Es imprescindible salir de la zona de confort

En la maravillosa película Cinema Paradiso, hay unas escenas inolvidables en las que Alfredo aconseja a Totó que salga de sí mismo para buscar islas desconocidas, las que describía extraordinariamente Jose Saramago en su cuento «La isla desconocida»: “La vida es más difícil… Márchate…, el mundo es tuyo, … no quiero oírte más, solo quiero oír hablar de ti… Hagas lo que hagas, ámalo”. Le ayudó a salir de su zona de confort y nunca he olvidado aquellas escenas ni aquellas palabras. Todo un símbolo. Lo he recordado especialmente porque estamos viviendo unos días complejos en nuestro país y la principal tentación es aislarse cada uno en su zona de confort, que no está en los mapas de supervivencia existencial, porque suele ser personal e intransferible. Es perfectamente comprensible esta actitud, aunque personalmente no la comparta.

En estos momentos es imprescindible salir de esa zona de confort individual y pasar a la acción de participación social, cada uno donde mejor sepa hacerlo o pueda. Lo que es seguro es que debemos hacerlo, porque tenemos un recurso que si estamos atentos todavía no controla la mercadotecnia mundial, nuestra inteligencia, que es la única responsable de interpretar el cuaderno de instrucciones para actuar en la vida. Además, no existen todavía dos cuadernos humanos iguales. De ahí nuestra responsabilidad individual y colectiva, tal y como la explico más adelante.

Desde mi punto de vista hay un modo de participar socialmente en procesos de denuncia individual y colectiva ante situaciones límite, que es lo que se llama habitualmente “compromiso intelectual”, sobre el que ya he escrito en otras ocasiones en este blog, reafirmándome hoy en lo dicho anteriormente, respetando tres argumentos fundamentales para complicarnos la vida (si me permiten la expresión) de alguna forma digna:

1º. El primero nace de la suerte de que una persona pueda plantearse el dilema en sí mismo, sin calificar esta “suerte” como lujo afrodisíaco: el mero hecho de cuestionar la existencia de uno mismo al servicio estrictamente personal, es decir, el trabajo permanente en clave de autoservicio, así definido e interpretado, rompiendo moldes y preguntándonos si lo importante es salir del pequeño mundo tranquilo que nos rodea en la zona de confort y mirar alrededor, ya es un signo de capacidad intelectual extraordinaria que muchas veces no está al alcance de cualquiera. Desgraciadamente. La pre-programación de la preconcepción, en la clave que aprendí hace ya muchos años del profesor Ronald Laing, es una tabula rasa sobre la que se elabora y encuaderna el libro de instrucciones de la vida. Todo lo que hemos vivido estos días sobre Cataluña son imágenes y palabras grabadas en nuestros cerebros para toda la vida, junto a miles de páginas grabadas con anterioridad a lo largo de la vida. Nuestro compromiso intelectual será siempre un interrogante y una dialéctica entre acción o silencio cómplice. La conclusión es que estamos mediatizados por nuestro programa genético y por nuestro medio social en el que crecemos. Todos somos “militantes” en potencia, con y sin carné, dependiendo de nuestros aprendizajes para comprometernos con la vida. Militar en vida, esa es la cuestión.

2º. La segunda vertiente a analizar es la del compromiso activo. Siempre lo he asociado con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretándola como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tantas veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que llamaba uso de razón científica, nos pasamos toda la vida decidiendo. Por eso nos equivocamos, a mayor gracia de Dios, como personas que habitualmente tenemos miedo a la libertad, acudiendo al Fromm que asimilé en mi adolescencia, pero que es la mejor posibilidad que tenemos de ser nosotros mismos. Esta simbiosis de conocimiento y libertad es lo que propiciará la decisión de la respuesta ante lo que ocurre. Compromiso (engagement) o diversión (divertissement), en clave pascaliana. Y mi punto de vista es claro y contundente. Cuando tienes la “suerte” de conocer el dilema ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no vayan por estas líneas de conducta. Cualquier régimen sabe de estas posibilidades. Y cualquier régimen, de izquierdas, centro y derechas lo sabe. Por eso lo manejan, aunque siempre me ha emocionado la sensibilidad de la izquierda organizada. Por eso me aproximé siempre a ella, porque me dejaban estar sin preguntarme nada. Intuían la importancia del descubrimiento de la respuestabilidad. Había inteligencia y compromiso activo. Seguro. Pero con un concepto equivocado como paso previo: la militancia de carné. Craso error. Antes las personas, después la militancia. No al revés, que después vienen las sorpresas y las llamadas traiciones como crónicas anunciadas.

3º. Una tercera cuestión en discusión se centra en el adjetivo del compromiso: intelectual y, hablando del grupo organizado o no, de los “intelectuales”. De este último grupo, líbrenos el Señor, porque suele ser el grupo humano más lejano de la sociedad sintiente, no la de papel cuché o la del destrozo personal televisivo. Un intelectual es concebido como un ser alejado de la realidad que se suele pasar muchas horas en cualquier laboratorio de la vida y de vez en cuando se asoma a la ventana del mundo para gritar ¡eureka! a los cuatro vientos, palabra que no suele afectar a muchos porque nace del egoísmo de la idolatría científica. Por eso hay que rescatar la auténtica figura de las personas inteligentes que ponen al servicio de la humanidad lejana y, sobre todo, próxima, su conocimiento compartido, su capacidad para resolver problemas de todos los días, los que verdaderamente preocupan en el quehacer y quesentir diario.

