La luna, Barcelona y yo

Estamos viviendo unos días de corte machadiano, que no debemos olvidar en nuestra historia todavía cercana, porque estamos contemplando cómo una parte de España se aleja, Cataluña, con la impresión que la otra solo bosteza en silencios cómplices. Por ejemplo, muchos españolitos que vinimos al mundo a mediados del siglo pasado, del que a algunos nos guardaba Dios, conocimos cómo era Barcelona a través de Serrat. He recordado en estos días tristes, tristes días, aquella canción que describía una ciudad diferente, que alertaba del crecimiento desmedido, porque la ciudad “va llenándose de prisioneros, / de robinsones de andar por casa, / náufragos en medio del barullo / que viven vidas pequeñas / en pequeños mundos de hormigón”.

Hoy he vuelto a escucharla de nuevo, fijándome en su letra y como homenaje a Serrat, que tanto está sufriendo por su tierra estos días. Deseo que se recupere su forma de cantar a la vida, a un territorio que él nos mostró como un lugar precioso, con sus aciertos y errores (los de Porcioles, un alcalde de infeliz memoria para muchos catalanes), pero que tiene mil perfumes, mil caras y mil colores:

A medida que la camino
bajo los pliegues de su vestido
y le repaso las arrugas
con la puntita del dedo
me silban las esquinas
aquella vieja canción
que sólo sabemos la luna,
Barcelona y yo.

He recordado estos días esa gran ciudad, por múltiples viajes profesionales y por una ocasión especial, cuando con 21 años, en la primavera prolongada ideológicamente del 68, viajé desde su puerto hasta Génova, en un viaje que en principio no tenía vuelta atrás, en busca de islas desconocidas de solidaridad.

De esos días y porque escucho su queja, repasando ahora sus arrugas independentistas con la puntita del dedo, me vuelven a silbar sus esquinas lo que sentí aquellos días previos al embarque, que sólo sabemos la luna, Barcelona y yo. Por eso no quiero que se vaya de España y que se levante sin sentido alguno una muralla (con tantos andaluces dentro) de las que hielan el corazón. Yo, un españolito andaluz que vino al mundo, del que ni siquiera sabía que me debía guardar Dios.

A medida que llegan hombres
se hace grande la ciudad.
A medida que los pies le crecen
se le achica la cabeza.
A medida que crece olvida,
hinchada de vanidad,
que bajo el asfalto está la tierra
de los antepasados.

A medida que pierde la medida
va llenándose de prisioneros,
de robinsones de andar por casa,
náufragos en medio del barullo
que viven vidas pequeñas
en pequeños mundos de hormigón.
Así están las cosas
entre Barcelona y yo.

Mil perfumes y mil colores.
Mil caras tiene Barcelona.
La que Cerdá soñó,
la que malogró Porcioles,

la que devoran las ratas,
la que vuelan las palomas,
la que se remoja en la playa,
la que trepa por las colinas,

la que por San Juan se quema,
la que cuenta para bailar,
la que me vuelve la espalda
 y la que me da la mano.

A medida que la camino
bajo los pliegues de su vestido
y le repaso las arrugas
con la puntita del dedo
me silban las esquinas
aquella vieja canción
que sólo sabemos la luna,
Barcelona y yo.

La quiero desnuda y entera
resbalando entre los dos ríos,
con sus fantasías y sus cicatrices.
La quiero con el entusiasmo
de un recluta enamorado
porque está viva y porque se queja
mi ciudad.

Mil perfumes y mil colores.
Mil caras tiene Barcelona.
La que Cerdá soñó,
la que malogró Porcioles,

la que devoran las ratas,
la que vuelan las palomas,
la que se remoja en la playa,
la que trepa por las colinas,

la que por San Juan se quema,
la que cuenta para bailar,
la que me vuelve la espalda
 y la que me da la mano.

En Sevilla, enamorado de aquella tierra catalana, un siete de octubre de dos mil diecisiete.

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