Aciertos breves para vivir dignamente

Baltasar Gracián

Sevilla, 18/I/2023

La vida es un camino muy largo en el que necesitamos pertrechos de aciertos para vivir con prudencia, a modo de guía del alma, tal y como lo aprendí en su día de Baltasar Gracián (Belmonte de Gracián, 8 de enero de 1601 – Tarazona, 6 de diciembre de 1658), en el prólogo de su afamado Oráculo Manual y el Arte de la Prudencia (1): “Ni al justo leyes, ni al sabio consejos; pero ninguno supo bastantemente para sí. Una cosa me has de perdonar y otra agradecer. El llamar Oráculo a este epítome de aciertos del vivir, pues lo es en lo sentencioso y lo conciso. El ofrecerte de un rasgo todos los doce Gracianes, tan estimado cada uno que el Discreto apenas se vio en España cuando se logró en Francia, traducido en su lengua, e impreso en su Corte. Sirva este de memorial a la razón en el banquete de sus sabios, en que registre los platos prudenciales que se le irán sirviendo en las demás obras, para distribuir el gusto genialmente”.

La verdad es que este libro que todavía alcanza éxito mundial de ventas en momentos delicados de la sociedad, sirve platos de prudencia, hasta trescientos exactamente, con el que hacer un menú casi a diario para aprender a vivir con acierto. A Gracián lo recordamos siempre por su famoso aforismo sobre la brevedad, “lo breve, si bueno, dos veces bueno”, aunque ignoramos su texto real y contexto, como aprendí también de un autor dedicado en cuerpo y alma a este género literario, Jorge Wagensberg, un divulgador de la ciencia muy necesario para este país, al que he seguido de cerca en una tarea muy inteligente de aprehender el mundo a través de los aforismos. Me gusta comprenderlos en el sentido que ya se definió por primera vez, en el siglo XVIII, en el Diccionario de Autoridades, tan querido por mí: “Sentencia breve y doctrinal, que en pocas palabras explica y comprehende la esencia de las cosas” (RAE A 1726, pág. 338,1). Y vuelven a estar de moda, quizá porque la velocidad que se imprime a la vida diaria necesita de estos “pretextos para textos fuera de contexto”, como lo definió Jorge Wagensberg en un artículo de opinión, extraordinario, que se publicó en el suplemento Babelia, de El País, en 2012 (2).

En relación con el aforismo anterior o acierto para vivir, en referencia a la brevedad, Gracián lo une al “plato prudencial” de no cansar, concretamente en el que ocupa el número 105 de su obra: “No cansar. Suele ser pesado el hombre de un negocio, y el de un verbo. La brevedad es lisonjera, y más negociante; gana por lo cortés lo que pierde por lo corto. Lo bueno, si breve, dos veces bueno, y aun lo malo, si poco, no tan malo. Más obran quintas esencias que fárragos; y es verdad común que hombre largo raras veces entendido, no tanto en lo material de la disposición cuanto en lo formal del discurso. Hay hombres que sirven más de embarazo que de adorno del universo, alhajas perdidas que todos las desvían. Escuse el Discreto el embarazar, y mucho menos a grandes personajes, que viven muy ocupados, y sería peor desazonar uno de ellos que todo lo restante del mundo. Lo bien dicho se dice presto”.

Cumplo con la indicación de Baltasar Gracián y finalizo hoy esta reflexión breve, tomando conciencia de que su libro de la prudencia es más necesario que nunca, a pesar de que contiene trescientos aciertos para vivir dignamente y uno final que no deja títere con cabeza en un mundo descreído como el nuestro, cuando lo resume todo en una solo plato, como postre espiritual para alcanzar el cénit de la prudencia: “En una palabra, santo, que es decirlo todo de una vez. Es la virtud cadena de todas las perfecciones, centro de las felicidades. Ella hace un sujeto prudente, atento, sagaz, cuerdo, sabio, valeroso, reportado, entero, feliz, plausible, verdadero y universal héroe. Tres eses hacen dichoso: santo, sano y sabio. La virtud es el sol del mundo menor, y tiene por hemisferio la buena conciencia; es tan hermosa, que se lleva la gracia de Dios y de las gentes. No hay cosa amable sino la virtud, ni aborrecible sino el vicio. La virtud es cosa de veras, todo lo demás de burlas. La capacidad y grandeza se ha de medir por la virtud, no por la fortuna. Ella sola se basta a sí misma. Vivo el hombre, le hace amable; y muerto, memorable”.

(1) Gracián, Baltasar, El arte de la prudencia, 2012, Barcelona: Ariel (Planeta), edición de Emilio Blanco.

(2) Wagensberg, Jorge (2012, 12 de mayo), Pretexto para un texto fuera de contexto, en Babelia (El País).

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Hay que prestar especial atención a la atención

Sevilla, 17/I/2023

Nada es para siempre.

Por eso debemos estar atentos, listos para el cambio, preparados para toda circunstancia porque la vida es como es, no como debería ser.

Facundo Cabral, en No estás Deprimido, estás Distraído

Navegando por el mar proceloso de cada día, he descubierto un libro para llevar en la mochila virtual, mental por supuesto, para guiar los pasos a la próxima isla por descubrir en nosotros mismos, tantas veces recordada gracias a Jose Saramago en su Cuento de la isla desconocida. Se trata de una obra publicada hace tan solo unos días, en la editorial Península, con un título atractivo en sí mismo: El valor de la atención. Por qué nos la robaron y cómo recuperarla, escrito por Johann Hari, cuya sinopsis oficial nos orienta en su contenido: “La atención ha entrado en una profunda crisis. ¿Cuáles son los motivos?, ¿quién nos la está robando?, y, más importante aún, ¿cómo podemos recuperar nuestra capacidad de concentración? Un demoledor ensayo que indaga en una de las grandes epidemias del momento y en sus posibles soluciones. Según algunos de los últimos estudios publicados, los adolescentes solo son capaces de concentrarse en una tarea durante sesenta y cinco segundos, mientras que los adultos apenas pueden aguantar tres minutos. Como muchos de nosotros, Johann Hari es consciente del peligro que supone la omnipresencia de las pantallas, así como de esa imperiosa necesidad que nos asalta de pasar constantemente de un dispositivo a otro sin levantar la vista. Hoy en día, lograr el estado de concentración necesario para acometer labores intelectualmente complejas y exigentes es casi una quimera. Hari decidió entrevistar a los principales expertos en concentración humana para identificar las causas de esta crisis. En El valor de la atención desglosa los doce factores que la generaron –desde nuestra incapacidad de dejar fluir la mente hasta la contaminación en las ciudades–, y denuncia a las poderosas empresas que nos están robando el foco. Además, nos da las herramientas para entender la situación, defendernos y recuperar nuestra capacidad de vivir con atención”.

Tengo que reconocer que la atención es algo que, me preocupa dese hace ya muchos años, quizás porque estoy educado en la necesidad de admirarme de las personas y de casi todas las cosas, como tantas veces he explicado en este cuaderno digital. Siempre he sentido curiosidad por todo, en un mundo plagado de cotilleo y cotillas, aunque bautizado últimamente como “el universo del entretenimiento” donde todo cabe y en el que la cultura digna brilla por su ausencia. Siempre he sentido la necesidad de comprender qué es admirarse ante lo que ocurre en nuestras vidas, prestándole mucha atención, por muy intranscendente que sea o supuestamente inútil, algo que solo se consigue a través de la admiración, actitud que simbolizó para Aristóteles el comienzo de la filosofía, entendida como la capacidad que tiene el ser humano de admirarse de todas las cosas, de las personas, de sentir curiosidad diaria de por qué ocurren las cosas, de cómo pasa la vida, tan callando. Mi profesor de filosofía lo expresaba en un griego impecable, con un sonido especial, gutural y sublime, que convertía en un momento solemne de la clase esta aproximación a la sabiduría en estado puro: jó ánzropos estín zaumáxein panta (sic: anímese a leerlo conmigo tal cual y pronunciarlo como él). Es uno de los asertos que me acompañan todavía en muchos momentos de mi vida, en los que la curiosidad sigue siendo un motivo para la búsqueda diaria del sentido de ser y estar en el mundo, de admirarme todos los días de él.

