Futuro imperfecto / 9. ¿Qué será, será…?

[…] sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos.

Mario Benedetti, en Testigo de uno mismo

Sevilla, 8/VII/2021

Como se decía antiguamente en los programas de radio al escuchar los discos solicitados, las palabras que siguen están “dedicadas” especialmente a una persona que me lee a diario…, que me estará “leyendo”. También, a los miembros del Club Virtual de las Personas Dignas, porque necesitamos reconocernos en estos momentos. Aunando voluntades, sabemos que el futuro es nuestro.

Cuando era niño acudía con frecuencia al cine, porque era una de mis pasiones infantiles. Había uno en Madrid, el Vergara, local refrigerado por más señas, que estrenaba una película que no he olvidado a lo largo de los años, El hombre que sabía demasiado (1956), protagonizada por dos grandes maestros del cine americano, Doris Day y James Stewart. Tampoco, la canción de su banda sonora, ¿Qué será, será…?, cantada por Doris Day y que contenía una clave de “suspense”, que se decía entonces, junto a un estribillo que no comparto como persona de mente y alma inquietas, “Qué será, será / Lo que tenga que ser será / El futuro no es nuestro para que podamos ver / Qué será, será / Lo que tenga que ser será”. Un fatalismo dulce de los redomados pesimistas, es decir, optimistas bien informados.

En esta búsqueda de futuros imperfectos que he iniciado hace unos días, hoy quiero hacer referencia expresa a algo que ya figura en este cuaderno digital, en artículos anteriores en su fondo y forma: no acepto el conformismo, ni me conformo con la respuesta de Doris Day a qué será, será de nuestro futuro como personas, en un país tan dual y cainita como el nuestro, porque no es verdad que lo que tenga que ser, será, porque el futuro es nuestro para ver lo que queremos que sea España, que lleva dentro nuestras vida propia y familiar, sin más espera, con ardiente impaciencia. Dice Mario Benedetti más adelante en el soneto que cito en el encabezamiento de estas palabras que “la mente se acostumbra a ese vacío / no sabe ya de nortes ni de sures / no sabe ya de invierno ni de estío”. Es verdad, porque el conformismo lleva a un electroencefalograma plano de la inteligencia que inhibe para tomar conciencia de que el Sur también existe, como nos pasa con el conformismo en esta tierra de maría santísima, donde nos acaba dando igual el calor que el frío. Lo que ocurre es que cuando se decide salir del conformismo que nos invade, el pensamiento, acostumbrado al vacío, huye de ángeles y tahúres y busca desesperadamente la noche, para pensar en esta tierra…, a troche y moche, porque […] sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos.

Hoy, recordando la famosa canción de Doris Day, no me conformo con aceptar el fatalismo del mundo en general que se anuncia casi a diario, con la desafección asociada de miles de personas a todo lo que se mueve en cualquier orden de la vida. Como ocurre en la película con su hijo en la ficción, escucho ahora atentamente un silbido de las personas que quiero, como llamándome la atención para no quedarme quieto ante esta situación extraordinaria en este país, derivada de la pandemia y sus daños colaterales, instalándome en el conformismo más absoluto.

Como la cultura es aleccionadora siempre, también a través del cine, he recordado también una película, El conformista, que me marcó mucho durante mi estancia en Italia en los años setenta del siglo pasado, aunque suene ya como muy lejano. Cada vez que escucho o leo algún texto sobre el conformismo, vuelve a mi filmoteca vital esencial aquella película excelente de Bernardo Bertolucci, porque aprendí a luchar -salvando lo que haya que salvar- con el personaje conformista que a veces llevamos todos dentro en el rincón del confort. Leyendo ahora las últimas noticias sobre el coronavirus en este país, he recordado también a Mario Benedetti, porque escribió en Testigo de uno mismo (1) un soneto del pensamiento, precioso, que me ha pre-ocupado (así, con guion), sobre todo por la segunda estrofa: sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos. Cuando preguntamos a nuestro alrededor ¿cómo va la cosa? lo habitual es que te respondan siempre ¿no lo ves? ¡fatal! Y la cosa es un constructo universal que tiene nombres y apellidos de casi todo lo que se mueve. De ahí al conformismo más activo solo hay un paso. No hay pensamiento, aliento, espera, ni preguntas para saber por dónde va la cosa de los vientos del Norte o del Sur, que también existe.

