Apple y Silicon Valley ya no ayudan a “pensar de forma diferente”

Sevilla, 12/II/2025

Como siempre, una imagen vale más que mil palabras. Se obtuvo el pasado 6 de noviembre de 2024, el día después de las elecciones presidenciales en Estados Unidos en las que venció Donald Trump. Le faltó tiempo a Tim Cook, CEO de Apple para felicitarlo de forma efusiva:

Sus palabras no ofrecen duda alguna: ¡Felicitaciones, presidente Trump, por su victoria! Nos comprometemos a trabajar con usted y su administración para ayudar a garantizar que Estados Unidos siga impulsado su liderazgo con ingenio, innovación y creatividad. Este mensaje no inocente se ha respaldado dos meses después con la donación de un millón de dólares, a título personal y no desde la empresa que dirige, para contribuir con los gastos que han ocasionado las ceremonias de toma de posesión y otros festejos asociados, de todos conocidos, sumándole su presencia en el acto principal como CEO de Apple, junto a Satya Nadella (Microsoft), Mark Elliot Zuckerberg (Meta), Jeff Bezos (Amazon), Sergey Brin (Alphabet), Jen-Hsun Huang (Nvidia) y Elon Musk (Tesla), considerados los “siete magníficos” actuales, sobrecogiéndome constatar que entre todos y junto a otras tres grandes compañías tecnológicas han llegado en 2024, según Statista, a una “capitalización bursátil de 17,4 billones de dólares, cifra que supera la suma del PIB de Alemania, Japón, India y Francia juntas, y se aproxima a los 18,5 billones de dólares del PIB de China. Solo Apple tiene un valor de mercado de 3,4 billones de dólares, equivalente al PIB del Reino Unido”.

Si expongo lo anterior es porque resuenan en mi memoria de secreto las palabras que figuraban en el anuncio de Apple en una campaña promocional de 1997, liderada de forma incuestionable por Steve Jobs,  que llevaba por título “Piensa diferente”, porque he valorado siempre que es muy importante utilizar la inteligencia personal e intransferible, creadora, de la que disponemos todas las personas, aunque sea de forma diferente a los demás, con las consecuencias que suele acarrear este tipo de decisiones y aunque nos tilden de soñadores, utópicos o locos. Aquellas palabras las tengo grabadas a fuego para que nunca las olvide y las transcribo a continuación para no alterar su contenido primigenio:

Esto es para los locos. Los inadaptados. Los rebeldes. Los problemáticos. Los que no encajan en ningún sitio. Los que ven las cosas de otra manera.

No siguen las reglas. Y no tienen ningún respeto por lo establecido. Puedes alabarlos, puedes no estar de acuerdo con ellos, puedes citarlos, puedes no creer en ellos, glorificarlos o vilipendiarlos. Pero la única cosa que no puedes hacer es ignorarlos. Porque ellos cambian las cosas.

Ellos inventan. Ellos imaginan. Ellos curan. Ellos exploran. Ellos crean. Ellos inspiran. Ellos impulsan la humanidad hacia delante.

Quizás tienen que estar locos. ¿Cómo si no puedes enfrentarte a un lienzo vacío y ver una obra de arte? ¿O sentarte en silencio y escuchar una canción que nunca ha sido escrita? ¿O contemplar un planeta rojo y ver un laboratorio sobre ruedas?

Mientras algunos los ven como los locos, nosotros vemos genios.

Porque la gente que está lo suficientemente loca como para pensar que pueden cambiar el mundo, son los que logran hacerlo.

 ¡Qué diferentes a las palabras actuales de los siete magníficos, desde su atalaya multimillonaria, sobre “su colaboración” con el mundo actual!, donde su poderoso caballero don dinero hace y hará estragos a través de determinadas tecnologías de la información y comunicación, utilizando algoritmos no inocentes con el objetivo de reforzar el pensamiento unidireccional. Me pregunto ahora, ¿qué piensa Tim Cook sobre estas palabras del anuncio anterior, teledirigidas por Steve Jobs? Lo manifiesto así porque cuando escuchamos a Elon Musk, los demócratas sentimos miedo, al igual que cuando se manifiestan los otros “magníficos”, Tim Cook entre ellos, que no le van a la zaga, controlando las redes sociales y la industria digital a su antojo, convirtiéndolas en máquinas de fango. En definitiva, lo que sí sabemos es que ahora están respaldados por el omnipresente y omnisciente Míster Trump,  constatando que tienen un inmenso poder para decidir los inescrutables caminos del imperio tecnológico, digital por supuesto, en manos de unos pocos aventureros digitales, con herramientas de doble uso, según les parezca utilizar, para la guerra o para la paz, el malestar o el bienestar social, las mentiras o las verdades en medios digitales y redes sociales, la riqueza o la pobreza, la inclusión, la exclusión o la migración eterna, la salud o la enfermedad, el hambre o la sobreabundancia alimentaria, la sed y el control férreo y privado del agua, la atención al cambio climático o la contemporización con los desastres naturales sin hacer nada, entre otras muchas dialécticas sociales, obedeciendo siempre a intereses del mercado y separándose conscientemente del interés general digital, que también existe, con repercusiones gravísimas para la sociedad.

De una forma u otra, desde la toma de posesión de Donal Trump el pasado 20 de enero, el mundo depende ya de esta oligarquía digital, de “los siete magníficos”, en una subordinación jamás pensada, sujetos a sus órdenes al ritmo que nos marcan sus obsolescencias tecnológicas programadas de forma no inocente y de sus progresos calculados a un ritmo en este caso frenético, sufriendo la población a diario el síndrome de la última versión, de no llegar muchas veces a ella. También, dependientes y subordinados a su mando imperial tecnológico, que marca muchas veces a los Gobiernos el camino digital por donde debe ir el mundo, sabiendo que poseen el dominio digital omnipresente y omnisciente. En definitiva, estamos abocados al tecnofeudalismo absoluto, ya analizado por mí en este cuaderno digital, cuando abordé esta realidad a través de Yanis Varoufakis, autor del libro Tecnofeudalismo, a quien conocimos bien en 2015 como ministro de Finanzas en el gobierno heleno, una época en que Grecia resurgió serena y democráticamente en un amanecer hacia nuevos horizontes políticos que, por desgracia, no tardaron mucho en desaparecer estrepitosamente. El planteamiento reflejado en esta obra nace de un hilo conductor claro y contundente, sobre la base de que “el capitalismo ha muerto y el sistema que lo reemplaza no es mejor”, teniendo al frente a los “Siete Magníficos”, según se plantea en la sinopsis oficial del mismo: “Las dinámicas tradicionales del capitalismo ya no gobiernan la economía. Lo que ha matado a este sistema es el propio capital y los cambios tecnológicos acelerados de las últimas dos décadas, que, como un virus, han acabado con su huésped. […] Los dos pilares en los que se asentaba el capitalismo han sido reemplazados: los mercados, por plataformas digitales que son auténticos feudos de las big tech; el beneficio, por la pura extracción de rentas. A partir de esta observación, confirmada por la crisis de 2008 y la provocada por la pandemia, Varoufakis ha desarrollado su teoría del «tecnofeudalismo», según la cual los nuevos señores feudales son los propietarios de lo que llama «capital de la nube», y los demás hemos vuelto a ser siervos, como en el medievo. Es este nuevo sistema de explotación lo que está detrás del aumento de la desigualdad. […] Comprender el mundo que nos rodea es el primer paso para poder tomar el control, quizá por primera vez, de nuestro destino colectivo”.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, REPÚBLICA DEL CONGO Y RUANDA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Existe la inteligencia digital en las personas de edad avanzada

Imagen funcional del cerebro humano, donde se utilizan colores y forma para demostrar diferencias neurológicas entre dos personas.

