Tono morado

PANTONE 2018

Hoy se ha dado a conocer el color del año 2018, el ultra violet (Pantone, 18-3838). Pantone lo ha proclamado como el color que presidirá el mundo a partir del 1 de enero de 2018. La vicepresidenta de la compañía, Laurie Pressman, lo ha justificado para “evocar un estilo de contracultura, el agarre de la originalidad, el ingenio, el pensamiento visionario que nos dirige hacia el futuro”. La justificación de esta elección no tiene desperdicio: “Vivimos en tiempos complejos. Vemos el miedo de ir hacia delante y cómo la gente está reaccionando a ese miedo” y “es de los más complejos porque coge dos sombras que parecen diametralmente opuestas, como el azul y el rojo, y las une para crear algo nuevo”. Tiene el matiz “ultra”, es decir, va más allá del violeta tendiendo más al azul, “lo que habla de la cualidad espiritual de la conciencia”.

Podemos observar que nada es inocente en este gran mercado del mundo. Todo se compra y se vende, todo se justifica, ya sea divino o humano, lo trascendente y lo nimio. Todo se convierte en mercancía por un puñado de dólares o de euros: contracultura, originalidad, ingenio, pensamiento visionario, reacción ante el miedo y la cualidad espiritual de la conciencia.

Me quedo con la lección que aprendí hace muchos años de Juan Ramón Jiménez, a través de un libro que guardo como oro en paño, Por el cristal amarillo, en una edición que conservo de la editorial Aguilar. Era el color preferido del poeta y casi todo lo que escribió y vivió lo inundó de amarillo en lo que él llamaba sabiamente “barrios de la memoria”. La cancela de su casa en la calle Nueva marcó su elección cromática para siempre: “[…] era de hierro y cristales blancos, azules, granas y amarillos. Por las mañanas. ¡qué alegría de colores pasados de sol en el suelo de mármol, en las paredes, en las hojas de las plantas, en mis manos, en mi cara, en mis ojos! […] Yo miraba sucesivamente todo el espectáculo, el sol, la luna, el cielo, las paredes de cal, las flores -jeranios, hortensias, azucenas, campanillas azules-, por todos los cristales, el azul, el grana, el amarillo, el blanco. El que más me atraía era el amarillo. Por el cristal amarillo todo se me aparecía cálido, vibrante, rejio, infinito […]”.

Vuelvo a leer algunas reflexiones de Juan Ramón Jiménez en torno a su color preferido, el de su persona de secreto, muy cerca de lo que veía por el cristal amarillo de su querida cancela de la calle Nueva en Moguer, que conozco bien: “Todo allí acababa bien; era un término como el del beso en el amor, como el de la gloria verdadera e íntima en el arte; después de mirar por el cristal amarillo ya no quería yo más y me quedaba contento”.

Es verdad que todo depende del color con el que se mire la vida. No hay nada más terrible que permanecer ciegos al color, tal y como lo aprendí de Oliver Sacks en un libro suyo, La isla de los ciegos al color, que me aproximó a su investigación de cómo los pacientes aprenden a vivir con su enfermedad, la acromatopsia, hasta alcanzar un mimetismo asombroso con ella, aunque sufren ceguera del color, porque no les permite agregar color a la óptica de sus vidas. Todo se ve siempre de color gris en dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, donde se concentra esta enfermedad, que permiten “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks. Creo que comprendí bien el trasfondo de su libro, cuando contemplé en una ocasión una foto en blanco y negro del fotógrafo Erich Lessing en pleno rodaje de la película “Sonrisas y lágrimas”: “La vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y lágrimas permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo, en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guion que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral”.

ERICH LESSING-2

No me voy a dejar intimidar por el ultra violet del mercado cromático del mundo, porque estoy muy agradecido a disponer de ojos que ayudan a mi cerebro a interpretar el color de la vida, cualquiera que sea. También, porque aprendí algo muy importante que decía Antonio Machado, El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve. Como decía Juan Ramón Jiménez, no quiero algo más del color con el que distingo la belleza de la vida con mis propios ojos, porque con lo que veo… me quedo contento.

Sevilla, 7/XII/2017

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