El Día Mundial del Libro nos recuerda que hay que contar viviendo, con alma

Sevilla, 23/IV/2024

Somos seres entretejidos de relatos, bordados con hilos de voces, de historia, de filosofía y de ciencia, de leyes y leyendas. Por eso, la lectura seguirá cuidándonos si cuidamos de ella. No puede desaparecer lo que nos salva.

Irene Vallejo, en Manifiesto por la lectura.

Hoy se celebra el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, celebración para la que el Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura, ha presentado un cartel conmemorativo, realizado por la ilustradora Luci Gutiérrez (Barcelona, 1977), que fue Premio Nacional de Ilustración 2023 “por su excepcional trayectoria y por ser una de las artistas más sobresalientes en el panorama actual, referente de la ilustración española dentro y fuera de nuestras fronteras”. El cartel ilustra una frase de Luis Mateo Díez, el último autor galardonado con el Premio de Literatura en Lengua Castellana ‘Miguel de Cervantes’ en 2023, que otorga el Ministerio de Cultura, cuyo proceso creativo se puede observar con detalle en la presentación de la autora que figura en el vídeo que encabeza estas palabras. De su extensa obra se ha escogido, para inspirar el diseño, la frase «vivo contando y cuento viviendo, la ficción es una parte imprescindible de la existencia».

En este año, además de llevarse a cabo esta celebración, culmina el Plan de Fomento de la Lectura 2021- 2024, con un lema, Lectura infinita, que tenía como principal objetivo, en su presentación oficial, “incrementar los índices de lectura en nuestro país y contribuir a resituar el hecho lector más allá de un instrumento de ocio, reconociendo la lectura como un vehículo fundamental para la salud, el aprendizaje, la cohesión social y la economía digital”. El documento, de 61 páginas, abordaba en su prólogo qué significa la necesidad de leer, con una frase de José Jiménez Lozano, ganador del Premio Cervantes 2002, en la que se explica en pocas palabras la urgencia de la lectura: “Se puede tener gusto por la lectura o no, pero leer no es una cuestión de gusto o afición, sino una necesidad verdadera y solo necesitamos percatarnos de ella”. Continúa expresando que la lectura “completa la vida de las personas por tratarse de un acto que proporciona un espacio personal para la evasión, la transformación y el enriquecimiento del individuo, aportándole paz mental y abriéndole la puerta a nuevos mundos, personas e ideas con los que poder crear un diálogo íntimo. La lectura agiliza además la actividad cerebral, puesto que requiere de una concentración y atención que estimula la capacidad cognitiva del individuo, creando nuevas conexiones neuronales y contribuyendo a prevenir enfermedades degenerativas. Lo defiende así Irene Vallejo, en su obra Manifiesto por la lectura  (1), que ya he comentado en este cuaderno digital y que tanto aprecio como regalo: “los libros ofrecen un gimnasio asequible y barato para la inteligencia en todas las edades, y tan solo por ese motivo sería aconsejable incluirlos desde la más temprana infancia y mantenerlos a lo largo de la vida” o cuando hace un canto precioso a la lectura: “Somos seres entretejidos de relatos, bordados con hilos de voces, de historia, de filosofía y de ciencia, de leyes y leyendas. Por eso, la lectura seguirá cuidándonos si cuidamos de ella. No puede desaparecer lo que nos salva. Los libros nos recuerdan, serenos y siempre dispuestos a desplegarse ante nuestros ojos, que la salud de las palabras enraíza en las editoriales, en las librerías, en los círculos de lecturas compartidas, en las bibliotecas, en las escuelas. Es allí donde imaginamos el futuro que nos une”.

Llegará la hora de evaluar este ambicioso Plan, que contemplaba 12 desafíos y 11 programas y líneas de actividades de sumo interés público, un examen final de lo acontecido que ya se asumía en su presentación oficial. Asimismo, en el Epílogo, ofrecía diez claves a modo de acróstico del Plan. PACTAS LEESPacto. El fomento de la lectura como un empeño colectivo que contribuya a resituar al hecho lector más allá de un instrumento de ocio; Aproximación a un nuevo concepto de lectura. Elaboración de una nueva narrativa sobre qué es lectura y su impacto en la vida de las personas y en la sociedad; Contamos con lectores en nuestro país. En España sí se lee. Fomentar la lectura en positivo; Toda lectura comienza en la creación. Estatuto del artista; Alianzas múltiples que vinculen a organizaciones y empresas que no estén especializadas en este campo y multipliquen el impacto de la actividad de fomento de la lectura; Sin fronteras en la lectura. Proyección internacional, con especial atención a América Latina; La investigación y el estudio generadores del capital de conocimiento sobre la lectura. Redefinición del Observatorio de la Lectura y el Libro; Especial apuesta por la innovación. Laboratorios ciudadanos; Extender la lectura en el campo. Afrontar el reto del fomento de la lectura en la España vaciada; Sostenibilidad y lectura. Leer para cumplir con 2030.

Siendo muy respetuoso con la frase que ha inspirado el cartel de este año, vivo contando y cuento viviendo, la ficción es una parte imprescindible de la existencia, expresada por Luis Mateo Díez, que hoy recoge el Premio de Literatura en Lengua Castellana ‘Miguel de Cervantes’ de 2023, «por ser uno de los grandes narradores de la lengua castellana, heredero del espíritu cervantino, escritor frente a toda adversidad, creador de mundos y territorios imaginarios”, creo que el acto literario de contar viviendo sólo se puede llevar a cabo cuando se escribe con alma. Esto es así, porque los libros tienen algo especial, porque estremecen el alma. Me lo recuerda siempre la escritora Irene Vallejo (anteriormente citada), en Manifiesto por la lectura, en uno de sus capítulos caligráficos dedicado al estremecimiento de agua, trayendo a colación unas palabras de Federico García Lorca en el contexto de la alocución al pueblo de Fuente Vaqueros, un discurso leído por la inauguración de la biblioteca pública de Fuente Vaqueros en el mes de septiembre de 1931, sobre el que ya he tratado algunos de sus párrafos, en varias ocasiones, en este cuaderno digital: “Nadie se da cuenta al tener un libro en las manos, el esfuerzo, el dolor, la vigilia, la sangre que ha costado. El libro es sin disputa la obra mayor de la humanidad. Muchas veces, un pueblo está dormido como el agua de un estanque en día sin viento. Ni el más leve temblor turba la ternura blanda del agua. Las ranas duermen en el fondo y los pájaros están inmóviles en las ramas que lo circundan. Pero arrojad de pronto una piedra. Veréis una explosión de círculos concéntricos, de ondas redondas que se dilatan atropellándose unas a las otras y se estrellan contra los bordes. Veréis un estremecimiento total del agua, un bullir de ranas en todas direcciones, una inquietud por todas las orillas y hasta los pájaros que dormían en las ramas umbrosas saltan disparados en bandadas por todo el aire azul. Muchas veces un pueblo duerme como el agua de un estanque un día sin viento, y un libro o unos libros pueden estremecerle e inquietarle y enseñarle nuevos horizontes de superación y concordia” (2).

Lectura infinita, libertad asegurada

(1) Vallejo, Irene, Manifiesto por la lectura, Madrid: Siruela, 2020.

(2) Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros. Discurso leído por la inauguración de la biblioteca pública de Fuente Vaqueros (septiembre, 1931) / Federico Garcia Lorca | Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (cervantesvirtual.com)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Rosalinda Miller Cid, una poeta que vivió y murió en la calle

Cada vez que alguien escribe un verso / el Juicio Final se aleja un segundo.

Rosalinda Miller Cid

Sevilla, 18/IV/2024

En mi singladura actual, acabo de descubrir una isla desconocida, la vida y obra de una poeta excepcional, Rosalinda Miller Cid (1966-2019), situada en el espectro de las nadies de Galeano, fuera de los circuitos oficiales del mercado, de la industria pura y dura de la vida y, concretamente, del libro, en el que emergen editoras de gran dignidad humana y profesional. Es obligado, por mi parte, reconocer que este hallazgo lo debo a la lectura de un artículo escrito con alta sensibilidad humana en elDiario.es: Rosalinda Miller Cid, la revelación de la poesía española que vivió y murió en la calle, del que recomiendo su atenta lectura.

En este caso, la editora sevillana Libros de la herida, ha publicado Otro día en un jardín extraño. Poesía de una vida sin hogar, un libro que recoge poemas de un cuaderno mágico de Rosalinda Miller y, otros, aportados por personas a las que ella los entregó en algún momento de su vida. El libro es un homenaje póstumo a esta poeta, que vivió y murió en las calles de Sevilla, de la que siempre se ha sabido poco, aunque su deambular por las aceras de esta ciudad, a las que tanto amó la urbanista Jane Jacobs, la hizo muy popular en el barrio de la Macarena, en la que Stefan Zweig, en una visita breve, dijo que “se podía ser feliz”.

No la conocí en mi andar cotidiano por esta ciudad y ese barrio, pero quien desee acercarse a esta mujer que hizo poesía de su azarosa vida, debe leer el prólogo de esta obra, escrito por David Eloy Rodríguez, una persona de las imprescindibles de Brecht, que la editora, de forma generosa, ha puesto a disposición de quien esté interesado en conocer a Rosalinda y la forma en la que se ha elaborado un justo reconocimiento a su persona y obra. También es justo señalar el papel que juega en esta ciudad el laboratorio de escritura creativa para personas sin hogar, que el autor del prólogo programa, coordina e imparte en un espacio facilitado por la asociación Solidaridad para el Desarrollo, al que Rosalinda acudía de forma asidua y con una actitud ejemplar.

