Las pequeñas cosas… de Cataluña (bis)

Uno se cree
Que las mató
El tiempo y la ausencia.
Pero su tren
Vendió boleto
De ida y vuelta.

Repasando páginas de este cuaderno digital, entristecido por la muerte de Daniel Viglietti, he recordado especialmente el artículo original que escribí con este título dos días antes de las elecciones en Cataluña, que se celebraron el 27 de septiembre de 2015. Dos años después, en la octava de la Declaración Unilateral de Independencia, lo he leído una y otra vez manteniendo el fondo y la forma de aquellas palabras, cambiando lo que hoy se debe cambiar, que solo estriba en los acontecimientos de aquella fecha que se tildaba de plebiscitaria y que hoy deben referirse a la sesión de infeliz memoria que el Parlamento catalán celebró el pasado 27 de octubre. De aquellos polvos han venido estos lodos. Quiero compartirlo en mi rincón de pensar, al que suelo acudir en momentos difíciles, exactamente como lo escribí, sin quitar o poner una sola coma. Hoy, pienso que aquello fue un aviso para navegantes.

Sevilla, 1/XI/2017

Aprendí a amar a Cataluña de un catalán sin ambages, Joan Manuel Serrat, que nos trajo siempre aires de libertad cuando este país te helaba el corazón. Ahora, a escasas horas de unas elecciones que se quieren convertir en plebiscitarias, me gustaría recordar aquellas pequeñas cosas que hoy son muy grandes por la ceguera de unos y la terquedad de otros. Aquellas actitudes catalanas que siempre caracterizaron a este territorio que forma parte de España atendiendo a la Constitución, que es una gran cosa. Siempre decíamos que había que aprender de Cataluña porque a diferencia de Euskadi hablaban democráticamente de sus señas de identidad, de su singularidad, sin recurrir a medios violentos. Nos parecía hasta bien, porque eran demócratas. Sabíamos también, que eran unos maestros en manejar el dinero y sus circunstancias. Otra pequeña cosa que les caracterizaba y de las que incluso hacíamos chistes sin compasión, aunque los admirábamos por los rincones. Cuando visitábamos esa gran ciudad que es Barcelona, decíamos siempre que aquella ciudad sí que nos hacía sentirnos europeos. Y en tiempos pretéritos, Cataluña nos abrió las puertas a la libertad que encontrábamos en Francia, aunque fuera para morir, como Antonio Machado. Pequeñas cosas que hoy son muy grandes. El tren de su forma de ser y sentir, catalanas por supuesto, nos vendió siempre boletos de ida y vuelta. Porque no las mató el tiempo y la ausencia… de cordura política.

Son aquellas pequeñas cosas,
Que nos dejó un tiempo de rosas
En un rincón,
En un papel
O en un cajón.

Aquellas pequeñas/grandes cosas, depende del color del cristal con que se miren, nos han dejado en muchísimas ocasiones tiempos de rosas, de éxitos, de reconocimiento mundial de sus grandes personajes, de su forma de diseñar ciudades mejores, industrias que eran y son locomotora del país, de un mar Mediterráneo al que todo el mundo canta, porque en el que baña a Cataluña muchos han jugado en sus playas y quizá sigue escondido aún su primer amor tras sus cañas. Pero muchos políticos fueron dejándolas en el olvido, en rincones, papeles y cajones de despachos públicos sin hacer concesión alguna al diálogo constructivo para ofrecer respuestas a sus peculiaridades, a sus pequeñas cosas políticas de su gran singularidad. A lo sumo, cambios apresurados constitucionales pero siempre en torno al poderoso caballero don dinero, cuando la auténtica cuestión no era sólo esa precisamente.

Como un ladrón
Te acechan detrás de la puerta.
Te tienen tan
A su merced
Como hojas muertas
Que el viento arrastra allá o aquí,

Y la peor seña de identidad de Cataluña, la intransigencia a cualquier precio, sin miramiento alguno, estaba detrás de la puerta, porque ya no eran pequeñas cosas, ya se convirtieron en grandes. Ahí es donde radica el auténtico problema. La rabieta del que no es escuchado se convierte en grito de independencia de algo y alguien que no te está atando sino que forma parte de una estructura de Estado que con otra decisión de Estado y sólo así, se entiende. No se hicieron los deberes democráticos y así hemos llegado hasta aquí. Ahora, gran parte de Cataluña y de España está a merced de quien estaba detrás de la puerta. Por cierto, los miles y miles de personas que no les gusta su forma de formar parte de España tienen la legitimidad de la discrepancia, pero siempre que respeten las reglas del juego democrático. Las elecciones del 27 de septiembre son unas elecciones democráticas para elegir un Gobierno en la Comunidad de Cataluña, pero no un plebiscito para alcanzar la escisión del país al que pertenecen.

