¿Estamos donde debemos estar? Esa es la cuestión

Sevilla, 1/XII/2025 – 07:43 h (CET+1)

Ayer volví a ver por enésima vez “Memorias de África”, porque sigo teniendo muy presente en mi vida la gran pregunta de Isak Dinesen (1885-1962), la autora de la obra homónima sobre la que está basada la película: “¿Estamos donde debemos estar? Esa es la cuestión”… en estos tiempos revueltos.

El pasado 17 de septiembre la vi de nuevo, con motivo del fallecimiento del gran actor Robert Redford, recordado siempre por películas de gran valor cinematográfico como Dos hombres y un destinoEl hombre que susurraba a los caballos o Memorias de África, que obtuvo siete premios Óscar en 1986. Quizá sea esta última la que tuve presente en ese momento tan especial por mi asociación mental de Redford junto a Meryl Streep y la extraordinaria banda sonora compuesta por John Barry, con un fondo musical excelente de Mozart. La química exhibida por la pareja formada por Streep y Redford, por entonces quizá los dos actores más aclamados en Hollywood, ha marcado una impronta inolvidable en muchas memorias de todos y en la de secreto. En la mía, también.

La banda sonora de la película, bajo la batuta de John Barry, sigue viva en mi discoteca de secreto, haciendo incursiones en la memoria de hipocampo que, como caballo de mar, sigue surcando historias de búsqueda de islas desconocidas para contarlas en este cuaderno digital. Lo que me sobrecoge verdaderamente es asociar siempre esta película y su trama con Mozart, a través de su maravilloso adagio compuesto para el Concierto para clarinete y orquesta (K. 622), acompañando los recuerdos de Karen. No desmerece esta puntualización, en absoluto, el tema nuclear que suena lentamente en los títulos de crédito que ayudan a comprender mejor los tesoros ocultos para el alma en Kenia. El segundo tema, se hace presente en momentos difíciles para la protagonista en su penoso matrimonio de conveniencia, salvado por un cazador profesional, Denys George Finch Hatton, un papel desempeñado de forma impecable por Redford.

W. A. Mozart: Adagio del Concierto de Clarinete en La mayor, KV 622 – Orquesta Sinfónica de Islandia / Oboe: Arngunnur Árnadóttir, Harpa Concert Hall – Reykjavík, 10 de septiembre de 2015

Memorias de África está asociada siempre, en mi vida, con Mozart, sin desmerecer el trabajo fantástico de John Barry. También, con la inteligencia humana, mientras escucho atentamente su banda sonora de hoy, de siempre. Vuelvo a recordar que la inteligencia, hoy por hoy, no tiene color. La conjunción de blancos, grises y algunas veces, negros, atribuida a las materias que conforman el cerebro, sigue dándonos muchos quebraderos de cabeza. Sobre todo, porque tenemos que estar muy agradecidos al continente africano y doloridos al mismo tiempo por la muerte letal que les rodea entre enfermedades (sida), esclavitud histórica y de nuevo cuño en pateras, guerras fratricidas y con una deuda histórica mundial.

Meryl Streep y Robert Redford interpretaron la conciencia del deber estar cinematográfico, a la perfección, en Memorias de África, recordando una reflexión que vuela sobre la película como hilo conductor, Estoy donde debo estar, que reproducía fielmente la que figuraba en el comienzo de la obra homónima de Isak Dinesen (1885-1962), seudónimo de la baronesa Karen Blixen, publicada en Dinamarca en 1937. Por la magia del cine, hoy lo he recordado de nuevo, dejándonos una pregunta en el aire que respiramos a diario y que nos ofrece seguridad y ligereza de corazón: ¿Estamos donde debemos estar? Esa es la cuestión.

Doscientos mil años de memoria de la inteligencia humana, desde el momento histórico en que los primeros humanos modernos decidieron abandonar África y expandirse por lo que hoy conocemos como Europa y Asia (1), nos ofrecen la posibilidad de disfrutar de nuevo de Memorias de África, de la memoria de Mozart en su precioso adagio, de cómo nos contaron una bella historia Meryl Streep y Robert Redford, para que no olvidemos África y su alma, todavía desconocidas para muchos en diciembre de 2025.

(1) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la Noosfera digital, p. 15-28.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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¡Paz y Libertad!

Ve hasta donde no puedas, adonde sea imposible llegar

Sevilla, 24/XI/2025 – 14:05 h (CET+1)

Estoy leyendo de forma pausada el libro del director de cine Costa-Gavras, Ve adonde sea imposible llegar, en el que narra a modo de memorias las vicisitudes de su larga carrera cinematográfica, atendiendo a su sinopsis oficial: “Cine, política y vida se enredan en un continuo vaivén por el que asoman los rostros de aquellas personas que han compartido un mismo o parecido viaje, familia y amigos, colaboradores y encuentros decisivos, que han tenido una significación especial en su vida y que han supuesto el despojamiento (teñido de cierto desencanto) de algunos dogmatismos generacionales, pero que fundamentalmente le han llenado de experiencias, arrugas y cicatrices, que han dado madurez y personalidad a un autor profundamente circunspecto”.

Simultaneo su lectura con Le dernier souffle (El último suspiro), en su original francés, una obra escrita por Claude Grange y Régis Debray, que inspiró la última película de este director, de título homónimo.

