Próximamente, en este salón…

Al igual que Juan Manuel Serrat, en aquella preciosa canción de “Los fantasmas de Roxy”, anuncio que “próximamente, en este salón” virtual, a diferencia de aquella demolición del cine de sus sueños más preciados, el Roxy, presentaré un post que me está llevando tiempo y estudio, porque me atrevo a mostrar al mundo entero (el que rodea a cada una, cada uno …, ¡nada más y nada menos!), que vivimos siempre atados y bien atados a una dialéctica incuestionable de origen cerebral: recordar y predecir. Esa es la cuestión.

No ocupará este blog, con ocasión del nuevo post anunciado, ningún proyecto bancario, como el de aquella canción, destruyendo sesiones continuas donde “echaban NO-DO y dos películas de ésas que tú detestas y me chiflan a mí, llenas de amores imposibles y pasiones desatadas y violentas”.

Estoy descubriendo la importancia que hoy día damos a los recuerdos, jugando a recordar lo que no podemos olvidar, porque un día aprendí que solemos vivir mucho de la represión existencial al rechazar hacia el inconsciente tendencias inaceptables que surgen como consecuencia de conflictos psicológicos no resueltos. Las que nos hacen recordar aquello que nos cuesta borrar y que nos impide predecir sin riesgos.

Y es que no es posible la destrucción de nuestras intrahistorias. Por eso he recordado a Serrat, en su canción, tarareando su preciosa letra: “Yo fui uno de los que lloraron/cuando anunciaron su demolición,/con un cartel de: «Nuñez y Navarro,/próximamente en este salón»./En medio de una roja polvareda/el Roxy dio su última función,/y malherido como King-Kong/se desplomó la fachada en la acera./Y en su lugar han instalado/la agencia número 33/del Banco Central./Sobre las ruinas del Roxy/juega al palé el capital”.

Y mientras, estudio esta relación para el recuerdo grato, con el que se disfruta. Porque Joan Manuel Serrat, como obrero de la canción que protesta por no estar cómodo en este salón real -que no virtual- en el que nos toca vivir, me susurra al oído que hoy, mañana, pasado mañana, cuando siga avanzando en esta micro-investigación, puede ser un gran día/donde todo está por descubrir,/si lo empleas como el último/que te toca vivir./Saca de paseo a tus instintos/y ventílalos al sol/y no dosifiques los placeres;/si puedes, derróchalos./Si la rutina te aplasta,/dile que ya basta/de mediocridad”.

Porque los fantasmas del Roxy, los recuerdos, a veces, no descansan en paz…

Sevilla, 29/III/2009

El cerebro disfruta con los libros

Cartel de la Feria del Libro (Bogotá), s/d

El cerebro percibe o goza de los contenidos y formato de un buen libro. Así lo hemos aprendido de la tradición de las palabras vividas en determinados contextos, porque así se ha transmitido. En el siglo XIX se fijó por primera vez la palabra disfrutar en el ámbito de la lengua castellana, para dar brillo y esplendor a su contenido: coger, lograr, percibir los productos y utilidades de alguna cosa (RAE U, 1822). Es decir, cojo un libro, logro hacerme con él y percibo su contenido adaptándolo a mis expectativas, a mi conocimiento, a mis sentimientos y emociones. Lo abrazo. Me abraza. Todo eso produce un libro ó una revista de historia, por ejemplo.

Este juego de palabras lo he experimentado con un descubrimiento en días pasados de una revista publicada en Andalucía, por el Centro de Estudios Andaluces, Andalucía en la historia, que me ha llenado de orgullo al percibir en su contenido, al que he tenido acceso por primera vez en el número 23, que la historia es una fuente de conocimiento que despierta interés social por conocer claves de aproximación a la verdad de lo ocurrido durante siglos en este territorio tan creativo. Me interesó su contenido, centrado en un dosier sobre la prensa andaluza, por haber formado parte de esta intrahistoria andaluza, al haber sido Presidente de un Consejo de Administración de la sociedad editora de un periódico en la provincia de Huelva (1983-1984), La Noticia, que marcó un desafío a una forma de manifestarse la sociedad, en clave periodística de integración de opiniones y creencias. Con anterioridad, en 1976, por colaboraciones periódicas en un diario que rompía moldes en clave de apertura y compromiso social, El Correo de Andalucía, en el que me ilusionaba entregar mis originales muy cerca de la rotativa, en el edificio del Polígono de la Carretera Amarilla, para la célebre página 3 de opinión, en noches apresuradas de la nueva Andalucía que soñábamos, que queríamos.

Me han regalado dos libros con la suscripción: La Andalucía del exilio y Magia y vida cotidiana. Andalucía, siglos XVI-XVIII, que ya están en lista de espera para coger, lograr, percibir y gozar su contenido, su utilidad. Gracias a las posibilidades del cerebro, aunque tengo que reconocer que el sistema límbico va a jugar un papel primordial: me va a permitir disfrutar de ellos. Una vez más, procurando no confundir valor y precio.

