Carpe diem: a cada día le basta su afán

Hace un año que el actor Robin Williams se bajó del mundo que ordenó parar porque no le satisfacía y que en su momento ensalzó como actitud posible Groucho Marx, tomando una decisión controvertida para cualquier ser humano, que nos cuesta comprender. Le dediqué aquél día unas palabras especiales en el contexto de hacer siempre de este mes un agosto diferente, que reproduzco íntegramente hoy por su fondo y forma, porque busco siempre respuestas constructivas a la soledad acompañada en un mundo diseñado a veces por el enemigo. Como la que él vivía.

Gracias, capitán, gracias…

Sevilla, 11/VIII/2015

HAGAMOS UN AGOSTO DIFERENTE (III) El ejemplo de un gran actor: Robin Williams


Carpe Diem: Vivid el momento. Coged las rosas mientras aún tengan color pues pronto se marchitarán. La medicina, la ingeniería, la arquitectura son trabajos que sirven para dignificar la vida pero es la poesía, los sentimientos, lo que nos mantiene vivos.

Carpe diem. Siempre he valorado esta expresión, recordada de forma especial en una excepcional película, El Club de los poetas muertos, protagonizada por Robin Williams, actor inolvidable para muchas personas que se identificaron con un profesor especial, John Keating, interpretado de forma magistral por él. Hoy hemos recibido una noticia triste, su fallecimiento en la residencia ya habitual de San Francisco, probablemente cansado de vivir a pesar de él mismo, de su carpe diem particular, sabiendo que ha hecho felices a muchas personas con sus interpretaciones mágicas de actor comprometido con guiones especiales capaces de transmitir sentimientos y emociones diferentes.

Aquella película hizo historia en mi vida. La recuerdo en todos sus planos principales, destacando sobre todo los momentos estelares de la forma de entender la vida el profesor Keating y transmitirla a los demás, fundamentalmente a sus cuatro alumnos especiales por su condición de seguidores de un gran maestro. Desde el comienzo de la película, un nuevo profesor iba a cambiar la vida de alumnos en la mejor tradición de maestría de la vida, que tanto he valorado siempre en mis profesores de diferentes ciclos vitales, tanto académicos como profesionales, porque todos no han sido iguales. Mi maestra especial, Dª Antonia, me enseñó, por ejemplo, la primera versión del carpe diem infantil casi en un alma adulta, que siempre recuerdo de forma entrañable. Cuidó mucho mis sueños en paraísos perdidos, porque mi vida pequeña no daba para más, porque para ella era muy importante cada momento mío, en definitiva mi tiempo…

Era lo que John Keating/Robin Williams intentaba transmitir a sus alumnos desde la primera clase: que amaran el tiempo real de cada uno, cada momento, porque nada se repite, porque nadie se baña dos veces en el mismo río. A través de la poesía, porque siempre que se crea y piensa en algo, se puede dar el énfasis que cada persona necesita en su momento personal e intransferible y así se rompen esquemas. Esa es su verdadera razón, que Juan Ramón Jiménez también nos transmitió de forma excelente: amor y poesía, cada día.

Además, la libertad debe estar presente en esta acción poética. Él se lo enseñó a los cuatro alumnos que copiaron su experiencia vital: crear un nuevo Club de los poetas muertos, amando la transgresión de la vida cuando sus pilares se tambalean, tal y como está sucediendo en la actualidad. Ellos decidieron apostar por la libertad personal y colectiva frente a los cuatro pilares de su colegio: tradición, honor, disciplina y excelencia.

El desenlace de la película es conocido y doloroso. Al final, como a casi todas las personas que introducen cambios en la vida, en la sociedad, se las expulsa de la misma, con silencios cómplices. No es de extrañar que todos los alumnos firmaran la expulsión del profesor Keating. Un final, salvando lo que hay que salvar, que tiene un parecido extraordinario con los planos finales de La lengua de las mariposas, en el momento que los alumnos tiran piedras a su profesor, D. Gregorio, que tanta felicidad les había proporcionado, en un silencio cómplice desolador ante la cordada de presos.

Y al final de la película de su vida, podríamos gritar a los cuatro vientos las palabras coreadas por sus alumnos subidos en los pupitres: “Oh capitán, mi capitán”, mejor hoy “Oh, Robin, nuestro Robin”. Y el actor, en su carpe diem actual seguro que volverá a respondernos generosamente “gracias chicos, gracias”.

The end.

