Sólo Federico

Ilu Ros junto a Federico, su obra

Sevilla, 14/VII/2021

Decía el poeta ítalo-argentino  Antonio Porchia (1885-1968) que se sabe lo que se entrega, pero no lo que se recibe: sé lo que te he dado; no sé lo que has recibido. Recientemente, me han regalado un libro precioso, Federico, una biografía del gran poeta granadino, de cuyo nombre, sólo su nombre, quiero acordarme ahora expresamente, ilustrada por Ilu Ros y editada por Lumen (1), con un claro objeto de deseo: expresar en palabras lo que he sentido al recibirlo como regalo. Agradecimiento eterno, por encima de todo. Es una edición muy cuidada, una aventura atrevida, aunque Federico es siempre una garantía de que cualquier viaje que iniciemos con él siempre será hacia alguna parte. Es un libro didáctico, sobre todo, que demuestra la importancia que tiene saber divulgar en nuestro aquí y ahora tan particular, una vida ilustrada de Federico como alma de nuestra memoria histórica como país.

Ilu Ros ha hecho un trabajo extraordinario al dibujar la vida del poeta granadino teniendo en cuenta fuentes solventes y donde se refleja siempre la forma de ser y estar Federico en el mundo. He leído varias entrevistas de la autora porque quería conocer el proceso de elaboración del libro desde que le ofrecieron la posibilidad de dibujar una historia tan compleja y rica a la vez, sus miedos iniciales, sus dudas, su elección del color según se mire por el cristal de la vida del poeta, en definitiva el respeto reverencial a su palabra en todos los formatos posibles y la elección del título que ya era un compromiso desde que se concibió la forma de llevar a cabo este proyecto. Basta leer la introducción para comprender lo que esta maravilla encierra: “Federico solo hay uno” o algo que expresó en una entrevista reciente y muy interesante, en la que resumía en breves palabras su verdadero sentir en su bella obra ante una pregunta inquietante:

– “Y por último, Federico, ¿sólo hay uno?

– Hay más, pero está claro que cuando suena ese nombre él es de los primeros que se nos vienen a la mente. No hay sólo uno, pero ese uno sí que es eterno”.

Respuesta inteligente para abordar, página a página, esta biografía sentida y sintiente, aunque la sinopsis oficial del libro no deja tampoco lugar a dudas: “Federico solo hay uno. No le hacen falta apellidos. Un nombre que reconocen tanto niños como adultos, que suena a duende, a cante jondo y a romance popular, pero también a la vanguardia más rompedora. Un nombre que encarna la alegría y las sombras de España, la época más brillante de nuestra cultura desde la Edad de Oro, pero también la guerra y la vergüenza de un pueblo que nunca podrá perdonarse la muerte del poeta que más lo representaba. En este libro escuchamos las voces de aquellos que lo conocieron, desde su familia cercana hasta la legión de amigos y amigas que lo frecuentaron en sus años granadinos, en las juergas líricas de la Residencia de Estudiantes o a lo largo de su intensa vida literaria. Y, por supuesto, la suya propia: la del poeta, la del dramaturgo, la del conferenciante, con la claridad de unas ideas que hoy tienen la misma fuerza, y, por fin, la voz desnuda del hijo, del hermano y del amante enamorado. Ilu Ros fusiona voces y palabras con sus ilustraciones, que nos arrastran como la magnética personalidad de Federico García Lorca: icono de generaciones pasadas, presentes y futuras”.

Son 350 páginas bellas, muy bellas, que una a una siempre aguarda la siguiente para descubrir el caleidoscopio vital de Federico, como si deseara que nunca acabara la necesidad de conocer mejor a este poeta eterno. Sus retratos, múltiples, reflejan casi siempre un rictus de tristeza o melancolía, porque su alma, perfectamente captada por Ilu Ros, sufría cada momento que latía junto al corazón del niño que siempre fue y que descubrí en la interpretación reciente que he leído sobre su niñez rediviva, que también anoté en este cuaderno en el pasado mes de febrero. En esos días leí apasionadamente “Las cosas de Federico (2), una obra delicada y aleccionadora escrita por Mónica Rodríguez sobre el niño que Federico García Lorca siempre llevaba dentro, con ilustraciones que transmiten su alma: “Los cuentos y la imaginación nos permiten no solo ser más felices, también avanzar y crear, ponernos en la piel de otros, en este caso del pequeño Lorca, e incluso para cambiar las cosas y tener un mundo más justo”. Como en aquella ocasión, al presentar hoy la obra de Ilu Ros, Federico, tengo que manifestar alto y claro, a diferencia de los llamados “cazadores” de tesoros que los buscan para introducirlos en el tráfico mercantil, confundiendo siempre valor y precio, que disfruto más compartiéndolos sin más interés que seguir participando en la construcción de un mundo más feliz y digno para todos, como lo deseaba construir Federico, a través de la lectura necesaria de estas obras tan aleccionadoras y bellas.

No quiero finalizar estas palabras sin recordar las que he leído sobre ella en la editorial del libro (3), cuando narra una semblanza del año en el que realizó esta obra: “[…] se encerró a vivir un año con Federico García Lorca. Ahora, abre la puerta sonriente y nos invita a pasar a “Federico”, su nuevo libro, no sin antes avisar: “Los españoles tenemos una mancha de nacimiento en la frente que es el tiro que a él le pegaron”. Leer esta bella obra, contribuye a restañar sólo una parte de una terrible herida que aún perdura en nuestras almas y con un sólo nombre eterno, Federico.

(1) Ros, Ilu, Federico, 2021, Barcelona: Lumen.

(2) Rodríguez, Mónica, Las cosas de Federico, 2021, Lérida: Milenio.

(3) Ilu Ros (penguinlibros.com)

NOTA: la imagen de Ilu Ros en la fotocomposición de cabecera, se ha recuperado hoy de Ilu Ros (autor de Cosas nuestras) – Babelio

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Futuro imperfecto / 6. Lo moderno será clásico

Sevilla, 6/VII/2021

Tenemos una oportunidad en estos días de futuro imperfecto de aprender lo aportado por la humanidad a lo largo de su historia, en las diferentes vertientes clásicas que nos enseña el Diccionario de la Lengua Española (RAE) en su lema “clásico”, como adjetivo, de las que he escogido las cinco primeras acepciones porque cada una de ellas es un compendio de aprendizaje multisecular: “Dicho de un período de tiempo: de mayor plenitud de una cultura, de una civilización, de una manifestación artística o cultural, etc.; dicho de un autor, de una obra, de un género, etc.: que pertenece al período clásico. Aplicado a un autor o a una obra: “esa película es un clásico del cine”; dicho de un autor o de una obra: que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia; perteneciente o relativo al momento histórico de una ciencia en el que se establecen teorías y modelos que son la base de su desarrollo posterior y dicho de un autor, de una obra, de un género, etc.: que pertenece a la literatura o al arte de la Antigüedad griega y romana.

