El Niño Jesús proletario, según Saramago

Dedicado especialmente a los niños y las niñas de Las Tres Mil Viviendas en Sevilla, proletarios, porque sigo aprendiendo de ellos que la alegría (alalá, en caló), su alegría, es todavía posible en el mundo cantando villancicos preciosos. Todos los días, más allá de la Navidad. También, a las personas que, como me pasa a mí cuando llegan estas fechas, nos miramos a nosotros mismos y a nuestro alrededor, y nos preguntamos muchas cosas. Nada más.

Cuando se acerca la Navidad recuerdo siempre lo que contaba Saramago sobre el Niño Jesús de su época (1): “En ese tiempo, los Reyes Magos todavía no existían (o soy yo quien no se acuerda de ellos), ni existía la costumbre de montar belenes con la vaca, el buey y el resto de la compañía. Por lo menos en nuestra casa. Se dejaba por la noche el zapato (“el zapatinho”) en la chimenea, al lado de los hornillos de petróleo, y a la mañana siguiente se iba a ver lo que el Niño Jesús habría dejado. Sí, en aquel tiempo era el Niño Jesús quien bajaba por la chimenea, no se quedaba acostado en la paja, con el ombligo al aire, a la espera de que los pastores le llevasen leche y queso, porque de esto, sí, iba a necesitar para vivir, no del-oro-incienso-y-mirra de los magos, que, como se sabe, solo le trajeron amargores para la boca. El Niño Jesús de aquella época era un niño Jesús que trabajaba, que se esforzaba por ser útil a la sociedad, en fin, un proletario como tantos otros”.

La imagen del niño Jesús proletario no la olvido. Me parece que coincide con la de miles de niños y niñas en Andalucía, que siguen viviendo en umbrales de pobreza, según los datos recientes facilitados por la Red Andaluza de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN de Andalucía), en su informe sobre la POBREZA con mayúsculas y que se presentaban en el diario El País con este titular sobrecogedor: Tres de cada 10 andaluces son pobres y casi la mitad de la población corre riesgo de serlo. Andalucía, junto con Canarias, es la región más pobre de Europa: “El 32,3% de los andaluces son pobres y el 41,7% de la población se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social, 13,8 puntos porcentuales por encima de la media nacional. Pese a la recuperación económica, que ha conseguido reducir en un 1,5% estos datos con respecto al año pasado [2016], Andalucía, junto con Canarias, es la región más pobre de Europa, sólo comparable a otras comarcas de Rumanía” (2).

Según datos del citado informe, “La pobreza infantil sigue siendo un problema en Andalucía: un 33.11% de la población menor de 16 años está en riesgo de pobreza y exclusión social. Ante esta situación, hay que recordar de forma machacona la Recomendación de la Comisión Europea de 20 de febrero de 2013,Invertir en la infancia: romper el ciclo de las desventajas. En su punto 2.2 hablaba explícitamente de “reducir las desigualdades en la niñez invirtiendo en la educación y los cuidados de la primera infancia”. Esta propuesta acertaba en un enfoque correcto para abordar la relación entre desigualdad, educación e infancia.

Como hago todas las Navidades, vuelvo a abrir el libro de las pequeñas memorias de Saramago por las páginas 107 y 108, buscando el final de esta microhistoria navideña del Nobel portugués, aplicado a nuestra navidad en Andalucía. Y no me sorprende su reflexión de cierre y recuerdo de aquellos días: la ansiada presencia de los ángeles, una recreación de sus mayores, a los que nunca divisó en su cocina real, aunque los adultos que le rodeaban en aquella Nochebuena se empeñaban en demostrar que “lo sobrenatural, además de existir de verdad, lo teníamos dentro de casa”. Y Saramago niño, incluso ya mayor, aun dejándose llevar por el niño que siempre fue, nunca los vio, “ni uno como muestra”, porque el Niño Jesús que llevaba dentro estaba en otras cosas más mundanas, yendo del corazón a sus asuntos proletarios… Los que un día, no muy lejano, atendería como compromisos sociales el Niño-Ciudadano Jesús, un Niño especial que deberíamos recordar siempre en la historia actual y real de Andalucía.

Sevilla, 13/XII/2017

(1) Saramago, J. (2008). Las pequeñas memorias. Madrid: Punto de Lectura, p. 107.
(2) https://elpais.com/ccaa/2017/10/16/andalucia/1508153161_705299.html

Andamos del timbo al tambo

DEL TIMBO AL TAMBO

En medio de las perversidades de la incertidumbre mundial y de este país, he conocido una gran noticia para el mundo de la cultura porque, desde el lunes pasado, el archivo personal de Gabriel García Márquez está a disposición de quien quiera acceder a él por internet, gracias al trabajo realizado al respecto por el Harrison Ransom Center de la Universidad de Texas. Es un resultado fantástico del mundo digital y ennoblece la inteligencia digital en todas sus proyecciones posibles.

Inmediatamente he accedido al buscador y en segundos me ha presentado el dato que buscaba, en este caso la referencia en su obra de una expresión, “del timbo al tambo”, que descubrí un día ya lejano en la lectura de su obra ”Doce cuentos peregrinos”, un libro de cuentos “sobre latinoamericanos en Europa que durante tantos años había querido escribir”. Hace casi diez años publiqué en este cuaderno digital una reflexión al respecto y hoy la recupero íntegra, porque permanece intacta en su fondo y forma.

