La luz es un regalo para el cerebro

Fragmento de fotograma recuperado de http://www.elearningcyl.com/material.htm (Telefónica Learning Services), el 20 de julio de 2007.

Unas palabras del director de fotografía, Javier Aguirresarobe (1), me han devuelto la capacidad de activar la posibilidad de escribir una reflexión sobre la relación de la luz y el cerebro: «Somos creadores de sensaciones, debemos estar ocultos, ser los ojos del director«. Es apasionante el descubrimiento de la necesidad de la luz para la construcción diaria de la inteligencia humana. Las personas preocupadas por captar la luz verdadera de la vida, son capaces de generar sensaciones, saben estar ocultos en silencios cómplices y son los ojos de muchas personas, fundamentalmente de las que están más cerca. Y es imprescindible conocer bien el arte de captar la luz propia para conocer la de lo demás, la de los otros.

Aún así, la capacidad de ver, de aprovechar la luz cada segundo, es una de las habilidades que reflejan de mejor forma la auténtica libertad de las personas, porque los demás nunca podrán captar en su totalidad aquello que identifico como resultado de la luz, mi luz propia. La que a veces identifico para los demás. La que incluso necesitan. Y el cerebro sale siempre beneficiado con la gestión de la luz. Ya escribí en junio de 2007 sobre una estructura que funciona como un reloj en el cerebro, el núcleo supraquiasmático (NSQ), que “es muy sensible a la luz, que la necesita y regula de forma ordenada para dosificar las reacciones físicoquímicas del cerebro que actúa. Traduce (procesa) constantemente la información que recibe de la retina y su relación con la hormona melatonina, sintetizada en la glándula pineal (durante las situaciones de oscuridad), permite su síntesis y liberación a través del ritmo circadiano correspondiente, produciéndose el pico máximo de secreción durante la noche. Son momentos trascendentales en la vida humana. Saber cuándo ocurren estos acontecimientos hormonales en la vida de cada una, de cada uno, es una situación comprometida con el reloj biológico personal e intransferible. Sobre todo porque se escriben páginas que deben ser conocidas y tratadas con la intimidad que requiere este conocimiento de sí mismos”.

¿Sabemos que es la luz? Aprendí de un Diccionario muy querido por mí, el de Autoridades (RAE A 1734, pág. 441,1) que la luz es claridad, fulgor, esplendor y que propiamente se llama así porque difunde el Sol para iluminar el mundo. ¿Se puede definir mejor? Además, de acuerdo con el Diccionario de la Lengua Española (RAE, 22ª edición), me quedo con dos acepciones, interesadas sin lugar a dudas, la primera: Agente físico que hace visibles los objetos, y la sexta: Esclarecimiento o claridad de la inteligencia. Ambas conviven a diario en nuestras vidas, junto a catorce interpretaciones más, como mínimo. La luz me permite ver los objetos, las personas, permitiéndome la inteligencia interpretar con todas sus consecuencias aquello que veo, las personas a las que miro, aunque probablemente sin la calidad y aptitud de Aguirresarobe, casi siempre, porque muchas veces no somos creadores de sensaciones, no sabemos estar ocultos, ni ser los ojos de las otras, de los otros.

De algo sí estoy seguro: soy el mejor director de fotografía de mi vida. De vez en cuando entro en los archivos del cerebro, en mi filmoteca privada y cotejo luces y sombras de mi propia vida. Solo, a través de la inteligencia creadora, pongo los títulos de crédito, banda sonora y diálogos. Gracias al cerebro creador, que no entra en guerra de mercado para lograr la alta definición, esa que la propaganda lucha por imponernos a toda costa, olvidando que la personal e intransferible es algo más que el Full HD 1080 de turno. Alta verdad, alta resolución de la propia vida, gracias a la luz, sin estándar alguno. Muchas veces, simplemente luz, en definitiva, al final de un túnel. Claridad para la inteligencia.

Sevilla, 26/VII/2009

(1) García, Rocío (2009, 25 de julio), El filósofo de la luz, El País (Babelia), p. 5.

Nos cambian las preguntas

Fotograma de la película Ser y Tener (imagen recuperada de http://thecia.com.au/reviews/b/images/be-and-to-have-0.jpg, el 7 de septiembre de 2008)

Desde que tengo uso de razón (siempre me ha parecido una frase preciosa, de dudoso origen), he estado buscando respuestas a las preguntas cotidianas, sin llegar casi nunca a tener meridianamente claras las sencillas, aquellas que están lejos de las del millón de dólares. Desde que tengo uso del corazón, en la clave de duda pascaliana (una es la razón de la razón, y otra la razón del corazón), asisto con pre-ocupación a una búsqueda de respuesta para todo, para la razón, para el corazón. Y cuando repaso la vida de secreto, en los pocos segundos que te deja el sin-vivir diario, ocurre algo casi siempre inesperado, ya detectado en pintadas callejeras de la ciudad de Quito, de la Universidad de la Sorbona, en referencias del poeta ecuatoriano recientemente fallecido, Jorge Enrique Adoum ó del querido Benedetti: cuando ya teníamos todas las respuestas, cambiaron de pronto todas las preguntas… (más o menos).

