha manifestado el presidente Sánchez.

En el caso de Durov, hay que destacar la respuesta el día siguiente a las palabras de Sánchez en Dubái, con un mensaje precisamente no “telegramático” a los usuarios de Telegram, nunca mejor dicho, centrado en un hilo conductor: “El gobierno de Pedro Sánchez está impulsando nuevas regulaciones peligrosas que amenazan vuestras libertades en internet”, a lo que el presidente Sánchez ha respondido que “Esta semana ha pasado un cosa inédita en nuestras democracias y es que un tecno oligarca se ha colado en el teléfono de millones de ciudadanos españoles para decirles lo que tienen que pensar«.

Salvando lo que haya que salvar, al buen entendedor con pocas palabras basta para levantarse ante el silencio cómplice de determinadas personas, tecnooligarcas y gobiernos (todos no somos iguales), por su contribución al ocaso de la democracia de alcance mundial y, por supuesto, en nuestro país. Lo que es evidente es que estamos solos ante el peligro del totalitarismo y tecnofeudalismo de oligarcas digitales, que llevan la cola del traje nuevo del emperador Trump, a sabiendas de que como pasa en el cuento de Andersen, el rey va desnudo de ética política, en un silencio cómplice clamoroso e irresponsable a escala mundial.

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¡Paz y Libertad!

Manuel Rivas me descubrió la fragilidad cinematográfica de Oliver Laxe, director de ‘Sirāt’

Sevilla, 26/I/2026 – 16:39 h UTC (CET+1)

En estos días aciagos para el país, han pasado sin pena ni gloria las dos nominaciones de la película Sirāt a los Óscar 2026, dirigida por Oliver Laxe, como mejor película internacional y mejor sonido, tras el tradicional anuncio de la Academia de Hollywood. La trayectoria cinematográfica de Laxe la descubrí en 2019, a través del escritor Manuel Rivas. En ese tempo vital, conocerlo me devolvió la ilusión por romper silencios, al leer una columna suya de cuyo título quiero acordarme hoy: Toda la fragilidad del mundo, dedicada a este director gallego nacido en París (1982), que sigue haciendo cine de compromiso activo, que tanto aprecio: “Escribo sobre fragilidad después de conversar con Oliver Laxe. Él me habló de “cine frágil”. Y la palabra no se me va de la cabeza. La fragilidad de lo que surge fuera de un previsible canon comercial. Del cine indómito, no clonado, también en peligro de extinción. Pero “frágil” tiene un doble sentido. Un cine que quiere ser arte y no se sonroja al decirlo, no para idolatrar al “arte”, sino como “tabla de salvación”, como una “isla de lo sagrado”. Y lo consigue. Sus películas parecen filmadas en vidrio. Frágiles y duras. El vidrio solo se puede cortar bien con la punta del diamante. Sus personajes son también frágiles, muy humanos, pero con un nimbo que trasciende, con “un no sé qué de eterno”, que decía Van Gogh. Humildes y sublimes. Lo eran en Todos vós sodes capitáns (2010) y Mimosas (2016), premiadas en el Festival de Cannes, y lo son en especial en O que arde, la película que se estrena en España en estas fechas”. Podría agregar hoy Sirāt (2025), de la que tanto se habla hoy, mucho más desde las candidaturas citadas de los Óscar 2026, cuya sinopsis presentada en 2025 ayuda a comprender hoy su alcance: “El título de la catarsis colectiva con la que España se postula este año que viene a los Oscar corresponde al de una palabra en el Corán que hace referencia a un estrecho puente entre el paraíso y el infierno. Sirat invoca, por tanto, la senda que un padre transita en un viaje por el desierto junto a su hijo para buscar a su primogénita, desaparecida en una rave en Marruecos. Pero también la experiencia sensorial que experimenta la audiencia en la liturgia de la sala a oscuras. Humanista, introspectiva, hipnótica, política, cruda y salvaje, esta road movie coronada en Cannes con el Premio del Jurado recurre a un granuloso 16 milímetros para retratar la aridez de esta travesía por el duelo y a una banda sonora de música tecno para inducir el trance”.