Sevilla, 12/VIII/2014

Seis propuestas para este agosto / 6. El arte de soñar

EL SUENO
«Recuerdo los ojos de mi esposa otra vez. Nunca veré cualquier cosa más aparte de esos ojos. Ellos preguntan.»

Antoine de Saint Exupéry, Terre des Hommes, 1939

Cuando era pequeño me emocionaban las dos palabras inglesas, The End, que aparecían siempre en los últimos planos de las películas de sesión continua, en los cines refrigerados del ferragosto madrileño. Fue especial el día de Candilejas, porque Chaplin era un ídolo de mi vida en el barrio de Salamanca, para un niño del Sur que soñaba con su tierra de origen, viviendo el discreto encanto de la burguesía, tan lejana de la ternura triste de Charlot, de los cómicos, como el que representaba el payaso Calvero en aquella hermosa película.

He querido construir un contexto humano especial con estas seis propuestas, que acaban hoy con el espíritu intacto de Ítalo Calvino, en un mundo diseñado a veces por el enemigo, porque proponer es mejor que destruir o tirar tapias por sistema sin posibilidad de reconstrucción alguna. Sé que la sociedad actual nos impide casi siempre soñar despiertos, pero no me resigno a estar encerrado en el club de los tristes o, algo peor, en el de los tibios. Recuerdo que en mi infancia de tierras de Castilla, el confesor de mi colegio nos recordaba los primeros jueves de cada mes y con voz trémula la cita del Apocalipsis que siempre he tenido presente, la cita “pi”, porque era la del capítulo 3, 14-16: “porque no estáis fríos ni calientes, sino tibios, estoy a punto de vomitaros de mi boca”. Y se quedaba tan pancho, aunque su terror hacía estragos en nuestras pequeñas conciencias. Me alegra, por tanto, pertenecer al Club de las Personas Dignas, lejos de la Iglesia aquella de mi infancia, la del miedo, que no quiere hoy Francisco.

Todas las películas tienen un final (es lo que tienen de malo…), pero la vida sigue siempre dispuesta a ofrecernos miles de oportunidades para creer que todavía es posible ser y estar en el mundo de otra forma, soñando despiertos, porque deseamos cambiar aquello que no nos hace felices, que mina a diario la persona de todos o la de secreto que llevamos dentro. El cine de mi infancia contemplaba siempre descansos pero, cuando soñamos, la vida no se detiene sino que solo esperamos, mientras caminamos, que se cumplan los deseos irrefrenables de alcanzar resultados pretendidos. Descansar en agosto es, a veces, despertar a nuevas experiencias de lo que está por venir, donde cualquier parecido con la realidad, a diferencia de lo que ocurre con las películas, no es pura coincidencia, sino el fruto de un sueño realizado, porque es legítimo que así sea. Como en el campo, los sueños realizados son solo para quienes los trabajan.

Lo escribí en la Navidad de 2013 y me reafirmo en todas y cada una de aquellas palabras que han pasado ya por el implacable túnel del tiempo, ante la imagen que encabeza este post y que guardo en mi museo de las pequeñas cosas, no inocente y de apertura inmediata en este mes de agosto: “Saco una bella lección. En estos momentos de contexto complejo para todos, sin excepción, hay que mirar esta foto con atención preferente y aprender a cerrar los ojos ante aquello que no nos proporciona bienestar alguno, buscar un rincón de paz en la vida particular de cada uno y soñar de forma consciente, como lo hacen estas mujeres, sin esperar al sueño de la noche, que casi siempre se queda en el olvido. Y una última reflexión: es conveniente soñar junto a la persona que queremos, porque la felicidad es mayor, al trenzarse el amor como una cuerda de tres hilos, que difícilmente se puede romper. Y estos días de tanta mercancía ofrecida a cualquier postor, podemos probarlo. Es lo que tiene no confundir en Navidad [o en agosto…], como todo necio, el valor y precio de cada sueño”.

Con Arte.

THE END

Sevilla, 8/VIII/2015

Seis propuestas para este agosto / 5. El arte de dignificar

Necesitamos dignificar cada segundo de nuestra vida, hacer digno o presentar como tal a alguien o algo. Hablamos con frecuencia de dignidad, pero creo que no conocemos bien su significado real, su recorrido histórico en España desde el siglo XVIII, primera realidad de fijación histórica, limpieza de miras y ofrecimiento de todo su esplendor a través de los significados otorgados por las personas, en el argot del lema de la Real Academia Española. Vivimos una constante frivolidad y mediocridad en un mundo global donde la dignidad sufre un acoso y derribo por parte de intereses espurios controlados siempre por el poderoso caballero don dinero. Las personas son las principales afectadas por su contrario, la indignidad, por la falta de respeto, de educación, así como del nulo reconocimiento de derechos y deberes fundamentales de quienes la sufren, tanto en la familia, como en el trabajo y en las relaciones sociales. Ausencia de reconocimiento humano, de respeto integral, mucho más cerca de nosotros de lo que parece.