Sevilla, 11/II/2025 – 07:45 h (CET+1)

Hoy se celebra en Sevilla la I Jornada SeniorTic, en la que se presentará la Asociación y sus proyectos inmediatos, con un hilo conductor claro: “Conjuguemos longevidad con tecnología: Los seniors queremos construir la era digital”. Con tal motivo, vuelvo a publicar hoy el artículo que escribí en este cuaderno digital el pasado mes de noviembre, a modo de resumen del leit motiv de este blog, que he procurado respetar a lo largo de veinte años de presencia en la Noosfera, la malla pensante de la humanidad en un mundo digital.

Hoy, como persona mayor, me uno a este esfuerzo encomiable de SeniorTic, con la palabras digitales, que aún me quedan, convencido de que “Los bits no se comen; en este sentido no pueden calmar el hambre. Los ordenadores tampoco son entes morales; no pueden resolver temas complejos como el derecho a la vida o a la muerte. Sin embargo, ser digital nos proporciona motivos para ser optimistas. Como ocurre con las fuerzas de la naturaleza, no podemos negar o interrumpir la era digital”. Lo aprendí hace ya muchos años de Nicholas Negroponte y no lo he olvidado, a través de mi inteligencia digital, ni siquiera un momento.

oooooOooooo

La inteligencia digital de las personas de edad avanzada

La tercera acepción del adjetivo “mayor”, según la Real Academia de la Lengua, aplicada a las personas, se define como “entrada en años, persona mayor”. Hoy, quiero dedicar unas palabras en este cuaderno digital a la inteligencia digital de las personas mayores, entradas en años, de edad avanzada, como es mi caso, que asistimos en un momento de nuestras vidas a la aparición de un mundo digital nuevo, cuando todavía no éramos “mayores”, pero que nos cogió subidos en un tren analógico y atómico, del que nos tuvimos que bajar un día para prepararnos a sobrevivir en esta revolución marcada por un lenguaje que tuvimos que asimilar, cada uno, cada una, como pudo, escuchando por primera vez dos vocablos que tuvimos que incorporar a nuestro lenguaje ordinario, software y hardware.

El primero, software, se acabó incorporando a nuestro diccionario RAE con una definición algo problemática, como sustantivo, que necesitaba muchas palabras para poder explicarlo: “conjunto de programas, instrucciones y reglas informáticas para ejecutar ciertas tareas en una computadora”. Igualmente, otro vocablo inseparable, hardware, equipo, con una explicación breve agregada para entenderlo de forma adecuada: “conjunto de aparatos constituido por una computadora y sus periféricos”. Han pasado ya muchos años de proximidad y vivencia junto a estos dos vocablos y sabemos, también como personas mayores, lo que han significado en los últimos cincuenta años y significan en la actualidad, hasta llegar a nuestros días, en los que los teléfonos, tabletas, relojes, televisores, llaves de vehículos, tarjetas bancarias y casi todo lo que se mueve, tenemos asumido que son “inteligentes”. Pero ante este aluvión tecnológico, desarrollado de forma exponencial mediante las tecnologías de la información y comunicación, surge una gran pregunta para abordar el inframundo tecnológico, digital por supuesto, con el que se tuvo que enfrentar nuestra inteligencia, humana por supuesto también, cuando éramos jóvenes y, ahora, cuando ya somos personas mayores, entradas en años y de edad avanzada, sin eufemismo alguno.

Lo que cuento a continuación es un resumen de mi vivencia al respecto, porque mi mundo hace cincuenta años era analógico y atómico, sorprendido por la entrada en tromba de las tecnologías de la información y comunicación. Me ayudó mucho a entender lo que estaba pasando y viendo, la lectura de un libro didáctico escrito por Nicolás Negroponte, El mundo digital, que me ha acompañado a lo largo de mi trayectoria vital y profesional, fundamentalmente porque aprendí lo que se nos venía encima y que era imprescindible subirse al tren digital de la vida si queríamos progresar adecuadamente en un mundo al revés, diseñado a veces por el enemigo. También, me sirvió para poner los pies en el suelo atómico, cuando decía al finalizar su libro: “Los bits no se comen; en este sentido no pueden calmar el hambre. Los ordenadores tampoco son entes morales; no pueden resolver temas complejos como el derecho a la vida o a la muerte. Sin embargo, ser digital nos proporciona motivos para ser optimistas. Como ocurre con las fuerzas de la naturaleza, no podemos negar o interrumpir la era digital”.

Han pasado muchos años desde aquél descubrimiento personal del mundo digital a través de Negroponte y ahora, como persona mayor preocupada por estas cuitas digitales y solidaria con millones de “personas de edad avanzada”, a las que se nos considera en muchas ocasiones “ciudadanos y ciudadanas molestos”, olvidados por los Gobiernos y Administraciones correspondientes, recuerdo algo que expuseen este cuaderno digital en 2001, en un momento especial en mi vida profesional: “No pertenezco a la legión de embajadores del tratamiento de la informática como los proclamadores de la buena nueva digital, del evangelio digital, en frase de Hans Magnus Enzesberger, aquellos que declaran a los ciudadanos como ignorantes molestos. No soy tampoco vendedor de cajas de trucos pragmáticas, en expresión del mismo autor. No me gustan las brechas digitales… Lo que he venido haciendo desde que tengo uso de razón es buscar sentido a la vida cualquiera que sea la posición que se ocupa en ese momento en el vivir diario”. Si cité a Enzesberger en aquella ocasión, fue porque aprendí mucho de él en un artículo entrañable suyo publicado en Revista de Occidente, El evangelio digital, que me conmocionó en momentos transcendentales de mi carrera pública digital, fundamentalmente porque hacía una defensa de la ciudadanía tildada presuntamente de “ignorante”, sobre todo por las precauciones que hay que tomar en la llamada sociedad de la información y del conocimiento, así como por lo que fabrican algunos intelectuales a través de los departamentos de tonterías [sic], que incluso algunas pueden ser digitales por el uso y abuso desordenado de medios electrónicos (teléfonos inteligentes, tabletas, televisión, etc.), que reflejaba en una entrevista concedida a Juan Cruz, en el diario El País, en torno a  la publicación de un libro suyo excepcional, Reflexiones del señor Z. o migajas que dejaba caer, recogidas por sus oyentes, cuando ya había alcanzado 87 años de edad: “Sí, en ese sentido hay una parte reaccionaria del señor Z. Naturalmente estos aparatos no le gustan: no tiene móvil, lo rechaza, por tanto no tiene Twitter, ¡no, por favor, qué horror! En él hay todos los aspectos: el sabio, pero también el provocador, el gurú, el payaso… ¡Sí, está entre Sócrates y Jeff Koons! [risas]. Y sí, esta es una enciclopedia que alerta contra la estupidez humana. Pero tengo la cortesía de escribir libros breves; creo que es más amable que imponerle al público libros de mil páginas”.

En este contexto, lo que me ha preocupado siempre es su reflexión acerca de que a veces digitalizamos tantos procesos humanos que se llega a considerar a los ciudadanos, sobre todo, los mayores, como ignorantes molestos por el mundo analógico en el que creen los gurús tecnológicos que estamos instalados, pasando a formar parte del macromundo de torpes digitales, sin mención alguna de la intrahistoria de brecha digital que ha existido y existe en nuestro país. En todo se debe marcar siempre una delgada línea roja, sobre todo cuando la equidad digital sigue siendo una quimera en la sociedad actual donde se están tomando decisiones desde determinados centros de poder digital, por personas que caben en un taxi (digital, por supuesto) y que pueden llegar a afectar a la quintaesencia del ser humano (1). Recuerdo de nuevo a Enzesberger, en estado puro: “Yo también digo que en este momento todos los medios hablan de la digitalización y predicen que todo ha de ser digital. ¡Abajo con el papel, es demasiado analógico! No estoy de acuerdo: yo como analógicamente, duermo analógicamente… Este es un sistema analógico. La rodilla es analógica, la lengua no es un ordenador. ¡No hay que exagerar con lo digital, no es la solución de todo! Los industriales dicen que hay que digitalizar lo más posible, porque hay capacidad de reducir el tamaño de las máquinas… ¿No te parece que se muere también analógicamente, no digitalmente?”.