Sevilla, 22/III/2009

A la mayor gloria de Dios (AMDG), de las personas

RESTAURANTE SAN IGNACIO LOYOLA

Ha sido una vuelta a la memoria de hipocampo, un ejercicio de moviola existencial. Ha ocurrido el sábado 14 de marzo de 2009, en una visita cálida a Fuenteheridos (Huelva), el pueblo de los ciudadanos de la fuente, no sé si heridos todavía en su amor propio… Me habían comentado que habían inaugurado un nuevo restaurante en la calle Cruz, 6, junto a la parroquia, en una antigua residencia de retiro de los jesuitas. No lo podía creer. Allí, en aquella casa, había pasado días de compromiso existencial hace más de 35 años, cuando formaba parte de una Asociación pre-ocupada por la situación de familiares de las personas que ingresaban en el Hospital de las Cinco Llagas, hoy sede del Parlamento andaluz, de sus hijos, a los que el ingreso les impedía atenderlos adecuadamente. Y los llevábamos allí en verano, para ofrecerles la mejor calidad de vida humana. Éramos muchas personas, jóvenes y mayores que poníamos ilusiones, dedicación personal e intransferible y compromiso social para atender situaciones sociales muy complejas.

Entré en aquella casa, restaurada y adaptada a su nuevo cometido. Me permitieron recorrerla casi palmo a palmo: las dos habitaciones de la entrada (sin el tapiz de damasco rojo), el salón de la antigua capilla, la escalera central de caoba, el tragaluz cenital redivivo, el azulejo de San Ignacio, rodeado de sus palabras programáticas: a la mayor gloria de Dios, las habitaciones ó celdas de la planta alta, de la planta baja, el pozo y el jardín.

Los nuevos gestores de la casa, del restaurante, me explicaron todos los detalles de la restauración, una obra emprendida por jóvenes de la sierra de Huelva, con muchas ilusiones y proyectos para hacer mudanzas importantes en tiempo de turbación económica y existencial. Excelentes.

La moviola personal me devolvió muchos recuerdos imborrables, de personas a las que quiero, de algunas que ya no están físicamente en este mundo pero que me permitieron ser persona, de experiencias que daban sentido a la vida en años difíciles para el compromiso social, de nombres concretos: Don Antonio, Salvador, Pedro, Enrique (grande), Enrique (chico), Mari-Carmen (hasta 2), Concha, Merche, Margarita, Tanché y otros muchos que no cabrían en este post sentido. Miguel y Dolores, ciudadanos con residencia permanente en Fuenteheridos, con su actitud de generosidad hasta límites insospechados. Gracias a todas y todos, porque fueron personas entrañables, cuyo valor excelente radicaba en la disponibilidad para estar contigo, conmigo, con aquellas niñas y niños que corretearon en su día por aquella casa que había sido residencia de los jesuitas, con un único objetivo: devolverles la felicidad que la enfermedad robaba a sus padres en un hospital de Sevilla.

Ayer, 14 de marzo de 2009, me volví a encontrar con todos aquellos protagonistas de aquél mundo feliz. Cuando bajaba por la calle Maestra Adame recordé que para mayor gloria de las personas, la ética del compromiso personal y social fue -y todavía hoy lo es- posible.

Sevilla, 15/III/2009

Cuando desperté, mi blog todavía estaba allí

MOLINOS DE VIENTO

A modo de cerebros, ante el viento que genera la crisis – Molinos de Viento en Ciudad Real

“cuando empieza a soplar el viento, algunos corren a esconderse
mientras otros construyen molinos de viento”

(refrán popular asiático)

Es la primera vez, en tres años, que me he ausentado de la cita en la Noosfera durante un mes. No he estado fuera de ella, físicamente hablando, pero sí de esta ob-ligación [sic] con el ejercicio de la inteligencia digital. Y me preocupa pensar que el ejercicio de lo cotidiano robe esta posibilidad de desarrollo de la inteligencia creadora. Quizá, estoy, estás, está, estamos, estáis, están… viviendo momentos de compulsión vital. Y he vuelto a mi tarea de búsqueda de «islas desconocidas». Cuando frecuentaba esta tarea, recordando el futuro de Pereira, de Tabucchi, he encontrado dos (existen más), que quiero presentar en sociedad digital desde mi orilla.