Después de más de dos siglos de andadura en el lenguaje de nuestro país que figura en los diccionarios, podemos fijar bien la palabra dignidad, sin adulterarla ni contaminarla, respetando su propia historia social, aceptando que es una palabra muy apreciada, compartiendo su raíz histórica y de arraigo popular. Una persona digna es un ejemplo siempre de seriedad, gravedad y decoro en la manera de comportarse, es decir, manifiesta pureza, honestidad y recato; se aprecia y defiende su honra, estimación, modestia, mesura y circunspección, entendida ésta como atención, cordura y prudencia ante las circunstancias, para comportarse comedidamente. El arte de dignificar a personas, situaciones y objetos es la gran tarea que podríamos proponer de aquí en adelante, contrarrestando la indignidad galopante que nos rodea.

Nos necesitamos y juntos podemos hacer camino al andar, dignificando a las personas que queremos, a las creencias políticas que nos siguen pidiendo que no abandonemos a los sin voz, a los que menos tienen, a los que llamamos torpes, a las personas pobres de todo: de espíritu y carne, de dinero, del tener y ser; a las personas que ejercen una política digna, a los que defienden que todos no somos iguales, a las personas que aun equivocándose están dispuestas a rectificar, a los que les preocupa el silencio de las minorías; a los que defendemos la sociedad del bienestar social, a los que quieren y desean dejar de estar intranquilos porque pierden ilusiones, dinero y puestos de trabajo, a los que tienen muy claro desde el punto de vista político que no es lo mismo trabajar por la defensa de derechos y deberes, que por la mera mercancía…

He escrito muchas veces sobre la dignidad. El arte de dignificar, tal y como se ha explicado anteriormente, exige unas condiciones muy estrictas para pertenecer en este mes de agosto al Club de las Personas Dignas. En cada aquí y ahora, con ayuda de Declaraciones Internacionales, Constituciones y Estatutos de Autonomía, debiendo ser nuestro empeño al creer en el significado de esa maravillosa palabra, dignidad, trabajando denodadamente para recuperar su auténtico significado activo, no impreso, y quedarnos con ella, tal y como lo aprendí -un día ya muy lejano- de Blas de Otero, en momentos difíciles de España.

Hablamos de propuestas, proposiciones dignas, como también aprendí de Pablo Milanés, de las suyas, tal y como él las cantaba. No hacen falta ya muchas palabras para compartir este empeño de compartir ilusión por cambiar aquello que no nos hace felices, por mucho que el mercado se empeñe en convencernos que la felicidad es tener y no ser. Es más fácil estar atentos a disfrutar esta jornada de agosto, sin ir más lejos, inquietando el gusto de los demás a través de los sentidos, compartir mensajes y propuestas que entusiasmen a los demás, sobre todo a los que están más cerca, lanzándonos por caminos y veredas anunciando que otro mundo es posible, porque la primavera llega siempre, de forma puntual, haciendo nuestro el crisol de esta morada, como si fuéramos a cumplir nuestro último sueño. Con arte.

Sevilla, 7/VIII/2015

Seis propuestas para este agosto / 4. El arte de callar

EL ARTE DE CALLAR

Me fascinó su lectura. Es un libro precioso, El arte de callar (1), donde aprendí a practicar el silencio como arte sublime, porque solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio (Abate Dinouart, Principio 1º, necesario para callar). He escrito muchas veces en este cuaderno digital sobre esta manifestación artística que podemos alcanzar los seres humanos, imprescindible en este tiempo de vocerío, tertulias en el reino mediático de la opinión, falta de teoría crítica y donde todo el mundo se anima a publicar un libro sin compasión alguna hacia los demás, donde el striptease personal más vergonzante hace estragos en los medios de opinión.

He recordado de forma especial un post que escribí en 2008, Cuando el cerebro prefiere callar, porque en este momento no tengo más que decir sobre esta maravillosa propuesta de agosto. Lo reproduzco a continuación porque mantiene el fondo y la forma del hilo conductor de esta serie. Espero que disfruten con su lectura tanto como yo lo hago introyectándolo de nuevo y manteniéndolo en la memoria de mis silencios, aunque quede una tarea extraordinaria para el reto de vivir despierto: practicar el silencio. Con arte.