El placer de la atención, de la curiosidad sabia, no es transmisible automáticamente a los demás, sino que es imprescindible adquirir el conocimiento liberador, trabajarlo internamente a través del esfuerzo de cada persona a la hora de plantearse gozar de los que algunos llaman placeres inútiles para alejarlos del poderoso caballero don dinero. Así lo reconocía hace ya muchos siglos Sócrates en su diálogo Banquete: “Estaría bien, Agatón, que la sabiduría fuera una cosa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera del más lleno al más vacío de nosotros. Como fluye el agua en las copas, a través de un hilo de lana, de las más llena a la más vacía”, porque siempre está presente en almas atentas, curiosas, la dialéctica del valor y precio de lo que se descubre, de lo que se admira y de lo que se goza a cambio de nada. Es lo que Hari ha manifestado para un artículo reciente, publicado en elDiario.es, en torno a su nueva obra: “Hay que entender que no tenemos que sentirnos mal porque nos cueste prestar atención. Tampoco si le ocurre a nuestros hijos. Ni ellos ni nosotros tenemos nada malo, tiene que ver con la forma en que vivimos. Si lo comprendemos, podemos empezar a reordenar las cosas”, anima, “hemos llegado hasta aquí sin ser conscientes de cómo nos iba a afectar”. Por ello, insiste en aprovechar la oportunidad que se abre: “Tenemos que decidir qué queremos y luchar por ello. Podemos hacer muchas cosas para defendernos”. “La atención es nuestro superpoder”.

Este mundo en el que vivimos, diseñado a veces por el enemigo, me recuerda una canción que recupero ahora de la banda sonora de mi vida, El tiempo que te quede libre, como homenaje a la atención que puede ser de aplicación selectiva para aquellas personas a las que queremos y que a veces hemos plagado de ausencias múltiples en la vida compartida, como el mejor ejemplo de la necesaria atención que debemos recuperar en nuestras vidas, de la que nos alejan intereses mercantiles no inocentes. Para devolverles, si es posible, la dedicación que merecen siempre durante todos los días y meses del año, durante toda la vida, conjugando todos los tiempos posibles del tiempo que nos queda libre para dedicarlo a la atención plena de él, de ella, de vosotros y… de ellos, de los que sabemos que más lo necesitan, porque muchas veces nos han pedido la atención, el tiempo al que se refiere la canción, a veces solo dos minutos o un minuto nada más: El tiempo que te quede libre / si te es posible, dedícalo a mí / a cambio de mi vida entera / o lo que me queda y que te ofrezco yo. // Atiende preferentemente / a toda esa gente que te pide amor; / pero el tiempo que te quede libre / si te es posible, dedícalo a mí. // No importa que sean dos minutos / o si es uno sólo, yo seré feliz; / con tal de que vivamos juntos / lo mejor de todo dedicado a mí. / El tiempo que te quede libre / si te es posible, dedícalo a mí.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

No al edadismo: creemos entre todos un mundo habitable y digno para todas las edades

Yo no creo en la edad.

Todos los viejos
llevan
en los ojos
un niño,
y los niños
a veces
nos observan
como ancianos profundos.

Pablo Neruda, Oda a la edad

Sevilla, 11/I/2023

No es la primera vez que abordo los problemas que existen en el entorno de las personas de edad infantil, juvenil y avanzada, sobre todo en la vertiente de pobreza extrema y soledad no deseada, también en las clasificaciones oficiales por edad en diferentes programas políticos, así como las que hace la propia sociedad por su cultura, creencia y tradición, pero es importante conocer bien qué se entiende como edadismo, vocablo no inocente que encierra una realidad muy amplia y dura al mismo tiempo, en el desarrollo de una persona y en el entorno en el que viven. Así lo analizó el informe que la Organización Mundial de la Salud y Naciones Unidas publicaron en 2021 con el titulo Edadismo, cuya sinopsis no deja lugar a dudas sobre su contenido: “La edad es una de las primeras características que observamos en otras personas. El edadismo surge cuando la edad se utiliza para categorizar y dividir a las personas por atributos que ocasionan daño, desventaja o injusticia, y menoscaban la solidaridad intergeneracional. El edadismo perjudica nuestra salud y bienestar y constituye un obstáculo importante para la formulación de políticas eficaces y la adopción de medidas relativas al envejecimiento saludable, tal como reconocieron los Estados Miembros de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en la Estrategia y plan de acción mundiales sobre el envejecimiento y la salud, y en el Decenio del Envejecimiento Saludable (2021-2030). En respuesta a ello, se pidió a la OMS que pusiera en marcha con sus asociados una campaña mundial de lucha contra el edadismo, en la que se inscribe este informe. Este informe, elaborado por la OMS, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas y el Fondo de Población de las Naciones Unidas, está dirigido a los encargados de formular políticas, profesionales, investigadores, organismos de desarrollo y miembros del sector privado y la sociedad civil. Después de definir la naturaleza del edadismo, se resumen las mejores pruebas sobre la escala, los efectos y los determinantes del edadismo, y las estrategias más eficaces para reducirlo. Concluye con tres recomendaciones de actuación basadas en pruebas científicas para crear un mundo para todas las edades”.

Para comprender bien qué significa el término “edadismo”, la OMS define con exactitud a qué nos referimos al pronunciar esta palabra tan desconocida: “La edad es una de las primeras características (junto con el sexo y la raza) que notamos sobre las personas cuando interactuamos con ellas. El edadismo surge cuando se utiliza la edad para clasificar y dividir a las personas de una forma que comporta un daño, desventaja o injusticia, y que erosiona la solidaridad intergeneracional. El edadismo adopta muchas formas a lo largo de nuestra vida. Imagine que es ignorado sistemáticamente por sus compañeros y supervisores en el lugar de trabajo, tratado con condescendencia por su familia en casa, que le niegan un préstamo en el banco, que es insultado o evitado por la calle, acusado de brujería, que se le niega el acceso a su propiedad o a su tierra, o que no se le ofrece tratamiento en un consultorio, todo ello simplemente a causa de su edad. Estos son algunos ejemplos de cómo el edadismo impregna nuestras vidas, desde la edad más temprana hasta la más avanzada. El edadismo es un fenómeno social polifacético que la Organización Mundial de la Salud (OMS) define como los estereotipos, los prejuicios y la discriminación contra otras personas o autoinfligido por razones de edad”. El edadismo tiene varios aspectos interrelacionados que se analizan en el informe citado a través de sus tres dimensiones principales: estereotipos (pensamientos), prejuicios (sentimientos) y discriminación (acciones o comportamientos), lo que permite “concientizar a las personas y asegurar la uniformidad en la investigación, las políticas y las prácticas aplicadas”. A continuación el informe describe “las intersecciones entre el edadismo y otros “-ismos”, como el sexismo y el capacitismo, y se muestra cómo se acumulan sus respectivas repercusiones. La edad y la etapa de vida son determinadas en parte socialmente Si bien la edad está correlacionada con los procesos biológicos, se configura también socialmente. Considerar a determinadas personas jóvenes o mayores es algo que depende en parte del contexto, el propósito y la cultura. A la edad de 18 años es posible que le consideren demasiado mayor para llegar a ser un pianista profesional, pero también demasiado joven para entrenar en un equipo de fútbol profesional. Las distintas culturas difieren en su forma de delimitar a qué edad se es mayor, de mediana edad o joven, y también en las normas y expectativas existentes para cada una de estas etapas de la vida, que pueden cambiar con el transcurso del tiempo. Los distintos entornos configuran también la forma en la que envejecemos. Las inequidades vinculadas, por ejemplo, al sexo, el origen étnico y los ingresos económicos determinan nuestro acceso a la atención de salud y a la educación a lo largo del curso de vida, e influyen en el estado en que nos encontramos a la edad de 50, 60, 70 u 80 años. Una gran parte de la diversidad que observamos en las personas mayores es consecuencia de la repercusión acumulada de estas inequidades en materia de salud a lo largo del curso de vida”.

