Intelectuales Digitales

ALAIN MINC

Estoy leyendo artículos y libros, en los últimos meses, en los que hay un denominador común que traduce una honda preocupación social: ¿Dónde están los intelectuales en este difícil momento histórico de crisis mundial económica y, sobre todo, de valores? Y siempre se recurre a la figura de Diógenes de Sínope, aquél vanidoso que gritó a los cuatro vientos “¡busco un hombre!» y que sufrió mucho cuando Aristipos de Cirene, el cirenaico, que se bañaba un día con él, se puso su túnica llena de agujeros, negándose el “buscador de hombres” a ponerse la de su amigo, porque era de púrpura y cuando lo viera cualquier persona pensaría mal de él. Como alguna vez he comentado a personas queridas, la anécdota es una ironía de la vida. Al menos, nos sirve para damos cuenta de que la empresa de «buscar una persona» exige en principio, autenticidad de vida personal «para que no se nos note la farsa a través de los agujeros de los hechos», porque todas las personas, sin excepción alguna, llevamos rasgos intelectuales en el cerebro.

Ya escribí en 2006 un post Encontrar una persona que se iniciaba con esta famosa expresión de búsqueda. ¿Quién se atrevería hoy a gritar por las calles y plazas: «¡Busco un intelectual!»?: “Nos tomarían por locos…, pero cuando las personas hablamos en serio, afloran los secretos y las locuras individuales y colectivas. Todo encuentro humano -filo cortante de la existencia- afrontado con honradez y coraje de vivir, puede gritar al mundo que cualquier persona puede y debe buscar a otra persona. No hay «yo» sin «tú». Hablar así en y de la habitación interior de cada uno, supone una sintonía de principios, proyectos y necesidades. Quizá también de intercomunicación de «crisis» personales, al ponerse en tela de juicio el sentido existencial del ser humano. Es una forma de abandonar el camerino ambulante y la representación subsiguiente en el gran teatro del mundo, para dedicarse a pensar, forjar ideales, luchar y transformar. No se trata, por otra parte, de buscar «gente, mundo o pueblo», sino una persona concreta, quizá cercana, quizá andaluza, quizá hermana, que quiera compartir la construcción diaria de una casa humana, con numerosas «habitaciones interiores». Podríamos entender «casa humana» como el país, la provincia, la ciudad, la fábrica y la familia que sentimos todos los días”.

También he escrito en este cuaderno sobre el compromiso intelectual: “Un intelectual es concebido como un ser alejado de la realidad que se suele pasar muchas horas en cualquier laboratorio de la vida y de vez en cuando se asoma a la ventana del mundo para gritar ¡Eureka! a los cuatro vientos, palabra que no suele afectar a muchos porque nace del egoísmo de la idolatría científica. Por eso hay que rescatar la auténtica figura de las personas inteligentes que ponen al servicio de la humanidad lejana y, sobre todo, próxima su conocimiento compartido, su capacidad para resolver problemas de todos los días, los que verdaderamente preocupan en el quehacer y quesentir diario. Cada intelectual, hemos quedado en “cada persona”, que toma conciencia de su capacidad para responder a las preguntas de la vida, desde cualquier órbita, sobre todo de interés social, tiene un compromiso escrito en su libro de instrucciones: no olvidar los orígenes descubiertos para revalorizar continuamente la capacidad de preocuparse por los demás, sobre todo los más desfavorecidos desde cualquier ámbito que se quiera analizar, porque hay mucho tajo que dignificar. Si esa militancia es independiente, otra cuestión a debatir, es solo un problema más a resolver pero no el primero. No equivoquemos los términos, en lenguaje partidista. Porque así nos luce el pelo sobre la corteza cerebral, sede de la inteligencia, nuestro domicilio de la libertad personal, de la que afortunadamente podemos presumir todos. Todavía no es mercancía clasificada, aunque todo se andará porque ya está en el mercado mundial. Al tiempo”.

¿Se buscan personas intelectuales? Probablemente siga siendo una tarea multisecular, porque desde Diógenes hasta nuestros días han pasado ya muchos siglos y la pregunta es todavía más correosa hoy: ¿dónde están los intelectuales que tanta falta nos hacen? Porque dinero no hay, pero cerebros y su proyección mediante la inteligencia humana es un bien millonario en números, tantos como personas poblamos el planeta tierra hoy, en el momento en que escribo este post: 6,996,843,831 personas, a las 14:04 UTC. Parece que la respuesta de cómo ser un perfecto intelectual hoy no está en el viento, tal y como leía ayer en un artículo muy revelador al efecto, que llevaba por título “El arte de la persuasión”: “La pasión por la conversación, la inteligencia y la reflexión. Tres cualidades que definen al intelectual, un pensador que trata de influir sobre el corazón del poder o la realidad exterior, alguien capaz de ejercer el derecho de injerencia, cambiar la historia o encarnar un momento en la vida de un país. La definición en sí misma parece una reliquia del pasado. Como si la especie hubiera sido devorada por ese universo hambriento de Internet. Alain Minc (París, 1949), autor de Una historia política de los intelectuales (Duomo Perímetro), compara a la raza de los pensadores con “la diversidad de los quesos, la variedad de los paisajes o la pasión por las revoluciones, una especialidad muy francesa”.