Sevilla, 6/VIII/2015

(1) Dinouart, A. (2003). El arte de callar. Madrid: Siruela, p. 53 (4ª ed.).

NOTA: imagen tomada de http://www.logopediatorrent.es/blog/el-arte-de-hablar-la-virtud-de-callar-la-importancia-de-escuchar/

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Cuando el cerebro prefiere callar

ARTE DE CALLAR
Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio
Abate Dinouart. Principio 1º, necesario para callar.

Hacía referencia Antonio Muñoz Molina a Cervantes, en un artículo extraordinario en el suplemento Babelia de 13 de diciembre de 2008 (1), con la siguiente frase controvertida: “En el Quijote, Cervantes atribuye a su cronista embustero y apócrifo Cide Hamete Benengeli una aspiración que siempre me ha parecido enigmática:… y pide que se le alabe no por lo que dijo, sino por lo que dejó de decir”. El cerebro nos permite actuar con estas autorestricciones a la activación de la memoria, obedeciendo a órdenes de la corteza cerebral a diversas estructuras cerebrales que intervienen en el proceso de la memoria para que no recuperemos, en determinados momentos, aquello que no interesa, no es conveniente recordar o simplemente, aunque se recuerde a la perfección, no se debe verbalizar.

Personalmente estoy preocupado con el mundo que me rodea lleno de ruidos y de palabras por doquier. Hoy, no es socialmente correcto hablar del silencio y los cerebros se preparan, en la medida de sus posibilidades, a convivir permanentemente con el ruido de alrededor, cualquiera que sea, porque no gusta la soledad. Además, siempre que se está con los demás se considera no prudente estar callados. Se imponen nuestros criterios, nuestra forma de pensar, nuestros gustos, sin escuchar. Caiga quien caiga. Además, supe en 2006 de una afirmación del primatólogo Josep Call, experto español en estudios comparados entre los simios y los seres humanos, que recogí en un post que llevaba por título “Los ultrasociales”, del que entresaco los siguientes párrafos por su aportación contradictoria con la conducta común humana: “Los chimpancés son muy sociales, pero los humanos se distinguen de otros primates en que son ultrasociales”. Sin embargo, también había manifestado en la misma conferencia pronunciada en Barcelona, el 14 de marzo, que cuando se realizó una prueba de conversación hace unos años en el Centro de Investigación del Lenguaje de Atlanta (EE UU) con un simio que se comunicaba a través de un ordenador, el resultado fue decepcionante: “Se vio que a los chimpancés no les interesa para nada conversar y sólo usan el modo imperativo, para pedir zumo o comida”. […] Pasa como en los tiempos que corren, donde en todos los terrenos sociales, políticos, empresariales, universitarios, familiares, nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (Aristóteles), algunos lo llaman Dios ó deidad, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos. La experiencia de Atlanta refuerza una tesis emocionante. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse. A pesar de los tiempos que corren que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo”.

Pero, si sabemos por qué hablan las personas, ¿podemos saber también por qué callan? Sobre la primera cuestión ya comenté ampliamente la respuesta adecuada en un post específico, ¿Por qué hablan las personas? y que recomiendo su atenta lectura para aproximarse al análisis que se plantea en el mismo. Sobre el silencio humano, hay mucho que investigar, porque aunque utilicemos un lenguaje cinematográfico, el ser humano ha nacido para hablar, es decir, el cerebro está pre-programado para hablar y que comentaba también en el post anteriormente citado: “Todavía me sobrecoge el descubrimiento de Selam (paz), la niña de Dikika, al que dediqué un post específico, cuando se valoró la localización de su hueso hioides como un hallazgo trascendental para conocer el origen del lenguaje en el “equipo” de fonación pre-programado en los seres humanos, a diferencia de los chimpancés y macacos más próximos en nuestros antepasados (siempre se ha dicho -desde el punto de vista científico y hasta con cierto desdén- que los monos no hablan): “Y lo que me ha llamado la atención poderosamente, desde la anatomía de estos fósiles, ha sido el hallazgo de un hueso, el hioides [Hueso impar, simétrico, solitario, de forma parabólica (en U), situado en la parte anterior y media del cuello entre la base de la lengua y la laringe], que es el auténtico protagonista, porque su función está vinculada claramente a una característica de los homínidos: el hioides permite fosilizar el aparato fonador, es decir, hay una base para localizar la génesis del lenguaje, aunque tengamos que aceptar que el grito fuera la primera seña de identidad de los australopitecus afarensis”. Nunca sabremos si Selam, que cumpliría hoy tres mil millones, trescientos mil años, dijo alguna vez ¡mamá!, aunque su hueso hioides nos permite vislumbrar que sí habló”.