Que te sonríen tristes y
Nos hacen que
Lloremos cuando
Nadie nos ve.

Tengo la impresión que horas antes de este día tan importante para España y Cataluña, por este orden, las pequeñas cosas políticas que ahora son ya demasiado grandes, nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve. Muchos catalanes, a los que me uno hoy sintiéndome catalán de razón y corazón, recordamos estas palabras de otro catalán excelente, Serrat, del que tanto hemos aprendido a cantar cosas importantes de la vida cuando casi nadie nos ve.

Sevilla, 25/IX/2015

Cuando nos faltan las pequeñas cosas…

Acabo de leer una triste noticia: ayer falleció en Uruguay Daniel Viglietti, un referente de mi universo musical, que conocí en 1969 a través de Víctor Jara, por la letra de una canción, A desalambrar, que resuena muchas veces en mi cerebro de secreto:

Yo pregunto a los presentes
si no se han puesto a pensar
que esta tierra es de nosotros
y no del que tenga más.

Yo pregunto si en la tierra
nunca habrá pensado usted
que si las manos son nuestras
es nuestro lo que nos den.

¡A desalambrar, a desalambrar!
que la tierra es nuestra,
tuya y de aquel,
de Pedro, María, de Juan y José.

Si molesto con mi canto
a alguien que ande por ahí
le aseguro que es un gringo
o un dueño del Uruguay.

[Si molesto con mi canto
a alguien que no quiera oír
le aseguro que es un gringo
o un dueño de este país.]

Después he ido a mi rincón de pensar para reencontrarme con Juan Manuel Serrat y sus palabras sobre el hombre nuevo, el canto nuevo, el mundo nuevo, la sociedad nueva, la política nueva, gracias a lo que dibujó con palabras Daniel Viglietti y que Serrat cantó junto a él con su compromiso habitual. Son pequeñas cosas que me enseñó también Serrat, en momentos transcendentales para desalambrar este país, que era conveniente valorarlas en su justo sentido: Uno se cree / Que las mató / El tiempo y la ausencia. / Pero su tren / Vendió boleto / De ida y vuelta. Palabras cantadas también por Viglietti, que tanto agradezco hoy recordando su ausencia en momentos especiales de este país, aunque ahora no sean pequeñas cosas, / Que nos dejó un tiempo de rosas / En un rincón, / En un papel / O en un cajón.

Y en este rincón de pensar y meditar me quedo llorando cuando nadie me ve…

Sevilla, 1/XI/2017

El roble de Cereixo

ROBLE O CEREIXO

Manuel Rivas es fuente de inspiración para los que amamos la vida y la dejamos crecer como Dios manda. Me lo recordó ayer con unas palabras muy bien entretejidas y dedicadas a la relectura de un libro que le apasiona y al que abraza frecuentemente, La diosa blanca, de Robert Graves. Una delicia de artículo, con un título apasionante, La diosa que nunca se fue. Queda claro que con su lectura se puede llegar a ver la naturaleza como un libro y el libro como un mundo. Pero lo que me asombró es cómo inicia sus palabras, recordando que “[…] no lejos de donde escribo, y en un lugar de abrigo de la Costa da Morte llamado O Cereixo, hay un árbol santo. Es un buen roble, en todos los sentidos. Confieso que voy con frecuencia allí, a abrazarme. No es por superstición ni tampoco por realismo mágico. No espero que el árbol me devuelva el abrazo ni me susurre historias de druidas ni se eche a andar llevando su sombra a modo de sombrero, aunque tampoco me importaría compartir con él la lógica del asombro. Voy porque me sienta bien”.

Les animo que lean el artículo, precioso, porque aprendemos una forma diferente de abrazar la lectura de libros diferentes para aprender a abrazar la vida, incluso en momentos dolorosos. Pero lo que comparto mediante estas palabras es una visita al roble centenario de O Cereixo, que vigila las veinticuatro horas del día la iglesia próxima donde Santiago se suele encontrar bastante solo, aunque acompañado con siete discípulos, en piedra inmovilizado como está San Pedro en la Basílica de su nombre en Roma, cuando se dirige a Dios y le dice que está “aquí sentado / en bronce inmovilizado, / sin poder mirar de lado / ni pegar un puntapié, / pues tengo los pies gastados, como ves”, según nos contaba hace años Rafael Alberti paseando por Roma, peligro para caminantes. Lo hago porque en estos tiempos revueltos me pareció mágica la expresión de Rivas de que va allí, a O Cereixo, para “abrazarme” al árbol porque le sienta bien. Sé que mide más de cuatro metros de circunferencia y que cada año crece su diámetro en unos tres centímetros para seguir ofreciendo fortaleza a quienes lo abrazan. Sugerente, porque crece para seguir dando vida. A diferencia de las mercancías, está allí para quien lo quiera visitar sin pagar nada y con una condición: que no se lo lleve nadie. Y que tampoco lo queme nadie.