Pero el problema radica en que hay una realidad virulenta llamada Internet, que destroza todos los patrones al uso, tal y como lo trata este autor, declarando a Voltaire como el primer intelectual de la época, aunque personalmente tengo una debilidad extrema por Mozart, que no me importaría en señalarle como el auténtico intelectual de referencia del siglo XVIII: con el Rey o contra él, por no decir lo mismo respecto de lo Papas. Y cada uno hoy que lo aplique como mejor pueda, a tenor de su desarrollo intelectual, a tenor de lo expuesto en su libro por Minc. Y si es a través de la inteligencia digital, mejor, por supuesto, como lo vengo exponiendo a lo largo de seis años en este blog.

La presente y futura persona “intelectual” ya no es lo que era, que diría Groucho Marx y, ¿por qué no?, Minc: “Ya no existe la figura del intelectual magistral a la antigua usanza. Sartre es el último de ellos. Bourdieu intentó reinventar el papel, pero no ha conseguido más que ser un pálido imitador. Bernard-Henri Lévy se cree un Malraux contemporáneo y él llega a mezclar la reflexión y la acción con el caso de Libia como punto culminante. Pero su magisterio no puede compararse con el de Sartre y Malraux; no por un fallo suyo sino porque la sociedad ha cambiado. ¡Todas las autoridades están debilitadas: la política, la religiosa y también la intelectual!”. Gracias a Internet.

En la entrevista mantenida con el autor, según se refleja en el artículo, mediante correo electrónico para mayor “inri”, se recoge esta respuesta:”La irrupción de Internet lo cambia todo. Su tesis es que ya no existe monopolio de la información, “no más jerarquías, no más circuitos privilegiados. En el reino del buzz [mecanismo de red social] todo el mundo se mete en los asuntos de los demás”, porque “—Ya no existe la vanguardia de la sociedad. Internet crea un gran baño democrático que anula todas las jerarquías, incluyendo a los intelectuales. El sistema de poder intelectual —libros, críticas, debates mediáticos— está atacado por la Red. Nada está dado de antemano. Dicho esto, este inmenso espacio tiene un mayor inconveniente: desvalora al experto y al erudito. En la Red, todo vale: la opinión emotiva tanto como el razonamiento deductivo. ¿Cómo se recrearán nuevas legitimidades? Nadie lo sabe”. Y avanza la entrevista en unos términos clarificadores: “El futuro, vaticina Minc, será de los e-intelectuales. Esa nueva especie emergerá de este inmenso guirigay, pero es imposible definirlo hoy. “En todo caso, no será el pensador magistral que reflexionará como un clásico internetizado”.

Personalmente, vuelvo a reflexionar con Manuel Castells (La Galaxia Internet) una idea transcendental: los intelectuales podremos encontrarlos a través de Internet, de la red, de la Noosfera, de la malla pensante digital, aunque el principal temor de la gente, es el miedo más antiguo de la humanidad: el miedo a los monstruos tecnológicos o humanos que podamos engendrar, demostrándose hasta la saciedad que vivimos una gran con contradicción: la que existe entre nuestro hiperdesarrollo tecnológico y nuestro infradesarrollo institucional y social, por la ausencia de la fuerza que transmiten las personas intelectuales. ¿Alternativa? Existen malas noticias para los que sólo quieren vivir su vida: si no nos relacionamos con las redes, las redes si se relacionan con nosotros, hacen historia y las escriben. Mientras queramos seguir viviendo en sociedad, en este tiempo y en este lugar, tenemos que tratar con la sociedad red. Porque vivimos en la galaxia Internet, la nueva galaxia de los intelectuales. Solo queda identificarlos.

Sevilla, 26/II/2012

NOTA: Cuando voy a publicar este post, ya han nacido en el mundo que vivimos 34.793 personas más, siendo las 18:01 UTC, desde la hora (14:04) en que cité el dato recogido en el texto, con posibilidades de llegar a ser intelectuales digitales en un futuro que no conocemos, si la vida les ofrece esta oportunidad.

Lo que quiero ahora

LO QUE QUIERO AHORA

El título no es mío. Es el de un artículo publicado por Ángeles Caso, en el Magazine, donde he escrito algunas cartas de compromiso activo y que me trae muchos recuerdos. Dejo a Ángeles que nos transmita el contenido precioso de sus palabras. Nada más. Espero que disfrutes con su lectura tanto como yo al recibirlo de personas muy queridas para mí.

Lo que quiero ahora
Magazine | 19/01/2012 – 23:59h

Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.

Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.

Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.

Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.

