Una quincena especial / 13. Elogio a las personas corrientes

Sevilla, 27/III/2020, Día Decimotercero

Llegó el día de hacerlo otra vez, quizá como si fuera la primera vez. Repasando este cuaderno digital una y mil veces, he localizado un post que tiene una actualidad plena, porque aborda algo que estamos viviendo estos días de forma sorprendente por parte de los millones de personas que conformamos este país, cada una con su cadaunada de responsabilidad, generosidad y lealtad hacia sí mismo y hacia los demás. Circunscribo el contenido del citado post a este país, que está demostrando en líneas generales una madurez democrática asombrosa.

Vuelvo a leerlo con detenimiento y analizando ahora el contexto de cada frase, de cada palabra. Coincido en algo fundamental y sorprendente: somos corrientes incluso en la singularidad, aunque todos no somos iguales. Digo con frecuencia que es verdad que todos no vamos en el mismo barco, que todos no decimos al final lo mismo, porque cada uno, cada una, elige en democracia su singladura, patrón y barco. Al buen entendedor, con pocas palabras basta.

La pandemia actual nos obliga a dejar los supuestos puertos seguros y comenzar a navegar para intentar descubrir islas desconocidas que nos permitan nuevas formas de ser y estar en el mundo. Navegamos en mares procelosos de desencanto, en los que cunde el mal ejemplo de abandonar el barco metafórico de la dignidad, con la tentación de que el mundo se pare para bajarnos o arrojarnos directamente al otro mar de la presunta tranquilidad y seguridad existencial. Se constata a veces, en esa situación, que falta ya mar para acoger a todos los que se tiran a él, un mar repleto de desertores de la dignidad. Todos no vamos en el mismo barco de la indignidad, del desencanto, de los silencios cómplices, del conformismo feroz, del capitalismo salvaje, de la desafección social. Eso no es así ni lo admito con carácter general, porque todos no somos iguales: unos van en magníficos yates y otros, la mayoría, vamos en pateras, sin quilla, como si viajáramos por el mundo de todos los días en una media cáscara de nuez.

Lo que expreso a continuación forma parte de mis principios y aviso que éstos son los que tengo y no tengo otros. En estos días de confinamiento, las personas corrientes y singulares son las grandes artífices de la vida diaria en paz, que la modelan con su anonimato activo, su trabajo cotidiano, su forma de ser y estar en el mundo, que es personal e intransferible, que corren con su vida a cuestas. Con especial relevancia ahora, el conjunto de centenares de miles de servidores públicos que saben que el objetivo principal en su vida profesional es el interés general de la ciudadanía, sin dejar a nadie atrás en salud y en enfermedad, en la edad prematura y en la edad avanzada, en la situación extrema de pobreza, en las pandemias, en la guerra y en la paz. Ellos son ahora, también, los imprescindibles.

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ELOGIO DE LAS PERSONAS CORRIENTES Y SINGULARES

Algún día tenía que hacerlo, porque lo habitual es que hable en este cuaderno de personas y situaciones especiales. Hoy quiero dedicar unas palabras de alabanza a los miles de millones de personas corrientes, mejor que normales, que poblamos este planeta, a través de sus cualidades y méritos. Para ello he elegido una obra musical, Fanfarria para el hombre corriente, compuesta por Aaron Copland, porque simboliza algo muy especial: el canto a los grandes artífices de la vida diaria en paz, que la modelan con su anonimato activo, su trabajo cotidiano, su forma de ser y estar en el mundo, que es personal e intransferible, que corren con su vida a cuestas. Lo más grandioso estriba en que lo que hacen es único, singular, irrepetible, a pesar de ser corrientes. Tenemos que llegar hasta la acepción 10ª del Diccionario de la Lengua Española de la RAE para comprender bien qué significa ser corriente cuando aplicamos este adjetivo a personas: “dicho de una persona: De trato llano y familiar”.

Algo tiene esta Fanfarria cuando Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016, la eligió como composición que abría siempre sus conciertos. Todavía podemos dar un paso más, porque es probable que sea más apropiado hablar de personas singulares, tal y como lo expliqué en un post que escribí en este cuaderno en 2015, Elogio de la singularidad, a través de un diálogo inolvidable extraído de una película encantadora, diferente, singular, necesaria. Requisitos para ser una persona normal, un canto a la ruptura de patrones sociales, que se sintetiza en un diálogo entre Alex, con síndrome de Down, y María de las Montañas, los dos hermanos protagonistas de una familia rota, en la búsqueda de identidad normal y verdadera:

– ¿Por qué quieres ser normal?, pregunta Álex a su hermana.

– Porque todo el mundo quiere serlo.

– Yo no, responde Alex.

Y el patrón de la normalidad se circunscribe, en el pequeño mundo de la protagonista, a cumplir con una lista convencional para el mercado de estar en el mundo, más que ser en él: tener trabajo, casa, pareja, vida social, aficiones, vida familiar y ser feliz. Se trata de ir tachando todos los ítems que engloban el estándar de la normalidad y que cuando se cumplen permite la integración de una persona en la sociedad. Si falla alguno, la sociedad te expulsa con una facilidad clamorosa. Peor aún, no te admite.

Creo que más que de personas normales o corrientes, deberíamos hablar también, mediante una conjunción, de personas singulares, porque es la realidad de lo que somos, dado que no nos repetimos (por ahora…). Cuando pretendemos ajustarnos a patrones, la experiencia suele ser nefasta, porque dejamos a un lado la inteligencia y la capacidad de hablar, como primeras señas de identidad humana que nos hacen ser personas y de identidad intransferible, por mucho que se empeñe la sociedad de mercado en pasarnos a todos por la máquina de conversión en personas-patrón-para-triunfar-en-el-mundo, empaquetándonos como producto expuesto para que lo compre el mejor postor en todos los ámbitos posibles. Pura mercancía que traspasa los límites de personas corrientes.

Además, con una uniformidad insoportable, porque el patrón de la normalidad pasa por tener trabajo, casa, pareja, vida social, aficiones, vida de familia y felicidad, según el estándar de la sociedad en la que nace, se crece y se multiplica cada ser humano si puede. Tener, pero no ser. Ahí está la diferencia, en la singularidad que tan bien comprendía Alex, el protagonista de la película, porque es la única razón del corazón y de la razón que nos permite ser felices, que es el principal objetivo de la inteligencia en su misión posible de resolver problemas. Personas corrientes y singulares, tal como ya definía el lema singularidad el Diccionario de Autoridades en 1739, con la riqueza de nuestra forma de hablar hasta hoy: servir con el talento, no imitar otros, sino beneficiar el que ya dio el Cielo, o lo que recibimos de nuestros padres en la preciosa evolución de nuestra propia vida, siendo personas corrientes, es decir, de trato llano y familiar [sic, según la RAE]. Impecable definición, mientras corremos con la vida a cuestas, porque miles de millones de personas somos corrientes y singulares. Afortunadamente. Quizá comprendamos ahora, mejor que nunca, el sentido de la Fanfarria para el hombre corriente, con la seriedad que imprime Jesús López Cobos a la orquesta, en un homenaje explícito a millones de personas que se esfuerzan a diario en ser personas corrientes y singulares. Para que siempre se les escuche en su silencio sonoro de paz y armonía.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Una quincena especial / 12. Nos queda la inteligencia digital

CEREBRO PROF TOGA UCLA
Diferencias neurológicas del cerebro (1)

Existen malas noticias para los que sólo quieren vivir su vida: si no nos relacionamos con las redes, las redes si se relacionan con nosotros. Mientras queramos seguir viviendo en sociedad, en este tiempo y en este lugar, tenemos que tratar con la sociedad red. Porque vivimos en la galaxia Internet.