Esta noticia nos permitirá conocer mejor a Gabo, su persona de todos y la de secreto. Es verdad que “somos peregrinos en un camino hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados, para comprender lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas y fracasos humanos y sociales que no alcanzamos a entender nunca”.

Sevilla, 13/XII/2017

Del timbo al tambo

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Gabriel García Márquez, mi querido Gabo, me recordó ayer al releer su Prólogo de Doce cuentos peregrinos – obra que recomendaré siempre para las mesillas de noche de las personas que me acompañan en nuestra “Isla Desconocida”-, una obligación ética al escribir palabras que se entregan a los demás, cuando se navega en los mares procelosos de la turbación ignaciana. Hoy, cuando retomo -no sin dificultades anímicas- esta bendita y sacrosanta ob-ligación [sic, con guion], resuenan sus palabras con una fuerza especial: “Aquí está, listo para ser llevado a la mesa después de tanto andar del timbo al tambo peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre”.

Es verdad. Aquí está listo el post de hoy, para ser llevado a tu mesa, cuando voy permanentemente de mi corazón a mis asuntos, del timbo al tambo particular, personal e intransferible. Cerebro y corazón, básicamente el cerebro, para los que nos acercamos con tanto respeto a él, que nos recuerda permanentemente su papel estelar en la vida, porque diversas estructuras cerebrales hacen posible la historia jamás contada, de vivir de forma controlada para no ir del timbo al tambo. A ser posible, a los asuntos importantes para la búsqueda de la felicidad. Y estos días que pasan, pero que en algunas y algunos se quedan, estamos viviendo momentos trascendentales para cada persona, para la sociedad, para la ciudadanía, para las familias, para las amigas y amigos a los que queremos, para las compañeras y compañeros de trabajo, con los que estamos obligatoriamente obligados a vivir, estar y, lo más difícil, ser.

Leo los periódicos habituales, escucho ahora mucha radio, la sempiterna onda próxima, veo la televisión que puedo y siempre hay una voz recurrente: la petición de mi voto, variaciones sobre el mismo tema utilizando el símil musical. Pero la partitura no es la misma y buscar esas diferencias es lo que me saca de mi corazón, de mis asuntos y es lo que me lleva a estar ahora “peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre”. Como me “recomendaba” ayer Gabo cuando leía, en momentos de silencio, uno a uno sus cuentos peregrinos. Porque entendí muy bien su estructura literaria volcada al mundo mediante sus estructuras cerebrales: somos peregrinos en un camino hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados, para comprender lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas y fracasos humanos y sociales que no alcanzamos a entender nunca.

Por eso doy vueltas a mi voto, a mi corazón, a mis asuntos. Porque no todos vamos en el mismo barco, porque suelo decir que navego casi siempre en patera, al lado de algún barco fletado para orientar a la “Isla Desconocida”, una patera sin quilla, pero con Norte. Un barco que ahora podría ser un partido político, unas determinadas siglas, siempre a babor, a su izquierda, en la amura de babor ideológico al que tanto quiero, porque no todos los partidos son iguales, porque tampoco todas y todos somos iguales, porque no me da lo mismo lo que pase el día 9 de marzo, porque la libertad para la igualdad no todos los partidos la defienden de la misma forma, porque me preocupa el Estado del bienestar y todos los recursos públicos, su financiación, la equidad, la integración de los que buscan desde fuera la felicidad básica, las personas que emigran a nuestro país porque creen que esta felicidad –la adecuada legítimamente a sus necesidades y proyecto de vida- se puede tocar aunque sea con la punta de los dedos, la atención a las personas que dependen de los demás si la Administración lo garantiza para no confiarlo a la misericordia divina y humana. Porque no todo es mercancía y mercado. Porque no hay que confundir valor y precio. No es lo mismo, no es lo mismo…

Lleva razón Gabriel García Márquez en su prólogo: el que lea este post (por qué no este cuento) sabrá qué hacer con él. Como me pasa a mí al escribirlo. Porque la perspectiva del tiempo es lo que permite poner cada cosa en su sitio y hacer, de vez en cuando, una parada en la posada más querida. Como peregrino de la felicidad. De la vida.

Sevilla, 24/II/2008

Perico el de los palotes, Colombine

COLOMBINECarmen de Burgos, en Mujeres en la historia (RTVE)

Pero como toda idea de superioridad en sentido genérico es absurda, hay que convenir en que los dos sexos pueden ser completamente iguales

Carmen de Burgos Colombine (1867-1932)

Tengo que confesar que no conocía la intrahistoria de esta expresión tan interiorizada desde pequeño en mis vivencias de Madrid, porque lo único que asimilé es que no era un modelo a seguir, denostado y maltratado en el lenguaje familiar ordinario. Si quería ser alguien en la vida, el modelo no era desde luego el de “Periquillo” [sic], el de los palotes, que con desdén se ridiculizaba al máximo en el tratamiento con diminutivo para escarnio completo y sin fisuras de su protagonista.