Sigo pensando que todo es frágil en un mundo que se rompe a pedazos, se “derrumba”, mientras que algunos seguimos soñando con un mundo mejor para todos (Casablanca, dixit, ya que hablamos de cine). Y sé que este loco mundo no está hecho para las personas de alma frágil, que no tiene que ver nada con la frase hecha de “seres de piel fina”, que tanto incomoda a los que hacen de la mala educación su bandera de personas hechas y derechas. Lo dice Rivas de forma magistral: “Lo duro es constatar tanto espacio de fragilidad. La fragilidad en que vive gran parte de la infancia, con hambre y enfermedades de la edad de la peste. La fragilidad de tantas personas que viven al día. La fragilidad de los que tienen que alquilar su trabajo por horas y a un precio irrisorio, digamos un dólar por hora, sean las manos en talleres sórdidos o el cerebro para los gigantes tecnológicos. La fragilidad máxima de los inmigrantes y refugiados en ruta, en pateras por mar o siguiendo los osarios que jalonan los desiertos. La fragilidad de las periodistas que apuestan la cabeza por contar la verdad en la geografía del miedo, donde gobierna el neofeudalismo y la economía criminal”.

La palabra “fragilidad” es ambigua en el diccionario de la Real Academia Española, tomada como “cualidad de frágil”, entendiendo frágil en sus cuatro acepciones, siempre como adjetivos: “1. Quebradizo, y que con facilidad se hace pedazos; 2. Débil, que puede deteriorarse con facilidad. Tiene una salud frágil; 3. Dicho de una persona: Que cae fácilmente en algún pecado, especialmente contra la castidad; 4. Caduco y perecedero. Tiene una historia, como palabra, muy vinculada a la moral más estricta y caduca que podamos pensar, como lo atestigua su primera aparición en el Diccionario de Autoridades en 1732: “En lo moral se toma por la propensión que la naturaleza humana tiene en caer en lo malo”. Sin comentarios.

Todo es frágil en un mundo que se rompe a pedazos. Y este loco mundo no está hecho para las personas de alma frágil, que no tiene que ver nada con la frase hecha de “seres de piel fina” que tanto incomoda a los que hacen de la mala educación su bandera de personas hechas y derechas.

DEDICATORIA MANUEL RIVAS
Dedicatoria personal de Manuel Rivas, en su obra ¿Qué me quieres, amor?

Vuelvo a la lectura de libros útiles, que me reconforta en medio de tanta fragilidad. Abro, no por casualidad, las primeras páginas de un libro de Manuel Rivas que tengo como de cabecera, ¿Qué me quieres amor? y me recreo viendo y leyendo de nuevo su dedicatoria, en una visita a Sevilla en 2016, con una propuesta deslumbrante para tiempos frágiles: puso título a un libro que tengo que escribir sin falta, Por el derecho a soñar, que no olvido a pesar de la fragilidad que me rodea y que, a veces, me destroza el alma. Es la fragilidad artística que muestra Oliver Laxe en Sirāt, oscarizada ya in pectore, haciendo honor a su título, porque la vida es sólo un camino, un largo puente hacia la mejor vida en vida o hacia la eternidad soñada.

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UCRANIA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

El discreto encanto de los negativos de la vida

Sergio Larraín, La Novia / Mascarona de Neruda en su casa de Isla Negra (Chile)

Sevilla, 16/I/2026 – 10:12 h UTC (CET+1)

Dedicado al fotógrafo chileno Sergio Larraín, que admiro, con motivo de la exposición “Sergio Larrain. El vagabundo de Valparaíso. Chile”, que se verá en la sede de Foto Colectania en Barcelona del 22 de enero al 24 de mayo. Lo escribo en estos días de ardiente impaciencia nerudiana, que siento así por la sorprendente, dolorosa e incomprensible llegada de la ultraderecha al gobierno absoluto de Chile.

