¿Qué significa ser antisocial?

Sevilla, 20/II/2021

Anoche estuve viendo durante unos minutos las graves algaradas callejeras en Barcelona y Valencia con motivo del encarcelamiento del rapero Hasél y a mi mente vino una catarata de preguntas del porqué de estas actitudes tan agresivas en jóvenes y menores, que representan tanto odio, hasta extremos verdaderamente preocupantes. ¿Qué está pasando en la sociedad para que haya este tipo de altercados en la calle? ¿Es sólo un problema de hartazgo social de una juventud sin salida en miles de casos? ¿Qué papel juegan las redes sociales en este tipo de convocatorias para defender la libertad de expresión, como hilo conductor del odio? Ya no nos partimos de risa sino de odio, aplicando el principio de realidad en esos jóvenes tan agresivos, que según los informativos y la propia policía provienen de grupos antisistema, de movimientos independentistas, de la ultraderecha y de radicales de izquierda de todo tipo, es decir, del conjunto del desencanto juvenil organizado en redes sociales sin mezcla de bien y horizonte alguno, utilizando solamente la radicalización de una emoción transitoria, a modo de conciencia de clase, por la falta de libertad que controla exclusivamente el Sistema o el Orden Establecido.

Sé que el problema es complejo y que requiere un análisis profundo y de cabeza fría, para no dejarse llevar por lo primero que se escucha y se ve en los informativos y en variados medios de comunicación que, por cierto, nunca son inocentes en la forma de comunicar lo que pasa en este país, recordando siempre una frase que leí en 2014 en un artículo de Juan Cruz, citando a Eugenio Scalfari, el fundador de La Repubblica, diario romano por excelencia, en una intervención suya ante estudiantes españoles en la Escuela de Periodismo de EL PAÍS: “Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”, de una forma especial, con compromiso social y navegando el desvío que nos impone la vida a cada uno.

Afirmo una vez más que nada de lo que se ve y cuenta es inocente y quien lo cuenta tampoco, como no lo son las ideologías de cualquier tipo que están detrás de estos fenómenos de masas donde la razón pública del interés general debe presidir cualquier información. Como tantas veces lo he escrito en este cuaderno digital, lo comprendí muy bien, en su aplicación a la vida de cada uno y de todos, el día que leí unos párrafos inolvidables de Lukács, en El asalto a la razón: “[…] no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y; por tanto, impulsándola o entorpeciéndola” (1).

Se ha publicado recientemente un libro en nuestro país, Antisocial (2), que analiza el poder de las redes sociales en Estados Unidos, aunque su autor da la impresión de que ocurriendo ahora lo que está ocurriendo con ellas, a él que no le llamen desde la ortodoxia americana para explicar lo inexplicable: “Marantz encarna todo lo que odia la extrema derecha pero se codeó tres años con sus gurús, que le confiaron sus técnicas para emponzoñar la red con mentiras y hacer avanzar sus intereses. Sí había aún alguna duda, el asalto al Capitolio rompió definitivamente el sueño de las redes sociales como portadoras de democracia y verdad a los rincones más oscuros del planeta. Más bien está siendo lo contrario. En un apasionante relato a ratos espeluznante, Marantz disecciona cómo ha ocurrido. Y no apunta sólo a los ultras, sino también a Silicon Valley, los nuevos guardianes de la información que rehúyen sus responsabilidades. Incluso al periodismo convencional que, aturdido por sus penurias económicas y su pérdida de autoridad, se deja arrastrar por el peligroso juego de la viralidad (3).

Soy un bloguero en la actualidad, que intenta mostrar la realidad tal y como lo es, amplificada automáticamente en Twitter y Facebook, aunque también participo del gran principio de Lukács: no hay ideología inocente en este blog y en sus post, pero lo que está pasando en la trastienda de las grandes plataformas de redes sociales es una encrucijada social de enorme interés general que debo atender desde mi ética personal e intransferible. En el fondo, los jóvenes de Cataluña y Valencia que anoche manifestaban su odio ante las fuerzas de seguridad, bancos y todo lo que representaba de alguna forma el Sistema, lo interpretaban en la calle siguiendo al pie de la letra los mensajes del manual breve para antisistemas y desencantados globales que acababan de leer en sus móviles ante un grito coral muy claro: defendamos la libertad de expresión. Las redes sociales no son inocentes y ahora están recogiendo la manipulación constante de lo que éstas han sembrado durante muchos años siguiendo la propuesta impresentable del “todo vale” y “no pongamos puertas al campo”.

Me parece extraordinariamente duro contemplar cómo estos jóvenes se parten de odio sin control, partiendo de la base de que no sólo los ultras, sino también Silicon Valley, donde residen “los nuevos guardianes de la información que rehúyen sus responsabilidades” a diario con el socorrido lema para tibios y mediocres de “a mí que no me llamen”, controlan a su antojo y sin supervisión alguna el mundo alegal de las redes, incluso ayudados en muchas ocasiones por un periodismo amarillo que, como decía anteriormente, está “aturdido por sus penurias económicas y su pérdida de autoridad”, dejándonos todos arrastrar por el peligroso juego de la viralidad, que es, en definitiva, el que mueve el dinero de los hombres de negro a nivel mundial.

La sinopsis oficial del libro no tiene desperdicio: “Una crónica profundamente inmersiva de cómo los empresarios de Silicon Valley se propusieron crear un Internet libre y democrático y cómo los cínicos propagandistas de la extrema derecha explotaron esa libertad para impulsar estos extremismos en la masa social. Marantz explora dos mundos: el de los emprendedores de las redes sociales, que con ingenuidad y una imprudente ambición, cambiaron los medios tradicionales de recibir y transmitir información; y el de «los intrusos»: conspiradores, supremacistas blancos y trolls nihilistas, que se han hecho expertos en el uso de redes sociales para promover su corrosiva agenda”.

Lo verdaderamente preocupante es que lo antisocial no sólo es eso. Es el dolor de millones de jóvenes que saben de verdad lo que les pasa, porque el mundo, con su sociedad concreta y el orden establecido que le corresponde, tal y como está montado en la actualidad, les da la espalda. A partir de ahí, los intereses espurios de millones de mediocres, inundan las redes de mensajes troleados que aparentan la verdad absoluta, pero que son tan solo una manipulación más de sus conciencias. La irresponsabilidad, entonces, está servida, aunque desde Silicon Valley o Wall Street miren para otro lado, partiéndose de risa y contemplando cómo millones de jóvenes de todo el mundo se parten de odio. Como dice Marantz en su libro, el auténtico problema es que “los señores del extremo social” les han secuestrado la conversación diaria, teledirigida por un grupo no inocente de fanáticos, personas de mala fe y nihilistas de todo cuño que aprovechan las vulnerabilidades múltiples del Sistema y de las redes sociales sobre las que casi siempre soportan su forma de hacer política. Luego pasa lo que pasa y cómo nos lo cuentan. Esa es la cuestión.

(1) Lukács, G. El asalto a la razón. Barcelona: Grijalbo, pág. 5, 1976.

(2) Marantz, A. Antisocial. Madrid: Capitán Swing, 2021.

(3) Andrew Marantz: “Twitter creó el monstruo de Trump y ahora se desentiende” (lavanguardia.com)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

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