¿Por qué esta lectura conjunta? Lo explico a continuación, porque resulta atractivo para mi persona de secreto que Costa-Gavras se inspirara, en el título de sus memorias, en un escritor griego, como él, Nikos Kazantzakis, extrayendo un diálogo de su personalísima Carta a Greco, en el que le pide al pintor, dirigiéndose a él como “abuelo amado”, que le dé una orden para centrar su azarosa vida, que recibe en los siguientes términos: “Llega hasta donde puedas”. El consejo no llegó a estremecer el corazón del peticionario y vuelve a pedir al abuelo una orden “más difícil, más cretense”, resonando a partir de ese momento “una voz hecha para ordenar y que hacía temblar el aire”: “¡Llega hasta donde no puedas!”.

De esta forma, estas palabras de espíritu cretense, son para mí el hilo conductor de sus memorias, leyéndolas con fruición desde que escuché una intervención suya en el Festival de Cine de San Sebastian, en 2024, con motivo de la presentación de su última película, El último suspiro, en la que manifestó que que “el cine es un espectáculo que busca generar emociones en el espectador, luego a partir de esas emociones éste puede llevar a cabo una reflexión o no, pero en todo caso el cine no está para impartir doctrina”, a lo que agregó: “Yo nunca podría rodar una película sobre algo que me resultara indiferente. Cuando he intentado hacerlo, he desistido y he abandonado el proyecto. Rodar una película es como vivir una historia de amor, hay que hacerlo hasta el final. A mis 91 años y con la muerte asomando en el horizonte es normal que a menudo me pregunte: ¿cómo acabará todo esto? ¿Cuando llegue el momento seré presa del terror o podré acabar mis días con dignidad?”. Ese día tendrá un sentido especial haber recorrido su vida con aquella orden de su abuelo amado como hilo conductor, recordando a Kazantzakis, porque ha ido hasta adonde ha podido llegar, aunque pareciera imposible. Costa-Gavras lo explica muy bien en sus Memorias, cuando afirma que en su mayo francés de 1968, que vivió en vivo y en directo, escuchó, entre otros muchos eslóganes, uno que decía “sé realista, haz lo imposible”, lo que le recordó la frase de Kazantzakis, Ir adonde resulta imposible llegar: “Durante mi época de estudiante, me había hecho reflexionar mucho por la dureza de su significado. Para mí cobró sentido en París al leer esta otra frase: “No quiero ser el más fuerte, ni el más rico, ni el más guapo, ni el más grande. Quiero ser diferente”.

Leo también, como he manifestado anteriormente, la obra francesa de Grange y Debray, El último suspiro, después de haber visto la película, que me emocionó especialmente, con su hilo conductor vital, declarado por Costa-Gavras. La sinopsis oficial es escueta, para no interferir las emociones y sentimientos del espectador: «En una suerte de diálogo filosófico, el doctor Augustin Masset y el célebre escritor Fabrice Toussaint debaten sobre la vida y la muerte… Una vorágine de encuentros en los que el médico es el guía y el escritor, su pasajero, conducido a confrontar sus propios miedos y angustias… Una danza poética en la que cada paciente es un compendio de emociones, risas y lágrimas… Un viaje al corazón palpitante de nuestras vidas».

Una cosa más. Costa-Gavras se despidió en su comparecencia oficial de presentación de su película en el Festival de San Sebastián, estrenada en 2024, dejando un mensaje aleccionador: “Buena parte de ese vivir de espaldas a la muerte está motivado por nuestra educación religiosa. Las religiones nos invitan a resignarnos ante el sufrimiento, pero sufrir es algo obsceno, no hay nada de bueno en ello. Sufrir es lo peor de la vida y del mismo modo que ya hay métodos para que las mujeres puedan parir sin sufrir, debería implementarse algo parecido en medicina paliativa […] Sea cual sea nuestro estado físico, yo creo que nunca hay que rendirse, merece la pena luchar hasta el final”. Una vez más, sintió profundamente, al pronunciar estas palabras, aquella orden del “abuelo amado”, según Kazantzakis: ve adonde sea imposible llegar. Mejor todavía, lo leído en dos pancartas del Mayo francés, como si fuera dos órdenes en su vida: “Sé realista, haz lo imposible” y “No quiero ser el más fuerte, ni el más rico, ni el más guapo, ni el más grande. Quiero ser diferente”.

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¡Paz y Libertad!

Otoños / 3. Ciegos al color de la vida

ERICH LESSING
Julie Andrews, junto a su hija, en un descanso del rodaje de “Sonrisas y Lágrimas” / Erich Lessing

Sevilla, 24/IX/2025 – 08:46 h (CET+2)

Otoño es un mes de colores ocres, verdes apagados, hojas caídas, tonos cambiantes, casi todo ocre: “¿De cuándo ese carmín que fue violeta?, ¿De dónde el oro que era ocre hace un instante?”. Ángel González lo recuerda en su cuarto poema, Ciego, como si todo lo envolviera la acromatopsia (1) que solo afecta a los seres humanos. Lo aprendí leyendo a Oliver Sacks, porque esta enfermedad real es la ceguera del color, que no permite agregar color a la óptica de la vida. Todo se ve siempre de color gris. En su magnífico libro La isla de los ciegos al color (2), descubrí que existe un lugar en el mundo, en dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, donde se concentra esta enfermedad, donde todo se ve siempre de color gris, que permiten “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.