Manuel Castells, La Galaxia Internet

Sevilla, 26/III/2020, Día Duodécimo

Blas de Otero nos legó una frase para la posteridad, nos queda la palabra, en un poema suyo precioso –En el principio– que escribió para que aprendiéramos a convivir en este país en tiempos difíciles. Ahora, estamos comprobando durante el confinamiento decretado en el estado de alarma, que nos queda la inteligencia digital, porque las tecnologías de la información y comunicación están siendo las grandes protagonistas de esta decisión de Estado que ayuda tanto a no propagar el coronavirus, utilizando convenientemente los medios digitales a nuestro alcance. Básicamente, teléfonos inteligentes, redes sociales y medios audiovisuales que difunden información, conocimiento, sentimientos y emociones. Creo que es la gran oportunidad de desarrollar convenientemente la inteligencia digital, en el esquema que aprendí hace ya muchos años de las inteligencias múltiples que interactúan en nuestro cerebro gracias a las estructuras cerebrales que lo conforman.

Un artículo publicado en 2011 por Mario Vargas Llosa, Más información, menos conocimiento, con una entradilla muy preocupante, La imparable robotización humana por Internet cambiará la vida cultural y hasta cómo opera nuestro cerebro. Cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos nosotros, me llevó a escribir, a modo de réplica, un post que recupero en esencia hoy para deshacer este entuerto digital en un momento transcendental para la humanidad como el que estamos viviendo con motivo de la pandemia del coronavirus.

La situación que describía el Nobel de Literatura ya la he analizado muchas veces y algo es incontestable: la inteligencia digital tiene riesgos inherentes a su desarrollo y consolidación en el cerebro humano, pero es una realidad que no tiene vuelta atrás porque el mundo digital solo tiene interés hacia adelante, grabándose todo lo que nos pasa en el hipocampo, una maravillosa estructura cerebral que convive muy bien con la información y su retención en zona de memoria a corto, medio y largo plazo, que sabe convertirla en conocimiento cuando se cruza permanentemente con otra estructura próxima, muy amable para la vida de las personas, la amígdala, donde se forjan nuestros sentimientos y emociones. Invito a conocer ahora las dos estructuras cerebrales citadas, hipocampo y amígdala, que están en el cerebro de cada persona. Les encantará haberlo hecho y comprenderán mejor la maravillosa complejidad de nuestro cerebro personal e intransferible, que da instrucciones a un dedo pulgar o índice para teclear o pronunciar palabras, números y accesos a mundos maravillosos digitales en tiempos de confinamiento.

Decía Vargas Llosa que “la robotización de una humanidad organizada en función de la “inteligencia artificial” es imparable. A menos, claro, que un cataclismo nuclear, por obra de un accidente o una acción terrorista, nos regrese a las cavernas. Habría que empezar de nuevo, entonces, y a ver si esta segunda vez lo hacemos mejor”. Y me he acordado de una palabras de Hipócrates (Cos, 460 a.C.-Larisa, 377 a.C.), Sobre la enfermedad sagrada (Perì hierēs nousou), que cobran actualidad al reforzar la estructura maravillosa del cerebro, como sede hoy, muchos siglos después, de la información y del conocimiento: “El hombre debería saber que del cerebro, y no de otro lugar vienen las alegrías, los placeres, la risa y la broma, y también las tristezas, la aflicción, el abatimiento, y los lamentos. Y con el mismo órgano, de una manera especial, adquirimos el juicio y el saber, la vista y el oído y sabemos lo que está bien y lo que está mal, lo que es trampa y lo que es justo, lo que es dulce y lo que es insípido, algunas de estas cosas las percibimos por costumbre, y otras por su utilidad…Y a través del mismo órgano nos volvemos locos y deliramos, y el miedo y los terrores nos asaltan, algunos de noche y otros de día, así como los sueños y los delirios indeseables, las preocupaciones que no tienen razón de ser, la ignorancia de las circunstancias presentes, el desasosiego y la torpeza. Todas estas cosas las sufrimos desde el cerebro”.

En el libro que publiqué en 2007, Inteligencia Digital. Introducción a la Noosfera digital, ya alertaba de esta oportunidad histórica en la vida de las personas que pueblan la Noosfera. En esa ocasión, definí la inteligencia digital a través de cinco acepciones que rescato hoy para aplicarlas a la situación que estamos viendo en relación con el coronavirus:

1. Destreza, habilidad y experiencia práctica de las cosas que se manejan y tratan, con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, nacida de haberse hecho muy capaz de ella.
2. Capacidad que tienen las personas de recibir información, elaborarla y producir respuestas eficaces, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.
3. Capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para un determinado contexto comunitario o cultural, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.
4. Factor determinante de la habilidad social, del arte social de cada ser humano en su relación consigo mismo y con los demás, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.
5. Capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, es decir, cuando ha superado la dialéctica infernal del doble uso.

Estoy convencido que los ordenadores, el software y el hardware inventados por el cerebro humano, es decir, el conjunto de tecnologías informáticas y de telecomunicaciones que son el corazón de las máquinas (chips) que preocupan y mucho a investigadores, historiadores y filósofos, de forma legítima y bien fundamentada, permiten hoy creer que llegará un día en este “siglo del cerebro”, no mucho más tarde, en que sabremos cómo funciona cada milésima de segundo, y descubriremos que somos más listos que los propios programas informáticos que usamos a diario en las máquinas que nos rodean, porque estoy convencido de que la inteligencia digital desarrolla sobre todo la capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, sobre todo cuando seamos capaces de superar la dialéctica infernal del doble uso de la informática, es decir, la utilización de los descubrimientos electrónicos para tiempos de guerra y no de paz, como en el caso de los drones o de la fabricación de los chips que paradójicamente se usan lo mismo para la consola Play Station que para los misiles mortíferos Tomahawk. Ese es el principal reto de la maravillosa inteligencia, digital por supuesto, porque vivimos en la sociedad red.

