Sólo Federico

Ilu Ros junto a Federico, su obra

Sevilla, 14/VII/2021

Decía el poeta ítalo-argentino  Antonio Porchia (1885-1968) que se sabe lo que se entrega, pero no lo que se recibe: sé lo que te he dado; no sé lo que has recibido. Recientemente, me han regalado un libro precioso, Federico, una biografía del gran poeta granadino, de cuyo nombre, sólo su nombre, quiero acordarme ahora expresamente, ilustrada por Ilu Ros y editada por Lumen (1), con un claro objeto de deseo: expresar en palabras lo que he sentido al recibirlo como regalo. Agradecimiento eterno, por encima de todo. Es una edición muy cuidada, una aventura atrevida, aunque Federico es siempre una garantía de que cualquier viaje que iniciemos con él siempre será hacia alguna parte. Es un libro didáctico, sobre todo, que demuestra la importancia que tiene saber divulgar en nuestro aquí y ahora tan particular, una vida ilustrada de Federico como alma de nuestra memoria histórica como país.

Ilu Ros ha hecho un trabajo extraordinario al dibujar la vida del poeta granadino teniendo en cuenta fuentes solventes y donde se refleja siempre la forma de ser y estar Federico en el mundo. He leído varias entrevistas de la autora porque quería conocer el proceso de elaboración del libro desde que le ofrecieron la posibilidad de dibujar una historia tan compleja y rica a la vez, sus miedos iniciales, sus dudas, su elección del color según se mire por el cristal de la vida del poeta, en definitiva el respeto reverencial a su palabra en todos los formatos posibles y la elección del título que ya era un compromiso desde que se concibió la forma de llevar a cabo este proyecto. Basta leer la introducción para comprender lo que esta maravilla encierra: “Federico solo hay uno” o algo que expresó en una entrevista reciente y muy interesante, en la que resumía en breves palabras su verdadero sentir en su bella obra ante una pregunta inquietante:

– “Y por último, Federico, ¿sólo hay uno?

– Hay más, pero está claro que cuando suena ese nombre él es de los primeros que se nos vienen a la mente. No hay sólo uno, pero ese uno sí que es eterno”.

Respuesta inteligente para abordar, página a página, esta biografía sentida y sintiente, aunque la sinopsis oficial del libro no deja tampoco lugar a dudas: “Federico solo hay uno. No le hacen falta apellidos. Un nombre que reconocen tanto niños como adultos, que suena a duende, a cante jondo y a romance popular, pero también a la vanguardia más rompedora. Un nombre que encarna la alegría y las sombras de España, la época más brillante de nuestra cultura desde la Edad de Oro, pero también la guerra y la vergüenza de un pueblo que nunca podrá perdonarse la muerte del poeta que más lo representaba. En este libro escuchamos las voces de aquellos que lo conocieron, desde su familia cercana hasta la legión de amigos y amigas que lo frecuentaron en sus años granadinos, en las juergas líricas de la Residencia de Estudiantes o a lo largo de su intensa vida literaria. Y, por supuesto, la suya propia: la del poeta, la del dramaturgo, la del conferenciante, con la claridad de unas ideas que hoy tienen la misma fuerza, y, por fin, la voz desnuda del hijo, del hermano y del amante enamorado. Ilu Ros fusiona voces y palabras con sus ilustraciones, que nos arrastran como la magnética personalidad de Federico García Lorca: icono de generaciones pasadas, presentes y futuras”.

Son 350 páginas bellas, muy bellas, que una a una siempre aguarda la siguiente para descubrir el caleidoscopio vital de Federico, como si deseara que nunca acabara la necesidad de conocer mejor a este poeta eterno. Sus retratos, múltiples, reflejan casi siempre un rictus de tristeza o melancolía, porque su alma, perfectamente captada por Ilu Ros, sufría cada momento que latía junto al corazón del niño que siempre fue y que descubrí en la interpretación reciente que he leído sobre su niñez rediviva, que también anoté en este cuaderno en el pasado mes de febrero. En esos días leí apasionadamente “Las cosas de Federico (2), una obra delicada y aleccionadora escrita por Mónica Rodríguez sobre el niño que Federico García Lorca siempre llevaba dentro, con ilustraciones que transmiten su alma: “Los cuentos y la imaginación nos permiten no solo ser más felices, también avanzar y crear, ponernos en la piel de otros, en este caso del pequeño Lorca, e incluso para cambiar las cosas y tener un mundo más justo”. Como en aquella ocasión, al presentar hoy la obra de Ilu Ros, Federico, tengo que manifestar alto y claro, a diferencia de los llamados “cazadores” de tesoros que los buscan para introducirlos en el tráfico mercantil, confundiendo siempre valor y precio, que disfruto más compartiéndolos sin más interés que seguir participando en la construcción de un mundo más feliz y digno para todos, como lo deseaba construir Federico, a través de la lectura necesaria de estas obras tan aleccionadoras y bellas.

No quiero finalizar estas palabras sin recordar las que he leído sobre ella en la editorial del libro (3), cuando narra una semblanza del año en el que realizó esta obra: “[…] se encerró a vivir un año con Federico García Lorca. Ahora, abre la puerta sonriente y nos invita a pasar a “Federico”, su nuevo libro, no sin antes avisar: “Los españoles tenemos una mancha de nacimiento en la frente que es el tiro que a él le pegaron”. Leer esta bella obra, contribuye a restañar sólo una parte de una terrible herida que aún perdura en nuestras almas y con un sólo nombre eterno, Federico.

(1) Ros, Ilu, Federico, 2021, Barcelona: Lumen.

(2) Rodríguez, Mónica, Las cosas de Federico, 2021, Lérida: Milenio.

(3) Ilu Ros (penguinlibros.com)

NOTA: la imagen de Ilu Ros en la fotocomposición de cabecera, se ha recuperado hoy de Ilu Ros (autor de Cosas nuestras) – Babelio

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Un cuento para un martes y trece

Sevilla, 13/VII/2021, martes

¡Cuénteme la verdad! En esta frase está encerrado un bello relato de la escritora Diane Setterfield, El cuento número trece, que nace en las primeras páginas de la novela cuando la afamada escritora inglesa Vida Winter escribe una carta a Margaret Lea, persona muy vinculada a una librería de su padre que ha trasteado desde que era pequeña, biógrafa de “perdedores” no de personajes de gran relumbrón y “cuidadora” de libros, pidiéndole que vaya a su casa para hacer algo que siempre está dando vueltas en su cabeza desde que un avispado periodista del Banbury Herald le solicitó en una entrevista que le contara la verdad: “Señorita Winter, cuénteme la verdad”. Ella tenía su propio criterio sobre la verdad con mayúscula y minúscula y así lo manifiesta en la carta citada: “Mi queja no va dirigida a los amantes de la verdad, sino a la Verdad misma. ¿Qué auxilio, qué consuelo brinda la Verdad en comparación con un relato? ¿Qué tiene de bueno la Verdad a medianoche, en la oscuridad, cuando el viento ruge como un oso en la chimenea? ¿Cuándo los relámpagos proyectan sombras en la pared del dormitorio y la lluvia repiquetea en los cristales con sus largas uñas? Nada. Cuando el miedo y el frío hacen de ti una estatua en tu propia cama, no ansíes que la Verdad pura y dura acuda en tu auxilio. Lo que necesitas es el mullido consuelo de un relato, la protección balsámica, adormecedora, de una mentira”.