Si estamos pre-programados para hablar, tendremos que acatar que callar es un arte y una defensa neuronal, perfectamente organizada en el cerebro, mediante la complementariedad sinfónica de diversas estructuras cerebrales, porque la realidad terca es que tenemos que hacer esfuerzos para callar porque no estamos pre-programados para ello. Hablamos porque recordamos: palabras, gestos, acontecimientos vitales, entre otras razones de vida. Callamos, porque inhibimos determinadas palabras, gestos, acontecimientos vitales y todos los aprendizajes acumulados a lo largo de la vida sobre estas estructuras conductuales y éticas. Y los silencios se acaban proyectando también a través de los estereotipos definidos en determinadas enfermedades mentales. Y es curioso: lo que sabemos hoy a ciencia cierta es que nuestros antepasados homínidos no estaban preparados para hablar, aunque la niña de Dikika, jugando con el hueso hioides, grite hoy a los cuatro vientos que hablar es cosa de personas…, como ella, después de haber callado durante millones de años.

Vuelvo hoy a recoger en mi mesilla de noche cerebral, un libro muy querido para mi persona de secreto: El arte de callar (2). Fui directamente a la página 53 y leí el último principio necesario para callar, el 14º: “El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades sin cubrirlas de mentiras”. En definitiva, ética cerebral del silencio.

Sevilla, 20/XII/2008

(1) Muñoz Molina, A. (2008, 13 de diciembre). Jugadores de cartas, El País (Babelia), pág. 13.
(2) Dinouart, A. (2003). El arte de callar. Madrid: Siruela, p. 53 (4ª ed.).

Seis propuestas para este agosto / 3. El arte de preguntar


A quién le puedo preguntar
Qué vine a hacer en este mundo?

Pablo Neruda, Libro de las preguntas (XXXI)

El terreno de la pregunta siempre es fértil. Se ha demostrado a lo largo de los siglos que la pregunta es un arte mayor en el diálogo de las personas. Basta recordar la escuela mayéutica, socrática por excelencia y vigente todavía en este octavo mes del calendario gregoriano, en la que la pregunta forma parte del aprendizaje de aquellas personas que a través del diálogo constructivo consiguen dar a luz el conocimiento verdadero, permitiendo que nazca una nueva vida. Es el contenido etimológico de la palabra mayéutica, porque mediante la pregunta se alumbra la inteligencia humana, saliendo del confort de respuestas preconcebidas en las que a veces nos instalamos.

Pero el arte de preguntar es anterior en el túnel del tiempo porque nació en la memoria histórica de los pueblos que crecieron en las riberas del Tigris y Éufrates, en la actual Iraq. Les preocupaba el significado de la vida ordinaria, el valor de las preguntas que preocupan a la persona de secreto. Personalmente las recuerdo siempre, para no olvidar su extraordinario valor en la sociedad de mercado y consumo feroz, donde las respuestas a muchas pre-ocupaciones [sic] humanas se ofrecen como mercancía pura y dura, casi siempre vinculada a objetos de “valor” y no a “valores”, para satisfacer superficialmente la intranquilidad del ser humano en momentos de crisis.

La citada “pre-ocupación” era tal que compartían como comunidad humana tres preguntas transcendentales, que alguna vez podríamos rescatar para nuestros tiempos de silencio, cuando el alma vaca incluso más allá del mes de agosto, es decir, cuando tenemos tiempo libre sin necesidad de comprarlo:

– ¿Qué gana el que trabaja con fatiga? o en otra variación sobre el mismo tema: ¿Qué saca cualquier persona de todo su fatigoso afán bajo el sol?
– ¿Quién sabe si el aliento de vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de vida de los animales desciende hacia abajo, a la tierra?
– ¿Quién le guiará a contemplar lo que ha de suceder después de él?

No conocemos las respuestas, cuestión que nos deja solos ante el peligro de un mundo diseñado muchas veces por el enemigo. La verdad es que aquella persona o comunidad, bajo el nombre de Eclesiastés, ya lo advirtió hace muchos siglos a las personas que tenían creencias: las respuestas no las vamos a conocer nunca porque “[Dios] también ha puesto el afán en sus corazones, sin que el hombre llegue [nunca] a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin” (Eclesiastés 3, 11).