La sinopsis oficial de esta obra, nos ofrece una oportunidad de compartir su forma de aprehender la vida desde la poesía de una persona perteneciente a una clase de personas que, en su difícil e incomprendido día a día, nos enseñan el auténtico valor de la dignidad humana: “Rosalinda Miller Cid (Sevilla, 1966 – 2019) murió en la calle. Era una persona sin hogar. La poesía era su refugio, su manera de comprender, contar y transformar el mundo. Lo poco que sabemos de su vida (una existencia intensa, agitada y azarosa, repleta de enigmas) lo cuenta en el prólogo de este libro David Eloy Rodríguez, así como la forma en que estos versos llegaron a verse publicados: una historia singular. La impactante voz poética de Rosalinda recoge con sabiduría y precisión, con intensidad y hondura, la experiencia de la más radical intemperie. Los derechos de autor de este libro irán destinados a las personas que sufren marginalidad y exclusión social”.

Todavía, a la hora de enfrentarme hoy a esta página en blanco, sigo dedicando tiempo de mi silencio interior a un poema de este libro, en el que Rosalinda Miller habla de sus “posesiones”, título del mismo, demostrando una vez más que a ella sólo le quedaba la palabra: “El diccionario secreto de las heridas./ Un maquillaje de silencio en una cajita de amargura./ Una foto de la morada ausente./ La carga de un batallón de miradas incesantes./ Las agujas de un reloj que tiene las horas rotas./ El sufrimiento de un largo camino./ La orquesta de la necesidad./ Una almohada sin sueño ni descanso./ El yugo de una vida perdida./ Un equipaje estancado en el abismo./ La desnudez plena en una realidad que no se elige./ Un diario que escribo sola, en húmedos cartones, por la noche./ Un mapa para perderse en el tiempo de la oscuridad”.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Hablemos de ejemplaridad universal, que falta hace

Sevilla, 12/IV/2024

Lo aprendí hace ya muchos años de Joan Manuel Serrat, cuando tomé conciencia de que estaba obligatoriamente obligado a entender el mundo al revés, del que reconozco sabía más bien poco: “Harto ya de estar harto, ya me cansé / de preguntar al mundo porqué y porqué, / la rosa de los vientos me ha de ayudar / y desde ahora vais a verme vagabundear, / entre el cielo y el mar / vagabundear”. O ir del timbo al tambo, que decía Gabriel García Márquez en sus “Cuentos peregrinos”, aunque no es la primera vez que me aproximo al mundo filosófico y ético de la ejemplaridad universal, algo imprescindible en nuestro acontecer diario y a todos los niveles imaginables. Abordé esta cuestión en un artículo publicado en 2021 en este cuaderno digital, Ejemplaridad pública, ética y real, en el que hacía referencia a un libro publicado por Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965), Ejemplaridad pública, porque es un escritor y filósofo al que admiro, sabiendo que “la propuesta de perfección” a través de la llamada “ejemplaridad” es un desiderátum de cualquier persona, para sí mismos y a la hora de analizar la de los demás, porque “[…] la perfección no existe en nuestro mundo imperfecto en el modo que existe una cosa o una persona. Su modo de ser es ideal y su residencia habitual está domiciliada en la conciencia de los ciudadanos, desde donde sugiere orientaciones, ilumina la experiencia individual y moviliza el deseo” (palabras escritas por el autor en el décimo aniversario de la publicación de “Ejemplaridad pública” (2009-2019)”.  

En este contexto anímico, acabo de descubrir en mi singladura diaria el último libro publicado por este autor, Universal concreto (1), cuya sinopsis oficial explica sucintamente el gran objetivo personal de su obra: “Este es el libro que su autor siempre quiso escribir, pero hasta ahora no había sido capaz de hacerlo. Sus anteriores obras, inspiradas todas por una misma idea, son una preparación para ésta, que, por primera vez, hace de dicha idea su tema central y único. Universal concreto expone la filosofía de la ejemplaridad de manera integral, directa, breve y unitaria. Para favorecer la claridad del argumento, apenas cita obras ajenas y la relación que mantiene con las propias, sobre las que se sostiene, no es de resumen, compendio o introducción, sino que, por el carácter sistemático e independiente de la presentación, se parece más a una suma filosófica. Este libro contesta a las dos preguntas fundamentales de la filosofía: qué hay en el mundo, qué hacer con lo que hay. Lo primero conforma una ontología, lo segundo una pragmática. La respuesta en ambos casos es el universal concreto, sintagma que remite al ejemplo en cuanto caso concreto cuya regla vale también para otros. Un ejemplo es siempre ejemplo para alguien y por eso invita a pensar una universalidad concreta, no conceptual”.

¿Quién mejor que el autor para explicar el porqué de su obra?, que amablemente pone a disposición de los lectores la editora, como un fragmento imprescindible para acercarse a ella:

Hubiera querido que éste fuera mi primer libro, incluso que fuera mi único libro.

Siempre me he visto como hombre de una sola idea y pasé muchos años de mi juventud dándole vueltas a cómo contarla. Daba por supuesto que una sola idea pedía un solo libro y me desvivía por imaginarme el mío. ¿Cómo sería? Ni siquiera había elegido el género literario: ¿novela, ensayo? Jugaba en mi mente con infinidad de posibilidades por ver si alguna me convencía y me sentaba a redactarla de una vez por todas. Pero ninguna valía, todas fallaban porque dejaban fuera algo importante. La visión original se iba enriqueciendo con intuiciones, facetas y conexiones, pero no se me ocurría cómo decirlo todo. Me sentía cada vez más ansioso y más impotente. La situación de atascamiento se prolongaba hasta que un buen día tomé una decisión.

Ya estaba en mi treintena cuando de pronto se me pasó por la cabeza escribir no un ensayo, sino cuatro. Entre resignado por renunciar a mi voluntad inicial y entusiasta por ver que por fin el plan funcionaba, me puse manos a la obra. Terminado Imitación y experiencia en torno al cambio de milenio, lo publiqué hace ahora veinte años. En la siguiente década (2003-2013) salieron los otros tres de la Tetralogía: Aquiles en el gineceo, Ejemplaridad pública y Necesario pero imposible.

Con la aparición de la Tetralogía de la Ejemplaridad, ¿había contado finalmente lo que me había tenido en vilo tanto tiempo? Sí y no. Sí, porque la idea inspiraba cada uno de los cuatro títulos y guiaba enteramente su contenido. Pero no, porque la idea era una, la unidad formaba parte esencial de la idea, y por mi incompetencia o inmadurez había tenido que trocearla. El resto de mi bibliografía —Ingenuidad aprendida, Filosofía mundana, La imagen de tu vida, Dignidad, Un hombre de cincuenta años— desarrolló y complementó la Tetralogía sin remediar esa falta.

El libro que siempre quise escribir, en el que, por fin, lo cuento todo, es éste, lector, que has abierto. Quién sabe si mis obras previas no son más que un rodeo o preparación para ésta, en la cual, después de tanto rodar por el mundo de las ideas, expongo la mía de manera directa, breve, unitaria y sistemática, dividida en cuatro partes. Todo lo que se dice en él ya lo he dicho antes de alguna manera, pero nunca hasta ahora había hecho de ese todo el tema único de un ensayo. Los disiecta membra [elementos dispersos] de mi literatura anterior se hallan aquí conjuntados y por vez primera puede contemplarse el cuadro entero de un solo golpe de vista.

¿Por qué antes no pude escribirlo y ahora sí? Tuve la idea en la primera mitad de mi vida, la cuento en la segunda, cuando por edad me siento independiente del joven que fui y puedo ponderar cuanto entonces pensé con un juicio, una objetividad y una perspectiva superiores a las de antes. Por otra parte, los escritos que entretanto he ido publicando me han servido para conceptualizar y verbalizar esa imagen antigua que me rondaba, además de que he seguido meditando sobre ella mientras envejecía y en mil situaciones de la vida —conferencias, colaboraciones en medios, entrevistas, correspondencia privada, reseñas, conversaciones con amigos y lectores— encontré oportunidades para sopesarla, mejorarla y contrastarla.

He querido despojar el texto de notas al pie y de la cita de autores —salvo algunas excepciones literarias— para que la idea desnuda se valga por sí misma y en la lectura prevalezca por encima de todo la unidad y claridad del argumento. Apenas me cito a mí mismo tampoco, porque, aunque este libro se sostiene sobre los anteriores, de los que extrae lo sustancial de su contenido, no los resume, ni compendia, ni introduce. La relación que mantiene con ellos se parece más a una suma filosófica.

Podría entenderse este libro como un discurso de contestación a las dos preguntas fundamentales que se plantea la filosofía sistemática: qué hay en el mundo, qué hacer con lo que hay. En ambos casos, la respuesta que da es la que luce en su título, dos palabras que definen la esencia del ejemplo. Un ejemplo es siempre ejemplo para alguien, un caso concreto que enuncia una regla universal válida para más casos, y es a esta duplicidad a la que llamo universal concreto. Interpreto el sintagma como universalidad sin concepto, en un sentido opuesto, por tanto, al usado en sus obras por Hegel.