La carta finaliza comunicando a Margaret Lea que ha llegado ese ansiado momento de contar la verdad, citándola para ese primer encuentro un lunes, en un lugar determinado y a una hora concreta. Lo que viene después hay que trabajarlo con la mente, los sentimientos y las emociones, hasta llegar a descubrir cuál es el cuento número trece, camino que no voy a desvelar hoy por razones obvias. ¿Por qué esta referencia de esta novela en un día como hoy? Fundamentalmente, porque es una fecha y un día de calendario que tiene mala fama, que casi todo el mundo conoce, sobre todo las personas que fijan bodas y cruceros, por el evidente riesgo popular que corren. Conocer la verdad de por qué esta mala fama, es una búsqueda de la verdad con minúscula que tiene múltiples interpretaciones aunque las más arraigadas culturalmente son las vinculadas con el valor simbólico de los números, donde el doce ocupa un lugar estelar y porque el uno y el tres, cada uno por separado, han jugado un papel muy importante en la historia de la humanidad. La elección de esta novela es un guiño al poder de la literatura para convertir algo aparentemente inútil en una muestra de nueva interpretación de la vida, de sus secretos más allá de los números queridos u odiados por sí mismos.

El título refleja el traído y llevado número trece que tanto intriga a personas y personajes de variado origen: “El título del libro deriva de una colección de historias cortas escritas por Vida Winter tituladas Thirteen Tales of Change and Desperation [Cuentos de cambio y desesperación]; esta colección, la cual debía haber tenido trece historias fue acortada a doce a la hora de publicarse. Aunque su título fue modificado apropiadamente y su cubierta se imprimió para leer Tales of Change and Desperation, un pequeño número de ejemplares fueron impresos con el título original y las doce historias. Esta pequeña tirada de prensa se convirtió en un objeto de colección (uno de los cuales tiene el padre de Lea). Muchos de los fanes de Winter consideraron la omisión de la decimotercera historia como un misterio encantador, queriendo todos una respuesta para ello. Durante el transcurso de la historia, a Lea se le pregunta más de una vez qué sabe sobre el cuento perdido y por qué nunca se escribió. Al concluir la novela, Lea recibe el tan esperado cuento número trece como un regalo de despedida de Vida Winter” (1).

El secreto de la distinción entre la verdad y la mentira del número trece lo refleja muy bien Vida Winter en la primera página de la novela, como cita premonitoria y a modo de dedicatoria, que aparece como referencia de sus cuentos famosos: “Todos los niños mitifican su nacimiento. Es un rasgo universal. ¿Quieres conocer a alguien? ¿Su corazón, su mente, su alma? Pídele que te hable de cuando nació. Lo que te cuente no será la verdad: será una historia. Y nada es tan revelador como una historia” (Cuentos de cambio y desesperación).

Hoy, cuando nos hemos despertado, este cuento sobre el día trece y martes sigue con nosotros, esperando su lectura y la mejor interpretación posible de la Verdad. Probablemente, podría ser tu historia, la mía o la nuestra jamás contadas, llenas de verdad, revelación y misterio en un día de calendario normal, según se mire.

(1) El cuento número trece – Wikipedia, la enciclopedia libre

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¡Qué difícil es querer y no poder!

Sevilla, 12/VII/2021

No hay mucho más que decir sobre esta frase, como hilo conductor que la ONG Educo ha escogido para dar a conocer su Campaña de Comedores Escolares de Verano, tan necesarios e imprescindibles en nuestro país: “EL VERANO NO ES IGUAL PARA TODOS. Con el fin del curso escolar, miles de niños y niñas se quedan sin beca comedor. Debido a la pandemia, muchas familias están viviendo bajo mínimos y, a pesar de no tener recursos suficientes, no reciben ninguna ayuda por parte de las administraciones públicas, o reciben una cantidad insuficiente. Más de 700.000 niños y niñas se van a quedar sin un apoyo económico para su alimentación este verano. ¿Qué va a pasar con ellos?

Tenemos la palabra y la obra. Que estos miles de niños y niñas de este país, en situación de pobreza y vulnerabilidad extremas, puedan comer una vez al día de forma equilibrada y saludable es cosa de todos y de cada uno. Este año, EDUCO repartirá “a más de 2.000 niños y niñas alrededor de 115.000 comidas entre junio y septiembre, en colaboración con 65 entidades que organizan distintas modalidades de campamentos. Además de garantizar la comida del mediodía, en muchas ocasiones también se da el desayuno y la merienda. No solo eso, sino que el programa también ofrecerá actividades educativas y de ocio, formación sobre el uso seguro de Internet y las redes sociales, o talleres de educación emocional. Los niños y las niñas tienen derecho a tener unas vacaciones y disfrutar del tiempo libre. Es algo básico si queremos asegurar su bienestar emocional”.

La campaña de este año lleva un denominador común claro, Madre, que narra “la jornada laboral de una madre con tres hijos en sus múltiples trabajos precarios. Así, la podemos ver al principio de limpiadora, para después marcharse a una casa a cuidar de un hombre mayor. Después, en vez de ir a su casa directamente, pasa por el piso de su casera, a la que, una vez más, le paga tarde el alquiler. La mujer le pide perdón, pero su interlocutora le advierte que no va a tolerar que suceda una cuarta vez. La última parada es su casa, donde la esperan sus hijos. Estos le preguntan si ha llevado comida y ella se queda totalmente muda, sin saber qué contestar. Avergonzada, agacha la mirada y los anima a que vayan todos a la cocina a preparar lo que haya. Los niños pasan el día solos, sin apenas distracciones y sin poder tener una comida completa al día. «Colabora hoy con las Becas Comedor Verano», reza el anuncio”.

Para que no se olvide este principio de realidad, porque ¡qué difícil es para una madre o padre querer alimentar dignamente a sus hijos y no poder! Aunque siempre tenemos a Benedetti y Luis Pastor para recordarnos que podemos hacer muchas cosas con el «tu puedo y mi quiero» de todos los días. Sobre todo, si vamos juntos, compañeros.

Audio de Mario Benedetti recitando Vamos juntos

Luis Pastor, Vamos juntos

NOTA: el anuncio está realizado por la Agencia Sra. Rushmore, con la productora: 37 Films, dirigido por Ana Lambarri y con la producción musical de Toni M. Mir – Trafalgar13 Music House. Quiero destacar la composición y voz de María Rodés en la canción de fondo.

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Mohamed Katir o de la Nada al Olimpo

Sevilla, 11/VII/2021

En tiempos de superestrellas del deporte, de sueldos millonarios y hasta casi insultantes, de apuestas deportivas con publicidad no controlada, de jugadores de todo tipo que se convierten en mercancía pura y dura en el gran Mercado del Deporte, hablar de un deportista de élite, Mohamed Katir (Alcazarquivir, 1998), hijo de emigrantes -su madre marroquí y su padre egipcio, de los nadies desde hace muchos años-, es un deber ciudadano al compartir su seña de identidad de este país (está nacionalizado como español desde 2019), que tanto los maltratan en determinadas esferas políticas, sociales y laborales para vergüenza y sonrojo de muchos. Sus padres llegaron en patera hace ya muchos años y tuvieron una vida muy difícil de integración social en este país.