Ir allí le sienta bien a Rivas. Es lo mismo que nos pasa cuando abrazamos a las personas que queremos y sin más decimos que nos sentimos bien. A diferencia del roble, nos ofrecen calor, aunque solo nos abracemos en momentos especiales de amor y silencio. Pero el roble tiene algo que le hace ser especial, diferente y singular: nos da siempre corazón y silencio, su gran fortaleza, su secreto, porque solo le falta hablar a pesar de tener más de cien años de soledad. Además, dice Rivas que el roble de O Cereixo es santo y en el buen sentido de la palabra, bueno.

Sevilla, 30/X/2017

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://domaraterra.com/museo_virtual/imagenes/fotos/cereixo/IMG_4523.jpg

Sentido común, seny…

SENY

Aprendí de Henry Bergson, en mis años jóvenes, que el sentido común es la facultad para orientarse en la vida práctica. Lo estudié con la ilusión de un españolito que vino al mundo en el siglo pasado y lo guardó Dios, tal y como lo comprendí textualmente cuando dejé de pensar como niño y leía con pasión a Machado. En este país se ha expresado siempre esta frase con cierto desdén al estimarse que es el menos común de todos los sentidos. Ahora, con los acontecimientos del proceso catalán, se ha recuperado en su versión catalana que, por cierto, es de una profundidad cultural extraordinaria.

En estos tiempos independentistas y revueltos, se ha hecho una continua llamada al seny catalán para poner ribetes de acero a la declaración unilateral de independencia, pero no ha servido de mucho una vez constatado lo que sucedió el pasado viernes en el Parlamento de Cataluña. En esta Comunidad, el lenguaje nunca es inocente y el seny se conoce bien por parte de sus habitantes. Pero pasa lo que pasa cuando se desprecian las palabras, tan sufridas siempre, con una utilización torticera de las mismas.

Cataluña necesita recuperar la seña de identidad del seny. Mi formación en el ámbito de la filosofía está en deuda permanente con José Ferrater Mora, que ahora rescato en lo afirmado por él en su obra Las formas de la vida catalana y referido a esta palabra: «El seny no excluye, sino que muchas veces postula, el atrevimiento y la osadía, todo lo que, desde cierto punto de vista, puede parecer insensato, pero que, visto desde el horizonte de la continuidad, se convierte en una actitud sensata. El auténtico seny no se limita a perseguir lo más accesible, las realidades cotidianas e inmediatas; el auténtico seny, podríamos decir el ideal del seny, es perseguir lo que es justo, conveniente y correcto, aunque esta persecución sea en algunos momentos la acción más insensata que se pueda imaginar». Transcendental para comprender su auténtico significado hoy. Dice también Ferrater Mora que la escuela escocesa que ha estudiado el sentido común se centra en la concepción de Reid cuando afirma este autor que “hay un cierto grado de sentido que resulta necesario para convertirnos en seres capaces de leyes y de gobierno propio” (1). El antecedente del seny demuestra que este sentido (común) es como una especie de facultad regulativa que “nos permite fundar nuestros juicios sin caer en el escepticismo ni en el dogmatismo”.

Seny tiene su antónimo, rauxa, con una traducción impecable, arrebato. Leí hace unos días una referencia a esta dialéctica que me pareció extraordinariamente clarificadora en estos momentos: “La oposición entre ambos conceptos se populariza con Jaume Vicens Vives, quien escribe en Notícia de Catalunya, en 1954, que «Ser arrauxat es, precisamente, andar falto de seny, obedecer a impulsos emocionales, actuar según determinaciones repentinas. En estas circunstancias nos dejamos llevar por la pasión, sin sopesar las realidades ni mesurar sus consecuencias. Somos entonces los hombres de la llamarada y de las actitudes extremistas. Nuestro sentido de la ironía nos falla y salimos a la calle devorados por un exceso de presión sentimental. El arrauxament es la base psicológica de las acciones subversivas catalanas, la justificación histórica del todo o nada, la negación del ideal de compromiso y pacto dictada por la sensatez colectiva» (2).