Admiro la cultura clásica desde todas las perspectivas posibles, para lo bueno y para lo malo, porque estoy convencido de que nada humano me es ajeno, aunque tengo que reconocer una debilidad clásica: los autores denominados presocráticos, tales como Pitágoras, Parménides, Tales de Mileto, Heráclito, Diógenes, Demócrito y Anaximandro, entre otros menos conocidos, constituyen mi pensamiento armado en lo clásico que sigue siendo moderno. Una publicación reciente que trata esta realidad inexorable, El hilo de oro. Lo clásico en el laberinto de hoy (1), de David Hernández de la Fuente, nos confirma esta imperiosa necesidad de admirarnos, en el sentido aristotélico más profundo, de las aportaciones de los clásicos cada vez más populares, según afirma el propio autor en su introducción: “Y es que lo clásico tiene futuro, parafraseando el título de un conocido libro de Salvatore Settis, y lo sigue mostrando generación tras generación. Incluso hoy, pese al aparente descrédito y postergación que sufren las humanidades en nuestra sociedad y en nuestros planes de estudios, si tuviésemos que juzgar por las novedades que, año tras año, se siguen publicando sobre las antiguas Grecia y Roma, constataríamos el interés que sigue suscitando el mundo clásico, en el que reconocemos invariablemente el origen de nuestra cultura. Es un eterno retorno: desde la idea de ciudadanía a las artes o los géneros literarios, seguimos mirándonos en los modelos clásicos como en un espejo familiar. Su vigencia se constata cada día, incluso en nuestras actuales circunstancias excepcionales: son textos casi oraculares, de consulta siempre pertinente. Merece la pena detenerse a pensar en los clásicos como aquellos textos que nunca nos terminan de decir lo que tienen que decir, como escribía Ítalo Calvino en Por qué leer los clásicos”

Hojear este cuaderno digital en el que escribo casi a diario como cavando un pozo con una aguja, demuestra mi admiración por Calvino, del que ya no me he separado y del que sigo aprendiendo a diario, cuando me enfrento al fenómeno de la página en blanco, sabiendo el aprecio que él tenía por los clásicos, demostrado en una obra preciosa que recomiendo leer una y mil veces:  Por qué leer los clásicos (2), en el que ofrece catorce razones para leer a estos autores, que deben ser leídas sin dejar ninguna atrás. Lo recomiendo encarecidamente como se decía en mi casa ante misiones culturales aparentemente imposibles e inútiles, entre las que destaco hoy la tercera, una vez llegado este momento de frecuentar el futuro imperfecto de nuestra vida: “Debe haber, por tanto, un momento en la vida adulta dedicada a revisar los libros más importantes de nuestra juventud. Hay grandes clásicos que ejercen una influencia tan particular en nosotros que se niegan a ser erradicados de la mente escondiéndose en los pliegues de la memoria, camuflándose como el inconsciente colectivo o individual. Es por ello por lo que deben releerse una vez alcanzamos la madurez. Incluso si los libros siguen siendo los mismos (aunque ellos no cambian, a la luz de una perspectiva histórica alterada), sin duda nosotros sí hemos cambiado, y nuestro encuentro con esa misma lectura será una cosa totalmente nueva. En realidad podríamos decir: 4 [cuarta razón]. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera”. Traigo a colación esta reflexión porque frecuento mucho la lectura de los clásicos en la literatura, la poesía, el teatro, la música, la pintura, la religión y otras artes y creencias clásicas dignas de guardar. Se lo debo a profesores y profesoras que he tenido a lo largo de mi vida, auténticos maestros y maestras, que me enseñaron la forma de aprehender la belleza de su pensamiento, de su pintura, de su capacidad de representación escénica de la vida, de su forma de componer obras musicales inolvidables, de sus creencias. Clásicos a veces no populares, por supuesto.

Creo que el futuro imperfecto se ennoblecerá si acudimos a los clásicos, en un alarde de modernidad, aunque parezca un oxímoron (3) al uso. ¿Les ha gustado la propuesta de Calvino para frecuentar el futuro? Recuerdo que faltan trece razones para completar esta guía de lectura elaborada por Calvino, que pueden leer aquí facilitada por la editorial Siruela. No les va a defraudar y comprenderán por qué hay que leer a quienes tanto han aportado a la humanidad a través de sus textos y contextos. Nuccio Ordine, en Clásicos para la vida (4), hace una introducción extraordinaria al respecto en su pequeña pero densa obra, que me conmueve en su justo sentido: Si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos. Aviso para navegantes virtuales en busca de futuros más sutiles y perfectos, sobre todo en la educación integral e integrada que tanto necesita este país, que serán modernos pero muy clásicos al mismo tiempo.

(1) Hernández de la Fuente, David, El hilo de oro. Lo clásico en el laberinto de hoy, 2021. Barcelona: Ariel.

(2) Calvino, Ítalo, ¿Por qué leer los clásicos?, 2012. Madrid: Siruela.

(3) Oxímoron (RAE. (Diccionario de la lengua española, RAE, 2020): “combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido, como en un silencio atronador”.

(4) Ordine, Nuccio, Clásicos para la vida, 2017. Barcelona: Acantilado-Quaderns Crema.

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Cuadernos de verano para personas mayores

Sevilla, 16/VI/2021

Cuando era niño y hacía las cosas de niño, había un momento excelso en la vida escolar cuando se acercaba el verano, porque podía ir a la librería madrileña «Lino» y comprar allí el cuaderno de verano correspondiente, a veces varios, que traían láminas para dibujar y recortables de la época, camuflados entre deberes de estío para no olvidar lo aprendido. Eran muy bonitos, en color por tecnicolor, como las películas, que siempre los llevé en mi cabás a la espalda en los desplazamientos familiares de verano, acompañados como amigos inseparables de mi querido plumier de dos pisos.

Ahora, cuando ya soy considerado mayor, jubilado y pensionista oficial, dejando atrás aquellas cosas de niños, conozco la publicación inminente de un cuaderno de actividades para adultos, Cuaderno Golden Blackie Books. Vol. 1, especialmente pensado para personas mayores o mejor dicho, más “experimentadas (de más edad, dirán algunos)”, según la sinopsis de la editorial que trabaja desde hace años en esta idea de proactividad inteligente: “El Cuaderno Golden ofrece pasatiempos, ejercicios de lógica, anagramas, sopas de letras, test, crucigramas y muchos otros ejercicios y juegos, elaborados a partir de referentes inolvidables como Serrat, Meryl Streep, Rodríguez de la Fuente o Lola Flores, con los que has bailado, aprendido, cantado, leído, vivido. Sin dejar de lado nuevos conceptos y aprendizajes de hoy para mantener la mente activa y los pies en tierra”. Está destinado a las personas que “que no se conforman con matar el tiempo, ni siquiera con pasarlo, sino que quieren disfrutarlo al máximo. En la playa, en la terraza, de pícnic, de viaje, de relax, con amigos, en pareja, con tus hijos… o para aprovechar ese momentito en el que por fin te quedas a solas, sin ruido ni pantallas. Porque nunca hay que dejar de aprender… ¡Ni de divertirse!”.

Considero que es una aventura editorial extraordinaria, ya consolidada después de haberse publicado diez números generalistas en el ámbito de adultos y esta primera edición para los “más experimentados”, un eufemismo feliz dedicado cuidadosamente a las personas mayores, para mantener en forma el cerebro. Para las personas que amamos la lectura de libros es una noticia excelente, avalada por el trabajo cuidado y de gran altura profesional de la editorial. Los autores son dos experimentados profesionales de la cultura creativa y de ilustración, María López Villodres y Cristóbal Fortúnez, que nos animan a comprender a nuestra edad mayor que este cuaderno “no es de deberes”, porque nadie nos obliga a hacer lo que se indica allí, que “funciona con energía solar, por eso lo sacan en verano”, el próximo 23 de junio, con un último consejo: que “apaguemos el móvil, cojamos un lápiz y disfrutemos aprendiendo”. Tengo que reconocer que el saber no ocupa lugar, pero también es una realidad constatable que cada vez tengo menos sitio en mi “experimentado” cerebro. Sé que el verano es una estación que invita a viajar o a imaginar sueños, también a leerlos en pasajes de la vida, que es otra forma de hacer viajes de interior (del alma), acompañado ahora por este cuaderno para viajeros experimentados de la vida. Nada más que por eso, lo he elegido hoy como cuaderno de compañía.