(1) Imagen recuperada en 2007, que se reproduce por cortesía del Prof. Arturo Toga, neurólogo en la Universidad de California, de Los Ángeles (LONI), y director del Centro para la biología computacional. Esta imagen del cerebro humano utiliza colores y forma para demostrar diferencias neurológicas entre dos personas.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Una quincena especial / 11. No olvido ahora a Italia

Sevilla, 25/III/2020, Día Undécimo

Vivir en Italia fue una bocanada de libertad en mis años jóvenes, los que cantaba Cliff Richard y coreábamos juntos y en unión en mi colegio, defendiendo (solo algunos) la bandera de la santa tradición. Menos mal que Dios nos recogió a tiempo a los más inquietos y pudimos disfrutar de libertades durante bastantes meses del 68, en un país como Italia, tan contradictorio, pero que para mí fue el bálsamo de Fierabrás de aquella época. Aquella experiencia la viví en la zona más azotada hoy por el coronavirus, en la región de Lombardía, muy cerca del lago de Garda y, concretamente, de Sirmione sul Garda, el lugar tan querido y cantado en el poemario de Catulo.

Años más tarde, volví a Roma, peligro para caminantes, donde viví casi dos años y nunca he olvidado lo que pensé al comenzar a bajar la escalerilla de aquel avión majestuoso que me llevó un día ya lejano junto a Leonardo da Vinci, su aeropuerto: “Roma: tu lectura al revés, amor me entrega, algo es”, aunque llevaba grabada a fuego, en el corazón, una estrofa final de un poema de Rafael Alberti que nunca he olvidado: “Dejé por ti todo lo que era mío. Dame tú, Roma, a cambio de mis penas, tanto como dejé para tenerte”.

No olvido mi cariño especial a Italia porque me acogió como solo ese país sabe hacer con los que lo aman. Estos días están sufriendo el peor azote del coronavirus, con cifras abrumadoras de contagios y fallecimientos. En este contexto de desolación y dolor compartido, he recuperado de la banda sonora de mi vida en Italia una canción magistral, Caruso, que me emociona siempre de la misma forma, en su letra y música, un homenaje a Enrico Caruso, que hoy leo entrelíneas asomado al balcón de la vida, pensando que Italia es ahora la joven de ojos verdes, como el mar, que tanto amó aquel cantor en una breve estancia en Sorrento.

Pavarotti canta Caruso junto a Lucio Dalla, su autor. Sigo atentamente su mensaje en el italiano sentido, napolitano, que guardo en mi corazón anclado en la gruta azul de Tiberio. La voz de ambos cantores (cantante es el que puede y cantor el que debe, según aprendí de Facundo Cabral), me permiten volver a Italia porque está siempre en el corazón de mi persona de secreto. Deseo hoy más que nunca compartir estos momentos tan bellos, sobre todo cuando estamos en tiempos de turbación del alma y la música es compañera en la alegría y medicina en el dolor.

Cuando vivía en Roma, Lucio Dalla sonaba ya en mi radiocasete Grundig junto a otros “cantores”: Franco Battiato, Francesco di Gregori y Fabrizio di André. Dalla compuso «Caruso» en 1986, en homenaje al tenor napolitano, inspirada en historias sobre la muerte de Enrico Caruso que le contaron los propietarios de un hotel de Sorrento [Vesubio Albergo] en el que se alojó una vez que se vio obligado a hacer una escala allí con su barco. Dalla pasó la noche en la misma habitación en que, muchos años antes, Caruso había pasado algunos de sus últimos días. Los propietarios del hotel le hablaron de la pasión que por aquel entonces Caruso sentía por una joven a quien le estaba dando lecciones de canto. Y escribió estas bellas palabras:

Aquí donde el mar reluce
y sopla fuerte el viento,
sobre una vieja terraza
frente al golfo de Sorrento,
un hombre abraza a una joven
después de haber llorado
luego se aclara la voz
y vuelve a dar comienzo al canto.

Te quiero mucho,
pero mucho, mucho, sabes…
es una cadena ahora
que se diluye como la sangre en las venas, sabes…

Vio las luces dentro del mar,
pensó en las noches allí en América,
pero sólo eran lámparas
y la blanca estela de una hélice.
Sintió el dolor en la música,
se levantó del piano
pero cuando vio la luna salir tras una nube
le pareció dulce incluso la muerte.
Miró a los ojos la muchacha,
esos ojos tan verdes como el mar,
luego de repente salió una lágrima
y él creyó que se ahogaba.

Te quiero mucho
pero mucho, mucho, sabes…
es una cadena ahora
que se diluye como la sangre en las venas, sabes…

Fuerza de la lírica
donde cada drama es algo falso,
donde con un buen maquillaje y con la mímica
puedes llegar a ser otro.
Pero los dos ojos que te miran
tan cercanos y tan auténticos,
te hacen olvidar palabras,
confunden pensamientos.

Así todo parece tan pequeño,
también las noches allí en América
miras atrás y ves tu vida
como la estela de una hélice.
Sí, es la vida que se acaba
sin embargo él no lo pensó tanto
por el contrario, se sentía ya feliz
y volvió a comenzar su canto.

Te quiero mucho
pero mucho, mucho, sabes…
es una cadena ahora
que se diluye como la sangre en las venas, sabes…

Te quiero mucho
pero mucho, mucho, sabes…
es una cadena ahora
que se diluye como la sangre en las venas, sabes…

En estos días, me acerco a un puerto imaginario a bordo de “La isla desconocida”, el barco del cuento de Saramago, intentando asimilar como Caruso que lo único importante en la vida es descubrir el amor y salir de uno mismo para poder descubrir a los demás: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual…” (1).

Hoy, Italia sigue dándome a cambio de mis penas por lo que está sucediendo allí y acá, en cualquier parte del mundo, tanto como yo un día, siendo muy joven, dejé para tenerla: Te quiero mucho / pero mucho, mucho, sabes… / es una cadena ahora / que se diluye como la sangre en las venas, sabes…

(1) https://joseantoniocobena.com/2015/04/06/en-busca-de-islas-desconocidas/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Una quincena especial / 10. La fragilidad de vivir

DEDICATORIA MANUEL RIVAS

Sevilla, 24/III/2020, Día Décimo

Fragilidad de fragilidades, todo es fragilidad en un mundo acosado por el coronavirus y que se desmembra a pedazos. Este loco mundo no está hecho para las personas de alma frágil, que no tiene que ver nada con la frase hecha de “seres de piel fina” que tanto gusta a los que hacen de la mala educación o baba su bandera de personas hechas y derechas. Lo dijo recientemente Manuel Rivas de forma magistral en una columna suya publicada en El País Semanal, Toda la fragilidad del mundo: “Lo duro es constatar tanto espacio de fragilidad. La fragilidad en que vive gran parte de la infancia, con hambre y enfermedades de la edad de la peste. La fragilidad de tantas personas que viven al día. La fragilidad de los que tienen que alquilar su trabajo por horas y a un precio irrisorio, digamos un dólar por hora, sean las manos en talleres sórdidos o el cerebro para los gigantes tecnológicos. La fragilidad máxima de los inmigrantes y refugiados en ruta, en pateras por mar o siguiendo los osarios que jalonan los desiertos. La fragilidad de las periodistas que apuestan la cabeza por contar la verdad en la geografía del miedo, donde gobierna el neofeudalismo y la economía criminal”. Hoy, la fragilidad que se extiende en el mundo por el coronavirus.