Mi generación ha crecido en el terreno de las preguntas sin límite, para las que casi nunca teníamos respuestas. Hemos tenido que buscar apasionadamente muchas de ellas, quizás desesperadamente, en la trastienda de nuestras vidas, como yo buscaba los libros “prohibidos” en algunas librerías de Madrid, en años difíciles del siglo pasado. Y salíamos más o menos airosos creyéndonos una determinada verdad verdadera, más para el uso del corazón que de la razón. Y hemos crecido en ese terreno de interrogantes personales e intransferibles de una sociedad española que creía tener respuesta para todo, pero que no las daba para casi nada, sobre todo las que facilitaban y facilitan todavía los opinadores y tertulianos de turno, sin teoría crítica alguna que las respalde.

Y cuando seguimos atravesando la crisis, mejor dicho, las crisis, nos encontramos con un suelo firme, el ético, sobre el que se asientan todas nuestras verdades, nuestras respuestas a la vida personal e intransferible, al que le cambian el guión continuamente, porque cambian constantemente las preguntas de la vida: quiénes somos, por qué estamos, por qué vivimos a veces desesperadamente, por otras muy duras: qué tenemos, por qué nos endeudamos personal y monetariamente hablando y por qué morimos en vida cuando sufrimos cualquier revés no esperado. ¿La crisis?

Y seguimos buscando las mejores respuestas. Las que nos proporciona la inteligencia personal e intransferible, aquella que nos reconduce permanentemente a la búsqueda de la felicidad. Aquella que supone aceptar que la infelicidad también existe aunque traduce algo muy claro en la dialéctica derivada del uso de la razón y del uso del corazón, porque nunca debe figurar en el catálogo humano de las mejores respuestas, de la respuestabilidad, ¡perdón por el neologismo!, entendida como la capacidad para responder a las preguntas de la vida con inteligencia y libertad, sabiendo que el mal y los hijos e hijas de las tinieblas también existen. Aunque nos las cambien constantemente…

Sevilla, 11/VII/2009

Cambiar sin tregua

White Angel Breadline (1933), Dorothea Lange

Ayer leí una frase en un folleto de propaganda que me sorprendió por su agresividad comercial: no pudiendo cambiar los hombres, se cambian sin tregua las instituciones, atribuida al escritor y filósofo francés Jean Lucien Arréat (1841-1922). Al abrirlo, me encontré con publicaciones diversas sobre textos legales vinculados expresamente con la Administración Pública. Una forma original de presentar en sociedad la desconfianza hacia la evolución del ser humano. Es indudable el carácter cambiante de la legislación que emana del Estado, pero la frase me causó estupor porque daba por hecha la enorme dificultad que se encuentra en las personas para abordar cualquier cambio personal, profesional o familiar. Entonces, ¡acudamos al Estado, que sí tiene potestad para cambiar las personas, las cosas!

En los dos últimos años hemos asistido a uno de los mayores espectáculos del mundo, la desintegración de la llamada riqueza mundial. España no ha escapado a esta situación y ahí están las cifras y las realidades económicas consecuenciales para atestiguarlo. Pero lo verdaderamente sorprendente es que el gran hermano total, el vigilante de la gran playa mundial, la riqueza americana de este a oeste, controladora de los controladores, se ha desplomado con la misma violencia que las Torres Gemelas. Por eso era necesario Obama, porque todo el pueblo americano se había quedado en los últimos años sin control de riqueza propia y ajena. Es decir, comprobaba día a día que “los hombres no pueden cambiar”. Hacía falta un super-Hombre, como símbolo del super-Estado (aunque no se diga…)

Ayer, leí un artículo muy interesante que reforzaba esta tesis enunciada en el post. Lo firmaba Joaquín Estefanía en un análisis aleccionador: Lo peor no es inevitable, que se podría sintetizar en la siguiente frase: «La crisis se ha extendido como un pulpo a todos los ámbitos de la vida. Frente al temor de que el capitalismo sin reglas que ha provocado la Gran Recesión desemboque en una nueva burbuja, los ciudadanos han descubierto la prioridad de lo colectivo y la importancia de estar bien gobernados. Varios libros demuestran que el Estado vuelve a tener un lugar en el mundo». Es decir, no es fiable el cambio posible de los hombres, como hilo conductor de la vida. Además, en el análisis de las premisas metodológicas que hace el autor, se evidencia que “mucho antes que las burbujas tecnológicas, inmobiliarias, bursátiles, financieras, había una burbuja del conocimiento que duró ya al menos un cuarto de siglo, basada en una visión economicista del mundo, según la cual éste se autorregulaba sin intervención de los poderes públicos, la agregación del interés de cada uno generaba el interés común y no había límites a la acción humana sobre la naturaleza. Es muy significativo comprobar cómo el estallido de la crisis económica ha coincidido con la llegada a la sociedad del debate sobre el cambio climático, afortunadamente superado el círculo de los expertos”. Es decir, se veía venir, pero nada erre que erre, como en los mejores tiempos de Paco Martínez Soria.

