Viaje a la isla de Bes, de Teócrito, a Ibiza / 4. Una guía espiritual imprescindible, María Teresa León

Sevilla, 6/III/2023

Desde las cuatro caras del monumento dedicado por Ibiza a “sus corsarios”, cerca, muy cerca del bar La Estrella, cerrado a cal y canto, como casi toda la isla, leí unas hojas del recuerdo vivo de Ibiza que María Teresa León recoge en su Memoria de la melancolía, nueve páginas llenas de contenido histórico que nunca se borraron de su memoria. Ese día, fueron mi guía para un viaje interior en mi persona de secreto, hacia alguna parte. Quise que fuera así, porque el relato de Rafael Alberti sobre esta visita tiene una ausencia que no logro entender muy bien, aunque soy consciente del contexto en el que el poeta lo escribió, en Madrid, en 1937, “durante los bombardeos enemigos y el espíritu fuerte de nuestra resistencia”. Prefiero la narración de María Teresa León donde Rafael Alberti es Rafael y no Javier, el protagonista, alter ego del poeta en el relato citado. Es ella la que en Memoria de la melancolía narra las peripecias que sufrieron a las tres semanas de haber llegado a la isla y, de esta forma, es la que podía iluminarme para conocer sus recorridos en esta salida fugaz de su molino de Socarrat hacia la playa d´En Bossa, al conocer que se había iniciado la sublevación militar que suponía el comienzo de la guerra civil en la península, palabra maestra para los ibicencos. Perdidos en un primer  momento por una salida apresurada de su residencia en el Puig des Molins, se encontraron en la playa citada con Pau, un personaje que habían conocido en el Bar La Estrella junto a Justo Tur, personaje ya citado en esta serie, porque era un lugar en el que funcionaba una radio que utilizaba su dueño, un alemán emigrado, de cuyo altavoz, orientado hacia la calle, saludaba a los que deambulaban por allí con los compases de continuos cuplés: “Que tengo sangre gitana en la palmita de la mano”…, pero que también les permitía conocer la situación del país a través de bandos incendiarios. Conociendo su situación, porque ya se habían presentado días anteriores como de ideología “comunista”, sabían que su casa sería “visitada” por la guardia civil inmediatamente, como así ocurrió, aunque tanto Rafael como María Teresa ya habían salido con lo puesto buscando un refugio cerca de la playa citada d´En Bossa.

En este entorno, que sintetizo de forma consciente, porque María Teresa León también lo hace en su Memoria, es importante saber que fueron otros veinte días de refugio preocupante, los que siguieron a su llegada, rodeados de escasos amigos y conocidos, Pau, Tur, Araquistain, Escandell y otras personas que también habían huido hacia la montaña, sabiendo que en el cuartel de Dalt Vila ya estaban detenidos los conocidos como “de izquierdas” de la isla, dado que en los primeros días de la insurrección, las escasas tropas que la custodiaban eran leales al golpe de Franco: “Apoyados en los troncos de los pinos, seis o siete corazones creían en el valor y la razón del pueblo de su patria”. Tenía sentido leer allí estas líneas del libro de María Teresa, porque ella misma recuerda el monumento a los corsarios desde el que yo lo estaba haciendo: “Allí [en la zona donde estaban refugiados] conocimos el valor de las torres de vigía que a medio caer sobrenadan muertas en el agua del pasado, vivas cuando la piratería berberisca razziaba todo en la tierra y apresaba todo en el mar. Tiempos crueles para la isla que obligaron a los ibicencos a armarse para una guerra de represalia. El último valiente tiene una estatua. Es el capitán Riquer. Lo conocen todos los niños de la isla. Venció al pirata gibraltarino que pirateaba con bandera inglesa -¡qué raro!- en 1806”. Hice unas fotografías en ese lugar y leí las placas que todavía rodean el monumento al corsario más famoso de la isla, de apellido Riquer, de nombre Antoni, en su lucha contra el capitán corsario italiano afincado en Gibraltar, Miguel Novelli “El Papa”, al mando del bergantín Felicity, que fue inaugurado el 6 de agosto de 1915, para que se recordara siempre que “En lucha secular y heroica pugnaron por la religión y por la patria: sea gloriosa y perdurable su memoria”.

María Teresa prosigue su narración contando la llegada por aire de unos aviones que arrojaban propaganda republicana anunciando que para el 15 de agosto sería liberada Ibiza, con mensajes de cierto candor según ella: “[…] el 15 de agosto, festividad de la Virgen, aniversario de los desembarcos de Jaime I el Conquistador, la Republica recobraría Ibiza”. En este contexto, cuenta una anécdota de cómo la acogieron en una casa donde unas mujeres payesas le ofrecieron todo tipo de atenciones, sólo por querer bañarse en una alberca de aquella montaña: “¡Dios, Dios, como escuecen en los ojos los recuerdos!”, creo que porque su amigo Escandell había contado a aquellas mujeres que ella “trabajaba para los pobres”, a lo que ella apostilla: “¿Qué habían entendido de aquella explicación tan vaga? Seguramente todo el problema español, pues su soledad se había roto al encontrarme, al saber que millones de seres pensaban como sus hijos y se habían levantado en armas para defenderlas. Alguien de lejos, hablando de distinto modo, había entendido su lenguaje”. Habló con aquellas mujeres de acogida durante bastante tiempo, le contó una de ellas que su hijo trabajaba en las salinas, “donde perdía sus ojos”, que aquellos terrenos ya no eran comunales sino de una Salinera “que las explotaba” explotándolos. Se despidieron de forma apresurada con la esperanza de que todo terminaría bien.

Lo que vino después lo describe ella en muy pocas frases pero llenas de contenido ideológico. En los primeros días de agosto, unos destructores atacan el castillo de Dalt Vila y finalmente, se libera la ciudad: “Se ha entregado el castillo”. Bajaron de la montaña y allí se encontraron con una columna de milicianos que avanzaba hacia ese enclave, llevando al frente al capitán Bayo. Se incorporaron a esa columna y les dijeron que iban a poner la bandera valenciana en el castillo. Se la dieron finalmente “con las valientes barras amarillas y rojas y “lo rat penat” [el murciélago] en el remate del asta”. A pesar de que alguien quiso que la bandera que tenía que ondear en lo alto del castillo era la republicana, fue María Teresa la que intervino diciendo que debía ser la señera porque ese día se conmemoraba el día en que Jaime I el Conquistador había conquistado la isla “para mayor gloria nuestra”.

A partir de aquí, ella cuenta un suceso que creo de especial importancia recordarlo tal y como lo narra en su memoria de la melancolía: “[…] De pronto, hacia la parte del Museo Cartaginés oímos gritos. Era Rafael que trataba de evitar que manos anarquizantes sacasen de la iglesia santos y ornamentos o que entraran en el museo tan dormido y quieto. Habían encendido una hoguera, Rafael iba de uno a otro convenciéndoles de que dejaran vivos los ángeles, los santos. Por no sé qué milagro vimos que le obedecían. […] Ante una situación que narra de las primeras horas de la liberación de la capital por fuerzas republicanas, en la que se encontró sentada entre militares y paisanos que formaban parte de un tribunal, el tribunal del pueblo, le “entraron a un hombre gordo y viejo, que había disparado contra las fuerzas republicanas, respondiendo él: Yo no sé ni leer ni escribir. Ella refiere en estas páginas algo especial: “¡Ni leer ni escribir! ¿Cómo podíamos exigirles que comprendiesen lo que estaba ocurriendo en España? ¿Es que teníamos derecho a pedirles […] a los liberadores que respetasen las obras de arte si ellos no habían oído esa palabra en su vida? ¿Arte? ¿Teníamos derecho a enfrentarlos con una palabra que no habían oído nunca? ¿Cómo hablar en nombre de la cultura si los habíamos dejado sin cultura? […] Jamás me he sentido más desgraciada. Sí, todos eran mi gente pobre y mi pueblo. La guerra civil me había enseñado su cara. Dejé mi puesto, volví al Molin del Socarrat y aquella misma noche decidimos regresar a la península”.

Pocos días después, zarparon hacia la península en el destroyer [sic] “Almirante Antequera”, con palabras de María Teresa León hermosas, como siempre, mientras el barco se alejaba del muelle donde se alzaban y agitaban pañuelos de amigos del alma en momentos muy difíciles, inolvidables: “¡Adiós, adorable isla pequeña de Astarté! Nos vamos, pero mucho hemos de hablar de ti, hermosa entre las hermosas!”, isla de Ibiza. Llegaron a Valencia el 11 de agosto de 1936, cuarenta y cuatro días después de su llegada a Ibiza.