La palabra “fragilidad” es ambigua en el diccionario de la Real Academia Española, tomada como “cualidad de frágil”, entendiendo frágil en sus cuatro acepciones, siempre como adjetivos: “1. Quebradizo, y que con facilidad se hace pedazos; 2. Débil, que puede deteriorarse con facilidad. Tiene una salud frágil; 3. Dicho de una persona: Que cae fácilmente en algún pecado, especialmente contra la castidad; 4. Caduco y perecedero. Tiene una historia, como palabra, muy vinculada a la moral más estricta y caduca que podamos pensar, como lo atestigua su primera aparición en el Diccionario de Autoridades en 1732: “En lo moral se toma por la propensión que la naturaleza humana tiene en caer en lo malo”. Sin comentarios.

Mundo débil, quebradizo, que cae fácilmente en algún pecado, caduco, perecedero, propensión a caer en lo malo y la relación pormenorizada de Manuel Rivas de las diversas fragilidades del ser humano, recogidas en el artículo citado acerca de la realidad que nos rodea. Con este panorama de diccionario o manual de causas perdidas, vuelvo a la lectura de libros útiles para proteger la fragilidad de vivir. Abro las primeras páginas de un libro de Manuel Rivas que tengo como de cabecera, ¿Qué me quieres amor? y me recreo viendo y leyendo la dedicatoria que nos dibujó en una visita a Sevilla en 2016, con una propuesta deslumbrante para tiempos frágiles: puso título a un libro que tengo que escribir sin falta, Por el derecho a soñar, que no olvido a pesar de la fragilidad que me rodea y que, a veces, nos destroza el cuerpo y el alma.

También, abro un libro muy querido y de lugar preferente en mi mesilla de noche: La utilidad de lo inútil (1), de Nuccio Ordine, que me ha refrescado estos conceptos, un libro excelente para tiempos de fragilidad como los que estamos viviendo en estos momentos. Muy útil también para espíritus inquietos que priman el valor del conocimiento y de la admiración por todo lo que se mueve a nuestro alrededor tan aparentemente frágil y que en un momento se hace añicos. Imprescindible para militantes del Club Virtual de las Personas Dignas, al que me honro pertenecer.

Son 172 páginas útiles para comprender el oxímoron (2) “utilidad de lo inútil”, pero se despeja inmediatamente cualquier duda al explicar el autor que la referencia a la utilidad se centra solo en aquellos saberes “cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista”. Es útil todo aquello que nos ayuda a ser mejores y decir esto en una sociedad de mercado puro y duro es para obtener matrícula de honor en la Universidad de las grandes y abiertas avenidas digitales del mundo actual, a las que se asiste a clases “útiles” en zapatillas (pantuflas), como explicaba muy bien en su momento el profesor libertario Michel Onfray: “Si siguiera trabajando dentro del Ministerio de Educación debería respetar un programa, unos autores, unos conceptos, preparar a los alumnos para superar unos exámenes de acuerdo con unas determinadas fórmulas… todo eso está bien pero hay mucha gente que satisface esa demanda, que se adapta al molde. En el Ministerio te dejan enseñar la filosofía como quieres, pero sólo oficialmente porque hay que hablar de Platón, de Aristóteles, de todos los grandes autores, antiguos y modernos…, pero no queda tiempo para adentrarse en otros terrenos”.

Si a esto agregamos en estos días la realidad de la Universidad digital/global de la Vida que es en sí mismo Internet, a la que por el confinamiento asistimos también con pantuflas desde nuestra casa, podemos atisbar que el gran reto del siglo actual es trabajar al servicio de la inteligencia compartida, del cerebro, gran desconocido desde el punto de vista científico, con objeto de que todos, sin dejar a nadie atrás, podamos proteger la delicada fragilidad de vivir. Cuidémosle, por tanto, de la información falsa y sesgada, de las noticias contaminadas por intereses espurios, porque es lo más frágil que tenemos y porque de forma sabia, lo guarda todo de nuestra persona de todos y la de secreto. Incluso el manual de supervivencia para momentos difíciles, en la edición personal e intransferible que sirve solo para cada uno, cada una, en el mejor de los mundos posibles.

(1) Ordine, Nuccio (2017, 17ª ed.). La utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado.

(2) Oxímoron (RAE. Diccionario de la lengua española, 23ª ed.): combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido, como en un silencio atronador.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Una quincena especial / 9. Soñar nos permite crear despiertos

EL SUENO

Recuerdo los ojos de mi esposa otra vez. Nunca veré cualquier cosa más aparte de esos ojos. Ellos preguntan.

Antoine de Saint Exupéry, Terre des Hommes, 1939

Sevilla, 23/III/2020, Día Noveno

He escrito muchas páginas sobre sueños en este cuaderno digital. En estos días tan especiales, tengo la gran oportunidad de volver a leerlas porque siguiendo al pie de la letra a Calderón de la Barca, los sueños, sueños son: «Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. De todas las páginas consultadas, he escogido una reflexión que hice el año pasado sobre el sueño y el poder mágico de creación que tenemos todos en momentos difíciles de la vida. Analizando su contenido, no quito nada de lo allí expuesto porque, en el estado de alarma en el que nos encontramos, sigo creyendo que podemos soñar y crear despiertos. Y compartirlo.

El neurocientífico Mariano Sigman decía recientemente que mientras dormimos “[…] el cerebro ni se apaga ni trabaja a media máquina. Al contrario, funciona a pleno rendimiento consumiendo tanta energía como durante la vigilia. Y muchas historias sugieren que el sueño es de hecho una usina creativa”. La palabra usina se utiliza en Argentina con un sentido más acotado que en España, que interpretamos como fábrica, aunque conviene leer con precisión su significado según nos enseña el diccionario de la Real Academia Española, que tiene un sentido más profundo relacionado con el cerebro y derivado de la palabra francesa “usine”: “Instalación industrial importante, en especial la destinada a producción de gas, energía eléctrica, agua potable, etc.”. Es un término utilizado frecuentemente en Latinoamérica, sobre todo en Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Perú.

Es verdad. El cerebro no “duerme” sino que se organiza de nuevo durante el sueño, dejando fluir escenas preciosas o tristes para nuestra vida, mientras que los millones de neuronas trabajan de forma armónica para reagruparse por estructuras mientras dormimos: amígdalas, hipocampo, córtex y el resto de las estructuras cerebrales preparan el cerebro para su “encendido” general al despertarnos. Los resultados cada mañana son mágicos e impredecibles.

La magia de soñar despiertos o dormidos, es una realidad cerebral que no está en el mercado ni podemos comprar en Amazon en oferta prime. La tiene de fábrica (nunca mejor dicho) cada ser humano, aunque el desarrollo de las diferentes estructuras cerebrales no es inocente y la preparación para el sueño confortable o no, a lo largo de la vida, es cooperante necesario para cada persona. Es una singularidad humana por excelencia y la dificultad estriba en saber contar o narrar el sueño de cada uno, de cada una. Me parece una cualidad humana fascinante.