Una década después de la Tetralogía, vuelvo a entregar a los lectores un ensayo monográfico. Cualquiera que sea el valor intrínseco que posea, ocupa en mi corazón esa posición privilegiada que se reserva para un viejo amor, que es lo contrario de un amor viejo. Me consideraría muy afortunado si quien lo lea percibe en sus páginas ese enamoramiento intelectual con que ha sido escrito y más si se deja contagiar un poco por deseo tan exagerado.

En el artículo citado de 2021, hacía una referencia expresa al Rey, a la Corona en este país, en un momento de horas muy bajas, de una falta de ejemplaridad alarmante. Ha pasado el tiempo y todo lo allí expuesto se podría aplicar en estos momentos a determinados políticos en la actualidad, con su nombres y apellidos, especialmente a los que no son precisamente ejemplares, porque todos no son iguales, a pesar de los esfuerzos de la derecha de toda la vida y la extrema por salvarse siempre, debido a que ellos son “gente de bien”, frente a la izquierda global catalogada globalmente como “gente de mal”, algo que ya expliqué también en su momento en este cuaderno digital. Lo dije entonces y lo vuelvo a repetir ahora: el pueblo, una vez más, espera siempre actitudes ejemplares de sus gobernantes, aunque las actitudes propias “ejemplares” de quienes los critican sin compasión alguna, sean muchas veces harina de otro costal (que por ahí deberíamos empezar a manejar la cosa).

Porque, ¿qué significa ser ejemplar? Llama la atención que en este país no se introdujo la palabra “ejemplar” hasta el siglo XVIII, como adjetivo, con una sola palabra para definirla: edificativo, según el diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana […], tomo segundo (1767), de Esteban de Terreros y Pando, publicado en Madrid por la Viuda de Ibarra, en 1787. Ser edificativo quiere decir que una persona “conmueve y excita al seguimiento de una virtud”. Es verdad que en el lenguaje ordinario que pudieron recogerla “las autoridades académicas” del siglo XVIII, no lo hicieron en este afamado siglo y sí en un diccionario de la lengua española usual, no de autoridad en el siglo XIX, lo que nos lleva a deducir que no era algo que preocupara de verdad a la población en general, menos a las monarquías y a los poderes absolutos. Aparece por primera vez, como adjetivo, en el diccionario de la lengua castellana editado en Madrid por la Real Academia Española, (5ª edición), por la Imprenta Real (sin comentarios), en 1817. Se definía como “lo que da buen ejemplo y, como tal, es digno de proponerse por dechado para la imitación a otros” (imitazione dignus, ad virtutem provocans), que en principio sonaba muy bien, quizá mejor como máxima de un taco de almanaque de la época.

También sorprende que el lema “ejemplaridad”, adjetivo que recogía “la calidad de ejemplar”,  no apareciera hasta la edición del diccionario de la Real Academia publicado en 1925. Estas disquisiciones sólo pretender contextualizar un hecho claro: los adjetivos “ejemplar” y “ejemplaridad” no pertenecían al lenguaje común de este país y su clamorosa ausencia en el argot académico traducía algo muy claro: estas palabras no se suponían de los reyes y gobernantes, a diferencia del valor de los soldados que eran casi siempre “ejemplares” para los demás. Entre “edificativo” y “lo que da buen ejemplo y, como tal, es digno de proponerse por dechado para la imitación a otros”, anda la cosa de lo ejemplar y la ejemplaridad asociada. Así de sencillo y así de complejo a la vez, aunque de lo que sí estamos convencidos es que lo que ha pasado en la historia en reiteradas ocasiones, con muchas Coronas, Emperadores, Jefes de Estado y Presidentes, hasta nuestros días, es que todo el mundo sabía identificar qué personajes reales o no iban desnudos -de ahí el cuento de Andersen- ante los ojos pasmados de todos los que habían escuchado que el emperador llevaba un traje nuevo en su desfile ético por el mundo (el que quiera entender que entienda), también por este país y a lo largo de los siglos. Los silencios cómplices y los miedos reverenciales hicieron el resto, a lo largo de la historia, porque ya se sabía desde antiguo que “del Rey, abajo, ninguno”.

Ya sabemos por el cuento de Andersen, El traje nuevo del emperador, que los “tejedores” más próximos son los que menos ayudan a ser uno mismo, por muy perfectos que sean los reyes -al buen entendedor en este país con pocas palabras basta para comprender la extensión de este sustantivo regio a todas las clases políticas y sociales-, porque de todo hay en esa viña del Señor). Hasta que un día cualquiera, en un momento especial, un niño, el del cuento de Andersen citado anteriormente o el de cuatro años que Groucho Marx buscaba apasionadamente para resolverle un gran problema (“¡hasta un niño de cuatro años sería capaz de entender esto!… Rápido, busque a un niño de cuatro años, a mí me parece chino“) o cualquier persona digna, da igual que sea mujer u hombre, nos desmontan todos los esquemas de la rutina diaria y salta la posibilidad de que podamos ser otros, verdaderos ciudadanos ejemplares, porque son los que de verdad denuncian a personas que suelen ir desnudas por el mundo con la obsesión de vivir la perfección apasionadamente, convencidos de que llevan incluso ropa de emperadores, Reyes o Reinas, Jefes o Jefas de Estado, Presidentes o Presidentas, y así sucesivamente ante cualquier rango en las cadenas de mando en el mundo actual al revés, ropa cosida puntada a puntada por modistos o tejedores -supuestamente imparciales- que se refugian en ellos y son incapaces de decir la verdad de lo que está pasando a quienes cosen. Sobre todo, porque son profesionales de la farsa a cualquier precio y de clamorosos silencios cómplices.

En el contexto político en el que nos movemos en la actualidad, hay que empezar como Diógenes a buscar a políticos y personas ejemplares. Ya sabemos que lo “normal” es buscar el Norte De La Ejemplaridad en un mapa ético, que nos lleve a identificar y denunciar la dialéctica “vicios privados, públicas virtudes”, un nicho que cada vez ocupa más gente de todo tipo. Lo demás, consiste en tener cada día más claro que la ejemplaridad ética empieza por uno mismo para poder exigirla a los demás, aunque es verdad que lo que estamos viviendo en la actualidad, en relación con determinados representantes políticos y asociados (el que quiera entender, que entienda o se ubique por tanto), no es edificativo, es decir, no nos “conmueve” ni “excita al seguimiento de una virtud”. Lo que tenemos claro por ahora es que la ejemplaridad pública y ética de quienes nos gobiernan, tiene domiciliada su residencia habitual en la conciencia de los ciudadanos. Eso nos basta.

Vuelvo al último libro de Gomá, Universal concreto, quedándome ahora con una reflexión que emana de un planteamiento muy acertado: nos regimos por las leyes democráticas y por las costumbres, la ética consuetudinaria: “Las costumbres son imitaciones colectivas y, como todas las imitaciones, pueden tener por objeto un modelo o un ejemplo no ejemplar. En este último caso, las costumbres equivalen a un romo mimetismo que no cumple función política alguna y carece de simbolismo. Son de esta naturaleza las que practica la vulgaridad, que idolatra en masa ciertas notoriedades consagradas por los medios de comunicación como si se trataran de divinidades del Olimpo, cuando, en perspectiva filosófica, apenas son más que meros ejemplos sin ejemplaridad, que, en lugar de usar la inmensa influencia que atesoran para universalizar la ratio y favorecer el embellecimiento de la vida privada, entierran la vulgaridad triunfante en el mundo con toneladas de más vulgaridad. Las costumbres que van a tenerse en consideración en lo que sigue son de la otra clase: imitaciones colectivas de un modelo ejemplar, las llamadas buenas costumbres. No todas las costumbres son buenas, solo lo son las buenas costumbres, aquellas que con suavidad y tácito consenso contribuyen al cumplimiento de los fines políticos del Estado. Y son buenas costumbres democráticas las que promueven la socialización masiva y emancipadora del ciudadano, quien a causa de ellas tiene más fácil emprender la reforma pendiente”.

(1) Gomá Lanzón, Javier, Universal concreto, Barcelona: Taurus – Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U., 2023.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Ya sabemos mucho más del símbolo ateniense de la filosofía, la lechuza Tyto Alba

Sevilla, 9/IV/2024

La imagen que preside hoy estas líneas la he recuperado de mi salvapantallas actual, que me recuerda todos los días, a la hora de aproximarme a la pantalla en blanco para escribir de forma especial y con alma, la presencia de un hilo conductor muy importante en mi vida a través de la lechuza (Tyto Alba), el símbolo de la filosofía, entendida como la capacidad de admirarse a diario de las personas y de todas las cosas. En este contexto, se acaba de publicar un libro de sumo interés para los que estamos cerca de aprehender el significante y significado de la sabiduría, que tantas veces he tratado en páginas de este cuaderno digital. Lleva un nombre que hace justicia a su contenido, La sabiduría de los búhos, escrito por Jennifer Ackerman, cuya sinopsis oficial nos prepara para una lectura reconfortante en medio de tanta pesadumbre humana como la que nos rodea en la actualidad: “Una maravillosa síntesis de etología, asombro y pasión por estas silenciosas y misteriosas rapaces nocturnas. ¿Por qué ejercen tanta influencia en la imaginación humana? Tienen fama por su sabiduría, ¿pero son inteligentes? ¿Actúan solo por instinto o son curiosos e ingeniosos? ¿Tienen sentimientos y emociones? ¿Por qué sus ojos miran de la misma manera que los nuestros? Ya sea que aparezcan como antiguos símbolos atenienses de sabiduría, presagios fantasmales de la muerte o los tiernos compañeros de Winnie the Pooh y Harry Potter, estas aves continúan fascinando y perturbado en igual medida. A través de una nueva investigación del comportamiento, Jennifer Ackerman ofrece una visión íntima de la vida de estas criaturas, cuya anatomía es todo un prodigio de la naturaleza. Desde las peculiaridades evolutivas detrás de su penetrante mirada y cabezas giratorias, hasta sus relaciones románticas y estilos de crianza, La sabiduría de los búhos da vida a la increíble historia natural de los búhos. Entrelazando hábilmente ciencia y arte, Ackerman viaja al mundo de este animal tan sugestivo y se pregunta por qué ha fascinado tanto a la humanidad desde el comienzo de los tiempos”.