Tengo que reconocer que en este largo viaje de la vida, siempre tengo presentes las recomendaciones de Kavafis sobre la importancia de Ítaca: Ten siempre a Ítaca en tu mente. Llegar allí es tu destino. Mas no apresures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino sin aguantar a que Ítaca te enriquezca. Hoy, gano mucho con la lectura de este cuaderno que me seguirá ayudando a buscar lecturas en islas desconocidas.

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Bibliotecas humanas, libros abiertos

Proyecto Biblioteca humana: “publicamos personas como libros abiertos”

Sevilla, 11/VI/2021

Cada persona es un libro abierto: “publicamos personas como libros abiertos”, dice el mensaje de la imagen de cabecera. Me gusta pensar en esta realidad, sobre todo cuando las bibliotecas son paraísos en los que sueño con frecuencia. Pero la concepción y la realidad de las mismas han cambiado mucho a pesar de su larga tradición, tan extraordinariamente narrada por Irene Vallejo en su preciosa obra “El infinito en un junco” (1). Un ejemplo vale más que mil palabras y me refiero al proyecto que nació en Dinamarca hace veinte años, con una denominación apasionante, Biblioteca humana, que ratifica el aserto que se utiliza con frecuencia al reconocer la sabiduría de una persona, calificándola como un libro abierto, aunque lo que se pretende en realidad con ese proyecto es que reconozcamos en el otro quién es mediante un encuentro en el que uno narra su vida y ese otro, que escucha, “lee” lo que se transmite, sobre todo cuando con esa acción vencemos estereotipos, prejuicios y desconocimiento de la realidad personal de otras personas diferentes y singulares.

La Biblioteca Humana fue creada en Copenhague en la primavera de 2000 por Ronni Abergel, su hermano Dany y sus amigos Asma Mouna y Christoffer Erichsen. El evento original “estuvo abierto ocho horas al día durante cuatro días seguidos y contó con más de cincuenta títulos diferentes. La amplia selección de libros brindó a los lectores una amplia variedad de opciones para desafiar sus estereotipos, por lo que más de mil lectores aprovecharon para dejar a los libros, bibliotecarios, organizadores y lectores atónitos ante la recepción y el impacto de la Biblioteca Humana”. Según la propia organización, “la biblioteca humana es, en el verdadero sentido de la palabra, una biblioteca de personas. Organizamos eventos en los que los lectores pueden tomar prestados seres humanos que sirven como libros abiertos y tener conversaciones a las que normalmente no tendrían acceso. Cada libro humano de nuestra estantería, representa un grupo en nuestra sociedad que a menudo está sujeto a prejuicios, estigmatización o discriminación debido a su estilo de vida, diagnóstico, creencias, discapacidad, estatus social, origen étnico, etc.”.

Considero que es un proyecto fascinante y que cada biblioteca pública o privada de este país debería contar con una sección dedicada al “fondo humano”, si así se pudiera llamar, donde tendríamos la oportunidad de organizar encuentros para “retirar” libros (personas) en actos concretos y “leer” lo que nos cuentan sobre sus vidas, que siempre son libros abiertos, no como se entiende hoy esta expresión vinculada a la sabiduría de una persona determinada, sino a la realidad de esa persona que aparece ante mí con un título y que puede ser de interés general conocerla. Sería muy interesante que llegara un día que la biblioteca pública Infanta Elena de Sevilla, por ejemplo, pudiera anunciar que se incorporó la semana pasada una persona al “fondo” de la misma y que se puede “reservar” su “lectura” en un día y en una hora concreta, lo que se traduciría en un encuentro personal o colectivo para “conocer” (leer) a fondo su vida, porque de esta forma los lectores podríamos “tomar prestados seres humanos” (valga la expresión) como libros abiertos y tener conversaciones a las que normalmente no tendríamos acceso. Cada libro humano de las nuevas estanterías de la Biblioteca Humana Infanta Elena, podría representar un grupo en nuestra sociedad que a menudo está sujeto a prejuicios, estigmatización o discriminación debido a su estilo de vida, diagnóstico, creencias, discapacidad, estatus social u origen étnico. Aquí tendrían cabida los nadies, por ejemplo, que tendrían muchas cosas que decir y denunciar.

El ”fondo” de estas bibliotecas humanas puede ser riquísimo: «Soy bipolar», «Veterano de guerra», «Historia de un gitano», «Creo en el poliamor» son algunos de los títulos que se pueden encontrar en estas reuniones literarias. Inicialmente surgieron como un mecanismo de inclusión para ciudadanos excluidos por diferentes motivos de la comunidad. Para darles voz y un espacio en el que poder expresarse de forma libre y entender el background del que proceden” (2). Como la imaginación es muy libre, podemos hacer un ejercicio breve de aportación de nuevos “títulos” que estaríamos interesados en “leer” casi inmediatamente. ¿Dónde está la diferencia sobre una biblioteca tradicional? En que las relaciones humanas se enriquecerían hasta límites insospechados porque cada persona, que es un mundo, nos podría enriquecer con la “lectura” de su vida. Preciosa idea para cuidar el alma humana. Creo que algo así intuyó el historiador siciliano Diodoro de Sículo en el siglo I a.C., cuando sobre las estanterías o nichos (bibliotecas, en griego) donde se colocaban los rollos de papiros que se podían leer en la Biblioteca de Alejandría, figuraba siempre un letrero sobrecogedor: lugar del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”.

(1) Vallejo, Irene (2020). El infinito en un junco. Madrid: Siruela.

(2) Bibliotecas humanas: qué son y dónde encontrarlas – Uppers

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El tiempo, después de la alarma, puede tener un color especial

Fotocomposición del autor sobre una imagen original del libro El color del tiempo

Sevilla, 9/V/2021

Cuando finaliza el estado de alarma actual por la pandemia del coronavirus, este país puede tener un color especial a partir de hoy mismo, abandonando poco a poco el blanco y negro asociado al dolor, junto a su escala de grises. Es una ocasión para vivirla de forma especial junto a la lectura de una publicación reciente, El color del tiempo, que nos ayudará a comprender cómo hemos vivido a lo largo de la historia en una dialéctica permanente entre el blanco y negro vinculados a sucesos que no se deberían repetir nunca y cómo el color devolvió con su llegada al mundo de las imágenes la alegría de retratar el mundo y a las personas tal y como somos. Quizás también, ahora, tal y como eran o como podremos ser si frecuentamos el futuro de una manera digna y responsable.