Hoy, para comenzar la jornada, he leído con atención otro artículo que confirma mi hipótesis de fondo, escrito por Paul Kennedy, titular de la cátedra J. Richardson de Historia y director de Estudios sobre Seguridad Internacional en la Universidad de Yale. El título y subtítulos no tienen desperdicio: El Estado ha vuelto… y a lo grande. ¿Qué fue de los Amos del Universo satirizados por Tom Wolfe? Los ministros de Finanzas ocupan hoy su lugar. En contra de tantos augurios, Al Qaeda y la crisis han devuelto el protagonismo a los Gobiernos. Las reflexiones son extraordinarias, no las voy a transcribir completas, pero las resumo también en una sola frase: dos grandes erupciones de principios del siglo XXI han puesto en tela de juicio la hipótesis de que ya no necesitamos ni tenemos que prestar atención a lo que los conservadores estadounidenses llaman, con desprecio, el «gran gobierno». Y lo explica a través del análisis del 11 S y sus consecuencias evidentes de retorno a la autoridad por todas partes (Gran Hermano Total), y “la crisis financiera internacional de 2008-2009, en la que la irresponsabilidad generalizada en el mercado de las hipotecas basura de Estados Unidos ha causado una onda expansiva que ha alcanzado a todo el mundo”.

Claro, como la evidencia demuestra que “no se pueden cambiar los hombres”, Kennedy dice que “el Estado ha vuelto a primera fila (si es que alguna vez dejó el teatro, y no estaba meramente descansando entre bambalinas). En la mayoría de los países, la parte gubernamental del PIB está aumentando sin cesar, en consonancia con el gasto oficial y las deudas nacionales. Todos los caminos parecen llevar al Congreso, o el Parlamento, o el Bundestag; o al Banco Popular de China. Los mercados observan con ansiedad el menor indicio de alteración de los tipos de interés o cualquier afirmación, por muy calculada o torpe que sea, sobre la fortaleza del dólar estadounidense” (el Gran Hermano Total que -¡ríanse de la nueva gripe!- cuando estornuda el mundo coge una pulmonía).

Hace muchos siglos y lo digo sin irreverencia temporal, leyendo algo sobre la dificultad de que “los hombres”, mejor, las personas, cambiemos, recordé una cita bíblica a la que profeso alta estima, localizada en un ámbito tan terrenal como el de la búsqueda de salidas a momentos de crisis, donde de alguna forma la persona “se muere” en vida, porque se formulan preguntas existenciales sobre el porqué de la pobreza total que nos hace “salir” de este mundo. Y las múltiples preguntas que cualquier ser humano afectado por la “crisis” (por fin salió la temida palabra) se hace a diario, porque las cosas (las personas) no cambian, demandan respuestas que se elaboran en el cerebro a lo largo de la vida, habiendo ocupado las religiones diversas que existen en el mundo, como sucede ahora con la proliferación de las creencias, un papel estelar en el prontuario de soluciones, orientando a millones de seres humanos hacia una creencia específica alojada en el “alma”: la de la existencia de Dios y sus diversas manifestaciones como solución integral e integrada a la lógica ilógica de la existencia humana. Y curiosamente ya estábamos advertidos por Qohélet: la respuesta no la vamos a saber nunca porque “[Dios] también ha puesto el afán en sus corazones, sin que el hombre llegue [nunca] a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin” (Eclesiastés 3, 11).

Y cuando creíamos que ya no podíamos obtener la mejor respuesta en el libro citado, se inicia el capítulo siguiente con la referencia a la amistad y al caminar juntos, porque si uno se cae siempre habrá alguien que te levante, porque la amistad es como la cuerda de tres hilos: jamás se puede romper. La amistad del Estado, de los Gobiernos, que corren presurosos a buscar soluciones eficaces ante tanto desconcierto humano. Solo hay un peligro. Que los gobiernos, a veces, no son humanos y la cuerda de muchos hilos, incluso se puede romper. En el fondo, porque las personas sí cambian, cuando buscan la felicidad legítima del bien-ser, del bienestar, del que sí saben hacerlo bien –de este último- determinados Estados.