Me preocupa mucho la situación de conformismo activo y desafección de valores universales que se detecta por tierra, mar y aire en este país y que se extiende como una mancha de aceite. El conformismo hace estragos allí donde nace, se desarrolla y muere, anula de un plumazo el futuro, porque se instala en el confort de los tibios y tristes, alejando como por arte de magia a las personas dignas de cualquier movimiento andante. Tengo que reconocer que me dan pánico, pero crecen como por encanto, porque todos coinciden en que la cosa está fatal. Pero ¿qué es la cosa? ¿su cosa o la de casi todos? La cosa es la vida misma, más allá del coronavirus, con su parafernalia personal e intransferible en cada persona que vive rodeada de cosas que cosifican, es decir, a la corta, más que a la larga, reducen a la condición de cosa a las personas. Porque ahí radica su peligro extremo: reducen a las personas a una cosificación inaceptable por medio del conformismo brutal que nos invade y que suele diseñarse muy bien por el enemigo, un artista de la mercancía política en hipermercados de la indignidad y de su economía propia y asociada. Muchas veces he ensalzado la figura de Papageno, el protagonista de la ópera de Mozart, La flauta mágica, porque su profesión es un modelo a seguir en muchas ocasiones para los inconformistas de cuna: encantador de pájaros, aunque no sepamos casi nunca a qué tipo de pájaros, con perdón, tenemos que encantar. Cada uno que lo aplique a quien corresponda.

En el imaginario social de nuestro tiempo moderno, el Club de las Personas Tibias tiene colas para inscribirse en él e incluso están obligando a sus directivos a plantearse crear listas de espera. El problema radica en que un subgénero muy numeroso en la actualidad, el de las Personas Tristes y Mediocres, sin Futuro, están ávidas de formar parte de este Club que se prodiga por doquier. Incluso hacerse con el poder sin escrúpulo alguno. La realidad es que están más cerca de nosotros de lo que a veces pensamos. Siempre he contrapuesto este Club al de las Personas Dignas, que poco a poco va incrementando su número de afiliados, afortunadamente, probablemente porque según el movimiento pendular de la historia, que ya preconizó en su momento Schopenhauer, lo necesitemos más que nunca. El Club de las Personas Tibias ignora que hay una cita memorable y de fácil recuerdo, del libro del Apocalipsis, que coincide con el número pi (3, 14-16), en la que Dios los abomina sin contemplaciones: “conozco tus obras; sé que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras lo uno o lo otro! Por tanto, como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca”.

Estoy muy preocupado con la perpetuidad de este Club de las Personas Tibias, Tristes y Mediocres, desde tiempos del Apocalipsis. He escrito con frecuencia en este cuaderno sobre esta realidad y un compromiso de los que pertenecemos al Club Virtual de las Personas Dignas es desenmascararlos con prisa existencial y de supervivencia: “Estamos instalados en el reino de la mediocridad. Hay que desenmascarar a los mediocres, dondequiera que estén, porque viven en un carnaval perpetuo. Este país no logra sacar distancia a esta lacra que nos pesa desde hace bastantes años porque ahora, en el país de los tuertos desconcertados, el mediocre es el rey. Es una plaga que se extiende como las de Egipto casi sin darnos cuenta. Los encontramos por doquier, en cualquier sitio: en la política, en las artes, en los medios de comunicación social, en la educación, en los mercados, en las religiones y en las tertulias que proliferan por todas partes en el reino de la opinión” (2).

¿Qué quiere decir esto? Que entre tibios, mediocres y tristes anda el juego mundial de dirigir la vida y el futuro a todos los niveles, nuestro país incluido, con especial afectación en determinados líderes políticos de los que hoy no quiero acordarme, pero que representan la denominada derecha cerril y carpetovetónica de este país, vuelvo a repetir, tan dual y cainita. Cuando se instalan en nuestras vidas, hay que salir corriendo porque no hay nada peor que un mediocre, además sin futuro alguno, triste y tibio. Pero es necesario estar orientados y correr hacia alguna parte, hacia la dignidad en todas y cada una de sus posibles manifestaciones.

No hay duda alguna: el futuro será, será…, lo que nosotros, entre todos, con nuestro amor y sufrimiento, queramos que sea. Aunando voluntades y frecuentándolo con la dignidad necesaria.

(1) Benedetti, Mario (2014, 2º ed.). Testigo de uno mismo. Madrid: Visor Libros, pág. 122.

(2) https://joseantoniocobena.com/2015/02/17/hay-que-desenmascarar-a-los-mediocres/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.