Cuento lo anterior porque me ha sorprendido conocer la verdadera historia de esta expresión, referida al apodo (nunca ocultó su identidad, como gran lección para estos tiempos modernos) que utilizaba Carmen de Burgos, más conocida como “Colombine” (vinculado quizá con el personaje femenino de mayor presencia en la Commedia dell’Arte), a la que se ha catalogado como primera mujer que ejerció funciones de corresponsal de guerra. Una vez más y tras la Segunda República, “quedó enterrada, silenciada, desaparecida y todos los sinónimos posibles de una manera muy eficaz por quienes cumplieron esa misión: la de borrar la figura, la obra y el legado de una de las escritoras más importantes del primer tercio del siglo XX, primera redactora en plantilla de un periódico (hoy casi totalmente desconocida en las redacciones) y la primera mujer española corresponsal de guerra” (1).

Me ha sobrecogido conocer su trayectoria vital porque, como mujer de la época de autos, no tuvo que ser fácil ejercer sus inquietudes profesionales. Además, andaluza por más señas, nacida en Rodalquilar (Almería). Con motivo del 150 aniversario de su nacimiento, se van a publicar dos tomos de la obra periodística de Colombine, en los que ha reunido unos 300 textos, gracias al trabajo que ha realizado durante muchos años Concepción Núñez Rey, profesora jubilada que trabajó en el departamento de Filología Española III de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. ha dedicado su vida a Colombine. Se decía de ella el año pasado que era “cabalmente moderna”: “Cierto que Carmen -como escritora de éxito en la belle époque- tuvo un salón literario (los comentados «miércoles de Colombine») y jugó algo a la mundanidad, que entendió como esencialmente europea, sin desentenderse jamás de lo que llamaríamos su fuerte veta social. Casada con un periodista almeriense que la maltrataba y al que abandonó, madre de varios hijos que murieron muy niños (sólo una hija sobrevivió y acompañó a su madre), en 1900 Carmen llegó a Madrid -con plaza de maestra en Guadalajara- dispuesta a esa vida literaria a que he aludido y con el triste bagaje de saber en carne propia dónde estaba la mujer española de su tiempo. Entró con éxito en el periodismo combativo, de talante liberal y republicano, aunque no extremista. Y en 1909 cuando comienza su sonado y largo romance con Ramón Gómez de la Serna (11 años menor) era ya autora de obras literarias y periodísticas de bastante eco y polémica: El divorcio en España (1904), Por Europa (1906), relato de un viaje cultural de un año por los más avanzados países del continente, o Cuentos de Colombine (1908), que alcanzó a ser traducido a varios idiomas” (2).

Con este bagaje tan espectacular y sobrecogedor al mismo tiempo, lo verdaderamente sorprendente para mí ha sido identificarla por primera vez con el pseudónimo de Perico el de los palotes, hecho que ocurrió entre 1917 y 1922, y que utilizaba en las reseñas literarias que escribía en el Heraldo de Madrid, periódico que en 1905 ya la había convertido en corresponsal en el extranjero. Es muy importante este matiz porque en momentos difíciles que vivió, escribiendo sobre la realidad del divorcio en España y que dio luz en un libro premonitorio publicado en 1904, que llevaba por título El divorcio en España, nunca ocultó su identidad, firmando con nombre y apellido, cuestión que le complicó seriamente la vida.

Ha sido un encuentro feliz que me ha devuelto una explicación inteligente a una forma de hablar en la Castilla que conocí en los años cincuenta del siglo pasado, que suena muy lejos. A partir de ahora, pensaré dos veces la utilización de esta expresión, Perico el de los palotes, como homenaje póstumo a Carmen de Burgos Colombine, una vida apasionada y cabalmente moderna. Fundamentalmente, porque hoy ha resucitado en mí, porque ella esperaba hacerlo por la fuerza de un libro y de ideas progresistas que no habría podido escribir.

Sevilla, 11/XII/2017

(1) de las Heras Bretín, Rut (El País, 4 de diciembre de 2017). Perico el de los palotes era mujer.
(2) de Villena, Luis Antonio (El País, 14 de enero de 2006). Cabalmente moderna.

El Aleluya de Mozart

El maestro austriaco siempre apreció con respeto reverencial la música de Haendel. En 1777, bastantes años después del fallecimiento del músico alemán, el compositor Georg Vogler enseñó por primera vez su oratorio El Mesías, a Mozart, en Mannheim, aunque la historia ha demostrado que fue el barón Gottfried van Swieten quien puso un gran empeño en que Haendel fuera conocido y respetado en Viena, entregando varias partituras de Haendel a Mozart con objeto de que las estudiara y preparara una versión actualizada de las mismas. Entre ellas se encontraba la de El Mesías, a la que incorporaría instrumentos más sofisticados que los utilizados por Haendel, tanto en viento como en metales. Así fue y en 1789 se publicó la citada versión reorquestada (KV 572).