Hay que recuperar sentido común, seny, para contrarrestar lo ocurrido en Cataluña. No perdamos tiempo. Nos queda esa palabra para comprender que a través de ella nos podemos convertir en seres capaces de leyes y gobiernos propios. Todos, incluso más allá de Cataluña.

Sevilla, 29/X/2017

(1) Ferrater Mora, José (1980, 2ª ed.). Diccionario de Filosofía (4). Madrid: Alianza Editorial, pág. 2985.
(2) https://verne.elpais.com/verne/2017/10/10/articulo/1507620898_691178.html

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://imagessl1.casadellibro.com/a/l/t0/31/9788494325731.jpg

¡Perdonen de nuevo mi tristeza! (bis)

jacaranda10

Ya he escrito en este blog sobre situaciones que me entristecen por sus repercusiones en el alma humana. Sé que no vivimos en tiempos de lírica, pero creo que tenemos el derecho de reivindicar ética pública y política en este país tan hecho polvo en los últimos años y meses. Lo que hemos vivido hoy, con la declaración unilateral de independencia en Cataluña, es para llevarlo a la desolación del olvido o de la quimera. Para los que nos acusan de habernos equivocado de siglo y que por eso nos pasa lo que nos pasa, es decir, que nos entristecen las injusticias y el engaño adornado de palabras huecas, cualquiera que sean, aunque no todas con la misma intensidad, diré que esa equivocación no es cierta, porque hemos tenido la suerte de vivir en dos siglos que son muy diferentes en su devenir histórico y muy importantes para la consolidación de la democracia en el terco día a día. Fundamentalmente, porque tuvimos la desgracia de vivir en una dictadura sin compasión alguna y ahora vivimos en libertad, pero lo que trasciende la temporalidad vivida que algunos tachan de equivocada es el derecho a vivir dignamente, en democracia, sin nacionalismos trasnochados y rodeados de murallas y fronteras, aunque sepamos a través de los siglos que todo tiene su tiempo y cada tiempo su momento.

Sé que haber escrito diversas reflexiones sobre la situación de Cataluña en este blog tiene un alcance limitado, pero no quiero participar de silencios cómplices y utilizo las redes para que mi voz suene en determinados espacios de dignidad pública y privada. Reconozco que me supera el conformismo y la mediocridad que nos rodea. Sé también que no nos sirve de nada intentar añadir un solo día a nuestra existencia o distinguir en qué se diferencia la persona humana del animal, si los dos se convierten un día en polvo o resolver la cuestión que más apesadumbra el alma humana: ¿quién me va a llevar de la mano a contemplar lo que hay después de esta vida? Ya lo dijo el Eclesiastés y mientras no se demuestre lo contrario no estaba equivocado de siglo…: no hay respuestas lógicas y lo único que sirve es caminar juntos defendiendo quizá ideales o utopías, porque la amistad es como la cuerda de tres hilos [sic], que jamás se puede romper.

Vanidad de vanidades todo es vanidad, pero la sociedad tiene derecho a alcanzar el bien-ser (del que apenas se habla) y el bien-estar personal y social al que solo se aspira si lo garantizan gobiernos responsables, preocupados por los que menos tienen y por defender los principios de igualdad y solidaridad territorial y social. Bien-ser, porque es la esencia de la felicidad que alcanzan aquellos que saben disfrutar de lo que son y tienen sin necesitar nada más, aunque para los demás sea poco y porque rompen todos los moldes y estereotipos sociales del tener porque, repito, los que pertenecen al Club del Tener, es decir, los que tienen muchas cosas superfluas y dinero por encima de todo, piensan que los que cultivan Ser están (estamos) equivocados de siglo.

Hoy, no quiero callarme en estos tiempos difíciles, de tanta desazón, con silencio cómplice, ante la cordada de personas dignas, que piensan de forma diferente, que creen por encima de todo en el interés público. Tengo que reconocer que lo sucedido hoy en una parte de España, Cataluña, me ha helado el corazón. Creo que comprenden que les pida hoy de nuevo perdón por mi tristeza y que me retire unas horas a leer haikus de Mario Benedetti, para aprender con uno de ellos (199) que hace unos años me asustaba el otoño y que…, cosas de la vida, equivocado de siglo para algunos, ya soy hoy invierno.