Cada intelectual, hemos quedado en “cada persona”, que toma conciencia de su capacidad para responder a las preguntas de la vida, desde cualquier órbita, sobre todo de interés social, tiene un compromiso escrito en su libro de instrucciones: no olvidar los orígenes descubiertos para revalorizar continuamente la capacidad de preocuparse por los demás, sobre todo los más desfavorecidos o peor tratados por la sociedad en un determinado momento político o social, desde cualquier ámbito que se quiera analizar, porque hay mucho tajo que dignificar. Si esa militancia es independiente, otra cuestión a debatir, es solo un problema más a resolver, pero no el primero. No equivoquemos los términos, en lenguaje partidista. Porque así nos luce el pelo sobre la corteza cerebral, sede de la inteligencia, nuestro domicilio de la libertad personal, de la que afortunadamente podemos presumir todos. Todavía no es mercancía clasificada, aunque todo se andará porque ya está en venta en el mercado mundial de la indignidad.

Al tiempo, aunque no olvido las palabras de Alfredo a Totó para salir a diario de la zona de confort: hagas lo que hagas, ámalo.

Sevilla, 9/X/2017

NOTA: para activar los subtítulos en español, en el vídeo de cabecera, hay que pulsar en Subtítulos.

La luna, Barcelona y yo

Estamos viviendo unos días de corte machadiano, que no debemos olvidar en nuestra historia todavía cercana, porque estamos contemplando cómo una parte de España se aleja, Cataluña, con la impresión que la otra solo bosteza en silencios cómplices. Por ejemplo, muchos españolitos que vinimos al mundo a mediados del siglo pasado, del que a algunos nos guardaba Dios, conocimos cómo era Barcelona a través de Serrat. He recordado en estos días tristes, tristes días, aquella canción que describía una ciudad diferente, que alertaba del crecimiento desmedido, porque la ciudad “va llenándose de prisioneros, / de robinsones de andar por casa, / náufragos en medio del barullo / que viven vidas pequeñas / en pequeños mundos de hormigón”.

Hoy he vuelto a escucharla de nuevo, fijándome en su letra y como homenaje a Serrat, que tanto está sufriendo por su tierra estos días. Deseo que se recupere su forma de cantar a la vida, a un territorio que él nos mostró como un lugar precioso, con sus aciertos y errores (los de Porcioles, un alcalde de infeliz memoria para muchos catalanes), pero que tiene mil perfumes, mil caras y mil colores:

A medida que la camino
bajo los pliegues de su vestido
y le repaso las arrugas
con la puntita del dedo
me silban las esquinas
aquella vieja canción
que sólo sabemos la luna,
Barcelona y yo.

He recordado estos días esa gran ciudad, por múltiples viajes profesionales y por una ocasión especial, cuando con 21 años, en la primavera prolongada ideológicamente del 68, viajé desde su puerto hasta Génova, en un viaje que en principio no tenía vuelta atrás, en busca de islas desconocidas de solidaridad.

De esos días y porque escucho su queja, repasando ahora sus arrugas independentistas con la puntita del dedo, me vuelven a silbar sus esquinas lo que sentí aquellos días previos al embarque, que sólo sabemos la luna, Barcelona y yo. Por eso no quiero que se vaya de España y que se levante sin sentido alguno una muralla (con tantos andaluces dentro) de las que hielan el corazón. Yo, un españolito andaluz que vino al mundo, del que ni siquiera sabía que me debía guardar Dios.

A medida que llegan hombres
se hace grande la ciudad.
A medida que los pies le crecen
se le achica la cabeza.
A medida que crece olvida,
hinchada de vanidad,
que bajo el asfalto está la tierra
de los antepasados.

A medida que pierde la medida
va llenándose de prisioneros,
de robinsones de andar por casa,
náufragos en medio del barullo
que viven vidas pequeñas
en pequeños mundos de hormigón.
Así están las cosas
entre Barcelona y yo.

Mil perfumes y mil colores.
Mil caras tiene Barcelona.
La que Cerdá soñó,
la que malogró Porcioles,

la que devoran las ratas,
la que vuelan las palomas,
la que se remoja en la playa,
la que trepa por las colinas,

la que por San Juan se quema,
la que cuenta para bailar,
la que me vuelve la espalda
 y la que me da la mano.

A medida que la camino
bajo los pliegues de su vestido
y le repaso las arrugas
con la puntita del dedo
me silban las esquinas
aquella vieja canción
que sólo sabemos la luna,
Barcelona y yo.

La quiero desnuda y entera
resbalando entre los dos ríos,
con sus fantasías y sus cicatrices.
La quiero con el entusiasmo
de un recluta enamorado
porque está viva y porque se queja
mi ciudad.

Mil perfumes y mil colores.
Mil caras tiene Barcelona.
La que Cerdá soñó,
la que malogró Porcioles,

la que devoran las ratas,
la que vuelan las palomas,
la que se remoja en la playa,
la que trepa por las colinas,

la que por San Juan se quema,
la que cuenta para bailar,
la que me vuelve la espalda
 y la que me da la mano.

En Sevilla, enamorado de aquella tierra catalana, un siete de octubre de dos mil diecisiete.