Mozart había publicado en Milán, en 1773, una composición muy hermosa con libreto de da Ponte, el motete Exsultate, jubilate (KV 165), que finalizaba con un movimiento final dedicado a una palabra que es el hilo conductor de la Navidad, Aleluya. Escucho muchas veces esta obra cantada de forma asombrosa por Aksel Rikkvin y es todavía más sorprendente el cuidado extremo que tuvo en la revisión de El Mesías de Haendel en esta parte fundamental de la misma. La humildad del compositor austriaco se muestra en todo su esplendor en la partitura de la versión que hizo sobre el maravilloso Mesías de Haendel. Dos formas de interpretar el Aleluya y una sola forma de componer con una espiritualidad incontestable.

En estos días, en los que el mundo se distrae con los recuerdos de aquel acontecimiento que encumbró al Mesías prometido después de su nacimiento, como una de las historias mejor contadas de la humanidad, he querido recordar al compositor de Salzburgo, por la forma de transmitir a través de la música la belleza de la vida que nace en cada momento feliz, que solo se entiende cuando nos proponemos vivir apasionadamente las experiencias del afán de cada día, de cada carpe diem, sin que tengamos que recurrir a la Navidad para experimentarlo ocasionalmente.

¡Aleluya!

Sevilla, 10/XII/2017

Se hará lo que se pueda

SANCHEZ FERLOSIO

El escritor Sánchez Ferlosio ha cumplido noventa años y en el homenaje que le tributaron el lunes pasado en Madrid le preguntaron si seguiría escribiendo. Con su sorna habitual, respondió que «se hará lo que se pueda», recordando una famosa anécdota de Juan Belmonte y Valle-Inclán en la que el escritor le decía al torero, «no te falta más que morir en la plaza», a lo que él respondía, «se hará lo que se pueda, don Ramón».

Es verdad. Ante un mundo diseñado por el enemigo solo podemos hacer, a veces, lo que se puede, porque vivimos en un desbordamiento perpetuo de intereses espurios, que se produce por los que no nos dejan hacer casi nada. Es algo así como sucede con el cambio climático. Sabemos qué es lo que hay que hacer, nos lo recuerdan los que saben de ello, pero los dueños del mercado universal actúan sin compasión alguna. Nada es inocente, ni siquiera lo que hacemos si nos dejan hacerlo. Eso, Sánchez Ferlosio lo sabe. La realidad pura y dura es que el saber hacer cosas no ocupa lugar, pero en nuestros cerebros cada vez tenemos menos sitio. Y menos tiempo y libertad para hacerlas.

Sevilla, 8/XII/2017

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.jotdown.es/2012/07/sanchez-ferlosio-la-prosa-anfetaminica-de-un-personaje-de-caracter/

Tono morado

PANTONE 2018

Hoy se ha dado a conocer el color del año 2018, el ultra violet (Pantone, 18-3838). Pantone lo ha proclamado como el color que presidirá el mundo a partir del 1 de enero de 2018. La vicepresidenta de la compañía, Laurie Pressman, lo ha justificado para “evocar un estilo de contracultura, el agarre de la originalidad, el ingenio, el pensamiento visionario que nos dirige hacia el futuro”. La justificación de esta elección no tiene desperdicio: “Vivimos en tiempos complejos. Vemos el miedo de ir hacia delante y cómo la gente está reaccionando a ese miedo” y “es de los más complejos porque coge dos sombras que parecen diametralmente opuestas, como el azul y el rojo, y las une para crear algo nuevo”. Tiene el matiz “ultra”, es decir, va más allá del violeta tendiendo más al azul, “lo que habla de la cualidad espiritual de la conciencia”.

Podemos observar que nada es inocente en este gran mercado del mundo. Todo se compra y se vende, todo se justifica, ya sea divino o humano, lo trascendente y lo nimio. Todo se convierte en mercancía por un puñado de dólares o de euros: contracultura, originalidad, ingenio, pensamiento visionario, reacción ante el miedo y la cualidad espiritual de la conciencia.

Me quedo con la lección que aprendí hace muchos años de Juan Ramón Jiménez, a través de un libro que guardo como oro en paño, Por el cristal amarillo, en una edición que conservo de la editorial Aguilar. Era el color preferido del poeta y casi todo lo que escribió y vivió lo inundó de amarillo en lo que él llamaba sabiamente “barrios de la memoria”. La cancela de su casa en la calle Nueva marcó su elección cromática para siempre: “[…] era de hierro y cristales blancos, azules, granas y amarillos. Por las mañanas. ¡qué alegría de colores pasados de sol en el suelo de mármol, en las paredes, en las hojas de las plantas, en mis manos, en mi cara, en mis ojos! […] Yo miraba sucesivamente todo el espectáculo, el sol, la luna, el cielo, las paredes de cal, las flores -jeranios, hortensias, azucenas, campanillas azules-, por todos los cristales, el azul, el grana, el amarillo, el blanco. El que más me atraía era el amarillo. Por el cristal amarillo todo se me aparecía cálido, vibrante, rejio, infinito […]”.

Vuelvo a leer algunas reflexiones de Juan Ramón Jiménez en torno a su color preferido, el de su persona de secreto, muy cerca de lo que veía por el cristal amarillo de su querida cancela de la calle Nueva en Moguer, que conozco bien: “Todo allí acababa bien; era un término como el del beso en el amor, como el de la gloria verdadera e íntima en el arte; después de mirar por el cristal amarillo ya no quería yo más y me quedaba contento”.