El arte de preguntar se encuentra de pronto con una respuesta asombrosa en ese libro sagrado o laico, dependiendo del color del cristal con el que se lea: es mejor hacerlas a otra persona, que fundamentalmente sea amiga o a maestros y maestras de la vida, porque la historia del ser humano ha demostrado que lo mejor es caminar juntos para avanzar en progreso personal y social cundo no entendemos nada de lo que está ocurriendo, cuando no encontramos respuestas a nuestras múltiples preguntas, porque si caemos o nos frustramos diariamente, siempre tendremos alguien al lado que nos levante cuando compartamos nuestro desconcierto en el terreno de las grandes preguntas. La experiencia histórica de los pueblos ribereños, anteriormente citados, así lo había entendido: la amistad es como la cuerda de tres hilos, que difícilmente se puede romper. Ni siquiera con las 74 preguntas inquietantes de Pablo Neruda. Con arte.

Sevilla, 5/VIII/2015

Seis propuestas para este agosto / 2. El arte de escuchar

ESCUCHAR

El domingo pasado lo comentaba Manuel Vicent ensalzando la figura de la nueva alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena: sabe escuchar: “Su empatía congénita la colocaba siempre en la piel del otro para obligarla a entender lo primero el origen de la desgracia de los que se sentaban en el banquillo o de los reos condenados cuando era jueza de vigilancia penitenciaria. A esa actitud ella la llama escuchar, antes lo hacía con los delincuentes, ahora quiere hacerlo con los ciudadanos de Madrid para convertirlo en una ciudad habitable” (1). Debería ser una propuesta de necesidad extrema en este país tan dual y cainita. Necesitamos aprender a escuchar porque no es habitual en la vida ordinaria, sobre todo a los otros. Escuchar es saber dialogar, como también nos enseñó Antonio Machado: “Para dialogar, preguntad primero; después… escuchad”.

Escuchar es una actitud, un proceso de educación transversal a lo largo de la vida que no se improvisa, necesariamente acompañada de la aptitud social de la escucha atenta y activa. La persona que escucha vive instalada en el respeto mutuo, dispuesta a aprender siempre porque solo sabe que no sabe nada. La vida es una caja de sorpresas para quien escucha porque todos los días surge una posibilidad nueva de aprendizaje. Y para el diálogo es fundamental. Este país necesita declararlo como deber fundamental de carácter casi constitucional. Nos arrollamos en las vicisitudes diarias porque no dialogamos, no solemos buscar juntos la verdad de la vida, guardando cada uno la suya.

Y volvemos al arte de escuchar, elemento imprescindible para desarrollar esta habilidad nacida para consolidarse en una actitud que se ha desarrollado gracias a la inteligencia humana, que sabe distinguir oír de escuchar, que no es lo mismo. Es lo que les ocurre a los que alardean de decir a los cuatro vientos, cuando oímos algo que no nos interesa, que “por un oído me entra y por otro me sale”, como si la inteligencia humana estuviera ausente. Acabamos de negar la quintaesencia de la escucha, porque nos instalamos en el particular reino de la autosuficiencia o descalificación ajena, negando la capacidad intelectual de elaborar el proceso de escucha atenta que nos separa de estos procesos auditivos que también desarrolla el reino animal. Es un problema que estriba sencillamente en prestar siempre la necesaria atención a lo que los demás dicen, porque probablemente podríamos darnos cuenta de que lo que hasta hoy tenía patente de corso en nuestra vida ya no es así, dado que muchas veces los demás pueden pensar y decir algo mejor que nosotros. Esta actitud nos permitiría sobrevolar, a partir de ese momento, un cielo de preguntas. Con arte.

Islantilla (Huelva), 4/VIII/2015

(1) Vicent, Manuel (2015, 2 de agosto). La hechicera invoca al dios de la lluvia . El País.

NOTA: imagen recuperada de: http://www.educa.upn.mx/hemeroteca/vida-universitaria/150-num-06/361-aprender-a-escuchar-en-la-escuela-ipara-que

Seis propuestas para este agosto / 1. El arte de empezar y acabar

ITALO CALVINO

Ítalo Calvino es un referente para aprendices de escritor, como es mi caso. Nunca he olvidado unas palabras suyas cada vez que me enfrento a la realidad mágica de escribir un post en este cuaderno de inteligencia digital, encontradas en su obra póstuma “Seis propuestas para el próximo milenio”: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar) (1).