La editorial facilita la lectura de un fragmento de la obra, el capítulo uno, Cómo entender a los búhos. Desentrañar su misterio, del que se desprende algo muy importante para situar científicamente al símbolo de la filosofía, la lechuza Tyto Alba, perteneciente a la especie Tytonidae: “Impulsar el recuento de especies y modificar el árbol genealógico de los búhos también supone una comprensión más profunda de especies de búhos ya conocidas. Al examinar más detenidamente las estructuras del cuerpo, las vocalizaciones y el ADN, los científicos están encontrando suficientes diferencias entre las poblaciones como para escindir una especie en dos o más especies. Veamos por ejemplo las lechuzas comunes. Siendo el linaje de búhos más antiguo, probablemente aparecieron por primera vez en Australia o África, se expandieron por el Viejo Mundo y ahora viven en casi todos los continentes. Como son parecidas en toda su área de distribución, en su momento fueron clasificadas como una sola especie. Pero los búhos nos enseñan que las apariencias pueden engañar. Unos estudios del ADN han revelado que las Tytonidae, el nombre científico de las lechuzas comunes, son en realidad un rico complejo de al menos tres especies, con un total de unas veintinueve subespecies. Y puede haber otras en lugares remotos que aún no han sido reconocidas. Asimismo, los investigadores han usado recientemente la genética para determinar con exactitud dos nuevas especies de búhos chillones de Brasil que habían sido agrupadas con otras especies sudamericanas: el búho chillón de Alagoas, de la selva tropical atlántica, y el búho chillón de Xingu, de la Amazonia. Los dos búhos están amenazados por la deforestación y se hallan en peligro de extinción”.

Esta singladura tan especial la justifico hoy porque leí ayer una entrevista publicada en elDiario.es, Jennifer Ackerman, naturalista: “Ojalá fuéramos como los búhos y escucháramos sin hacer tanto ruido”, realizada por Antonio Martínez Ron, que me ha parecido fascinante, sobre todo porque me ha reforzado mi aprecio por esta lechuza tan inteligente, contestando a la primera pregunta del entrevistador: “Advierte usted de que estamos ante una “cuenta atrás para la extinción de los búhos” ¿Cómo sería un mundo sin estas aves? Creo que el mundo sería un lugar mucho más pobre. Realmente le dan magia y misterio al paisaje y a la vez están presentes en las historias de muchísimas culturas. Los búhos tienen un enorme valor simbólico para los humanos, aparecen en nuestro arte y en nuestros objetos, ocupan un lugar tan importante en nuestra imaginación que no puedo pensar en un mundo sin ellos”. Asimismo, la pregunta y respuesta final de la entrevista encierra un mensaje que cobra en la actualidad importancia extrema: “Estar callados y mirar alrededor, ¿es una filosofía de vida con la que nos iría mejor a los humanos? Desde luego. ¡Ojalá fuéramos un poco más como los búhos y escucháramos más sin hacer tanto ruido!”.

Tyto Alba está muy presente en mi vida, sobre todo porque en el silencio, algo tan característico de esta especie, la capacidad de admiración se hace muy presente en nuestro acontecer diario. Tengo que reconocer que la atención es algo que me preocupa dese hace ya muchos años, quizás porque estoy educado en la necesidad de admirarme de las personas y de casi todas las cosas, como tantas veces he explicado en este cuaderno digital. Siempre he sentido curiosidad por todo, en un mundo plagado de cotilleo y cotillas, aunque bautizado últimamente como “el universo del entretenimiento” donde todo cabe y en el que la cultura digna brilla por su ausencia. Siempre he sentido la necesidad de comprender qué es admirarse ante lo que ocurre en nuestras vidas, prestándole mucha atención, por muy intranscendente que sea o supuestamente inútil, algo que solo se consigue a través de la admiración, actitud que simbolizó para Aristóteles el comienzo de la filosofía, entendida como la capacidad que tiene el ser humano de admirarse de todas las cosas, de las personas, de sentir curiosidad diaria de por qué ocurren las cosas, de cómo pasa la vida, tan callando. Mi profesor de filosofía, hace ya muchos años, lo expresaba en un griego impecable, con un sonido especial, gutural y sublime, que convertía en un momento solemne de la clase esta aproximación a la sabiduría en estado puro: jó ánzropos estín zaumáxein panta (sic: anímese a leerlo conmigo tal cual y pronunciarlo como él). Es uno de los asertos que me acompañan todavía en muchos momentos de mi vida, en los que la curiosidad sigue siendo un motivo para la búsqueda diaria del sentido de ser y estar en el mundo, de admirarme todos los días de él. Tengo que reconocer que tener presente a Tyto Alba en mi imaginario diario, me ha abierto muchos caminos para navegar por los mares procelosos de la vida.

En 2018, el año en que Tyto Alba, la lechuza común, fue declarada ave del año por su peligro de extinción en España, escribí un artículo, 2018 ha sido un año difícil para las damas de la noche en silencio, que cobra hoy una especial importancia en el contexto de la nueva publicación, porque detecto que existe preocupación mundial por la realidad científica de estas aves. Al estar tan íntimamente ligada a la filosofía, las declaré a ambas como “damas de la noche”, con su trabajo atento y en silencio, porque son grandes desconocidas y desarrollan un trabajo extraordinario. Solo necesitan la noche en silencio para cumplir su cometido (el que quiera entender que entienda). Lo necesitamos urgentemente, porque estamos obligatoriamente obligados a filosofar y a crear conciencia crítica de lo que nos pasa, porque de lo que estamos cada vez más seguros es que no sabemos lo que nos pasa. El auténtico problema de los curiosos que nos admiramos de las preguntas que nos hacemos en vida, es que cuando nos aproximamos a ellas y las interiorizamos para aprender de las respuestas que vislumbramos, la vida ordinaria nos las cambia. Es lo que aprendí un día de Mario Benedetti: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. Y vuelta a empezar, porque la curiosidad -en expresión genuina del escritor Alberto Manguel – es “el motor de nuestras vidas”, en un mundo que se agota en la mediocridad ruidosa de lo cotidiano.

De ahí la importancia de leer con la atención que merece esta nueva publicación, La sabiduría de los búhos, como aviso para navegantes, descubierta por mi parte como una isla desconocida en el archipiélago mundial de la incapacidad de admiración y atención ante la belleza de la vida que tenemos los seres humanos por el actual y controvertido mundanal ruido, el que Fray Luis de León detestaba de forma especial, enseñándonos a seguir la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido: despiértenme las aves / con su cantar sabroso no aprendido; / no los cuidados graves / de que es siempre seguido / el que al ajeno arbitrio está atenido.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Un Sábado Laico lleno de preguntas sin respuesta alguna

Sevilla, 30/III/2024

Como recuerdo simbólico de las 7.291 personas mayores que murieron en las Residencias de Madrid durante los primeros meses de la pandemia, sin atención sanitaria, abandonadas a su suerte; también, recordando a sus familias, porque merecen nuestro respeto y denuncia continua de lo sucedido, sin descanso, sin silencios cómplices de todo tipo, hasta que se sepa la verdad de lo que ocurrió y se depuren las responsabilidades públicas de muertes que se pudieron evitar.

Sevilla está muy presente estos días en mi persona de secreto. Hoy me acuerdo…, como decía Joe Brainard, una vez más, que en diciembre de 2018 asistí a un acto en el Consulado General de Portugal en esta ciudad, con motivo de la celebración del día de la lectura en Andalucía, en el que se homenajeaba a José Saramago y en el que su viuda, Pilar del Río, contó una anécdota sobre el origen del libro más polémico de su compañero de vida. Paseando los dos en Sevilla por la calle Sierpes, se volvió Saramago hacia el célebre quiosco de Curro situado en la zona de La Campana y allí vio escritas unas palabras que luego dieron el título a una obra preciosa: El evangelio según Jesucristodenostada por el Vaticano, incluso en un obituario dedicado al fallecimiento del autor, en junio de 2010, a modo de libelo de repudio, de Claudio Toscani, publicado en L´Osservatore Romano (El observador romano), periódico oficial de la Iglesia Católica, bajo el título de L´onnipotenza (presunta) del narratore, que juzgaba esta obra como un “desafío a las memorias del cristianismo del que no se sabe qué salvar si, entre otras cosas, Cristo es hijo de un Padre que, imperturbable, lo manda al sacrificio; que parece entenderse mejor con Satanás que con los hombres; que dirige el universo con potestad y sin misericordia. Y Cristo no sabe nada de Sí mismo hasta que se encuentra a un paso de la Cruz; y que María fué para él una madre ocasional; y que a Lázaro se le deja en la tumba para no destinarlo a una muerte suplementaria. Irreverencias a parte, la esterilidad lógica, antes que teológica, de esos asuntos narrativos, no produce la deconstrucción ontológica buscada, sino que se enrosca en una parcialidad dialéctica tan evidente que es preciso negarle toda credibilidad”.