Estoy convencido que nosotros, personas mayores, entrados en años y de edad avanzada, disponemos también de una de las inteligencias múltiples que vienen de serie en nuestro cerebro: la inteligencia digital. A esta investigación he dedicado muchos años de mi vida, resumiendo hoy el constructo “inteligencia digital” en pocas palabras y como definición posible desde una perspectiva científica, como la “capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía”, es decir, cuando han superado la dialéctica infernal del doble uso” (2). Inteligencia digital, aplicada también a las personas mayores, con cinco acepciones:

1. destreza, habilidad y experiencia práctica de las cosas que manejan y tratan las personas mayores, con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, nacida de haberse hecho muy capaces de ella.

2. capacidad que tienen las personas mayores de recibir información, elaborarla y producir respuestas eficaces, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

3. capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para un determinado contexto comunitario o cultural en el que son y están, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

4. factor determinante de la habilidad social, del arte social de cada persona mayor en su relación consigo mismo y con los demás, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

5. capacidad y habilidad de las personas mayores para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, es decir, cuando ha superado la dialéctica infernal del doble uso.

NOTA: La imagen de cabecera fue una cortesía de Arturo Toga, neurólogo en la Universidad de California, de Los Ángeles (LONI), y director del Centro para la biología computacional, que es apoyada por bioinformáticos adscritos a la hoja de ruta del NIH para la investigación médica (2007), autorizada para su publicación en mi libro citado, Inteligencia digital. Introducción a la Noosfera digital, 2007, p. 71.

(1) Morozov, Evgeny (2015, 16 de mayo). Siervos y señores de InternetEl País.com. Artículo extraordinario que demuestra que Internet tampoco es inocente.      

(2) Cobeña Fernández, José Antonio, Inteligencia digital. Introducción a la Noosfera digital, 2007, p. 22.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, REPÚBLICA DEL CONGO Y RUANDA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Presentación del Observatorio de Derechos (¿y Deberes?) Digitales

Observatorio de Derechos Digitales

Nos fue propuesta una Declaración Universal de los Derechos Humanos y con eso creíamos que lo teníamos todo, sin darnos cuenta de que ningún derecho podrá subsistir sin la simetría de los deberes que le corresponden.

José Saramago, en un discurso pronunciado con motivo de la recepción del Premio Nobel de Literatura en 1998.

Sevilla, 7/II/2025

Nada digital me es ajeno, como casi todo lo que rodea mi vida personal y profesional, sabiendo que tampoco es inocente, mucho menos en los tiempos trumpistas y muskistas que corren. Recuerdo que Cremes, un personaje curioso que protagonizó una obra del dramaturgo Terencio, El enemigo de sí mismo, pronunció una frase al comienzo de la obra, inolvidable, profunda, que no ha perdido su frescura a pesar de los siglos que han transcurrido desde que se escribió en un texto y contexto muy concretos: Hombre soy; nada humano me es ajeno (Homo sum; humani nihil a me alienum puto).

Precisamente y en este contexto inalienable digital, he conocido que el presidente del Gobierno intervino el pasado miércoles 5 de febrero, en la clausura del acto de presentación del Observatorio de Derechos Digitales, un órgano gubernamental para velar por el cumplimiento de la Carta de Derechos Digitales aprobada en 2021. Según fuentes oficiales de Moncloa, Pedro Sánchez anunció en ese acto “nuevas medidas frente a la «carrera tecnológica despiadada» y el «plan diseñado» por la «tecnocasta», potencias autoritarias y fuerzas antisistema, y para evitar que «el espacio digital se convierta en el salvaje oeste». Entre las iniciativas destaca avanzar en el fin del anonimato en las redes sociales, profundizar en la transparencia algorítmica para «hacer de la moderación y el autocontrol un requisito legal» y garantizar la responsabilidad personal de los directivos de las plataformas ante el impacto de sus contenidos.

En el citado discurso, al que sigo en su transcripción oficial, Pedro Sánchez defendió que “no se puede permitir que «se insulte, se amenace, se estafe y se abuse de las personas sin ningún tipo de consecuencia». «La fe en la tecnología y en sus promesas nos ha cegado ante sus peores consecuencias, sin controlar sus riesgos y sus potenciales daños», por lo que ha instado a «prevenir, combatir y erradicar de una vez por todas la manipulación y el mal uso de los entornos digitales». Aunque subrayó que la revolución digital «ha transformado nuestras vidas, forma de trabajar, vivir e incluso amar», ha dado «la vuelta de arriba abajo nuestras economías» y ha modificado el espacio cívico abriendo espacios, ha advertido de que «bajo el aura de milagro económico, social y cultural hay ocultas muchas miserias», porque «el algoritmo no reparte oportunidades porque las grandes plataformas no son neutrales y la mentira viaja en ellas más rápido que la verdad».

Se refirió igualmente a la inmediatez y la «obsesión por el like» que «distorsiona la realidad y empobrece el debate público» y denunció que «las redes sociales son hoy auténticos campos de batalla, donde no se discute, sino que se ataca, no se argumenta, se descalifica, y no se busca entender, sino imponer». La principal consecuencia, es que «con mucha frecuencia lo que se viraliza en las redes sociales es la mentira», con datos falsos, imágenes modificadas y fake news, como sucedió en la DANA en Valencia cuando «miles de bots trataron de multiplicar el daño propagando bulos». Ofreció datos importantes: los delitos digitales ya representan un quinto de todos los delitos penales, una de cada cuatro jóvenes recibe solicitudes no deseadas de contenido sexual y los delitos de odio online crecieron un 32% en el último año. «Creímos que las plataformas ayudarían a nivelar el campo de juego, pero lo han hecho más injusto. Un tercio de los perfiles en redes sociales son bots, que generan casi la mitad del tráfico de internet. Las búsquedas, los contenidos y las noticias que consumimos están sesgados. La viralidad cotiza muy por encima de la verdad». «Quieren también el poder político. Sentarse directamente en los consejos de ministros, sin caretas ni mediadores. Controlar nuestras leyes y nuestras vidas. Condicionar lo que vemos y lo que pensamos. Incluso nuestra memoria como sociedad, si es preciso fomentando el autoritarismo y el odio, pero que nadie se engañe: su principal motivación para controlar el poder democrático no es otro que el dinero. Todo por la pasta».

De esta forma, defendió en su intervención las tres medidas con implicaciones europeas que propuso en el Foro Mundial de Davos para proteger a la ciudadanía y retomar el control de las plataformas, como terminar con el anonimato que «envenena las redes sociales y no puede ser una excusa para la impunidad», avanzar en la defensa de los derechos digitales de la ciudadanía y profundizar en la transparencia algorítmica: «hay que obligar las plataformas a que compartan la información necesaria para su supervisión y hacer de moderación y de ese autocontrol un requerimiento, un requisito legal». Así, ha anunciado que «vamos a reforzar, desde el punto de vista material y personal, las capacidades del Centro para la Transparencia Algorítmica de la Comisión Europea», localizado en Sevilla.

Así mismo, remarcó que España ha sido uno de los primeros países del mundo en contar con una Carta de Derechos Digitales durante la pandemia. «El Observatorio de Derechos Digitales comparte esa misma filosofía: que estos derechos sean reales, tangibles y efectivos en la vida de todas las personas desde la colaboración público-privada, con la participación del mundo académico, empresarial y de la sociedad civil. Estamos ante un momento decisivo, que nos obliga a elegir entre dos alternativas: o seguimos el rumbo que marcan otros y nos dejamos llevar por la corriente, o asumimos el liderazgo para definir una nueva manera de entender, diseñar y construir la tecnología. Optemos por esta última vía: ser dueños de nuestro propio destino».