Sevilla, 12/II/2012

Cerca del juez Garzón: vicios privados, públicas virtudes

El 11 de abril de 2010 escribí un post premonitorio de lo que hemos conocido hoy: el peso de la Ley interpretada por algunos, aunque sean jueces, cae sobre la dignidad del juez Garzón. Una vergüenza pública. No quiero agregar una sola palabra a las que ya escribí en aquél momento. Estoy cerca del juez y de su dignidad. Personalmente, le pido disculpas si no he sabido cooperar de forma más activa para defenderlo en la célula que me corresponde y en la que vivo:

VICIOS PRIVADOS, PÚBLICAS VIRTUDES

Para los que pertenecemos a la generación en la que sabemos que todavía, en tiempo de crisis, nos queda la palabra, escribo este post como microacto solidario para romper silencios cómplices, conformistas, acerca de personas y situaciones que sufren en democracia: niños amenazados por la larga sombra de la pederastia en la Iglesia y fuera de ella, personas que ejercen la política y son honrados, porque no todos son iguales, jueces dignos como Garzón y otros muchos como él preocupados para que no que pase sin pena ni gloria el dolor que perdura por los efectos de la Guerra Civil, y mujeres al borde de la muerte física, psíquica y social porque existen hombres e instituciones que no aceptan que desarrollen su inteligencia en libertad

PANAL DE ABEJAS

Un gran panal, atiborrado de abejas
que vivían con lujo y comodidad,
mas que gozaba fama por sus leyes
y numerosos enjambres precoces,
estaba considerado el gran vivero
de las ciencias y la industria.

Bernardo de Mandeville (1670 (?)-1733), El panal rumoroso: o la redención de los bribones

Desde la ventana del autobús 881, en Roma, veía en 1976 el cartel de la película de Miklós Jancsó que llevaba este título. El cine que la proyectaba estaba a solo unos metros de la Ciudad del Vaticano (¡qué paradoja!) y, una y otra vez, la he recuperado en mi memoria de hipocampo en estos últimos días de desasosiego ético nacional e internacional, con las noticias de la pederastia en la Iglesia, la trama de corrupción Gürtel, el proceso abierto contra el juez Garzón y el azote de la violencia de género, por poner ejemplos reales. La tentación inmediata es agregarnos inmediatamente al grupo de opinión mayoritaria de este país alejado de la teoría crítica constructiva y ver siempre en los otros lo que no somos capaces de integrar como una realidad de la condición humana que hay que saber enjuiciar con frialdad para no cometer errores dogmáticos e inquisidores, y para no caer, obviamente, en el determinismo cruel del mal y del bien necesarios, propugnado ya en el siglo XVIII por Bernardo de Mandeville, en un poema “anónimo” que publicó en 1714 (1), que formaba parte de un libro titulado The Fable of the Bees: or Private Vices, Public Benefits (La fábula de las abejas: Vicios Privados, Públicos Beneficios):

… empeñados por millones en satisfacerse
mutuamente la lujuria y vanidad.
… Los abogados, cuyo arte se basa
en crear litigios y discordar los casos,
… Deliberadamente demoraban las audiencias,
para echar mano a los honorarios;
… Los médicos valoraban la riqueza y la fama
más que la salud del paciente marchito
… Y la misma Justicia, célebre por su equidad,
aunque ciega, no carecía de tacto;
su mano izquierda, que debía sostener la balanza,
a menudo la dejaba caer, sobornada con oro
… El curioso resultado es que mientras
cada parte estaba llena de vicios,
sin embargo todo el conjunto era un Paraíso.

Este espectáculo, al que asistimos como testigos de cargo casi siempre, al grito de los tahúres de Mandeville, «¡Dios mío, si tuviéramos un poco de honradez»!, traduce la realidad cruel de una sociedad que está tocada en su alma. No nos engañemos. Mientras que la preocupación social más extendida del triunfo a toda costa y la exigencia de la felicidad como derecho constitucional siga campando en el terreno de la violencia reactiva, porque la llamada crisis de valores, de la que todo el mundo habla pero que casi nadie concreta, no acaba de analizarse con el rigor y urgencia que necesita, es muy difícil exigir de los demás la ejemplaridad, sin que empiece la auténtica conversión por uno mismo.

Vicios privados y públicas virtudes, es una expresión que va más allá del título de una película, porque la trasciende y recoge una realidad notoria en la sociedad actual. En un Estado de derecho debemos confiar siempre en la Justicia para abordar los delitos privados y públicos. Pero la solución está también y, básicamente, en otro ámbito: en la generación de responsabilidades públicas y privadas, individuales y colectivas, basadas en dos grandes principios, el del conocimiento y el de la libertad. Conocimiento, para saber por qué ocurren las cosas, por qué debemos recurrir siempre a la inteligencia para resolver conflictos, con su gran carga de sentimientos y emociones a la que siempre está ligada. Y, por supuesto, la libertad para educarla en el sentido más pleno del término. Educación y saber ser y estar en clave de ciudadanía, son dos grandes principios que necesitan ser reforzados y blindados a marchas forzadas en nuestro país, en todos los niveles sociales posibles. De esta forma, sabremos analizar mejor, con humildad, por qué el ser humano es capaz de practicar la violencia con los niños, robar dinero público, quitar legitimidad a un juez o hacer daño a una mujer, de muchas formas, sin caer tampoco en el diseño de un mundo feliz que no existe de forma global, aunque sí individual para quien se lo propone, sin necesidad de dioses o de la fatal aceptación del mal como “semilla” necesaria del bien, volviendo a Mandeville, al intervenir esos dioses salvadores (de cualquier tipología) que citaba anteriormente, para poner orden en un mundo tan enloquecido:

Pero, ¡oh, dioses, qué consternación!
¡Cuán grande y súbito ha sido el cambio!
Los tribunales quedaron ya aquel día en silencio,
porque ya muy a gusto pagaban los deudores.
… Quienes no tenían razón enmudecieron,
… con lo cual nada podía medrar menos
que los abogados en un panal honrado.
… La Justicia, no siendo ya requerida su presencia,
con su séquito y pompa se marchó.
Abrían el séquito los herreros con cerrojos y rejas,
luego los carceleros, torneros y guardianes.
… Todos los ineptos, o quienes sabían
que sus servicios no eran indispensables se marcharon;
no había ya ocupación para tantos.
… ¡Contemplad ahora el glorioso panal, y ved
cómo concuerdan honradez y comercio!

Es probable que el conocimiento nos permita comprender entonces que los vicios son públicos cuando personalmente ya no sabemos vivir con nosotros mismos, porque hemos perdido el espacio privado y necesario de la virtud en un panal social que nos desborda, aceptando desgraciadamente el principio del conformismo cómplice e impresentable del manual ético de Mandeville: Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado.

Sevilla, 11/IV/2010

(1) García-Trevijano, Carmen (1994). El reverso de la utopía. Actualidad de «la fabula de las abejas» de Bernardo de Mandeville. Psicología Política, 9, 7-20.

NOTA: La imagen utilizada en este post fue recuperada el 10 de abril de 2010 de: http://www.infoagro.com/noticias/2008/5/1458_agricultura_abre_plazo_solicitar_ayudas_al_fomento.asp

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Sevilla, 9/II/2012, un día muy triste para la democracia en nuestro país

La independencia no existe

EL ROTO RAYA

Suenan tambores de independencia de todo lo que se mueve en el mundo que nos rodea. La viñeta de El Roto, publicada en el diario El País, en su edición de 29 de enero de 2012, que preside este post, me pareció una interpretación muy inteligente de una tentación que rodea nuestra vida cuando llega el hartazgo de casi todo. En el momento actual, donde el fariseísmo gana adeptos día a día, se propaga la idea de que como el mundo está imposible, ¿yo no?, no hay más remedio que independizarse del propio mundo en el que vivimos y “a mí que no me llamen”, pidiendo a gritos aprendidos de Groucho Marx, de que lo paren ¡ya! porque hay que bajarse de él.

Nada más lejano de la realidad, cuando conocemos bien las estructuras de nuestra caja negra particular: el cerebro, que cada uno posee como un tesoro extraordinario y que poco se nos ha enseñado sobre él. He escrito mucho sobre esta realidad en este cuaderno de inteligencia digital y como pertenezco al llamado sector independiente, desde una perspectiva política, para entendernos, he creído necesario hacer unas reflexiones breves sobre esta realidad que existe, pero que al final es una realidad imposible, porque al igual que en el caso de la ideología, no hay independencia inocente.

El Diccionario de la Real Academia Española, en su última versión (22ª), define el lema independiente en sus acepciones segunda y cuarta como: 2. “Que no tiene dependencia, que no depende de otro; 4. Dicho de una persona: Que sostiene sus derechos u opiniones sin admitir intervención ajena”. Es decir, pretendemos en una gran operación cerebral no tener dependencia de nada ni de nadie, por una parte y blindar nuestros derechos u opiniones contra viento y marea, por otra.

Sencillamente imposible. El cerebro no descansa nunca. Tenemos hasta cien mil millones de posibilidades de ordenar lo que percibimos y sentimos a diario, afectos incluidos, y nada se borra salvo por accidentes vasculares cerebrales o traumas de etiología diversa. Siempre está atento a lo que nos rodea. Por eso salimos indemnes de tantos ataques conceptuales, educativos, familiares, políticos, físicos, psíquicos y éticos. O dañados. Porque dependemos de los demás, de los otros, de otros derechos. Para empezar, los de los demás, y porque nuestras opiniones son eso, solo opiniones, cuando crecen sin cesar teorías, relaciones, personas, decisiones políticas, partidos, religiones, que dan al traste con lo que intentamos proteger y mantener en el cerco de la llamada independencia.

Además, desde la perspectiva digital y siguiendo los principios expuestos por Manuel Castells, en La Galaxia Internet, “existen malas noticias para los que sólo quieren vivir su vida: si no nos relacionamos con las redes, las redes si se relacionan con nosotros. Mientras queramos seguir viviendo en sociedad, en este tiempo y en este lugar, tenemos que tratar con la sociedad red. Porque vivimos en la galaxia Internet”.

Porque toda la vida nos pasamos cuidando la raya que un día decidimos pintar en nuestro cerebro de secreto, en nuestro suelo firme de la existencia, en frase del Profesor López-Aranguren, la ética de secreto, porque tomamos esa decisión y la realidad nos demuestra que no es viable, cuando se cruza tantas veces sin contemplaciones y nos invaden los otros. Aunque la pintemos de rojo, delgada o gruesa, da igual.