Aquella mirada de Saramago, en un momento mágico para Sevilla, es justo recordarla hoy, porque lo que ayer fue duda hoy se puede convertir en certeza, intentando comprender el final de aquella obra nacida curiosamente en esta tierra, cuando Dios decía: “[…]: Hombres, perdonadle [a Jesús], porque él no sabe lo que hizo. Luego se fue muriendo en medio de un sueño, estaba en Nazareth y oía que su padre le decía, encogiéndose de hombros y sonriendo también, Ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas”.

Hoy, quiero recordar al ciudadano Jesús del que tantas veces he hablado en este cuaderno digital, al que descubrí con seis años en Madrid, viendo aquella película del régimen que me enseñó muchas cosas, Marcelino, Pan y Vino, entre ellas admirar a ese Jesús del madero que fue antes un niño proletario y cómo Marcelino me animó a decir en mi casa que conocía a alguien que se llamaba “dios” y que sabía que tenía un amigo imaginario de nombre Manuel, que siempre tuvo un sitio en mi alma de niño. En este mundo tan complejo, siento la ausencia de esos amigos de la infancia, de ese líder de juventud, Jesús, comprendiendo mejor que nunca lo que Saramago quería transmitir en su atrevida lectura laica del evangelio, cuando nos recordaba que su padre le decía a Jesús aquello de “ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas”.

Inolvidable libro, porque después de haber pasado tanto tiempo, sigo pensando lo mismo que el Nobel portugués. O lo que es lo mismo, … tras un día, otro viene, y lo que ayer fue duda hoy se convierte en certeza, a pesar de que sigo sin encontrar respuestas a la mayor parte de las grandes preguntas de la vida. Quizás, porque aquellas palabras agónicas del ciudadano Jesús, sobre el abandono que sintió aquel día lejano que se recuerda en la Semana Santa, ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?, nueve palabras en español, cuatro en hebreo, siguen todavía sin respuesta alguna para el común de los mortales, los nadieslos hijos de nadie, los dueños de nada, a los que defendió siempre Eduardo Galeano en su compromiso social y laico, entre las dudas y certezas de cada día, incluso hoy, en un sábado universal, santo y laico, por la gracia de Dios y de la democracia.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Impresiones de García Lorca sobre la Semana Santa en Granada

Federico García Lorca en la emisora Unión Radio en 1929 / PERIODICO

Granada debe conservar para ella y para el viajero su Semana Santa interior; tan interior y tan silenciosa, que yo recuerdo que el aire de la vega entraba, asombrado, por la calle de la Gracia y llegaba sin encontrar ruido ni canto hasta la fuente de la Plaza Nueva.

Federico García Lorca, en Semana Santa en Granada

Sevilla, 28/III/2024

Preparando los avíos en tierra para iniciar la singladura de hoy hacia islas desconocidas, he localizado un mapa literario que me ha recordado unas palabras en prosa de Federico García Lorca, entre la escasa obra en este género que nos legó. Se trata de unas “impresiones” sobre la Semana Santa en Granada (1), la ciudad que tanto amó y que tan mal lo trató. He vuelto a leerlas, descubriendo nuevas formas de comprender el alma secreta del poeta. Lo comparto en este Jueves Santo, porque necesito su compañía en este mundo al revés, turbulento y descreído, tan falto de horizontes próximos de grandeza democrática y ciudadana. Sobre todo, porque en plena Semana Santa, atento a las palabras del poeta, estoy lejos del “tumulto barroco de la universal Sevilla”.

El viajero sin problemas, lleno de sonrisas y gritos de locomotoras, va a las fallas de Valencia. El báquico, a la Semana Santa de Sevilla. El quemado por un ansia de desnudos, a Málaga. El melancólico y el contemplativo, a Granada, a estar solo en el aire de albahaca, musgo en sombra y trino de ruiseñor que manan las viejas colinas junto a la hoguera de azafranes, grises profundos y rosa de papel secante que son los muros de la Alhambra.

 A estar solo. En la contemplación de un ambiente lleno de voces difíciles, en un aire que a fuerza de belleza es casi pensamiento, en un punto neurálgico de España donde la poesía de meseta de San Juan de la Cruz se llena de cedros, de cinamomos, de fuentes, y se hace posible en la mística española ese aire oriental, ese ciervo vulnerado que asoma, herido de amor, por el otero.

A estar solo, con la soledad que se desea tener en Florencia; a comprender cómo el juego de agua no es allí juego como en Versalles, sino pasión de agua, agonía de agua.

O para estar amorosamente acompañado y ver cómo la primavera vibra por dentro de los árboles, por la piel de las delicadas columnas de mármoles, y cómo suben por las cañadas arrojando a la nieve, que huye asustada, las bolas amarillas de los limones.

El que quiera sentir junto al aliento exterior del toro ese dulce tictac de la sangre en los labios, vaya al tumulto barroco de la universal Sevilla; el que quiera estar en una tertulia de fantasmas y hallar quizá una vieja sortija maravillosa por los paseíllos de su corazón, vaya a la interior, a la oculta Granada. Desde luego, se encontrará el viajero con la agradable sorpresa de que en Granada no hay Semana Santa. La Semana Santa no va con el carácter cristiano y anti espectacular del granadino. Cuando yo era niño, salía algunas veces el Santo Entierro; algunas veces, porque los ricos granadinos no siempre querían dar su dinero para este desfile.

Estos últimos años, con un afán exclusivamente comercial, hicieron procesiones que no iban con la seriedad, la poesía de la vieja Semana de mi niñez. Entonces era una Semana Santa de encaje, de canarios volando entre los cirios de los monumentos, de aire tibio y melancólico como si todo el día hubiera estado durmiendo sobre las gargantas opulentas de las solteronas granadinas, que pasean el Jueves Santo con el ansia del militar, del juez, del catedrático forastero que las lleve a otros sitios. Entonces toda la ciudad era como un lento tiovivo que entraba y salía de las iglesias sorprendentes de belleza, con una fantasía gemela de las grutas de la muerte y las apoteosis del teatro. Había altares sembrados de trigo, altares con cascadas, otros con pobreza y ternura de tiro al blanco: uno, todo de cañas, como un celestial gallinero de fuegos artificiales, y otro, inmenso, con la cruel púrpura, el armiño y la suntuosidad de la poesía de Calderón.

En una casa de la calle de la Colcha, que es la calle donde venden los ataúdes y las coronas de la gente pobre, se reunían los «soldaos» romanos para ensayar. Los «soldaos» no eran cofradía, como los jacarandosos «armaos» de la maravillosa Macarena. Eran gente alquilada: mozos de cuerda, betuneros, enfermos recién salidos del hospital que van a ganarse un duro. Llevaban unas barbas rojas de Schopenhauer, de gatos inflamados, de catedráticos feroces. El capitán era el técnico de marcialidad y les enseñaba a marcar el ritmo, que era así: «porón…, ¡chas!», y daban un golpe en el suelo con las lanzas, de un efecto cómico delicioso. Como muestra del ingenio popular granadino, les diré que un año no daban los «soldaos» romanos pie con bola en el ensayo, y estuvieron más de quince días golpeando furiosamente con las lanzas sin ponerse de acuerdo. Entonces el capitán, desesperado, gritó: «Basta, basta; no golpeen más, que, si siguen así, vamos a tener que llevar las lanzas en palmatorias», dicho granadinísimo que han comentado ya varias generaciones.

Yo pediría a mis paisanos que restauraran aquella Semana Santa vieja, y escondieran por buen gusto ese horripilante paso de la Santa Cena y no profanaran la Alhambra, que no es ni será jamás cristiana, con ta-ta-chín de procesiones, donde lo que creen buen gusto es cursilería, y que sólo sirven para que la muchedumbre quiebre laureles, pise violetas y se orinen a cientos sobre los ilustres muros de la poesía. Granada debe conservar para ella y para el viajero su Semana Santa interior; tan interior y tan silenciosa, que yo recuerdo que el aire de la vega entraba, asombrado, por la calle de la Gracia y llegaba sin encontrar ruido ni canto hasta la fuente de la Plaza Nueva.

Porque así será perfecta su primavera de nieve y podrá el viajero inteligente, con la comunicación que da la fiesta, entablar conversación con sus tipos clásicos. Con el hombre océano de Ganivet, cuyos ojos están en los secretos lirios del Darro; con el espectador de crepúsculos que sube con ansias a la azotea; con el enamorado de la sierra como forma sin que jamás se acerque a ella; con la hermosísima morena ansiosa de amor que se sienta con su madre en los jardinillos; con todo un pueblo admirable de contemplativos, que, rodeados de una belleza natural única, no esperan nada y sólo saben sonreír.

El viajero poco avisado encontrará con la variación increíble de formas, de paisaje, de luz y de olor la sensación de que Granada es capital de un reino con arte y literatura propios, y hallará una curiosa mezcla de la Granada judía y la Granada morisca, aparentemente fundidas por el cristianismo, pero vivas e insobornables en su misma ignorancia.