En este contexto creo que también hay que tomar conciencia de nuestros deberes digitales como ciudadanos del mundo, de este país y de esta Comunidad, que necesitan también una Carta, porque todo lo digital, en el sentido más puro del término, también nos pertenece, emulando la famosa frase de Terencio citada anteriormente, todo lo humano me pertenece, al ser una dimensión humana primordial como miembros de la aldea global en la que vivimos, somos y estamos cada día de nuestra vida. ¿Recuerdan la Carta Universal de los Deberes y Obligaciones de las Personas, auspiciada por José Saramago?.

En este contexto cobra singular importancia conocer qué es el Observatorio de Derechos Digitales de nuestro país, porque “los derechos digitales son un conjunto de derechos fundamentales que protegen a las personas en el entorno digital. Estos derechos garantizan que las mismas protecciones y libertades que tenemos en el mundo físico se apliquen también en el espacio virtual. Incluyen el derecho a la privacidad, la seguridad de nuestros datos personales, el acceso igualitario a internet, la libertad de expresión en línea y la protección frente a la discriminación digital. Además, en un mundo impulsado por la tecnología, los derechos digitales buscan asegurar que todos puedan participar en la sociedad digital de manera ética, segura y equitativa.

Igualmente, se debe conocer con detalle la Carta de Derechos Digitales, con seis epígrafes de sumo interés: Derechos de Libertad, Derechos de Igualdad, Derechos de Participación y de confirmación del espacio público, Derechos del Entorno Laboral y Empresarial, Derechos Digitales en Entornos Específicos, así como Garantías y Eficacia. En cada uno de estos epígrafes, se recogen múltiples derechos específicos de obligado conocimiento y defensa de los mismos, lo que da lugar a la asunción de responsabilidades digitales, de Deberes Digitales del propio Gobierno y de instituciones y organización públicas y privadas de todo tipo, así como los propios de la ciudadanía. Entre estos derechos digitales destaco los siguientes a título indicativo y no exhaustivo: la protección de niños, niñas y adolescentes en el entorno digital, la identidad en el entorno digital, herencia digital, privacidad y protección de datos, propiedad intelectual. acceso a datos de interés público, igualdad y no discriminación, eliminar brechas de acceso al entorno digital, recibir libremente información veraz, protección de la salud en el entorno digital, derechos digitales en el entorno laboral y empresarial, protección de la salud en el entorno digital y protección de derechos digitales en el contexto de Inteligencia Artificial, metaverso y neurotecnologías.

El Observatorio de Derechos Digitales es un proyecto gubernamental “comprometido con la garantía de que los derechos digitales sean una realidad accesible para todos. Colaboramos con una amplia red de actores para abordar áreas clave y asegurar que estos derechos lleguen a cada ciudadano. Nuestras cifras destacan nuestro firme compromiso, demostrando que los derechos digitales no conocen fronteras”. Grandes números para un gran proyecto, en el que participan 150 entidades públicas y privadas, así como más de 360 expertos involucrados.

Es importante señalar que este Proyecto forma parte del programa Derechos Digitales, una iniciativa liderada por el Gobierno de España y creada para impulsar el seguimiento, debate y difusión de los Derechos Digitales entre la ciudadanía y diferentes organizaciones públicas y privadas. El programa está financiado por el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia a través de los Fondos Next Generation EU, habiéndose creado para asegurar que los derechos de la ciudadanía estén protegidos en el entorno digital, impulsando la implementación de la Carta de Derechos Digitales, enunciada anteriormente. Asimismo, cuenta con un presupuesto de 10,83 M€ financiados por el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia a través de los Fondos Next Generation EU. Red.es, entidad pública adscrita al Ministerio para la Transformación Digital y de la Función Pública a través de la Secretaría de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial, aporta hasta el 80% del importe total y el 20% restante lo aportan en especie las entidades participantes. Es, sin lugar a dudas, un espacio abierto, inclusivo y participativo, creado para hacer llegar a la ciudadanía los avances, ventajas y retos en materia de Derechos Digitales y para promover las buenas prácticas.

Este Proyecto tiene su intrahistoria porque en verano de 2021 publicó la “Carta de Derechos Digitales” que marca los principios generales que deben aplicarse en el mundo digital, constituyendo este hito un auténtico avance como Estado pionero en tomar este tipo de decisiones gubernamentales. Con el programa expuesto, “se busca garantizar los derechos en el entorno digital y fomentar un equilibrio entre innovación tecnológica y protección de los ciudadanos. Entre los derechos que se protegen en el entorno digital encontramos la protección de derechos de menores y grupos vulnerables, garantizar el acceso igualitario para personas con bajas competencias digitales, cerrar brechas digitales y salvaguardar la privacidad y la seguridad en línea, o proteger la libertad de expresión y el derecho a la información. Entre las actuaciones del Observatorio de Derechos Digitales está el impulso a programas de sensibilización sobre la importancia de la privacidad, la seguridad y el acceso equitativo a la tecnología y el fomento de la participación ciudadana en la creación de políticas digitales, asegurando que los avances tecnológicos sean entendidos y utilizados de manera informada y segura. Además, investigará el impacto social y ético de la tecnología y estudiará cómo reducir las brechas digitales y combatir la discriminación en línea, promoviendo una transformación digital que sea accesible y justa para todos.

Una muestra real del Proyecto es la Agenda programada en las semanas próximas, como encuentros de debate para crear una cultura de derechos y deberes digitales, tales como Controles administrativos y responsabilidad patrimonial (11 de febrero), Protección de datos (25 de febrero) y Gobernanza de las neurotecnologías (11 de marzo).

Lo expuesto anteriormente lo sitúo en el marco de la “inteligencia digital” el constructo que es hilo conductor de este cuaderno digital. Estoy plenamente convencido de que habría que introducir una asignatura en el currículo escolar y universitario sobre esta materia, porque es la clave para comprende el universo digital que nos rodea, entendida esta inteligencia digital como la “capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía”, es decir, cuando han superado la dialéctica infernal del doble uso” (1). Inteligencia digital es la destreza, habilidad y experiencia práctica de las cosas que manejan y tratan las personas, con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, nacida de haberse hecho muy capaces de ella, la capacidad de recibir información, elaborarla y producir respuestas eficaces, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, la capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para un determinado contexto comunitario o cultural en el que son y están, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación. Ello es así porque la inteligencia digital es un factor determinante de la habilidad social, del arte social de cada persona en su relación consigo mismo y con los demás, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, así como la capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, es decir, cuando ha superado la dialéctica infernal del doble uso o lo que es lo mismo, el uso no racional de las mismas, tan pujante en la actualidad y «dueñas» de casi todo.

(1) Cobeña Fernández, José Antonio, Inteligencia digital. Introducción a la Noosfera digital, 2007, p. 22.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA Y ORIENTE MEDIO, REPÚBLICA DEL CONGO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Caballero marxista

Antonio Machado Ruíz (Sevilla, 26 de julio de 1875-Colliure, 22 de febrero de 1939)

Sevilla, 6/II/2025 – 14:38 (CET+1)

Recibí hace unos días un comentario a mi artículo sobre Mr. Trump, Al presidente Trump no le gustó lo que le dijo ayer la obispa episcopal Mariann Edgar Budde (“radical de izquierda”, según él), del que me siento muy orgulloso de haberlo publicado con mi nombre y apellidos, en el que de forma inequívoca me tildaban de “caballero marxista”, por el contenido del mismo, supongo, acompañado de interpretaciones de las maldades del comunismo que destilaban mis palabras y que asola el mundo. La verdad es que no me ofende porque mi ideología es pública y no inocente, pero no coincide exactamente con lo que pienso y configura mi auténtico retrato, aunque genéricamente me aproxime a lo que se llama “de izquierdas”, sin sonrojo alguno, valga la curiosa expresión. “Socialdemócrata” me viene mejor, de profundas raíces cristianas que no católicas, apostólicas y romanas, vinculadas al ciudadano Jesús, como se puede comprobar en múltiples páginas de este cuaderno digital, fundamentalmente porque creo que fuera de la iglesia sí hay salvación, frente a los apologetas que manifiestan a los cuatro vientos y desde hace siglos lo contrario: extra ecclesia nulla salus. Las derechas defienden este dogma a capa y espada, por más señas. Lo que tengo claro es que no voy en su barco, porque afortunadamente todos no somos iguales.