Él mismo lo ha manifestado con una frase rotunda: vengo de la nada. Es verdad, porque su vida no ha sido fácil desde que llegó a España a la edad de cinco años. Ha corrido mucho para llegar donde está ahora, aunque su acceso a la élite deportiva no llegó hasta los 18 años, con un reconocimiento mundial en estos momentos y que se refrendará con su participación en la próxima Olimpiada de Tokio, representando oficialmente a España en la modalidad de 5.000 metros. Su nombre ha saltado a los medios de comunicación al haber obtenido el pasado viernes 9 de julio, en Mónaco, el récord nacional de los 1.500 metros en pista al aire libre, bajando el crono que mantenía Fermín Cacho desde 1997.

Ha vivido en Huesca y desde hace muchos años en Mulas (Murcia), sintiéndose siempre representante de ese pequeño pueblo porque se lo ha dado todo, fundamentalmente por su acogida a él y a su familia para vivir dignamente. Se siente muy feliz allí, aunque en relación con su especialidad de atletismo las condiciones que tiene en ese pueblo no son las adecuadas. Es una realidad que no tienen pista de atletismo y habitualmente ha entrenado en un descampado de tierra, subiendo hacia el monte, a la sierra de Espuña, junto a las oportunidades de los últimos tiempos al poder entrenar ya en los Centros de Alto Rendimiento (C.A.R.) del deporte español, con estancias en el CAR de Sierra Morena en Granada.

Katir corre siempre con un calcetín de cada color y con zapatillas de una prestigiosa marca de color rosa, con placa de carbono, espumas superreactivas y mini garras de grafeno en la suela en lugar de clavos. Lo mejor de lo mejor para alguien que viene de la nada, que lee y escribe preferentemente poesía, que sabe cuáles son sus orígenes y que prefiere tener los pies en el suelo antes que sentirse una estrella. Está demostrando con su tenacidad y esfuerzo que puede pasar en unos días de la Nada al Olimpo. Un ejemplo que observo y comparto con respeto, para no olvidar en la carrera diaria de la vida de todos, de cada uno.

Lo manifestado anteriormente me ha traído a mi memoria de hipocampo la historia paradójica de lo narrado hoy con lo ocurrido en 2012 a Samia Yusuf Omar, la atleta somalí que corrió entre todos los infiernos, que me ayudó a conocerla mejor, aunque era una experiencia desgarradora leer su joven trayectoria inhumana. Me imagino cómo le sonarían los aplausos en su carrera en los Juegos Olímpicos de Pekín (2008), a pesar de llegar la última y diez segundos después que sus competidoras. La verdad es que desconocía su existencia. Pero la noticia de su muerte en el mar, dada oficialmente en aquellos días como desaparecida al zozobrar el cayuco en el que viajaba desde Libia a Italia hacia una parte soñada, que buscaba Occidente para alcanzar una vida diferente, no me dejó tranquilo.

No era ni la más rápida, alta, ni la más fuerte, es decir, corría por las antípodas del espíritu olímpico en estado puro (Citius, altius, fortius). Pero demostró que el afán de superación es capaz de permitirte participar en muchas carreras de la vida, aunque llegues tarde. Y triunfar, finalmente, aunque en este caso es estremecedor leer e interiorizar lo ocurrido. Por eso sigo luchando para construir otro mundo, que es posible, aunque a veces llegue también tarde en determinadas carreras existenciales que otros preparan mejor. Se lo agradecí en ese momento a Samia por su ejemplo, impresionante, demoledor, con un sentimiento de culpa si no hacemos, no hago, todos los días algo más por los emigrantes en nuestro país o aquí en Sevilla, sin ir más lejos, que también sueñan en alcanzar orillas legítimas, en la clave que escribí un día como top mente.

No la he olvidado al escribir hoy sobre la bella historia de Mohamed Katir, porque tengo el deber de interiorizar el espíritu de lucha sin descanso y superar la carrera en la calle que me corresponda correr en mi mundo público, de todos, y en el de secreto. Con espíritu olímpico, aunque la verdad sea que no siempre somos los más rápidos, los más altos, ni los más fuertes en la Olimpiada de la Vida. Conviene que no olvidemos, con humildad, que muchos venimos de la Nada, como Katir. De ahí su gran ejemplo.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de Mohamed Katir bate el histórico récord de España de Fermín Cacho (eldesmarque.com)

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Futuro imperfecto / y 10. ¡Venceremos!

Sevilla, 10/VII/2021

No debía finalizar, de otra forma, esta serie sobre el futuro imperfecto en nuestras vidas. La palabra ¡Venceremos! resuena en mis oídos como un himno a la resistencia ante acontecimientos no deseados, que podemos modular en cada tiempo presente y futuro, con una misión posible: vencer al enemigo que acecha en cada momento y lugar, representado por injusticias, miedos, pobreza, paro, represión de todo tipo y, ahora, un virus mortífero que ha sido un aviso para navegantes confiados de cuyo nombre ahora no quiero acordarme.

Cincuenta y un años después de conocerse la primera versión de ¡Venceremos!, en 1970, compuesta por Sergio Ortega, que fue interpretada por la Orquesta Sinfónica Popular de Chile, dirigida por Eduardo Moubarak, junto a Quilapayún en la formación en la que figuraban en ese momento Eduardo Carrasco, Carlos Quezada, Willy Oddó, Hernán Gómez, Rodolfo Parada y Rubén Escudero, deseo rescatarla hoy para reinterpretarla en un momento delicado para nuestro país. He consultado la carátula de aquél disco prohibido en una España que tenía una parte con el corazón helado, que me ha vuelto a emocionar, fundamentalmente por su significado en los años siguientes y porque en el rostro del niño que figura como reclamo del contenido revolucionario que había en la música y letra anunciada en esta grabación de estudio, se notaba un rictus de futuro imperfecto aunque acompañado de verde esperanza, que desembocaría sólo unos años después en el golpe de estado que sumió a Chile en un destino muy triste y desolador.  Además, he elegido hoy en este pequeño homenaje a una palabra que me conmueve siempre que la recuerdo, la versión 2ª con letra de Víctor Jara, a quien tampoco olvido, porque frente a la primera versión de Claudio Iturra, incorpora matices inolvidables que envuelven palabras que la engrandecen todavía más cuando lo recordamos cincuenta años después, con un respeto intacto a su trayectoria vital: campesinos, estudiantes, obreros, compañeros, mujeres que se unen a la causa o cómo “el pueblo” se sabrá levantar.

Con el respeto profundo que deseo manifestar una y mil veces al contenido de estas letras, ajustadas en el caso de la versión de la letra de Víctor Jara a la situación contextual de Chile a través de la Unidad Popular, hoy quiero resaltar el hilo conductor de la primera versión, porque creo que es necesario rescatar el hondo crisol de lo que entendemos por patria para que no se manipule por intereses bastardos y torticeros, el sentido del clamor popular que tan necesario es en sus manifestaciones de calle y la imperiosa necesidad de creer en una nueva alborada donde toda España pueda cantar. Recordando a las personas dignas y valientes, con ejemplos que las hacen imborrables en nuestra mente, motivándonos para no traicionar nunca lo que es lo mejor y bueno para todos, desterrando la idea de que cuanto peor sea la situación para todos, mejor.