La prodigiosa mole de la catedral, el gran sello imperial y romano de Carlos V, no evita la tiendecilla del judío que reza ante una imagen hecha con la plata del candelabro de los siete brazos, como los sepulcros de los Reyes Católicos no han evitado que la media luna salga a veces en el pecho de los más finos hijos de Granada. La lucha sigue oscura y sin expresión… ; sin expresión, no, que en la colina roja de la ciudad hay dos palacios, muertos los dos: la Alhambra y el palacio de Carlos V, que sostienen el duelo a muerte que late en la conciencia del granadino actual.

Todo eso debe mirar el viajero que visite Granada, que se viste en este momento el largo traje de la primavera. Para las grandes caravanas de turistas alborotadores y amigos de cabarets y grandes hoteles, esos grupos frívolos que las gentes del Albaycín llaman «los tíos turistas», para ésos no está abierta el alma de la ciudad.

NOTA: Estas impresiones, a modo de alocución, sobre “Semana Santa en Granada”, aunque figuran compiladas en ediciones de sus Obras Completas, junto a Impresiones y Viajes, publicada en 1918, no figura en ellas, porque son de fecha posterior, salvo error u omisión, concretamente del 5 de abril de 1936, en formato de alocución radiofónica, en Unión Radio. Asimismo, la imagen que encabeza este artículo se ha recuperado hoy de Lorca, de viva voz (elperiodico.com).

(1) García Lorca, Federico, Semana Santa en Granada, en Otras impresiones y paisajes. Obras completas, I (19ª edición), Madrid: Aguilar, p. 941-944, 1995. 

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Martes Laico, el día de la eterna pregunta: ¿acaso soy yo?

Leonardo da Vinci, Il Cenacolo (1495-1498), fragmento en el que aparecen por este orden Judas, Pedro y Juan

Sevilla, 26/III/2024 (publicado anteriormente el 16 de abril de 2003 / actualizado)

La Iglesia Católica fija en el Martes Santo los acontecimientos de la traición de Judas y de las negaciones de Pedro, sus silencios cómplices en definitiva. A pesar del tiempo transcurrido, Judas, y lo que representa, sigue vivo entre nosotros y recobrando cada día que pasa más actualidad. Desde una perspectiva laica, hoy es un día para recordar ciertos relatos históricos sobre la vida apasionante de un líder carismático, Jesús de Nazareth, al que profeso admiración, al visualizarse también la de un traidor de nombre Judas, un enemigo contemporáneo suyo, amante del dinero de procedencia dudosa y de silencios cómplices, como personaje miserable y mediocre, de libro, que tanto detesto. Hoy he vuelto a identificarlo para quedarme con su cara, por lo que simboliza, en una obra maestra que no olvido, La Última Cena (Il Cenacolo), pintada de forma magistral por Leonardo da Vinci, obra que se conserva con celo reverencial en la iglesia de Santa María delle Grazie en Milán desde el siglo XV.

Jesús lo dijo de forma directa y escueta, según nos lo cuenta el joven periodista Marcos (Mc. 14, 17-21) en aquellos días previos a su detención y muerte: “Y al atardecer, llega él con los Doce. Y mientras comían recostados, Jesús dijo: “Yo os aseguro que me entregará uno de vosotros, que come conmigo”. Ellos empezaron a entristecerse y a decirle uno tras otro: “¿Acaso soy yo?”. Él les dijo: “Uno de los Doce que moja conmigo en el plato. Porque el Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquél por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!”.

Leonardo da Vinci captó aquellas palabras de forma magistral, pintando a dos de los apóstoles que ya habían demostrado su lealtad, Simón Pedro y Juan junto a Judas, el tesorero del grupo, que no soltaba la bolsa con el dinero por el que vendería a Jesús, teóricamente su amigo, con un gesto de cierta sorpresa, algo muy clásico en los miserables y mediocres. Lo refrendaría poco tiempo después el beso a Jesús como señal para su detención, que el joven Marcos lo narró con alma periodística (Mc. 14, 43-46): “Todavía estaba hablando, cuando de pronto se presenta Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, de parte de los sumos sacerdotes, de los escribas y de los ancianos. El que le iba a entregar, les había dado esta contraseña: “Aquél a quien yo dé un beso, ése es, prendedle y llevadle con cautela”. Nada más llegar, se acerca a él y le dice: “¡Rabbí (Maestro)!”, y le besó. Ellos le echaron mano y le prendieron”.

Estaban avisados y ya lo comentó Juan con detalle en su evangelio (Jn 12,1-8), cuando afirmó que Judas se quedaba con el oro destinado a los pobres: «Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde se encontraba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le ofrecieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?”. -No decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella-. Jesús dijo: “Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis». Esa es la tragedia, porque las personas traidoras, corruptas y mediocres, además con poder, hacen mucho daño a las personas de bien, como no los recordaba admirablemente Jorge Wagensberg y que no olvido: “Lo mediocre es peor que lo bueno, pero también es peor que lo malo, porque la mediocridad no es un grado que pueda mejorar o empeorar, es una actitud. Todo mediocre cree haber descubierto lo que es poder: poder es poder hacer sufrir”.

Judas es un prototipo de persona que perdura a día de hoy. Era todo un clásico, tradicional por antonomasia, conocido como Iscariote, nacido en Kariot, un entorno conservador al sur de Judea, lo que no le supuso problema alguno de conciencia en la traición a Jesús, que ya lo conocía bien por alguna que otra fechoría económica durante el tiempo que pasaron juntos y porque no supo apreciar nunca el valor de la amistad honrada y verdadera. La historia de la literatura en relación con Judas no ha perdido tampoco el tiempo, incluso para buscar una posible justificación a su infamia. Es lo que propuso Jorge Luis Borges con un cuento inquietante y metafórico, Tres versiones de Judas, donde expone lo que un autor de principio de siglo, Nils Runeberg, intentó desarrollar en una publicación de 1904, Cristo y Judas, con un epígrafe inquietante: No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas. No acabó bien su autor a pesar de su esfuerzo por justificar lo que no había por donde cogerlo. Creo que el papel de Judas en la historia no merece muchas explicaciones. No supo apreciar lo que le ofreció un gran amigo y, además, no aprendió nada con él. Sólo quería mantener su puesto de tesorero del grupo de Jesús y traicionarle por treinta monedas entregadas por la Autoridad Competente de su tierra, religiosa por supuesto, confundiendo una vez -como todo necio- valor y precio. Nada más y nada menos, porque como tantas veces ha ocurrido en la historia, ocurre hoy y ocurrirá en el futuro, están más cerca de nosotros de lo que creemos. Ante las situaciones difíciles de la vida, los nuevos Judas, como salvadores mayores del Reino del Mundo y de este País, harán como el protagonista del cuento de Borges: intentar justificar lo injustificable, argumentando que no una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a los traidores integrales, son falsas.

¿Acaso soy yo? ¡Qué pregunta tan inquietante!, porque la verdad radica en que deberíamos hacernos muchas veces esa pregunta a la hora de asumir responsabilidades de todo tipo, sobre todo a la hora de identificar a los nuevos Judas redivivos, ante lo que cada día está pasando y estamos viendo, como si todo fuera una película jamás contada. Para que todo lo anterior no se nos olvide en este martes santo y laico a la vez, cuando la dura realidad es que, a pesar de la existencia de esos nuevos Judas que pululan por el mundo, seguimos teniendo muchos pobres y nadies entre nosotros, a las que miles de personas anónimas, como casi siempre, les ofrecen en vida todo lo que tienen, sin nada a cambio, aunque sabemos que incluso algunas llegan a entregarles sus vidas. Las palabras en clave de Jesús ante Judas, en Betania, nos lo recuerda hoy con la calidad que nuestros mayores han protegido siempre la tradición oral de su creencia hasta nuestros días. Lo que es incontestable es que los nuevos Judas están mucho más cerca de nosotros de lo que a veces pensamos. Leonardo da Vinci, entre otros, dio fe de ello en Il Cenacolo. Para que no se olvide en estos tiempos tan modernos y laicos.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Hoy comienza, también, una semana laica, de miradas íntimas, en las aceras de Sevilla


Jane Jacobs, 1916-2006 / Josh Cochran

Bajo el aparente desorden de la ciudad vieja, en los sitios en que la ciudad vieja funciona bien, hay un orden maravilloso que mantiene la seguridad en las calles y la libertad de la ciudad. Es un orden complejo. Su esencia es un uso íntimo de las aceras acompañado de una sucesión de miradas.

Jacobs, Jane, Muerte y vida en las grandes ciudades americanas, 1961.

Sevilla, 24/IV/2024

Una vez más, utilizo la escritura circular, porque lo que escribo en este cuaderno digital siempre está alineado con mis principios y, a diferencia del famoso aserto de Groucho Marx, si no gustan no tengo otros. Por este motivo, hoy, cuando comienza la Semana Santa según el calendario gregoriano, me referiré a ella también, con profundo respeto reverencial a la fe de mis mayores, como la Semana Laica, recordando de nuevo lo que varias veces he escrito en este cuaderno digital que busca «islas desconocidas», cuando comienza hoy una semana singular en este país y, especialmente, en Sevilla.

Personalmente, sigo admirando a las personas que cuando leen a Antonio Machado comprenden bien unos versos revolucionarios suyos, laicos: ¡Oh, no eres tú mi cantar! / ¡No puedo cantar, ni quiero / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar!. Soy consciente también de lo que significa para esta ciudad la Semana Santa, donde todo gira en torno a una explosión de sentimientos, emociones, afectos, olores, silencios, aceras laicas, como he escrito en diversas ocasiones sobre la realidad social de esta Semana especial, con una visión laica, en su significado más acorde con el vocabulario español: semana laica, es decir, semana independiente de cualquier organización o confesión religiosa (RAE). Vuelvo a leer detenidamente aquellos textos, en su contexto actual, actualizándolos en lo que considero que es necesario cambiar que, por cierto, es muy poco. O nada.