Sevilla, 27/X/2017

Mediocridad, una palabra que da miedo

MEDIOCRIDAD

Me preocupa mucho la situación actual del país y la mediocridad que nos invade en todos los ámbitos posibles, aquí, allá, acullá. He reflexionado en diferentes ocasiones en este cuaderno digital sobre esta lacra social, porque constato que estamos instalados en el reino de la mediocridad. Por esta razón, no hay tiempo que perder y hay que desenmascarar a los mediocres con urgencia vital, dondequiera que estén, porque viven en un carnaval perpetuo. Este país no logra sacar distancia a esta lacra que nos pesa desde hace bastantes años porque ahora, en el país de los tuertos desconcertados, el mediocre es el rey. Es una plaga que se extiende como las de Egipto casi sin darnos cuenta. Los encontramos por doquier, en cualquier sitio: en la política, en las artes, en los medios de comunicación social, en la educación, en los mercados, en las religiones y en las tertulias que proliferan por todas partes en el reino de la opinión. Los mediocres suelen meter la mano en todos los platos de las mesas atómicas y virtuales, en las que a veces nos sentamos, con total desvergüenza. Son personas de “calidad media, de poco mérito, tirando a malo”, como dice el Diccionario de la Real Academia Española. También, tóxicos o tosigosos, que suelen complicar la vida a los demás por su propia incompetencia.

Nos debería preocupar la ausencia de liderazgo y de personas con carisma para ponerse al frente de casi todo, no digamos de la política. Estamos pagando una factura insoportable por la mediocridad política que nos rodea, en sus partidos y en los gobernantes actuales, con honrosas excepciones. La mediocridad engendra tibieza y nos cuentan nuestros antepasados que Dios lo tuvo claro hace ya centenares de años, tal y como no lo transmitió el Apocalipsis, en los versículos fáciles de recordar (número pi): conozco tus obras; sé que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras lo uno o lo otro! Por tanto, como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca (Ap. 3, 14-16). Así de claro, sin tapujos.

Los mediocres están haciendo de cada día su día, su mes, su año. Al igual que Diógenes de Sínope, tendremos que coger una linterna ética y gritar a los cuatro vientos ¡buscamos personas dignas y honestas! Es probable que los mediocres salgan huyendo porque no soportan dignidad alguna que les puede hacer sombra. Si es que alguna vez tuvieron cuerpo presente de altura de miras, que no es el caso. Ni de los que los eligen para puestos claves en la sociedad. ¿Qué quiere decir esto? Que entre tibios, mediocres y tristes anda el juego mundial de dirigir la vida a todos los niveles, nuestro país incluido, con especial afectación en los que nos gobiernan. Cuando se instalan en nuestras vidas, hay que salir corriendo porque no hay nada peor que un mediocre, además triste y tibio. Pero es necesario estar orientados y correr hacia alguna parte, hacia la dignidad en todas y cada una de sus posibles manifestaciones.

Estoy muy preocupado con la perpetuidad del Club de las Personas Tibias, Tristes y Mediocres, desde tiempos del Apocalipsis, frente al Club de las Personas Dignas. Hay que organizar una gran operación rescate de la Dignidad, con mayúsculas. Las personas que pertenecemos al Club Virtual de las Personas Dignas tenemos la obligación ética de desenmascararlos con prisa existencial y de supervivencia y dondequiera que estén.

Hoy, con este post, hago acto de presencia en mi Club (de las Personas Dignas). Me han citado virtualmente porque dice su directiva que tenemos que elaborar de nuevo un plan estratégico de supervivencia ética ante el avance imparable del Club contrario, de cuyo nombre no quiero acordarme. Hace solo unos meses que lo intentamos, pero no pudimos concretarlo. Vuelvo a asistir a esta sesión de hoy con mucha ilusión, porque creo que nos van a volver a regalar una linterna ética para descubrir a los mediocres, con un manual de instrucciones en el que se indica que una vez encendida y al igual que hacía Diógenes de Sinope cuando buscaba personas íntegras, tenemos que gritar a los cuatro vientos: ¡buscamos personas dignas y honestas! Es probable que las personas tibias, tristes y mediocres salgan huyendo, rompiendo las filas de su Club, porque no soportan dignidad alguna que les puede hacer sombra. Si es que alguna vez tuvieron cuerpo presente de altura de miras, que no es el caso. Ni de los que los eligen para puestos claves en la sociedad, en cualquier estamento social, probablemente muy cerca de donde vivimos, estamos y somos.

Como aprendí de Blas de Otero en tiempos tristes, tristes tiempos, tenemos ahora la palabra, que aún nos queda.