Hoy, recordando a Sacks de nuevo, pienso que el poema de Ángel González, extiende geográficamente, por todo el mundo, la ceguera a la vida:

¿Ciego a qué?
No a la luz:
a la vida.

¿Sordo a qué?
No al sonido:
a la música.
Abre los ojos,
oye:
nada ve,
nada escucha.

Como si al mundo entero
una nevada súbita
lo hubiese recubierto
de silencio y blancura.

Confieso que he vivido una experiencia extraordinaria, simbólica, de lo que significa el paso del blanco y negro al color, en el contexto del libro citado de Oliver Saks y tras la lectura meditada del poema de Ángel González. Ocurrió cuando contemplé en una ocasión una foto en blanco y negro del fotógrafo Erich Lessing en pleno rodaje de la película “Sonrisas y lágrimas”: “La vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y lágrimas permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guion que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral”.

Solo queda en este Otoño abrir los ojos, oír el paso de la vida, sin ver nada, sin escuchar nada, Como si al mundo entero / una nevada súbita / lo hubiese recubierto / de silencio y blancura.

(1) Acromatopsia: ceguera del color, enfermedad que no permite agregar a la óptica de la vida el color. Todo se ve siempre de color gris. 

(2) Sacks, O., La isla de los ciegos al color. Barcelona: Anagrama, 1999.

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¡Paz y Libertad!

Recuerdo a Robert Redford en Memorias de África

Sevilla, 17/IX/2025 – 08:47 h (CET+2)

Ayer falleció en Utah el gran actor Robert Redford, recordado siempre por películas de gran valor cinematográfico como Dos hombres y un destino, El hombre que susurraba a los caballos o Memorias de África, que obtuvo siete premios Óscar en 1986. Quizá sea esta última la que tengo presente en este momento tan especial por mi asociación mental de Redford junto a Meryl Streep y la extraordinaria banda sonora compuesta por John Barry, con un fondo musical excelente de Mozart. La química exhibida por la pareja formada por Streep y Redford, por entonces quizá los dos actores más aclamados en Hollywood, ha marcado una impronta inolvidable en muchas memorias de todos y en la de secreto. En la mía, también.

La banda sonora de la película, bajo la batuta de John Barry, sigue viva en mi discoteca de secreto, haciendo incursiones en la memoria de hipocampo que, como caballo de mar, sigue surcando historias de búsqueda de islas desconocidas para contarlas en este cuaderno digital. Lo que me sobrecoge verdaderamente es asociar siempre esta película y su trama con Mozart, a través de su maravilloso adagio compuesto para el Concierto para clarinete y orquesta (K. 622), acompañando los recuerdos de Karen. No desmerece esta puntualización, en absoluto, el tema nuclear que suena lentamente en los títulos de crédito que ayudan a comprender mejor los tesoros ocultos para el alma en Kenia. El segundo tema, se hace presente en momentos difíciles para la protagonista en su penoso matrimonio de conveniencia, salvado por un cazador profesional, Denys George Finch Hatton, un papel desempeñado de forma impecable por Redford.

W. A. Mozart: Adagio del Concierto de Clarinete en La mayor, KV 622 – Orquesta Sinfónica de Islandia / Oboe: Arngunnur Árnadóttir, Harpa Concert Hall – Reykjavík, 10 de septiembre de 2015

Memorias de África está asociada siempre, en mi vida, con Mozart, sin desmerecer el trabajo fantástico de John Barry. También, con la inteligencia humana, mientras escucho atentamente su banda sonora de hoy, de siempre. Vuelvo a recordar que la inteligencia, hoy por hoy, no tiene color. La conjunción de blancos, grises y algunas veces, negros, atribuida a las materias que conforman el cerebro, sigue dándonos muchos quebraderos de cabeza. Sobre todo, porque tenemos que estar muy agradecidos al continente africano y doloridos al mismo tiempo por la muerte letal que les rodea entre enfermedades (sida), esclavitud histórica y de nuevo cuño en pateras, guerras fratricidas y con una deuda histórica mundial.

Meryl Streep y Robert Redford interpretaron la conciencia del deber estar cinematográfico, a la perfección, en Memorias de África, recordando una reflexión que vuela sobre la película como hilo conductor, Estoy donde debo estar, que reproducía fielmente la que figuraba en el comienzo de la obra homónima de Isak Dinesen (1885-1962), seudónimo de la baronesa Karen Blixen, publicada en Dinamarca en 1937. Por la magia del cine, hoy lo he recordado de nuevo, dejándonos una pregunta en el aire que respiramos a diario y que nos ofrece seguridad y ligereza de corazón: ¿Estamos donde debemos estar? Esa es la cuestión.

Doscientos mil años de memoria de la inteligencia humana, desde el momento histórico en que los primeros humanos modernos decidieron abandonar África y expandirse por lo que hoy conocemos como Europa y Asia, nos ofrecen la posibilidad de disfrutar de nuevo de Memorias de África, de la memoria de Mozart en su precioso adagio, de cómo nos contaron una bella historia Meryl Streep y Robert Redford, para que no olvidemos África y su alma, todavía desconocidas para muchos en septiembre de 2025. Ni a un actor excelente como Robert Redford y lo que ha representado para la historia del cine y la de la humanidad, con un compromiso social intachable de obligado reconocimiento.

(1) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la Noosfera digital, p. 15-28.

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¡Paz y Libertad!