Por estas razones y otras muchas existe su alternativa: el compromiso activo, en cualquier ámbito, porque se descubre que no podemos caminar solos, ser independientes en estado puro. Es lo que hacen nuestras neuronas a diario: reciben unas órdenes y las pasan a la neurona siguiente, a decenas o miles de siguientes, con impulsos eléctricos. Y se quedan todas en algún sitio a la espera de nuevas órdenes, sin descanso, es decir, de viajar siempre hacia alguna parte cuando las órdenes van cargadas de un único compromiso que no falla al hacer lo que se tiene que hacer: el trabajo bien hecho, la búsqueda de la felicidad propia y ajena. Eso sí, cuidando las delgadas líneas rojas propias y de los otros, estando pendientes siempre de ellas, como el protagonista de El Roto.

Sevilla, 5/II/2012

Educación para la Ciudadanía: insustituible

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Ayer compareció en el Congreso el ministro de Educación, Cultura y Deporte, para presentar las líneas generales en educación y deporte, destacando entre otras reformas la que figuraba en 5º lugar, en referencia a la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Como deseo ser muy riguroso en mi análisis de esta información, transcribo literalmente la misma en sus términos exactos:

5. Educación para la Ciudadanía

Quisiera anunciar también esta comparecencia de líneas generales, Señorías, la sustitución de la asignatura de Educación para la Ciudadanía por una nueva asignatura de Educación Cívica y Constitucional.

Una asignatura que ha estado acompañada desde su nacimiento por la polémica y que creó una seria división en la sociedad y el mundo educativo. Porque el planteamiento de la asignatura iba más allá de lo que debería corresponder a una verdadera “formación cívica”, conforme a las directrices y orientaciones formuladas por el Consejo de Europa.

De acuerdo a nuestro compromiso electoral, proponemos una asignatura cuyo temario esté libre de cuestiones controvertidas y susceptibles de adoctrinamiento ideológico. La materia debe centrarse en proporcionar a los alumnos el conocimiento de la Constitución como norma suprema que rige nuestra convivencia, la comprensión de sus valores, de las reglas de juego y de sus instituciones, mediante las cuales se conforma una sociedad democrática y pluralista, así como de la historia e instituciones de la Unión Europea, de la que España forma parte.

Ésta es, Señorías, una asignatura que considero especialmente relevante porque, como ya he dicho al inicio de mi intervención, creo que la educación tiene una función esencial, y es la de conseguir formar a ciudadanos libres y responsables, con capacidad para ser sujetos activos de nuestra sociedad democrática. Sin duda esta nueva Educación Cívica y Constitucional servirá a tal fin, y no a ningún otro.

Me entristece conocer esta declaración de intenciones directas, donde las razones esgrimidas son rebatibles en todos sus términos. En el año 2007 escribí diez post en torno a los contenidos de la asignatura, en momentos en los que el debate estaba candente en España. Por ello, he decidido preparar una publicación en red, Educación para la Educación en Ciudadanía y Derechos Humanos, que recoge aquellas reflexiones que llevé a cabo sobre textos oficiales que leí en el momento en que se publicaron y comenzaban a utilizarse en los Colegios de España. Me reafirmo en todos sus contenidos y vuelvo a recoger una reflexión final, enseñar a los niños y niñas de España a ser felices, que sintetizaba el resultado pretendido de aquella colaboración en red, para construir teoría crítica sobre una situación esperpéntica, que vuelve a reverdecer ahora con expresiones del Ministro totalmente fuera de lugar, sobre todo cuando pivota esta decisión sobre un aserto muy discutible en la forma y fondo de su contenido: el adoctrinamiento ideológico.

Aprendí hace muchos años, que no existen ideologías inocentes y que el adoctrinamiento, en la acepción de la Real Academia Española, acción de Instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias, es un lema limpio, que fija una posición ética y que da esplendor a la vida digna de las personas, más todavía si la educación para la ciudadanía la imparten profesores, maestros para toda una vida de las niñas y niños de todo el país. Máxime cuando la nueva asignatura de Educación Cívica y Constitucional, no deberá escapar nunca de la necesidad de instruir a las niñas y niños de España en el conocimiento de la doctrina constitucional, al inculcarles determinadas ideas y creencias, mediante ejemplos, que nunca pueden ser asépticos porque mucho más que el libro, todo dependerá del profesor o profesora correspondiente, ciudadanos al fin, con sus correspondientes ideas y creencias, respetables por encima de todo.

Lo más importante: después de analizar a fondo los tres libros de Educación para la Ciudadanía, que tomé como muestra, pude concluir en aquél año controvertido, 2007, que mantenía la ilusión de que quien leyera los post que ahora he recopilado en formato de publicación en red, los difundiera si le parecía ético, a modo de revolución activa a través de la inteligencia digital, con objeto de crear teoría crítica (examen y juicio acerca de alguien o algo y, en particular, el que se expresa públicamente sobre un espectáculo, un libro, una obra artística, etc.) ante tanta opinión trasnochada y elevada casi siempre al rango de dogma inexpugnable. Sobre todo, porque podemos aprender, con esta asignatura, a ser felices.