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En estos primeros días del año, he vuelto a valorar la importancia de discernir lo positivo de lo negativo en el acontecer diario, intentando dar color a la vida, buscar vasos medio llenos más que medio vacíos, huyendo de la acromatopsia (ceguera al color) social que nos invade por culpa del nuevo emperador, Donald Trump. En definitiva, intento saber “revelar” mentalmente y poner color a los “negativos” diarios que nos ofrece este mundo al revés en el que nos toca vivir.

Los que nacimos en blanco y negro (grises incluidos) y pasamos poco a poco al color por tecnicolor, conocemos bien el discreto encanto de los negativos. Cuando era niño me asombraba lo que ocurría con los carretes de una vieja máquina Agfa que rodaba por casa. El asombro fue mucho mayor cuando pasamos al color, porque era sorprendente obtener unas copias que reproducían fielmente lo que verdaderamente pasó en el momento de fotografiar a personas, paisajes o cosas. Era el realismo mágico de la vida que siempre tenía su valor porque veíamos finalmente el positivo después de una espera inquietante por el revelado que permitía finalmente ordenar y guardar las fotografías seleccionadas, cosa que difícilmente ocurre ahora con la revolución digital.

También me acuerdo, siguiendo la concatenación de los “me acuerdo” de Joe Brainard (1), del patio de mi colegio en Madrid, de aquella escalera mágica de madera que nos permitía contemplar a través del muro medianero que separaba el colegio de la distribuidora de películas contigua, los miles de fotogramas tirados al suelo, de forma desordenada, que podíamos recuperar con mil artimañas de niñez para intentar montar una película imposible, uniendo fotograma con fotograma al trasluz, como suele pasar en la vida real. De alguna forma, queríamos escudriñar los rollos de película de la productora, a la búsqueda de recortes que nosotros montábamos de forma imaginaria en las aceras vecinas con títulos de crédito muy particulares, a modo de estrellas del celuloide madrileño. Yo me convertía en Totó durante ese tiempo, el protagonista maravilloso de Cinema Paradiso, contemplando los cortes obtenidos de la censura y señalados en el visionado con trozos de papel que insertaba en el rollo y que le dejaba ver el proyeccionista una vez cortados, su gran amigo Alfredo.

Lo que me ha pasado por la cabeza en estos momentos mágicos de cada “revelado” personal, lo explicaba muy bien Guillermo Altares en 2009, comentando el libro de Brainard, Me acuerdo, como si fuesen los diferentes “negativos” de la vida: “Algunos Me acuerdo son pedazos inocentes de memoria, otros escarban en las partes ocultas de nuestras vidas, algunos tienen sabor, olor, luz, algunos son crepúsculos dorados y otros amaneceres tristes, muchos ni siquiera sabemos dónde han estado escondidos, los hay que son como las magdalenas proustianas y aparecen a borbotones. (¿En el fondo qué es En busca del tiempo perdido si no un gigantesco Me acuerdo?), pero todos ellos son importantes, todos ellos son nosotros. Los Me acuerdo son algo que tenemos que tal vez hayamos perdido, pero que hemos recuperado” (2).

Todo lo anterior viene a cuento porque vuelvo a abrir con profundo respeto (casi reverencial) una de mis cajas de sueños, numeradas, donde me encuentro con centenares de negativos de la gran película de mi vida, una historia jamás contada. Los negativos me impiden ver en directo lo que guardan y digo en el proceso de “descubrir” este tesoro que tiene todo el encanto -a modo de pecio- de ser, quizás, páginas muy importantes de mi vida. En esta fase, he recordado una película de Michelangelo Antonioni (¡ay, el cine!), Blow-up, o Deseo de una mañana de verano (1966), que en el año de su estreno, en plena juventud, me impresionó mucho dejándome la huella de preguntas inquietantes.