«La voz de Hind Rajab», una película sobre la muerte de una niña palestina en Gaza, que estremece el alma

Fotograma de «La voz de Hind Rajab”

Sevilla, 8/IX/2025 – 07:15 h (CET+2)

La película «La voz de Hind Rajab”, dirigida por Kaouther ben Hania (Túnez, 1977), recibió el viernes pasado el León de Plata y Gran Premio del Jurado del 82° Festival de Venecia, una denuncia social con alcance internacional sobre el genocidio actual en Gaza, que relata la agónica muerte de una niña palestina en aquel territorio, utilizando el audio real con escenas dramatizadas. Consiguió también una victoria ética con veintitrés minutos de aplausos por parte del público asistente y desde su pase oficial ya fue reconocida como merecedora del máximo galardón del Festival, el León de Oro, pero los organizadores prefirieron no posicionarse oficialmente en contra del genocidio israelí, lo que indudablemente tuvo que influir en la decisión final del jurado, conociéndose que hubo un serio debate protagonizado por parte de algunos de sus miembros.

La película narra un hecho real y contrastado por fuentes oficiales, ocurrido el 29 de enero de 2024, cuando una niña palestina de seis años, Hind Rajab, pedía ayuda por teléfono a la Media Luna Roja Palestina, una y otra vez, para que la ayudaran, “tengo mucho miedo, por favor, venga, Lléveme. Por favor”, suplicaba, porque el vehículo en el que viajaba con miembros de su familia, su tía, su tío y sus tres primos, estaba siendo acribillado por soldados y tanques del ejército israelí, oficialmente demostrado, contabilizándose en inspecciones posteriores del vehículo más de 300 impactos de balas. Así, se mantuvo la niña al teléfono durante tres horas, hasta el momento en que también murió. Cuando la asistencia pudo llegar doce días más tarde, encontraron el cadáver de la niña, los de los familiares que la acompañaban y los del personal sanitario de la Media Luna Roja Palestina, que habían acudido urgentemente con una ambulancia en su ayuda.

Según informa el diario Público, “Tal y como apuntaron los investigadores, en el informe de Forensic Architecture, el coche de la familia de Hind Rajab tenía un total de 335 agujeros de bala en la carrocería. “Este análisis sugiere que el tanque tuvo que estar colocado a corta distancia (12-13 metros) del coche cuando disparó los tiros que mataron a Layan [una prima de Hind Rajab]. A tal proximidad, no es plausible que el tirador no hubiera podido ver que el coche estaba ocupado por civiles, incluidos niños”, señaló la investigación”.

Una vez más, uniéndome al dolor humano que supone lo narrado en la película premiada en Venecia, a título de denuncia internacional sobre lo que está sucediendo en Gaza, no debemos olvidar en estos momentos un mensaje que Eduardo Galeano nos recordó en unas palabras de rabiosa actualidad: “Desde 1948, los palestinos viven condenados a humillación perpetua. No pueden ni respirar sin permiso. Han perdido su patria, sus tierras, su agua, su libertad, su todo. Ni siquiera tienen derecho a elegir sus gobernantes. Cuando votan a quien no deben votar, son castigados. Gaza está siendo castigada. […] El ejército israelí, el más moderno y sofisticado del mundo, sabe a quién mata. No mata por error. Mata por horror. Las víctimas civiles se llaman daños colaterales, según el diccionario de otras guerras imperiales. En Gaza, de cada diez daños colaterales, tres son niños. Y suman miles los mutilados, víctimas de la tecnología del descuartizamiento humano, que la industria militar está ensayando exitosamente en esta operación de limpieza étnica”.

El cine, una vez más, cumple una función social. Cuenta con mi reconocimiento expreso.

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¡Paz y Libertad!

La oscura raíz del grito

Verónica Echegui (1983-2025)

Sevilla, 2/IX/2025 – 08:38 h (CET+2)

Me siento hoy algo incómodo al poner el título de este artículo, porque estas palabras sólo les pertenecen, en primer lugar, a Federico García Lorca, al recogerlas en Bodas de sangre y, recientemente, a Álex García, al citarlas en una carta abierta dirigida a la actriz Verónica Echegui, su amor de pareja durante trece años, fallecida el pasado 24 de agosto, desgraciadamente “en la flor de su vida”, que decían mis mayores.

He leído la carta dos veces y lo he hecho porque necesitaba recuperar la creencia de que aún es posible defender el auténtico amor humano sobre todas las cosas, en un mundo que se derrumba por el odio y la ausencia de felicidad propia y compartida. Gracias, Álex.

Reproduzco la carta completa, porque siguiendo la estela de la Cantata de Santa Maria de Iquique, sé que “con el amor y el sufrimiento se aúnan las voluntades”. Deseo compartir este sentimiento y pensamiento, aunque defiendo que “este sentimiento se debe escuchar más fuertemente que el viento”, tal y como lo aprendí de Rafael Alberti.

Gracias Álex, por brindarnos esta oportunidad de vivir y estar en el mundo de forma diferente, atrapados por una Ola de Amor que ha generado la ausencia de la actriz, a la que sucumbimos, porque arrastra a las personas que admiramos la vida, convencidos de que es bella cuando es digna, pero no cuando lo es sólo para algunos, sino cuando la disfrutamos todos.