La sinopsis oficial de El color del tiempo no deja lugar a dudas: “Hay un tiempo que nuestro cerebro entiende en blanco y negro, ese tiempo que media entre el nacimiento de la fotografía y la popularización de la imagen en color, ese siglo largo que va de 1850 a 1960. Y, sin embargo, fue un tiempo a color, tan vivo como el rojo de la camisa de Garibaldi, tan refulgente como el dorado de la trompeta de Louis Armstrong, tan límpido como el azul del cielo donde los hermanos Wright volaron por primera vez, tan pardo como las camisas de los miembros del Partido Nazi o tan verde como los campos de Francia en 1914… Insuflar colores a ese tiempo es lo que han conseguido el tándem que forman Marina Amaral, una talentosa artista brasileña, y Dan Jones, un historiador británico, para narrar una historia del mundo contemporáneo que conjuga el impacto de unas imágenes que cambian nuestra forma de ver ese pasado con unos textos ágiles e incisivos. Desde la Guerra de Crimea o la Revolución Industrial a la crisis de los misiles o el inicio de la exploración espacial, El color del tiempo explica un siglo decisivo de la historia universal, con el auge y caída de imperios, el vertiginoso desarrollo de la ciencia, la tecnología y las artes, la tragedia de la guerra y las sutilezas de la política, y las vidas de aquellos hombres y mujeres, famosos o anónimos. Marina Amaral ha creado doscientas imágenes a partir de fotografías contemporáneas, restaurándolas digitalmente para ofrecerlas cómo nunca se han visto, casi resucitadas, que se entreveran con la narrativa de Dan Jones, que las ancla y explica en su contexto. Así, conjugados imagen y verbo, El color del tiempo regala una perspectiva única de un pasado tan cercano que explica el mundo de hoy, quebrando la barrera mental que el ajado sepia imponía a unos sucesos de los que apenas nos separan un par de generaciones”.

Es una publicación para contemplarla, fotografía a fotografía, incluso comparándolas poco a poco, para valorar la importancia del color en nuestra historia, en nuestras vidas. Los que nacimos en blanco y negro y poco a poco pasamos al color por tecnicolor, conocemos bien el discreto encanto de los negativos de la vida en el sentido más profundo del término. Cuando era niño me asombraba lo que ocurría con los carretes de una vieja máquina Agfa que rodaba por casa. El asombro fue mucho mayor cuando pasamos al color, porque era sorprendente obtener unas copias que reproducían fielmente lo que verdaderamente pasó en el momento de fotografiar a personas, paisajes o cosas. Era el realismo mágico de la vida que siempre tenía su valor porque veíamos finalmente el positivo en escala de grises como mucho, en un esfuerzo por superar el blanco y negro puros, después de una espera inquietante por el revelado que permitía finalmente ordenar y guardar las fotografías seleccionadas, cosa que difícilmente ocurre ahora con la revolución digital.

También me acuerdo, siguiendo la concatenación de los “me acuerdo” de Joe Brainard (1), del patio de mi colegio en Madrid, de aquella escalera mágica de madera que nos permitía contemplar a través del muro medianero que separaba el colegio de la distribuidora de películas contigua, los miles de fotogramas en blanco y negro tirados en el suelo, de forma desordenada, que podíamos recuperar con mil artimañas de niñez para intentar montar una película imposible, uniendo fotograma con fotograma al trasluz, como suele pasar en la vida real. De alguna forma, queríamos escudriñar los rollos de película de la productora, a la búsqueda de recortes que nosotros montábamos de forma imaginaria en las aceras vecinas con títulos de crédito muy particulares, a modo de estrellas del celuloide madrileño.

Yo me convertía en Totó durante ese tiempo, el protagonista maravilloso de Cinema Paradiso, contemplando los cortes obtenidos de la censura y señalados en el visionado con trozos de papel que insertaba en el rollo y que le dejaba ver el proyeccionista una vez cortados, su gran amigo Alfredo. Hoy, he contemplado bastantes imágenes del libro enunciado, El color del tiempo, y he puesto “señales” como Totó, visualizando e identificando muchos detalles a través del color incorporado a los negativos de blanco y negro. Las fotografías de personajes como Einstein o Hitler, casi al natural, no me han dejado indiferente. Sobre todo, la imagen de una enfermera durante la gripe mal llamada “española” de 1918, como decía Carlos del Amor en su comentario a la misma el pasado viernes en el informativo de la noche, “parece que está sacada hoy”. Al fin y al cabo, es un pequeño homenaje al personal sanitario, en general, que nos ha atendido y lo siguen haciendo en la pandemia actual, junto con otros muchos servidores públicos. Para que no se olvide al iniciarse hoy un nuevo presente y futuro al finalizar el estado de alarma y tener la oportunidad todos, sin excepción, de poner a partir de ahora un nuevo color a la vida de cada uno, de todos, sin dejar a nadie atrás.

Después de visualizar una parte de la historia del mundo con el color incorporado que les da nueva vida, gracias a este libro precioso, vuelvo a mi caja de sueños, que contiene centenares de negativos para repasar una vida llena de blanco y negro en mi infancia y de un inmenso color después, fundamentalmente porque nunca quise ser ciego al color, como pasaba a los habitantes de las dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, que nos dio a conocer Oliver Sacks en un libro precioso, La isla de los ciegos al color (2). La vida es algo más que el blanco y negro, que los grises, porque el cerebro está preparado para interpretar todos los matices cromáticos de la vida sin dejar ninguno atrás, la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a veces a una fotografía o película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda (3), recuperando esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Hasta que un día revelamos los negativos de nuestra vida, guardados con esmero en una caja de sueños, devolviéndoles la vida real que contienen en su discreto encanto del color o del blanco y negro, según la luz del momento, sabiendo que a veces, en nuestra persona de secreto, tienen el tiempo dentro y con un color especial.

(1) Brainard, Joe (2009). Me acuerdo. Madrid: Sexto piso.

(3) Sacks, Oliver (1999). La isla de los ciegos al color. Barcelona: Anagrama, p. 22.

(2) Acromatopsia: ceguera del color, enfermedad que no permite agregar a la óptica de la vida el color. Todo se ve siempre de color gris. Para comprender bien los efectos de esta enfermedad, recomiendo la lectura de un libro de Oliver Sacks ya citado, excelente, que tengo entre mis preferidos: La isla de los ciegos al color. Ante una realidad tan sugerente, recuperaré la lectura que en su momento me sobrecogió tanto y la seguiré proyectando en este cuaderno que registra ya tantas islas desconocidas: “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.

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La maravillosa aventura de leer un libro

Federico García Lorca junto a su hermana Isabel, con un libro en sus manos

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras.

Federico García Lorca (1931), en la Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros

Sevilla, 23/IV/2021, Día Internacional del Libro

El artículo que sigue lo publiqué inicialmente el 23/I/2021, como homenaje a Irene Vallejo por su excelente libro El infinito en un junco, que recomiendo como bálsamo adecuado para cuidar el alma en nuestro desamparo actual por la pandemia y por la desconcertante adaptación paulatina a la nueva normalidad. Recuerdo que sobre las estanterías o nichos (bibliotecas, en griego) donde se colocaban los rollos de papiros que se podían leer en la Biblioteca de Alejandría, figuraba un letrero sobrecogedor: lugar del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”, tal y como nos lo ha transmitido el historiador siciliano Diodoro de Sículo en el siglo I a.C. Suelo hacerle caso y entro con frecuencia en la de mi casa a cuidar el alma. Les aseguro que siempre me reconforta y anima para seguir descubriendo la paz y la belleza de la vida. Háganlo, porque es una experiencia inolvidable.