En mi etapa de estudios universitarios en Roma, recuerdo que saqué matrícula de honor en una asignatura que seguí con ardor guerrero, Neomarxismo se llamaba, impartida por un profesor irlandés, Ambrosio McNicholl, que me enseñó a distinguir muy bien el materialismo histórico del dialéctico y, sobre todo, que en las tesis “marxistas” sobre Ludwig Feuerbach había una, la XI y última, que ha supuesto desde entonces un primer motor inmóvil, que decía Aristóteles, en mi vida, para justificar mi suelo firme (López Aranguren, dixit), como ética humana y humanista, cuando decía que lo importante no es interpretar el  mundo sino transformarlo, con revoluciones incluidas: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo«. Tal cual, sin las modificaciones que introdujo Engels en 1888, cuando se publicaron las Tesis por primera vez, después del fallecimiento de Karl Marx. Sí, también soy, irremisiblemente, un “caballero marxista” de espíritu que cree en estos principios y, además, si no gustan, casi todo el mundo que me conoce sabe que, a diferencia de los de Groucho Marx sobre si no gustaban los suyos,  no tengo otros. ¿Podrían llamarme, por favor, “caballero marxiano”? Quizás sería todo un acierto o respetando mis principios, ¿alguien niega que no es necesario transformar este mundo al revés en el que estamos instalados, ahora trágicamente teledirigido por Mr. Trump, junto a sus oligarquías multimillonarias y tecnológicas, en un nuevo tecnofeudalismo feroz que hace estragos por donde pasa?

Tengo que confesar que si tengo que hacer ahora un retrato personal mío, con adjetivos de todo tipo, al fin y al cabo, con palabras, es verdad que lo vivo como una oportunidad para recuperar sentimientos y emociones de la intrahistoria mía y de determinadas personas, en la clave del que describió magistralmente Antonio Machado, Retrato, así como en la interpretación dada por Bertolt Brecht de las personas cuyos “retratos” he pintado especialmente en este cuaderno digital desde 2005, cambiando el término “hombre” por “personas”: hay personas que luchan un día y son buenas, otras luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenas, pero están las que luchan toda la vida, y esas son las imprescindibles. Lo importante es que mi retrato sea de corazón, tal y como lo recogía el lema “retrato”, rastreando los diccionarios de la Real Academia Española, en el tesauro de Baltasar Henríquez, en 1679, primer documento en el que figura esta acepción para la posteridad del español, sabiendo que las palabras van a estar presentes siempre en la paleta lexicográfica del mío:

 RAE – HEN B 1679 (Pág: 396,2)

Esta acepción, retratos del corazón, nunca más se recuperó, quedando en el día de hoy sólo varias acepciones que desde 1788 fueron enriqueciendo esta forma de comprender qué significaba retratar a alguien, aunque en la actualidad se mantiene un lema de resultados más pobres en nuestro lenguaje diario

RAE – TER M 1788 (Pág: 368,2)

El Diccionario de mayor divulgación del español, de la Real Academia Española, recoge a partir de 1869 (RAE U 1869 (Pág: 681,1) una acepción extraordinaria de retrato, descripción de la figura y carácter de alguna persona, que ya se ha mantenido hasta nuestros días, enriqueciéndola en la última edición oficial de 2001: descripción de la figura y carácter, o sea, de las cualidades físicas o morales de una persona, aunque habiendo perdido aquella referencia tan magistral a la que hacíamos referencia anteriormente, es decir, los retratos del corazón.

Para finalizar, me gustaría, al fin y al cabo, emular el precioso poema de Machado, Retrato, del que reproduzco a continuación unos versos, porque me siento plenamente identificado con él, mutatis mutandis,  cambiando lo que necesariamente hay que cambiar, para quedarme con una idea principal, porque creo que más que caballero marxista, “soy, en el buen sentido de la palabra, un caballero bueno: Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, / pero mi verso brota de manantial sereno; / y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, / soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. Queda perfectamente claro mi retrato en unas palabras que publiqué en 2007, sobre el niño que llevo dentro, tal y como aprendí de Pablo Neruda, Juan Ramón Jiménez y José Saramago, retrato del corazón pintado con mis palabras que reproduzco a continuación.

oooooOooooo

A los seis años…

José Antonio Cobeña Fernández, 1953

Sevilla, 8/VI/2007

Ayer cumplí 60 años. Siempre he tenido muy cerca la foto que abre hoy estas anotaciones en el cuaderno de bitácora, a los seis años, y se puede apreciar que en aquellos otros cuadernos Rubio ya se simulaban, a gusto del fotógrafo de turno, las primeras impresiones de la vida de un niño andaluz en un Colegio laico, el Sagrado Corazón de Jesús, en la calle Narváez, en Madrid, donde doña Antonia, mi querida maestra, iba llenando de afectos y sabiduría infinita (como su paciencia) la sede de la inteligencia de cada niña, de cada niño. También, la mía. Todo, en sus bolsillos, se convertía siempre en caramelos de infinitos colores. Jugábamos juntos, niñas y niños, en el patio trasero, donde en los momentos de aventuras incontroladas, poníamos una escalera de madera apoyada en el muro medianero y nos asomábamos –atemorizados- para escudriñar los rollos de película de la productora que lindaba con el Colegio, tirados en aquél otro patio, de mala manera, a la búsqueda de recortes que nosotros montábamos en las aceras vecinas con títulos de crédito muy particulares, a modo de estrellas del celuloide madrileño.

Imaginábamos aventuras muy particulares, como las de los patios de nuestras casas, hasta que una vez corrió la noticia de que se estaba haciendo el casting para la película “Marcelino, Pan y Vino”. Y mi familia me llevó (¡ay, el discreto encanto de la burguesía!), con mis seis años, a los estudios Chamartín y participé en aquella selección artificial en la que mi abuela me empujaba a la primera fila cuando pasaba la comitiva para la elección del futuro actor que interpretaría a Marcelino. No di la talla (Dios me recogió a tiempo…), pero conocí a Pablito Calvo, a José María Sánchez Silva, a Ladislao Vajda, el director, y todavía recuerdo el día del estreno de la película, subiendo al escenario del cine Coliseum, en la Gran Vía, dándonos un abrazo Pablito y yo y dedicándome José María su cuento, editado de forma muy cuidada. Aplausos. Fue una experiencia sobrecogedora, a mis seis años. Y siempre busqué un amigo como Manuel, el imaginario compañero de Marcelino.

Han pasado cincuenta y cuatro años y he recordado algunas experiencias grabadas en el corazón porque todavía no sabía mucho del poder de la inteligencia. El número seis, aunque multiplicado en esta ocasión por diez, permanece con toda la frescura de la mirada que captó muy bien el fotógrafo escolar. Ahí radicaba el desarrollo de la inteligencia creadora que me ha permitido llegar hasta este momento en el que recuerdo aquél día en el que el Director del Colegio, D. Enrique Berenguer, se deshacía en atenciones para que aquella ceremonia ritual quedara para la posteridad en el cerebro de un niño de Sevilla, que veía en su soledad la vida de otra forma y al que quería tanto.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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¡Paz y Libertad!

¿Andar sólo por caminos correctos? No, para Carmen Martín Gaite

Ensayando «Caperucita en Manhattan» – Teatro de La Abadía -Madrid

Sevilla, 4/II/2025

Lo leí ayer en una crónica teatral excelente de “Caperucita en Manhattan”, una obra inolvidable de Carmen Martín Gaite, estrenada en Madrid con motivo de la celebración del centenario del nacimiento de la autora, con una entradilla significativa: “La adaptación del popular cuento de Carmen Martín Gaite dirigida por Lucía Miranda es un chute de libertad tan festivo como el relato original”.