Carta a Verónica Echegui

«¡Fara frica!»
Nos gritaban mientras nuestros pies llenos de barro volaban en mitad de aquella tormenta en Rumanía. ¡Fara frica! Y nos agarraban las manos y cada vez se sumaban más y más personas… Nos miraban todos con el mismo amor que desprendíamos… Porque amor, llama a amor. Y así era siempre contigo.

Sonaba Paul Kaklbrenner, y con una bolsa de basura donde otro hubiera corrido a resguardarse, tú inventaste un pase de moda. Entre charcos y altavoces a todo volumen que rompían la realidad. Ahí eras feliz.

Fuiste italiana, inglesa, murciana, catalana y canaria….
Siempre agarrabas las raíces y las hacías tuyas.
La oscura raíz del grito, que diría Lorca.
Me enseñabas que todos somos esa raíz, del amor y la oscuridad. Que todos somos uno, el árbol, la ola, tu padre y la hormiga que sube por la pared del dormitorio en verano…
Nunca fuiste actriz, fuiste canal. Altavoz de los corazones dormidos de esta tierra a los que dabas tu voz, tus dolores y todas tus vivencias más allá de este planeta a veces tan dual… Por eso tus personajes son universales. Porque son uno y tú eras todos.
Ahí también eras feliz.
Me decías, libélula, que aquí se sufre mucho, y no entendías por qué.
Solo el arte te ha ayudado siempre a sanar esa pregunta sin respuesta.

Te has tenido que marchar para que una ola de Amor recorra España. Para que esta profesión, a veces tan ingrata, se ponga de acuerdo en algo.
Para que mi móvil explote de amor…
Solo quiero que esa ola de Amor continúe en tsunami y apague todos los informativos del mundo, que empape todos los dedos que señalan su dolor en el de enfrente y aliente las caras mustias de estos años que corren…

Una vez en Katmandú, en el Ganges, me dijiste que no entendías por qué sufríamos tanto en los funerales en España. Por qué no celebrar la vida de la persona, más que lamentarla.
Mis ojos han llorado, Vero, han llorado mucho en los últimos días… y también mis pies han bailado sin pensar, y te he visto sumergirte en este océano inmenso que ahora tengo enfrente, este trocito de océano en el que bañamos a Roberto Pérez Toledo mientras sobrevolábamos la película que nos fundió para siempre.
Te he visto volar libre y feliz como tantas veces habíamos hablado… y bailar libre al fin.

Tu partida me ha recordado millones de momentos… entre ellos aquel día en Rumanía.

A la mañana siguiente preguntamos qué significaba «fara fricka».
Sin miedo, significaba.
Y así seguiré tu hermoso legado, Vero.
Sin miedo, descalzo y con Amor.

Alejandro García

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En la política digna, la gracia no presupone lo que la naturaleza no da

Paolo Sorrentino, La grazia (2025), 82º Festival de Venecia

Sevilla, 28/VIII/2025 – 11:38 h (CET+2)

Otra vez el cine cumpliendo, afortunadamente, una función social, didáctica y ejemplarizante, a través de una película italiana, La grazia, dirigida por Paolo Sorrentino, “un elogio de la política en tiempos de crisis”, como he leído en una crítica constructiva en elDiario.es, que ayer abrió el Festival de Venecia.

La sinopsis oficial creo que sólo introduce el verdadero hilo conductor de la película, la política útil y benefactora para la sociedad a la que debe servir: “Mariano De Santis, Presidente (ficiticio) de la República italiana, es un veterano político demócrata, humanista y cristiano, pero de repente comienza a dudar sobre varias importantes decisiones que debe tomar, en especial sobre si aprueba o no una ley de eutanasia, planteándose un gran dilema moral”. Habrá que verla para reforzar personalmente la utilidad de la buena política en democracia.

Si comienzo hoy con una visión “cinematográfica” de lo que está pasando y estamos viendo en este país, en el plano político, la primera reflexión en las postrimerías del verano y la entrada puntual del innegable “otoño caliente”, es que casi todo sigue igual, las derechas ultramontanas insultando y echando la culpa de todo lo que ocurre al presidente del Gobierno, en un negacionismo brutal de lo que significa la buena política, junto a una realidad flagrante, la de la izquierda cada vez más desunida, sin tomar conciencia, por respeto a sus votantes, de que próximamente “puede ser vencida” y con un denominador común: los y las protagonistas de la política indecente son el fiel reflejo de una máxima latina que aprendí en mis años jóvenes universitarios: gratia non datur, natura dispensatur o lo que es mismo en roman paladino (que decía Berceo), la gracia no presupone lo que la naturaleza no da, es decir, antes que ser buen político o buena política hay que ser buena persona, para entendernos todos, porque la gracia no es un bien infuso. Gracia entendida en este caso tal y como se asume por la iglesia católica: favor sobrenatural y gratuito que Dios concede al hombre para ponerlo en el camino de salvación. O lo que es lo mismo, otra vez: cualidad de buena persona y digna que determinados políticos y políticas creen que la naturaleza les ha concedido desde su nacimiento, por la gracia divina, sin mezcla de educación alguna, en su sentido más extenso.