La película está basada en el relato de Julio Cortázar, Las babas del diablo, publicado en Las armas secretas, inspirado también por una experiencia parisina que le cuenta el excelente fotógrafo chileno Sergio Larraín a Cortázar y que Antonioni convirtió finalmente en el guion de la película; “En las redacciones periodísticas europeas se codean cuando ven entrar a Larraín: “Ese es el chileno de la Magnum, el fotógrafo de Blow-up”. Los fotógrafos de la agencia Magnum (la legendaria cooperativa fundada por Robert Capa y Henri Cartier-Bresson) no eran coquetos fotógrafos de moda, como el de la película de Antonioni. Eran los que mostraban al mundo lo que era imprescindible ver: las guerras, la miseria, la otra cara de la noticia. Pero eran épocas de leyendas, y la historia de Larraín daba de sobra para la leyenda” (3). Es el recuerdo imborrable que tengo de Larraín al volver a contemplar las fotografías de un libro suyo precioso, Una casa en la arena, tan querida por Neruda, viendo la imagen de la mascarona La Novia, para que la contemple durante mucho tiempo y comprender mejor su piel de cáscaras y pétalos, rota, como la describió Neruda: La intemperie le rompió la piel en fragmentos o cáscaras o pétalos. Le agrietó el rostro. Le rompió las manos. Le trizó los redondos acariciados hombros. Acariciados por la borrasca y por el viaje. Su mirada penetrante sigue a la espera de palabras bellas para contrarrestar su sufrimiento en el mar, su eterno silencio. Nuestro eterno silencio.

El hilo conductor de la película se desarrolla en la ampliación de una fotografía obtenida por un fotógrafo profesional en el Maryon Park de Londres, una escena impactante y una trama por descubrir de muchas formas posibles, cuya trazabilidad se puede analizar de forma detallada en un artículo, Blow UP – Michelangelo Antonioni (Análisis en profundidad), que desgrana el argumento antecedente y consecuente de la película y que recomiendo en una atenta lectura, para no descubrir ahora, nunca mejor dicho, el discreto encanto de un revelado de película y de sus sucesivas ampliaciones (blow-up en estado puro).

Vuelvo a mi caja de sueños que contiene centenares de negativos, para repasar una vida llena de blanco y negro en mi infancia y de un inmenso color después, fundamentalmente porque nunca quise ser ciego al color, como pasaba a los habitantes de las dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, que nos dio a conocer Oliver Sacks en un libro precioso, La isla de los ciegos al color. La vida es algo más que el blanco y negro, que los grises, porque el cerebro está preparado para interpretar todos los matices cromáticos de la vida sin dejar ninguno atrás, la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a veces a una fotografía o película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, recuperando esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Hasta que un día revelamos los negativos de nuestra vida, guardados con esmero en una caja de sueños, devolviéndoles la vida real que contienen en su discreto encanto del color o del blanco y negro, según la luz del momento, sabiendo en nuestra persona de secreto que tienen el tiempo dentro.

(1) Brainard, Joe (2009). Me acuerdo. Madrid: Sexto Piso.

(2) Altares, Guillermo (2009, 28 de marzo), Cuando un recuerdo es algo que tenemosEl País (Babelia), p. 8.

(3) https://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-187760-2012-02-17.html

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UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SIRIA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

El Resumen de 2025, un regalo especial de RTVE, para que no se olvide

RTVE – Resumen de 2025

Sevilla, 4/I/2026 – 10:30 h UTC (CET+1)

Una vez más esperé el pasado 31 de diciembre, con ardiente interés público, la presentación por parte del periodista Carlos del Amor, del resumen informativo de 2025, en nombre de RTVE y como creador del guion y director del mismo. Ha sido una fábula extraordinaria narrada por personajes familiares del cine español y la colaboración especial de Richard Gere: Luis Zahera, Javier Cámara, Alba Flores, Petra Martínez, Juan Diego Botto, Blanca Suárez, Susi Sánchez, Álvaro Morte, Paco León o María Pérez García. También participó finalmente el cantante Leiva, interpretando una versión de «El hombre pájaro» del recientemente fallecido Robe Iniesta, bajo la dirección en este caso de Fernando León de Aranoa, por solicitud expresa de Carlos del Amor.