Sevilla, 27/X/2017

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://cdn.urgente24.com/sites/default/files/notas/2017/08/06/mediocridad-.jpg

Gloria Fuertes, poetisa de guardia

GLORIA FUERTES

A esta isla que soy, si alguien llega,
que se encuentre con algo es mi deseo
–manantiales de versos encendidos y
cascadas de paz es lo que tengo–

Gloria Fuertes, Isla ignorada (1950)

Suelo volver, de vez en cuando, de mis asuntos a mi corazón. Hace tan solo unos días crucé mi mirada con la de Gloria Fuertes, en un dibujo troquelado en negro con fondo dorado y sobre una pared blanca, cubierta de cal, del Colegio Público “José María del Campo”, en el barrio de Triana, en Sevilla. Sentí una emoción especial, como si fuera una deuda moral hacia ella porque en el año del centenario de su nacimiento no la había recordado en este cuaderno digital en busca de islas desconocidas, quizá “ignoradas”, como ella las llamaba en su primera obra poética. Quien no la conozca bien puede recurrir a su propia autobiografía, en la que mediante sencillas palabras traza un hilo conductor vital, siempre buscando paz interior y exterior, incluso cuando quiso ir a la guerra civil para pararla, prestando un servicio especial a las niñas y niños de España y del Mundo, a las mujeres y hombres de España y del Mundo, porque ella era y sigue siendo nuestra poetisa de guardia:

Gloria Fuertes nació en Madrid
a los dos días de edad,
pues fue muy laborioso el parto de mi madre
que si se descuida muere por vivirme.
A los tres años ya sabía leer
y a los seis ya sabía mis labores.
Yo era buena y delgada,
alta y algo enferma.
A los nueve años me pilló un carro
y a los catorce me pilló la guerra;
A los quince se murió mi madre, se fue cuando más falta me hacía.
Aprendí a regatear en las tiendas
y a ir a los pueblos por zanahorias.
Por entonces empecé con los amores,
-no digo nombres-,
gracias a eso, pude sobrellevar
mi juventud de barrio.
Quise ir a la guerra, para pararla,
pero me detuvieron a mitad del camino.
Luego me salió una oficina,
donde trabajo como si fuera tonta,
-pero Dios y el botones saben que no lo soy-.
Escribo por las noches
y voy al campo mucho.
Todos los míos han muerto hace años
y estoy más sola que yo misma.
He publicado versos en todos los calendarios,
escribo en un periódico de niños,
y quiero comprarme a plazos una flor natural
como las que le dan a Pemán algunas veces.

Es verdad, porque ella, en su isla ignorada, era gloria bendita…

Sevilla, 24/X/2017

NOTA: la fotografía está tomada por mí el 15 de octubre de 2017, en una pared pública de un Colegio Público, donde ella estaba de guardia permanente…, sin descanso alguno para almas desconocidas e inquietas.

La Constitución es la base de la identidad del Estado

FALTA MAR

En tiempos de turbación, en los que siempre he creído que se pueden hacer mudanzas intelectuales, he vuelto a leer a Aristóteles, que nos dejó un tratado de Política con mayúsculas, gran ausente en estos tiempos de cólera independentista. He vuelto a leer el libro tercero de esta magna obra, que se refiere a la relación del Estado con los ciudadanos y, más en concreto, a la teoría de los gobiernos y de la soberanía, porque recordaba que en ese texto se encontraba una frase que habría que grabar en el Congreso con letras de oro: a la constitución es a la que debe atenderse [siempre] para resolver sobre la identidad del Estado.

No hay que despreciar el contexto en la que lo escribe: “Pero admitamos que el mismo lugar continúa siendo habitado por los mismos individuos. Entonces ¿es posible sostener, en tanto que la raza de los habitantes sea la misma, que el Estado es idéntico, a pesar de la continua alternativa de muertes y de nacimientos, lo mismo que se reconoce la identidad de los ríos y de las fuentes por más que sus ondas se renueven y corran perpetuamente? ¿O más bien debe decirse que sólo los hombres subsisten y que el Estado cambia? Si el Estado es efectivamente una especie de asociación; si es una asociación de ciudadanos que obedecen a una misma constitución, mudando esta constitución y modificándose en su forma, se sigue necesariamente, al parecer, que el Estado no queda idéntico; es como el coro que, al tener lugar sucesivamente en la comedia y en la tragedia, cambia para nosotros, por más que se componga de los mismos cantores. Esta observación se aplica igualmente a toda asociación, a todo sistema que se supone cambiado cuando la especie de combinación cambia también; sucede lo que con la armonía, en la que los mismos sonidos pueden dar lugar, ya al tono dórico, ya al tono frigio. Si esto es cierto, a la constitución es a la que debe atenderse para resolver sobre la identidad del Estado. Puede suceder por otra parte, que reciba una denominación diferente, subsistiendo los mismos individuos que le componen, o que conserve su primera denominación a pesar del cambio radical de sus individuos” (1).