En nuestro tiempo tan moderno, mediocre y cainita, es maravilloso leer una crónica sobre lo que se hace bien en nuestro país, yo diría que muy bien, recordando unas palabras que no he olvidado, del eminente cardiólogo Valentín Fuster: “Yo puedo estar hablando todo el rato del desastre que hay en España. Pero igual podemos sacar unos minutos para saber si algo funciona…” o lo que es lo mismo, puedo estar hablando todo el rato de las cosas que se hacen mal en España, pero igual podemos sacar unos minutos para saber si algo funciona…. Y comprobaremos que es verdad, que funcionan muchas cosas en este controvertido país.

En muy pocas palabras, Raquel Vidales, en su oficio de cronista, nos ayuda a captar la esencia de esta adaptación teatral: “Recordemos que esta es la historia de una Caperucita contemporánea. Sara Allen, una niña que vive con sus padres en Brooklyn y sueña con Manhattan: esa isla llena de luces junto a la estatua de la Libertad. Ahí vive su abuela, una antigua estrella de music hall noctívaga, librepensadora y poco hogareña, todo lo contrario que sus normativos padres. Pero mientras que en el cuento tradicional abuela y nieta acaban devoradas por el lobo por salirse del “camino correcto”, la versión de Martín Gaite invita a lo contrario. En su escapada de Brooklyn a Manhattan, Sara Allen descubrirá que no hay un “camino correcto”. También el significado de la palabra libertad: algo que “se siente por dentro y no se puede decir”. Una sensación tan poderosa cómo frágil, como demuestra su tergiversación política actual”. Extraordinario resumen.

Me he quedado hoy con el tratamiento de lo que simboliza para Carmen Martín Gaite aprehender el auténtico “camino correcto” en la vida, sobre todo para los que hemos crecido en dictadura política y sus derivadas deontotónicas, el exclusivo cumplimiento del deber, aunque hacerlo te costara la propia vida y la pérdida absoluta de la libertad.

Nada más que por el análisis anterior de Caperucita en Manhattan y su adaptación teatral en La Abadía de Madrid, me lleva a leerla con pasión y a esperar que en la gira prevista de la Compañía que actualmente la representa, haga un alto en esta sacrosanta ciudad, muy dada a respetar, “como se debe hacer y siempre se ha hecho”, el “camino correcto” de la vida, como un universal ético. Al fin y al cabo, como me enseñaron en mi infancia que hacían Caperucita, sorprendentemente “roja”, y su abuela, no sé si “azul”, ante un lobo “también rojo” o negro según se mire, muy peligroso como le corresponde serlo, a pesar de que en mi alma juvenil me quedó grabada en mi mente, para siempre, la famosa sentencia de Hobbes: el hombre es un lobo para el hombre. Mejor dicho, en latín, homo homini lupus. Sin atisbo de libertad alguna ante caminos probablemente “incorrectos” para la sociedad de mi época o, quién sabe, si también de la actual, tan moderna, tecnológica, dualista, mediocre y cainita.

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¡Paz y Libertad!

Canción alegre del Cádiz Bridge (II)

Seguimiento en timelapse de las obras de construcción del puente de la Constitución de 1812, sobre la bahía de Cádiz

Cádiz, 2/II/2025 – 12:15 (CET+1)

En estos días gaditanos, he recordado que escribí un post en 2007, en este cuaderno digital, sobre la realidad social de Cádiz, Canción triste de Cádiz Street, afectada en ese momento por los cambios “climáticos” de Delphi [empresa en proceso de cierre patronal definitivo], arrastrando la dialéctica del dolor y de la alegría para vivir, para su libertad. También me acuerdo (Joe Brainard, dixit), de la polémica absurda e innecesaria incluida, por el gesto maleducado, no inocente, con el alcalde de la ciudad en ese momento, de ideología de izquierda, por no ser tenido en cuenta, a tiempo, en el acto protocolario de la inauguración del nuevo puente de la Constitución de 1812 o, con la denominación popular, de la Pepa, cuestión que la asocié a una idea que aprendí hace ya tiempo de un ingeniero romano excelente, Cayo Julio Lácer, el autor material del puente de Alcántara (al-qantara: el puente, en árabe), en Cáceres, al expresar de forma rotunda que “la grandeza misma del arte es superada por la grandeza de la obra” (ars ubi materia vincitur ipsa sua).

Sería una gran lección en estos días que el mundo político de este país demostrara que la grandeza misma del diálogo en abstracto, que también es arte, puede ser superada por la grandeza del diálogo real, sincero y comprometido con los derechos y deberes ciudadanos de una provincia tan castigada por el paro. Aunque sea en este aquí y ahora por el símbolo arquitectónico de esa gran obra.

Puentes, puentes, puentes. Sería una buena forma de completar hoy una nueva inscripción mundial para los derechos humanos compartidos, que recogiera también en el nuevo puente gaditano las palabras que seguían al primer aserto comentado: el ilustre Lácer, con divino arte, hizo el puente para que durase por los siglos mientras dure el mundo (Pontem perpetui mansvrvm in secula mvndi). O lo que sería lo mismo como símbolo de la buena política: los ilustres mandatarios políticos que hacen posibles estas obras públicas, una vez demostrado que el diálogo supera el arte de hablar y callar, deberían ayudar a construir día a día la democracia para que dure por los siglos en la perpetuidad de nuestro país. Recordando siempre el nuevo puente de Cádiz, por supuesto, como un símbolo de su perpetuidad política al servicio de la ciudadanía.

Al pasar el viernes por este puente emblemático de Cádiz, recordé la necesidad de que la grandeza del arte político , a través del diálogo, sea superada siempre por la grandeza de sus resultados democráticos.

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¡Paz y Libertad!

El mar de Cádiz, la mar de Alberti

Si mi voz muriera en tierra,
llevadla al nivel del mar
y dejadla en la ribera.

Rafael Alberti, Marinero en tierra

Cádiz, 1/II/2025

Anoche escuché atentamente la mar de Cádiz, la que cantaba siempre Rafael Alberti siendo un marinero en tierra. La he contemplado tal y como él la vivía y sentía:

El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!
¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste
del mar?

En sueños la marejada
me tira del corazón;
se lo quisiera llevar.
Padre, ¿por qué me trajiste
acá?

Gimiendo por ver el mar,
un marinerito en tierra
iza al aire este lamento:
¡Ay mi blusa marinera;
siempre me la inflaba el viento
al divisar la escollera!

Esta mañana he vuelto a observar con emoción la línea del horizonte en la que teóricamente se separa el mar del cielo, pero donde está el secreto de lo que hay debajo y detrás de ella. Es lo que he aprendido a valorar leyendo asiduamente a Manuel Rivas, que tantas veces la describe con palabras hermosísimas. Es una maravilla observar cómo la línea se pierde en el horizonte al llegar cerca de la catedral de Cádiz en esta ocasión o de La Caleta nocturna o el faro del castillo de San Sebastián, con la misión de devolver a los que recordamos las palabras de Alberti, los valores de la tierra firme, cuando solo nos queda navegar tierra adentro con una misión posible: buscar islas desconocidas, que somos nosotros mismos cuando nos salimos de nosotros y nos contemplamos tal y como somos.

Es lo que tantas veces sigo a pie firme navegando con el cuaderno de bitácora que encontré un día en un pequeño cuento de Jose Saramago, el de la isla desconocida: “todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas”, aunque sea la mujer del cuento la que conoce mejor que nadie lo que de verdad quiere decir a los cuatro vientos: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual…”.