Si hay fronteras, no dejes de venir a verme

nicolas-guillen.jpg

Al corazón del amigo,
abre la muralla;
al veneno y al puñal,
cierra la muralla;
al mirto y la yerbabuena,
abre la muralla;
al diente de la serpiente,
cierra la muralla;
al ruiseñor en la flor,
abre la muralla…

Alcemos una muralla
juntando todas las manos;
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa,
allá sobre el horizonte…

Nicolás Guillén (1902-1989), La Muralla

La frase que encabeza estas palabras la escuché ayer en el microespacio del periodista y escritor Juan Cruz, El revés y el derecho, en la Cadena SER, referida a la situación en Cataluña, que transcribía la que le había dicho un viejo amigo suyo la tarde anterior. Me pareció que encerraba en sí misma la locura en la que nos hemos instalado en este país por culpa de muchos, por la ceguera política de unos y otros, de independentistas radicales y políticos ciegos al color del diálogo con visión de Estado, a la hora de enfocar un problema latente y manifiesto, según se mire, en relación con el tratamiento del llamado eufemísticamente “proceso de Cataluña”.

Rápidamente asocié fronteras a murallas, que solo reconozco la sentida por Nicolás Guillén, no las territoriales de ahora. Estamos en la cuenta atrás para la declaración unilateral de independencia y no tengo tranquilidad ni sosiego para vivir con dignidad de ciudadano de este país llamado España, cosido a duras penas por un hilo conductor llamado Constitución, que acusa el desgaste de más de cuarenta años soportando sus desgarros por tanto usarla. Por esta razón, sigo pensando que sería un error que la independencia de Cataluña fuera una realidad, en un mundo globalizado que va más allá de nuestras fronteras geográficas, como si se quisiera poner ribetes de acero o puertas blindadas al campo de la libertad. Me gustaría, por tanto, ir a ver a mis amigos en Cataluña como lo he hecho siempre, sin tener que cruzar una frontera levantada por signos evidentes de odio y segregación histórica.

Estoy en situación de ardiente im-paciencia [sic], porque de nuevo me separo unos segundos vitales de Neruda, cuando pronunció una frase gloriosa al finalizar su discurso en el acto de entrega del Premio Nobel: “En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia, dignidad a todos los hombres”. Hoy, no disfruto de ella en su expresión paciente, sino modulada por el prefijo negativo “im”, con el significado que a través de los siglos conocemos: intranquilidad producida por algo que molesta o que no acaba de llegar. Reconozco que estoy instalado en ella, en la impaciencia ardiente, porque me temo que, con las nuevas fronteras en Cataluña, de todo tipo, será difícil que podamos ver con tranquilidad y sosiego a nuestros vecinos catalanes que pertenecen también al Club de las Personas Dignas, que no tiene fronteras y que en Cataluña son millones, por cierto.

A partir de aquí he ido a mi estantería preferida y he cogido un libro de Nicolás Guillén, con la música de Quilapayún de fondo, para recordarlo mejor en su poema “La Muralla”: Para hacer esta muralla, tráiganme todas las manos… Y cuando he llegado al verso “¡Tun, tun!, ¿quién es?”, he recordado símbolos del mal que justifican, para muchas murallas de hoy, que no deberían existir: veneno, puñal y dientes de serpientes, cuando lo que se espera hoy de una muralla es que solo sea humana, juntando las manos de personas dignas, que la abran solo al mirto y a la yerbabuena, al ruiseñor en la flor.

Y refiriéndome al sentimiento de gratitud cuando juntamos todas las manos, suelo sentir especialmente lo que aprendí de mi literatura de cabecera, agradeciendo a Nicolás Guillén que me ayudara a identificar las auténticas murallas. Sobre todo, porque he bebido agua y no se me ha olvidado nunca la fuente. Como la de ayer, que me enseñó Juan Cruz en treinta y cuatro segundos mágicos de radio.

Sevilla, 5/X/2017

NOTA: la imagen Nicolás Guillén se recuperó de http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/Guillen/index.shtml, el 22 de septiembre de 2007.

La respuesta no está en el viento

Escribo estas líneas recordando íntegramente unas palabras que entregué a la Noosfera hace once años, porque necesitamos reflexionar, en millones de rincones de pensar en este país y cada día presente y de después, sobre lo que está pasando en Cataluña. Salvando lo que haya que salvar, solo actualizo determinadas palabras para contextualizarlas hoy de la mejor forma posible. Nos tenemos que ayudar los miembros del Club de la Personas Dignas, ante tanta indignidad pública y privada, donde paradójicamente los vicios suelen ser privados, pero públicas las virtudes. Para lo que nos pueda servir, reescribo estas palabras. Creo que las necesitamos.

«Vicios privados y públicas virtudes» es una expresión que va más allá del título de una película famosa de los años setenta del siglo pasado, porque la trasciende y recoge una realidad notoria en la sociedad actual. En un Estado de derecho debemos confiar siempre en la Justicia para abordar los delitos privados y públicos. Pero la solución está también y, básicamente, en otro ámbito: en la generación de responsabilidades públicas y privadas, individuales y colectivas, también políticas, basadas en dos grandes principios, el del conocimiento y el de la libertad. Conocimiento, para saber por qué ocurren las cosas, por qué debemos recurrir siempre a la inteligencia para resolver conflictos, con su gran carga de sentimientos y emociones a la que siempre está ligada. Y, por supuesto, la libertad para educarla en el sentido más pleno del término. Educación y saber ser y estar en clave de ciudadanía, son dos grandes principios que necesitan ser reforzados y blindados a marchas forzadas en nuestro país, en todos los niveles sociales posibles. De esta forma, sabremos analizar mejor, con humildad, por qué el ser humano es capaz de practicar cualquier tipo de violencia, robar dinero público, quitar legitimidad a una Constitución, a un juez o hacer daño a una mujer, de muchas formas, sin caer tampoco en el diseño y creencia de un mundo feliz que no existe de forma global, aunque sí individual para quien se lo propone, sin necesidad de dioses o de la fatal aceptación del mal como “semilla” necesaria del bien para que esos “dioses salvadores” o nuevos Mesías (de cualquier tipología religiosa. Política o social) pongan orden en este mundo tan enloquecido.