El informe es muy interesante y recomiendo leerlo, comenzando por su resumen oficial, porque sitúa perfectamente el problema y las diferente formas de erradicarlo, con una propuesta firme para los Estados, a modo de recomendaciones, donde “Su aplicación requiere un compromiso político, la participación de diferentes sectores y agentes, y adaptaciones específicas para cada contexto. Cuando sea posible, deben aplicarse conjuntamente para maximizar sus efectos en el edadismo.

  1. Invertir en estrategias basadas en pruebas científicas para prevenir y combatir el edadismo. Es necesario dar prioridad a las tres estrategias respaldadas por las mejores pruebas científicas: formulación de políticas y promulgación de leyes, y ejecución de intervenciones educativas y de contacto intergeneracional. Para lograr un cambio real a nivel de las poblaciones, estas estrategias deben ampliarse. En los casos en que esas intervenciones no se hayan llevado a cabo anteriormente, deberían adaptarse y probarse, y posteriormente ampliarse una vez que se haya demostrado su eficacia en el nuevo contexto.
  2. Mejorar los datos y las investigaciones para comprender mejor el edadismo y la manera de reducirlo. Mejorar nuestra comprensión de todos los aspectos del edadismo ―su escala, sus efectos y sus determinantes― es un requisito previo para reducirlo, tanto cuando se manifiesta contra los jóvenes como contra las personas mayores. Es necesario recopilar datos en todos los países, especialmente en los países de ingresos bajos y medianos, utilizando escalas de medición del edadismo válidas y fiables. Ahora bien, debería darse la máxima prioridad a la elaboración de estrategias para reducir el edadismo. Las pruebas científicas sobre la eficacia de las estrategias van en aumento, pero aún no están a la altura de lo que se necesita. Convendría optimizar las estrategias existentes, calcular su costo y costo/eficacia, y, posteriormente, ampliarlas. Es necesario seguir elaborando y evaluando estrategias prometedoras, como las campañas para reducir el edadismo.
  3. Crear un movimiento para cambiar el discurso sobre la edad y el envejecimiento. Todos podemos contribuir a afrontar y eliminar el edadismo. Los gobiernos, las organizaciones de la sociedad civil, los organismos de las Naciones Unidas, las organizaciones de desarrollo, las instituciones académicas y de investigación, las empresas y las personas de todas las edades pueden unirse al movimiento para reducir el edadismo. Al unirnos en una amplia coalición podemos mejorar la colaboración y la comunicación entre las diferentes partes interesadas en la lucha contra el edadismo”.

Finalmente, las conclusiones son  obvias con los antecedentes expuestos, que se resumen en una frase, diciendo no al edadismo: “Si los gobiernos, los organismos de las Naciones Unidas, las organizaciones de desarrollo, las organizaciones de la sociedad civil y las instituciones académicas y de investigación aplican estrategias eficaces e invierten en nuevas investigaciones, y si las personas y las comunidades se unen al movimiento y afrontan cada caso de edadismo, crearemos entre todos un mundo para todas las edades”.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Mantenerse fiel a lo que no se dice, ¿es esa la cuestión?

Sevilla, 8/I/2023

Dedicado a Marcos, Vanessa, Adrián y Alejandro, porque este libro ha sido para mí un regalo con estela

Leyendo una obra de Hans Magnus Enzensberger, Las reflexiones del señor Z. o migajas que dejaba caer, recogidas por sus oyentes, pensador alemán al que profeso admiración y respeto tal y como lo he demostrado en este cuaderno digital al referirme a él en determinadas ocasiones, a modo de aforismos llenos de contenido en su texto y contexto, he localizado unas “migajas” que me parecen de interés sumo, sin alterar su contenido original:

2. “Si logran dar con algo”, dijo Z., que despierte su admiración, no escatimen ese impulso tan agradable”.

3. Dijo Z.: “Contradíganme, pero sobre todo contradíganse ustedes mismos. Uno solo debe mantenerse fiel a aquello que no se dice”.

Me ha parecido una reflexión extraordinaria del señor Z, aplicable hoy a nuestra vida ordinaria por dos razones. Las primera, porque habla de algo que me llama siempre poderosamente la atención: la capacidad del ser humano de admirarnos de todas las cosas, porque siguiendo a Aristóteles es el único ser que lo puede hacer, iniciándose así la mejor filosofía de vida. Lo aprendí siendo un joven avispado que sobrevolaba los secretos de la felicidad humana, para buscar un sentido a la vida. Siempre he sentido la necesidad de comprender qué es asombrarse o admirarse ante lo que ocurre en nuestras vidas, por muy intranscendente que sea, algo que solo se consigue a través de la admiración, actitud que simbolizó para Aristóteles el comienzo de la filosofía, entendida como la capacidad que tiene el ser humano de admirarse de todas las cosas, de las personas, de asombrarse, de sentir curiosidad diaria de por qué ocurren las cosas, de cómo pasa la vida, tan callando. Mi profesor de filosofía lo expresaba en un griego impecable, con un sonido especial, gutural y sublime, que convertía en un momento solemne de la clase esta aproximación a la sabiduría en estado puro: jó ánzropos estín zaumáxein panta (sic: anímese a leerlo conmigo tal cual y pronunciarlo como él). Es uno de los asertos que me acompañan todavía en muchos momentos de mi vida, en los que el asombro y la curiosidad siguen siendo un motivo para la búsqueda diaria del sentido de ser y estar en el mundo, de admirarme todos los días de él.

En segundo lugar, el elogio del silencio que hace el autor como acción impecable de la dignidad humana, sobre todo cuando uno se calla porque no tiene que decir algo más importante que el silencio, que aprendí del abad Joseph Antoine Dinouart, en un libro suyo precioso, El arte de callar (1), recordando el primer principio de ese arte, Sólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio, y el decimocuartoEl silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades sin cubrirlas de mentiras”. En definitiva, ética cerebral y social del silencio y preparación para el diálogo, en una actitud donde hablar ocupa su auténtico lugar, preguntando primero y escuchando después hasta el momento en que rompamos ese silencio porque lo que tenemos que decir es mucho más valioso que mantenernos callados.

La maravilla de las migajas de Enzensberger es que añaden algo muy importante: es bueno que rompamos las falsas seguridades que arrastramos a lo largo de la vida, que mantenemos muchas veces en la memoria de secreto por fidelidad absurda con uno mismo y que debemos exponer ante los demás, saliendo al exterior, cuando se valora lo expuesto por el abad Dinouart: Sólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio.