Entonces, surgirá la necesidad de recordar, cantando, como personas nuevas, al estilo de Alberti (creemos el hombre nuevo cantando, el hombre nuevo de España cantando, el hombre nuevo del mundo cantando), el estribillo que nos unirá a todos, porque estará grabado en nuestra mente y en nuestros corazones: venceremos, venceremos, mil cadenas habrá que romper, venceremos, venceremos, la miseria sabremos vencer. Cada uno sabrá qué nombre poner a su actual miseria y a la de todos, coronavirus, pobreza severa, miedo, paro, desencanto total, desafección política, fracaso social, violencias gratuitas de género y de convivencia diaria, gobierno de mediocres, política impresentable y el terrible olvido de los nadies de Galeano, los hijos de nadie, los dueños de nada. / Los nadies: los ningunos, los ninguneados, / corriendo la liebre, muriendo la vida.

Me retiro ahora a mi clínica del alma, mi biblioteca, donde guardo también las banda sonora de mi vida, con una elección para este momento muy clara, la versión de Quilapayún de ¡Venceremos! en su verdadero sentido de cuerpo y alma, la que siempre recuerdo como si fuera ayer en mi permanente futuro imperfecto.

NOTA: la imagen de cabecera se ha obtenido de la página oficial de Quilapayún, a quienes profeso respeto y agradecimiento por su trayectoria histórica y compromiso político a lo largo de los años: Quilapayún – Sitio oficial (quilapayun.com). El gráfico con las dos versiones de la letra de ¡Venceremos!, se ha realizado con las letras publicadas en el sitio web anterior. Reitero mi agradecimiento por esta disponibilidad pública.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Futuro imperfecto / 9. ¿Qué será, será…?

[…] sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos.

Mario Benedetti, en Testigo de uno mismo

Sevilla, 8/VII/2021

Como se decía antiguamente en los programas de radio al escuchar los discos solicitados, las palabras que siguen están “dedicadas” especialmente a una persona que me lee a diario…, que me estará “leyendo”. También, a los miembros del Club Virtual de las Personas Dignas, porque necesitamos reconocernos en estos momentos. Aunando voluntades, sabemos que el futuro es nuestro.

Cuando era niño acudía con frecuencia al cine, porque era una de mis pasiones infantiles. Había uno en Madrid, el Vergara, local refrigerado por más señas, que estrenaba una película que no he olvidado a lo largo de los años, El hombre que sabía demasiado (1956), protagonizada por dos grandes maestros del cine americano, Doris Day y James Stewart. Tampoco, la canción de su banda sonora, ¿Qué será, será…?, cantada por Doris Day y que contenía una clave de “suspense”, que se decía entonces, junto a un estribillo que no comparto como persona de mente y alma inquietas, “Qué será, será / Lo que tenga que ser será / El futuro no es nuestro para que podamos ver / Qué será, será / Lo que tenga que ser será”. Un fatalismo dulce de los redomados pesimistas, es decir, optimistas bien informados.

En esta búsqueda de futuros imperfectos que he iniciado hace unos días, hoy quiero hacer referencia expresa a algo que ya figura en este cuaderno digital, en artículos anteriores en su fondo y forma: no acepto el conformismo, ni me conformo con la respuesta de Doris Day a qué será, será de nuestro futuro como personas, en un país tan dual y cainita como el nuestro, porque no es verdad que lo que tenga que ser, será, porque el futuro es nuestro para ver lo que queremos que sea España, que lleva dentro nuestras vida propia y familiar, sin más espera, con ardiente impaciencia. Dice Mario Benedetti más adelante en el soneto que cito en el encabezamiento de estas palabras que “la mente se acostumbra a ese vacío / no sabe ya de nortes ni de sures / no sabe ya de invierno ni de estío”. Es verdad, porque el conformismo lleva a un electroencefalograma plano de la inteligencia que inhibe para tomar conciencia de que el Sur también existe, como nos pasa con el conformismo en esta tierra de maría santísima, donde nos acaba dando igual el calor que el frío. Lo que ocurre es que cuando se decide salir del conformismo que nos invade, el pensamiento, acostumbrado al vacío, huye de ángeles y tahúres y busca desesperadamente la noche, para pensar en esta tierra…, a troche y moche, porque […] sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos.

Hoy, recordando la famosa canción de Doris Day, no me conformo con aceptar el fatalismo del mundo en general que se anuncia casi a diario, con la desafección asociada de miles de personas a todo lo que se mueve en cualquier orden de la vida. Como ocurre en la película con su hijo en la ficción, escucho ahora atentamente un silbido de las personas que quiero, como llamándome la atención para no quedarme quieto ante esta situación extraordinaria en este país, derivada de la pandemia y sus daños colaterales, instalándome en el conformismo más absoluto.

Como la cultura es aleccionadora siempre, también a través del cine, he recordado también una película, El conformista, que me marcó mucho durante mi estancia en Italia en los años setenta del siglo pasado, aunque suene ya como muy lejano. Cada vez que escucho o leo algún texto sobre el conformismo, vuelve a mi filmoteca vital esencial aquella película excelente de Bernardo Bertolucci, porque aprendí a luchar -salvando lo que haya que salvar- con el personaje conformista que a veces llevamos todos dentro en el rincón del confort. Leyendo ahora las últimas noticias sobre el coronavirus en este país, he recordado también a Mario Benedetti, porque escribió en Testigo de uno mismo (1) un soneto del pensamiento, precioso, que me ha pre-ocupado (así, con guion), sobre todo por la segunda estrofa: sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos. Cuando preguntamos a nuestro alrededor ¿cómo va la cosa? lo habitual es que te respondan siempre ¿no lo ves? ¡fatal! Y la cosa es un constructo universal que tiene nombres y apellidos de casi todo lo que se mueve. De ahí al conformismo más activo solo hay un paso. No hay pensamiento, aliento, espera, ni preguntas para saber por dónde va la cosa de los vientos del Norte o del Sur, que también existe.

Me preocupa mucho la situación de conformismo activo y desafección de valores universales que se detecta por tierra, mar y aire en este país y que se extiende como una mancha de aceite. El conformismo hace estragos allí donde nace, se desarrolla y muere, anula de un plumazo el futuro, porque se instala en el confort de los tibios y tristes, alejando como por arte de magia a las personas dignas de cualquier movimiento andante. Tengo que reconocer que me dan pánico, pero crecen como por encanto, porque todos coinciden en que la cosa está fatal. Pero ¿qué es la cosa? ¿su cosa o la de casi todos? La cosa es la vida misma, más allá del coronavirus, con su parafernalia personal e intransferible en cada persona que vive rodeada de cosas que cosifican, es decir, a la corta, más que a la larga, reducen a la condición de cosa a las personas. Porque ahí radica su peligro extremo: reducen a las personas a una cosificación inaceptable por medio del conformismo brutal que nos invade y que suele diseñarse muy bien por el enemigo, un artista de la mercancía política en hipermercados de la indignidad y de su economía propia y asociada. Muchas veces he ensalzado la figura de Papageno, el protagonista de la ópera de Mozart, La flauta mágica, porque su profesión es un modelo a seguir en muchas ocasiones para los inconformistas de cuna: encantador de pájaros, aunque no sepamos casi nunca a qué tipo de pájaros, con perdón, tenemos que encantar. Cada uno que lo aplique a quien corresponda.