Vivimos en el reino de la mediocridad y a esta corriente se apuntan los y las políticas que no acaban de entender su verdadera función, no asumiendo el gran principio latino expuesto anteriormente: la gracia no presupone lo que la naturaleza de cada uno, de cada una, no le ha dado a lo largo de la vida, entendida esta “naturaleza” como educación política integral e integrada, para empezar, como simples ciudadanos de a pie. Como decía Jorge Wagensberg (Aforismos), “lo mediocre es peor que lo bueno, pero también es peor que lo malo, porque la mediocridad no es un grado que pueda mejorar o empeorar, es una actitud. Todo mediocre cree haber descubierto lo que es poder: poder es poder hacer sufrir”. Un político o política, mediocre, mala persona, porque la gracia no presupone en ellos lo que la naturaleza no les ha dado, pueden hacer sufrir mucho a este país, a la democracia. Seguimos estando avisados.

Recuerdo al excelente escritor Manuel Rivas cuando en el periodo preelectoral de 2019 decía: “Hay mucha gente desencantada de la política, tal vez porque tenía de ella una visión providencial. Yo no estoy desencantado, ni encantado, porque no espero milagros. Me parece suficiente milagro una política que no haga daño. Aunque imperfecta, que no cause desperfectos. Que no penalice la libertad, que no normalice la injusticia, que frene la guerra contra la naturaleza. Una política que no se nos caiga encima”. Efectivamente, que determinados políticos y políticas no hagan daño, porque su desvergüenza no la puede suplir la gracia divina, tan creyentes ellos.

Mientras que la nave política va… en nuestro país, gracias, grazie tante, Sorrentino, por enseñarnos que otro mundo político es posible.

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¡Paz y Libertad!

‘Romería’, la nueva película de Carla Simón

Sevilla, 25/VIII/2025 – 07:45 h (CET+2)

Quien sigue de cerca las páginas de este cuaderno digital, conoce bien mi debilidad por el cine y si es social, mejor. Por esta razón, deseo escribir hoy una reflexión sobre la última película de la directora Carla Simón (Barcelona, 38 años), Romería, a la que tanto aprecio y sobre la que he escrito con especial cuidado en estas páginas, conociendo la deuda ética e histórica que siente esta excelente directora al contar -cinematográficamente hablando- la realidad de una generación olvidada y marcada por el sida y la heroína en nuestro país, algo que conoce bien y en primera persona. Con esta película y según palabras textuales de Carla Simón, se cierra su trilogía familiar: “Romería» nace de la frustración de no saber mucho sobre mis padres”.

Hablamos de trilogía porque Verano 1993 (2017), fue una sorpresa extraordinaria para el cine español de nueva generación, ganando el premio a la mejor ópera prima de la Berlinale y el Goya a mejor dirección novel. Con Alcarrás (2022) consiguió el Oso de la Berlinale, cerrándose ahora con Romería (2025), habiendo participado ya en la Competición del festival de Cannes antes de su estreno en salas de este país el próximo 5 de septiembre, con una acogida espectacular porque la presentación del pase oficial arrancó un aplauso que duró once minutos.

La sinopsis oficial de Romería, permite conocer el hilo conductor de la misma: «Marina, de 18 años, huérfana a temprana edad, debe viajar a la costa atlántica española para conseguir la firma de sus abuelos paternos, a quienes nunca conoció, para una solicitud de beca. Navega entre un mar de nuevas tías, tíos y primos, sin saber si la aceptarán o si encontrará resistencia. Despertando emociones reprimidas, reviviendo la ternura y desvelando heridas no expresadas del pasado, Marina reconstruye los recuerdos fragmentados y a menudo contradictorios de sus padres, a quienes apenas recuerda». Procuraré verla, porque sigo de cerca la vida y obra de Carla Simón. Sé de antemano que tiene el éxito garantizado.

He leído con la atención que merece una entrevista realizada durante la presentación en Cannes, en la que Carla Simón explica el por qué de la película: «Creo que Romería surgió de la frustración relacionada con mi historia familiar. Mis padres murieron cuando yo era muy joven, ambos de sida. Estaban arruinados, en una época —finales de los 80— en la que, por desgracia, era común en España. Mucha gente murió por sobredosis, sida o accidentes, durante una época muy liberal, pero también profundamente afectada por las drogas. Eso afectó mucho a las familias. Cuando intento reconstruir la historia de mis padres, siempre hay dolor. Me cuesta hablar de ello. Así que creo que la película surgió de esta frustración. Es una película sobre la importancia de la memoria familiar y sobre cómo forjar tu identidad. Cuando no puedes forjar tu identidad a través de otros, puedes inventarla mediante la creación. El cine está ahí para eso: para crear imágenes que no existen». Explica además por qué se ha rodado esta película en Galicia:, mientras que las dos anteriores de la trilogía se rodaron en Cataluña: «Soy catalana por parte materna, pero mi padre era gallego. Esta película me dio la oportunidad de filmar en su tierra: donde él creció y donde mis padres vivieron su historia de amor. Los lugares que visitaron siguen ahí. La gente va y viene, pero los espacios permanecen. Rodamos por primera vez en la costa de Vigo, una ciudad industrial con un centro histórico precioso. Cada semana, sentía que rodábamos una película diferente: Romería es casi como muchas películas en una. Hubo una semana en particular, que fue muy intensa, con muchos personajes. Ese fue nuestro mayor reto, pero también el más hermoso, porque ocurren cosas maravillosas cuando hay tanta gente que capturar. Y me encanta capturar estos momentos».

