¡Qué grande es el cine!

A través de estas palabras quiero ofrecer un pequeño homenaje a los hermanos Lumière, los creadores del cine, tanto de las máquinas que lo hacían posible como su hilo conductor: contar historias de la mejor forma posible. Hoy se estrena en España una película, Lumière ¡comienza la aventura!, que he conocido en detalle a través de su director, Thierry Frémaux, como homenaje explícito sobre la realidad social que quisieron transmitir al mundo. Su cine fue una ventana para contemplar la historia real de lo que pasaba en la sociedad humana. Ese fue su éxito, más allá de la técnica que en aquellos años hay que reconocer que fue impecable y revolucionaria.

Me consta que Frémaux admira a un director de mi filmoteca de secreto, Bertrand Tavernier. Para mí es una garantía su obra de unir pequeños cortos de los hermanos Lumière, sabiendo que Tavernier lo inspira. Me explico. El cine de calidad nunca es inocente. No he olvidado cómo me han conmovido determinadas películas. Recuerdo ahora Hoy empieza todo, excelente película de Tavernier, donde pude constatar que el cine, en realidad, no es cine, sino la interpretación de una realidad más próxima de lo que parece. Contenemos la respiración. Todos nos enfrentamos a este momento en un cuerpo a cuerpo. Cuando encontramos las mejores historias, un gran corazón late, se alarma, va más despacio, sale de la sala cinematográfica con el deseo de seguir creyendo en un mundo diferente que todavía es posible. Todos los rostros miran en la misma dirección. Este impulso es el que aspiramos a que nos acompañe siempre, porque es el que nos permite descubrir y alimentar cualquier microhistoria saludable. ¿Saben por qué? Porque como decía el autor de la obra sobre la que está basada la película de Tavernier, aunque hoy comience todo, en verdad, todo se parece al amor digno que nos conmueve, es decir, que nos perturba, inquieta, altera, que nos provoca situaciones placenteras que consuelan a nuestra persona de secreto con fuerza y eficacia, afectando de lleno los sentimientos y emociones. Al fin y al cabo, porque aspiramos siempre a descubrir nuestra mejor historia.

Iré a ver la aventura real de los hermanos Lumière, sobre todo a sentirla, porque hoy más que nunca necesitamos constatar que cualquier parecido con la dura realidad que se proyecta e instala en la sociedad y en la vida de cada uno, muchas veces, a diferencia de las películas, no es pura coincidencia.

¡Gracias, hermanos Lumière!

Sevilla, 20/X/2017

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