El libro es muy recomendable en tiempos de turbación y mudanzas del alma. Su sinopsis oficial es clara al respecto: “¿Quién es ese tipo con bombín y nombre enigmático que, a lo largo de casi un año entero, se presenta todas las tardes en el mismo rincón del parque para enzarzar a los transeúntes en animadas discusiones? ¿Un sabio? ¿Un charlatán? ¿Un filósofo a la antigua usanza? ¿Un cascarrabias y polemista impenitente? ¿Un predicador? ¿O simplemente, como afirma uno de sus oyentes, un jubilado que se aburre? Todo eso es el señor Zeta, un Sócrates moderno o un trasunto de aquel señor Keuner de Brecht, con quien comparte estoicismo y excentricidad a partes iguales. Muchos paseantes se detienen un instante, menean la cabeza y pasan de largo. Otros le escuchan, le replican y vuelven día tras día al punto de encuentro. El señor Z. no escribe, pero algunos de sus oyentes toman notas de lo que dice y, gracias a ellos, nos llega esta especie de diario que recoge sus ideas y provocaciones. Nada escapa al espíritu crítico y subversivo del señor Z., evidente álter ego del propio Enzensberger: la arrogancia, las instituciones, la religión –pero también el ateísmo–, los totalitarismos –pero también la democracia–, el arte, la poesía, la economía neoliberal, la educación, internet y un largo etcétera. Sus dardos son implacables, pero también caprichosos y contradictorios como la vida misma. Como siempre en Enzensberger, toda afirmación está imbuida de socarronería y del más puro escepticismo, entendido en el mejor sentido. Dicho en palabras de Z.: Uno sólo debe mantenerse fiel a aquello que no dice”.

Recientemente, he escrito sobre Hans Magnus Enzensberger con motivo de su fallecimiento, en noviembre del año pasado, en su país natal, Alemania, a los 93 años de edad. Lo descubrí hace ya muchos años en su vertiente crítica del mundo digital, pero cargado de razones existenciales para desarrollar tejido crítico necesario en la revolución digital, tan controvertida hoy. Siempre le admiré en mi caminar diario como maestro intelectual y en 2015 le dediqué un artículo en este cuaderno digital, Los ciudadanos no son ignorantes molestos, que resume bien esa admiración aristotélica que citaba anteriormente, sobre una persona enciclopédica, extraordinaria e imprescindible, que tanto ha entregado al mundo de la cultura y del ensayo.

Ahora, leyendo Las reflexiones del señor Z. o migajas que dejaba caer, recogidas por sus oyentes y publicando las mías, cumplo una misión importante: acercarme al señor Z. para intentar comprender el pensamiento de su persona de secreto a través de las 259 “migajas” que recojo de su precioso libro. Nada más, en este tiempo tan complejo y convulso, en el que sigo defendiendo a capa y espada que aun admirándome de todas las cosas, de las personas imprescindibles y de las que quiero sobre todo, sigo muy fiel a lo que no digo y solo cuando entro en contradicción ética con la vida propia y la de los demás, me atrevo a hablar, porque estoy convencido que lo que digo es más importante que el silencio, sobre todo cuando si callo sé que participo del silencio cómplice ante la indignidad humana que nos asola día a día.

(1) Dinouart, A. (2003). El arte de callar. Madrid: Siruela (4ª ed.).

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Fiestas e industria de la nostalgia

Grafton Tanner, Las horas han perdido su reloj: las políticas de la nostalgia

Sevilla, 7/I/2023

Estamos ya en el día después de estas fiestas navideñas en las que la industria de la nostalgia hace su diciembre y enero. La nostalgia vende y eso se demuestra, con creencias aparte que merecen todo mi respeto, porque amplifican su poder en la publicidad y venta de mercancías de todo tipo, con el señuelo de una creencia descreída, laica, que lo vive curiosamente al compás que marca el mercado. Este escenario en el gran teatro del mundo, nostálgico por excelencia, se trata con cierta profundidad y rigor por el filósofo americano Grafton Tanner, en Las horas han perdido su reloj: las políticas de la nostalgia (Alpha Decay, 2022), un ensayo publicado recientemente del que el autor manifiesta en una entrevista publicada en TheObjective que “es la culminación de mi carrera investigando la nostalgia. Es una especie de tercera entrega de una trilogía que comenzó con Un cadáver balbuceante, que sitúa el género musical vaporwave en su contexto capitalista más amplio. Utilizando una metáfora musical, mi segundo libro, The Circle of the Snake, es el típico segundo álbum: es muy disperso, descaradamente ambicioso, poco riguroso, y todas estas son razones por las que todavía me gusta. Hasta cierto punto, no reconozco la voz que escribió el primero. Pero Las horas han perdido su reloj es mi intento de intervención en los estudios sobre la nostalgia. Quería escribir un tratamiento riguroso de este tema sin recurrir a (demasiadas) posturas académicas, pero también sintetizando la literatura existente”.

La industria descubrió, hace ya muchos años, que la nostalgia vende y había que cuidarla como mercancía, sobre todo porque aviva las emociones y no tanto los sentimientos, porque éstos son estados más permanentes en el alma humana, mientras que la emociones exigen cada vez a cada persona y se descubre que hay que mantenerlas vivas con lo que sea. Si además, influye esta nostalgia controlada, no inocente, en conductas, mejor que mejor, porque se convierte como por arte de magia mercantil en palabras del autor en una sucursal de la industria cultural que vende baratijas nostálgicas como forma de escapismo. La industria de la nostalgia trafica con lo retro, revitalizando viejas series de televisión, escribiendo precuelas y secuelas a películas de antaño y convirtiéndolas en franquicias y nuevos universos comerciales. Trabaja en sintonía con los grandes grupos de comunicación: estos últimos siembran la rabia y el odio, mientras que aquella proporciona el bálsamo nostálgico. Este ciclo de retroalimentación emocional se convirtió en un elemento fundamental de la economía de la atención en la década de 2010” y que llega hasta nuestros días, hasta nuestras últimas fiestas de Navidades, Año Nuevo y Reyes.

La sinopsis oficial del libro no deja lugar a dudas sobre la intencionalidad del autor al escribirlo: “La nostalgia es una de las emociones más representativas de nuestra era. El deseo colectivo de aferrarnos a la supuesta sensación de comodidad, certeza y protección de épocas pasadas se manifiesta de muchas formas distintas: vivimos rodeados de objetos que habían quedado en desuso, se hacen remakes de películas antiguas (y se reanudan célebres series televisivas de antaño), se escucha y se imita la música de otras épocas y se recurre constantemente al estilo y la iconografía de décadas pretéritas. Por su parte, los políticos conservadores lanzan continuamente promesas de volver a un pasado mejor. Parece que, a medida que la sociedad pierde la confianza en un futuro amenazado por el cambio climático y las crisis económicas, el regreso al pasado se convierte en una tentación cada vez mayor, cosa que las élites dominantes explotan para su propio beneficio. Pero ¿quién está realmente detrás de este discurso? ¿Hasta qué punto nuestro mundo se está convirtiendo en un lugar cada vez más polarizado, peligroso e incapaz de resolver sus problemas reales? Y, sobre todo, ¿habría que intentar extirpar la nostalgia, o es posible utilizar este sentimiento tan poderoso para avanzar hacia un futuro mejor? En este exhaustivo y brillante ensayo, Grafton Tanner recorre la historia del siglo XXI siguiendo el rastro de la nostalgia –que empezó a manifestarse con la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001–, para demostrar que esta no es solo una consecuencia de nuestro presente inestable, sino también una defensa contra él. Las horas han perdido su reloj es, finalmente, un llamado urgente y necesario a que nos tomemos en serio la nostalgia, pues nuestro futuro depende de ello”.

El autor lo explica muy bien en sus primeras páginas: “La sensación de que estamos atrapados en el presente no ha desaparecido. Antes bien, se ha recrudecido con cada nuevo trauma: la destrucción del clima, el auge del autoritarismo, las crisis financieras, las guerras interminables. Somos conscientes del lugar que ocupamos en la historia, zarandeados por fuerzas de trascendencia histórica global como barcos en un mar encabritado. A la deriva e indefensos en el presente, muchos se aferran al pasado y echan de menos su estabilidad. Este profundo anhelo por el pasado, esta nostalgia, es la emoción característica de nuestro tiempo. Aunque encontremos abundantes muestras de ira en internet, la desesperación asome su cabeza por doquier y el miedo se haya convertido en el combustible de la política, la nostalgia lo eclipsa todo. Los líderes políticos siempre nos prometen un retorno a los tiempos de antaño, cuando todo era más sencillo, menos inestable. Los grandes grupos de comunicación inundan las plataformas de streaming con remakes y reboots. Estilos pasados de moda se renuevan, reimaginan y adaptan sin tregua para saciar los apetitos del presente. Parece que, cuanto más avanzamos hacia el futuro, más fuerte se vuelve la nostalgia”.