En el imaginario social de nuestro tiempo moderno, el Club de las Personas Tibias tiene colas para inscribirse en él e incluso están obligando a sus directivos a plantearse crear listas de espera. El problema radica en que un subgénero muy numeroso en la actualidad, el de las Personas Tristes y Mediocres, sin Futuro, están ávidas de formar parte de este Club que se prodiga por doquier. Incluso hacerse con el poder sin escrúpulo alguno. La realidad es que están más cerca de nosotros de lo que a veces pensamos. Siempre he contrapuesto este Club al de las Personas Dignas, que poco a poco va incrementando su número de afiliados, afortunadamente, probablemente porque según el movimiento pendular de la historia, que ya preconizó en su momento Schopenhauer, lo necesitemos más que nunca. El Club de las Personas Tibias ignora que hay una cita memorable y de fácil recuerdo, del libro del Apocalipsis, que coincide con el número pi (3, 14-16), en la que Dios los abomina sin contemplaciones: “conozco tus obras; sé que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras lo uno o lo otro! Por tanto, como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca”.

Estoy muy preocupado con la perpetuidad de este Club de las Personas Tibias, Tristes y Mediocres, desde tiempos del Apocalipsis. He escrito con frecuencia en este cuaderno sobre esta realidad y un compromiso de los que pertenecemos al Club Virtual de las Personas Dignas es desenmascararlos con prisa existencial y de supervivencia: “Estamos instalados en el reino de la mediocridad. Hay que desenmascarar a los mediocres, dondequiera que estén, porque viven en un carnaval perpetuo. Este país no logra sacar distancia a esta lacra que nos pesa desde hace bastantes años porque ahora, en el país de los tuertos desconcertados, el mediocre es el rey. Es una plaga que se extiende como las de Egipto casi sin darnos cuenta. Los encontramos por doquier, en cualquier sitio: en la política, en las artes, en los medios de comunicación social, en la educación, en los mercados, en las religiones y en las tertulias que proliferan por todas partes en el reino de la opinión” (2).

¿Qué quiere decir esto? Que entre tibios, mediocres y tristes anda el juego mundial de dirigir la vida y el futuro a todos los niveles, nuestro país incluido, con especial afectación en determinados líderes políticos de los que hoy no quiero acordarme, pero que representan la denominada derecha cerril y carpetovetónica de este país, vuelvo a repetir, tan dual y cainita. Cuando se instalan en nuestras vidas, hay que salir corriendo porque no hay nada peor que un mediocre, además sin futuro alguno, triste y tibio. Pero es necesario estar orientados y correr hacia alguna parte, hacia la dignidad en todas y cada una de sus posibles manifestaciones.

No hay duda alguna: el futuro será, será…, lo que nosotros, entre todos, con nuestro amor y sufrimiento, queramos que sea. Aunando voluntades y frecuentándolo con la dignidad necesaria.

(1) Benedetti, Mario (2014, 2º ed.). Testigo de uno mismo. Madrid: Visor Libros, pág. 122.

(2) https://joseantoniocobena.com/2015/02/17/hay-que-desenmascarar-a-los-mediocres/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Futuro imperfecto / 8. Todavía nos quedarán los puentes de Madison

Haced lo que tengáis que hacer para ser felices en esta vida… ¡Hay tanta belleza!

Francesca, a sus hijos, en Los puentes de Madison 

Sevilla, 8/VII/2021

Ayer tuve una cita por la noche, a la luz malva que tanto amaba Gabriel García Márquez, con Francesca Johnson y Robert Kincaid, los protagonistas de Los puentes de Madison, que veintiséis años después del estreno mundial sigue desatando pasiones, sentimientos y emociones humanas, en todos los sentidos imaginables y que nuestro cerebro permite abarcar. Creo que en la singladura en la que me he enrolado en este cálido verano, hay un futuro imperfecto en esta película que deseo explorar de nuevo, como isla desconocida de indudable interés.

Mucho se ha escrito a lo largo de los años sobre esta película, casi siempre en sentido positivo, pero está tan plagada de detalles psicológicos que difícilmente podríamos decir que la conocemos sin entrar en algunos que todavía hoy tienen un sentido pleno y convincente. Desde el punto de vista cinematográfico, es indudable su valor técnico con una dirección impecable de Eastwood, aunque quiero resaltar especialmente la fotografía en todos los encuadres posibles, realizada por un experto y de larga trayectoria cinematográfica, Jack N. Green, donde muchos planos hablan por sí mismos, con la indudable capacidad interpretativa de ambos protagonistas, Meryl Streep y Clint Eastwood. Asimismo, cuenta con una banda sonora excepcional gracias al compositor Lennie Niehaus, con la colaboración musical inestimable del mismo Clint Eastwood.

Empezando por donde hay que empezar, se trata de una historia corta, muy corta, de cuatro días, aunque luego se transforme en una realidad inexorable para toda la vida. Si me apuran, casi de un minuto, el momento álgido y en silencio de la mano de Francesca sobre la manecilla interior de la puerta del coche que, definitivamente, no se abre a una nueva vida. En un plano muy corto, pero rodeado de planos perfectos y secuenciales, se resume la película: abandonamos un camino, aparentemente de libertad, porque en el fondo nos da miedo cogerlo, estando rodeados de mundos muy difíciles de abandonar. Lo que viene después, es harina de otro costal. ¿Cuántas veces nos pasa esto? Lo que ocurre es que por esta vez, cualquier parecido de lo que les ocurre a Francesca y Robert, no es pura coincidencia con la realidad, sino la realidad máxima con su principio asociado. Pasa todos los días y me atrevo a decir que ahora mismo está pasando, pero el imperativo categórico de la moral establecida, que no ética en su sentido primigenio, pesa mucho en nuestras conciencias, sobre todo a los que somos mayores, como nos llama el Estado.

He elegido diversas frases de la película, las que me parecen más representativas de la dialéctica de hacer lo correcto o incorrecto en la vida, lo bueno y lo malo, lo permitido y lo prohibido, lo normal y lo raro, lo natural y lo ficticio, en definitiva la permanente dialéctica de vivir y soñar despiertos. Tienen un recorrido no cronológico con la historia original de Robert James Waller, el autor de la obra que sirvió de base al guion de la misma y de la que compró los derechos para llevarla al cine el recordado Steven Spielberg. Tiene que ser así, porque elegidas al azar no permitiría comprender la evolución de lo sucedido entre Francesca y Robert o lo que es lo mismo, la del ser humano cuando un día se ve afectado por una historia similar en su vida.