Hace unos años pudimos ver una campaña en televisión de Lotería y Apuestas del Estado, pagada con dinero público [?] y que curiosamente intentaba convencernos de una realidad tergiversada por la crisis de valores que atraviesa la sociedad actual. La campaña tenía una idea fuerza que machaconamente se repetía en cada spot: no tenemos sueños baratos. Nos transmitía un mensaje directo, no subliminal, porque comprando La Primitiva se pueden cumplir los sueños caros, en una descarada declaración de principios y de valores sobre la que ya nos alertaba Machado al recordarnos algo proverbial: todo necio confunde valor y precio.

¿Soñar creando es caro? No, todo es ponerse en determinados momentos de la vida consciente (el sueño inconsciente es harina de otro costal humano, sin acudir necesariamente a las interpretaciones de Freud), cuando nos hacemos con las riendas de nuestros valores y los echamos a volar despiertos. En este sentido vuelvo a mi museo de sueños queridos viendo la fotografía que encabeza estas palabras, realizada por Man Ray, en 1937, a la que tituló Sueño, en la que aparecen Consuelo de Saint-Exupéry (esposa-rosa del autor de El principito, tan de actualidad siempre) y Germaine Huguet. Pertenece a esa colección de imágenes que cada uno lleva en su cerebro de secreto, que no necesitan comentarios especiales, porque siempre se asocian a experiencias personales e intransferibles, aunque observándola con detalle sobrecoge la posición de los párpados de ambas mujeres, los labios entreabiertos de Germaine como queriendo decir algo bello, que sugieren un sueño reparador en un momento preciso en la vida de cada una.

Saco una bella lección. En estos momentos de contexto complejo para todos, sin excepción, hay que mirar la excelente fotografía de Ray con atención preferente y aprender a cerrar los ojos ante aquello que no nos proporciona bienestar alguno, buscar un rincón de paz en la vida particular de cada uno y soñar de forma consciente, como lo hacen estas mujeres, sin esperar al sueño de la noche, que casi siempre se queda en el olvido. O al sueño caro al que nos invitaba el spot citado y de forma no inocente.

Me acuerdo…, emulando a Joe Brainard, de que en 2015 leí un artículo en una revista de la Fundación Vicente Ferrer, sobre las fábricas de sueños en India, formando parte de su cultura desde hace más de cien años a través de la industria del cine. La pregunta del millón de dólares es obvia: ¿por qué se denominan así y perviven todavía hoy de esta forma?: “Al público indio le apasionan las películas espectaculares y fantásticas: películas que tienen poco en común con el día a día de la mayoría de la población. Lo cuenta Álvaro Enterría en el libro “La india por dentro”: “Una vez un amigo mío me dijo que no le gustaba el cine occidental: para ver un mundo realista ya tenía el mundo normal. El cine indio fabrica sueños”.

Una última reflexión, de economía circular y de bajo coste, por cierto: es conveniente soñar junto a la persona que queremos, porque la felicidad es mayor, al trenzarse el amor como una cuerda de tres hilos, que difícilmente se puede romper […].

La vida sigue, dispuesta siempre a ofrecernos miles de oportunidades para creer que todavía es posible ser y estar en el mundo de otra forma, soñando despiertos, porque deseamos cambiar aquello que no nos hace felices, que mina a diario la persona de todos o la de secreto que llevamos dentro. El cine de mi infancia contemplaba siempre descansos pero, cuando soñamos, la vida no se detiene sino que solo esperamos, mientras caminamos, que se cumplan los deseos irrefrenables de alcanzar resultados pretendidos.

Salir de este estado de alarma es un sueño reparador para despertar a nuevas experiencias de lo que está por venir, donde cualquier parecido con la realidad, a diferencia de lo que ocurre con las películas, no es pura coincidencia, sino el fruto de un sueño realizado, porque es legítimo que así sea. Como en el campo, los sueños realizados son solo para quienes los trabajan.

Tenemos un derecho barato que es soñar despiertos, creando historias imaginables e incluso reales como la vida misma. Vivo rodeado de personas que sueñan con un mundo diferente, porque no les gusta el actual, porque hay que cambiarlo. A mí me gusta ir más allá, es decir, el mundo hay que transformarlo. Pero surge siempre la pregunta incómoda, ¿cómo?, si las eminencias del lugar, cualquier lugar, dicen que eso es imposible, una utopía, un desiderátum, como si ser singular fuera un principio extraterrestre, un ente de razón que no tiene futuro alguno. No me resigno a aceptarlo y por esta razón sigo yendo con frecuencia de mi corazón y sueños a mis asuntos, del timbo al tambo, como decía García Márquez en sus cuentos peregrinos, buscando como Diógenes personas con las que compartir formas diferentes de ser y estar en el mundo, que sean capaces de ilusionarse con alguien o por algo. De soñar creando, porque los ojos, cuando están cerrados, preguntan.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Una quincena especial / 8. El Sur pregunta a la Ciencia

SOLEA DE LA CIENCIA

Sevilla, 22/III/2020, Día Octavo

Todos queremos saber, con prisa existencial, cómo están los avances en la investigación del coronavirus y la mejor forma de atacarlo con prevención y vacunas. El Ministro de Ciencia, en su comparecencia del pasado viernes aclaró muchas cosas y pudimos conocer que España está en un proceso de investigación muy avanzado y en perfecta sintonía con la investigación europea y mundial al respecto. La ciencia resolverá el gravísimo problema actual y he recordado cómo el Sur, donde vivo, puede hacer preguntas a la ciencia a través de su expresión genuina del flamenco sabio y popular y de una soleá preciosa cantada por Enrique Morente, Soleá de la ciencia, que publicó en una obra emblemática en su discografía bajo el título de Morente sueña la Alhambra, de la que transcribo la letra y su versión original a continuación, como homenaje a un poeta de la vida corriente, cantor de los atardeceres y de la hora malva de Granada, una hora muy querida por Gabriel García Márquez. Él, que amaba el flamenco, decía que cuando El Lebrijano cantaba «se mojaba el agua».

La soleá cantada por Morente es un reflejo fiel de lo que supone la dialéctica del conocimiento de base y el de laboratorio, de la prisa existencial que tenemos por solucionar la atención urgente al coronavirus, mirándole a la cara y pidiendo a la ciencia, tan presumida ella, que comprenda cómo estamos sufriendo sus efectos hasta que nos dé la mejor respuesta.

Presumes que eres la ciencia
Yo no lo comprendo así
Porque siendo tú la ciencia
No me has comprendido a mí

Sale el sol y da en el cristal
Cuando no quebranta el vidrio
¿Qué es lo que va a quebrantar?