Bob Dylan volvió en 2006, diez años antes de recibir el premio Nobel de Literatura, con un álbum que llevaba un título con reminiscencias cinematográficas de gran calado: Tiempos Modernos, aquella prodigiosa película que toda buena cinéfila o presunto cinéfilo sabe valorar en su justa medida. Pero mi recuerdo no va hoy por esos derroteros, sino por aquella hermosa letra de su canción, inolvidable, Soplando en el viento (Blowin´in the wind):

¿Cuántos caminos tiene que andar un hombre antes de que le llaméis hombre?
¿Cuántos mares tiene que surcar la paloma blanca antes de poder descansar en la arena?
Sí, ¿y cuánto tiempo tienen que volar las balas de cañón antes de que sean prohibidas para siempre?
La respuesta, amigo mío,
está soplando en el viento
La respuesta, está soplando en el viento

Sí, ¿y cuánto tiempo tiene un hombre que mirar hacia arriba antes de que pueda ver el cielo?
Sí, ¿y cuántos oídos tiene que tener un hombre para que pueda oír a la gente gritar?
Sí, ¿y cuántas muertes se aceptarán, hasta que se sepa que ya ha muerto demasiada gente?
La respuesta, amigo mío,
está soplando en el viento
La respuesta, está soplando en el viento

Sí, ¿y cuántos años puede existir una montaña antes de ser bañada por el mar?
Sí, ¿y cuántos años deben vivir algunos antes de que se les conceda ser libres?
Sí, ¿y cuántas veces puede un hombre volver la cabeza fingiendo no ver lo que ve?
La respuesta, amigo mío,
está soplando en el viento
La respuesta, está soplando en el viento

En ese año, el Profesor Stephen Hawking se decantó por una respuesta muy optimista –de las 25.000 que obtuvo- a la pregunta del millón de dólares que lanzó al ciberespacio en los primeros días de Julio de 2006: ¿cómo sobrevivirá la especie humana los próximos 100 años? La solución escogida es “la confianza en el ser humano”. Prodigioso. Queda claro que la respuesta no es inocente y alberga una gran esperanza respaldada por un sabio no distraído, sino pre-ocupado [sic] por el sentido de la vida y su futuro. La respuesta está en las personas. Así de expeditivo. Y la dio un internauta muy particular, Semi-Mad Scientist (científico casi loco), tal y como lo recogió como reportaje muy impactante el diario El País, en su edición de 24 de agosto de 2006: “el caos no es algo nuevo, sino que “ha estado con nosotros desde hace mucho tiempo”, y que, a pesar de todo, el ser humano ha logrado sobrevivir. Afirma que somos una especie que siempre se ha adaptado y que seguiremos haciéndolo. Aunque reconoce que ahora hay peligros nuevos e identifica tres amenazas graves: una guerra nuclear, una catástrofe biológica y el cambio climático. Está convencido de que “los recursos que tenemos ahora probablemente no existirán en 100 años”, pero añade que “tampoco existían en el siglo pasado”. El científico casi loco sostiene que, si Europa sobrevivió a la peste negra del siglo XIV, que se llevó por delante a un tercio de la población, el ser humano logrará superar cualquier catástrofe que pueda ocurrir. Después, él mismo se interroga sobre su optimismo: “¿Que por qué tengo está fe en la humanidad? Porque debo tenerla. (..) Creo tan firmemente que sobreviviremos como que el sol saldrá mañana”. Si no hay fe en la supervivencia, no puede haberla en nada más, concluye”.

La respuesta, decididamente, ya no está en el viento. Desde aquel aprendizaje ilusionante de 1972, donde todos los progresistas tarareábamos la canción de Dylan, han pasado 45 años, en el convencimiento de que merecía la pena luchar por dar respuesta a aquellas preguntas tan llenas de interés en un país que buscaba la libertad desesperadamente. Aunque sigamos preguntándonos con una actualidad rabiosa cómo podemos responder aquellas nueve cuestiones que cantaba Dylan, a las que seguimos obligatoriamente obligados a atender a pesar del tiempo transcurrido. Aunque cuestionemos, cada vez más, el porqué de la separación entre las personas, barrios, y naciones del planeta Tierra en estos tiempos modernos, más o menos como el protagonista de la película del mismo nombre (estrenada hace ochenta y un años) y cuya sinopsis nos recuerda la respuesta del científico casi loco que ha entusiasmado a Hawking: “un obrero de la industria del acero acaba perdiendo la razón, extenuado por el frenético ritmo de la cadena de montaje de su trabajo. Después de pasar un tiempo en el hospital recuperándose, al salir es encarcelado por participar en una manifestación, en la que se encontraba por casualidad. En la cárcel, también sin pretenderlo, ayuda a controlar un motín por lo que gana su libertad. Una vez fuera de la cárcel reemprende la lucha por la supervivencia, lucha que compartirá con una joven huérfana que conoce en la calle”. Fe en la supervivencia.

Por enésima vez, en homenaje a Chaplin, Dylan y Hawking, cualquier parecido con la realidad actual en este país ya no es tampoco pura coincidencia. Ahora, sigo apostado en la puerta del Club de las Personas Dignas, sabiendo que la respuesta a lo que está ocurriendo ya no está en el viento.

Sevilla, 2/X/2017, en el día después de un país desolado

¡Salgamos del Estado del Malestar!