Es verdad que todo depende del color con el que se mire la vida. No hay nada más terrible que permanecer ciegos al color, tal y como lo aprendí de Oliver Sacks en un libro suyo, La isla de los ciegos al color, que me aproximó a su investigación de cómo los pacientes aprenden a vivir con su enfermedad, la acromatopsia, hasta alcanzar un mimetismo asombroso con ella, aunque sufren ceguera del color, porque no les permite agregar color a la óptica de sus vidas. Todo se ve siempre de color gris en dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, donde se concentra esta enfermedad, que permiten “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks. Creo que comprendí bien el trasfondo de su libro, cuando contemplé en una ocasión una foto en blanco y negro del fotógrafo Erich Lessing en pleno rodaje de la película “Sonrisas y lágrimas”: “La vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y lágrimas permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo, en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guion que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral”.

ERICH LESSING-2

No me voy a dejar intimidar por el ultra violet del mercado cromático del mundo, porque estoy muy agradecido a disponer de ojos que ayudan a mi cerebro a interpretar el color de la vida, cualquiera que sea. También, porque aprendí algo muy importante que decía Antonio Machado, El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve. Como decía Juan Ramón Jiménez, no quiero algo más del color con el que distingo la belleza de la vida con mis propios ojos, porque con lo que veo… me quedo contento.

Sevilla, 7/XII/2017

Nos queda la Constitución (bis)

Hace un año escribí las palabras que siguen. No cambio ni un punto, ni una coma, de aquel planteamiento, mucho más reforzado si cabe por el momento delicado que estamos atravesando en este país. Aún así, urgen cambios, comenzando por el entramado territorial. Se ha demostrado en días atrás que, afortunadamente, nos queda la Constitución. Y la palabra…, convertida en diálogo permanente.

Sevilla, 6 de diciembre de 2017, Día de la Constitución

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Nos queda la Constitución

Guardo en mi caja de sueños el poema de Blas de Otero dedicado a la palabra. Hoy, lo recuerdo de forma especial en la celebración del Día de la Constitución, que es de las pocas cosas que nos quedan como articulación garantista de la democracia en este país, aunque se haya convertido desgraciadamente en una fiesta más de guardar, sin relevancia alguna para millones de personas. Han pasado treinta y ocho años desde su proclamación y gracias a ella vamos sorteando con más éxitos que fracasos los ataques continuados a su esencia, en un país tan cainita y dual como el nuestro.

A pesar de esta visión optimista, como pesimista bien informado que soy, creo que ha llegado el momento de tocarla, aunque hagamos lo contrario de lo que Juan Ramón Jiménez nos recomendaba hacer con la rosa, tan frágil como ella. Desde hace años, hemos constatado que se ha hecho mayor y que necesita una revisión en artículos esenciales para garantizar la convivencia en un país tan alterado históricamente y que, de vez en cuando, se convierte al menos en dos. Podrían ser más, si no se actúa ya, helándonos el corazón a los que la defendemos con uñas y dientes desde la ética aplicada en momentos tan transcendentales como los que estamos atravesando en la actualidad.

Conocemos de sobra las razones para afrontar este reto y un día como hoy debería ser una plataforma de lanzamiento institucional para abordar esta aventura que se cuenta en tantos foros y a la que tenemos un miedo casi reverencial. Recuerdo en tal sentido un comentario de Aristóteles sobre una experiencia del modelo constitucional, muy atrevido, propuesto por Hipódamo de Mileto (siglo V a.C.), el creador de las calles tal y como las conocemos hoy, algo tan democrático y que entusiasmaba de forma especial a Jane Jacobs: “[…] las recompensas que se conceden a los que hacen algunos descubrimientos útiles para la ciudad, es una ley seductora en la apariencia, pero peligrosa. Será origen de muchas intrigas y quizá causa de revoluciones. Hipódamo toca aquí una cuestión sobre un objeto bien diferente: ¿están o no interesados los Estados en cambiar sus instituciones antiguas en el caso de poderlas reemplazar con otras mejores? Si se decide que tienen interés en no cambiarlas, no podría admitirse sin un maduro examen el proyecto de Hipódamo, porque un ciudadano podría proponer el trastorno de las leyes y de la constitución como un beneficio público”. Es verdad, pero estamos asistiendo a un espectáculo de agotamiento político por las fórmulas encorsetadas en las que transcurren los debates y la forma de abordarlos en el Palacio de la verdad democrática, el Congreso, así como de la propia representación política con el sistema electoral actual, que urge introducir cambios territoriales y de derechos fundamentales, sobre todo y a marchas forzadas, maximis itineribus, volviendo a Aristóteles.

Cambiemos la Constitución entre todos, mediante un referéndum sosegado, sin preguntas trampa, con transparencia total, donde vuelva a tener todo su sentido democrático el interés general, que es su verdadera razón de ser, comparándola con la verdad de la palabra, aunque cada día se convierta ya en un conjunto de signos que cada vez simbolizan menos, algo residual que les queda a algunos si han perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiran, como un anillo, al agua (Blas de Otero). También, porque la Constitución, a través de sus palabras, es lo que les queda a algunos si han sufrido la sed, el hambre, todo lo que era propio y resultó ser nada, incluso si han segado las sombras en silencio; si abren los labios para ver el rostro puro y terrible de nuestra patria hoy, incluso hasta desgarrárselos.