La belleza de la vida es revivir instantes mágicos que vivimos en momentos especiales. Con Romería sé que la historia que lleva dentro es bella. De ahí el éxito de Carla Simón. Lo merece.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

María y vosotros, May y Miguel Gallardo

Miguel Gallardo y María, su hija, en María y yo

Sevilla, 23/VIII/2025 – 11:22 h (CET+2)

Caminando del timbo al tambo, expresión que aprendí de Gabriel García Márquez en sus “Cuentos peregrinos”, he recibido hoy una propuesta cultural que me ha vuelto a conmover, al invitarme a volver a leer y ver una historia preciosa de un padre y su hija, autista por más señas, a los que he dedicado páginas en este cuaderno digital. Me refiero a Miguel Gallardo, dibujante de cómics, que dedicó su mejor obra a su hija María, que tengo guardada en mi memoria de hipocampo.

Vuelvo a publicar hoy el artículo que dediqué en 2022 a Miguel Gallardo, como homenaje “in memoriam” al conocer su fallecimiento y siendo consciente de lo que supone para niños y niñas diagnosticados de trastornos del espectro autista (TEA), la desaparición de esta figura de protección, en alta disponibilidad, a lo largo de sus vidas. También, a la madre de María, May y a todos los padres, madres, familiares, amigos, amigas y profesionales que los cuidan siempre con cariño y esmero.

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María y tú

Sevilla, 23/II/2022

Ayer falleció en Barcelona el dibujante de cómics Miguel Gallardo, al que conocí mejor en 2011, a través de una experiencia inolvidable, su mejor obra gráfica, María y yo, dedicada a su hija María, autista, realizada con una delicadeza y ternura dignas de encomio. Estas palabras son un pequeño homenaje a él, porque para mí forma parte de los “imprescindibles” de Brecht, que tanto necesitamos hoy, fundamentalmente porque luchó para cuidar a su hija toda su vida. Lo mejor que puedo escribir hoy es reproducir las palabras que le dediqué en 2011, María y yo, un gran regalo de Reyes, al descubrir su gran obra gráfica vital y, sobre todo, humana.

Aquél encuentro me permitió comenzar un nuevo año con un mensaje de esperanza y de optimismo ante la adversidad, con el recurso tan cercano de utilizar las pequeñas cosas, los pequeños afectos, los sentimientos, las emociones, para agregar valor a nuestras vidas, las de todos. Por eso no he olvidado a Miguel Gallardo y a su hija, a quienes debo haber descubierto, una vez más, el secreto de amar a pesar de todo.

María y yo, un gran regalo de Reyes

He recibido, gracias a la vida, un regalo precioso: una historia entrañable para personas preocupadas, como yo, por la inteligencia y por su capacidad para resolver problemas. He leido el cómic que lleva por título María y yo (1) y también he visto la película del mismo título con un guión adaptado de la obra de Miguel Gallardo, padre de María, la gran protagonista de esta historia bellísima, y reconocido creador de Makoki, líder en la década de los años ochenta de los mundos underground y contraculturales de nuestro país. El libro es para leerlo con mucha atención, lo que nos permitirá comprender bien un desajuste de estructuras cerebrales que son la base del autismo y cómo se puede abordar con mucha ternura esta realidad que está ahí, en muchos niños y niñas de nuestro país. María es un símbolo real de autosuperación en su persona de secreto que, poco a poco, se va conociendo con más detalle por la neurociencia más activa. Quizá, hoy, por ti, que sigues este blog.

Recomiendo la lectura del libro y la película, por este orden, para comenzar este año con un mensaje de esperanza y de optimismo ante la adversidad, con el recurso tan cercano de utilizar las pequeñas cosas, los pequeños afectos, los sentimientos, las emociones, para agregar valor a nuestras vidas, las de todos. La inteligencia de cada una, de cada uno, seguro, pone el resto, porque es la que nos permite resolver problemas, en la clave que aprendí hace muchos años, de José Antonio Marina: la inteligencia es la que permite, mediante una poderosa conjunción de tenacidad, retórica interior, memoria, razonamiento, invención de fines, imaginación -en una palabra, gracias al juego libre de las facultades-, que veamos una salida cuando todos los indicios muestran que no la hay. Inteligencia es saber pensar, pero, también, tener ganas o valor para ponerse a ello. Consiste en dirigir nuestra actividad mental para ajustarse a la realidad y para desbordarla (2).

Sevilla, 8/I/2011

(1) Gallardo, Miguel (2010). María y yo. Bilbao: Astiberri.
(2) Marina, José Antonio (1993). Teoría de la inteligencia creadora. Barcelona: Anagrama.

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¡Paz y Libertad!

El mar, la mar, fue una verdad descubierta por Rafael Alberti en un verano juvenil

Rafael Alberti Merello (El Puerto de Santa María, Cádiz, 1902-1999)

Sevilla, 10/VIII/2025 – 09:00 h (CET+2)

Es indudable mi admiración por la poesía de Rafael Alberti, al que tanto aprecio, como se puede comprobar buscando en este cuaderno digital mis reflexiones acerca de él, de su vida y obra. Por esta razón, vuelvo a publicar un artículo escrito en agosto de 2023, El verano, según el joven Alberti, porque una vez más descubro la profundidad del poeta gaditano a pesar de la aparente levedad en sus palabras. 

Finalizo el reencuentro “poético” en este mes imperial, que honra al emperador Octavio Augustus, dedicado a “recuerdos de lo vivido lejano”, siguiendo también la obra homónima del poeta gaditano, convencido de que la palabra envuelta en poesía, puede ayudar a transformar la forma que tenemos de vivir día a día en este loco mundo al revés. Utilidad de lo aparentemente inútil, de interés general, que diría Nuccio Ordine. O comprender junto a Gabriel Celaya, que “la poesía es un arma cargada de futuro”.