Sevilla, I/II/2012

NOTA: puedes bajarte esta publicación, Educación para la Educación en Ciudadanía y Derechos Humanos, pulsando aquí. Gracias por poder atender y extender esta parte de doctrina ideológica.

La verdad suele ser pequeña

LA TEMPESTAD
La tempestad (1862), Peder Balke

Ayer leí un artículo precioso, breve, de un autor del que aprendo todos los días, Manuel Rivas, que llevaba por título, Arte cacique, que me aportó muchas reflexiones, aunque al final se centraron en una sola: Para expresarse, la verdad suele escoger el pequeño tamaño. Pertenezco a una generación en la que por carencias de la posguerra, el tamaño era muy importante en la vida ordinaria de una familia: no era lo mismo un mendrugo que una barra de pan. Era lógico pensar que el caballo debía ser siempre grande, ande o no ande.

Con el paso del tiempo, una vez que visité por primera vez el pensamiento y el sentimiento de Rabindranath Tagore, en su pájaro perdido 178, supe que a todas las personas a las que se aprecia se les debe entregar las cosas pequeñas, porque a “todos”, suelen entregarse las grandes.

Con el paso del tiempo, fue Antonio Machado el que completó un círculo de la verdad que aprendí a reconocerla tal y como es: Tú verdad no, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela. Y entre búsquedas compartidas, en cualquier orden de la vida, sobre todo en términos de dignidad humana, reafirmo hoy que a la verdad le gusta el tamaño pequeño, porque suele ser muy sencillo buscarla en las pequeñas cosas del día a día: una palabra, una mirada, una mano extendida, una mejilla cercana o un silencio que hace más pequeño todo, casi imperceptible, porque allí, la verdad buscada con ahínco, nunca se pierde. Como Manuel Rivas contemplaba el cuadro La tempestad, “que mide poco más que una mano de estibador (12 – 16,5)”, en su visita a la sala 42 de la National Gallery: “¿Por qué atrapa, de esa forma, un pequeño óleo con simples matices en blanco y negro? Porque condensa una exacta visión y un conocimiento de lo oscuro”.

Aunque la sociedad de consumo, en plena cuesta de Enero, siga pensando en la clave que con su maestría habitual denunció Groucho Marx en un ayer no tan lejano: «Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…».

Si no trabajamos la pequeñez extrema de la verdad, Manuel Rivas nos avisa de una realidad contraria a la verdad que a algunas personas nos hace sufrir hoy cuando conocemos cómo determinados responsables públicos, muy pocos, no todos, con obligación de tutela de la verdad pública, permiten que los ciudadanos piensen que “la propaganda y la mentira prefieren lo monumental. Hay una proporcionalidad entre el autoritarismo, el poder corrupto y el gigantismo de las formas”. Y todo eso, no le gusta a la verdad que tú y yo, todos, procuramos buscarla en el terco, sencillo, anónimo y pequeño día a día.

Sevilla, 15/I/2012

Dignidad: nos queda esta palabra

Blas de Otero ya lo dijo en un momento crucial de España: me queda la palabra. Creo en ella, llevo trabajando a través de palabras desde que tengo uso de razón y la inteligencia me permitió hilvanarlas para grabarlas en mi cerebro y utilizarlas siempre como un tesoro muy apreciado en mi vida. Hablamos con frecuencia de dignidad, pero creo que no conocemos bien su significado real, su recorrido histórico en España desde el siglo XVIII, primera realidad de fijación histórica, limpieza de miras y ofrecimiento de todo su esplendor a través de los significados otorgados por las personas, en el argot de la Real Academia.

He investigado sobre su aceptación en los Diccionarios españoles, comenzando por uno que aprecio mucho (1), como se ha podido comprobar en este blog, el de Autoridades (RAE A 1732), donde el lema dignidad, comprendida como el grado y calidad que constituye digno, todavía tenía una carga histórica ligada a la Iglesia, a la Corte y a la idea del hombre frente a la mujer, como lo traduce el ejemplo en relación con la utilización que hace Fernando de Rojas, en Calixto y Melibea, en boca de Sempronio, el criado de Calixto: “…Sometes la dignidad del hombre a la imperfección de la flaca mujer”, aceptando el lema digno como correspondiente, proporcionado, conforme al mérito y dignidad del sujeto, referido fundamentalmente a acciones beneméritas o acreedoras de algún honor, recompensa o alabanza, con ejemplos muy vinculados a méritos a la realeza o a la prohombres de la Iglesia o a hombres de la sociedad renacentista.

En 1791, se aleja cada vez más el sentir ciudadano de la dignidad, para llevarlo a la cualificación de calidad que constituye digna una cosa o en la tercera acepción, cargo o empleo honorífico y de autoridad.