EL CUARTO PODER
Giuseppe Pellizza da Volpedo (1901). El Cuarto Estado.

Hemos recorrido muchos caminos de democracia, hemos abierto muchas veredas; hemos navegado en cien mares y atracado en cien riberas, todo ello para llegar hasta aquí, en un momento de desazón territorial muy importante en el país. La jornada de hoy en Cataluña refleja el fracaso de la Política de Estado en asuntos que tienen una larga trayectoria y que se han mirado de lado en numerosas ocasiones. Cualquier conversación que se inicie en terreno político refleja hoy la desazón y el desánimo que se ha instalado en la ciudadanía y que ha venido para quedarse. Ha nacido una gran fractura social entre los Gobiernos y la ciudadanía que, desde el principio de los tiempos, es dueña de sus decisiones mediante los votos en democracia.

Lo que está ocurriendo en Cataluña es una consecuencia lógica y clara del Estado del Malestar en el que estamos instalados, que va más allá de un problema territorial concreto. Llevamos ya muchos años de desastre político que traspasa nuestras fronteras y que aquí ha tenido un efecto demoledor en ideales y creencias. Se ha interiorizado una conciencia de ciudadanía descreída ante lo divino y lo humano, siendo tarea ciclópea encontrar personas que quieran seguir creyendo que otro mundo es posible. Se ha universalizado el pandemonio político ante la creencia de que todos los políticos, absolutamente todos, son iguales. Lo más grave radica en que esperándose una reacción popular ante el desastre anunciado, se constata que se ha instalado en la sociedad, ante el estado de malestar general (en esta ocasión con minúscula), una especie de absolutismo de sentimientos y conciencias de clases pasotas, en el dejad hacer, dejad pasar más absolutista que podamos pensar, porque “nosotros” los ciudadanos, no podemos hacer nada ante la miseria que nos invade y que nos traen los políticos y su política. Los principales perjudicados de este estado del arte democrático somos los que soñábamos en el estado del bienestar, que hace ya muchos años creímos que todavía era posible. Los “idiotas”, que llamaba Calicles.

En el libro de José Luis Pardo, Estudios del malestar (1), encontré a finales del año pasado una aclaración conceptual entre bienestar y malestar que me ayuda hoy a discernir dónde nos encontramos exactamente como ciudadanos. Todo radica en comprender qué es el contrato social que permite a los seres humanos durante un tiempo declarar la paz y no la guerra, así como pasar del estado de naturaleza pura, donde todo vale, al estado civil, donde imperan las leyes que regulan la convivencia humana a todos los niveles. Creo que en la realidad catalana actual, se ha roto el contrato social escrito en la Constitución, en diferentes artículos y ahora es difícil, con el paso del tiempo, intentar recuperar los pasos perdidos en renovar el contrato social que nos permita construir un Estado amable, políticamente hablando, el mismo que defendía Sócrates frente a Calicles, enemigo de acuerdos y pactos y que en una ocasión le dijo estas palabras cargadas de ira, porque su interlocutor era partidario del acuerdo frente la pugna, el conflicto y el enfrentamiento en sí mismos: “Qué amable eres, Sócrates, llamas “moderados” a los idiotas”.

Efectivamente, el conjunto de “idiotas” para los partidarios de Calicles redivivo, queremos que se hable urgentemente de “acuerdos” en este país, en muchos ámbitos, porque amamos el contrato social que dignifica al ser humano, pasando del imperio de lo natural a lo social (Estado del Bienestar), del todo vale como seña de identidad de la ley de la selva (Estado del Malestar) al respeto de la Ley que regula la convivencia pacífica entre seres humanos.

Sevilla, 1/X/2017

(1) Pardo, José Luis (2016). Estudios del malestar. Políticas de autenticidad en las sociedades contemporáneas. Barcelona: Anagrama.

Para la libertad…, en Cataluña

Me duelen las críticas recientes a Serrat por posicionarse con claridad rotunda en relación con el denominado conflicto de Cataluña, que crea “[…] una situación de una gran fractura social que, a mi modo de ver, va a costar muchísimo tiempo recuperar». Me duelen también los insultos que ha recibido, sobre todo porque recuerdo cómo resuenan en su voz las palabras de Miguel Hernández en un poema muy profundo (El Herido), para la libertad, que tantas veces hemos escuchado con silencio reverencial, aunque muy pocos conocían su contexto en la mente y corazón del poeta de Orihuela. Especialmente en aquel año, 1972, en plena dictadura, cuando la escuchamos por primera vez con la voz de Serrat y cuando no era fácil hablar de esta palabra en una de las dos Españas, con el corazón helado y secuestrada por el régimen franquista.

Las escucho estos días una y mil veces, como andaluz agradecido, con la música y voz de Serrat, un catalán confeso, que deberían resonar en miles de altavoces situados en Cataluña, para no adulterar palabras tan valiosas que en boca de todos no significan lo mismo. Todos no somos iguales, ni las personas que forman el pueblo catalán tampoco. Pero no deberían tocar esta palabra, libertad, para mancharla con actitudes impresentables algunos o muchos, porque la auténtica libertad es la que te permite decidir y expresar libremente tus opiniones, respetar la Ley, la Constitución, para expresar algo que durante millones de años se ha comprendido muy bien por el ser humano de bien y como ciudadanos del mundo, más allá de muchas fronteras.

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

MIGUEL HERNÁNDEZ, El herido (II)

Antes del 1 de octubre, aún tenemos la vida para reconsiderar una situación que se ha desbordado y que necesita, con urgencia, una futura mirada. La del día siguiente.