Ha escogido acontecimientos muy importantes del país y del mundo en general, respetando la memoria histórica de 365 días de vértigo, impregnados de conocimiento y sentimiento, pero con la habitual maestría de Carlos del Amor, que respeta un mensaje del poeta Rafael Alberti, tantas veces recordado en este cuaderno digital, dedicado al verso que, hoy, puedo cambiar por resumen de 2025: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso. El resumen, sin corazón, no es nada. Ahí está su secreto.

Para orientar brevemente sobre su contenido, la televisión pública publicó la sinopsis del Resumen de 2025, de la que extraigo el núcleo de su hilo conductor, así como impresiones de su director Carlos del Amor y del realizador, Antonio Casado: “Ambientado en el año 2105, en un mundo con coches volando tipo Blade Runner, el resumen comienza con la actriz Petra Martínez acudiendo a la Tienda de la memoria regentada por Javier Cámara para saber qué pasó en el año de su nacimiento, 2025. Y entonces el actor empieza a sacar trastos de un almacén, que es un sitio hermoso”. Del Amor también relata que “pedimos a la gente que nos enviara fotos también, diciéndonos qué tal les ha ido la vida. Porque al final estamos aquí por los espectadores, nos debemos a ellos, y muchas veces nos fijamos en los grandes titulares, y de vez en cuando también está bien ver a esa persona que terminó una carrera, que aprobó una oposición, que nació un hijo, perdió a alguien… Bueno, ver qué tal les ha ido. Nos las han enviado a las redes sociales, y el último minuto y pico es para ellos». Sobre la participación de Richard Gere, Carlos del Amor cuenta “las burbujeantes sensaciones que tuvo cuando dirigió a Gere: «Cuando yo le tenía delante, yo pensaba en Oficial y Caballero o Pretty Woman, que es la película más vista en televisión, y ahora le estás diciendo que mire para este lado, o un cámara le está diciendo: ‘Richard, perdón’. Y qué privilegio, ¿no? Pero lo ha puesto todo muy fácil, son todos muy generosos, todos vienen de forma altruista, desinteresada y ponen su esfuerzo para sumarse a este resumen».

Personalmente, tengo grabadas en mi mente las imágenes comentadas por Alba Flores sobre la guerra de Gaza, de un niño descalzo de 8 años, Jadoua, que huye desesperado de Ciudad de Gaza por los bombardeos y la orden del ejército israelí de evacuar la zona, cargando a su hermanito de 2, Khaled, mientras con la voz ahogada en llanto grita una y otra vez «ya ama», que significa «mamá».

Véanlo de nuevo porque merece la pena este refuerzo democrático para cuidar la memoria histórica de este país, del mundo en general, en un año convulso como ha sido 2025. Expreso de esta forma el reconocimiento y agradecimiento por el trabajo bien hecho por la televisión pública de este país y, obviamente, por la entrega profesional y cuidado de Carlos del Amor para hacernos llegar siempre las noticias verdaderas, tal y como están pasando y estamos viendo, sin contaminación y manipulación alguna.

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¡Paz y Libertad!