Agosto es un mes de encrucijada, porque el alma vaca, sobre todo para los afortunados que están enrolados en el trabajo reglado. Las vacaciones ofrecen la oportunidad de hacer un alto en el camino y reflexionar sobre lo que se ha acabado bien o mal de la lista de deseos y buenas intenciones de enero, para otear lo que está por llegar. Es un mes de encrucijada existencial, porque el presunto descanso brinda la oportunidad, si se sabe aprovechar, para poner orden en muestras vidas y mirar solo hacia adelante, porque hacerlo hacia atrás solo se debe hacer para no volver a pisar la senda de los errores, en un esfuerzo memorable para aprehender a Machado.

El secreto está en el arte de empezar y acabar cualquier camino deseado: podemos ir hacia muchos sitios, hacer cualquier cosa, pero lo importante es hacerlo de forma especial. Pero, ¿qué es el arte? Todavía no se puede comprar en Amazon, porque afortunadamente su esencia no se encuentra en el mercado, es decir, todavía no se ha convertido en mercancía. Cuando comprendo el arte según la tercera acepción recogida en el Diccionario de la Real Academia Española, conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien algo, es imprescindible recurrir al conocimiento, aptitudes y actitudes personales para tenerlo presente en cada decisión a la hora de hacer camino al andar en cualquier ámbito de la vida, porque los preceptos y las reglas para hacer bien algo o de forma especial no se improvisan. El arte así entendido, como pasa con el campo, es para quien lo trabaja.

Es el momento mágico de Calvino: páginas en blanco para escribir en el mes de agosto palabras especiales para nuestra vida, la de todos y, sobre todo, la de secreto, que a veces comienza y acaba cada día, sin que tengamos que esperar especialmente el compromiso de enero o la vacación en este octavo mes del calendario gregoriano. Con arte.

Islantilla (Huelva), 3/VIII/2015

(1). Cobeña Fernández, J. A. (2014). ¿Por qué escribo?

NOTA: imagen recuperada de: http://lachachara.org/2013/06/propuestas-de-italo-calvino-para-la-literatura-del-siglo-xxi/

La metáfora del Ene

NINA ASHANINCA
MUSUK NOLTE

Ene no es solo una letra, es también un río en el sur del Perú. Pero se engrandece con la foto que figura en la cabecera de estas palabras: una niña de la etnia asháninka que se baña con los ojos cerrados en ese río y que fue retratada en un momento mágico por el fotógrafo mexicano Musuk Note, naturalizado posteriormente como peruano por su experiencia existencial.

La historia de Ene es preciosa a pesar de su dureza. La lucha contra el terrorismo de Sendero Luminoso en los años 80 así como las multinacionales de la ruina étnica y los traficantes de vida, auténticos depredadores de estos pueblos, se hizo patente en esta etnia amazónica, en permanente emergencia hasta que como pueblo unido y con altavoces mundiales de su desesperación evitaron, entre otras actuaciones, la inundación de este territorio por la construcción de la presa de Pakitzapango, que quedó paralizada por la oposición que recibió.

Asháninka significa “persona”. La imagen de esta niña simboliza lo que significa pertenecer a esta etnia amazónica y vale más que mil palabras. Es probable que estuviera pensando en su tradición oral de persona a persona: su etnia cree que el dios Sol vivo estaba siempre arriba antes que fuera este mundo. Como tiene poder, desprendió una partícula de su corona que se asentó en las densas tinieblas y poco a poco formó este mundo. De ahí crecieron las plantas y todas las cosas que hemos visto. De ahí salieron ellos, los asháninka.

La niña respira libertad en el río Ene, porque sabe lo que significa. Su familia acoge muy bien a las personas que se acercan y les invitan a compartir descanso y fuego, comentando todo lo que saben sobre la complicidad del cóndor y del gallinazo negro. Personas honestas, con las que sueña para que su etnia siga viviendo dignamente pescando en su río de alma amazónica.

Sevilla, 24/VII/2015

Se juega con la ética

CONDICIONANTES
Estamos asistiendo a una manipulación de los valores que está alcanzando límites insospechados. Basta con estar atentos a la publicidad que nos rodea por tierra, mar y aire, para vislumbrar el uso continuo de los valores encubriendo sobre todo soluciones de mercado, convirtiéndolos en mercancía de usar y tirar. Es frecuente ver la utilización torticera de niños y niñas como reclamo publicitario. También, ancianos o personas que son el señuelo para acceder a la felicidad o felicidades que nos promete el mercado siempre que, obviamente, se pase antes por ventanillas no inocentes.