Sevilla, con inmenso respeto al pueblo catalán, el 28/IX/2017

¡Preferiría no hacerlo!

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He repetido hasta la saciedad en este blog, que la lectura del relato de Herman Melville, Bartleby el escribiente, me sigue marcando en diferentes etapas de mi vida. Recuerdo en bastantes ocasiones la frase preferida de Bartleby, ante cualquier petición de su patrón: “preferiría no hacerlo”. Es muy difícil en la vida ordinaria, ante situaciones concretas, tomar este tipo de decisiones, sin llegar al absurdo del protagonista del relato citado, pero en muchas ocasiones habría que copiarle sin temor alguno.

Estamos asistiendo a un sinsentido político en el llamado “proceso” de Cataluña. Es una continua ceremonia de confusión que alimenta al Bartleby que casi todos llevamos dentro y estamos tentados de abandonar el barco en el que cada uno navega por los mares procelosos de la vida, ante un panorama muy desalentador desde la pertenencia democrática que cada uno tiene y defiende. Siendo una realidad que invade muchas personas de secreto, creo que hay que saber reaccionar a tiempo y permanecer en el barco, en plena tempestad, porque ahora es cuando más nos necesita la sociedad en general y la democracia en particular.

Lo difícil es practicar cómo hacerlo. Sin ánimo de dar lecciones a nadie, creo que estamos viviendo momentos especiales en los que se necesita hablar de compromiso activo en cada momento en el que lo requiera el guion catalán, que tanto nos preocupa. No es un problema que tienen que resolver “otros”, que también, porque son parte interesada, sino que, al convertirse en un problema de todos desde el punto de vista de ruptura constitucional, hay que defender la ley en terrenos selváticos, porque de lo contrario la independencia va a situarse en las repúblicas independientes de cada casa. Al tiempo.

El síndrome de Bartleby se une también al que sufrimos al tener la tentación de tirarnos del barco en el que navegamos a diario. El contexto de ruptura y alteración del orden democrático es propicio para este abandono de barcos de dignidad, en la búsqueda imposible de islas vírgenes de la condición humana. Cuando estamos ante momentos cruciales de compromiso activo como es el actual, sentimos con frecuencia algo que se puede convertir en un aforismo personal y transferible:

Falta mar para recoger a todos los que se tiran del barco…

Como en todo aforismo, lo que expresa es objetivo, porque vivimos rodeados de deserciones de ideales y de compromisos sociales, representados en los famosos dichos “a mí que no me llamen” o “que lo resuelvan los verdaderos culpables”, como si lo que está ocurriendo no fuera también una responsabilidad “política” de todos en el sentido más pleno de la política activa. Es también inteligible (otra condición de todo aforismo), porque muchas personas que se mantenían hasta ahora en el puente de mando personal, político y profesional en el país y en la Cataluña, saben que es cierto solo con mirar a su alrededor. Y la dialéctica es obvia: barco y mar, porque en determinados momentos se controlan por la tensión económica, política o social, correspondiente. Es verdad, desgraciadamente, que cada uno está al final en su sitio, porque lo que defiendo desde hace años es que no todos decimos lo mismo, ni vamos en el mismo barco. Ni hacemos la misma singladura. Ni navegamos con la misma empresa armadora. Unos en cruceros, otros, en pateras, sin quilla, pero navegando siempre hacia alguna parte con la fragilidad que le es propia, buscando islas desconocidas, que se encuentran.

Ojalá, cuando pase el 1 de octubre, nazca un nuevo aforismo, como corolario del anterior e indisolublemente unido a él:

Falta barco para recoger a todos los que se tiraron a ese mar…

Aunque en esta ocasión, como en todo aforismo, el pretexto haya sido un texto dentro de contexto. Hoy, debería nacer un nuevo Bartleby, eso sí, lleno de esperanza, que nos ayudara a dar un giro copernicano sobre determinadas realidades hirientes en nuestras vidas y que nos permitiera gritar dignamente a los cuatro vientos: ¡preferiría no escucharlo!, sin que ello nos arrojara al mar del desconsuelo. Y cambiar de canal de vida, si es posible.

Sinceramente, prefiero seguir en la lucha por la verdad buscada en común. En mi soledad sonora a veces, porque escuchar y saber determinadas cosas en estos días, sobre Cataluña, no debería ocupar lugares dignos en el cerebro. Pero el problema radica en que cada vez me queda menos sitio…

Sevilla, 26/IX/2017

Hablemos del corazón

El corazón está en crisis. Dicen los sabios del lugar que la culpa la tienen sus revistas, sus programas televisivos, sus periodistas “de investigación cardíaca”, sus fans, sus redes especializadas, su caché, su sentimiento de pérdida del sentido de la vida al haber tenido que dejar paso al cerebro como fuente de donde manan todos los actos humanos con sentido, con inteligencia. Otros sabios, de otros lugares, dicen que es consecuencia de que este siglo se va a dedicar al gran protagonista del mismo: el cerebro. Y el corazón está en crisis total, se siente solo, cansado, hasta mal visto por la progresía de nuevo cuño.