Plácido y Berlanga, vuelven en la navidad de 2025

Sevilla, 13/XII/2025 – 07:30 h (CET+1)

Tengo asociado cada año, por estas fechas, un recuerdo imborrable de una película de culto dirigida por Luis García-Berlanga (1921-2010), Plácido (Siente un pobre en su mesa, su título original y prohibido por la censura del régimen franquista), estrenada en 1961, con un guion memorable en el que colaboró Rafael Azcona, a quien he dedicado también palabras de respeto y admiración en este cuaderno digital. Marcó mucho mi pasión por el “cine comprometido”, como se decía antes. Un detalle que no me pasó nunca por alto, es que en un cartel promocional de la película aparecían las siguientes palabras, no inocentes, junto al apellido del director: Berlanga vuelve con un motocarro, una estrella de oriente y un pobre diablo. ¡Lo que había que aguantar en ese tiempo de dictadura para sobrevivir! Porque la verdad es que Berlanga volvía con sus películas mordientes, para algo mucho más profundo en almas inquietas de este país y para calentar a los que teníamos “helado el corazón”, en palabras inolvidables de Antonio Machado.

Este recuerdo me ha permitido revivir también mis años de infancia y adolescencia en Madrid, en el barrio de Salamanca, donde había Plácidos y familias burguesas dispuestas en Navidad a sentar pobres en su mesa con dosis de neorrealismo celtibérico, no italiano, sin que el pobre de Cesare Zavattini, el guionista italiano de moda, tuviera culpa de ello. También podría denominarse realismo trágico español a diferencia del excelente realismo mágico colombiano, que tan maravillosamente expuso en alguna de sus obras el gran escritor Gabriel García Márquez.

El argumento de esta película es imborrable como crítica, sutil y directa al mismo tiempo, de la época franquista en la que se rodó. Conocí personalmente el mundo de los isocarros, los fregaos (en palabras de Plácido) para pagar las letras mes a mes, los coordinadores de las campañas para sentar pobres y ancianos en las mesas de los “pudientes”, los urinarios públicos atendidos por mujeres que reflejaban su dignidad mediante delantales blancos rodeados de puntillas, impolutos. Las estrellas gigantes de Navidad de papel de plata con orientación imposible hacia la izquierda (¡qué paradoja!), los repartos por sorteo (te tocaba un pobre al que había que atiborrar -al menos la noche de Nochebuena- para adormecer las conciencias católicas, apostólicas y romanas), para demostrar en ruedas de prensa, también imposibles, con amistades, compañeras y compañeros de trabajo, y vecindad, que “se tenía un pobre en casa”, la sutileza no confesable del cambio de las sábanas “buenas” por las “corrientes” para depositar al pobre enfermo -acogido como rey por un día– que encima se muere y que en aquella corrosiva película arrancaba frases corales de este tenor: “Con lo bien que iba la campaña, ¡qué fatalidad!”.

Berlanga escribió un guion junto a Rafael Azcona, que no tenía desperdicio y que recuerdo ahora para los más jóvenes del lugar: con motivo de la promoción de las ollas a presión Cocinex, la burguesía -donde reside la clave del dinero y el buen hacer- se puede llevar a casa por una noche a grandes artistas, como el lote de “la más prometedora promesa de nuestro cine, Maruja Collado y el niño cantor Paquito Yepes”. Además, por la buena causa de “cene con un pobre”, la gente de clase media y alta puede elegir entre los ancianos del asilo o los pobres de la calle. Y se retransmite en directo una cena en la casa de la presidenta de la Comisión de Damas que es la que organiza esta campaña “de maravillosa hermandad, de magnífica caridad o de hondo significado, que une a pobres y a ricos en todos los hogares de la ciudad”. Inconmensurable. Tan real como la vida misma.