Salvando lo que haya que salvar, mutatis mutandis, es impecable el análisis. Todo cambia y nada permanece (panta rei), siguiendo el adagio de Heráclito de Éfeso. Es verdad. Quienes no se adaptan a los entornos cambiantes, sufren mucho porque pierden seguridad en el quehacer y quesentir (perdón por el neologismo) de todos los días. En España, ante la realidad de Cataluña, hemos reaccionado tarde y mal, agarrándonos a la Constitución como un clavo ardiendo, en lugar de entenderla como un noray al que se deben asegurar los cabos cuando llegamos de la alta mar de los conflictos o del que hay que quitarlos para poder navegar en mares abiertos de libertad. Y la historia demuestra que esta realidad viene de antiguo, desde la etapa presocrática, cuando Heráclito pretendió que las personas dignas nos acostumbráramos a pensar que todo fluye y que nada permanece, como actitud vital, incluso las Constituciones, porque solo hay que pensar en una imagen preciosa: nadie se baña dos veces en el mismo río o en el mismo mar. Porque no controlamos la perpetuidad de lo que hacemos, vivimos, somos, sentimos y conocemos. Es verdad, porque si comprendiéramos estas palabras excelentes de Aristóteles en su tratado más político, pueden cambiar las asociaciones de ciudadanos (el que quiera entender que entienda), las Comunidades, la Constitución, pero hay un magma que aglutina todo, la propia Constitución, que es a la que debe atenderse siempre para resolver sobre la identidad del Estado. Aunque haya un cambio, incluso radical, de los individuos y las organizaciones en las que se integran, que son los que componen el Estado.

Finalmente, vuelvo a analizar también unas palabras esclarecedoras de lo anteriormente expuesto, que se encuentran también en el referido capítulo IV del libro tercero de Política: “todas las constituciones hechas en vista del interés general, son puras, porque practican rigurosamente la justicia; y todas las que sólo tienen en cuenta el interés personal de los gobernantes, están viciadas en su base, y no son más que una corrupción de las buenas constituciones; ellas se aproximan al poder del señor sobre el esclavo, siendo así que la ciudad no es más que una asociación de hombres libres”. Dicho queda por Aristóteles hace muchos siglos y por Baltasar Gracián después: lo breve, si bueno, dos veces bueno.

Sevilla, 22/X/2017, en el día después de la puesta en marcha de lo dictado en el artículo 155 de la Constitución Española.

(1) Aristóteles. Política · libro tercero. Del Estado y del ciudadano.
Teoría de los gobiernos y de la soberanía. Del reinado
.

NOTA: la fotografía que encabeza este post es mía, tomada en Punta Calero (Lanzarote) en agosto de 2010.

¡Qué grande es el cine!

A través de estas palabras quiero ofrecer un pequeño homenaje a los hermanos Lumière, los creadores del cine, tanto de las máquinas que lo hacían posible como su hilo conductor: contar historias de la mejor forma posible. Hoy se estrena en España una película, Lumière ¡comienza la aventura!, que he conocido en detalle a través de su director, Thierry Frémaux, como homenaje explícito sobre la realidad social que quisieron transmitir al mundo. Su cine fue una ventana para contemplar la historia real de lo que pasaba en la sociedad humana. Ese fue su éxito, más allá de la técnica que en aquellos años hay que reconocer que fue impecable y revolucionaria.

Me consta que Frémaux admira a un director de mi filmoteca de secreto, Bertrand Tavernier. Para mí es una garantía su obra de unir pequeños cortos de los hermanos Lumière, sabiendo que Tavernier lo inspira. Me explico. El cine de calidad nunca es inocente. No he olvidado cómo me han conmovido determinadas películas. Recuerdo ahora Hoy empieza todo, excelente película de Tavernier, donde pude constatar que el cine, en realidad, no es cine, sino la interpretación de una realidad más próxima de lo que parece. Contenemos la respiración. Todos nos enfrentamos a este momento en un cuerpo a cuerpo. Cuando encontramos las mejores historias, un gran corazón late, se alarma, va más despacio, sale de la sala cinematográfica con el deseo de seguir creyendo en un mundo diferente que todavía es posible. Todos los rostros miran en la misma dirección. Este impulso es el que aspiramos a que nos acompañe siempre, porque es el que nos permite descubrir y alimentar cualquier microhistoria saludable. ¿Saben por qué? Porque como decía el autor de la obra sobre la que está basada la película de Tavernier, aunque hoy comience todo, en verdad, todo se parece al amor digno que nos conmueve, es decir, que nos perturba, inquieta, altera, que nos provoca situaciones placenteras que consuelan a nuestra persona de secreto con fuerza y eficacia, afectando de lleno los sentimientos y emociones. Al fin y al cabo, porque aspiramos siempre a descubrir nuestra mejor historia.