Sevilla, 7/VI/2009

Benedetti y su buzón de tiempo


Mario Benedetti (recuperado de http://www.cervantesvirtual.com/boletines/general/79/p0000001.shtml, el 24 de mayo de 2009)

Mi cerebro no se quedó tranquilo cuando conoció y archivó la noticia de la muerte de Mario Benedetti, ocurrida el domingo pasado, 17 de mayo de 2009. Y era lógico porque conservo muchas neuronas que han reconocido la huella de Benedetti en mi corteza cerebral, en mi sistema límbico, en mis sentimientos, en mis emociones. Mario es un referente en años difíciles de España, cuando él me recordaba que el Sur también existe: pero aquí abajo/cerca de las raíces/es donde la memoria/ningún recuerdo omite/y hay quienes se desmueren/y hay quienes se desviven/y así entre todos logran/lo que era un imposible/que todo el mundo sepa/que el Sur también existe. Y día tras día, desde el lunes de mi agitada semana laboral, he buscado un hueco para recoger en este cuaderno vital una reflexión sobre una persona importante en mi vida, como signo de agradecimiento humilde desde un Sur que también quiso mucho.

He leído muchas palabras suyas. Las he interiorizado y he recordado una cita de Cicerón a la que profesaba gran estima: una carta no se ruboriza (Epistola enim non erubescit). Un post tampoco se ruboriza. El cerebro, en sí mismo, no se ruboriza. Solo pide auxilio a los sentimientos cuando la maquinaria perfecta cerebral atisba el sufrimiento humano. Y siempre queda el buzón de tiempo (1):

En el buzón del tiempo se deslizan
la pasión desolada /el goce trémulo
y allí queda esperando su destino
la paz involuntaria de la infancia /
hay un enigma en el buzón del tiempo
un llamador de dudas y candores
un legajo de angustia / una libranza
con todos sus valores declarados

En el buzón del tiempo hay alegrías
que nadie va a exigir / que nadie nunca
reclamará / y acabarán marchitas
añorando el sabor de la intemperie
y sin embargo / del buzón del tiempo
saldrán de pronto cartas volanderas
dispuestas a afincarse en algún sueño
donde aguarden los sustos del azar.

Quiero dar las gracias a Benedetti, al que la vida le ha regalado la posibilidad de afincarse en muchos cerebros de mujeres y hombres, entre los que me encuentro, a los que no nos importa soñar despiertos aún cuando nos aguardan muchos “sustos del azar”. Por esta profunda razón no muere, porque probablemente, con su muerte, solo ha dejado una brújula a los que le queremos, con la advertencia de que el norte es el sur y viceversa, a pesar del “relámpago de la memoria” que, a veces, ilumina los baldíos de nuestras conciencias sureñas.

Sevilla 24/V/2009

(1) Benedetti, M. (1999). Buzón de tiempo. Alfaguara: Madrid

Recordar y predecir (II)

Decía en mi post anterior, Recordar y predecir (I), dedicado a la memoria personal e intransferible, que “comienza ahora el esfuerzo denodado por hacernos profesionales de la predicción, si fuera posible, para refugiarnos paradójicamente en los mejores recuerdos, utilizando la memoria como el mejor recurso/escudo humano en el cerebro”. No era inocente esta reflexión, porque predecir es una aventura extraordinariamente humana, esencialmente compensatoria para el cerebro humano, según se demostró ya en investigaciones que se publicaron en 2004 en la revista Nature Neuroscience: “El cerebro humano reacciona a determinados movimientos externos antes de que se produzcan, según han comprobado neurólogos europeos. Estudiando el comportamiento de 22 voluntarios, han comprobado que la onda cerebral que rige los movimientos, conocida como potencial de preparación, se registra antes de que el movimiento sea observado, lo que explica las ventajas que en ocasiones algunos deportistas muestran sobre sus adversarios. Aunque la predicción no ha sido considerada como una forma de conocimiento, después de este experimento la cuestión queda planteada” (1).

El potencial de preparación (readiness-potential, RP) ha abierto unas posibilidades extraordinarias para comprender bien de forma antecedente “actos motores que han sido generados endógenamente de forma libre y caprichosa”, [… ] “Antes que el sujeto sea consciente de un deseo (moverse), el cerebro ha generado de forma inconsciente la programación del movimiento en cuestión” (2). La realidad experimental demuestra que el desfase “antecedente” se cifra en 800 milisegundos de promedio. Es decir, el cerebro va por delante de nuestra intencionalidad ó voluntad consciente ¡Qué debate tan interesante, por ejemplo, desde la ética de situación!, cuando el cerebro “creemos que decide” de forma instantánea y la ciencia neurológica nos demuestra que va más rápido el movimiento de la corteza cerebral que nuestra toma de conciencia personal e intransferible para la decisión que nos compromete la voluntad. Conclusión: las estructuras cerebrales van por delante de la voluntad, de la decisión humana. El cerebro no sabe, a veces, por qué ya estaba decidido todo por el conjunto de estructuras cerebrales que intervienen en estas decisiones, antes de que apareciera mi decisión ante la conciencia personal, ante los demás. ¡Qué paradoja, ante la presunta firmeza original de nuestras decisiones!.