Cerré el libro paseando por La Marina. Aquella tardenoche ibicenca me dejó sin palabras y comprendí cómo fueron aquellas semanas en las que Rafael Alberti y María Teresa León residieron en esta isla preciosa, milenaria y con una memoria histórica y democrática que este viaje vuelve a enriquecerla en nuestras personas de secreto.

Ya en el hotel, volví al libro que detalla este viaje con pormenores importantes, Rafael Alberti en Ibiza (1), escrito por Antonio Colinas y que nos ayudó a situar geográficamente los movimientos de esta pareja en la isla, que forma parte ya de nuestra memoria democrática. Era la mejor forma de que cualquier movimiento por esta “pitiusa” nos llevara, en nuestra mente, a sus sitios frecuentados por las circunstancias, con el encanto especial de las páginas escritas con gran delicadeza por María Teresa León, nuestra guía espiritual aquellos días que hoy, al enfrentarme a la página en blanco, no olvido.

(1) Colinas, Antonio, Rafael Alberti en Ibiza. Seis semanas del verano de 1936, Barcelona: Tusquets, 1995.

NOTA: la imagen de María Teresa León se ha recuperado hoy de José María García de Tuñón Aza, La melancolía de María Teresa León, El Catoblepas 113:9, 2011 (nodulo.org)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Viaje a la isla de Bes, de Teócrito, a Ibiza / 3. Retornos de Vicente Aleixandre

Sevilla, 2/III/2023

Los retornos de lo vivo lejano siempre están presentes en mi vida, al igual que Rafael Alberti los vivió y llevó a palabras bellísimas en una obra homónima. Si lo traigo a colación ahora es porque un día después de la visita al Puig des Molins y a Dalt Vila, me reencontré en un mercadillo hippie de Ibiza con un poeta de su generación, Vicente Aleixandre, en una experiencia que ya he contado en este cuaderno digital, Vicente Aleixandre vuelve a Ibiza desde Sevilla,  que hoy reproduzco de nuevo por su profundo significado y por lo que simbolizaba para Aleixandre su Historia del corazón. El libro al que me refería en ese artículo, ya ha llegado a la Biblioteca Pública Insular de Ibiza, habiéndome manifestado la dirección del centro su agradecimiento por haberlo recuperado, que “en breve catalogaremos para que resulte visible y consultable por el público lector”. Creo que la misión está cumplida y que el retorno de Aleixandre a Ibiza, de donde nunca debió salir, es ya una realidad plena.

Al igual que Ibiza está presente en estos retornos de Alberti, a través de un poema inolvidable, bajo el título de Retorno a una isla dichosa, vuelvo a leer los retornos dedicados por él a Vicente Aleixandre y fechados en 1958, Retornos de Vicente Aleixandre (que no figuraban en la primera edición de 1952), haciendo un recorrido de tiempos dolorosos en los que ambos se encontraron e incluso compartieron páginas de El mono azul y mítines desde la acera republicana y añorando un reencuentro en el futuro para que “su misma luz de hoy pudiera hablarle”:

¿Dónde estás tú, mi amigo,
de dónde vienes tú, desde qué fondo
de los años me llegas,
en este mediodía tan distante
de aquellos otros o de aquellas noches
en las que te encontraba,
alto, pulido y rubio,
ya como en busca de lo que iba a darte
con el tiempo esa voz en la que alienta
todavía el verdor claro de entonces?

Han pasado las cosas. Han caído
mares de oscuridad, negros telones.
Precipitadas nieblas en derrumbe
nos han ahogado hasta quedar algunas
sangres preciosas sepultadas. Óyelas,
como yo las escucho, aquí, tan lejos,
tanto, que con las manos puedo, a veces,
tocarles el sonido…

                                Sí, han pasado,
han pasado las cosas. Pero mira:
siempre la muerte retrocede, siempre
sus yertas oleadas ceden paso
a esa doliente luz donde se abre,
niño feliz de espuma azul, la vida.

Y así, mi amigo, ahora,
en este mediodía tan distante,
de sol subido en las mecidas cumbres
de los bosques, de pájaros, de cielos,
de estas involuntarias extensiones
que hace tiempo me habitan, tú me llegas,
nuevo otra vez, reverdecido y joven,
como si tantos años sucedidos
hubieran sido únicamente un día,
sólo un día sin sombras.

                                      Que tus soles
venideros no pasen y, altos, sigan
penetrándote siempre
de igual temblor para que en mi retorno
tu misma luz de hoy pueda hablarme.

Vicente Aleixandre vuelve a Ibiza desde Sevilla

Sevilla, 16/II/2023

No es una distopía al uso, sino una historia breve, real como la vida misma, que deseo compartir con la Noosfera. En un viaje reciente que he efectuado a Ibiza, siguiendo la estela del que hicieron Rafael Alberti y María Teresa León a esa isla en 1936 y donde vivieron de forma compleja los primeros días de la guerra civil, tuve un encuentro mágico con mi paisano Vicente Aleixandre, poeta al que admiro y al que he dedicado varias páginas en este cuaderno digital. Fue en un mercadillo hippie, muy conocido en la isla, en el que encontré una obra suya preciosa, Historia del corazón (1), editada en 1977, que conocía bien, porque en ella figura un poema, Mano entregada, al que dediqué un artículo en este cuaderno en 2015, Elogio de la mano, como pequeño homenaje a su obra y por una razón del corazón, como su historia: me apasiona la contemplación de la mano humana.

Al abrir el libro, antes de comprarlo, descubrí que pertenecía al fondo de la “Casa de Cultura y Biblioteca Pública de Ibiza”, con páginas selladas y con el registro y signaturas oficiales de la citada Biblioteca. No me lo pensé dos veces y lo compré por una módica cantidad comparándola con el valor inmenso de lo que significaba para mí, no confundiendo la relación valor y precio que aprendí hace ya muchos años de otro paisano nuestro, Antonio Machado, con una finalidad clara: devolverlo a su legítima “dueña”, una Biblioteca Pública a la que le pertenece y, simbólicamente, a la ciudadanía de Ibiza, concretamente a la Biblioteca Pública Insular, con una denominación actual diferente a la de los registros y sellos que figuran en el libro, para que los niños y niñas, jóvenes y personas mayores, en Ibiza, puedan leer a este autor extraordinario a través de una obra simbólica y de una calidad excepcional, que vuelve a esa tierra preciosa desde la ciudad en que nació y para tener un sitio en sus estanterías de uso público.

Vicente Aleixandre vuelve a su casa, a Ibiza, a su Biblioteca Pública, lugar de donde no debía haber salido. Lo devuelvo, es más, lo entrego con la mano entregada que aprendí a comprenderla leyendo sus versos en un poema que vuelvo a reproducir hoy, completo:

Pero otro día toco tu mano. Mano tibia.
Tu delicada mano silente. A veces cierro
mis ojos y toco leve tu mano, leve toque
que comprueba su forma, que tienta
su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro
hueso
insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca
el amor. Oh carne dulce, que sí se empapa del amor
hermoso.

Es por la piel secreta, secretamente abierta, invisiblemente entreabierta,
por donde el calor tibio propaga su voz, su afán
dulce;
por donde mi voz penetra hasta tus venas tibias,
para rodar por ellas en tu escondida sangre,
como otra sangre que sonara oscura, que dulcemente oscura te besara
por dentro, recorriendo despacio como sonido puro
ese cuerpo, que ahora resuena mío, mío poblado
de mis voces profundas,
oh resonado cuerpo de mi amor, oh poseído cuerpo,
oh cuerpo sólo sonido de mi voz poseyéndole.

Por eso, cuando acaricio tu mano, sé que sólo el
hueso rehúsa
mi amor -el nunca incandescente hueso del hombre-.
Y que una zona triste de tu ser se rehúsa,
mientras tu carne entera llega un instante lúcido
en que total flamea, por virtud de ese lento contacto de tu mano,
de tu porosa mano suavísima que gime,
tu delicada mano silente, por donde entro
despacio, despacísimo, secretamente en tu vida,
hasta tus venas hondas totales donde bogo,
donde te pueblo y canto completo entre tu carne.

Como dije en mi artículo de 2015, en homenaje a Aleixandre, sabemos ya que nuestras manos tienen una historia de más de tres millones de años, tal y como lo describió la revista Science ese año, en su artículo precioso (2). Es una de las maravillas de la naturaleza humana que junto al habla supone una evolución transcendental para las personas de hoy. Es una experiencia gratificante mirar con delicada atención nuestras manos y reparar en lo que nos aportan día a día, tanto en la vida diaria que las necesitan para atender múltiples necesidades, como para expresar de forma maravillosa los sentimientos y emociones en momentos vitales siguiendo instrucciones de determinadas estructuras del cerebro. Hoy, es lo que he sentido al envolver con mis manos el libro de Aleixandre y depositarlo en Correos para que vuelva a Ibiza, a una Biblioteca Pública, un lugar en el que creo que volverá a estar a disposición de quien lo quiera leer y comprender qué significa una historia preciosa del corazón. Nada más.