Lo escribí así hace diecisiete años en este cuaderno digital y vuelvo a exponer mis principios en torno a la metáfora de la película porque no tengo otros. Hoy, pueden cambiar los actores, el decorado, incluso los pobres, y seguro que no habrá problema alguno de patrocinadores. Menos, probablemente, la nueva clase de nuevas ricas y de nuevos ricos que asola el país, en todas las proyecciones de supuesta riqueza posible, dispuestos a sentar a los nuevos pobres en sus mesas, como maravillosa y nueva hermandad, pero sin que cambie un ápice su patrimonio mental, personal, familiar y social, asentado todo en la falta de educación ciudadana y en la mayor de las pobrezas: la autosuficiencia basada en el des-conocimiento [sic, con guion]. Pero Berlanga y Rafael Azcona, desde donde quiera que estén, podrían volver a escribir un guion utilizando el mismo discurso porque la doble moral sigue campando por sus respetos. Digo moral y no ética, porque esta última sigue, con perdón, sin saberse qué es, como gran desconocida que fundamenta todos los actos humanos, constituyéndose en el suelo firme de la vida, la solería de nuestra existencia. Berlanga y Azcona lo resumieron maravillosamente en la letra desgarradora y trucada (¿dónde estaba el censor de turno?) del villancico final de la película: en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá. Y no se puede andar por la vida sin suelo, aunque los Plácidos de turno tengan que escenificar, a veces, que la felicidad está en los plazos interminables, de todo tipo, que hay que pagar para tener una vida sobre ruedas. Porque, para ser, ¡eso es otra cosa!

Gracias, Luis García-Berlanga por habernos ayudado con películas memorables a conocer la trastienda del Régimen, sin que ellos supieron apreciarlo así. Ahí radicaba su miseria. Sesenta y cuatro años después del estreno de Plácido (1961), no son nada cuando se demuestra que las personas volvemos a tropezar socialmente dos veces en la misma piedra de la indignidad. Asumo que Berlanga ha muerto, pero vuelve… a levantar nuestras almas caídas, de pobres diablos, como Plácido, en estos recuerdos con el paso del tiempo de sus películas dentro. Gabriel García Márquez a quien debemos una semblanza del realismo trágico, no mágico, de la Navidad, lo dijo alto y claro en un artículo publicado en 1980, en el diario El País: “Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran”.

Un villancico popular, que todavía se recuerda por los más antiguos de este país, que comienza diciendo “Madre, a la puerta hay un niño, tiritando está de frío”, continúa con una estrofa que resuena en los planos finales de Plácido y que todavía hoy estremece mi corazón: «¡Anda, dile que entre, se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá!». No lo olvido.

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¡Paz y Libertad!

Vuelvo a recordar a Gabriel García Márquez por su visión de la navidad actual

Gabriel García Márquez (Aracataca, Magdalena, Colombia, 1927- Ciudad de México, 2014)

La Navidad “es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”.

Gabriel García Márquez, en Estas navidades siniestras

Sevilla, 5/XII/2025 – 09:15 h (CET+1)

Ante las fiestas de Navidad que nos invaden por tierra, mar y aire, cada año con mayor anticipación, suelo buscar refugio en la literatura para intentar comprender diferentes reflexiones sobre el sentido actual de la navidad, siendo consciente de que a pesar del grito desesperado de rabiosa actualidad, “¡que nos la roban!”, por parte de las derechas ultramontanas, sigue vigente como celebración religiosa con denominación de origen, incluso con más fuerza que nunca, auspiciada por la corriente capitalista, liberal, populista y nacionalista, con apoyos explícitos de la Iglesia católica, apostólica y romana, dirigida de forma no inocente hacia el Gran Mercado Mundial, que sopla en los cuatro puntos cardinales del planeta, comandada por Míster Trump, orgulloso siempre de «haber encabezado la ofensiva contra el asalto a la Navidad». Vaya por delante mi respeto reverencial a las personas de bien que tienen esta creencia navideña y son consecuentes con ella y con lo que representa, no integrados en lo que se ha convertido esta celebración en un mundo cada vez más al revés, con una carrera de relevos luminosos para realzar esta fiestas con un desenfreno que da miedo. ¡Más madera, es la guerra!, o lo que es lo mismo en versión rediviva de Groucho Marx: ¡Más luces leds, es la guerra navideña!