Es obvio que el avance científico sobre la memoria predictiva sigue siendo de enorme interés para cuantos trabajamos en la ciencia neurocognitiva, en la inteligencia digital, a la hora de saber más sobre memoria y predicción. En este blog he hablado ya en bastantes ocasiones de esta tipología de memoria y basta que las personas que estén interesados en este estado del arte localicen los textos principales, a través del buscador o de la etiqueta (tag) “memoria predictiva”, entre los que destaco uno en particular: Camino de Sión, deconstruyendo ya el cerebro digital, sobre la intervención de un ponente, muy querido para mí, en una actividad científica que compartimos en 2007: “Y seguimos caminando hacia Sión, el templo del conocimiento. Supimos que el auténtico protagonista del encuentro era Jeff Hawkins, el autor del libro iniciático en estas lides investigadoras, Sobre la inteligencia [3], que tantas veces he citado en este cuaderno. Excelente y recomendable, para empezar. De obligado cumplimiento, diría yo. No te defraudará, como miembro que eres de la Noosfera digital. Supimos que la corteza cerebral es un mundo por descubrir, que tiene el tamaño de una servilleta desplegada, que su grosor es el de seis cartas de una baraja, y nos enseñó una cáscara de nuez por su similitud con la superficie rugosa del cerebro, su interior, afirmando rotundamente para quien lo quisiera escuchar que “el universo cerebro es una cáscara de nuez” [el tachado es original], la comparó con la orquesta cerebral que todos los días celebra un concierto sempiterno, con millones de partituras, y cerró su presentación con dos hipótesis: 1ª. ¿Es posible que el actual estado del arte digital pueda “copiar” la actividad desarrollada por la corteza cerebral?, 2ª. ¿Es posible jerarquizar los actuales avances científicos sobre la corteza cerebral para establecer la interoperabilidad de base digital (conectividad)?. Y cuando todos estábamos en la soledad sonora que obligaba a descifrar estos planteamientos, nos mostró solo tres siglas: HTM (Memoria Temporal Jerarquizada)”. Significa de forma muy sencilla que “la corteza aprende secuencias, su nombre y no los detalles, un patrón, otras inhiben entradas informativas para dejar paso a las que “interesan” a la corteza en ese momento, aquí y ahora, efectúa predicciones a partir de este “aprendizaje” y forma representaciones constantes o “nombres” para las secuencias. La neurona Bill Clinton. O el 11M. Y salió a relucir el “ingeniero informático”. Explicó la importancia de las estructuras jerárquicas –la jerarquía cortical- que se producen y los análisis correspondientes de sinapsis y dendritas actoras e inhibidoras, en conjunción las áreas visuales con las motoras (M) y auditivas (A). Cada una en su papel estelar”.

Hoy, solo he agregado una cuestión en discusión: el cerebro se adelanta a determinados acontecimientos y “decide” por nosotros. Esa es la cuestión. Predecir ha sido siempre una pre-ocupación muy humana. El Diccionario de la Real Academia así lo atestigua en pleno siglo XXI, al explicar (fijar) con brillo y esplendor el lema “predecir”, repartiendo juego divino y humano: (Del lat. praedicĕre). 1. tr. Anunciar por revelación, ciencia o conjetura algo que ha de suceder. El cerebro, mientras, “va tomando” las decisiones antes de que se anuncien por gracia divina, por investigación el laboratorio o por mera reflexión personal. Aunque, ¡ironías de la vida (¿de la ciencia infusa?)!, desde el siglo XVIII, en España, el Diccionario de Autoridades (1737) dejaba claro al Universo hispánico que predecir significaba “adivinar” y que tenía su “anomalía”, como se demuestra en esta enigmática frase recogida en el citado Diccionario al demostrar una clave de la predicción: la eterna felicidad (sic):

“¡Ay, triste (con la voz trémula) dijo,
Que esta desdicha muchos años antes
Tepolémo mi amigo me
predijo

Sin comentarios, antecedentes…

Sevilla, 10/V/2009

(1) Recuperado de: http://www.tendencias21.net/El-cerebro-humano-prefiere-predecir-antes-que-reaccionar_a474.html
(2) Giménez-Roldán, S. (2006). Interpretación neurobiológica de la histeria, en Histeria Una perspectiva neurológica. Elsevier-Masson: Barcelona, p. 65.
(3) Hawkins, J. y Blakeslee, S. (2005). Sobre la inteligencia. Espasa Calpe: Madrid.

Todas las revoluciones tienen su octava

CLAVEL EQUIVOCO
Clavel equívoco

Han pasado unos días sin pasear por las calles virtuales de Grándola, vila morena. Y es verdad que ese día, 25 de abril, tuve un recuerdo para la revolución de los claveles, también para Marcos, aquél joven propagador de buenas noticias (que tanta falta hace…), lo que luego se llamó “evangelio” y, lógicamente, para nuestro hijo al que decidimos ponerle un nombre programático, de los que no se deben olvidar nunca por lo que significan. Hoy me lo ha vuelto a recordar un amigo virtual en la Noosfera, eraser, al que gusta pasear también por calles revolucionarias, cuidadoso de cualquier detalle digital que conmueva conciencias adormecidas. Gracias eraser, porque ese recuerdo marquiano, ¿se podría decir así?, nos une a personas que no nos adormece el estado actual de la cuestión de vivir, existir, ser ó estar, ser ó tener. Es verdad: Marcos ó José Afonso.