Uno de los placeres más útiles, en el código ético de Nuccio Ordine, es el de la lectura. Así lo confirma también una escritora extraordinaria, Irene Vallejo, en su libro canónico “El infinito en un junco”, que recomiendo leer en un acto de agradecimiento reverencial a la historia de los libros: “Hablemos por un momento de ti, que lees estas líneas. Ahora mismo, con el libro abierto entre las manos, te dedicas a una actividad misteriosa e inquietante, aunque la costumbre te impide asombrarte por lo que haces. Piénsalo bien. Estás en silencio, recorriendo con la vista hileras de letras que tienen sentido para ti y te comunican ideas independientes del mundo que te rodea ahora mismo. Te has retirado, por decirlo así, a una habitación interior donde te hablan personas ausentes, es decir, fantasmas visibles solo para ti (en este caso, mi yo espectral) y donde el tiempo pasa al compás de tu interés o tu aburrimiento. Has creado una realidad paralela parecida a la ilusión cinematográfica, una realidad que depende solo de ti. Tú puedes, en cualquier momento, apartar los ojos de estos párrafos y volver a participar en la acción y el movimiento del mundo exterior. Pero mientras tanto permaneces al margen, donde tú has elegido estar. Hay un aura casi mágica en todo esto” (1). Es excelente esta descripción pero tenemos que pensar que en la historia de los libros, leer no siempre ha sido así. Esta es su grandeza actual.

Las personas que hojean este cuaderno digital y leen sus páginas de navegación en busca de islas desconocidas, saben que considero la lectura como el arte para vivir, para aprender a leer las señales de la vida, porque hablar y escribir es solo cosa de personas. Leer, igual. Es una maravilla constatar que estamos preparados desde la preconcepción y a través del cerebro, para leer, cuando todo está conjuntado para comenzar a unir letras y grabarlas con unas determinadas formas en el cerebro. Agregando, además, sentimientos y emociones, de forma indisoluble, en relación con lo que nuestro cerebro lee. La lectura es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible, porque aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida.

En alguna ocasión he manifestado que España es un país de bares, que no de librerías, porque la lectura no es una tarea habitual para millones de ciudadanos que lo habitan. Además, la mercadotecnia se ha apropiado del aserto de Gracián, lo bueno si breve dos veces bueno, dando igual la calidad de lo breve. La mensajería instantánea, por ejemplo, donde WhatsApp se ha convertido en un claro exponente de la brevedad, así como los tuits, se han apropiado de la lectura por excelencia en los micromundos personales y de redes sociales. En un modo de vivir tan rápido como el actual, la lectura pausada y continua es un estorbo para muchas personas, donde el libro supone además un reto casi inalcanzable para el interés humano de supervivencia diaria.

Nos quedan las palabras en los libros. En estos momentos tan delicados para la humanidad por los estragos de la pandemia, tenemos la obligación ética de hacer una operación rescate de placeres útiles como el de la lectura, proclamándola como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer cuando vamos siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer, ni hay un compromiso de Estado para que España lea: “¿Pero qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (2).

He comprendido muy bien el interés de Irene Vallejo por ilusionarnos con la lectura, retirándome por unos momentos, al preparar estas líneas, “a una habitación interior” donde me han hablado personas ausentes, es decir, fantasmas visibles solo para mi (en este caso, Federico García Lorca, Nuccio Ordine, Irene Vallejo y Alberto Manguel, entre otros autores) y donde el tiempo pasa al compás de mi interés por escribir de la mejor forma posible, porque comprender y compartir lo que leo es bello y la mejor vacuna contra los males del alma.

(1) Vallejo, Irene (2020). El infinito en un junco. Madrid: Siruela, p. 60s.

(2) Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Si leemos libros, el país avanza en el pensamiento libre y objetivo

Sevilla, 1/III/2021

Se ha presentado recientemente el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2020, elaborado por CONECTA para la Federación de Gremios de Editores de España, con el patrocinio de CEDRO y en colaboración con el Ministerio de Cultura y Deporte, que nos facilita información importante sobre la lectura en nuestro país en 2020, un año muy especial por la pandemia sufrida. En mi caso, que me considero un filobiblion, es decir, una persona que ama los libros, es fácil entender que me interese especialmente conocer estos datos y divulgarlos porque pienso que un país que lee avanza siempre hacia la libertad de pensamiento y conductas asociadas.

Decía Richard de Bury, el autor de un libro publicado en el siglo XIV, cuyo título descriptivo enuncia lo que recogen sus páginas escritas en latín,  Filobiblión. Muy hermoso tratado sobre el amor a los libros, que “La verdad que triunfa sobre todas las cosas —que vence al rey, al vino y a las mujeres, que se considera sagrada y se honra antes que la amistad, que es camino sin retorno y vida sin fin, que el santo Boecio considera triple en pensamiento, discurso y escritura— parece seguir siendo más útil, fructífera y obtiene mayores ganancias en los libros. Porque el significado de la voz perece con el sonido. La verdad latente en la mente es la sabiduría que se esconde, el tesoro que no se ve, pero la verdad que brilla en los libros desea manifestarse con fuerza a través de cada sentido. Enaltece la vista cuando es leída, al oído cuando se escucha, y además al tacto cuando se somete a la transcripción, encuadernación, corrección y conservación. La verdad escrita de los libros, no transitoria, sino permanente, se ofrece a sí misma para ser observada, y por medio de las esférulas permeables de los ojos, que pasan por el vestíbulo de la percepción y las cortes de la imaginación, entra en la cámara del intelecto, tomando su lugar en el diván de la memoria, donde engendra la verdad eterna de la mente” (1).

El barómetro citado resalta las siguientes conclusiones, bajo un denominador común: el confinamiento tuvo un efecto positivo sobre los índices de lectura en nuestro país, que crecieron a lo largo de 2020 con el siguiente detalle:

  • El porcentaje de lectores de libros que leen al menos una vez a la semana alcanzó el 52,7%, en 2020 y llegó a un máximo histórico del 57% durante el confinamiento.
  • El tiempo dedicado a la lectura también se ha incrementado, pasa de 6 horas y 55 minutos antes del confinamiento a 7 horas y 25 minutos, a finales de 2020. Durante el confinamiento alcanzó las 8 horas y 25 minutos semanales.
  • Al 81% de los lectores, la lectura les ha ayudado a “llevar mejor la situación durante el confinamiento”.
  • El 68,8% de los españoles mayores de 14 años leyó libros a lo largo de 2020. Un 64% tiene la lectura como una actividad de ocio, en su tiempo libre. Un 23,1% lee por trabajo o estudios. El 36% de la población no lee nunca o casi nunca libros.
  • El incremento en el número de lectores por ocio en tiempo libre ha sido generalizado en todas las comunidades autónomas. Cataluña y Andalucía han sido las que mayor incremento han registrado: 2,3 puntos.
  • La lectura de libros en formato digital sigue creciendo, el 30,3% de los españoles mayores de catorce años leen en este formato, al menos una vez al trimestre.
  • Un 51,7% de los españoles compraron libros (no de texto) en 2020, un 1,3% más que en 2019. La librería tradicional se mantiene como principal canal para la compra y crece en 2020.
  • Se ha incrementado la proporción de quienes pagan por los libros electrónicos (39,8%), pero la mayoría sigue descargándoselos gratuitamente.
  • La lectura en niños es generalizada, pero se ha registrado una caída de casi 10% en los hogares donde se les lee a los menores de 6 años. A partir de los 15 años se reduce notablemente la proporción de lectores frecuentes en tiempo libre.
  1. Por el confinamiento y las restricciones de movilidad desciende al 23,2% el porcentaje de población que fue a la biblioteca.