Esta mañana he visto un anuncio de una entidad bancaria que simboliza bien esta difícil frontera de la mediatización de valores: “Su abuelo fue abogado, su padre fue abogado. Él, es músico. Porque ya vivimos demasiado condicionados”. La solución a esta situación es rápida:”Cámbiate hoy mismo a la Cuenta NÓMINA. Sin comisiones, sin condiciones”.

La historia se repite. Cuando era niño y pensaba como niño, quise estudiar piano y en mi casa se valoró como una pérdida de tiempo, porque había que ser hombre de provecho y el piano era cosa de “cómicos”. Yo no quería estar condicionado, pero el discreto encanto de la burguesía del barrio de Salamanca en Madrid, mandaba también en la conciencia de cada uno. Sobre todo cuando solo eras un niño. Además, del Sur.

Entre el desgraciado desprecio a los cómicos de ayer y el aprecio desmesurado al dinero de hoy, anda el juego. Pero los condicionamientos humanos no son solo económicos, es decir, mercancía. Suelen afectar, sobre todo, al alma de la persona de secreto. Es lo que pasa cuando se confunde, como le pasa a todo necio, valor y precio.

Sevilla, 20/VII/2015

La dignidad de un niño gay

DIGNIDAD EN LA SINGULARIDAD

La doble moral americana no tiene límites. Esta noticia no es una más en la crónica de sucesos indeseables porque tiene un contenido especial, tal y como la hemos conocido en nuestro país a través del Huffington Post: “Cuando un niño tiene miedo de su futuro por ser homosexual es momento de detenernos, reflexionar y analizar si algo está fallando en nuestra sociedad. El 3 de julio, Humans of New York, un proyecto creado hace cinco años por el fotógrafo Brandon Stanton, publicó en su página de Facebook la fotografía de un niño llorando acompañada de la siguiente descripción: «Soy homosexual y me da miedo mi futuro y que no le agrade a las personas».

El hecho se ha convertido en noticia porque la fotografía tuvo que ser subida dos veces en Facebook, ya que la primera vez fue eliminada por la red social debido a un «problema técnico» que habría dejado la publicación invisible por un tiempo, según informó The Telegraph. La doble moral en una sociedad que practica los vicios privados que se convierten en públicas virtudes, gracias al mercado de los sentimientos que se venden y pagan a cualquier precio, hace su aparición también en las redes sociales, porque estas noticias gráficas molestan en la sociedad del bienestar más que del bienser (perdón por el neologismo).

Nos permite, al menos, hacer hoy una reflexión: necesitamos cantar el elogio de la singularidad, tal y como lo escribí recientemente en este cuaderno de inteligencia digital que busca siempre islas desconocidas: “Creo que más que normalidad, habría que hablar de singularidad. Cuando pretendemos ajustarnos a patrones, la experiencia suele ser nefasta, porque dejamos a un lado la inteligencia, como primer distintivo humano que nos hace ser personas y de identidad intransferible y porque no existen dos iguales, por mucho que se empeñe la sociedad de mercado en pasarnos a todos por la máquina de conversión en personas-patrón-para-triunfar-en-el-mundo, empaquetándonos como producto expuesto para que lo compre el mejor postor en todos los ámbitos posibles. Pura mercancía”.

Este niño tan digno, que representa la situación de miles de niños y niñas singulares, en su universo arco iris de todos los días, necesita solo el reconocimiento de lo que es y de lo que siente, basado en el principio de normalidad. No por lo que tiene o le entrega la sociedad de consumo y mercado, tal como ya definía el lema singularidad en este país el Diccionario de Autoridades en 1739, con la riqueza de nuestra forma de hablar hasta hoy: servir con el talento, no imitar otros, sino beneficiar el que ya dio el Cielo, o mejor: lo que recibimos de nuestros padres en la preciosa evolución genética de su propia vida, que merece siempre el respeto de los demás para que este niño, símbolo de muchos niños y niñas del mundo, no tenga miedo de su futuro y que la gente lo integre como una persona más. Simplemente, porque les agrada estar con él y sin necesidad de ser noticia o que su foto sea incómoda para conciencias timoratas y farisaicas que controlan, a la americana, la ética de las redes sociales.

Sevilla, 9/VII/2015