Los pajarillos y yo
Nos levantamos a un tiempo
Ellos le cantan al alba
Y yo alegro mis sentimientos

Para qué tanto llover
Mis ojitos tengo secos
De sembrar y no coger

Dicen los estudiosos que este palo, la soleá, debió originarse durante el primer tercio del siglo XIX, para acompañar el baile por jaleos, aunque con posterioridad se convirtió en cante para escuchar, hasta llegar a ser considerado uno de los pilares básicos del flamenco. ¿Soleá: soledad o poner al sol? Las letras tocan muchos temas, desde lo intranscendente a lo trágico. Destacan las alusiones a la vida, el amor y la muerte. En rigor, no debe hablarse de la soleá, sino del cante por soleá, o por soleares, dada la cantidad de variantes y matices que posee. Lo importante hoy, en el contexto que lo escribo, es ilusionarnos con el saber compartido sobre la esencia de este palo: interpretar los puntos cardinales de la existencia, la vida, el amor y la muerte, desde la inteligencia del Sur, con la capacidad de hacer preguntas a la ciencia como solo Morente sabía cantarlo con quejío en nombre de Andalucía.

Mario Benedetti nos recuerda también que, en estos días de confinamiento («cada uno en su escondite»), de soleares (soledades) y de preguntas a la ciencia, tenemos muchas cosas que decir a los cuatro vientos desde Andalucía, para «alegrar nuestros sentimientos»: “[…] pero aquí abajo abajo [sic] / cada uno en su escondite / hay hombres y mujeres / que saben a qué asirse / aprovechando el sol / y también los eclipses / apartando lo inútil / y usando lo que sirve / con su fe veterana / [porque] el Sur también existe”. Escuchando una vez más a Morente cómo pregunta a la ciencia en su soleá del Sur, de Granada, de su Andalucía Universal.

NOTA: la canción forma parte del disco Morente sueña la Alhambra. Letra y Música: Popular, adaptadas por Enrique Morente. Voz: Enrique Morente. Guitarra: Tomatito. Producido por: Enrique Morente. Tomatito aparece por cortesía de Universal Music Spain, SL.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Una quincena especial / 7. Por el cristal de la vida

ERICH LESSING

Sevilla, 21/III/2020, Dia Séptimo

Abro mi cuaderno digital en este séptimo día de confinamiento y me encuentro de nuevo con el fenómeno de la hoja en blanco. Repaso las páginas escritas y me detengo concretamente en una muy querida, como fuente de inspiración, en unas palabras dedicadas al color de la vida, en las que exponía que todo depende del color del cristal con el que se mire cada momento de la vida. Recuerdo siempre la puerta de acceso al patio interior de la Casa-Museo de Juan Ramón Jiménez, en Moguer (Huelva), resaltando la imagen de la cancela que dejaba pasar la luz por unos cristales de color amarillo, pintando los objetos de su casa con ese color, que inspiró un libro precioso y bastante desconocido en nuestro país, Por el cristal amarillo. También recuerdo, como hecho simbólico, la insignificancia de ese cristal en la isla de los ciegos al color, que magistralmente describió Oliver Sacks en un libro que leo con frecuencia y que lleva ese nombre descriptivo.

Me refiero al color del cristal de la vida como una metáfora que se enriquece con la lectura del libro citado, La isla de los ciegos al color, que en un momento de mi vida me aproximó a su investigación de cómo determinadas personas aprenden a vivir con su enfermedad, la acromatopsia, hasta alcanzar un mimetismo asombroso con ella, porque sufren ceguera del color que no les permite agregar color a la óptica de sus vidas. Todo se ve siempre de color gris en dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, donde se concentra esta enfermedad, que permiten “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.

Creo que comprendí bien el trasfondo de su libro, cuando contemplé en una ocasión una foto en blanco y negro del fotógrafo Erich Lessing en pleno rodaje de la película “Sonrisas y lágrimas”, que guardo en mi caja de sueños nº 1 y que he recuperado en estos días de confinamiento: “La vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y las lágrimas permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guion que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral”.

Hoy, un día después del paso del invierno a la primavera y recordando a Saks de nuevo, pienso que un poema de Ángel González, Ciegos, escrito en el contexto de los otoños e inviernos en nuestras vidas, extiende geográficamente, por todo el mundo, la posibilidad de cambiar el cristal por el que se puede contemplar la maravilla de esta primavera recién nacida, sin acromatopsia alguna, porque en momentos de turbación por el coronavirus no olvido que también existe color, luz, música y vida. 

¿Ciego a qué?
No a la luz:
a la vida.

¿Sordo a qué?
No al sonido:
a la música.
Abre los ojos,
oye:
nada ve,
nada escucha.

Como si al mundo entero
una nevada súbita
lo hubiese recubierto
de silencio y blancura.

NOTA: La imagen es una fotografía de Erich Lessing, que hizo a Julie Andrews en un descanso del rodaje de “Sonrisas y Lágrimas”, que me regalaron en formato postal el 31 de octubre de 2009, en la Sala de Exposiciones del Teatro de Aracena (Huelva), en una muestra dedicada a este fotógrafo de renombre mundial.

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Una quincena especial / 6. Propongo compartir nuestro empeño 

Propongo compartir lo que es mi empeño
Y el empeño de muchos que se afanan
Propongo, en fin, tu entrega apasionada
Cual si fuera a cumplir mi último sueño

Pablo Milanés, Proposiciones

Sevilla, 20/III/2020, Día Sexto

Hemos llegado al sexto día del confinamiento con el síndrome que he llamado en muchas ocasiones «de Errol Flynn». Los más antiguos del mundo digital saben que me refiero ahora, en el contexto del coronavirus, a que tengo que poner nombre a Todo Esto Que Me Rodea, que debo identificar bien, avanzando en desfiladeros existenciales que están situados en zona comanche permanente, pero sin la valentía e intrepidez aprendidas en mi niñez rediviva del General Custer o Errol Flynn (tanto monta, monta tanto), en los que de manera arrogante y sin despeinarse, con la botonadura reluciente y sin una mota de polvo en su traje y botas de montar, avanzaba este último con su Séptimo de Caballería para deshacerse de Caballo Loco (el coronavirus actual) o Víctor Mature (otra vez, tanto monta, monta tanto), sabiendo, eso sí, que al final del desfiladero podía estar siempre Olivia de Havilland (Beth) para fundirse en un abrazo eterno y casto, como si no pasara nada, que arrancaba aplausos eternos en el patio de butacas del Cinema Paradíso de mi infancia. Lo de menos era ya el final desastroso de la película, de cuyo nombre no quiero acordarme, en un país necesitado de escenas edulcoradas y de cartón piedra.