En 2006 escribí por primera vez sobre la visión laica de esta Semana Santa tan particular, en un momento especial de investigación porque estaba leyendo un libro extraordinario, “Sistemas emergentes”, de Steven Johnson (Turner-Fondo de Cultura Económica), que sigue teniendo una actualidad científica recomendable sobre todo para amantes de días y semanas laicas. Los sistemas sociales emergentes ratifican a diario, que incluso en las semanas laicas (cualquiera del año) la sociedad se organiza habitualmente en torno a lo que le interesa, es decir, dan lugar a comportamientos inteligentes. La que llaman algunos “la Sevilla de toda la vida” se organiza durante muchos días de las semanas “laicas” con las miradas puestas en la “Semana Santa”, la única, la principal del año, la “grande”, la definitiva.

Vuelvo a constatar que el mundo sólo tiene interés hacia adelante, sobre todo en semanas laicas, en las que estamos muy interesados los que no pertenecemos a lo que en esta ciudad se llama «la Sevilla de toda la vida». Los sistemas emergentes, de abajo hacia arriba, siguen marcando las pautas de comportamiento colectivo. Cada uno sabe de lo suyo. Las agencias de viaje, atómicas o digitales, han organizado tradicionalmente también las vacaciones de esta semana a lo laico, es decir, sin ferias ni festejos cristianos, judíos y musulmanes, preparando una escapada para compensar la fuerza de lo santo. La economía se adapta a esta realidad santa y hace su semana muy particular de mercado por tierra, mar y aire.

Me acuerdo también en estas fechas de lo que he escrito en este cuaderno digital sobre las familias enteras, procedentes de los barrios deshechos en Sevilla por el boom inmobiliario, hoy víctimas de la gentrificación pura y dura, que vuelven en esta Semana Santa a su lugar de origen para recuperar las señas de identidad que les arrancó la especulación y su pretendido -por otros no inocentes-“mejor nivel de vida”, aunque hayan perdido el valor del contacto familiar y de la vida compartida en las aceras laicas, porque viven en estado de alerta en los nuevos adosados o en bloques verticales, blindados ante la inseguridad ciudadana, en una dialéctica permanente vivienda/murienda. Con la excusa de la “Semana Santa”, de su cofradía de toda la vida, de su “Señor o Señora de Sevilla”, vuelven a los barrios que los vieron nacer, para recuperar, aunque solo sean unas horas, sus tiendas, sus colegios, sus plazas, el uso íntimo de sus aceras de siempre, donde se hacía eso, vivir la vida dignamente. Es decir, sus días laicos, sus semanas laicas, donde solo tiene sentido “ese Jesús de la agonía que era la fe de sus mayores”, como decía Antonio Machado. Las aceras existen, en definitiva, para crear el “orden complejo” de la ciudad, como afirma Steven Johnson en el libro que comento más adelante.

Jane Jacobs, la autora de uno de los libros que supuso la revolución urbanística más importante en Estados Unidos, Muerte y vida en las grandes ciudades americanas (1), que falleció en 2006 en Toronto (Canadá) a los 89 años, aportó una de las teorías más alentadoras sobre cómo se vive en las aceras de las ciudades, cuestión que en días laicos y santos pasa sin pena ni gloria en la vida ordinaria de los planificadores de la vida, sea cual sea su condición, pero que su mención científica sigue siendo un contrapunto impresionante ante la especulación actual inmobiliaria y urbana a todos los niveles. Su muerte fue una noticia amarga porque dejaba de estar en el mundo una de sus defensoras acérrimas, en clave positiva, que demostraba como acción posible la de la existencia de un urbanismo humanista, defensora del diseño y la construcción de los barrios en las ciudades que obedezca siempre a leyes sociales de convivencia y relación entre personas obligatoriamente obligadas a vivir en común y ser miembros de una entidad que ha cambiado el nombre identificador obligado por el nuevo lenguaje de género: la ciudadanía.

En la Semana Santa, las aceras de Andalucía funcionan como soporte de interacciones sociales viendo y sintiendo las procesiones. No digamos en Sevilla. Aunque desde la otra acera de la inteligencia digital conectiva siempre me ha encantado saber que Jesús de Nazareth, en su ataque continuo de humanidad, se cansaba y se dormía, porque estaba hecho polvo, en el cabezal del barco (Mc 8,23). O como Machado decía en su precioso poema (La Saeta, 1914), refiriéndose a una forma muy especial del cante andaluz (RAE: acción y efecto de cantar cualquier canto popular andaluz o próximo):

¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!

¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!

¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

Volveré a leer en esta semana laica, como todas las demás, el libro de Steven Johnson, recuperado de mi biblioteca de cabecera, mi clínica del alma. Se me han vuelto a ocurrir muchas cosas tras la reflexión a la que me llevaron en su momento sus primeras páginas. Y con motivo de esta cita puntual, deseo transformar esta semana santa de la fe de mis mayores (sic, según el calendario católico, gregoriano por más señas) en una semana normal, laica, reinterpretando -porque me duele- lo que ocurre a mi alrededor, que es bastante preocupante por los estragos humanos y económicos que está suponiendo el entorno mundial actual, incluida la trágica y dolorosa invasión de Ucrania o la guerra en Gaza . Considero también que el subtítulo del libro sigue sin dejar tranquilo a nadie: “O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software”. Casi nada: la inteligencia, entendida como capacidad y adiestramiento para resolver los problemas de todos los días, compartida en un mundo laico que parece a veces diseñado por el enemigo. Inteligencia digital ahora a través de lo que se ha convertido en la gran ayuda para comunicarnos cuando en estos días de gran preocupación mundial , volvemos a pisar las aceras laicas de Jacobs, informados o no con los teléfonos inteligentes, ordenadores y tabletas, las radios y el mando del televisor o nuestra voz que, en algunas ocasiones, da órdenes a un asistente virtual que hace todo lo posible por entender lo que le estoy diciendo. Que tenga en cuenta mi dolor, ya es otra cosa, laica casi siempre, por cierto, aunque Stefan Zweig me recuerda siempre algo muy importante en el acontecer diario de esta sacrosanta ciudad: […] En Sevilla se puede ser feliz […] ¿No es una maravilla el hecho de que los hombres y el destino trabajen juntos durante siglos para construir una ciudad, y al final resulte una sonrisa en el rostro de la vida? (2). Sonrisas y lágrimas en una semana laica, paseando por sus aceras íntimas.

(1) Jacobs, Jane, Muerte y vida en las grandes ciudades americanas, 1961, pág. 50. Nueva York: Vintage.

(2) Zweig, Stefan, De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia, 2015. Madrid: Sequitur.

NOTA: la imagen de Jane Jacobs se ha recuperado de //www.theatlantic.com/magazine/archive/2016/11/the-prophecies-of-jane-jacobs/501104/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

La primavera, según Luis Cernuda, llama a nuestro corazón e ilumina nuestra mente

Pero la primavera está ahí, loca y generosa. Llama a tus sentidos, y a través de ellos a tu corazón, adonde entra templando tu sangre e iluminando tu mente

Luis Cernuda, La Primavera, en Ócnos

Sevilla, 20/III/2024

Hoy ha comenzado la primavera a la 4:06 horas, con un tiempo definido de 92 días y 18 horas, para vivirla dignamente hasta el 20 de junio. Llega, silenciosa, ante el ruido externo de un mundo al revés, como una buena noticia que nunca falla. Por este motivo vuelvo a publicar, actualizado, el artículo que hace dos años escribí en este cuaderno digital sobre este regalo de la naturaleza, a la que tanto maltratamos, pero que ella vuelve una vez más a entregarnos su júbilo, que según Cernuda, vence la desesperanza y el miedo al iluminar nuestra mente. Al fin y al cabo, sentimiento circular en estado puro.

Pasé recientemente muy cerca de su casa natal en la calle Conde de Tójar, 6 (hoy, Acetres) de esta ciudad, la futura casa de los poetas y de la poesía, recordándole de nuevo, como siempre, ante la llegada de esta estación meteorológica tan especial en su fondo y forma, habiendo aprendido de él a valorarla en su justo sentido, con sus sentimientos e emociones. Cuando llega esta estación, la primavera en Sevilla, Cernuda me recuerda siempre cosas importantes con su prosa poética, porque lo único que sabemos es que no sabemos en realidad lo que nos pasa y él nos ayuda a entenderlo (1), fundamentalmente porque estamos atravesando una etapa histórica plagada de dificultades y sinsentidos en un mundo y un país al revés. En este caso, cuando en una obra suya preciosa canta a la primavera recordando a su tierra natal desde la tragedia del exilio, añorando cómo la naturaleza, a pesar de todo, cuida a Sevilla:

Este año no conoces el despertar de la primavera por aquellos campos, cuando bajo el cielo gris, bien temprano a la mañana, oías los silbos impacientes de los pájaros, extrañando en las ramas aún secas la hojosa espesura húmeda de rocío que ya debía cobijarles. En lugar de praderas sembradas por las corolas del azafrán, tienes el asfalto sucio de estas calles; y no es el aire marceño de tibieza prematura, sino el frío retrasado quien te asalta en tu deambular, helándote a cada esquina.