Quizá ha sido necesaria la aparición pública del cantante portugués Salvador Sobral, ganador del último festival de Eurovisión para comprender, mejor que nunca, qué significa realmente el corazón. El siglo pasado se le perdió el respeto multisecular porque seguía funcionando en unas máquinas fuera del cuerpo y algunos afortunados lo podían contemplar cómo latía en sus manos y cómo podía volver curado a su legítimo propietario. Salvador se ha despedido recientemente de su público en un concierto muy emotivo en Estoril, porque su corazón ya no da para más. Necesita un trasplante urgente, para que otro corazón anónimo le devuelva la vida. Nos ha enseñado muchas cosas y la letra de su canción triunfante en Eurovisión, Amor pelos dois, no era inocente, sin capacidad alguna por mi parte de traducir su extraordinaria saudade implícita:

Si un día alguien pregunta por mi
Diles que viví para amarte
Antes de ti, solo existía
Cansado y sin nada para dar

Oye bien mis oraciones
Pido que regreses, que me vuelvas a querer
Yo sé, que no se ama solo
Tal vez poco a poco, puedas volver a aprender

Oye bien mis oraciones
Pido que regreses, que me vuelvas a querer
Yo sé, que no se ama solo
Tal vez poco a poco, puedas volver a aprender

Si tu corazón no quiere ceder
No sentir pasión, no quiere sufrir
Sin hacer planes del que pasará después
Mi corazón puede amar por los dos

Hemos creído durante siglos que en el corazón residía toda la fuerza de la vida, que era intocable hasta el final de sus días, pero ahora sabemos que no, que se cambia como una pieza de mecano imposible y que la persona que lo recibe sigue siendo quien era, con su inteligencia, como marca de la casa y con idéntica denominación de origen, con sus sentimientos y emociones, sin cambio alguno, más allá que el que le puede ocasionar las secuelas físicas. Lo que quiere decir es que el gran protagonista de los destinos del corazón es el cerebro, que le da órdenes de cómo tienen que comportarse y no al revés. Y los paparazzi, el mercado del papel cuché, las emisoras berlusconianas y otras especies atómicas y digitales del lugar, sin enterarse, aunque ya lo explicaba muy bien Heráclito de Cos (460 a.C.-Larisa, 377 a.C.) hace más de veintiséis siglos: “El hombre debería saber que, del cerebro, y no de otro lugar vienen las alegrías, los placeres, la risa y la broma, y también las tristezas, la aflicción, el abatimiento, y los lamentos.  Y con el mismo órgano, de una manera especial, adquirimos el juicio y el saber, la vista y el oído y sabemos lo que está bien y lo que está mal, lo que es trampa y lo que es justo, lo que es dulce y lo que es insípido, algunas de estas cosas las percibimos por costumbre, y otras por su utilidad… Y a través del mismo órgano nos volvemos locos y deliramos, y el miedo y los terrores nos asaltan, algunos de noche y otros de día, así como los sueños y los delirios indeseables, las preocupaciones que no tienen razón de ser, la ignorancia de las circunstancias presentes, el desasosiego y la torpeza.  Todas estas cosas las sufrimos desde el cerebro (Sobre la enfermedad sagrada, Perì  hierēs nousou).

Gracias Salvador Sobral. Tú nombre es programático para comprender que tus palabras, tus canciones, las necesitamos más que nunca. Con el corazón e inteligencia con la que cantas a la vida para hacerla más amable. Seguro que volverás a deleitarnos con tu canto alojado en el hipocampo de tu cerebro, que hará feliz a tu corazón nuevo porque… siempre seguirá amando por dos.

Sevilla, 24/IX/2017

Hablemos de leer

ALBERTO MANGUEL

Yendo del timbo al tambo de la vida, expresión que tanto apreciaba García Márquez, me ha alegrado leer una noticia en relación con uno de mis autores preferidos, Alberto Manguel, que ayer recogió el Premio Formentor de las Letras 2017, otorgado en mayo de este año, como reconocimiento a su trayectoria en la difusión de la lectura entre los jóvenes en todo el mundo, ante un mundo tecnificado que solo defiende a capa y espada la cultura del entretenimiento a palo seco. He leído varias entrevistas en diferentes medios y siempre identifico a Manguel como un maestro de vida lectora en el más amplio sentido de la palabra, que simboliza el complementario por antonomasia del habla humana. Hablar y leer, dos realidades que se complementan en el desarrollo del ser humano. Primero fue el habla, después la lectura.

Trabaja ahora como director de la Biblioteca Nacional de Argentina, país al que ha vuelto como reconocimiento a la educación sobre lo que basó su carrera, como si fuera también un reconocimiento de deuda hacia el sitio que le vio nacer. Con una modestia proverbial dice que no sabe por qué le han dado este premio, “uno de esos lindos absurdos de la vida”, que cuenta -entre otros autores de prestigio- con un palmarés extraordinario: Jorge Luis Borges, Samuel Beckett, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Ricardo Piglia y Roberto Calasso, premiado en 2016.

Siempre ha sentido él curiosidad por todo, en un mundo plagado de cotillas. Siempre he sentido la necesidad de comprender qué es admirarse ante lo que ocurre en nuestras vidas, por muy intranscendente que sea, algo que solo se consigue a través de la admiración, actitud que simbolizó para Aristóteles el comienzo de la filosofía, entendida como la capacidad que tiene el ser humano de admirarse de todas las cosas, de las personas, de sentir curiosidad diaria de por qué ocurren las cosas, de cómo pasa la vida, tan callando. Mi profesor de filosofía lo expresaba en un griego impecable, con un sonido especial, gutural y sublime, que convertía en un momento solemne de la clase esta aproximación a la sabiduría en estado puro: jó ánzropos estín zaumáxein panta (sic: anímese a leerlo conmigo tal cual y pronunciarlo como él). Es uno de los asertos que me acompañan todavía en muchos momentos de mi vida, en los que la curiosidad sigue siendo un motivo para la búsqueda diaria del sentido de ser y estar en el mundo, de admirarme todos los días de él.