Sé que la gran misión de la vida es salir de nosotros mismos para saber quiénes somos, pero volviendo siempre a tierra. Esa es la única razón para comprender el lamento de Alberti, cuando el devenir de la vida nos desentierra de la mar, porque él quería que cuando un día su voz muriera en tierra, la llevaran al nivel del mar y dejarla en la ribera. Y nombrarla capitana de un blanco bajel de guerra. ¿Saben por qué? Porque cuando se pierde la vida, el tiempo, todo lo que tiramos, como un anillo, al agua o si perdemos la voz en la maleza, lo único que nos queda… es la palabra. Lo aprendí de Blas de Otero.


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¡Paz y Libertad!

El dinosaurio sí, la democracia también

Augusto Monterroso (Tegucigalpa, 21 de diciembre de 1921- Ciudad de México, 7 de febrero de 2003)

Sevilla, 30/I/2025 – 21:25 (CET+1)

Visto lo visto en estos días, sobre todo con la irrupción del terremoto Trump, azote de la democracia mundial, me ha venido a la memoria el cuento precioso y breve, El dinosaurio, de Augusto Monterroso , que por bueno, es dos veces bueno:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Al recordarlo y casi sin pensarlo, he hecho un paralelismo con mi sueño permanente de defender la democracia, como pilar básico del entendimiento y del respeto a las personas de este país, del mundo en general, viniéndome a la mente otro relato, breve como el anterior, que lo pensaba así:

Cuando desperté, la democracia todavía estaba aquí.

Ítalo Calvino, el escritor italiano al que debo tanto en mi forma de pensar y escribir, reconoció el valor incalculable de la rapidez y concisión en la literatura y así lo expresó en una conferencia titulada Rapidez, que desgraciadamente nunca llegó a pronunciar porque falleció una semana antes de trasladarse a la Universidad de Harvard (Cambridge, Massachusetts) en septiembre de 1985, para llevar a cabo su compromiso de participar en las Charles Elliot Norton Poetry Lectures, que luego se recopilaron como obra póstuma bajo el título de Seis propuestas para el próximo milenio (1). Esta obra la he citado en numerosas ocasiones en este cuaderno digital porque a lo largo de los casi veinte años de vida que ya tiene, Calvino siempre ha estado presente en él ante el fenómeno de la hoja en blanco, precisamente utilizando el título de la conferencia que se incorporó a aquellos borradores de Harvard con el título de El arte de empezar y el arte de acabar, cuya introducción sigue siendo un norte en mi vida intelectual, procurando siempre que lo que escriba sea algo especial, siguiendo las recomendaciones de Calvino, tantas veces citadas en hojas digitales anteriores: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela. Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial”.

En este sentido, si traigo hoy también a colación a Ítalo Calvino, es por su cita del relato de Monterroso en la citada conferencia, Rapidez, cuando se refiere a él reflexionando sobre una literatura basada en la concisión, como presagio de que sería una realidad inexorable en el siglo venidero [XXI]: “La concisión es sólo un aspecto del tema que quería tratar, y me limitaré a deciros que sueño con inmensas cosmogonías, sagas y epopeyas encerradas en las dimensiones de un epigrama. En los tiempos cada vez más congestionados que nos aguardan, la necesidad de literatura deberá apuntar a la máxima concentración de la poesía y del pensamiento. Borges y Bioy Casares recopilaron una antología de Cuentos breves y extraordinarios. Yo quisiera preparar una colección de cuentos de una sola frase, o de una sola línea, si fuera posible. Pero hasta ahora no encontré ninguno que supere el del escritor guatemalteco Augusto Monterroso: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Mi relato breve, Cuando desperté, la democracia todavía estaba aquí, me ha alegrado el día y quería compartirlo con la malla pensante de la Humanidad, la Noosfera. Nada más.

(1) Calvino, Ítalo, Seis propuestas para el próximo mileno, 1998, Madrid: Siruela.

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¡Paz y Libertad!

Como siempre, en tu feliz cumpleaños, en tu feliz cumpledías

Luz López y Mario Benedetti / Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez

Sevilla, 29/I/2025 – 08:30 h (CET+1)

Dedico hoy estas palabras a una persona que me acompaña en la vida desde hace ya cuarenta y dos años, María José, en su cumpleaños y cumpledías anual, con la calidad en este recuerdo que manifestó Mario Benedetti en su poema Como siempre, en su fondo y forma, sintiendo al mismo tiempo la influencia de Luz  López, su compañera de vida, recordándome también que María José ha recorrido ya un camino vital de setecientos sesenta y ocho meses en su cumpledías vital, aplicándole hoy las palabras de su poema en primera persona, porque así lo he leído una y otra vez en lo más íntimo de mi propia intimidad agustiniana, adaptándolo a sus circunstancias, que diría Ortega y Gasset.

Como siempre

Aunque hoy cumplas
trescientos treinta y seis meses
la matusalénica edad no se te nota cuando
en el instante en que vencen los crueles
entrás a averiguar la alegría del mundo
y mucho menos todavía se te nota
cuando volás gaviotamente sobre las fobias
o desarbolás los nudosos rencores
buena edad para cambiar estatutos y horóscopos
para que tu manantial mane amor sin miseria
para que te enfrentes al espejo que exige
y pienses que estás linda y estés linda
casi no vale la pena desearte júbilos y lealtades
ya que te van a rodear como ángeles o veleros
es obvio y comprensible
que las manzanas y los jazmines
y los cuidadores de autos y los ciclistas
y las hijas de los villeros
y los cachorros extraviados
y los bichitos de san antonio
y las cajas de fósforo
te consideren una de los suyos
de modo que desearte un feliz cumpleaños
podría ser tan injusto con tus felices
cumpledías
acordate de esta ley de tu vida
si hace algún tiempo fuiste desgraciada
eso también ayuda a que hoy se afirme
tu bienaventuranza
de todos modos para vos no es novedad
que el mundo
y yo
te queremos de veras
pero yo siempre un poquito más que el mundo.

Es verdad, cambiando lo que hay que cambiar en el poema para adaptarlo a la realidad de ella, porque esta edad que alcanza hoy “no se le nota cuando en el instante en que vencen los crueles entra a diario a averiguar la alegría del mundo, volando gaviotamente sobre las fobias, desarbolando los nudosos rencores. Ha alcanzado una buena edad para cambiar estatutos y horóscopos, dejando que su manantial mane amor sin miseria”. También vuelvo a tener presente a Juan Ramón Jiménez, tan próximo, el poeta con el que compartí su casa de juventud en Moguer durante algún tiempo, junto a ella y nuestro hijo Marcos, que escribió unas palabras hace más de cien años que rescato hoy en la celebración de este cumplevidas, concretamente en una bella introducción a su querido diario (1), recogidas del sánscrito -¡ay, la influencia de Zenobia Camprubí!-, porque resumen perfectamente la atención que debemos prestar a cada día, espacio y tiempo en el que se desarrolla la vida personal e intransferible de cada uno y las compañeras de vida, por ejemplo Luz, Zenobia y María José:

¡Cuida bien de este día! Este día es la vida, la esencia misma de la vida. En su leve transcurso se encierran todas las realidades y todas las variedades de tu existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura.

El día de ayer no es sino sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, este día!

En este cumpleaños, cumpledías y cumplevidas, sólo sé que los dos hemos perseguido sueños que hoy no quiero olvidarlos, ni siquiera un momento, porque no quiero dejarme apesadumbrar por la desmemoria, ni dejar de soñar despierto como tantas veces he escrito en este cuaderno digital. Hoy, sólo quiero cantar la canción de los soñadores (Waldo Leyva, poeta cubano), entrando a diario a averiguar la alegría del mundo, volando;gaviotamente sobre las fobias, desarbolando los nudosos rencores (Benedetti), porque sé que el día de ayer no es sino sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. Por esas razones, sueños en definitiva, sé que lo que aprendí un día ya lejano de Juan Ramón Jiménez, ¡Cuida bien, pues, este día!, es lo que nos permite seguir viviendo, porque un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. Sé que el fin no es tocarlos, como a las rosas, sino perseguir los sueños de felicidad y esperanza. Sólo eso. ¡Ah!, junto a Benedetti, no olvido tampoco un mensaje para María José que, como siempre, mantengo vivo:

[…] de todos modos para ti no es novedad / que el mundo / y yo / te queremos de veras / pero yo siempre un poquito más que el mundo.