(1) Aleixandre, Vicente, Historia del corazón, 1977 (3ª ed.), Madrid: Espasa-Calpe.

(2) Skinner, M.M., Stephens, N.B., Tsegai, Z.J., Foote, A.C., Nguyen, N.H., Gross, T., Pahr, D.H., Hublin, J.J. y Kivell, T.L. (2015). Human-like hand use in Australopithecus africanus. Science, 23, Vol. 347 no. 6220, pp. 395-399.

NOTA: en la fotocomposición de la imagen, realizada por el autor de este artículo, se ha utilizado una imagen de Vicente Aleixandre recuperada de la página web: La esclarecedora biografía de Vicente Aleixandre, escrita por Emilio Calderón (mundiario.com).

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Viaje a la isla de Bes, de Teócrito, a Ibiza / 2. Un paseo por el Puig des Molins y por Dalt Vila

Menos turismo, más futuro! Pintada mural localizada en Ibiza capital / JA COBEÑA

Sevilla, 1/III/2023

Tengo que aclarar que nuestra llegada a Ibiza debía respetar, en la medida de lo posible, la experiencia de la llegada a la isla de Rafael Alberti y María Teresa León, nada más desembarcar del vapor-correo, Jaime II, aquel 28 de junio de 1936. A pesar de fijar nuestro “desembarco” aéreo y terrenal en Santa Eulalia del Río, por imperativos del viaje organizado al que nos habíamos suscrito María José y yo, nos dirigimos al día siguiente a la capital de la isla, Eivissa (Ibiza), en transporte público, porque sabíamos dónde habían tenido su primera residencia, concretamente en Puig des Molins (La Colina de los Molinos), junto al cementerio púnico que tantas veces describieron y mantuvieron en sus recuerdos más íntimos.

Es verdad que nada más llegar a la capital, nos encontramos con una pintada cerca de la estación de autobuses, que manifestaba cierto resentimiento hacia el turismo actual, de un colectivo de lugareños más jóvenes, con una frase que no hemos olvidado: “Menos turismo, más futuro”, con la firma de Juventud Republicana. Nos hizo reflexionar sobre qué significa en la actualidad la sobreexplotación del turismo en aquella isla, a pesar de que brilla por su ausencia en la época en que la hemos visitado, como pudimos comprobar día a día en las diferentes excursiones a las que fuimos, paseando por calles, playas, calas y pueblos prácticamente cerrados a toda actividad humana. Siempre nos decían lo mismo: “si estuviéramos haciendo esta ruta en pleno verano, no podríamos dar un paso…”. Era el presente de casi todas las localidades en las que pudimos, eso sí, observar la belleza del mar, de las innumerables calas, las iglesias-fortaleza, la presencia de la Iglesia en todas y cada una de las localidades visitadas y su toponimia actual, en la que se puede comprobar que cada lugar elevado a la categoría de pueblo, siempre tienen el nombre del santo a la santa bajo la que se organizó la presencia humana en los diferentes puntos de la costa y del interior en la isla, junto a una palabra lugareña que los sitúa en su momento histórico: Santa Eularia del Rius, Sant Antoni de Portmany, Sant Josep de sa Talaia, San Miquel de Balassat, Santa Gertrudis de Fruitera o Sant Carles de Peralta, entre otras muchas localizaciones.

Calles a través nos llevaron en la capital al Puig des Molins, una zona acotada en la actualidad, en la que divisé, sin poder acceder a él, el molino en el que se alojaron nuestros protagonistas y auténticos guías de este viaje, el Molino del Socarrat, que Alberti describió como “un molino de velas oscuras, que no funcionaban, pero de las que quedaba el armazón. Pagábamos nada: cinco pesetas” (1). Lo fotografié a duras penas, dada la lejanía, pero destacaba sobre todos como en aquella época, con una casa adosada en la actualidad. Allí, abrí las páginas de Retornos de lo vivo lejano, una obra preciosa de Alberti y leí los versos siguientes en su retorno a una isla dichosa, Ibiza:

Venid, días dichosos, que regresáis de lejos
teniendo por morada las velas de un molino;
por espejo de luna, la que el sol tiró al pozo,
y por bienes del alma,
todo el mar apresado en pequeñas bahías.

[…] Isla de amor, escúchame, antes de que te vayas,
antes, ya que has venido, de que escapes de nuevo:
Concédeme la gracia de aclarar los perfiles
del canto que a mi lengua le quede aún, poniéndole
esa azul y afilada delgadez de contornos
que subes cuando al alba renaces sin rubores,
feliz y enteramente desnuda, de las olas
.

Se hizo un silencio sepulcral, nunca mejor dicho, cerca del cementerio púnico y nos dispusimos a entrar en la Villa Alta, Dalt Vila, tantas veces transitada por María Teresa y Rafael. Tengo que reconocer que siempre recurrí a la mejor guía que pude encontrar para recorrer aquel enclave tan peculiar, el libro de Antonio Colinas, citado anteriormente, a pesar de que todo cambia y casi nada permanece de lo que describió sobre este enclave aquella pareja de escritores excelsos. Hay que recordar que en los años treinta del siglo pasado, Ibiza fue un lugar escogido por pensadores, escritores y artistas de diverso género, desde el filósofo Walter Benjamin, un miembro de la familia del pintor Gauguin, su nieto Paul-René Gauguin, hasta Albert Camus, el arqueólogo Adolf Schulten o el fotógrafo Man Ray, al que he dedicado determinadas reflexiones en este cuaderno digital, entre otros célebres nombres de la cultura mundial.

De la vida placentera que pudieron tener durante los días previos al comienzo de la guerra civil, tres semanas exactamente, ocuparon sus recuerdos los detalles de la vivienda austera del molino, la higuera y el pozo que la circundaba, todo a modo de atalaya prodigiosa para divisar Alberti siempre el mar, su mar, así como la valla aparentemente protectora para el acceso a su lugar de estancia en la isla que tantas sorpresas les guardaba, un entorno que les permitía, a priori, cumplir el sueño de escribir El trébol florido, aunque el tiempo demostrara posteriormente que no fue posible, porque los albores de la guerra lo impedirían.

Aquel día nos dirigimos a Dalt Vila, para hacer el camino inverso que frecuentaban Rafael y María Teresa desde el Puig des Molins hacia el puerto, para descansar después de casi cuatro kilómetros de camino entre los restos de las sepulturas púnicas, mal protegidas entonces del vandalismo humano, hasta llegar al Paseo de Vara del Rey, la antigua S´Alamera, que facilitaba el acceso a un lugar emblemático en la vida de ellos aquellos días, el Bar la Estrella, muy cerca del monumento dedicado a los corsarios ibicencos, que todavía permanece en el mismo lugar en el que lo frecuentaban nuestros guías virtuales, Rafael y María Teresa, aunque no pudimos disfrutar de más recuerdos interiores del local porque, como nos ha ocurrido en casi todas las visitas de interés, estaba cerrado por final de temporada.

Entramos a Dalt Vila por unos túneles cercanos a los baluartes de Santiago, San Jorge y Santa Tecla, hasta llegar a la Casa del Rey Moro, al antiguo Seminario y a la plaza de la catedral, junto al Museo Arqueológico que, haciendo honor a nuestra experiencia de una Ibiza cerrada en invierno, tampoco pudimos visitar, a pesar de las palabras excelsas de María Teresa León sobre el fondo que pudo contemplar en la visita que describe en Memoria de la melancolía. Otra vez será. Comenzamos el descenso hacia el puerto por la Calle Mayor y allí pude contemplar el acceso a la casa de un gran amigo de Rafael y María Teresa en aquellos días y durante una parte importante de sus vidas, Justo Tur Puget, que conserva su encanto a pesar del paso de los años, un lugar al que dedica palabras hermosas María Teresa León en sus citadas Memorias: “La Vila de viviendas palaciegas, donde vivía mi amigo Justo Tur, en una casa de aljimeces…”. Desde allí bajamos al mirador de la plaza del Soto, para contemplar una panorámica marina excepcional., hasta llegar al arrabal árabe y la majestuosa entrada a la ciudad amurallada conocida como Portal Nou.

Placa conmemorativa y zaguán de entrada de la casa que perteneció a Justo Tur, en la calle Mayor de ibiza, en Dalt Vila / JA COBEÑA

Bajamos por la calle Mayor, recordando la procesión que vivió en primera persona María Teresa, que también cita en las páginas dedicadas a Ibiza, con motivo de la celebración de las fiestas de San Cristóbal, pudiendo tomar unas imágenes del interior del Monasterio de San Cristóbal, de un azulejo conmemorativo, con un texto que no nos dejó indiferentes: “Canonesas [regulares] de San Agustín. Aquí se reza por todos los hombres y mujeres. Todos somos hermanos y hermanas”. Sin comentarios laicos. Finalizamos la visita frente al Mercado de las Verduras, una actividad tradicional multisecular en Ibiza, que todavía perdura, también cerrado como no podía ser menos en este ferrafebrero de Ibiza.