Intentaré descubrir hoy, en un cine de verano imaginario, que la mar, ¡sólo la mar!, aunque no la vea aquí en Sevilla, es.

El verano, según el joven Alberti

Tenía tan solo 21 años cuando Rafael Alberti publicó, en 1924, Marinero en tierra, una de sus obras emblemáticas y por la que obtuvo el primer premio del Concurso Nacional de Literatura, en la modalidad de Poesía, en junio de 1925. En esta obra iniciática, excelente, figura un poema, Verano, que a pesar de su brevedad, dos veces buena, es de un calado especial, que hoy rescato del olvido para dar sentido a un verano complejo para la gobernabilidad del país:

—Del cinema al aire libre
vengo, madre, de mirar
una mar mentida y cierta,
que no es la mar y es la mar.

—Al cinema al aire libre,
hijo, nunca has de volver,
que la mar en el cinema
no es la mar y la mar es.

Es verdad que la aparente sencillez expresiva de Alberti en este poema no tiene nada que ver con su profundo mensaje, como bien se analiza en el Centro Virtual Cervantes cuando aborda la sinopsis de esta obra. “En lo que se refiere al lenguaje poético, la obra queda lejos de la espontaneidad irreflexiva. Muy al contrario, analizado en las sucesivas ediciones —y mudanzas— que Alberti revisó, Marinero en tierra es un conjunto ligado mediante un alto sentido de la madurez poética. Es Jesús Fernández Palacios quien destaca las virtudes del engranaje: «Desde “Sueño del marinero”, como prólogo en tercetos encadenados, pasando por los diez sonetos de la primera parte, las treinta y tres canciones de la segunda hasta los sesenta y cuatro poemas de la tercera —introducida esta última parte por una hermosa y alentadora carta de Juan Ramón Jiménez, fechada el 31 de mayo de 1925—, la obra entera se resume como un compendio de tradición y modernidad, donde se mezclan versos endecasílabos y alejandrinos con los de arte menor, las estrofas clásicas con las nuevas canciones, el lenguaje convencional con el experimental, los usos normales con los juegos de palabras, y las comparaciones más elementales con atrevidas, alógicas metáforas». («Marinero en tierra», Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 485-486, nov.-dic. 1990, p. 288).

Verano, es la canción 22 en este poemario tan querido por mí y tantas veces leído y sentido. Creo que Juan Ramón Jiménez, cuando le escribió la carta entusiasta que se cita anteriormente, estaba convencido de la excelencia de las canciones a incorporar en la edición final de Marinero en tierra, tal y como lo expresaba con bellas y sentidas palabras, respetando la ortografía juanramoniana, dirigidas a su “querido amigo” Rafael Alberti: “[…] Las poesías de este libro -que yo había visto ya, el año pasado, en La verdad de nuestro fervoroso Juan Guerrero y en las copias que usted tuvo la bondad de enviarme para el primer – me sorprendieron de alegría; y sospechando que un brote así de una juventud poética no podía ser único, tenía grandes deseos de conocer el resto de sus canciones. No me había equivocado. Desde el arranque: … Y ya estarán los esteros rezumando azul de mar, hasta el final: Si mi voz muriera en tierra, llevadla al nivel del mar y dejadla en la ribera, la serie ésta del Puerto -que yo he elejido- es una orilla, igual que la de la bahía de Cádiz, de ininterrumpida oleada de hermosura, con una milagrosa variedad de olores, espumas, esencias y músicas. Ha trepado usted, para siempre, al trinquete del laúd de la belleza, mi querido y sonriente Alberti. La retama siempre verde de virtud es suya. Con ella, en grácil golpe, ha hecho usted saltar otra vez de la nada plena el chorro feliz y verdadero. Poesía «popular», pero sin acarreo fácil: personalísima; de tradición española, pero sin retorno innecesario: nueva; fresca y acabada a la vez; rendida, ájil, graciosa, parpadeante: andalucísima. ¡Bendita sea la Sierra de Rute, en donde la nostaljia de nuestro solo mar del sudoeste le ha hecho exhalar a usted, hiriéndole a diario con la espada de sal de su brisa, esa esquisita sangre evaporada! Le voy a decir a El Andaluz Universal que adelante un , paraque pueda lucir todavía en el aire lijero de esta goteante primavera, la tremolante cinta celeste y plata de su Marinerito”.

El poema Verano me ha recordado en este agosto presente el aviso clásico que figura a veces en los títulos de crédito de las películas, porque cualquier parecido de la mar en el cinema con la mar verdadera es sólo pura coincidencia: Al cinema al aire libre, / hijo, nunca has de volver, / que la mar en el cinema / no es la mar y la mar es. Al fin y al cabo como nos pasa en la vida diaria, cuando representamos determinados papeles en la película vital que, a veces, no es la verdadera vida, porque nuestra vida no es esa sino la que es. O lo que es lo mismo, cambiando lo que haya que cambiar en nuestra experiencia vital en cualquier forma que se exprese: los personajes y hechos retratados en esta película son completamente ficticios. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales es pura coincidencia. Es verdadera la reflexión de Alberti: en el cinema, la mar no es la mar, porque la mar es.

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