Todo empieza en los silencios que sufre Francesca como mujer, esposa y madre, excepcionalmente interpretados por Meryl Streep en planos inolvidables. Su expresión lleva dentro el silencio de una vida anodina, reiterativa, frustrante, rota en definitiva, para una persona que antes de la emigración a América era una mujer italiana, nacida en Bari, culta y llena de proyectos. Su vida es un guion preestablecido e impuesto por la sociedad, del que no te puedes evadir, asunto tratado muy bien en el guion a través de la mujer rodeada de murmuración popular en el Condado. Francesca es el prototipo de mujer americana, rodeada de un supuesto bienestar económico y familiar pero que no coincide con su realidad anímica.

Quizá sea una frase de su diario, la que resume bien lo dicho anteriormente: “Cuando una se hace mayor, los temores se apaciguan y lo que realmente se hace cada vez más importante es que te conozcan. Que te conozcan por todo lo que has sido durante esta breve estancia. ¡Qué triste me parece abandonar este mundo sin que aquellos a quienes más quieres sepan realmente quién eras!”. Efectivamente, suele pasar esto en muchos casos. Volvamos al camino de las frases escogidas por mí, a partir de un momento aparentemente trivial, la parada de una camioneta en la puerta de su casa, conducida por un fotógrafo de National Geographic, aparentemente “perdido”, tal y como lo afirma, preguntando por un puente, Roseman, que va a ser el que necesariamente tendrán que cruzar en sus vidas. Futuro imperfecto en estado puro y todo un símbolo.

Un matiz que no aparece en la película, pero sí en la obra homónima original, es que Robert, en su trabajo profesional “hace fotos, no las saca”, estableciendo una diferencia que deseo rescatar en estas palabras, a tenor de una pregunta de Francesca: “¿Tú “haces” fotos, no las “sacas”? Así es. Al menos así es como me gusta pensarlo. Esa es la diferencia entre los que sacan instantáneas los domingos y los fotógrafos profesionales. Cuando haya terminado con el puente que vimos hoy, no tendrá el aspecto que tú piensas. Lo habré convertido en algo mío, por la elección de la lente, o el ángulo de la cámara, o la composición general, o probablemente por la combinación de todo eso. Yo no me limito a tomar las cosas como se presentan; trato de convertirlas en algo que refleje mi conciencia personal, mi espíritu. Trato de encontrar la poesía en la imagen. La revista [National Geographic] tiene su propio estilo y sus exigencias, y yo no siempre estoy de acuerdo con el gusto del editor; en realidad, casi nunca lo estoy. Y eso les molesta, aunque ellos deciden lo que guardan y lo que suprimen. Supongo que conocen a sus lectores, pero a mí me gustaría que, de vez en cuando, se arriesgaran un poco. Se lo digo y les molesta. Ese es el problema de ganarse la vida con el arte. Siempre se trabaja con mercados, y los mercados, los mercados masivos, están diseñados para satisfacer un gusto intermedio. Ahí están los números. Supongo que es la realidad. Pero, como te dije, eso puede limitar mucho”.

Con esta interesante aclaración de fondo, que no figura en el guion de la película, Francesca lo acompaña para facilitarle la localización del puente Roseman, donde se producen escenas extraordinarias de acercamiento sentimental de Francesca al fotógrafo, a través de las maderas del desvencijado puente, con regalo de flores silvestres por parte de él, consideradas “venenosas” por Francesca en una broma perfecta y todo se acelera con la invitación a una cena dejada por ella, ese mismo día, en un papel escrito a mano y pegado en la entrada del puente visitado, que descubre Robert al encuadrar una imagen del mismo al día siguiente. A partir de aquí sucede lo esperado, a través de diálogos que quiero resaltar especialmente:

Robert (R): “Las cosas cambian. Siempre lo hacen, es una de las cosas de la naturaleza. La mayoría de las personas le tiene miedo al cambio, pero si lo ves como algo con lo que siempre puedes contar, se vuelve reconfortante”.

Francesca (F): “Mi vida aquí [en la granja] no es lo que soñé cuando era niña”.

R. Y no se engañe Francesca, es de todo menos una mujer simple.

R. Francesca, ¿crees que lo que nos ha pasado le pasa a cualquiera, lo que sentimos el uno por el otro? Ahora puede decirse que no somos dos personas, sino una sola. Y algunas personas se pasan la vida buscando eso sin encontrarlo, otras ni siquiera creen que exista. ¿Vas a decirme que lo que vamos a hacer es lo correcto? ¿Vamos a perderlo?

F. Los viejos sueños eran buenos sueños. No se cumplieron, pero me alegro de haberlos tenido.

R. Verás, cuando pienso en porqué hago fotos, la única razón que se me ocurre es que me parece que he estado viajando hacia aquí.

F. Y vuelves a atrapar mi tristeza para esconderla en tu bolsillo, para alejarla de mí. De nuevo has sembrado el jardín de mis pesadillas con nuevos sueños, con otras esperanzas. Y yo sigo llena de amor por todo aquello que te pertenece, llena de celos por todo lo que te roza y me quita un trocito de ti Y tú sigues aquí, entregándome la vida en cada suspiro, suplicando por mis besos sin saber que ni siquiera tienes que pedirlos. Porque son tuyos, porque yo ya no soy mía, sino tuya.

R. No quiero necesitarte, porque no puedo tenerte.

F. Empezaré a culpar el quererte por lo mucho que duele.

F. Dime porqué me debo quedar. Convénceme una vez más de porqué debo irme, Robert.

F. Quiero amarte de esta manera por el resto de mi vida. ¿Me entiendes? Perderemos si nos vamos. No puedo hacer que toda mi vida desaparezca para empezar una nueva. Todo lo que puedo hacer es aferrarme a ambas. Ayúdame a no dejar de amarte.

F. Robert, por favor. No lo entiendes, nadie lo hace. Cuando una mujer toma la decisión de casarse, de tener hijos, de cierta manera su vida comienza, pero en otro aspecto termina. Construyes una vida de detalles.

F. Sólo quiero conocer la rutina, el procedimiento para no perturbar tu vida ¿sabes?

F. Te conviertes en una madre, una esposa, y en ese momento te detienes y te quedas quieta para que tus hijos se puedan mover. Y cuando ellos se van, se llevan tu vida de detalles con ellos.

F. ¿Y qué significaría algo así para alguien que no necesita significados y sólo se deja llevar por el misterio, que finge no estar muerto de miedo?

F. Tenía pensamientos acerca de él, con los que no sabía muy bien qué hacer. Y él leía cada uno de ellos. Todo cuanto yo sentía, todo lo que deseaba, él me lo daba; y en ese momento, todo cuanto había sabido con certeza acerca de mí misma hasta entonces desaparecía. Me comportaba como otra mujer, sin embargo, era más yo misma de lo que había sido jamás.

F. Pues no lo sé. Es posible que yo no esté hecha para ser una ciudadana del mundo que lo experimenta todo y nada a la vez.

R. Sólo lo diré una vez. No lo había dicho nunca antes, pero esta clase de certeza sólo se presenta una vez en la vida.

F. El amor no obedece a nuestras esperanzas, su misterio es puro y absoluto.

F. Cuando la muerte acecha y el miedo a lo terreno deja paso a la incertidumbre de lo que hay después, lo que realmente importa es que aquellas personas a las que quise y quiero, lleguen a conocerme realmente.