El Bar La Estrella, en la actualidad, junto a la placa conmemorativa colocada por el Ayuntamiento de Ibiza en 2021

Rafael Alberti y María Teresa León sólo llevaban dieciocho días en Ibiza, desde su llegada el 28 de junio, hasta que se produjo el comienzo de la guerra civil, el 18 de julio de 1936. Allí, en el barrio de La Marina, volvimos a leer las páginas dedicadas por ella a esta isla junto al monumento a los corsarios y muy cerca de su querido bar La Estrella, despidiéndonos de todo lo visto como un símbolo de una visita fugaz pero con el tiempo dentro, tal y como lo ha recogido el Ayuntamiento de Ibiza en una placa colocada en ese bar, en homenaje a los dos ilustres visitantes: “¡Adiós, Pau! ¡Adiós, Escandell! ¡Adiós, Justo Tur! Adiós, adorable isla pequeña de Astarté! Nos vamos, pero mucho hemos de hablar de ti, hermosa entre las hermosas… Tenemos que sentarnos en el café de la Estrella -¿Verdad, Pau? ¿Verdad, Escandell?- mirarnos, recordar…».

Caminamos de regreso a Santa Eulalia del Río, para coger el autobús de línea. Al regresar a la estación volvimos a encontrarnos con el mensaje de la pintada que nos saludó nada más comenzar nuestra visita a la capital y pensamos que es verdad: Ibiza debe pensar en su futuro, frecuentarlo, para ir más allá del turismo. La cultura milenaria que desprende la isla puede ser un reclamo para el mundo. Así lo proclamaron a los cuatro vientos cuantos pensadores y artistas vivieron en la isla huyendo del mundanal ruido, a partir de los años treinta del pasado siglo. ¡Qué paradoja en la actualidad!, que también experimentamos cuando en este paseo de regreso a lo conocido, descubrimos el monumento donado en 2016 por el fundador del Grupo Pachá, Ricardo Urgell, a la ciudad de Ibiza, dedicado a los orígenes y las influencias del mundo hippie en la isla de Ibiza, realizado por la escultora Ció Abelli, en una réplica de la fotografía de Toni Riera, “Padre e hija, caminando”, tomada curiosamente en Ámsterdam, no en aquella tierra.

Con la experiencia vivida, constatamos, una vez más, la realidad próxima del mundo al revés, que proclamó a los cuatro vientos Eduardo Galeano: Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. Al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista: es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies (2). 

(1) Colinas, Antonio, Rafael Alberti en Ibiza, Barcelona: Tusquets, p. 28, 1995.

(2) Galeano, Eduardo, Si Alicia volviera, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI Editores de España, 1998.

NOTA: todas las fotografías de las diferentes composiciones, han sido realizadas por JA COBEÑA.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Viaje a la isla de Bes, de Teócrito, a Ibiza / 1. Siguiendo la estela de Rafael Alberti y María Teresa León

Rafael Alberti y María Teresa León, 1934

Sevilla, 27/II/2023

Gracias a la iniciativa pública del Estado de Bienestar, que auspicia el proyecto anual de turismo social con dinero público y gestión pública, y que se complementa con la aportación individual de cada pensionista interesado, inicié las gestiones el año pasado para hacer un viaje a Ibiza siguiendo la estela del que hicieron Rafael Alberti y María Teresa León, hace ya muchos años, concretamente en junio de 1936, a la isla del dios egipcio Bes, la que hoy llamamos Ibiza y, en ibicenco, Eivissa, un lugar al que Alberti denominó la isla de Teócrito y María Teresa León, el Mar de Ulises. Conocía este viaje tan especial a través de La Arboleda perdida, el libro de memorias del poeta, también por el relato escrito en Madrid, en 1937, Una historia de Ibiza, en el que utiliza el seudónimo de “Javier” como protagonista del mismo y, por último, por la que considero la mejor reseña del mismo, la que escribió María Teresa León en su Memoria de la melancolía, obra de la que conservo dos ediciones, la primera, de 1977, de la editorial Laia/paperback, una edición rústica que rescaté junto a otros nueve ejemplares en un supermercado, junto a lineales de todo tipo de alimentos y, la segunda, la que publicó el Círculo de Lectores, una edición muy cuidada de 1987 y con una introducción que, curiosamente, es una referencia continua de Alberti al viaje a Ibiza junto a María Teresa León, con un título lleno de esplendor y amor hacia ella: Cuando tú apareciste, porque el poeta estaba saliendo en ese mes de junio de 1936 de “un amor torturado”, “que me tironeaba y me hacía vacilar antes de refugiarme en aquel puerto”, tal y como lo expresó bellamente en Retornos del amor recién aparecido (en Retornos de lo vivo lejano, 1956):

Cuando tú apareciste,
penaba yo en la entraña más profunda
de una cueva sin aire y sin salida.
Braceaba en lo oscuro, agonizando,
oyendo un estertor que aleteaba
como el latir de un ave imperceptible.
Sobre mí derramaste tus cabellos
y ascendí al sol y vi que eran la aurora
cubriendo un alto mar en primavera.
Fue como si llegara al más hermoso
puerto del mediodía. Se anegaban
en ti los más lucidos paisajes:
claros, agudos montes coronados
de nieve rosa, fuentes escondidas
en el rizado umbroso de los bosques.

En estos meses de preparación del viaje he procurado informarme a fondo de las razones que movió a la pareja Alberti-León para dirigirse a un lugar que en aquellas fechas estaba tan apartado del país, tan ignorado. Quizá sea la propia María Teresa y, por su detallado contexto histórico, la obra de Antonio Colinas, Rafael Alberti en Ibiza, junto a la declarada también por el poeta, las fuentes más fiables de la auténtica razón de esta singladura hacia alguna parte. Se trataba, de verdad, de una elección al azar, después de un suceso real que ocurrió en los días previos a este viaje y que motivó el cambio de destino, porque ellos habían elegido Galicia para ese viaje veraniego, pero un choque de trenes en un túnel entre León y Galicia fue lo que realmente los llevó a elegir Ibiza, con un secreto a voces: escribir allí una obra de teatro, El trébol florido, para presentarla al Premio Nacional Lope de Vega. Pero será María Teresa León la que explique la “razón profunda” de ese cambio, porque según ella fue la superstición de Alberti, como “buen andaluz”, la que le llevó a “viajar en sentido opuesto”, expresado así, literalmente, en Memoria de la melancolía.

Finalmente, en la madrugada del 28 de junio de 1936, zarparon desde Alicante en el vapor-correo Jaime II, de la Compañía Transmediterránea, llegando a Ibiza ese día, a las doce y media de mediodía, hecho que fue recogido por el Diario de Ibiza, en su “Carnet social”, con la siguiente frase: “De viaje: […] igualmente llegaron D. Rafael Alberti y señora”.

Con estos antecedentes, iniciamos el viaje hacia Ibiza, un mundo desconocido en el que había que descubrir la isla de una forma diferente a como se la promociona desde el boom turístico que la caracteriza. El compromiso era firme, seguir la estela de Rafael Alberti y María Teresa León, lo que ellos vieron y describieron en las seis semanas que permanecieron allí, porque durante su estancia comenzó la Guerra Civil, un contraste garantizado sobre lo que después fuimos capaces de descubrir en una isla llena de luz, tal y como María Teresa la describe en sus primeras palabras sobre la isla: “Cuando el sol aparece todo reverbera, pues los muros están blanqueados por cales vibradoras”, la isla más hermosa del mundo, en la que decía que quería comprar una casa, asomada al mar, que llevara el nombre de “Casa de la Esperanza”, porque sería “admirable para morir en paz”.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Las incertidumbres del Día Después

Mario Benedetti

Sevilla, 25/II/2023

Los que estamos acostumbrados a vivir en un casi permanente carpe diem, nos cuesta aceptar el principio de realidad del Día Después, de los días después, que son muchos. Acostumbrados a que todo fluya y casi nada permanezca, aceptar que el mundo líquido (Bauman), al igual que el tiempo, sigue o huye por donde puede o le dejan las circunstancias, ofrece muchas posibilidades de aprehender lo mejor de lo que nos sucede a diario y que forma parte de nuestra personalidad, fundamentalmente porque es fácil que mediante nuestro esfuerzo nos acostumbremos a ver, cada día, el vaso medio lleno de todo lo que nos ocurre de forma personal e intransferible, no medio vacío, que también es posible, sobre todo a nivel de sentimientos y emociones. Es lo que aprendí de Rafael Alberti en mis años jóvenes, cuando comparaba pensamiento y sentimiento en un poema precioso que no olvido: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso.