Hablar y leer son dos realidades que van indisolublemente unidas. Necesitamos la lectura, siempre recomendada por Manguel, como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada, es decir, admirarnos de todas las cosas. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer: “Pero ¿qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (1).

Sevilla, 23/IX/2017

(1) Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7.

Hablemos de independencia

CONSTITUCION1

Lo que está ocurriendo en Cataluña es ya un problema de Estado y, por extensión, de sus ciudadanos. Es una situación muy grave que pide un esfuerzo suplementario en nuestras vidas, cada uno dónde está. Creo en el compromiso intelectual sobre el que he escrito en varias ocasiones en este cuaderno digital. Estimo que el compromiso hay que asociarlo siempre con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretándola como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tantas veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento, como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que llamaba uso de razón científica, nos pasamos toda la vida decidiendo. Por eso nos equivocamos, a mayor gracia de Dios, como personas que habitualmente tenemos miedo a la libertad, acudiendo al Fromm que asimilé en mi adolescencia, pero que es la mejor posibilidad que tenemos de ser nosotros mismos. Esta simbiosis de conocimiento y libertad es lo que propiciará la decisión de la respuesta ante lo que ocurre.

Con esta actitud de compromiso basado en conocimiento y libertad para poder responder ante lo que está ocurriendo en Cataluña, escribo las palabras que siguen.

El Diccionario de Autoridades, que consulto tanto, dice que «independencia» es “La potencia o aptitud de existir u obrar alguna cosa necesaria y libremente, sin dependencia de otras” (RAE A 1734, Pág. 250,1), recogiendo un aserto latino excelente: Libera potestas agendi, independentia, que significa algo muy claro: la independencia es la libre potestad de actuar. Casi trescientos años después, seguimos definiendo de forma muy avanzada esta palabra en el Diccionario de la Lengua Española, en su segunda acepción, como “Libertad, autonomía, especialmente la de un Estado que no es tributario ni depende de otro”. Hemos pasado de una mera cuestión de aptitud personal a una cuestión de Estado que, efectivamente, no es tributario ni depende de otro.

Estamos viviendo días muy convulsos en este país con el llamado “proceso” de Cataluña, por simplificar, donde estamos escuchando mañana, tarde y noche que todo va de independencia, sin comprender -a veces- bien su alcance, aunque en el fondo estemos de acuerdo con el sustrato lexicográfico de la RAE: ya no es una cuestión personal, que siempre lo es porque afecta a personas, sino de Estado. Desde el Sur, que también existe, se vive con cierta distancia, pero con evidente desasosiego por parte de algunos, lo ocurrido en Cataluña en las dos últimas semanas, aunque se olvida el recorrido anterior en el terreno político, que ha sido un auténtico desastre, aunque muchos se rasguen ahora las vestiduras o simplemente aludan al sempiterno circunloquio de que “a mí, que no me llamen, porque esa cuestión es asunto de otros”, sin poder identificar nunca quienes son esos supuestos otros. Afortunadamente, muchos sabemos quiénes son y también nos hemos quedado con sus caras.

Estos lodos independentistas (casi un tsunami) vienen de aquellos polvos, la llamada “cuestión” catalana, con los que se ha jugado durante muchos años, navegando en corrientes imposibles y confusas en diferentes Gobiernos del país, tanto de derecha como de izquierda. Por tanto, la primera reflexión es que esta situación tiene responsables claros en una larga historia de ceguera política por todas las partes interesadas, a los que debemos pedir responsabilidades claras y contundentes. Hemos pasado de un problema de ámbito personal, es decir, de afirmarse en corrillos sociales y políticos que “quiero ser independiente” (todavía en ámbitos personales o pequeñas formaciones políticas) y con un grado político más, “independentista”, a una conversión de una Comunidad Autónoma, constitucionalmente hablando, que se siente independiente y que quiere obtener la independencia del Estado opresor, España, “porque nos ampara el derecho internacional”. Es decir, Cataluña quiere tener la libertad, autonomía, especialmente como Estado que no es tributario ni depende de otro, por mucho que la Constitución diga todo lo contrario.

He jugado con este lema del Diccionario como símil de que al final nada es tan simple, ni tan banal, pero qué curioso es constatar que vivimos en un mundo del revés, porque utilizamos las palabras como armas arrojadizas como nos viene en gana y dependiendo del contexto en que se digan. ¿Nos gusta la independencia como imperativo categórico tanto personal como colectivamente hablando? Claro, pero resulta que también hemos evolucionado con otra palabra, fijada, que brilla y dar esplendor social, que se llama democracia, que está regulada por leyes, que no se debe saltar uno a la torera, cuando nos viene en gana, porque quiero o me gusta ser legítimamente independiente (amparándome, dicen muchos, el derecho internacional que es el único que me vincula como ciudadano del mundo). Las Comunidades Autónomas en España, con una Constitución reguladora, que estoy seguro de que comprenden bien los alcances reales de las políticas independientes que hacen los Gobiernos correspondientes, con una independencia bien entendida, saben que hay una delgada o gruesa línea roja (según como se mire), que se llama soberanía popular que ampara los tres poderes para hacerla posible y que se recogen en la Carta Magna. Es todo el pueblo español el que decide, no solo una parte de él. La Constitución no prohíbe dialogar, ni que nunca se pueda cambiar su articulado, en fondo y forma. Hagámoslo y con urgencia absoluta, en beneficio de todos, porque este gran país lo necesita y porque hay que atender demandas territoriales y sociales muy concretas.

Sevilla, 22/IX/2017