Lo leeré en los próximos días porque me atrapan estos ensayos sobre realidades presentes que están trufadas de experiencias pasadas, que no traen nada bueno al estar controladas hasta la saciedad por el mercado. Me reafirmo en lo que escribí en febrero del año pasado en este cuaderno digital sobre el regreso a la nostalgia, No se transforma nada desde la nostalgia del pasado, con motivo de la publicación de un libro muy interesante, Neorrancios (1), íntimamente relacionado con lo anteriormente expuesto: “Publicaciones como la de Neorrancios son una bocanada de viento fresco cuando muchos navegamos, en patera, sólo al desvío. Gracias por ello. Tengo muy claro que no se cambia nada desde la nostalgia del pasado. La única nostalgia que me permito, como motor de cambio, es la de constatar, en este aquí y ahora, que la dignidad humana no alcanza a todas las personas de este país, que necesita, urgentemente, transformar su presente para poder alcanzar el mejor y más digno futuro para todos”. El libro de Tanner lo desarrolla y reafirma desde la óptica de un ensayo muy preocupante en los tiempos que corren. De ahí mi interés por leerlo y divulgarlo.

Una cosa más a modo de confidencia. Cuando el gran director chileno Patricio Guzmán presentó en España su documental Nostalgia de la luz, aprendí el auténtico valor de esta palabra que lo desarrollaba en su sinopsis oficial, porque simbolizaba muy bien la dualidad de la distancia “entre el cielo y la tierra, entre la luz del cosmos y los seres humanos y las misteriosas idas y vueltas que se crean entre ellos. En Chile, a tres mil metros de altura, los astrónomos venidos de todo el mundo se reúnen en el desierto de Atacama para observar las estrellas. Aquí, la transparencia del cielo permite ver hasta los confines del universo. Abajo, la sequedad del suelo preserva los restos humanos intactos para siempre: momias, exploradores, aventureros, indígenas, mineros y osamentas de los prisioneros políticos de la dictadura. Mientras los astrónomos buscan la vida extra terrestre, un grupo de mujeres remueve las piedras: busca a sus familiares”. En aquella ocasión dije algo que todavía me conmueve en clave de nostalgia bien entendida, al redactar las palabras anteriores: “Nada más. Se trata también de la nostalgia de la dignidad que todavía algunas personas tenemos. Como la de Valentina, la hija de las estrellas, que “a pesar de ser hija de madre y padre desaparecidos, es el personaje más jubiloso de la película. Tiene una mirada serena que observa más lejos que nosotros. Sus abuelos la criaron y le enseñaron a observar el cielo. Desde que se dedica a la astronomía, ella supo que la materia de las estrellas es la misma materia de sus padres”.

(1) Urgáiz B. et alii (Coord.), Neorrancios. Sobre los peligros de la nostalgia, 2022. Madrid: Península.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

La noche de Reyes del niño Miguel Hernández

Josefina Manresa y Miguel Hernández, 1937

Sevilla, 5 de enero de 2023, en la noche de Reyes, siendo las 21:45 horas CET

En 2019 escribí en este cuaderno digital una reflexión sobre la noche de Reyes, del niño que siempre llevó dentro Miguel Hernández, ante sus abarcas desiertas. Hoy la he recordado de nuevo por su mensaje impecable para una noche tan especial y para imaginar, al igual que lo expresó el poeta de Orihuela, el pastor de sueños, que el mundo podría ser cada día una juguetería para niños y niñas libres, que tuviera en sus estanterías “juguetes y libros con que estimular su espíritu y crear sus castillos imaginativos de una sociedad mejor”. Sus “abarcas desiertas” no las olvido.

La solidaridad de Miguel Hernández no tenía límites. Lo demostraba por sus colaboraciones en publicaciones durante la guerra civil, como la que apareció en la revista Ayuda del Socorro Rojo, el 2 de enero de 1937. El objetivo del poema Las abarcas desiertas junto a otras colaboraciones era «recabar ayuda para donativos y juguetes en beneficio de la infancia necesitada. Interesante la nota aclaratoria ofrecida en primera página: Los niños de la España libre y en armas tendrán este año, merced a la generosidad de millones de personas, lo que la casta que nos dominaba había hecho privilegio exclusivo de sus hijos: juguetes y libros con que estimular su espíritu y crear sus castillos imaginativos de una sociedad mejor» (1).

El poema resume muy bien la realidad dura y contemporánea de los que menos tienen. Miguel Hernández hace un recorrido de ilusiones maltrechas desde la colocación de su calzado cabrero en la ventana fría, como cualquier niño, pero con la conciencia de clase muy clara: Nunca tuve zapatos, / ni trajes, ni palabras: / siempre tuve regatos, / siempre penas y cabras. Me parece maravillosa la expresión de que «Por el cinco de enero, para el seis, yo quería que fuera el mundo entero una juguetería».

Recomiendo la lectura pausada del poema completo. Nada más. Es verdad que muchas veces los reyes coronados del siglo XXI no tienen pie ni ganas para ver el calzado de las pobres ventanas. Una aclaración final: salvando lo que haya que salvar, no solo me refiero hoy a la pobreza económica en esta navidad rediviva según Miguel Hernández. Es peor la del espíritu de reyes magos que van de paso por la vida de muchas personas sin observar abarcas vacías. A pesar de que solo puedan tener dentro sueños de juguetes y libros con que estimular el espíritu y crear castillos imaginativos de una sociedad mejor.

LAS ABARCAS DESIERTAS

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rio con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

(1) https://algundiaenalgunaparte.com/2009/01/05/versos-olvidados-las-abarcas-desiertas/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Alocución imprescindible ante un año nuevo

Ángel González

Tal como siempre, pues, pedid conmigo:
Más fe, mucha más fe.
Que en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.

Ángel González, en Alocución a las veintitrés

Sevilla, 31/XII/2022

En unos momentos difíciles para el país, asediado por discursos oficiales de «superiores diversos», vacíos de contenido y con una ausencia clamorosa de valores ciudadanos democráticos, en general, recurro un año más al poeta Ángel González para buscar luz en este túnel ético en el que nos encontramos, porque nos ofrece una visión personal de la vida en una alocución de fin de año cargada de historia de errores recientes en este país y en el mundo que nos rodea, salvando lo que haya que salvar. Lleva por título “Alocución a las veintitrés” (1). Hoy, cuando quedan muy pocas horas para que finalice un año complejo, para olvidarlo, vuelvo a leerla detenidamente porque siempre calma mi ardiente paciencia y conmueve mi alma de secreto.

Alocución es un discurso o razonamiento breve por lo común y dirigido por un superior a sus inferiores, secuaces o súbditos [sic, según la RAE]. Lo que sí tengo claro es que cuando cambie el año, suenen las campanadas y nos enfrentemos a las uvas, esta alocución va a ser un revulsivo a las veinticuatro horas para que aprendamos del valor de la libertad de la palabra de ciudadanos imperfectos que aún nos queda en este año bastante complejo y que, afortunadamente, no está a la venta en Amazon ni en los mercados porque, seamos sinceros, interesa escucharla solo a unos pocos. Porque la libertad de la palabra, que aún nos queda, nos ofrece, entre otras muchas cosas, tener fe en ella, aunque la terca realidad nos complique a veces la vida. Porque ahí está, a pesar de que algunos ciudadanos perfectos, instalados en la mediocridad, sólo ven el mundo del nunca jamás en todo lo que les rodea, sin mezcla de esperanza alguna. Lo que necesitamos esta noche es recordar, al tomar las uvas, es que hace falta Más fe, mucha más fe. / Que en cierto modo, / creer con fuerza tal lo que no vimos / nos invita a negar lo que miramos.