Avanzando en el arduo camino de la vida, pienso mucho en el después al que cantó Benedetti, en su Después, tal y como lo explicó espléndidamente en un poema inédito publicado dos años después de su fallecimiento, El Después, formando parte de un conjunto de poemas seleccionados por el autor en los últimos años de su vida: “El Después nos espera / con las brasas y los brazos abiertos / ah pero mientras tanto / vemos pasar con su cadencia/ la muerte meridiana de los otros / los más queridos y los no queridos”. Benedetti me ha ayudado también en este cuaderno a comprender mejor el Buzón de tiempo: decía Cicerón que en algún momento hay que decir las cosas tal y como son, a pesar de que se demuestre siempre que cuando las personas están ausentes se puede escribir mejor, porque las cartas no se ruborizan, las personas sí. Es uno de los tres epígrafes de su libro, Buzón de tiempo: En el buzón del tiempo hay alegrías / que nadie va a exigir / que nadie nunca reclamará / y acabarán marchitas añorando el sabor de la intemperie / y sin embargo del buzón del tiempo / saldrán de pronto cartas volanderas / dispuestas a afincarse en algún sueño / donde aguarden los sustos del azar. Me ha acompañado en mi rincón de tocar el piano, el clave y el violín, un homenaje a las señales que nos da el paso de los años en nuestras manos: En las manos te traigo / viejas señales / son mis manos de ahora / no las de antes / doy lo que puedo / y no tengo vergüenza / del sentimiento. Me vanaglorio de haber entendido con Benedetti qué significa el pesimismo en la vida, tal y como lo aprendí del haiku 123, precioso, escrito en 1999: Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado. He pedido a veces perdón por mi tristeza, retirándome durante horas a leer sus haikus para aprender con uno de ellos (199), que hace unos años me asustaba cambiar a determinadas estaciones del año, porque…, cosas de la vida, equivocado de siglo para algunos, ya soy casi un permanente invierno.

Aprendí en Testigo de uno mismo un soneto del pensamiento, precioso, que leyéndolo de nuevo me ha pre-ocupado (así, con guion), sobre todo por la segunda estrofa: sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos. Cuando preguntamos a nuestro alrededor ¿cómo va la cosa?, sobre todo cuando nos comprometemos en el carpe diem existencial y vemos los resultados en los días de después,  lo habitual es que te respondan siempre ¿no lo ves? ¡fatal! Y la cosa es un constructo universal que tiene nombres y apellidos de casi todo lo que se mueve. De ahí al conformismo más activo solo hay un paso. No hay pensamiento, aliento, espera, ni preguntas para saber por dónde va la cosa de los vientos del Sur, que también existe y… resiste. Gracias, Benedetti.

También aprendí de Benedetti a medir bien las pausas que se viven a flor de piel cada Día Después, a tener siempre sentido de la medida, flor que no suele adornar nuestras relaciones de todo tipo, porque él supo poner hermosura a la vertiente más triste de la vida y nos ofreció una forma de entender las necesarias pausas en el caminar diario personal, familiar, profesional y social: De vez en cuando hay que hacer una pausa / contemplarse a sí mismo / sin la fruición cotidiana / examinar el pasado / rubro por rubro / etapa por etapa / baldosa por baldosa / y no llorarse las mentiras / sino cantarse las verdades. También, a querer siempre sin mirar atrás: Te quiero como para leerte cada noche, como mi libro favorito quiero leerte, línea tras línea, letra por letra, espacio por espacio. 

Llegado ya a una cierta edad y, sobre todo, en cada Día Después, aprendí de él a hacer balance de mi vida,en su poema Balanceos, en A título de inventario: en el sillón tranquilo de balance / en la reminiscente mecedora / qué más puedo emprender que sopesarme / llenar a plenitud los dos platillos / de la vieja balanza sin que sobren / los esplendores ni las cortedades / para evaluar añicos y bosquejos / y sopesar pesar balancearme / en el sillón tranquilo de balance. Cuando en los Días Después de cada pronunciamiento en este cuaderno digital, pienso en qué efectos puede tener en la Noosfera lo que escribo y publico, también acudo a Benedetti para recordar los matices revolucionarios en su intrahistoria, leyendo un texto precioso y lleno de contenido proactivo, Revolución y participación, en su obra Terremoto y después: “La imaginación popular corre junto con los hechos, casi podemos decir que los hechos mismos son imaginativos, porque los hechos, mucho más que las palabras, son los que van abriendo caminos nuevos; los hechos empecinados y tenaces, fueron siempre y son ahora, la vanguardia de una transformación profunda. Las palabras vienen siempre detrás para explicarnos; incluso para explicar por qué se olvidaron de anunciarlos”. Impecable. En roman paladino (Quiero fer una prosa en román paladino en el qual suele el pueblo fablar a su veçino…, Gonzalo de Berceo), hechos son amores en vida y no buenas razones. Avanzando en el arduo camino de la vida, pienso mucho en el después, en su Después, en las incertidumbre diarias que tienen siempre su continuidad en el Día Después, porque sólo esperamos / que alguien nos sueñe sin puñales / de todos modos preparamos / la boca por si vuela un beso / y si no vuela siempre queda / uno que emerge del olvido…

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Vicente Aleixandre vuelve a Ibiza desde Sevilla

Sevilla, 16/II/2023

No es una distopía al uso, sino una historia breve, real como la vida misma, que deseo compartir con la Noosfera. En un viaje reciente que he efectuado a Ibiza, siguiendo la estela del que hicieron Rafael Alberti y María Teresa León a esa isla en 1936 y donde vivieron de forma compleja los primeros días de la guerra civil, tuve un encuentro mágico con mi paisano Vicente Aleixandre, poeta al que admiro y al que he dedicado varias páginas en este cuaderno digital. Fue en un mercadillo hippie, muy conocido en la isla, en el que encontré una obra suya preciosa, Historia del corazón (1), editada en 1977, que conocía bien, porque en ella figura un poema, Mano entregada, al que dediqué un artículo en este cuaderno en 2015, Elogio de la mano, como pequeño homenaje a su obra y por una razón del corazón, como su historia: me apasiona la contemplación de la mano humana.

Al abrir el libro, antes de comprarlo, descubrí que pertenecía al fondo de la “Casa de Cultura y Biblioteca Pública de Ibiza”, con páginas selladas y con el registro y signaturas oficiales de la citada Biblioteca. No me lo pensé dos veces y lo compré por una módica cantidad comparándola con el valor inmenso de lo que significaba para mí, no confundiendo la relación valor y precio que aprendí hace ya muchos años de otro paisano nuestro, Antonio Machado, con una finalidad clara: devolverlo a su legítima “dueña”, una Biblioteca Pública a la que le pertenece y, simbólicamente, a la ciudadanía de Ibiza, concretamente a la Biblioteca Pública Insular, con una denominación actual diferente a la de los registros y sellos que figuran en el libro, para que los niños y niñas, jóvenes y personas mayores, en Ibiza, puedan leer a este autor extraordinario a través de una obra simbólica y de una calidad excepcional, que vuelve a esa tierra preciosa desde la ciudad en que nació y para tener un sitio en sus estanterías de uso público.

Vicente Aleixandre vuelve a su casa, a Ibiza, a su Biblioteca Pública, lugar de donde no debía haber salido. Lo devuelvo, es más, lo entrego con la mano entregada que aprendí a comprenderla leyendo sus versos en un poema que vuelvo a reproducir hoy, completo:

Pero otro día toco tu mano. Mano tibia.
Tu delicada mano silente. A veces cierro
mis ojos y toco leve tu mano, leve toque
que comprueba su forma, que tienta
su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro
hueso
insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca
el amor. Oh carne dulce, que sí se empapa del amor
hermoso.

Es por la piel secreta, secretamente abierta, invisiblemente entreabierta,
por donde el calor tibio propaga su voz, su afán
dulce;
por donde mi voz penetra hasta tus venas tibias,
para rodar por ellas en tu escondida sangre,
como otra sangre que sonara oscura, que dulcemente oscura te besara
por dentro, recorriendo despacio como sonido puro
ese cuerpo, que ahora resuena mío, mío poblado
de mis voces profundas,
oh resonado cuerpo de mi amor, oh poseído cuerpo,
oh cuerpo sólo sonido de mi voz poseyéndole.