Y Marcos, que después la Iglesia oficial lo declaró “santo”, a su pesar, me permite recordarlo en su octava, tal y como se decía en mi casa madrileña cuando el discreto encanto de la burguesía se había olvidado felicitar a alguien y pretendía siempre llegar a tiempo. Probablemente, porque no lo sentían de verdad. Al apearlo de la peana santa, Marcos es hoy símbolo de revolución humana, de los que pensamos que todavía es posible ser personas en su real medida, la que cada uno desea a pesar de los pesares. Es probable que a partir de este sentimiento de pertenencia, ya no necesitemos octavas, porque si la revolución interior siempre está viva, porque no nos deja estar tranquilos en el conformismo, no hace falta institucionalizarla. Se vive día a día. Sin octavas.

Sevilla, 2/V/2009

El olvido se podrá comprar

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

Luis Cernuda, Donde habite el olvido

¡Que viene, que viene!. Se va sabiendo cada vez más de los procesos cerebrales que nos permiten recordar, que protegen los archivos de la memoria que, a veces, preferiríamos borrar. Y el 26 de abril saltó al mundo una noticia de interés manifiesto: el olvido se podrá comprar. Sugerente, éticamente hablando. Se abren unas perspectivas extraordinarias para recuperar felicidad perdida, bienestar legítimo, bien-ser (¡perdón, por el neologismo!), del que algunas veces he hablado en este blog (El cerebro feliz). Y el texto de referencia dice lo siguiente (tal cual: http://www.elpais.com/articulo/opinion/olvido/disposicion/elpepiopi/20090427elpepiopi_3/Tes):

ANÁLISIS: EL ACENTO
El olvido a su disposición

“Preferiría no hacerlo», era todo lo que necesitaba decir Bartleby el escribiente para no hacer nada que le desagradara. Pronto, las personas de carne y hueso podremos contar con una opción casi tan buena como la del personaje de Herman Melville: «No quiero acordarme». El pasado es inmutable, pero la memoria es frágil. Sobre todo ahora que ha llegado un compuesto químico llamado ZIP. En las pruebas con ratones, una dosis de ZIP elimina por completo cualquier recuerdo que el animal estuviera recuperando de la memoria en ese momento. La molécula funciona tanto para borrar procedimientos motores, hábitos afectivos y conocimientos geométricos. Es eficaz y altamente específico. Y no destruye neuronas. Borra limpiamente el recuerdo, con más eficacia y nitidez que el propio paso del tiempo.

Los científicos utilizan esta molécula del olvido para estudiar las bases biológicas de la memoria, uno de los grandes problemas no resueltos de la neurología clásica. Pero también discuten su posible uso futuro en pacientes humanos. La idea inicial sería usarlo para ayudar a las personas a olvidar hechos traumáticos, como una violación, o los hábitos asociativos que les conducen a las drogas.

El problema, como suele ocurrir, está en las fronteras invisibles. ¿Por qué no borrar toda memoria dolorosa? ¿Por qué no acceder al paraíso en la cabina de montaje? Borrar o modificar los recuerdos de la gente, aun cuando sean recuerdos dolorosos, es una posibilidad llena de incertidumbres. Una cosa es que las personas tengan aversión al sufrimiento en el momento de experimentarlo, y otra que quieran eliminarlo de su pasado. El aprendizaje del dolor es parte de la formación del individuo, y las experiencias desagradables constituyen un valioso cuerpo de conocimiento sobre el mundo al que, probablemente, sería arriesgado renunciar en ciertas situaciones. Otra cosa es que estos argumentos lograran detener a alguien que tuviera el fármaco en su mano y un recuerdo insoportable en su cabeza. Contra todo consejo médico, la amnesia selectiva podría convertirse en una droga de abuso del futuro.

Todo venía por la publicación, el pasado 26 de abril, de un reportaje publicado en el diario El País firmado por Javier Sampedro, de sumo interés: “¿Te gustaría borrar los malos recuerdos?. Utilizar fármacos ‘amnésicos’ para eliminar los recuerdos parece posible por primera vez. Una molécula ha demostrado en ratones que es capaz de hacerles olvidar todo: desde experiencias placenteras hasta las desagradables”, donde se planteaba una pregunta muy inquietante: “¿Qué es mejor, borrar lo que uno ha hecho o lo que piensan los demás? La memoria es inestable, maleable y muy manipulable”. Y ya hay respuestas en el laboratorio.