El informe en general es de enorme interés, pero he destacado cinco conclusiones por su impacto real en la vida diaria de los ciudadanos y ciudadanas de este país:

  1. En primer lugar, porque aun destacándose el incremento de lectores frecuentes, que ascendió a un 52,7% de la población, con un ascenso leve sobre 2019, la realidad es -aaunque con tendencia a la baja- que un 36% de la población española continúa sin leer libros, cuestión bastante preocupante.
  2. Es indudable que el confinamiento tuvo un efecto positivo sobre los índices de lectura en nuestro país. La nube de palabras jerarquizadas que se recogen en la imagen correspondiente a este punto, traduce muy bien la realidad de la verdadera aportación de la lectura durante este tiempo de confinamiento tan difícil y prolongado en el tiempo: entretenimiento (99%), desconexión (97%), relajación (93%), tranquilidad (90%), ánimo positivo (83%), alegría (67%), entusiasmo (66%), fuerza mental (63%) e ilusión (63%).
  3. He señalado el incremento en el número de lectores por ocio en tiempo libre, generalizado en todas las comunidades autónomas, habiendo sido Cataluña y Andalucía las Comunidades que mayor incremento han registrado un incremento de 2,3 puntos sobre 2019, aunque siento el puesto que ocupa todavía mi Comunidad, Andalucía, el decimoquinto, con un 59,03% de lectores en la Comunidad, estando la media en España en un 64%, lo que se traduce a que el 40,97% de la población andaluza no lee por ocio en tiempo libre.
  4. Me ha llamado la atención el dato de que un 51,7% de los españoles compraron libros (no de texto) en 2020, un 1,3% más que en 2019 y que la librería tradicional se mantiene como principal canal para la compra, creciendo de nuevo en 2020 a pesar del confinamiento en 3,6 puntos, alcanzando un 71,1% sobre el total de canales de compra, seguido por Internet con un 38,4%.
  5. Por último, un dato esperanzador: la lectura infantil se mantiene en valores muy elevados, aunque desciende la lectura a los más pequeños, los menores de 6 años, cuestión que debería preocuparnos en estos momentos.  Hay un ligero incremento de 1,6 puntos en la proporción de niños de 6 a 9 años que leen libros que no son de texto.

Lo he manifestado en diversas ocasiones en este cuaderno digital: el arte de leer es bello. La lectura es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible, porque aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida.

En un país de bares, como España, que no de librerías, la lectura no es una tarea habitual. La mercadotecnia se ha apropiado del aserto de Gracián, lo bueno si breve dos veces bueno, dando igual la calidad de lo breve. La mensajería instantánea, donde WhatsApp, Telegram, Facebook o Twitter se ha convertido en un claro exponente de la brevedad, así como los tuits, se han apropiado de la lectura por excelencia en los micromundos personales y de redes sociales. En un modo de vivir tan rápido como el actual, la lectura pausada y continua es un estorbo para muchas personas, donde el libro supone además un reto casi inalcanzable para el interés humano de supervivencia diaria.

Con los datos expuestos anteriormente, se hace imprescindible proclamar la necesidad de la lectura como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer: “¿Pero qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (2).

(1) De Bury, Richard. Filobiblión. Muy hermoso tratado sobre el amor a los libros. Madrid: Anaya, 1995.

(2) Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

¿Qué significa ser antisocial?

Sevilla, 20/II/2021

Anoche estuve viendo durante unos minutos las graves algaradas callejeras en Barcelona y Valencia con motivo del encarcelamiento del rapero Hasél y a mi mente vino una catarata de preguntas del porqué de estas actitudes tan agresivas en jóvenes y menores, que representan tanto odio, hasta extremos verdaderamente preocupantes. ¿Qué está pasando en la sociedad para que haya este tipo de altercados en la calle? ¿Es sólo un problema de hartazgo social de una juventud sin salida en miles de casos? ¿Qué papel juegan las redes sociales en este tipo de convocatorias para defender la libertad de expresión, como hilo conductor del odio? Ya no nos partimos de risa sino de odio, aplicando el principio de realidad en esos jóvenes tan agresivos, que según los informativos y la propia policía provienen de grupos antisistema, de movimientos independentistas, de la ultraderecha y de radicales de izquierda de todo tipo, es decir, del conjunto del desencanto juvenil organizado en redes sociales sin mezcla de bien y horizonte alguno, utilizando solamente la radicalización de una emoción transitoria, a modo de conciencia de clase, por la falta de libertad que controla exclusivamente el Sistema o el Orden Establecido.

Sé que el problema es complejo y que requiere un análisis profundo y de cabeza fría, para no dejarse llevar por lo primero que se escucha y se ve en los informativos y en variados medios de comunicación que, por cierto, nunca son inocentes en la forma de comunicar lo que pasa en este país, recordando siempre una frase que leí en 2014 en un artículo de Juan Cruz, citando a Eugenio Scalfari, el fundador de La Repubblica, diario romano por excelencia, en una intervención suya ante estudiantes españoles en la Escuela de Periodismo de EL PAÍS: “Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”, de una forma especial, con compromiso social y navegando el desvío que nos impone la vida a cada uno.

Afirmo una vez más que nada de lo que se ve y cuenta es inocente y quien lo cuenta tampoco, como no lo son las ideologías de cualquier tipo que están detrás de estos fenómenos de masas donde la razón pública del interés general debe presidir cualquier información. Como tantas veces lo he escrito en este cuaderno digital, lo comprendí muy bien, en su aplicación a la vida de cada uno y de todos, el día que leí unos párrafos inolvidables de Lukács, en El asalto a la razón: “[…] no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y; por tanto, impulsándola o entorpeciéndola” (1).

Se ha publicado recientemente un libro en nuestro país, Antisocial (2), que analiza el poder de las redes sociales en Estados Unidos, aunque su autor da la impresión de que ocurriendo ahora lo que está ocurriendo con ellas, a él que no le llamen desde la ortodoxia americana para explicar lo inexplicable: “Marantz encarna todo lo que odia la extrema derecha pero se codeó tres años con sus gurús, que le confiaron sus técnicas para emponzoñar la red con mentiras y hacer avanzar sus intereses. Sí había aún alguna duda, el asalto al Capitolio rompió definitivamente el sueño de las redes sociales como portadoras de democracia y verdad a los rincones más oscuros del planeta. Más bien está siendo lo contrario. En un apasionante relato a ratos espeluznante, Marantz disecciona cómo ha ocurrido. Y no apunta sólo a los ultras, sino también a Silicon Valley, los nuevos guardianes de la información que rehúyen sus responsabilidades. Incluso al periodismo convencional que, aturdido por sus penurias económicas y su pérdida de autoridad, se deja arrastrar por el peligroso juego de la viralidad (3).

Soy un bloguero en la actualidad, que intenta mostrar la realidad tal y como lo es, amplificada automáticamente en Twitter y Facebook, aunque también participo del gran principio de Lukács: no hay ideología inocente en este blog y en sus post, pero lo que está pasando en la trastienda de las grandes plataformas de redes sociales es una encrucijada social de enorme interés general que debo atender desde mi ética personal e intransferible. En el fondo, los jóvenes de Cataluña y Valencia que anoche manifestaban su odio ante las fuerzas de seguridad, bancos y todo lo que representaba de alguna forma el Sistema, lo interpretaban en la calle siguiendo al pie de la letra los mensajes del manual breve para antisistemas y desencantados globales que acababan de leer en sus móviles ante un grito coral muy claro: defendamos la libertad de expresión. Las redes sociales no son inocentes y ahora están recogiendo la manipulación constante de lo que éstas han sembrado durante muchos años siguiendo la propuesta impresentable del “todo vale” y “no pongamos puertas al campo”.