La vida es una película que forma parte de la filmoteca particular, que nunca tiene problema de espacio de almacenamiento gracias al maravilloso funcionamiento del cerebro. Además, con la particularidad de que es gratis total (hasta cierto punto, porque el coste anímico y existencial suele salir caro para muchas personas, probablemente para todos). Es lo que nos diferencia del mercantilismo de los necios, porque no confundimos valor y precio. Decía Mario Benedetti que “cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. Es verdad, de pronto cambió todo el coronavirus… Ocurre casi a diario porque nacemos sin una guía de cómo ser curiosos y saber hacer proposiciones que nos llenen el alma para vivir dignamente, fuera de toda duda, para ser felices, instalados en la utilidad de lo que muchos llaman vida inútil, pero que son siempre respuestas necesarias, baratas y al alcance de la mano: soñar despiertos, amar con locura y ser dignos con la disponibilidad de los bienes naturales y públicos que están a nuestro alcance.

El confinamiento puede ser un tiempo propicio para las proposiciones dignas y honestas, ante un mundo que rodeado por este enemigo real, de nombre galáctico, llamado Covid-19, pregunta tanto y sin cesar en un síndrome de los porqué de un Niño Peter Pan siempre redivivo. Creo que la disponibilidad de un tiempo para pensar nos permite recurrir a algo que olvidamos a diario y que puede ser un incentivo para ser más felices: olvidarnos de las respuestas que no nos gustan en la forma actual de ser y estar en el mundo, proponiendo ideas y cosas útiles para todos e instalarnos por una vez en el terreno de las proposiciones. Según la Real Academia Española, proponer es “manifestar con razones algo para conocimiento de alguien, o para inducirle a adoptarlo”, aunque el Diccionario de Autoridades da un sentido al lema «proponer» de especial relevancia: «representar o hacer presente con razones a uno alguna cosa, para que llegue a su noticia, o para inducirle a hacer lo que desea». Impecable propuesta cuando deseamos que el bien se haga difusivo de sí mismo para todos.

Recuerdo que Pablo Milanés lo sintetizó muy bien en una canción muy corta, Proposiciones, porque lo bueno, si breve, dos veces bueno. Pensando en la letra de aquella canción, no hacen falta ya muchas palabras para compartir este empeño de compartir ilusión por cambiar ahora lo que no nos hace felices, por mucho que el mercado se empeñe en convencernos que la felicidad es tener y no ser. Es más fácil estar atentos a disfrutar esta jornada, sin ir más lejos, en un curso acelerado de respeto al carpe diem,inquietando el gusto de los demás a través de los sentidos, compartir mensajes que entusiasmen a los demás, sobre todo a los que están más cerca, lanzándonos por caminos y veredas virtuales ahora anunciando que otro mundo es posible, porque la primavera y el verano llegan siempre, de forma puntual y con sus cosas, haciendo nuestro el crisol de esta morada.

Lo he manifestado varias veces en hojas sueltas de este cuaderno digital: necesitamos declarar las proposiciones decentes para avanzar en una sociedad más justa para todos. Ese es mi empeño. Escuchamos ahora todos los días noticias que reflejan un mundo atacado por el coronavirus en búsqueda permanente de soluciones inmediatas que no existen. Faltan proposiciones compartidas para aunar esfuerzos y voluntades a través del amor y el sufrimiento, como aquellos habitantes ejemplares de Santa María de Iquique, de los que aprendí tanto al escuchar atentamente su proposición a unos mensajeros de nombre araucano, Quilapayún, que no olvido.

Son cosas del confinamiento, de las proposiciones dignas y de la necesidad de compartir nuestros empeños, escuchando atentamente a Milanés en su estrofa final, compartiendo nuestros empeños individuales y colectivos cual si fuéramos a cumplir el último sueño.

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Una quincena especial / 5. José fue un buen compañero 

EL RECIEN NACIDO-LA TOUR
Georges de La Tour, El recién nacido (1648, óleo sobre lienzo, 76 x 91 cm, Museo de Bellas Artes, Rennes)

Sevilla, 19/III/2020, Día Quinto

Dedicado especialmente a las personas que llevan el nombre de José o Josefa, Pepe o Pepa, solo o compuesto, en todas las versiones actuales, en un día muy especial y diferente al de celebraciones anteriores.

Hoy se celebra en España el día de San José, a quien me gusta recordar sólo como José de Nazareth, de profesión carpintero. Una persona buena, en el buen sentido de la palabra “bueno”, amante de sus silencios y maestro en el arte de callar. En el día de «mi santo», quiero compartir, como regalo virtual, una experiencia relacionada con este protagonista de la historia sacra de la humanidad. El año pasado, cuando comenzaba mis clases de piano, clave y violín, tuve la oportunidad de analizar a fondo la obra de un compositor francés, Michel Corrette (1709-1795), un perfecto desconocido que ha supuesto un descubrimiento extraordinario en mi aprendizaje diario para interpretar dignamente sus partituras.

Todo surgió al localizar en su ingente obra seis sinfonías dedicadas a la Navidad, preciosas, de las que quiero destacar hoy un movimiento en concreto: José es un buen compañero (Sinfonía III, Allegro), porque me permite contextualizar una historia de una persona que ha supuesto mucho para el devenir de la sociedad creyente, una historia, entre otras, que habla siempre de soledad y silencio ante la libre elección para la difícil tarea de vivir dignamente.

José, un buen compañero, es también un hecho histórico que se celebra hoy y nunca ha pasado desapercibido en nuestras vidas. José, el carpintero de Nazareth, siempre ocupó una segunda fila en la historia más sorprendente y jamás contada bien. Era la pareja oficial de María, asunto que me ha emocionado en muchas ocasiones al describirlo así, a pesar de que la historia lo ha encumbrado siempre a los altares. Recuerdo en este momento el óleo de Georges de La Tour, El recién nacido, un pintor desconocido durante siglos para la historia del arte, donde no aparece José por ningún sitio porque realmente nunca fue protagonista de esta historia mágica. Sobrecoge el silencio y austeridad en este cuadro tan realista en los últimos años del pintor: “Sus célebres “noches”, de aparente simplicidad, silenciosas y conmovedoras, dan vida a personajes que surgen con magia en espacios sumidos en el silencio, de colorido casi monocromo y formas geometrizadas. La total inexistencia de halos u otros atributos sacros, así como los tipos populares empleados, justifican la lectura laica que a veces se ha hecho de sus nocturnos en obras como La Adoración de los pastores del Louvre o El recién nacido de Rennes» (1). Sin medallas, sin atributos laicos ni sacros. Sin collares o anillos. Sin nada, solo con el regalo precioso del silencio sonoro de la noche y contemplando a su niño.

El silencio permanente de José es un secreto a voces de la asunción de su papel en la historia difícil de María. Me gusta recordarlo despojado de su santidad, ocupando su sitio en la historia, básicamente como un hombre humilde, trabajador y bueno, con un profundo respeto a María, una persona que la historia ha colocado en un sitio muy especial difícilmente entendible si te falta la fe que nos enseñaron nuestros mayores, como le gustaba decir a Antonio Machado. Creo, sinceramente, que fue un buen compañero.

Michel Corrette (1709-1795), José es un buen compañero (Seis sinfonías de Navidad, Sinfonía III, Allegro), interpretado por La Fantasía.