Todo ello es verdad, porque nos queda…, la Constitución, esa gran palabra que nos recuerda hoy que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. El pueblo, solo el pueblo.

Sevilla, 6/XII/2016, Día de la Constitución

Andalucía es el Norte de España

cernuda

Sombra hecha de luz,
que templando repele,
es fuego con nieve
el andaluz.

Enigma al trasluz,
pues va entre gente solo,
es amor con odio
el andaluz.

Oh hermano mío, tú.
Dios, que te crea,
será quién comprenda
al andaluz.

Luis Cernuda, El andaluz, en Como quien espera el alba, 1947

Luis Cernuda, el poeta universal nacido en Sevilla, dijo en 1931 en un artículo publicado sobre “José Moreno Villa o los andaluces en España”, que “Andalucía, ya se sabe, es el Norte de España; pero no la busquéis en parte alguna, porque no estará allí. Andalucía es un sueño que varios andaluces llevamos dentro”. Es una metáfora preciosa basada en la actitud transformadora del aquel poeta malagueño, olvidado por muchas personas instaladas en el síndrome del Sur o que sufren el complejo territorial español de nuevo cuño, por mucho que Mario Benedetti se esforzara en resaltar las virtudes de esta localización privilegiada.

Cuando se cumple el 40 aniversario de las movilizaciones de más de un millón y medio de andaluces el 4 de diciembre de 1977, para reivindicar la identidad de Andalucía en el nuevo escenario que se abría en el país después de tantos años de dictadura, he querido recordar esta idea preciosa de Cernuda para acabar de una vez por todas con el complejo del Sur, para salir de las trincheras de la ignominia histórica que pesa como una losa en el ideario de esta tierra. Porque a pesar de lacras como el paro o los abandonos tempranos en educación, Andalucía puede ser el Norte de España en muchos caminos que se hacen hoy al andar. También, como pequeño homenaje a otro malagueño, Manuel José García Caparrós, durante la concentración de aquel 4 de diciembre, militante de Comisiones Obreras, que murió “por un tiro de la policía después de que un manifestante trepase por la fachada del edificio de la Diputación de Málaga para colocar una bandera de Andalucía que el presidente de la Diputación había prohibido”, según contaban los periódicos de la época.

4D

Andalucía tiene un serio problema con su pasado porque suele olvidar habitualmente lo que es meritorio y digno. Es el caso de Moreno Villa a quien casi nadie lo conoce, como ejemplo de otro andaluz extraordinario que hizo de la poesía un arte para vivir y convivir en este país, más allá de los complejos del Sur. Lo he leído recientemente en un artículo muy interesante de James Valender, publicado por la revista “Residencia de Estudiantes”: “En 1957, en sus Estudios sobre poesía española contemporánea, Luis Cernuda publicó unas duras palabras sobre la suerte que, según él, le esperaba a la obra poética de Moreno Villa: «La pobreza, la ignorancia, la indiferencia de nuestro ambiente literario han hecho que este poeta sincero y tan auténtico no recibiera nunca la atención que por lo menos merece. Y en cuanto a esperar que las generaciones venideras enderecen la injusticia cometida en su caso, sería esperar demasiado; entre nosotros la literatura no tiene, cuando la tiene, sino actualidad». Ha llegado el momento para que tal triste profecía quede por fin desmentida” (1).

Efectivamente, es lo que aprendí de él hace ya muchos años cuando se refería con inmenso dolor al tratamiento que hacían de su obra sus paisanos andaluces, sevillanos por más señas, que nunca aspiraron a ser el Norte de España: Mas el trabajo humano, / Con amor hecho, / merece la atención de los otros (Luis Cernuda, A sus paisanos, en Desolación de la quimera (1956-1962).

Lo dije también este año en otra fecha memorable, el Día (oficial) de Andalucía, porque tenemos la suerte de llevar la luz con el tiempo dentro: “[…] como Juan Ramón Jiménez entendía su pueblo y las personas que vivían en él; que somos nobles porque sabemos perdonar y comprender tanto a los que nos ofenden con el paro y la corrupción que a veces no hay nada que perdonar. También, porque somos un enigma a pesar de la luz interior que el dolor de nuestra historia no olvida, siempre con el tiempo dentro, amor desbordante, pasión en nuestra música que acompaña siempre la alegría y calma el dolor, que compartimos hasta buscar la luz con el tiempo fuera.

Nos tratamos como hermanos, cuando a veces no sabemos si somos amigos o seres lejanos, porque lo único que sabemos, en tiempos políticos, es que unos de otros -no inocentes- lejos estamos. Con la esperanza de que el dios que corresponda comprenda qué significa hoy ser andaluz en Andalucía, más allá de los que nos llevan al diccionario de uso del andaluz corriente como una sola palabra, cuando lo que necesitamos es una definición urgente como personas con luz interior, pero con un enigma de fuego y nieve dentro. Como Cernuda soñó un día esperando el alba de su tierra”.

Es verdad, Andalucía es un sueño que varios andaluces llevamos con su luz y su tiempo dentro.