Me parece extraordinariamente duro contemplar cómo estos jóvenes se parten de odio sin control, partiendo de la base de que no sólo los ultras, sino también Silicon Valley, donde residen “los nuevos guardianes de la información que rehúyen sus responsabilidades” a diario con el socorrido lema para tibios y mediocres de “a mí que no me llamen”, controlan a su antojo y sin supervisión alguna el mundo alegal de las redes, incluso ayudados en muchas ocasiones por un periodismo amarillo que, como decía anteriormente, está “aturdido por sus penurias económicas y su pérdida de autoridad”, dejándonos todos arrastrar por el peligroso juego de la viralidad, que es, en definitiva, el que mueve el dinero de los hombres de negro a nivel mundial.

La sinopsis oficial del libro no tiene desperdicio: “Una crónica profundamente inmersiva de cómo los empresarios de Silicon Valley se propusieron crear un Internet libre y democrático y cómo los cínicos propagandistas de la extrema derecha explotaron esa libertad para impulsar estos extremismos en la masa social. Marantz explora dos mundos: el de los emprendedores de las redes sociales, que con ingenuidad y una imprudente ambición, cambiaron los medios tradicionales de recibir y transmitir información; y el de «los intrusos»: conspiradores, supremacistas blancos y trolls nihilistas, que se han hecho expertos en el uso de redes sociales para promover su corrosiva agenda”.

Lo verdaderamente preocupante es que lo antisocial no sólo es eso. Es el dolor de millones de jóvenes que saben de verdad lo que les pasa, porque el mundo, con su sociedad concreta y el orden establecido que le corresponde, tal y como está montado en la actualidad, les da la espalda. A partir de ahí, los intereses espurios de millones de mediocres, inundan las redes de mensajes troleados que aparentan la verdad absoluta, pero que son tan solo una manipulación más de sus conciencias. La irresponsabilidad, entonces, está servida, aunque desde Silicon Valley o Wall Street miren para otro lado, partiéndose de risa y contemplando cómo millones de jóvenes de todo el mundo se parten de odio. Como dice Marantz en su libro, el auténtico problema es que “los señores del extremo social” les han secuestrado la conversación diaria, teledirigida por un grupo no inocente de fanáticos, personas de mala fe y nihilistas de todo cuño que aprovechan las vulnerabilidades múltiples del Sistema y de las redes sociales sobre las que casi siempre soportan su forma de hacer política. Luego pasa lo que pasa y cómo nos lo cuentan. Esa es la cuestión.

(1) Lukács, G. El asalto a la razón. Barcelona: Grijalbo, pág. 5, 1976.

(2) Marantz, A. Antisocial. Madrid: Capitán Swing, 2021.

(3) Andrew Marantz: “Twitter creó el monstruo de Trump y ahora se desentiende” (lavanguardia.com)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Decir Marte es decir Bradbury

Prólogo manuscrito de Borges, a la edición de Crónicas marcianas (1955)

Sevilla, 19/II/2021

Los marcianos existen y somos nosotros. Esta frase enigmática resumen bien la filosofía implícita de Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920) sobre el planeta rojo, tan de moda en estos días en los que una nave americana ha amartizado en él con gran éxito, en una misión de la NASA cuyo objetivo es encontrar rastros de vida microbiana de hace miles de millones de años. ¿Perseverancia humana, como el nombre de la misión espacial o intrepidez marciana, sustituyendo a la palabra miedo de Bradbury? Borges lo explicó muy bien en el prólogo a la primera edición de Crónicas marcianas en español, en 1955, en la editorial Minotauro: “ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero… ¿Qué ha hecho este hombre de Illinois me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?». En 2012, la ausencia de este escritor, maestro de la ficción interplanetaria, dejó huérfanos a quienes intentaban responder a una pregunta multisecular: ¿la condición marciana, si es que existe, sería diferente a la humana? Inquietante pregunta para los que nos preocupa indagar sobre la traída y llevada condición de las personas en el planeta Tierra, porque después de muchos siglos seguimos constatando que no nos llevamos demasiado bien unos con otros, incluso habiendo mirado durante tantos años a los Cielos para responder a preguntas tan concretas como la expuesta anteriormente.

Tengo que reconocer que la ficción planetaria nunca me supo levantar al igual que la música militar, porque de Bradbury sigo admirando -sobre todo- una obra vinculada con la existencia de los libros y su mensaje multisecular, Fahrenheit 451, tan recordada siempre y que se hizo muy popular a través de la excelente versión cinematográfica de François Truffaut. Pero al César lo que es del César y a la NASA lo que es de Marte, porque ayer consiguió amartizar una nave espacial en una operación interplanetaria sin precedentes. Afortunadamente, ya no hay bomberos que apaguen el incendio del alma de quienes leen, aunque hay otros bomberos actuales, pirómanos virtuales, que incendian las redes con falsas noticias y bulos sin com-pasión (así) alguna.

Borges planteó en su Prólogo a Crónicas marcianas interrogantes muy serios sobre la experiencia marciana: “Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo -que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena”. Es quizás , la tercera expedición, la que todavía puede inquietarnos más al estar cada día más próximo el desembarco de un o una astronauta en Marte: “Acaso La tercera expedición es la historia más alarmante de este volumen. Su horror (sospecho) es metafísico; la incertidumbre sobre la identidad de los huéspedes del capitán John Black insinúa incómodamente que tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara. Quiero asimismo destacar el episodio titulado El marciano, que encierra una patética variación del mito de Proteo”.

Borges explicó con cierto sarcasmo el término cienciaficción (sciencefiction), aunque el simbolismo de la realidad marciana, tanto para Bradbury como para Borges, es parecida: la condición humana ya venía de lejos. ¿De Marte? Probablemente, porque como decía Tom, el hijo querido de La Farge y Anna (tercera expedición), querido en Tierra y soñado en Marte: “cuando no se puede tener la realidad, bastan los sueños”, es decir, imitar a Proteo, el dios del mar, descrito por Homero en La Odisea como ‘anciano hombre del mar’ (halios geron) y pastor de las manadas de focas de Poseidón, cuya principal virtud era ver a través de las profundidades y de predecir el futuro, aunque en un mitema familiar a varias culturas, cambiaba de forma para evitar tener que hacerlo, contestando sólo a quien era capaz de seguirlo a través de sus metamorfosis. Predecir el futuro o no, sabiendo eso sí cuál es la condición humana, tanto en la Tierra, en Marte o la separación de los Cielos sumeroacádicos que contaban los ancianos de Mesopotamia, en las riberas del Tigris y del Éufrates, a los nietos sentados en sus piernas y con la mirada puesta siempre en la Tierra. Soñar despiertos, esa ha sido siempre la cuestión.