Sobran interpretaciones, porque nada es perfecto en un futuro que no lo es. Todo acabó donde había empezado, en el puente Roseman, cumpliéndose el deseo de Francesca al esparcir sus hijos sus cenizas en sus alrededores. Es una historia breve pero al ser buena será siempre dos veces buena. Un poema de Lord Byron, muy querido por Robert, estaba “dentro” de la vasija funeraria y se quedó con ella volando hacia el aire que quisieron respirar juntos en aquellos cuatro días mágicos, inolvidables:

Hay un placer en los bosques sin senderos,
hay un éxtasis en la costa solitaria,
hay compañía, allí donde nadie se hace presente,
al lado del mar profundo, y música en su rugido.
No amo menos al hombre, sino más a la naturaleza,
a partir de nuestros encuentros,
a los que asisto sigiloso,
a partir de todo lo que puedo ser,
o que he visto antes,
para fundirme con el universo y sentir,
lo que nunca puedo expresar
aunque me sea imposible ocultar
.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Futuro imperfecto / 7. Todo será un paréntesis

Sevilla, 7/VII/2021

La situación que estamos atravesando después de quince meses de pandemia, nos lleva hoy a reflexionar sobre lo que deberíamos vivir a parir de ahora como un paréntesis, que es la vida misma, tal y como lo aprendí de Mario Benedetti en un poema precioso, La vida, ese paréntesis (1), si la analizamos desde su perspectiva creadora:

Cuando el no ser queda en suspenso
se abre la vida ese paréntesis
con un vagido universal de hambre

somos hambrientos desde el vamos
y lo seremos hasta el vámonos
después de mucho descubrir
y brevemente amar y acostumbrarnos
a la fallida eternidad

la vida se clausura en vida
la vida ese paréntesis
también se cierra incurre
en un vagido universal
el último

y entonces sólo entonces
el no ser sigue para siempre

Es el nuevo momento de la nueva normalidad, de la nueva vida, después de uno de sus paréntesis más dolorosos, esta pandemia que nos ha atenazado durante un tiempo que nos ha parecido una eternidad. Al fin y al cabo, para demostrarnos que deberemos estar hambrientos de la vida, como el gemido y el llanto de un recién nacido (así somos ahora en la nueva normalidad), intentando descubrir a diario sus islas desconocidas, que existen, con la experiencia de amar breve o extensamente y acostumbrarnos a que la vida, si no miramos hacia adelante, se clausura en vida.

Lo que nos deberá preocupar a partir de ahora, en un mágico futuro imperfecto, es que sólo merecerá la pena vivirla con dignidad plena para que nuestro ser siga existiendo para siempre, junto a las personas que más queremos, para salvarnos el mayor número de personas posible, cada uno, cada una, con su compromiso vital activo. Eso sí, con las condiciones que también nos señaló Benedetti en un poema necesario e imprescindible, No te salves (2), que ahora, precisamente ahora, no olvido con la voz del poeta:

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

(1) Benedetti, Mario, Preguntas al azar, 1986. Madrid: Visor.

(2) Benedetti, Mario, Poemas de otros, 1998. Madrid: Visor.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Futuro imperfecto / 6. Lo moderno será clásico

Sevilla, 6/VII/2021

Tenemos una oportunidad en estos días de futuro imperfecto de aprender lo aportado por la humanidad a lo largo de su historia, en las diferentes vertientes clásicas que nos enseña el Diccionario de la Lengua Española (RAE) en su lema “clásico”, como adjetivo, de las que he escogido las cinco primeras acepciones porque cada una de ellas es un compendio de aprendizaje multisecular: “Dicho de un período de tiempo: de mayor plenitud de una cultura, de una civilización, de una manifestación artística o cultural, etc.; dicho de un autor, de una obra, de un género, etc.: que pertenece al período clásico. Aplicado a un autor o a una obra: “esa película es un clásico del cine”; dicho de un autor o de una obra: que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia; perteneciente o relativo al momento histórico de una ciencia en el que se establecen teorías y modelos que son la base de su desarrollo posterior y dicho de un autor, de una obra, de un género, etc.: que pertenece a la literatura o al arte de la Antigüedad griega y romana.

Admiro la cultura clásica desde todas las perspectivas posibles, para lo bueno y para lo malo, porque estoy convencido de que nada humano me es ajeno, aunque tengo que reconocer una debilidad clásica: los autores denominados presocráticos, tales como Pitágoras, Parménides, Tales de Mileto, Heráclito, Diógenes, Demócrito y Anaximandro, entre otros menos conocidos, constituyen mi pensamiento armado en lo clásico que sigue siendo moderno. Una publicación reciente que trata esta realidad inexorable, El hilo de oro. Lo clásico en el laberinto de hoy (1), de David Hernández de la Fuente, nos confirma esta imperiosa necesidad de admirarnos, en el sentido aristotélico más profundo, de las aportaciones de los clásicos cada vez más populares, según afirma el propio autor en su introducción: “Y es que lo clásico tiene futuro, parafraseando el título de un conocido libro de Salvatore Settis, y lo sigue mostrando generación tras generación. Incluso hoy, pese al aparente descrédito y postergación que sufren las humanidades en nuestra sociedad y en nuestros planes de estudios, si tuviésemos que juzgar por las novedades que, año tras año, se siguen publicando sobre las antiguas Grecia y Roma, constataríamos el interés que sigue suscitando el mundo clásico, en el que reconocemos invariablemente el origen de nuestra cultura. Es un eterno retorno: desde la idea de ciudadanía a las artes o los géneros literarios, seguimos mirándonos en los modelos clásicos como en un espejo familiar. Su vigencia se constata cada día, incluso en nuestras actuales circunstancias excepcionales: son textos casi oraculares, de consulta siempre pertinente. Merece la pena detenerse a pensar en los clásicos como aquellos textos que nunca nos terminan de decir lo que tienen que decir, como escribía Ítalo Calvino en Por qué leer los clásicos”

Hojear este cuaderno digital en el que escribo casi a diario como cavando un pozo con una aguja, demuestra mi admiración por Calvino, del que ya no me he separado y del que sigo aprendiendo a diario, cuando me enfrento al fenómeno de la página en blanco, sabiendo el aprecio que él tenía por los clásicos, demostrado en una obra preciosa que recomiendo leer una y mil veces:  Por qué leer los clásicos (2), en el que ofrece catorce razones para leer a estos autores, que deben ser leídas sin dejar ninguna atrás. Lo recomiendo encarecidamente como se decía en mi casa ante misiones culturales aparentemente imposibles e inútiles, entre las que destaco hoy la tercera, una vez llegado este momento de frecuentar el futuro imperfecto de nuestra vida: “Debe haber, por tanto, un momento en la vida adulta dedicada a revisar los libros más importantes de nuestra juventud. Hay grandes clásicos que ejercen una influencia tan particular en nosotros que se niegan a ser erradicados de la mente escondiéndose en los pliegues de la memoria, camuflándose como el inconsciente colectivo o individual. Es por ello por lo que deben releerse una vez alcanzamos la madurez. Incluso si los libros siguen siendo los mismos (aunque ellos no cambian, a la luz de una perspectiva histórica alterada), sin duda nosotros sí hemos cambiado, y nuestro encuentro con esa misma lectura será una cosa totalmente nueva. En realidad podríamos decir: 4 [cuarta razón]. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera”. Traigo a colación esta reflexión porque frecuento mucho la lectura de los clásicos en la literatura, la poesía, el teatro, la música, la pintura, la religión y otras artes y creencias clásicas dignas de guardar. Se lo debo a profesores y profesoras que he tenido a lo largo de mi vida, auténticos maestros y maestras, que me enseñaron la forma de aprehender la belleza de su pensamiento, de su pintura, de su capacidad de representación escénica de la vida, de su forma de componer obras musicales inolvidables, de sus creencias. Clásicos a veces no populares, por supuesto.