Lo he dicho en referencias anteriores a este poema, a estas alturas del calendario: estas palabras de Ángel González son un símbolo de lo que a veces no queremos ver aunque es evidente lo que está pasando, aplicando el principio de realidad de Freud cuando finaliza este año, el más terco de todos los principios. Las preguntas serias son las que enuncia metafóricamente el poeta: ¿quién se dirige a quién? ¿quién, con poder suficiente, sean reyes, reinas, presidentes, presidentas o ministros y ministras, se dirige así a sus subordinados con un discurso paradigmático de doble moral? ¿lo pronuncian solo los políticos o todas las personas que no quieren ver lo que miramos todos, solo por ejercer cierta prepotencia sobre los demás, sin compasión alguna?, ¿afecta sólo a los de arriba o a los de abajo también, a los de izquierdas o a los de derechas en su amplio espectro?, ¿quizás, a todos los que se consideran ciudadanos perfectos?

ALOCUCIÓN A LAS VEINTITRÉS

Ciudadanos perfectos a estas horas,
honorables cabezas de familia
que lleváis a los labios vuestra servilleta
antes de pronunciar las palabras rituales
en acción de gracias por la abundante cena:

vuestra responsabilidad de sólidos pilares
de la civilización y de Occidente,
del consumo de bicarbonato sódico
y del paternalismo hacia la servidumbre,
exige de vuestra parte
cierta ignorancia de hechos también ciertos,
un esfuerzo final en bien de todos,
la tozuda incomprensión de algunas realidades,
la fe más meritoria, en resumen,
que consiste en no creer en lo evidente.

Yo podría jurar que la tierra está fija
–ya lo juré otras veces–
y que el sol gira en torno a ella;
yo podría negar que la sangre circula
–lo seguiré negando, si hace falta–
por las venas del hombre; yo podría
quemar vivo a quien diga lo contrario
–lo estoy quemando ahora–.

No es que sean importantes los asuntos
objeto de polémica:
lo importante es la rígida
firmeza en el error.
Pues las mentiras viejas se convierten
en materia de fe, y de esa forma
quien ose discutirnos
debe afrontar la acusación de impío.
Con esto, y una buena cosecha de limones,
y la ayuda impagable de nuestros coaligados,
podemos esperar algunos lustros
de paz como ésta de hoy,
en una noche semejante a ésta de hoy,
tras una cena lo mismo que ésta de hoy.

Tal como siempre, pues, pedid conmigo:
Más fe, mucha más fe.
Que en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.

(1) González, Ángel, Palabra sobre palabra, 2018. Barcelona: Austral, p. 176s.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

«Milana bonita», dos palabras preciosas de un santo inocente (II)

Sevilla, 28/XII/2022

No es la primera vez que recuerdo estas palabras en el día de los Santos Inocentes, como lo expresaba hace un año tal día como hoy. En aquella ocasión, porque falleció en 2021 Mario Camus, director de una película de culto en el cine español, Los santos inocentes (1984), que no olvido en su fondo y forma, según la obra homónima de Miguel Delibes. De nuevo, me fijé también en un instrumento que formaba parte de la banda sonora de la película, el rabel, que quizás pasó desapercibido en su proyección cinematográfica, pero que simboliza como metáfora viva el mensaje cultural que aún queda en la España olvidada y vacía, en una región que he tenido la oportunidad este verano de conocerla mejor y así lo desarrollé en una serie dedicada especialmente a una tierra extraordinaria por su memoria histórica, Leyendo a Cantabria, interpretando de la mejor forma posible sus creencias y valores. 

«Milana bonita» ha dicho mucho a través de un santo inocente. El que quiera entender…, que entienda, en una novela y una película que, como pasa con las ideologías, nunca fueron inocentes.

Milana bonita, dos palabras para recordar a Mario Camus

Sevilla, 19/XI/2021

Ayer voló a su cielo particular Mario Camus, junto a su inseparable milana bonita, recordándonos que nos entregó un día ya lejano un regalo cinematográfico, Los santos inocentes, en el que él sabía lo que nos daba pero no lo que en verdad recibíamos, un fragmento de nuestra memoria histórica con el tiempo dentro. Aprendí a conocer nuestro triste pasado como país gracias a Miguel Delibes y a su versión llevada al cine de la mano magistral de Mario Camus.

En el día de los santos inocentes de 2019, escribí unas palabras de homenaje a este gran director, El rabel de los santos inocentes, resaltando también un instrumento ancestral cántabro, el rabel, porque ponía música a una historia conmovedora, con la sencillez de un alma inocente y bendita como la de su intérprete, Pedro Madrid, que nunca tuvo tiempo para ver la película porque la vida le exigía estar siempre presente en sus tareas cotidianas. Hoy, vuelvo a publicar aquellas palabras, porque creo que encierran en sí mismas el mejor homenaje póstumo que puedo ofrecer a Mario Camus. No está solo, porque cerca, muy cerca, le espera impaciente Azarías, junto a su querida milana bonita.

Muchas personas recordamos la película Los santos inocentes, dirigida por Mario Camus, basada en una obra homónima de Miguel Delibes, a través de una frase icónica, ¡Milana bonita!, pronunciada de forma repetida con la voz profunda e inconfundible de Paco Rabal en su papel de Azarías. Lo que no recordará casi nadie es que la banda sonora de la película está interpretada por Pedro Madrid, un rabelista de Cantabria, un músico inocente de extracción rural, que no vio la película porque estaba dedicado en cuerpo y alma a su tierra, Polaciones, y a su parentela, nada más, muy lejos del bullicio mundano.

El rabel es un instrumento de cuerda frotada, tres cuerdas concretamente, que Pedro tocaba con destreza: “Éste -y muestra el que tiene en esos momentos en sus manos- está hecho de madera de tejo. Es un árbol milenario cargado de leyendas, pero es muy difícil encontrarlo. También los hago de serval, que es un árbol sagrado de los antiguos celtas” (1). Tiene raíces árabes, el rabáb, según el diccionario de la RAE: instrumento musical pastoril, pequeño, de hechura como la del laúd y compuesto de tres cuerdas solas, que se tocan con arco y tienen un sonido muy agudo. Desde 1505 tenemos registrada la existencia de este instrumento en el diccionario de Fray Pedro de Alcalá, matizada posteriormente en el de Autoridades, en 1737: “instrumento músico pastoril, de hechura como la del laúd”.

La aportación de Pedro Madrid a la película es un símbolo del argumento de la misma, porque desprende sabiduría rural a manos llenas, es decir, la exposición desnuda de las relaciones amo-sirviente durante la posguerra en España, donde el desprecio al que menos tiene y, además, te sirve, era una seña de identidad de la burguesía cortijera de la época. Delibes escribió una denuncia social descarnada, continua, en formato de novela, con una trama en la que los santos inocentes son aquellas personas que viven con dignidad el hecho de ser diferentes, singulares, casi sin darse cuenta, casi siempre ignorados por la sociedad.

Hoy, día de los santos inocentes, he recordado la película y un instrumento humilde, el rabel, tocado con destreza por Pedro Madrid, un gran desconocido para la historia de la música en este país. Lo escucho en los títulos de crédito de la película, llevándome en volandas como la grajilla de Azarías. Es solo un homenaje a su colaboración en la historia de la literatura y el cine en este país, en un día del calendario muy especial.