El amartizaje de ayer ha sido otro pequeño paso del hombre, de la mujer y un gran paso de la Humanidad, para intentar descifrar quienes somos, cuál es nuestra condición, aunque Bradbury ya nos avisó a tiempo: los marcianos existen y somos nosotros. Es nuestra condición o el natural, carácter o genio de cada persona, tal y como lo aprendí del profesor Vinaty, un francés muy particular, en la Universidad romana de la que fui alumno durante un tiempo marciano, en el pleno sentido del adjetivo tan bien tratado por Bradbury.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de Bonhams : BORGES (JORGE LUIS) Autograph manuscript, signed («Jorge Luis Borges»), of his Prologue to Ray Bradbury’s Martian Chronicles, 1955

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Mendel y su amor a los libros

Sevilla, 18/II/2021

Leer es un arte y una pasión que alumbra la vida. Federico García Lorca me enseñó a amar la lectura y a valorar el significado de tener un libro en las manos: Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros? ¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras” (1).

Con este eco lorquiano, he recordado que guardo en mi biblioteca de secreto una obra preciosa de Stefan Zweig, Mendel, el de los libros (2), un autor al que me he referido en diversas ocasiones en este cuaderno digital, sobre todo porque dijo en su visita a Sevilla en la primavera de 1905 que aquí se podía ser feliz, a pesar de la pobreza que estaba presente en esta semblanza que tiene ya más de cien años y que también denunció. En este cuento de Zweig, citado por Irene Vallejo en su excelente publicación, El infinito en un junco, recoge una cita al finalizar su obra que dice textualmente: “Los libros se escriben para unir, por encima del propio aliento, a todos los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”.

Es verdad que en tiempos de coronavirus la lectura es un gran bálsamo ante el desconcierto vital que está suponiendo esta situación sobrevenida. He vuelto a leer el cuento de Zweig y sigo descubriendo en él elementos de enseñanza profunda sobre el comportamiento humano en sociedad, sobre todo cuando sufre individual y colectivamente y se necesita alguna explicación que pueda estar en los libros: “En Jakob Mendel, aquel pequeño librero de viejo de Galitzia [Polonia], contemplé por primera vez, siendo joven, el vasto misterio de la concentración absoluta, que hace tanto al artista como al erudito, al verdadero sabio como al loco de remate, esa trágica felicidad y desgracia de la obsesión completa”. Jacob Mendel era un judío de Galitzia, que solo confiaba su concentración a la lectura de los libros, porque fuera de ellos casi nada existe: “Dejando a un lado los libros, aquel hombre singular no sabía nada del mundo, pues todos los fenómenos de la existencia sólo comenzaban a ser reales para él cuando se vertían en letras, cuando se reunían en un libro y, como quien dice, se habían esterilizado”.

La guerra en 1915 le jugó una mala pasada, al ser detenido por sospechoso ruso que campaba libremente por Viena, porque su origen suponía un peligro público para Austria, sin que aquello lo pudiera comprender en el interrogatorio al que fue sometido el día que lo detuvieron en el café Gluck y acabara unos días después en un campo de concentración de prisioneros civiles rusos cerca de Komorn, sin poder leer al haberse roto sus gafas, su único medio de conexión con el mundo exterior de su vida: “Dejando a un lado los libros, aquel hombre singular no sabía nada del mundo, pues todos los fenómenos de la existencia sólo comenzaban a ser reales para él cuando se vertían en letras, cuando se reunían en un libro y, como quien dice, se habían esterilizado”.

La señora que cuidaba los aseos de la cafetería Gluck era la memoria viva de lo que había pasado con Jakob Mendel, el de los libros. Ella cuenta en primera persona su liberación del campo de concentración y su regreso a su adorada mesa con tapa de mármol del café Gluck: “Un día, Jesús, María y José, no puedo creer lo que ven mis ojos, se abre la puerta, ya sabe usted, de refilón, tan sólo una rendija, como solía abrir el siempre, y el pobre señor Mendel entra en el café dando un tropezón. Llevaba puesto un raído capote militar lleno de zurcidos, y en la cabeza algo que alguna vez debió de ser un sombrero, uno que habrían tirado. No tenía cuello de camisa, y parecía la muerte, con el rostro y el pelo grises, y tan flaco que daba lástima. Pero entra, directo, como si nada hubiera ocurrido. No pregunta nada, no dice nada. Va hacia su mesa, allí, y se quita el abrigo, pero no como en otro tiempo, con agilidad y sin esfuerzo, sino respirando con dificultad. Aquella vez no traía ningún libro. Se limita a sentarse y no dice nada. Tan sólo clava la vista ante él con los ojos vacíos por completo, resecos. Sólo poco a poco, cuando le llevamos todo el paquete con los escritos que habían llegado para él desde Alemania, se puso de nuevo a leer. Pero ya no era el mismo”.

Tanto dolor por aquél trato inhumano ya no le permitió a Mendel volver a ser quien era: “Y en la memoria de Mendel, en aquel teclado único del conocimiento, las teclas, a su regreso, estaban atascadas. Cuando de vez en vez alguien venía a recabar información , él se quedaba sentado, inmóvil, agotado, y ya no comprendía con exactitud, no oía bien, y olvidaba lo que le habían dicho. Mendel ya no era Mendel, como el mundo ya no era el mundo”.

Aquella mujer que limpiaba los aseos y que vio por última vez a Mendel el de los libros, que durante veinticinco años le había cepillado el abrigo y le había cosido los botones y que le había visto por última vez antes de morir en la puerta del café Gluck, al que había vuelto en un regreso furtivo, me ha recordado a la limpiadora del cuento de la isla desconocida de José Saramago, porque los libros nos hacen salir de nosotros mismos para conocer el mundo: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual…”.

Es lo que comprendieron los dos protagonistas junto a Mendel de una historia mágica y sorprendente sobre la lectura, sobre todo la señora Sporschil, al haberse quedado con el libro que había dejado en su mesa Mendel el día que lo echaron definitivamente del café Gluck por robar panecillos para comer, porque no tenía dinero para pagarlos, y que le creaba mala conciencia a ella: “Quédeselo tranquila. A nuestro viejo amigo Mendel le habría encantado que al menos una entre los muchos miles de personas que le deben un libro aún se acuerde de él. Después me marché y sentí vergüenza frente a aquella anciana y buena señora que, de una manera ingenua y sin embargo verdaderamente humana, había sido fiel a la memoria del difunto. Pues ella, aquella mujer sin estudios, al menos había conservado el libro para acordarse mejor de él. Yo, en cambio, me había olvidado de Mendel el de los libros durante años. Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para unir, por encima del propio aliento, a todos los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”.

Muchos años después de conocer a Mendel he ido a buscarlo de nuevo, al igual que aquel personaje del relato de Zweig intentaba recordarlo en sitio habitual, porque en estos momentos de pandemia, un azote mundial, necesito buscar refugio en los libros: “Veinte años después había ido a parar de nuevo a su cuartel general, el café Gluck, en la parte alta de la Alserstraße. Jakob Mendel. ¿Cómo había podido olvidarle? Era impensable. Durante tanto tiempo. A aquel ser humano de lo más particular, a aquel hombre legendario. A aquel peculiar portento universal, famoso en la universidad y en un círculo reducido y respetuoso… Cómo había podido olvidarle, a él, el mago, el corredor de libros que, imperturbable, se sentaba allí día tras día, de la mañana a la noche. Símbolo del conocimiento. ¡Gloria y honra del café Gluck!”.

(1) Federico García Lorca (1931), en la Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros.

(2) Zweig, Stefan (2009). Mendel, el de los libros. Barcelona: Acantilado

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