Creo que el futuro imperfecto se ennoblecerá si acudimos a los clásicos, en un alarde de modernidad, aunque parezca un oxímoron (3) al uso. ¿Les ha gustado la propuesta de Calvino para frecuentar el futuro? Recuerdo que faltan trece razones para completar esta guía de lectura elaborada por Calvino, que pueden leer aquí facilitada por la editorial Siruela. No les va a defraudar y comprenderán por qué hay que leer a quienes tanto han aportado a la humanidad a través de sus textos y contextos. Nuccio Ordine, en Clásicos para la vida (4), hace una introducción extraordinaria al respecto en su pequeña pero densa obra, que me conmueve en su justo sentido: Si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos. Aviso para navegantes virtuales en busca de futuros más sutiles y perfectos, sobre todo en la educación integral e integrada que tanto necesita este país, que serán modernos pero muy clásicos al mismo tiempo.

(1) Hernández de la Fuente, David, El hilo de oro. Lo clásico en el laberinto de hoy, 2021. Barcelona: Ariel.

(2) Calvino, Ítalo, ¿Por qué leer los clásicos?, 2012. Madrid: Siruela.

(3) Oxímoron (RAE. (Diccionario de la lengua española, RAE, 2020): “combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido, como en un silencio atronador”.

(4) Ordine, Nuccio, Clásicos para la vida, 2017. Barcelona: Acantilado-Quaderns Crema.

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Futuro imperfecto / 5. Superaremos el miedo

Sevilla, 5/VII/2021

El coronavirus nos da miedo y la vacuna nos está ayudando a superarlo, aunque las noticias diarias nos recuerdan que los jóvenes de este país lo están desafiando como en una huida hacia atrás, nunca hacia adelante, sin respetar los principios de coexistencia humana actual ante una realidad inexorablemente en modo pandemia. En este contexto, he acudido de nuevo a un consultor de cabecera, Eduardo Galeano, a través de un poema dirigido a almas inquietas, El miedo global (1):

Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Y los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo a caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.
La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir.
Los civiles tienen miedo a los militares. Los militares tienen miedo a la falta de armas.
Las armas tienen miedo a la falta de guerra.
Es el tiempo del miedo.
Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones y miedo a la policía.
Miedo a la puerta sin cerradura.
Al tiempo sin relojes.
Al niño sin televisión.
Miedo a la noche sin pastillas para dormir y a la mañana sin pastillas para despertar.
Miedo a la soledad y miedo a la multitud.
Miedo a lo que fue.
Miedo a lo que será.
Miedo de morir.
Miedo de vivir.

En este tiempo de miedo existencial, a lo que fue, a lo que será, creo que Galeano lo resume todo en un futuro imperfecto que supone asumir el miedo a la libertad de asumir o no lo que será después de esta pandemia y a lo que será de y en nuestras vidas. En el fondo, es el miedo legítimo a la libertad del día después de un acontecimiento de la magnitud que nos está tocando vivir. He vuelto a buscar en la clínica del alma cercana a mí y he leído palabras que tengo grabadas en mi persona de secreto, escritas el año pasado cuando hablábamos de la nueva normalidad. Cuando leí por primera vez El miedo a la libertad, de Erich Fromm, recuerdo que lo que más me impactó fue su página de presentación anterior al prefacio, que me ha acompañado a lo largo de mi vida, siendo uno de los libros que llevo siempre en mi búsqueda permanente de islas desconocidas viajando en patera, en mar abierto, como tantas veces he descrito en este cuaderno de derrota, en el lenguaje del mar:

“No te di, Adán, ni un puesto determinado ni un aspecto propio ni función alguna que te fuera peculiar, con el fin de que aquel puesto, aquel aspecto, aquella función por los que te decidieras, los obtengas y conserves según tu deseo y designio. La naturaleza limitada de los otros se halla determinada por las leyes que yo he dictado. La tuya, tú mismo la determinarás sin estar limitado por barrera ninguna, por tu propia voluntad, en cuyas manos te he confiado. Te puse en el centro del mundo con el fin de que pudieras observar desde allí todo lo que existe en el mundo. No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que —casi libre y soberano artífice de ti mismo— te plasmaras y te esculpieras en la forma que te hubieras elegido. Podrás degenerar hacia las cosas inferiores que son los brutos; podrás —de acuerdo con la decisión de tu voluntad— regenerarte hacia las cosas superiores que son divinas”.

Este texto, presentado bajo el epígrafe de “El discurso de Dios al hombre”, corresponde a la Oratio de hominis dignitate, un texto introductorio de Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494) a las 900 Tesis (Conclusiones Filosóficas Cabalistas y Teológicas) que presentó a la Iglesia de Roma en 1486, en las que buscaba una confluencia sincrética entre diversas creencias y postulados religiosos de la época, con una trazabilidad importante de filósofos y teólogos latinos y árabes. Es importante conocer este contexto histórico, que le costó finalmente la excomunión al poner al hombre (como ser humano primigenio) en un puesto muy importante en la vida humana gracias a su libertad. Tras este breve análisis, comprendo mucho mejor por qué Fromm lo eligió como texto introductorio de su libro, de su miedo personal a la libertad y por qué ha pasado a la posteridad como el Manifiesto del Renacimiento.

Seguimos teniendo miedo porque la Covid-19 sigue ahí, como el dinosaurio de Monterroso. Repasar palabra a palabra el texto expuesto nos puede dar una idea de lo que se llegó a pensar de la libertad humana en tiempos en los que lo más importante que había que hacer, visto cómo estaba la sociedad en general, era reforzar al ser humano por encima de todas las cosas: Te puse en el centro del mundo con el fin de que pudieras observar desde allí todo lo que existe en el mundo. No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que —casi libre y soberano artífice de ti mismo— te plasmaras y te esculpieras en la forma que te hubieras elegido.

Se comprende perfectamente que el miedo a la libertad estriba en la decisión de abordar el futuro imperfecto actual como brutos (no hacen falta muchas explicaciones) o hacer “cosas superiores” que nos devuelvan la alegría de vivir despiertos y libres en el nuevo Renacimiento del Mundo, que algunos llaman ahora “Reconstrucción Mundial”. Ese es el gran reto para saber qué significa tener miedo a la libertad de querer vivir con dignidad en un mundo que el coronavirus ha puesto al revés.

(1) Eduardo Galeano (1998). Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI Editores de España.

NOTA: la imagen es del autor

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