(1) https://elpais.com/diario/1985/09/06/ultima/494805604_850215.html

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Este libro puede ser un regalo con estela:

Ciudadano Jesús. Otra navidad es posible

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Hoy es Navidad, la historia de una sorprendente concepción junto a la de un buen compañero

Georges de La Tour, El recién nacido (h. 1648, óleo sobre lienzo, 76 x 91 cm, Museo de Bellas Artes, Rennes)

Sevilla, 25 de diciembre de 2022

Tengo grabada en mi memoria de secreto la letra de un villancico muy popular que cantaba desde que era muy pequeño, como si nada, que decía: esta noche es nochebuena y mañana navidad, a la que seguía un deseo de José que no quiero repetir por más tiempo, por aquello de la bebida sin control: dame la bota María que me quiero emborrachar. Hoy, día de la navidad, que me gusta escribirla con minúscula para hablar de ella desde una perspectiva laica, creo que se recuerda en el mundo entero, de creencia cristiana, porque todo es debido a una historia de una sorprendente concepción junto a la de un buen compañero de una madre muy joven. Así lo he expresado en alguna ocasión en este cuaderno digital, comenzando por la interpretación laica de la sorprendente concepción de una mujer corriente, María, que da a luz un niño de nombre Jesús, acompañado por un buen hombre, José.

Para intentar comprender la intrahistoria de este día, vuelvo a contemplar hoy, de nuevo, el óleo de Georges de La Tour, El recién nacido, un pintor desconocido durante siglos para la historia del arte, porque busco comprender la sorprendente concepción de María, tal y como nos lo ha contado la historia sagrada. Sobrecoge el silencio y austeridad en este cuadro tan realista en los últimos años del pintor: “Sus célebres “noches”, de aparente simplicidad, silenciosas y conmovedoras, dan vida a personajes que surgen con magia en espacios sumidos en el silencio, de colorido casi monocromo y formas geometrizadas. La total inexistencia de halos u otros atributos sacros, así como los tipos populares empleados, justifican la lectura laica que a veces se ha hecho de sus nocturnos en obras como La Adoración de los pastores del Louvre o El recién nacido de Rennes“ (1). No hay vestigio alguno de collares o anillos, pedidos por José al platerillo de Alberti en un poema precioso, El platero, publicado en El alba del alhelí, que siempre he sentido como la gran paradoja de la creencia descreída en el dios que nos conmueve y en la Virgen, una mujer muy sencilla y confundida que solo acepta el regalo de un beso a su Niño, mucho más allá de medallas, collares y anillos, porque como estampa familiar nos puede servir para comprender la quintaesencia de la religión bien entendida.

A la Virgen, un collar
y al niño Dios, un anillo,
Platerillo,
no te los podré pagar,
¡Si yo no quiero dinero!
¿Y entonces qué? di.
Besar al niño es lo que yo quiero.
Besa, sí

En este cuadro, esta sencilla mujer no tiene casi nada, solo el regalo precioso del silencio sonoro de la noche y contemplando a su niño, fruto de una sorprendente concepción, en la que encontró, eso sí, a un gran compañero, José, al que también he reconocido siempre su difícil situación ante los demás descreídos y porque su papel en esta historia nunca ha pasado desapercibido en nuestras vidas y en nuestras fastuosas navidades blancas. José, el carpintero de Nazareth, siempre ocupó una segunda fila en una historia jamás contada bien. Era la pareja oficial de María, asunto que me ha emocionado en muchas ocasiones al describirse así, a pesar de que la historia lo ha encumbrado siempre a los altares. En el óleo de Georges de La Tour, no aparece José por ningún sitio porque realmente nunca fue protagonista de esta historia mágica, la sorprendente concepción de María. Todos comentaban siempre su silencio, aunque era un secreto a voces por la asunción de su papel en la historia difícil de María. Me gusta recordarlo despojado de su santidad, ocupando su sitio en la historia, básicamente como un hombre humilde, trabajador y bueno, con un profundo respeto a María, una persona que la historia ha colocado en un sitio muy especial difícilmente entendible si te falta la fe que nos enseñaron nuestros mayores, como le gustaba decir a Antonio Machado. Creo, sinceramente, que fue un buen compañero.

Escucho ahora a un compositor francés, Michel Corrette (1709-1795), un perfecto desconocido que ha supuesto un descubrimiento extraordinario en mi aprendizaje diario para interpretar dignamente sus partituras en clave y violín. Todo surgió al localizar en su ingente obra seis sinfonías dedicadas a la Navidad, preciosas, de las que quiero destacar hoy un movimiento en concreto: José es un buen compañero (Sinfonía III, Allegro), porque me permite contextualizar una historia de una persona que ha supuesto mucho para el devenir de la sociedad creyente, una historia, entre otras, que habla siempre de soledad y silencio ante la libre elección para la difícil tarea de vivir dignamente. Escuchándola, comprendo mejor que nunca la categoría humana de José, ignorado hasta por el evangelista Marcos: “Solo sabemos que en el capítulo 6, versículos 1 a 3 de su crónica de la muerte anunciada de Jesús (como buen periodista), dijo lo siguiente: “Se marchó [Jesús] de allí y vino a su tierra, y sus discípulos le acompañaban. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada; y decía: “¿De dónde le viene esto? y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, de Josét, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí con nosotros? Y se escandalizaban a causa de él”. José solo ante el peligro. No aparecía por ningún sitio en la noticia contada por Marcos pero, dueño de su soledad y de sus silencios, siempre tuvo el sentido de la medida que tanto aprecio.

Correttte sabía lo que componía. José fue un buen compañero y Marcos lo entendió así. Por esta razón es sugerente intentar comprender que José admiraba a este narrador de la época, que contó cómo el emperador César Augusto quiso acabar de una vez por todas con alternativas a su poder corrupto, a través de un niño-ciudadano de su imperio, no empadronado, llamado Jesús, rey de los judíos, un revolucionario que no quiso ser emperador, que contaba cosas muy interesantes, que formó un gran equipo y que quería atender sobre todo a los más desprotegidos, a los engañados por el poder, a los nadies y a los desheredados. Y era una persona corriente, lo que suele poner muy nerviosos a los malos gobernantes: cuando se cansaba, dormía sobre el cabezal del barco, como nos lo contó hace ya muchos años un joven periodista de nombre Marcos. Mientras, José, un carpintero humilde, seguía trabajando en silencio. Es el José que todavía hoy tanto admiro. Esa es la navidad, con minúscula, que tanto aprecio. Y a María, por su soledad y también silencios, lo que pintó admirablemente George de la Tour.

Michel Corrette (1709-1795), José es un buen compañero (Seis sinfonías de Navidad, Sinfonía III, Allegro), interpretado por La Fantasía.

(1) https://www.museodelprado.es/actualidad/exposicion/georges-de-la-tour/369d61b8-c430-4c43-9f51-8ed8995aa949

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Este libro puede ser un regalo con estela:

Ciudadano Jesús. Otra navidad es posible

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

«Los desheredados», un cuento de María Lejárraga para una noche buena y laica

María Lejárraga

¡Madre, en la puerta hay un niño, tiritando está de frío! ¡Anda, dile que entre, se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá!

Villancico popular

Sevilla, 24/XII/2022

Llevo bastante tiempo leyendo todo lo que puedo sobre la escritora española María Lejárraga, una más de las olvidadas por la memoria histórica de este país y silenciada hasta límites insospechados durante la dictadura. En este ir y venir por sus escritos y, sobre todo, por su biografía, he localizado la que se considera su primera publicación, Cuentos breves. Lecturas recreativas para niños (1899), en la que apareció su nombre y apellido por primera vez durante su prolongada vida, aunque este hecho fuera recriminado por su familia y se prometiera a sí misma que no volvería a utilizar su nombre en su actividad como escritora de todos los géneros imaginables, como así fue a lo largo de su vida, con escasas excepciones. Del total de los cuentos que figuran en esta publicación he leído diez, entre los que he escogido uno, Los desheredados, sin descontextualizarlo en las postrimerías del siglo XIX en este país, porque considero que salvando lo que haya que salvar cobra plena actualidad como metáfora en esta navidad y es importante compartirlo a pesar de su crudeza, fundamentalmente porque seguimos asistiendo a un espectáculo nada edificante en relación con la pobreza severa infantil y,  muchas veces, con el maltrato físico, psíquico y social asociado a esta realidad por la propia sociedad, cuando se permite que esto ocurra con datos escalofriantes en pleno siglo XXI.