Iré a ver la aventura real de los hermanos Lumière, sobre todo a sentirla, porque hoy más que nunca necesitamos constatar que cualquier parecido con la dura realidad que se proyecta e instala en la sociedad y en la vida de cada uno, muchas veces, a diferencia de las películas, no es pura coincidencia.

¡Gracias, hermanos Lumière!

Sevilla, 20/X/2017

No olvido que Andalucía está muy presente en Cataluña

LA NOVENA PROVINCIA

En 2010 se publicó en la Revista “Andalucía en la Historia”, un dossier muy interesante sobre la emigración de andaluces a Cataluña, de imprescindible lectura, que constituyen en la actualidad casi una novena provincia de Andalucía, una realidad a la que en estos días no se le está dando la importancia que tiene, con un silencio clamoroso desde las altas instancias de la política y sociedad andaluza. Escribo estas palabras como una expresión cercana a casi un millón de andaluzas y andaluces que viven en la actualidad en Cataluña y que tienen alma andaluza, porque deseo que no se sientan desamparados de una tierra que los vio nacer a muchos de ellos y a la que quieren por encima de nacionalismos e independentismos alejados de la Constitución.

Cataluña fue un refugio en el siglo pasado para miles de familias andaluzas que en la posguerra tuvieron que emigrar desde Andalucía en busca de un mundo mejor, cargados de sufrimientos y con desgarros de sus ciudades y pueblos de origen porque aquí en el Sur no se podía vivir. Más de quince mil inmigrantes del silencio cómplice fueron expulsados desde Cataluña a sus pueblos andaluces de origen, durante los años negros (1948-1957), hecho histórico documentado que no se debería olvidar nunca. Fueron a buscarse la vida y crear áreas residenciales pobladas de andaluces donde se intentó y consiguió crear un hábitat propicio para personas desarraigadas de sus lugares y familias de origen. Y Cataluña los recibió con brazos abiertos y pudieron crear allí familias arraigadas en aquella tierra, unos para quedarse definitivamente y otros para volver cuando su vida laboral finalizaba allí y podían tomar un nuevo rumbo con las jubilaciones en empresas radicadas en Cataluña.

Es por este motivo por el que los quiero recordar especialmente en estos momentos difíciles que estamos viviendo en Cataluña. Creo que en el ecosistema andaluz en Cataluña se reproducirá perfectamente la fractura social que se está creando en aquel territorio, pero con un marcador diferente. La emigración enseña a ser ciudadanos del mundo y derriba fronteras y murallas ficticias, tal y como he recordado en artículos anteriores sobre este doloroso proceso de Cataluña. Es incomprensible que ahora se sientan atrapados en la declaración unilateral de independencia los emigrantes andaluces y las nuevas generaciones nacidas allí, pero con antepasados de esta Comunidad, porque su alma es andaluza y saben mejor que nadie lo que es tener que atravesar fronteras e iniciar nueva vida plagada de desarraigos. Esta novena provincia no tiene la facilidad de trasladarse a Andalucía de nuevo, siguiendo la estela de muchas empresas que se están marchando diariamente de aquella tierra buscando seguridad política y jurídica. La mayor parte de las andaluzas y andaluces en Cataluña son trabajadores asalariados que dependen de empresas radicadas ahora allí. Creo sentirme cerca de la preocupación que deben tener ahora porque son conscientes que el éxodo comienza con traslados institucionales, pero al final acabarán con traslados forzosos por el clima irrespirable que se podrá llegar a tener allí y que ojalá no se llegue a instalar allí nunca.

En ellos debemos pensar y trasladarles nuestra solidaridad actual. En primer lugar, transmitiéndoles desde el Sur que confíen en la democracia del Estado de Derecho, porque es fuerte cuando está arropada por la Constitución. En segundo lugar, decirles que, aunque es legítimo pensar en el retorno de algunos a Andalucía llegado el momento de establecerse la hipotética independencia, no abandonen precipitadamente su lugar de vida actual hasta que la situación se aclare definitivamente. En tercer lugar, la Junta de Andalucía debería preparar un efecto retorno por si, llegado el caso, miles de andaluzas y andaluces tuvieran que volver a sus lugares de origen porque allí, en Cataluña, fuera difícil seguir tejiendo sus vidas o por si los traslados laborales tuvieran que tutelarse, con responsabilidad de Estado y Comunidad Autónoma de Andalucía para proteger el interés general y para garantizar derechos y deberes laborales que nunca se debería olvidar. Para que no se sientan olvidados ni solos.

Sevilla, 18/X/2017