Por eso, cuando acaricio tu mano, sé que sólo el
hueso rehúsa
mi amor -el nunca incandescente hueso del hombre-.
Y que una zona triste de tu ser se rehúsa,
mientras tu carne entera llega un instante lúcido
en que total flamea, por virtud de ese lento contacto de tu mano,
de tu porosa mano suavísima que gime,
tu delicada mano silente, por donde entro
despacio, despacísimo, secretamente en tu vida,
hasta tus venas hondas totales donde bogo,
donde te pueblo y canto completo entre tu carne.

Como dije en mi artículo de 2015, en homenaje a Aleixandre, sabemos ya que nuestras manos tienen una historia de más de tres millones de años, tal y como lo describió la revista Science ese año, en su artículo precioso (2). Es una de las maravillas de la naturaleza humana que junto al habla supone una evolución transcendental para las personas de hoy. Es una experiencia gratificante mirar con delicada atención nuestras manos y reparar en lo que nos aportan día a día, tanto en la vida diaria que las necesitan para atender múltiples necesidades, como para expresar de forma maravillosa los sentimientos y emociones en momentos vitales siguiendo instrucciones de determinadas estructuras del cerebro. Hoy, es lo que he sentido al envolver con mis manos el libro de Aleixandre y depositarlo en Correos para que vuelva a Ibiza, a una Biblioteca Pública, un lugar en el que creo que volverá a estar a disposición de quien lo quiera leer y comprender qué significa una historia preciosa del corazón. Nada más.

(1) Aleixandre, Vicente, Historia del corazón, 1977 (3ª ed.), Madrid: Espasa-Calpe.

(2) Skinner, M.M., Stephens, N.B., Tsegai, Z.J., Foote, A.C., Nguyen, N.H., Gross, T., Pahr, D.H., Hublin, J.J. y Kivell, T.L. (2015). Human-like hand use in Australopithecus africanusScience, 23, Vol. 347 no. 6220, pp. 395-399.

NOTA: en la fotocomposición de la imagen, realizada por el autor de este artículo, se ha utilizado una imagen de Vicente Aleixandre recuperada de la página web: La esclarecedora biografía de Vicente Aleixandre, escrita por Emilio Calderón (mundiario.com).

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Sigo caminando en belleza para que todo en belleza acabe

Que en belleza camine.
Que haya belleza delante de mí
y belleza detrás
y debajo
y encima
y que todo a mi alrededor sea belleza
a lo largo de un camino de belleza
que en belleza acabe.

Eduardo Galeano, Quise, quiero, quisiera, del «Canto de la noche», del pueblo navajo, en El cazador de historias.

Sevilla, 6/II/2023

En 2021 escribí el artículo que reproduzco a continuación, «Camino en belleza para que todo en belleza acabe», como homenaje a las palabras que nos conducen a crear belleza, porque la vida así es, bella, cuando adoptamos una postura de asunción del principio de realidad y dedicamos la inteligencia a su fin fundamental: solucionar problemas que enturbian esa belleza diaria que la vida contiene. Ayer me sorprendieron las numerosas entradas en este blog, rescatando aquellas palabras de Galeano en su libro «El cazador de historias», que hoy vuelvo a reproducir, porque estamos necesitados de recordar estancias breves en islas desconocidas y bellas, que nos aportan tanto.

Para respetar la esencia de aquellas palabras, las he dejado intactas, aunque el hilo conductor del texto, en su contexto, era fijar una ruta no inocente ante la llamada «nueva normalidad», saliendo del túnel de la pandemia, de la que ya nos acordamos muy poco, así como de lo aprendido en la misma. Lo que pretendo es aportar esperanza en los términos expuestos por Galeano en su obra, sobre todo cuando dice que «las palabras viajan sin apuros, como las almitas peregrinas que vagan por el mundo y como algunas estrellas fugaces que a veces se dejan caer, muy lentamente,  en los cielos del sur», de España y Andalucía, en este caso.

Frecuentando este cielo del sur, he recordado ahora que también tenemos el deber de aportar belleza en la vida, algo que nos enseñó un poeta andaluz del siglo XVIII, Dionisio Solís, cordobés por más señas, que se formó en esta ciudad, Sevilla, dejándonos un ejemplo precioso sobre «decir bellezas», escribirlas también, tal y como lo recoge mi preciado Diccionario de Autoridades, algo de lo que estamos también muy necesitados, porque quien busca belleza la encuentra y quien la recibe, la entrega. Es a través de una seguiriya, Al retrato de una dama, cuando lo dice todo a los escuchaores del Sur: Al retrato de Anarda, / todos atiendan, / que aunque yerre las coplas / diré bellezas. Decirlas es «hablar oportunamente, con gracia y donaire sobre alguna materia, o discurrir con erudición y primor: como se suele decir de un gran Orador o de un hombre discreto y docto, que ocasionan deleite en los que los oyen discurrir y hablar».

Momentos como los que estamos viviendo en este país, nos alejan de la belleza, encanto y alegría, una secuencia existencial necesaria, dañada continuamente por la política contaminada de algunos partidos, que nos asola sin compasión alguna. En estos tiempos de turbación general, una mudanza metafórica que me permito, escapando de la recomendación de San Ignacio, es visitar por Internet el Hermitage y contemplar allí Las Tres Gracias de Canova, en su primera versión, que representan la belleza, el encanto y la alegría, porque existen a pesar de todo. Un escultor lo representó de forma maravillosa y cada uno de nosotros, al esculpir nuestra propia vida, podemos dar forma a nuestra forma de ser y estar en el mundo aprendiendo de este modelo y de la secuencia existencial que nos transmite. No hay que olvidar que la vida es bella, que tiene su encanto, aunque reconozco que «somos tristeza / por eso la alegría / es una hazaña» (Mario Benedetti, Rincón de Haikus, 132).

Camino en belleza para que todo en belleza acabe

Hoy, como casi todos los días cuando me pongo a escribir sobre la página en blanco, he tomado conciencia de algo que aprendí de Eduardo Galeano leyendo su precioso libro, El cazador de historias: “Camino y en mis adentros las palabras caminan también, en busca de otras palabras, para contar las historias que ellas quieren contar. Las palabras viajan sin apuros, como las almitas peregrinas que vagan por el mundo y como algunas estrellas fugaces que a veces se dejan caer, muy lentamente,  en los cielos del sur. Las palabras caminan latiendo. Y en esos días, por pura casualidad, me entero de que en lengua turca caminar y corazón tienen la misma raíz (yürümek, yürek) (1).

En la serie que dediqué este verano a Eduardo Galeano, bajo el epígrafe “El buscador de historias”, comencé esa andadura con unas palabras dedicadas a los caminantes del mundo, en las que decía que él había escrito ese libro a modo de testamento espiritual, porque “a través de innumerables historias nos entrega su alma convertida en palabras recogidas en cuatro capítulos de su vida, «Molinos de tiempo», «Los cuentos cuentan», «Prontuario» y «Quise, quiero, quisiera», que agrupan palabras sentidas y sintientes para él y para todos, en un ejemplo de su generosidad literaria y de compromiso activo a través de la palabra. El último, «Quise, quiero, quisiera», corresponde al poema navajo [que da título a estas palabras] y que escogió personalmente para abrochar su obra, con tres tiempos verbales que encierran en sí mismos toda su vida y que he elegido para abrir el largo caminar de estas líneas”.

Caminar y buscar se funden en un abrazo de la vida que me acompaña todos los días para seguir caminando el mundo en el que vivo, estoy y soy. Siento como mías las palabras de Galeano, porque en cada camino y búsqueda diaria del sentido de la vida, las palabras caminan también en mis adentros, “en busca de otras palabras, para contar las historias que ellas quieren contar”, como me ocurre ahora mismo al teclearlas y dejarlas con su vida adentro. Sé que ellas viajan sin apuros, porque caminan latiendo, sobre todo cuando ya sé que en nuestros antepasados turcos, caminar y corazón tienen la misma raíz (yürümek, yürek).

En la orilla que me encuentro en la actualidad, en la singladura que inicié hace unos días para seguir buscando islas desconocidas de esperanza, en un mundo terco que se encarga a diario de arrebatárnosla, considero que Galeano me acompaña para hacer este camino o singladura, tanto monta monta tanto, cuando pasado el ecuador de esta pandemia nos acercamos a una isla especial que suele inspirar también mi alma de secreto y, a veces, la de todos: el principio esperanza, que se inspira en el camino de la belleza que puede presentarse en la vida de cada uno cuando nos lo proponemos: Que en belleza camine. / Que haya belleza delante de mí / y belleza detrás / y debajo / y encima / y que todo a mi alrededor sea belleza / a lo largo de un camino de belleza / que en belleza acabe. Él lo cuenta de una forma especial al detallarnos la historia de la tribu Pawnee, junto al río Platte, en el relato Las Estrellas (2), del que he escogido sus palabras finales, porque representan lo que me ha sucedido a lo largo de la vida, fundamentalmente porque soy un caminante del mundo que late a través de la palabra, que nos queda y… además, es bella:

A orillas del río Platte, los indios pawnees cuentan el origen.
Jamás de los jamases se cruzaban los caminos de la estrella del atardecer y la estrella del amanecer.
Y quisieron conocerse.
La luna, amable, las acompañó en el camino del encuentro, pero en pleno viaje las arrojó al abismo, y durante varias noches se rio a carcajadas de ese chiste.
Las estrellas no se desalentaron. El deseo les dio fuerzas para trepar desde el fondo del precipicio hasta el alto cielo.
Y allá arriba se abrazaron con tanta fuerza que ya no se sabía quién era quién.
Y de ese abracísimo brotamos nosotros, los caminantes del mundo
.