En esta búsqueda literaria encontré, hace ya bastantes años, un artículo de Gabriel García Márquez, que vuelvo a comentar y compartir hoy con la Noosfera, la malla pensante de la humanidad según Teilhard de Chardin y Tom Wolfe, publicado en el diario El País, el 24 de diciembre de 1980, que llevaba un título harto preocupante: Estas navidades siniestras. Es verdad que hacía un retrato demoledor de la celebración de la navidad en los países latinoamericanos, pero salvando lo que haya que salvar, creo firmemente que sigue teniendo vigencia absoluta en nuestro país.

Comenzaba de forma implacable: “Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran”.

El artículo sigue describiendo una realidad irrefutable: la navidad ha perdido su relato histórico para dar paso a la interpretación de una historia brillante por parte del mercado americano. García Márquez reconoce que la navidad latinoamericana era de factura española, con su candidez sencilla y fea a veces: “Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau”.

Después analiza el desplazamiento de los regalos del día de Reyes por los del día 25 de diciembre a través de Santa Claus, Papá Noel, San Nicolás y otras metamorfosis imposibles de impecable factura gringa, nórdica o inglesa: “Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noel de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen San Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina”.

Finaliza el artículo con palabras muy duras afirmando que la fiesta de la Navidad “[…] es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”. Y continúa con una premonición a modo de profecía, dado que los niños del mundo pueden terminar “[…] por creer de verdad que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos”.

Plácido, 1961, escenas finales – Dirigida por Luis G. Berlanga.

En este contexto recuerdo siempre la película que marcó mi infancia en tierras de Castilla, Plácido (Siente un pobre en su mesa, su título original), dirigida por Luis G. Berlanga y nominada al Óscar de 1962, porque me ayuda a comprender mejor los fastos navideños que nunca me supieron levantar, al igual que la música militar que cantaba Paco Ibáñez o la navidad siniestra contada por Gabriel García Márquez. En aquella película, el guion no tenía desperdicio y Rafael Azcona lo sabía. Con motivo de la promoción de las ollas Cocinex, la burguesía -donde reside la clave del dinero y el buen hacer- se puede llevar a casa por una noche a grandes artistas, como el lote de “la más prometedora promesa de nuestro cine, Maruja Collado y el niño cantor Paquito Yepes”. Además, por la buena causa de “cene con un pobre”, la gente de clase media y alta puede elegir entre los ancianos del asilo o los pobres de la calle. Y se retransmite en directo una cena en la casa de la presidenta de la Comisión de Damas que es la que organiza esta campaña “de maravillosa hermandad, de magnífica caridad o de hondo significado, que une a pobres y a ricos en todos los hogares de la ciudad”. Inconmensurable. Tan real como la vida misma.

Aprovechando la dolorosa ausencia de un maestro del cine de autor, Azcona, comprometido con la vida y la muerte, con la auténtica Navidad de cualquier año, publiqué en 2008 que “hoy, pueden cambiar los actores, el decorado, incluso los pobres, y seguro que no habrá problema alguno de patrocinadores. Menos, probablemente, la nueva clase de nuevas ricas y de nuevos ricos que asola el país, en todas las proyecciones de supuesta riqueza posible, dispuestos a sentar a los nuevos pobres en sus mesas, como maravillosa y nueva hermandad, pero sin que cambie un ápice su patrimonio mental, personal, familiar y social, asentado todo en la falta de educación ciudadana y en la mayor de las pobrezas: la autosuficiencia basada en el des-conocimiento [sic]. Pero Rafael Azcona, desde donde quiera que esté, puede volver a escribir un guion utilizando el mismo discurso porque la doble moral sigue campando por sus respetos. Digo moral y no ética, porque esta última sigue, con perdón, sin saberse qué es, como gran desconocida que fundamenta todos los actos humanos, constituyéndose en el suelo firme de la vida, la solería de nuestra existencia. Berlanga y Azcona lo resumieron maravillosamente en la letra desgarradora y trucada (¿dónde estaba el censor de turno?) del villancico final de la película: en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá.

Canté este villancico en muchas navidades blancas y con noches de paz y de amor sin darme cuenta de lo que decía. García Márquez tenía razón.

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