Sevilla (Andalucía), 4/XII/2017, día especial para recuperar memoria histórica de este territorio situado en el Sur de la historia. Nada más, aunque conviene recordar que, para muchos sueños posibles, es el Norte de España.

(1) http://www.residencia.csic.es/bol/num6/valender.htm

Sé lo que entrego, no lo que se recibe

LAS PALABRAS PERMANECEN

Facebook me recuerda de vez en cuando que hace un tiempo escribí tal día como hoy un artículo en este cuaderno digital. La verdad es que se convierte en un examen temporal para valorar si sigo siendo el mismo. He vuelto a leer este artículo escrito el 2 de diciembre de 2014 y suscribo todas y cada una de sus palabras. Soy consciente de que voy a contramano de esta sociedad de mercado y consumo, pero creo que lo importante es ser y no tanto, tener. Por esta razón vuelvo a publicarlo porque mantiene su vigencia existencial. Es verdad que sé lo que entrego siempre en este blog, pero muchas veces no sé lo que se recibe…

Al fin y al cabo, las palabras vuelan y lo que está escrito…, es lo que permanece.

Sevilla, 2/XII/2017

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.pampalabrasamedida.com/lo-escrito-permanece-pero-el-diseno-se-queda-obsoleto/

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Sabemos lo que damos, no lo que se recibe

MARTIN BUBER

“Sé lo que te he dado; no sé lo que has recibido”
Antonio Porchia

Desde diciembre de 2001 me acompaña esta voz de Porchia, porque me impactó en la creencia personal del arte de regalar. Se acercan días propicios por la Navidad de la mercadotecnia para hacer regalos, por imposición casi siempre de la sociedad de consumo. Alberto Manguel fue el artífice de mi pre-ocupación actual, que todavía persiste, reflexionando sobre la estela del regalo y su epifanía: «Diciembre es una época propicia para regalar y por tanto el momento de descubrir que se necesita habilidad para escoger el obsequio. Es un acto que requiere conocer bien a la persona, interpretar el significado del regalo en su cultura o poseer dotes clarividentes para saber cómo reaccionará el agasajado. Un recorrido paralelo por la historia descubre algunos episodios gratos o claves y otros desafortunados en el momento de brindar un obsequio. Aunque siempre quedan los libros».

Aquél mes fue diferente a los demás, tanto que quise hacer un esfuerzo especial para “justificarlos” (siempre procuro hacerlo), pensando también en la segunda parte del verso: “no sé lo que se recibe”. Es verdad que estamos ante un filo cortante de la existencia, tal y como lo aprendí de Martin Buber, cuando intentaba explicar la relación Yo-Tú. Y es un vacío que siempre existe porque pertenece a la persona de secreto de cada uno que, en determinadas ocasiones, la hacemos de todos. Ahí radica el espacio insondable de generosidad que debe existir cuando se entrega no sólo un regalo, sino por decirlo de una vez por todas, la vida.

Como decía Manguel, la historia nos puede enseñar qué significa un regalo y así lo escribí en 1985: «El rito de la alianza (de las personas con el Dios) simboliza de forma magistral el contenido multisecular del regalo como sello o estela del pacto, del encuentro más grandioso que el hombre ha sabido dejar por escrito, reconociendo la sublimación de una ceremonia extendida entre los primeros pobladores de la tierra. Como prueba tangible de que las palabras que se entrecruzan Dios y los hombres han de permanecer hasta la muerte, se sacrifica un animal y se le divide en dos mitades, obligándose el titular del pacto a pasar por ambas mitades para recordarle que si se incumple cualquiera de las cláusulas pactadas, puede el hombre sufrir las mismas consecuencias que el animal. Junto a esto, existe una ceremonia llamada del «jesed» donde se obliga el hombre agraciado con el pacto a vivirlo permanentemente en cada acto de su vida siendo de esta forma «justo» hasta la muerte, en un estado de vigencia -minuto a minuto- de un compromiso que se simbolizó en un regalo» (1).

La entrega a la persona o personas que amas, a los demás, es algo más importante que el regalo en sí, aunque la vida también puede serlo. Pero la duda existirá siempre porque la libertad es eso, mantener espacios de silencio, de falta de respuestas, por mucho que se hagan manifestaciones de afecto y acogida. Es decir, sabemos siempre lo que damos, pero no lo que se recibe…

Por eso creo que si reflexionáramos sobre esta duda existencial unos minutos antes de comprar algo para otra persona, el próximo regalo ya no será igual en nuestras vidas, a pesar de que las campañas de navidad y reyes se empeñen en convertir esta oportunidad en pura mercancía. Así lo he entendido siempre: «Sería importante, creo que ante todo lo necesario, rescatar el contenido primigenio del regalo, es decir, comprometerse sólo con aquella persona que se relaciona conmigo en encuentros constructivos para la felicidad diaria, pactándose unos compromisos de vida que se puedan simbolizar en el regalo no cosificado, por ejemplo, en esa llamada a tiempo, compañía no programada o silencio de comprensión que no lleva etiqueta, precio ni papel de celofán con lazo incluido. Se perderían muchos negocios montados a propósito, pero ganaríamos todos en sinceridad y cercanía. Además, solamente lograríamos repetir la historia en un pasaje digno de ser aprendido en la mejor lectura actualizada de la relación de los hombres. La estela del regalo no consistiría en nada más que buscar ese momento de intimidad que todos tenemos y necesitamos para decirnos al oído lo que esperamos del otro. Más o menos lo que le ocurrió al platerillo de Alberti cuando deja estupefacto a su cliente que no puede pagar el collar de María y el anillo para el niño Jesús: «Yo dinero no quiero, besar al niño es lo que quiero…».