Había que esperar hasta la edición del Diccionario de 1884 (12ª edición), donde finaliza su Prólogo expresando que “A España entera importa que se conserve íntegra y pura y se enriquezca sin desdoro el habla que es agente eficacísimo de su gloria, prenda de su independencia y, signo de su carácter”, para encontrar por primera vez un eco social de la palabra dignidad: gravedad y decoro de las personas en la forma de decir y hacer las cosas, que permaneció hasta 1925, donde ya se incorpora en términos de actitud, conservando la primera parte de la definición: “gravedad y decoro”, pero sustituyendo “en la forma de decir y hacer las cosas”, por “la manera de comportarse”, que se ha mantenido hasta hoy en la 22ª edición y última de Diccionario de la Real Academia, publicada en 1992 (2). En la versión de 1927, se agrega un ejemplo muy clarificador en esta tercera acepción: Obrar con DIGNIDAD; perder la DIGNIDAD [sic], que desaparece en la versión de 1956 y volviéndose a recuperar en la de 1983, desapareciendo finalmente y de forma sorprendente en la de 1984 y así hasta nuestros días.

Estoy también interesado en contextualizar en 1884 los vocablos gravedad y decoro, para conocer cómo se comprendían los mismos en la sociedad contemporánea a la publicación del Diccionario. Gravedad, se admitía en su segunda acepción, como compostura y circunspección. Decoro, desde la segunda a quinta acepción: circunspección, gravedad; pureza, honestidad y recato; honra, punto [hablando de las calidades morales buenas o malas, extremo o más alto grado a que éstas pueden llegar. Pundonor], estimación. Compostura (sexta acepción): modestia, mesura, circunspección. Circunspección (dos acepciones): atención, cordura, prudencia; seriedad, decoro y gravedad en acciones y palabras.

Finalmente, desde 1992, el Diccionario de la Lengua Española, se refiere a la Circunspección como prudencia ante las circunstancias, para comportarse comedidamente, así como seriedad, decoro y gravedad en acciones y palabras.

Después de más de dos siglos de andadura en el lenguaje de nuestro país, podemos fijar bien la palabra dignidad, sin adulterarla ni contaminarla, respetando su propia historia social, aceptando que es una palabra muy apreciada, compartiendo su raíz histórica y de arraigo popular. Una persona digna es un ejemplo siempre de seriedad, gravedad y decoro en la manera de comportarse, es decir, manifiesta pureza, honestidad y recato; se aprecia y defiende su honra, estimación, modestia, mesura y circunspección, entendida ésta como atención, cordura y prudencia ante las circunstancias, para comportarse comedidamente.

Son unas condiciones muy estrictas para pertenecer al Club de las Personas Dignas, en cada aquí y ahora, con ayuda de Declaraciones Internacionales y Constituciones, pero ese es nuestro empeño al creer en el significado de esa maravillosa palabra, trabajando denodadamente para recuperar su auténtico significado activo, no impreso, y quedarnos con ella, tal y como lo aprendí -un día muy lejano- de Blas de Otero, en momentos difíciles de España.

Sevilla, 5/I/2012

(1) Real Academia Española (1990). Diccionario de Autoridades (Ed. facsímil). Madrid: Gredos (Orig. 1726-1739).
(2) Real Academia Española (2001). Diccionario de la Lengua Española (22ª edición). Madrid: Espasa.

Algo puede ir mejor

ALGO VA MAL
Seríamos capaces de apagar el sol y las estrellas porque no dan dividendos…
John Maynard Keynes

Muchas personas se habrán levantado hoy con la sensación de que la situación económica en España no tiene arreglo. Ayer escuchamos y vimos que las medidas tomadas por el actual Gobierno no dejan títere con cabeza y que la frase críptica de que “esto es el inicio del inicio” no se sabe si tiene tintes esperanzadores o apocalípticos, en los términos que recoge el famoso libro, es decir, que estamos ante “la abominación de la desolación”. Es verdad que las noticias no son esperanzadoras y que todo el mundo sale afectado por estas medidas, pero tengo la obligación ética de expresar que como no todos somos iguales, debemos dedicarnos a construir sobre los derribos éticos y de principios que nos rodean.

He comenzado a leer un libro escrito por Tony Judt, que considero imprescindible para armar bien los argumentos éticos que nos permitan construir el cambio de una sociedad que no funciona bien y con la que estamos obligatoriamente obligados a entendernos, eso sí, cambiándola, no conformándonos como está. El libro lleva por título un diagnóstico no precoz, sino consolidado: Algo va mal (1), y en la portada ya se encuentra un planteamiento que lo hace muy atractivo: “Ha llegado el momento de detenernos a decidir en qué mundo queremos vivir”.

A partir de aquí, empieza el gran debate ante la decisión suprema: ¿lo tienen qué definir otros (muchos OTROS) ó debo participar en esta decisión? No tengo dudas al respecto: tenemos que ser protagonistas directos y no artistas invitados, ni siquiera actores secundarios. Y comienza la tarea, ardua por definición, partiendo de la base de que el mundo que nos ha presentado la sociedad actual no sirve para vivir con dignidad, palabra que aprecio en el contexto que tanto defiendo, no confundiendo nunca valor y precio. Hasta tal punto, como decía Keynes, que los del “precio”, los de los “mercados y mercancías” son “capaces de apagar el sol y las estrellas porque no dan dividendos…”. También, de apagar la felicidad de los que no confunden valor y precio.