Todo se ha andado y todo se andará. La molécula del olvido se ha descubierto en el laboratorio. Ya se sabe que algunos ratones han agradecido el experimento y ¡ya son felices!. Un día escribí en este blog un post, Cerebro humano, cerebro de ratón, en que manifestaba lo siguiente: “somos, en definitiva, más libres, porque nos conocemos mejor, a través de la verdadera causa de la salud y la enfermedad, gracias a proyectos cuya base científica nace en un pequeño ratón de la factoría Allen, que siempre estará cerca, paradojas de la vida, de la humanidad y de la genética del que conocí hace muchos años, de nombre Mickey [Mouse]”.

Aquella situación, no tan lejana, del queso que un día desapareció de su vista y les produjo tanto dolor, ya no lo volverán a recordar jamás. Lo decía la noticia: “En las pruebas con ratones, una dosis de ZIP [compuesto químico] elimina por completo cualquier recuerdo que el animal estuviera recuperando de la memoria en ese momento”. Y la he vuelto a leer muchas veces, en una composición artística del autor o autora, porque me ha parecido extraordinario que el propio cerebro humano haya llegado a este descubrimiento. Y vuelta a empezar. Situaciones como esta no las deberíamos olvidar. Y el drama shakesperiano está servido, porque olvidar o no olvidar, esa es la cuestión.

Sevilla, 28/IV/2009

Andalucía sin tópicos

MAGAZINE-ANDALUCIA

En un texto dedicado a sus paisanos, decía el poeta sevillano Luis Cernuda que “el trabajo humano, con amor hecho, merece la atención de los otros”. La edición especial de Magazine dedicada a Andalucía en el alma, del pasado 5 de abril, merece el reconocimiento.

Es un trabajo hecho con amor hacia una comunidad que respira tradición y revolución a través del conocimiento. Averroes, filósofo y médico cordobés, dejó escrito que era más importante trabajar en el conocimiento creativo que en la tradición, es decir, diraya versus riwaya. Y atendiendo al talento andaluz se ha avanzado en una tierra colmada de civilizaciones multiseculares que han gestionado el trabajo bien hecho en todas las manifestaciones artísticas posible.

Aprendí de otros que cuando falta alma, falta vida. Por el contrario, cuando existe alma, como en este caso de Andalucía, existe vida. Y me puse a leer atentamente, como gustaba a Cernuda, este Magazine, con amor hecho, en el que ha triunfado el mejor recurso compartido de la vida: el talento de la palabra humana. Con alma.

Carta publicada en la Revista dominical Magazine, el 26 de abril de 2009

Inteligencia digital para niños y niñas autistas

Un ejemplo paradigmático de inteligencia digital lo he encontrado hoy al conocer, con detalle, la disponibilidad en la red de un programa, Zac Browser, concebido desde su origen para los niños autistas. No quiero explicar nada que lo hace por sí solo. Entren en estas páginas http://www.zacbrowser.com/es/index.html y http://www.peoplecd.com/) y lean, vean y sientan cómo es una realidad la inteligencia digital, tal y como la he definido tantas veces en su tercera acepción, de las cinco propuestas en mi libro Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital (1): 3. capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para un determinado contexto comunitario o cultural, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación”, sabiendo que en sí misma no es software, en una dialéctica posible: “Y me quedó claro que la inteligencia es un don humano (para algunas personas “divino”), pero que afortunadamente, no es una lotería: venimos pre-programados a la vida, después de un proceso de concepción y construcción cerebral que se prolonga a lo largo de nueve meses (sinceramente, de toda la vida…). En cualquier caso, se viene demostrando científicamente que la inteligencia, ni siquiera la estrictamente digital, no se puede instalar como un software” (por cierto, ¿libre ó de mercado? Ninguno)”.

Solo me queda el reconocimiento y agradecimiento personal a John LeSieur, el programador que ya está haciendo muy felices a más de 750.000 niños en el mundo gracias a Zac Browser. ¿Por qué? Porque su software…, sobre todo, tiene alma.

Sevilla, 10/IV/2009

(1) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital (Edición digital).

Recordar y predecir (I)

Me acuerdo de esas veces en que no
sabes si estás muy feliz o muy triste.

Joe Brainard (1942-1994), Me acuerdo

He comenzado a leer un libro sorprendente, Me acuerdo (1), que simboliza una actividad cerebral de importancia transcendental en la vida de las personas. Recordar o no recordar, esa es la cuestión. He llegado a esta lectura por dos razones fundamentales: la localización del libro a través de un artículo de Guillermo Altares, Cuando un recuerdo es algo que tenemos (2), y mi permanente actitud de investigación sobre las estructuras cerebrales que nos permiten recordar a través de la memoria. Una aventura apasionante.