Abstraído en este imaginar, marchas con nostalgia por la avenida del parque, donde revuela espectral a ras de tierra y te precede, fugitiva ala terrosa, una hoja del otoño último. Tan reseca es y oscura, que se diría muerta años atrás; imposible su verdor y frescura idos, como la juventud de aquel viejo, inmóvil allá, traspuesta la reja, hombros encogidos, manos en los bolsillos, aguardando no sabes qué.

Al acercarte luego, hallas que el viejo tiene a sus pies manojos de flores tempranas, asfodelos, jacintos, tulipanes, de vívidos colores increíbles en esta atmósfera aterida. Casi da pena verlas así, expuestas en mercado norteño, como si ellas también sintieran su hermosura indefensa ante la hostilidad sombría del ambiente.

Pero la primavera está ahí, loca y generosa. Llama a tus sentidos, y a través de ellos a tu corazón, adonde entra templando tu sangre e iluminando tu mente; quienes a la invocación mágica, a pesar del frío, lo sórdido, la carencia de luz, no pueden contener el júbilo vernal que estas flores, como promesa suya, te han traído e infundido en tu miedo, tu desesperanza y tu apatía.

La primavera, con su luz y fragancia de azahar en Sevilla, llama a mis sentidos y se aloja en mi corazón, regalándome un júbilo de emociones y sentimientos, a modo de flores, que me ayudan a caminar en un mundo loco, al revés, que nos asola y nos da miedo, desesperanza y apatía, con una misión posible que necesitamos ahora más que nunca: iluminar la mente. También, para comprender qué significa la paz en tiempos de guerra, tan lejos, tan cerca.

En este contexto local y mundial, expreso a Luis Cernuda, mi paisano, el más sincero agradecimiento a su obra, porque siempre reconozco el trabajo que hizo con amor desde su alma exiliada, tan lejos de sus primaveras en Sevilla, cuando escribía estas palabras desde la sordidez de Escocia, que le llevaban a recordar entrañablemente su niñez y juventud en esta ciudad, en la que Stefan Zweig siempre pensó que se podía ser feliz. Aprendí de él algo muy importante que pidió a sus paisanos en esta sacrosanta ciudad: el reconocimiento a su trabajo bien hecho y envuelto en bellas palabras, que siempre lo merece ahora y en cualquier estación del año: «más el trabajo humano, con amor hecho, merece el reconocimiento de los otros». No lo olvido en este tiempo tan difícil y complejo, porque hoy día me duele todavía que su país y sus paisanos olvidemos algo simbólico que nos enseñó él a comprenderlo: el valor intrínseco de la poesía, de la prosa poética, porque la primavera, por ejemplo, llama a nuestros sentidos, y a través de ellos a nuestro corazón, adonde entra templando nuestra sangre e iluminando nuestra mente. ¿Existe algo más bello?

W. A. Mozart, Cuarteto de cuerda en sol mayor (Op. 14), K. 387, dedicado a Haydn, interpretado por el Hagen Quartet

Finalizo esta reflexión especial con un ejemplo del trabajo bien hecho de Mozart al ensalzar también la primavera, en una obra dedicada a Haydn en 1785, en un cuarteto recogido en su catálogo como No. 14 K. 387 in Sol mayor, fruto de un largo y laborioso trabajo, según sus palabras, del que he elegido el tercer movimiento (Andante cantabile), De la primavera, como homenaje al compositor salzburgués, interpretados por un cuarteto nacido en aquella ciudad, Hagen Quartet, que lo expresa de forma especial. Una delicia, en un día en el que la entrada de la nueva estación se celebra con una espera y esperanza sentidas. Para seguir viviendo y construyendo un mundo diferente, más amable, más cercano, más humano.

(1) Cernuda, Luis, La Primavera, en Ócnos (Poesía completa, vol. I), Madrid: Siruela, 1993.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Me he visto representado en un mural urbano

Gabriel, una pintura mural en Ondarroa (Vizcaya), de la artista belga Djoels

Sevilla, 17/III/2024

Hoy quiero compartir con la malla pensante de la humanidad, la Noosfera de Pierre Teilhard de Chardin, una imagen que vale más que mil palabras, porque creo que me representa a la perfección. Esta conclusión la he sacado de un pie de foto, en el diario El País, dedicado a un grafiti mural, Gabriel, una obra extraordinaria de arte urbano llevada a cabo por la artista belga Djoels, que figura en el puesto ocho de los mejores murales de 2023, según la nominación de la plataforma Street Art Cities, en el que ella explica el significado de su obra: “Gabriel es mi modelo. Lo que más me atraía era un hombre jubilado, amable y con aspecto de tener carácter. Pasó su vida en el mar, meses fuera de casa, pescando. Escuché historias emocionantes, incluso de mujeres y niños que se quedaron en tierra firme con miedo a que el padre no llegara sano y salvo a casa. Ahora fabrica barcos en miniatura. ¡Un verdadero artista!”, cuenta la creadora belga sobre el hombre que inspiró su trabajo. Se encuentra en la localidad vasca de Ondárroa, ciudad en la que estuvo durante tres semanas como parte del programa Kaminazpi Artist Residency. Se trata de una residencia artística de tres semanas: las dos primeras, los artistas se dedican a conocer la ciudad, su historia y sus vecinos, en la última empiezan el mural que ha sido inspirado por su estancia”.

La representación perfecta la atribuyo a mi pasión por la búsqueda de islas desconocidas subido a la carabela «La isla desconocida», que conocí a través de la lectura de un cuento precioso de José Saramago, El cuento de la isla desconocida, tantas veces citado en este cuaderno digital y que al igual que Gabriel, Gabriel Arrizabalaga, ex pescador de Ondarroa, que ahora lleva a cabo trabajos de maquetista, como se puede contemplar en el citado mural urbano, está siempre presente en mi vida ordinaria, una vez que entendí su mensaje, el porqué de su necesidad de que un rey le entregara un día un barco para navegar. Además, porque los artículos que publico casi a diario, son como una pequeña representación de la carabela de Saramago, con su declaración de intenciones dentro: «Y esa isla desconocida, si la encuentras, será para mí, A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas, También me interesan las desconocidas, cuando dejan de serlo, Tal vez ésta no se deje conocer, Entonces no te doy el barco, Darás. Al oír esta palabra, pronunciada con tranquila firmeza, los aspirantes a la puerta de las peticiones, en quienes, minuto tras minuto, desde el principio de la conversación iba creciendo la impaciencia, más por librarse de él que por simpatía solidaria, resolvieron intervenir en favor del hombre que quería el barco, comenzando a gritar. Dale el barco, dale el barco. El rey abrió la boca para decirle a la mujer de la limpieza que llamara a la guardia del palacio para que estableciera inmediatamente el orden público e impusiera disciplina, pero, en ese momento, las vecinas que asistían a la escena desde las ventanas se unieron al coro con entusiasmo, gritando como los otros, Dale el barco, dale el barco. Ante tan ineludible manifestación de voluntad popular y preocupado con lo que, mientras tanto, habría perdido en la puerta de los obsequios, el rey levantó la mano derecha imponiendo silencio y dijo, Voy a darte un barco, pero la tripulación tendrás que conseguirla tú, mis marineros me son precisos para las islas conocidas”.

Lo más sorprendente vino después, casi al final del cuento, cuando la mujer de la limpieza, la que decidió un día seguir de cerca al hombre que pidió al rey un barco, le dio la clave para encontrar islas desconocidas: “La aldaba de bronce volvió a llamar a la mujer de la limpieza, pero la mujer de la limpieza no está, dio la vuelta y salió con el cubo y la escoba por otra puerta, la de las decisiones, que apenas es usada, pero cuando lo es, lo es. Ahora sí, ahora se comprende el porqué de la cara de circunstancias con que la mujer de la limpieza estuvo mirando, ya que, en ese preciso momento, había tomado la decisión de seguir al hombre así que él se dirigiera al puerto para hacerse cargo del barco. Pensó que ya bastaba de una vida de limpiar y lavar palacios, que había llegado la hora de mudar de oficio, que lavar y limpiar barcos era su vocación verdadera, al menos en el mar el agua no le faltaría. No imagina el hombre que, sin haber comenzado a reclutar la tripulación, ya lleva detrás a la futura responsable de los baldeos y otras limpiezas, también es de este modo como el destino acostumbra a comportarse con nosotros, ya está pisándonos los talones, ya extendió la mano para tocarnos en el hombro, y nosotros todavía vamos murmurando, Se acabó, no hay nada más que ver, todo es igual«.

Aquella tripulante tan especial, la única que había decidido emprender singladuras hacia alguna parte con el hombre que ya poseía el barco entregado por el rey, pero sin tripulación alguna, le ofreció la clave de estas búsquedas de islas desconocidas: «Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual«.

Gracias a Gabriel Arrizabalaga, el verdadero nombre del modelo del mural, a quien Djoels ha pintado maravillosamente, he vuelto a recordar hoy mi singladura del día cuando escribo, con alma, estas palabras, cuando pinto los artículos con ellas, al igual que hace Gabriel con las pequeñas maquetas de sus barcos, a la espera de singladuras imaginarias. Yo también tengo una mujer cerca que me recuerda a diario que es necesario salir de la isla para ver la isla, porque no nos vemos si no nos salimos de nosotros mismos para contemplar el difícil mundo propio y el de los demás, sin perder la perspectiva ideológica de que, sobre todo, hay que luchar día a día por el interés general.

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