El Al-Manaque [parada de un largo viaje] de 2011 agota hoy sus hojas, pero esta noche, cuando la sociedad del precio nos invite a uvas y champán, debemos dedicar unos segundos a reflexionar que desde ese momento y ante la primera hoja de 2012, si antes no lo hemos hecho ya, estamos invitados uno a uno a cambiar los valores de la vida próxima y asociada en la que estamos trabajando, en una búsqueda incesante de valor en todo lo que se mueve, porque merecemos ser felices en el aquí y ahora (hic et nunc, que decían los clásicos) de cada uno, de cada una. Porque el dinero, poderoso caballero, no es capaz de agotar la capacidad de cada cerebro para idear, crear, abrir fronteras, cambiar relaciones, tomar decisiones, solucionar problemas, desarrollar sentimientos y emociones, rebelarnos en nuestras casas, trabajos y diversiones, vivir con lo que se puede tener y no por encima de nuestras posibilidades, buscando lo sencillo, amable, aunque tengamos que renunciar a la filosofía del precio, de los mercados, de las mercancías. Buscando a personas que piensen de esta forma, alejarnos de aquellas personas y entidades que no tienen otra finalidad que comprar nuestra felicidad a costa de dinero puro y duro, porque hemos aprendido que han sido capaces de comprar el mundo a trozos, sin importarles que en cada uno de ellos puede haber personas que son muy felices con lo poco (según ellos) que tienen.

Lo siento, las personas dignas tenemos ya el valor de la prisa en los cambios sociales: el mundo no hay que interpretarlo ya, solo cabe transformarlo, empezando por uno mismo y por lo que nos rodea. En el próximo minuto.

Sevilla, 31/XII/2011

(1) Judt, Tony (2011). Algo va mal. Madrid: Santillana Ediciones Generales.

El Club de las Personas Dignas

Siempre adelante
Siempre hacia adelante
DAR YASIN (AP) | 25-11-2011
El ciclista, en medio de una espesa niebla, mira a cámara mientras no detiene su avance por una de las calles de Srinagar (India)

He reunido en una publicación corta los post que bajo el título de El Club de las Personas Dignas he escrito desde Enero de 2011. La entrego a la Noosfera por mi compromiso público con la malla pensante que comparte el conocimiento libre, creativo, generador de crecimiento personal y social.

Gracias anticipadas por entrar en esta publicación. Si te parecen bien sus planteamientos, formas parte ya del Club, porque solo necesita un acto de voluntad diaria para construir cada día un mundo más digno. Nada más.

Sevilla, 26/XII/2011

NB: Puedes descargarla pulsando también aquí:  El Club de las Personas Dignas

La dignidad de la ausencia

Hoy es Navidad, un hecho irrefutable en la microhistoria de muchas personas, en la dimensión urbi et orbi, en clave vaticana. Curiosamente, a personas que estamos muy cerca de la realidad maravillosa del funcionamiento del cerebro, estas fiestas permiten entrar en tromba en la memoria del hipocampo, donde se alojan las ausencias de cada una, de cada uno, porque nos llevan a una realidad confesable: no nos sienta bien estar solos, quizá porque el cerebro reptiliano nos sitúa ante el miedo de quedarnos cada vez más aislados en la vida, por múltiples ausencias de afectos, de sentimientos y emociones, para entenderlo bien; de ausencias mentales, de personas a las que hemos querido y seguimos queriendo, de proyectos, de ilusiones, de trabajo, de dinero de subsistencia, de creencias en las personas, en la sociedad, en la naturaleza o en determinados dioses, sin que tenga competencia en estos días, el niño Dios de Alberti, al que el platerillo, no confundiendo nunca valor y precio, quería demostrar al mundo que regalando un collar a María y un anillo al Niño, no eran mercancías para él, sino solo valor, porque lo único que quería recibir era el permiso para darle un beso: ”dinero no quiero, besar al Niño es lo que yo quiero…”.

El pasado 17 de diciembre, se ausentó de este mundo una persona entrañable, Césaria Évora, una cantora caboverdiana de la realidad descalza, como le gustaba a ella salir a los escenarios del mundo, en homenaje a los desheredados más próximos, a cantar a los cuatro vientos estas palabras maravillosas, en una canción, La ausencia, que nunca nos dejó tranquilos, pero que justifica la dignidad con la que podemos abordarla siempre:

Si tan solo tuviera alas
para volar a través de la distancia
Si tan solo fuera una gacela
para correr sin cansancio alguno

Entonces, podría amanecer
en tu pecho
y nunca más la ausencia
sería nuestra realidad

Pero eso sólo sucede en mis pensamientos
en los que yo puedo viajar sin miedo
y mi libertad, la tengo
solo en mis sueños

En mis sueños, soy fuerte
y tengo tu protección
y tengo sólo tu cariño
y tu sonrisa

Ay, soledad tengo
Así como el sol solo en la cima del cielo
puede brillar,
también puede cegar con su claridad

Sin saber a dónde iluminar,
ni ningún lugar a dónde ir…

Ay soledad, es mi destino…
Ausencia…, ausencia

Sevilla, 25/XII/2011