En los últimos tiempos he escrito en este cuaderno digital en reiteradas ocasiones sobre la crisis social y económica provocada por la pandemia de la COVID-19, situación que hemos olvidado en un santiamén, cuando la terca realidad demuestra que los niños y jóvenes son los que más acusan sus daños colaterales, los más desheredados. Lo acaba de ratificar un informe de la Plataforma de Infancia, formada por más de 70 organizaciones, que analiza los datos de 2021 de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV), que publica anualmente el Instituto Nacional de Estadística, donde se utiliza el indicador AROPE (ARisk OPoverty or social Exclusion), de la estrategia Europa 2020 que la Unión Europea propuso para evaluar el riesgo de pobreza y exclusión social en cualquiera de sus estados miembros, en el que se expone que un 33% de los niños, niñas y adolescentes que viven en España lo hace en riesgo de pobreza y exclusión social, cinco puntos porcentuales más que la media de la población. Es importante aclarar que la llamada tasa AROPE se define como población en riesgo de pobreza o exclusión social de aquellas personas que se encuentran al menos en una de estas tres situaciones: riesgo de pobreza, carencia material y social severa, o baja intensidad en el empleo.

Leyendo el informe se puede deducir que los niños y niñas de este país se convierten en nadies, en desheredados, con un ejemplo que ya he expuesto anteriormente, en este cuaderno digital, de mi Comunidad Autónoma, Andalucía, que me duele decirlo alto y claro: es imprescindible y urgente conocer con datos científicos que 2.738.318 ciudadanos y ciudadanas en Andalucía, es decir un 32,3% del total de población,  están viviendo la pobreza en sus vidas y, de forma más aguda, la pobreza severa, en un porcentaje del 8,1% del total, es decir, casi un millón y medio de personas, con un porcentaje muy importante de población infantil y juvenil, con cifras lo suficientemente elocuentes para confirmar que algo no estamos haciendo bien en esta Comunidad, porque contra datos no valen argumentos.

Lo que no olvido en esta navidad laica es el villancico que sonaba en los planos finales de una película de culto en mi infancia, Plácido, de Luis García-Berlanga, que cantábamos en mi colegio sin darnos cuenta de lo que decíamos, aunque era una declaración del mundo al revés de los desheredados, en toda regla: ¡Madre, en la puerta hay un niño, tiritando está de frío! ¡Anda, dile que entre, se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá!

El cuento de María Lejárraga que sigue, Los desheredados, no es precisamente “recreativo”, como decía el título de su obra conjunta, pero traduce junto a los restantes relatos algo muy importante y digno de consideración en la fecha en que se publicó, 1899: que en sus relatos no se contemplara la diferenciación por sexos, cuentos para niños o para niñas, tan común en su época y que hay que preocuparse por la niñez que sufre, a veces muy cerca de nosotros. Las andanzas que viven en primera persona estos niños desheredados hoy, tan cercanos a todos, se pueden contar a miles. Otra cosa muy distinta es ser conscientes de que estas situaciones difíciles no son un cuento sino una realidad y que debemos contribuir en la medida de nuestras posibilidades para que no ocurran o minimizar su impacto. Las niñas, los niños no tienen por qué sufrir las consecuencias de este triste mundo con sus duelos y sus contrariedades, con sus crueldades y sus humillaciones, como expresa María Lejárraga en su cuento, ni esperar a que su merecida felicidad le venga del cielo, la que ese triste mundo les niega a veces a diario cuando lo justo, equitativo y saludable es que se la entreguemos a raudales por justicia social, por derecho propio, por deber de Estado.

Los desheredados

Con los ojos clavados en el suelo, con el corazón triste y angustiado, y corriendo por sus rosadas mejillas lágrimas de dolor, caminaban silenciosos los dos niños por aquel camino estrecho y tortuoso, cuya dirección desconocían.

¡Qué terribles momentos! Huían al fin por verse libres del terrible yugo de aquella mujer sin conciencia, que durante dos años les había martirizado con incalificable crueldad.

Quedaron huérfanos, él de diez años, y la niña de ocho; al morir, el padre encargó a una hermana de la madre, muerta también poco tiempo antes, la tutela de los pedazos de su alma, otorgándole al mismo tiempo el poco dinero ahorrado, la casita pequeña y rústica, y el pedazo de tierra regado con el sudor de su frente.

¡Qué horrible lucha habían sostenido durante el tiempo que estuvieron bajo su cuidado!

Hartos de malos tratos, habían decidido abandonar el pueblo. Caminaban sin rumbo, donde la casualidad los llevara, dispuestos a pedir protección a la primera alma generosa que encontrasen en su camino.

Apenas andaban cuatro pasos, volvían la vista hacia el pueblecito que los había visto nacer… Infinidad de recuerdos, ya amargos, ya alegres, acudían a su imaginación…

La madre bondadosa y amante que tantas veces había cubierto de besos aquellos rostros rosados y sonrientes antes, pálidos y tristes ahora, pero siempre bellos y angelicales; que había padecido horriblemente cuando una lágrima cruel había bañado sus ojos; que ya no sabían más que llorar; que había arrullado sus inocentes y plácidos sueños con esos cánticos alegres que para la infancia tiene la vejez bondadosa y que, henchida de cariño, les acompañó en sus juegos, ahogó sus suspiros de pena, enjugó su llanto, fue partícipe de sus alegrías, vivió para ellos gozando sólo con sus dichas y sufriendo con sus dolores, siempre insignificantes y pequeños en realidad, pero grandes y amarguísimos para ellos, ángeles de candor, que ocultos en el amoroso regazo maternal, no habían podido ver aún el triste mundo con sus duelos y sus contrariedades, con sus crueldades y sus humillaciones…

El campo; los pájaros de picos de oro y vistoso plumaje que alegraban el alma con sus armoniosos cánticos; las vistosas flores que embriagaban los sentidos con sus suaves perfumes; el cielo azul; la tierra fértil; la Naturaleza rica en esplendores… todo, todo lo que fue alegre para ellos.

Como en un cinematógrafo, veían desfilar ante su vista las gratas escenas de sus primeros años felices y tranquilos, y caminaban, caminaban…

Después de algunas horas de marcha, les sorprendió la noche cuando ya las piernas luchaban por no doblarse, y los desnudos pies casi vertían sangre y el corazón latía con alarmante violencia…

Se sentaron en medio del campo. ¡Qué angustia! Ya no podían pasar de allí, estaban rendidos, tendrían que pasar la noche al descubierto.

La niña apoyó la cabeza sobre el pecho de su hermanito, que estrechaba fuertemente su cuerpo frío; no podían pronunciar una palabra; sólo sabían llorar…

Un negro manto cubrió el antes azul y sereno cielo; el brillo de las estrellas desapareció; reinaban las tinieblas…

Una furiosa tempestad se desencadenó de repente. Lluvia torrencial, relámpagos que cegaban, truenos que ensordecían… La Naturaleza quería poner de relieve su furor y su poder aquella lúgubre noche.

A la mañana siguiente hallaron unos campesinos, con las caritas juntas y los brazos enlazados, los yacentes cuerpos de los dos niños, muertos de terror, de frío, de hambre, de pena…

El Dios de los buenos, en su infinita misericordia, quiso sin duda llevar a su lado a aquellos dos ángeles para resarcirles crecidamente con las inmensas delicias de la mansión celestial, de la felicidad que el triste mundo les había negado.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

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