(1) Galeano, Eduardo, El cazador de historias, 2016. Barcelona: Siglo XXI España.

(2) Galeano, Eduardo, Ibidem, p. 20.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

¿De quién nos valemos en la tristura?

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941)

Sevilla, 1/II/2023

Es verdad que vuelve la tristura a nuestras vidas, a pesar de que la palabra tristura es una voz antigua, denominación que conocí por primera vez leyendo a Garcilaso de la Vega, en su segunda canción, vinculada al sentimiento que genera el desamor, que él expresaba con bellas palabras:

Mas ¿qué haré, señora,
en tanta desventura?
¿A dónde iré si a vos no voy con ella?
¿De quién podré yo ahora
valerme en mi tristura
si en vos no halla abrigo mi querella?

Tristura, tristor, tristeza, pesar, tormento, melancolía incluso, pena o aflicción son lo mismo, porque el dolor que produce aprehender personas, situaciones o cosas que nos afectan, contrarias a nuestros deseos, es desde siglos algo que hace sufrir al ser humano y da igual lo antiguo que sea estar triste. En mi singladura de hoy, temprana, he descubierto esta palabra porque da nombre a una compañía de teatro, La tristura, fundada por la filóloga, poeta y creadora escénica Violeta Gil, que me ha llamado poderosamente la atención, porque hacía muchos años que no escuchaba esta denominación de ese sentimiento tan real y próximo en nuestras vidas, aunque hoy leamos en la última edición del Diccionario de la Lengua Española (RAE) que tristura es igual a tristeza, es decir, la cualidad de triste, un adjetivo vinculado casi siempre a la melancolía: afligido, apesadumbrado, de carácter o genio melancólico, que denota pesadumbre o melancolía, que ocasiona pesadumbre o melancolía y pasado o hecho con pesadumbre o melancolía, entre otras acepciones.

Volviendo al origen de localización de la tristura, me ha interesado mucho la primera novela publicada por Violeta Gil, Llego con tres heridas (Caballo de Troya, 2022), porque conoce bien qué significa la tristura, su tristura, una situación sentimental y emocional a ratos, que arrastra desde que conoció que su padre se suicidó cuando ella tenía tan sólo nueve meses, convirtiendo la escritura en su hogar secreto, fundamentalmente porque “construye un espacio de intimidad mientras dibuja la historia reciente de España” y a mí eso me pre-ocupa a diario. La crítica de este libro en Babelia me parece magnífica y recomiendo su atenta lectura: “Llego con tres heridas es un libro con un claro aire de época, sobre todo en el enfoque de sus temas, pero hablar de la España vaciada, de literatura de duelo o de terapia relacional se quedan cortos frente a la solvencia de Violeta Gil para construir un espacio de intimidad leve y abstracto. Y es indudable su apariencia de “primer libro”, pero también por sus virtudes: el sosiego para contar cuestiones que han requerido una decantación, “por fin me doy cuenta de que estoy aquí, en lugar de mirando las cosas con distancia”. Una gracia que vuelve esta escritura invulnerable a tendencias, y ambiciosa y fluida: a veces coquetea con el verso, con el diálogo ficticio o se concentra en un presente narrativo marcadamente visual. Es ahí donde de Violeta Gil (como su padre en las cartas y notas que la autora transcribe) encuentra un hogar flexible y duradero. No en Cheles, ni en Hoyuelos. Ni en una pareja ni en una familia ni en una utópica repoblación de pueblos abandonados. Tampoco en el padre ausente. Sino en el puro pulso narrativo, incómodo e inacabado (maravillosamente impersonal) de la propia escritura”.

Me ayuda a priori para comprender su obra algo que dice sin ambages: “Quizá todo esto sea una despedida amistosa de mi padre, una forma de dejarle para poder seguir. Seguro que él lo comprendería. Es la única manera de hacer la vida. José, espero que lo entiendas. Tengo que despedirme de ti. Tengo que reconocer que de alguna manera me he protegido todos estos años a través de esa figura que es y no eres tú. De esa idea de lo que debía ser yo como hija tuya. Y ahora me toca avanzar. Me toca seguir sin ti. Como cuando en la película se ve al fantasma despedirse, como cuando el espíritu sale del cuerpo, como cuando la sombra de Peter Pan se le despega de los talones. No pasa nada. Vamos a estar bien. Ya verás”. La sinopsis oficial me ha aproximado también a la razón de ser del título, donde en mi imaginario actual y en el de la persona de secreto conviven Miguel Hernández, Serrat o Joan Báez: “Este libro nace de tres heridas, como en el poema de Miguel Hernández: la de la vida, la de la muerte, la del amor; Violeta Gil parte de ellas para dar forma a una historia íntima y emocionante. Con esta novela asistimos a un emocionante ejercicio de creación en el que la autora se transparenta de manera valiente, poniendo voz, cuerpo y alma al servicio de su destino, retomando caminos olvidados, conversaciones con familiares, documentos reales o, a falta de ellos, inventados. Pocas veces los libros se sienten tan necesarios y se confían de forma tan admirable a su propia razón de ser”.

Busco salir a menudo de la tristura, sentimiento muy vinculado a la melancolía por páginas complicadas en la vida diaria, tantas veces analizada en este cuaderno digital, apeándola de sus principios patológicos, que estudié en su momento bien e incluso escribí algún artículo sobre su realidad clínica y existencial. Violeta Gil aporta una visión tripartita que es muy común en nuestras vidas: las heridas del amor, de la muerte y de la vida. Sigo leyendo su cancionero y romancero de ausencias (1938-1941), en el que logro comprender bien lo que significa dignificar la vida cada día, llenos de sentimiento y pensamiento, donde el sentimiento se debe escuchar siempre mucho más fuerte que el viento (Alberti, dixit). Porque todos los días convivimos con heridas de vida, muerte y amor…, en ese orden, con tristura, porque así lo exige la dignidad de la existencia. La que vivió Miguel Hernández, por ejemplo, en días terribles de ausencias, a la que hoy agrego la pregunta del contexto anterior, auspiciada por Garcilaso de la Vega: ¿De quién podré yo ahora valerme en mi tristura, si no hallo en el mundo que me rodea abrigo para mi querella existencial? Esa es la cuestión.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

El último cuento de Vargas Llosa

Sevilla, 30/I/2023

Para empezar, tengo que confesar que Mario Vargas Llosa no es escritor de mi devoción lectora. Su permanente caminar del timbo al tambo en su identidad personal y escritora, no hablo precisamente de ideologías, me ha desconcertado en múltiples ocasiones. No sé si sube o baja y los últimos escándalos en papel cuché han acabado por agotar mi paciencia lectora con él. En resumen, no practico su lectura. A pesar de esta declaración de principios, no he resistido la tentación de leer su último cuento, que yo sepa, Los vientos, en prensa, porque se ha anunciado a bombo y platillo para interpretar su separación chismosa y cotilla para el entretenimiento del país y de otros países, cuando Vargas Llosa está adornado de un Premio Nobel que, dicho con todos los respetos y reservas, no es cualquier cosa.

La localización del cuento ha sido fácil porque tenía sus datos de identidad. Fechado el 15 de diciembre de 2020, se publicó por primera vez en la revista Letras libres el 1 de octubre de 2021, divulgándose de nuevo el pasado 18 de enero, en fechas de autos del corazón que han dado la vuelta al mundo “cotilla”, publicándose de forma intencionada por El Periódico de España, en su suplemento literario Abril, pudiéndose leer también en los diarios del Grupo Prensa Ibérica. Me he tomado la molestia de cotejar ambas publicaciones y la de enero de este año aparece con algunas erratas y expresiones de la anterior, aunque no son muy significativas, que he corregido para una mejor intelección del texto.

Dicho y hecho. He leído dos veces el cuento, sus 23 páginas en formato .pdf al uso. La primera reflexión sobre esta lectura interesada, sobre todo por salvaguardar la autoría de un premio Nobel, es que es todo menos inocente, al fin y al cabo como las ideologías, que tampoco lo son, porque su persona de secreto está detrás de cada línea. He intentado ponerme en su edad y piel, porque al ser también mayor puedo entenderlo mejor, pero tengo que decir alto y claro que me ha parecido una declaración de principios existenciales y distópicos bastante preocupante, un tratado breve sobre la desesperanza y un alegato contra el futuro imperfecto al que estamos abocados por definición existencial.