Porque José, que no lo podía pagar, conocía muy bien a María y no confundió nunca, como todo necio, valor y precio. Le regalaba todos los días sus silencios, sus dudas, su honradez y… su vida, sin saber a veces qué pensaba ella.

Sevilla, 2/XII/2014

(1) Cobeña Fernández, José Antonio (1987). La estela del regalo, en Teatro de barrio. Huelva, pág. 99.

NOTA: La imagen de cabecera ha sido recuperada el 2 de diciembre de 2014 de http://akifrases.com/frase/193931

Ganarás la luz

FIL 2017

FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO – GUADALAJARA (MÉXICO), 2017

Hay dos Españas: la del soldado y la del poeta. La de la espada fratricida y la de la canción vagabunda. Hay dos Españas y una sola canción. Y esta es la canción del poeta vagabundo:

Soldado, tuya es la hacienda, / la casa, / el caballo / y la pistola. / Mía es la voz antigua de la tierra. / Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo… / Más yo te dejo mudo… ¡mudo! / Y ¿cómo vas a recoger el trigo / y a alimentar el fuego / si yo me llevo la canción?

León Felipe, Hay dos Españas, en Ganarás la luz, 1943

España está reconociendo estos días en México la acogida extraordinaria a los españoles del exilio generado por la guerra civil del siglo pasado, con ocasión de la celebración de la Feria Internacional del Libro 2017, tal y como nos lo ha recordado recientemente el periodista y escritor Juan Cruz en su microespacio radiofónico “Al revés y el derecho”, al citar a León Felipe en una expresión programática desde el exilio en su poemario autobiográfico “Ganarás la luz”, como leyenda emblemática, este año, de la citada Feria, en la que la ciudad de Madrid es la invitada de honor en representación de España.

Todos necesitamos ganar la luz. Este país lo necesita como programa de rearme ético en su sentido más primigenio, cuando entendemos la ética como suelo firme que justifica todos los actos humanos basados en valores. Es una referencia que tiene, por otra parte, muchos siglos de antigüedad, porque en el libro del Génesis ya aparece esta acción reservada a Dios: hágase la luz, y la luz se hizo (Gen. 1, 1-4). Así nos lo han trasmitido nuestros antepasados durante siglos de tradición oral y escrita.

He verificado esta cita, como antesala de algo que vino después y que para los creacionistas ha sido transcendental. He abierto el Primer Libro (el Génesis) en su capítulo I, versículo 31, para corroborar con la musicalidad del texto hebreo, en su escritura primigenia, que el relato de la creación dejaba muy claro desde el versículo 1 que lo mejor que había ocurrido en aquellos días mágicos fue la creación del ser humano, porque a diferencia de los cielos, la tierra, el agua y la luz (“hágase la luz”), que sólo eran buenos, en la del hombre y la mujer vio Dios que era muy bueno lo que había hecho. Un adverbio, «meod», que en hebreo significa “muy”, dejó claro para siempre que la existencia de los seres humanos justificaba por sí misma la creación del mundo, el evolucionismo o el punto alfa y omega de la vida. Son sólo creencias de siete días especiales, singulares, en los que había ocurrido algo muy bueno para la existencia humana, para cada uno con su cadaunada de luz humana que, cuando se basa en la ética que permite el reconocimiento de los derechos humanos, siempre gana.

Es lo que aprendí hace ya muchos años del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, a través de su proyecto “Génesis”, cuando explicaba de forma sobrecogedora y admirable por qué lo había iniciado: “¿Para qué? Para emular el ojo de Dios, pero ser fiel a Darwin, para dar testimonio de los orígenes de la vida intactos, para certificar que corre el agua, que la luz es ese manantial mágico que penetra como un pincel y muta las infinitas sugerencias en blanco y negro que Salgado nos muestra del mundo. Para experimentar pegado a la tierra y los caminos aquello que relatan los textos sagrados pero también seguir la estela de la evolución de las especies; para comprobar que los pingüinos se manifiestan; para comparar la huella con escamas de la iguana y el monumental caparazón de las tortugas en Galápagos; para explicar que los indígenas llevan en la piel tatuado el mapa de su comunión con la de los ríos y los bosques; y que los elefantes y los icebergs emulan fortalezas de hielo y piel; y que la geología diseña monumentos y que todavía quedan santuarios naturales a los que aferrarnos”.

Y ganaremos la luz. Solo los poetas y las personas dignas, vagabundas en un mundo que no nos gusta como está diseñado, probablemente por el enemigo. Como nos enseñó León Felipe sobre las dos Españas, al que México en estos días feriales le reconoce y agradece tanto.

Sevilla, 29/XI/2017