Dice Altares que “Esa mezcla, lo que tenemos, lo que hemos perdido, es lo que nos convierte en nosotros y el pintor Joe Brainard (1942-1994) encontró una fórmula maravillosa para navegar por la memoria, los Me acuerdo…”. Efectivamente, la memoria es lo que más nos pertenece, lo verdaderamente personal e intransferible en el cerebro de cada persona, lo irrepetible en el otro. Es lo que nos permite convertirnos permanentemente en nosotros mismos. Solo basta un pequeño ejercicio de parada “técnica” vital, detenernos unos minutos en el acontecer diario y comenzar a pensar bajo la estructura recomendada por Brainard: me acuerdo de…, y así hasta que el bienestar o malestar nos permita disfrutar del recuerdo o comenzar un sufrimiento posiblemente innecesario. Porque de todo hay en la memoria -¿viña?- de cada una, de cada uno.

¿Por qué recordamos? Lo hacemos por aprendizaje y programación genética. También, como autoprotección ante determinadas agresiones de la vida. Aprendemos a recordar situaciones vitales, resultados placenteros o displacenteros y, gracias al recuerdo, consciente o inconsciente, reaccionamos de forma controlada ó incontrolada. Fundamentalmente, porque los sentimientos y emociones acompañan siempre al conocimiento, a la respuesta medida o desmedida donde el recuerdo de situaciones anteriores de cariz similar han grabado ya un “programa” reactivo o proactivo (mejor, predictivo) en la memoria. De esta forma se acepta científicamente la realidad del intenso trabajo del hipocampo, estructura cerebral responsable de ordenar y organizar la memoria, sobre todo, la de largo plazo.

Así lo explicaba en un post anterior, El caballo encorvado, del que recomiendo su lectura pausada: “Y aparece así la estructura básica de la memoria a largo plazo, la razón de la razón (que no del corazón) en términos pascalianos. La información que entra por los sentidos llega al hipocampo dejando siempre una “huella” de lo que se ha “visto” o “sentido”. También puede llegar a la amígdala, para evaluar emocionalmente la “escena” o “reacción sensorial” a grabar. Y comienza la carrera interna del hipocampo como caballo disciplinado o desbocado, en función de los márgenes que dejen los neurotransmisores y las hormonas correspondientes: “cuando el nivel emocional es elevado, las señales límbicas, vía septum, (la pared delgada que separa dos tejidos) alcanzan el hipocampo induciendo la síntesis de nuevas proteínas y de ese modo consolidar el trazo de memoria. De ese modo la huella débil y efímera se convierte en una memoria más robusta y duradera” [3]. Y se avanza en esta investigación con afirmaciones rotundas que dejan entrever el papel primordial del hipocampo en esta tarea de grabación histórica: “el hipocampo recibe de la corteza grandes volúmenes de información multimodal, la asocia, la retiene durante el procesamiento, la amplifica, probablemente la compara con la ya existente y contribuye a su consolidación en la corteza cerebral. El hipocampo y la amígdala participan simultáneamente, tanto en los estados iniciales de la formación de la memoria, como en la recuperación”.

He seguido leyendo el libro de Brainard. Creo que con sus “me acuerdo…” comprendo mejor el porqué de la soledad sonora de muchas personas a la hora de quedarse solas consigo mismas, más en su caso histórico al tener que demostrar al mundo que su soledad gay lo podía conducir a la muerte por sida, como fue su caso. Conjugar el verbo acordarse sería un ejercicio práctico para compartir experiencias necesarias en la vida. Porque por mucho que nos esforcemos en olvidar, el hipocampo particular nos recuerda que todavía están allí millones de grabaciones neuronales para cuando las queramos rescatar de la filmoteca existencial. Con la dificultad añadida de que muchas veces, estos recuerdos “nos vienen” a borbotones, sin control posible.

Y me acuerdo ahora, de una frase rotunda del artículo de Altares: “Algunos Me acuerdo son pedazos inocentes de memoria, otros escarban en las partes ocultas de nuestras vidas, algunos tienen sabor, olor, luz, algunos son crepúsculos dorados y otros amaneceres tristes, muchos ni siquiera sabemos dónde han estado escondidos, los hay que son como las magdalenas proustianas y aparecen a borbotones. (¿En el fondo qué es En busca del tiempo perdido si no un gigantesco Me acuerdo?), pero todos ellos son importantes, todos ellos son nosotros. Los Me acuerdo son algo que tenemos que tal vez hayamos perdido, pero que hemos recuperado”.

Comienza ahora el esfuerzo denodado por hacernos profesionales de la predicción, si fuera posible, para refugiarnos paradójicamente en los mejores recuerdos, utilizando la memoria como el mejor recurso/escudo humano en el cerebro. Pero sobre esta realidad hablaré el próximo día. Si me acuerdo…, Amarcord.

Sevilla, 6/IV/2009

(1) Brainard, Joe (2009). Me acuerdo. Madrid: Sexto piso.
(2) Altares, Guillermo (2009, 28 de marzo), Cuando un recuerdo es algo que tenemos, El País (Babelia), p. 8.
(3) Almaguer Melian, W., Bergado Rosado, J. y Cruz Aguado, Reyniel (2005). Plasticidad sináptica duradera (LTP): un punto de partida para entender los procesos de aprendizaje y memoria. Revista Cubana de Informática Médica, 1 (5).