(1) Jiménez, Juan Ramón, Diario de un poeta recién casado (1916), 2005. Madrid: Alianza Editorial.


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¡Paz y Libertad!

Vive el día de hoy [Carpe diem]. Captúralo. No te fíes del incierto mañana.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan / decir que somos quien somos, / nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. / Estamos tocando el fondo.

Gabriel Celaya, en La poesía es un arma cargada de futuro

Sevilla, 28/I/2025 – 07:40 (CET+1)

Disculpa, querido lector, querida lectora, que recurra a la escritura circular sobre determinados asuntos tratados en los casi más de dos mil quinientos artículos publicados en este cuaderno digital, desde la apertura de sus páginas en 2005, veinte años, que no son nada o mucho, según se mire, como cantaba Carlos Gardel: Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada errante en las sombras, te busca y te nombra. Lo que ocurre es que en estos tiempos modernos de trumpismo, muskismo, desafección política y ocaso de la democracia, hay que buscar reforzadores éticos, el suelo firme de los actos humanos, de la existencia (como decía el profesor López-Aranguren), para seguir navegando en mares procelosos.

Es la razón de por qué vuelvo a retomar hoy, salvando lo que haya que salvar, la importancia del carpe diem, locución maltratada a lo largo de su historia literaria, manipulada en muchas ocasiones, porque se obvia su texto completo y su contexto.

Todavía resuenan en mi memoria de hipocampo las palabras del profesor John Keating, interpretado por el excelente actor Robin Williams, en la inolvidable película El club de los poetas muertos: Carpe Diem: Vivid el momento. Coged las rosas mientras aún tengan color pues pronto se marchitarán. La medicina, la ingeniería, la arquitectura son trabajos que sirven para dignificar la vida pero es la poesía, los sentimientos, lo que nos mantiene vivos.

Cuando Robin Williams subió a su cielo particular en 2014, escribí unas palabras que estoy seguro que podría compartir hoy con Bertrand Tavernier hablando de su aleccionadora película Hoy empieza todo, porque cuando todo comienza cada día estamos dando rienda suelta a cada “carpe diem” particular, un sentimiento que nunca se refleja en las esferas de los relojes de nuestra vida. Carpe diem era lo que John Keating/Robin Williams intentaba transmitir a sus alumnos desde la primera clase: que amaran el tiempo real de cada uno, cada momento, porque nada se repite, porque nadie se baña dos veces en el mismo río. A través de la poesía, porque siempre que se crea y piensa en algo, se puede dar el énfasis que cada persona necesita en su momento personal e intransferible y así se rompen esquemas. Esa es su verdadera razón, que Juan Ramón Jiménez también nos transmitió de forma excelente en una frase magistral: amor y poesía, cada día. Además, la libertad debe estar presente en esta acción poética, tal y como nos lo transmitió también Miguel Hernández en una conferencia en el Ateneo de Alicante, el 21 de agosto de 1937, con el título  “La poesía como un arma”, La poesía […] en la guerra, la escribo como un arma, y en la paz será un arma también, aunque reposada o Gabriel Celaya, a través de la poesía social, en su precioso poema La poesía es un arma cargada de futuro, publicado en 1955: Cuando ya no se espera nada personalmente exaltante […] Tal es mi poesía: poesía–herramienta / a la vez que latido de lo unánime y ciego. / Tal es, arma cargada de futuro expansivo /con que te apunto al pecho.

John Keating lo enseñó a los cuatro alumnos que copiaron su experiencia vital: crear un nuevo Club de los poetas muertos, amando la transgresión de la vida cuando sus pilares se tambalean, tal y como está sucediendo en la actualidad. Ellos decidieron apostar por la libertad personal y colectiva frente a los cuatro pilares de su colegio: tradición, honor, disciplina y excelencia. El desenlace de la película es conocido y doloroso. Al final, como a casi todas las personas que introducen cambios en la vida, en la sociedad, se las expulsa de la misma, con silencios cómplices. No es de extrañar que todos los alumnos firmaran la expulsión del profesor Keating. Un final, salvando lo que hay que salvar, que tiene un parecido extraordinario con los planos finales de La lengua de las mariposas, en el momento que los alumnos tiran piedras a su profesor, D. Gregorio, que tanta felicidad les había proporcionado, en un silencio cómplice desolador ante la cordada de presos.

Hoy, entrando en mi biblioteca, mi clínica del alma, he vuelto a encontrarme con esas palabras del poeta romano Horacio (Venosa, Basilicata, 8 de diciembre de 65 a. C. – Roma, 27 de noviembre de 8 a. C), en su Oda(Carminum) I, 11, dedicada a Leucónoe, contextualizadas en un viaje hacia su lugar querido, un territorio espléndido en la región del Lazio, a unas cuantas leguas de Roma, algo así como el arte de disfrutar del momento en su villa, Licenza, que se conserva para ofrecerla al placer de los sentidos y las emociones de cada persona que quiera descubrirla, completando en primer lugar las cuatro palabras que seguían a las dos más famosas, Carpe diem, quam minimum credula postero, que sólo se recuerdan en contadas ocasiones, descontextualizándolas del sentido pleno que quiso Horacio darles al presentarlas en sociedad. Para ello, he escogido una traducción del latín original que considero impecable, la del filólogo y poeta  Luis Alberto de Cuenca, porque es importante saber por qué Horacio las escribió aunque sólo hayan pasado a la posteridad dos, Carpe diem:

No pretendas saber, pues no está permitido,
el fin que a ti y a mí, Leucónoe,
nos tienen asignados los dioses,
ni consultes los números Babilónicos.
Mejor será aceptar lo que venga,
ya sean muchos los inviernos que Júpiter
te conceda, o sea éste el último,
el que ahora hace que el mar Tirreno
rompa contra los opuestos escollos.

Sé prudente, filtra el vino
y adapta al breve espacio de tu vida
una esperanza larga.
Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso.
Vive el día de hoy [Carpe diem]. Captúralo.
No te fíes del incierto mañana.

Las dos palabras, carpe diem, ya contextualizadas, cobran si cabe todo su esplendor cuando descubrimos en qué contexto las escribió Horacio. Para mí, tienen un sentido especial cuando las recuerdo en el contexto de la película citada, que hizo historia en mi vida a través de sus planos principales, destacando sobre todo los momentos estelares de la forma de entender la vida el profesor John Keating y transmitirla a los demás, fundamentalmente a sus cuatro alumnos especiales por su condición de seguidores de un gran maestro. Desde el comienzo de la película, un nuevo profesor iba a cambiar la vida de alumnos en la mejor tradición de maestría de la vida, que tanto he valorado siempre en mis profesores de diferentes ciclos vitales, tanto académicos como profesionales, porque todos no han sido iguales.

Mi maestra especial, Dª Antonia, me enseñó, por ejemplo, la primera versión del carpe diem infantil casi en un alma adulta, que siempre recuerdo de forma entrañable. Cuidó mucho mis sueños en paraísos perdidos, porque mi vida pequeña no daba para más, porque para ella era muy importante cada momento mío, en definitiva mi tiempo y para que no olvidara nunca que a veces es envidioso, como lo susurraba Horacio a Leucónoe, una mujer con mente blanca, limpia, que podía adaptar al breve espacio de la vida, o de cada momento particular, una esperanza larga. Ahí estaba el secreto, porque cada día lleva siempre el tiempo dentro, su carpe diem, su necesaria captura, porque no vuelve, mucho menos hoy día ante el incierto mañana. Por cierto, es lo que dijo y nos legó el poeta Quinto Horacio Flaco, hace tan solo veintidós siglos. Para que no se olvide, ni siquiera un momento.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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