Escucho ahora a Corrette y comprendo mejor que nunca la categoría humana de José, ignorado hasta por el evangelista Marcos: “Solo sabemos que en el capítulo 6, versículos 1 a 3 de su crónica de la muerte anunciada de Jesús (como buen periodista), dijo lo siguiente: “Se marchó [Jesús] de allí y vino a su tierra, y sus discípulos le acompañaban. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada; y decía: “¿De dónde le viene esto? y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, de Josét, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí con nosotros? Y se escandalizaban a causa de él”. José solo ante el peligro.

José no aparecía por ningún sitio en la noticia contada por Marcos pero, dueño de su soledad y de sus silencios, siempre tuvo el sentido de la medida que tanto aprecio. Correttte sabía lo que componía. José fue un buen compañero y Marcos lo entendió así. Por esta razón es sugerente intentar comprender que José admiraba a este narrador de la época, que contó cómo el emperador César Augusto quiso acabar de una vez por todas con alternativas a su poder corrupto, a través de un niño-ciudadano de su imperio, no empadronado, llamado Jesús, rey de los judíos, un revolucionario que no quiso ser emperador, que contaba cosas muy interesantes, que formó un gran equipo y que quería atender sobre todo a los más desprotegidos, a los engañados por el poder. Y era una persona corriente, lo que suele poner muy nerviosos a los malos gobernantes: cuando se cansaba, dormía sobre el cabezal del barco, como nos lo contó hace ya muchos años un joven periodista de nombre Marcos. Mientras, José, un carpintero humilde, seguía trabajando en silencio. Es el José que todavía hoy tanto admiro.

(1) https://www.museodelprado.es/actualidad/exposicion/georges-de-la-tour/369d61b8-c430-4c43-9f51-8ed8995aa949

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Una quincena especial / 4. La música es medicina para el confinamiento

VERMEER
La lección de música

Sevilla, 18/III/2020, Día Cuarto

En un cuadro precioso de Vermeer, La lección de música, descubrí hace ya muchos años una frase que acompaña siempre a mi persona de secreto. En él se contempla un virginal que toca una joven, en el que figura una inscripción en su tapa, Musica laetitiae comes, medicina dolorum (La música es compañera en la alegría y medicina para el dolor). Efectivamente, la música está cerca de la alegría, pero en la dialéctica de la vida siempre está también cerca del dolor, de la tristeza. Así lo siguen reflejando hoy día en este tipo de instrumentos barrocos los artesanos holandeses que fabrican los diferentes modelos de cuerda pulsada con una púa de pluma de ganso, de cuervo o cóndor (llamada plectro), según el patrón artístico reflejado por Vermeer.

MUSICA LAETITIAE COMES

Inscripción en la tapa de mi clave

Esta quincena especial que estamos viviendo casi cincuenta millones de personas en este país, tenemos una oportunidad única de descubrir este mensaje del cuadro de Vermeer, porque la música es medicina para sobrellevar el confinamiento obligado para protegernos del virus, con idéntica calidad a los momentos de alegría porque también es compañera fiel. Lo he manifestado en varias ocasiones en este cuaderno digital: admiro el simbolismo de la música. En mi caso, descubro cada día un mundo nuevo al aproximarme al teclado o al arco y mástil del violín, para conocer mejor su alma. También, al abrir mi clave. Es una experiencia única que me regala la vida y en la que estoy inmerso por los sentimientos y emociones que me ofrece. Sobre todo, he descubierto la riqueza sonora del clave (virginal), el instrumento tan querido por Bach y Mozart en sus años de éxito sonoro, asimilando a diario la frase pintada por Vermeer y que ha perdurado a través de los siglos: la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor.

Hoy propongo, al comenzar el cuarto día de confinamiento, un ejercicio de escucha atenta en la clave que exponía Shakespeare en El mercader de Venecia: “El hombre que no tiene música en sí mismo y no se mueve por la concordia de dulces sonidos está inclinado a traiciones, estratagemas y robos; las emociones de su espíritu son oscuras como la noche, y sus afectos, tan sombríos como el Érebo: no hay que fiarse de tal hombre. ¡Atiende a la música!”. En tal sentido, he escogido una obra maravillosa de Johann Sebastian Bach, Los conciertos de Brandenburgo, seis obras interpretadas por la Orquesta Bach, que creó y dirigió durante muchos años Karl Richter hasta su fallecimiento cuando solo tenía 54 años.

Una hora, treinta y ocho minutos, cincuenta y dos segundos, te sumergen en una experiencia musical inolvidable. Los conciertos, que se pueden visualizar y sentir en el vídeo que encabeza estas palabras, fueron grabados del 1 al 10 de abril de 1970 en el Castillo Nuevo de Schleissheim (Munich), bajo la dirección de Karl Richter, probablemente uno de los mejores intérpretes de Bach que han existido. Destaco un momento mágico de Richter, entre otros muchos (más bien diría que a lo largo de todos los conciertos), dirigiendo a la orquesta Bach en posiciones casi imposibles, al simultanear la dirección con la interpretación al clave, moviendo las manos en giros indicadores de melodías preciosas interpretadas por Richter y su orquesta como solo ellos sabían hacer. Me refiero, por ejemplo, al primer movimiento del Concierto número 5, Allegro, donde se puede observar la maestría de Richter en el clave, porque es maravilloso contemplar cómo vuelan sus dedos de forma armónica sobre el doble teclado negro y blanco. Pasen, vean y escuchen. Comprenderemos por qué la música es medicina para el confinamiento.

Concierto de Brandenburgo N.º 1 en Fa mayor BWV 1046

Guía práctica

[00:28~] 1º. Allegro

[04:23~] 2º. Andante (en re menor)

[08:12~] 3º. Allegro

[12:53~] 4º. Menuetto; Trío I (2 oboes y fagot); Menuetto Polacca (violines y violas); Menuetto Trío II (2 cornos y 3 oboes); Menuetto.

Concierto de Brandenburgo N.º 2 en Fa mayor BWV 1047

[20:50~] 1º. Allegro

[26:00~] 2º. Andante (en re menor)

[29:44~] 3º. Allegro assai

Concierto de Brandenburgo N.º 3 en Sol mayor BWV 1048

[32:35~] 1º. Allegro

[38:38~] 2º. Adagio

[39:41~] 3º. Allegro

Concierto de Brandenburgo N.º 4 en Sol mayor BWV 1049

[45:06~] 1º. Allegro

[52:44~] 2º. Andante (en mi menor)

[56:44~] 3º. Presto

Concierto de Brandenburgo N.º 5 en Re mayor BWV 1050

[1:01:48~] 1º. Allegro

[1:11:44~] 2º. Affettuoso (en si menor)

[1:16:38~] 3º. Allegro

Concierto de Brandeburgo N.º 6 en Si mayor BWV 1051

[1:22:00~] 1º. Moderato

[1:28:22~] 2º. Adagio ma non tanto (en Mi♭ mayor)

[1:33:07~] 3º. Allegro

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.