A pesar de destacar en algún momento los principios salvadores de la amistad, la verdad es que cae permanentemente en un solipsismo existencial con pocas puertas de salida. Como no debo caer en la tentación de llevar a cabo un espóiler, sólo quiero destacar algunos rasgos que me han pre-ocupado (con guion) y mucho. Para empezar, la asunción amarga del deterioro físico y mental asociado a la edad mayor, por llamarla de alguna forma, trascendiendo incluso rasgos escatológicos de cuyos nombres no quiero acordarme ahora, aunque curiosamente den título al cuento. Me ha sorprendido la forma de recrear este paso a la descomposición del ser humano, porque es una metáfora dolorosa que aunque no hay que ocultar, sí debe asumirse con cierto recato en beneficio de todos y de uno mismo, aunque lo que se vierte en palabras es la autodefensa de la más estricta y dolorosa soledad humana, probablemente acompañada pero no querida ni deseada, al ser una realidad constatable en últimos y rigurosos estudios científicos.

La nostalgia de la cultura pasada también es tratada por el protagonista, con preguntas inquietantes: “¿Será que la cultura ya no tiene ninguna función que cumplir en esta vida? ¿Qué sus razones antiguas, aguzar la sensibilidad, la imaginación, hacer vivir el placer de la belleza, desarrollar el espíritu crítico de las personas, ya no hacen falta a los seres humanos de hoy, pues la ciencia y la tecnología pueden sustituirlos con ventaja? Por eso será que ya no hay Departamentos de Filosofía en ninguna universidad de los países cultos de la tierra”.

A la situación descrita anteriormente hay que unir su aproximación desesperanzada a la nuevas tecnologías, donde los ordenadores lo cubren todo como rivales de la cultura auténtica, algo que personalmente había tratado en este cuaderno digital en 2011, cuando Vargas Llosa escribió una entradilla muy preocupante en un artículo que no olvido: Más información, menos conocimiento: PIEDRA DE TOQUE. La imparable robotización humana por Internet cambiará la vida cultural y hasta cómo opera nuestro cerebro. Cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos nosotros.   

Quizá sea la aproximación a la teoría de los “desequilibrados” la que se convierte en el hilo conductor del cuento, no la referencia a su última experiencia “glamurosa”, real como la vida misma, como se ha intentado proclamar a los cuatro vientos: “Pero, si las ideas en sí, desasidas de finalidades prácticas inmediatas, hubieran desaparecido, toda forma de disidencia y contestación se habrían evaporado también como consecuencia de aquello en nuestras sociedades. Por fortuna todavía no es así, aunque, me temo, vamos por este camino hacia ese fin: una sociedad de autómatas. Mi esperanza está en el movimiento de los “desequilibrados” que se ha extendido tanto por el globo, no sólo por España. Aunque tengo sentimientos encontrados respecto a los “desequilibrados”. A ratos, me inspiran simpatía, porque este mundo no les gusta y por su forma de vida es obvio que quisieran cambiarlo. Hay en ellos una actitud desinteresada, de pureza y espiritualidad, todo lo que parece haberse extinguido en el resto de nuestra sociedades frenéticamente entregadas a trabajar, a producir, ganar dinero, y llenarse de maquinitas entretenidas”.

Desde la página 12 en la que aparecen estos desequilibrados, a los que el protagonista les pregunta por qué los llamaban así, sin saber bien sus protagonistas a qué era debido: “Alguien fantaseó: “Tal vez nos pusieron ese nombre los que creían que éramos un peligro para la sociedad. Aunque después se dieron cuenta de que eso no era así, el nombre quedó. A nosotros, o, por lo menos a mí, no me importa”. “A esa palabra, “nosotros”, la hemos desahuciado”, afirmó una de las chicas. “De haber sido un insulto, la volvimos una virtud”, la apoyó su vecino”, se asume como una realidad flagrante que desestabilizan posiblemente el mundo al que estamos abocados si los dioses correspondientes de cada época no lo remedian, hasta la página 17, se pueden entrever las cargas de profundidad del cuento, matizadas después por pronunciamientos claros sobre el automatismo de la vida, la religiosidad y la función histórica del catolicismo.

En el cuento todo pasa en un día, que puede ser una vida, al que incluso le sobran horas, como diría bien otro Premio Nobel, Juan Ramón Jiménez. Me quedo con el pensamiento del Nobel de Moguer, traído del sánscrito en su Diario de un poeta recién casado, completando su principio de realidad en la vida de cada uno con su cadaunada, la que no comprende el protagonista del cuento de Vargas Llosa, para poder entenderlo mejor, en el que ha quedado claro que lo de menos es la respuesta al dilema del cotilleo sobre la vida personal del Nobel, sino su soledad sonora, juanramoniana por cierto: ¡Cuida bien de este día! Este día es la vida, la esencia misma de la vida. En su leve transcurso se encierran todas las realidades y todas las variedades de tu existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura. El día de ayer no es sino sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, este día!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Como siempre, cada 29 de enero

Luz López y Mario Benedetti / Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez

Sevilla, 29/I/2023

He escrito en este blog, en bastantes ocasiones, que me había equivocado de siglo, porque he creído siempre en el romanticismo, en un ambiente propicio que descubrió Mozart, por ejemplo, para la posteridad, es decir, finales del XVIII y comienzos del XIX, cuando se abrió el mundo a otra forma de ser y estar con los demás en este planeta. ¿Quién va a negar lo que ha supuesto para la Humanidad la revolución francesa o los albores de la revolución industrial? En este contexto, dedico hoy estas palabras a una persona que me acompaña en la vida desde hace ya cuarenta años, María José, en su cumpledías anual, con la calidad en este recuerdo que manifestó Mario Benedetti en su poema Como siempre, en su fondo y forma, sentándome junto a él y sintiendo al mismo tiempo la influencia de Luz  López, su compañera de vida, recordándome también que María José ha recorrido ya un camino vital de setecientos cuarenta y cuatro meses en su cumpledías vital, aplicándole hoy las palabras de su poema en primera persona, porque así lo he leído una y otra vez en lo más íntimo de mi propia intimidad agustiniana, adaptándolo a sus circunstancias, que diría Ortega y Gasset.

Es verdad, cambiando lo que hay que cambiar en el poema para adaptarlo a la realidad de ella, porque esta edad que alcanza hoy “no se le nota cuando en el instante en que vencen los crueles entra a diario a averiguar la alegría del mundo, volando gaviotamente sobre las fobias, desarbolando los nudosos rencores. Ha alcanzado una buena edad para cambiar estatutos y horóscopos, dejando que su manantial mane amor sin miseria”. También vuelvo a tener presente a Juan Ramón Jiménez, tan próximo, el poeta con el que compartí su casa de juventud en Moguer durante algún tiempo, junto a ella y Marcos, que escribió unas palabras hace más de cien años que rescato hoy en la celebración de su cumplevidas, concretamente en una bella introducción a su querido diario (1), recogidas del sánscrito -¡ay, la influencia de Zenobia Camprubí!-, porque resumen perfectamente la atención que debemos prestar a cada día, espacio y tiempo en el que se desarrolla la vida personal e intransferible de cada uno y las compañeras de vida, por ejemplo Luz, Zenobia y María José:

¡Cuida bien de este día! Este día es la vida, la esencia misma de la vida. En su leve transcurso se encierran todas las realidades y todas las variedades de tu existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura.

El día de ayer no es sino sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, este día!

En este cumpleaños, cumpledías y cumplevidas, sólo sé que los dos hemos perseguido sueños que hoy no quiero olvidarlos, ni siquiera un momento, porque no quiero dejarme apesadumbrar por la desmemoria, ni dejar de soñar despierto como tantas veces he escrito en este cuaderno digital. Hoy, sólo quiero cantar la canción de los soñadores (Waldo Leyva, poeta cubano), entrando a diario a averiguar la alegría del mundo, volando gaviotamente sobre las fobias, desarbolando los nudosos rencores (Benedetti), porque sé que el día de ayer no es sino sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. Por esas razones, sueños en definitiva, sé que lo que aprendí un día ya lejano de Juan Ramón Jiménez, ¡Cuida bien, pues, este día!, es lo que nos permite seguir viviendo, porque un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. Sé que el fin no es tocarlos, como a las rosas, sino perseguir los sueños de felicidad y esperanza. Sólo eso.

(1) Jiménez, Juan Ramón, Diario de un poeta recién casado (1916), 2005. Madrid: Alianza Editorial.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

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