La primera ha sido en la asistencia a una de las sesiones programadas en Imaginática 2009, celebrada en el Aula Magna de la Facultad de Física de la Universidad de Sevilla. Me atrajo el título, En busca de islas desconocidas y sus autores: Braima Mane, un ingeniero de telecomunicaciones de Guinea Bissau y Marcos Cobeña Morián, estudiante de Ingeniería Informática. Y no me defraudó. El protagonismo fue el de la inteligencia personal, colectiva y conectiva. Rompió muchos moldes. Quien buscara el reino del chip, descubrió que aquél no era el sitio adecuado. Solo quedó patente que el conocimiento era el rey de la vida y que para muchas personas todavía existen islas desconocidas, con tres razones de búsqueda ó encuentro: menos es más, la actitud permanente de búsqueda y una biografía de modelo que, en este caso, era Braima. Y el objetivo de la exposición se cumplió: en la clave de Saramago [El cuento de la isla desconocida], Braima y Marcos zarparon en un pequeño barco virtual donde, con los asistentes a bordo, navegamos entre África, Cuba y España, buscando islas desconocidas, con un par de maletas más vacías que llenas.

La segunda isla desconocida ha sido una dirección electrónica: http://www.agoratalentia.es/documentos/everis.pdf, en la que he encontrado unas razones para comprender mejor cómo actuar ante los molinos de viento actuales, la «crisis», palabra y realidad que me hizo sospechar, tal y como lo planteaba en mi post anterior, que estaba naciendo una oportunidad de desarrollo de la inteligencia personal e intransferible, como recurso que no se ha agotado todavía, con gráficas desoladoras de paro humano, pero no cerebral. He visto la presentación de Marc Alba varias veces y tengo que decir que me ha ayudado a despertar y darme cuenta de que mi blog todavía estaba aquí. Esta es la auténtica razón de mi vuelta a esta cita ob-ligada para garantizar la búsqueda compartida de islas desconocidas.

Sevilla, 7/III/2009

Hay que utilizar el cerebro para afrontar la crisis

AGORA TALENTIA

Todos y todas hablamos de la crisis que nos rodea (del latín crisis, y éste del griego krisis, juicio, decisión), que nos cerca en el día a día. Como miembro activo de la Noosfera, he localizado en 0,04 segundos “187.000.000 de crisis” [sic] en Google, a las 21 horas y 26 segundos del sábado 7 de febrero de 2009, es decir, existen ciento ochenta y siete millones de búsquedas en Internet en las que figura, de una ú otra forma, la palabra “crisis”. Si quieren, es un juego de palabras, pero su alcance es muy importante: la palabra interesa mucho al mundo Internet. Esta oferta es desbordante. Yendo a territorios más próximos, descubro que cuando concreto la búsqueda mediante la expresión “la crisis en Andalucía”, la localización se reduce a 904.000 resultados, en el argot de Google. Y siguiendo el discurso de detective digital, busco algunas respuestas científicas en el afrontamiento de esta realidad, la crisis, intentando centrar posibles respuestas a la misma en las estructuras cerebrales, encontrándome con “resultados” esplenderosos, más de un 1. 530.000 y con una búsqueda atractiva, localizando una referencia que me parece sugerente en los tiempos que corren: Cerebro contra crisis, eje del foro mundial del talento. Solucionar la crisis utilizando el cerebro (Ésta es la meta del Primer Foro Mundial ‘Ágora Talentia’ [http://www.agoratalentia.es/], organizado por el Gobierno de Navarra, que se celebrará los días 11 y 12 de febrero en Baluarte. En este encuentro bienal, unos 350 expertos internacionales en diferentes ámbitos ofrecerán un ciclo de conferencias seguido de un debate. El objetivo es el desarrollo del talento como herramienta para «cambiar el modelo económico», dijo Enrique Mulder, comisario del foro. Una de las claves para conseguirlo es «ver cómo interactúan empresa, familia, sociedad y escuelas y conseguir que haya una mayor coordinación entre estos agentes», comentó Mulder. «En la globalización, no se consigue prosperar a través de materias primas, tecnología, sino por la inteligencia humana», afirmó. Sir Ken Robinson, un líder mundial en la educación y los negocios, Richard Florida, escritor y columnista del New YorkTimes, y Sam Lipson, director de Salud Ambiental de Cambridge serán algunos de los expertos invitados).

Me ha sobrecogido un posible conductor del encuentro: Solucionar la crisis utilizando el cerebro. Estoy plenamente de acuerdo con este desideratum: tenemos una oportunidad en la nueva era que se abre paso en el mundo convulso: recurrir al cerebro, a la inteligencia aplicada, como estructura integradora de la búsqueda de soluciones a la crisis. Basta una lectura pausada de la importancia del conocimiento, del principal recurso humano para abordar este desorden mundial, para comprender que es muy probable que se produzca una convulsión en el mercado de los valores del mercado, valga la redundancia, descubriendo que el cerebro humano es el único recurso capaz de ordenar el caos real en el que se desenvuelve el mundo, a trancas y barrancas. Y el secreto no está en el dinero, en sí mismo, ni en la producción, sino en la nueva forma de entender la inteligencia que se muestra como talento para resolver los problemas latentes y manifiestos. Y, obviamente, recomiendo la lectura pausada de los post que he escrito a lo largo de tres años en este cuaderno de derrota, dedicados a las estructuras básicas del cerebro, para comprender de forma sencilla por qué es la base de la inteligencia que nos permite ser más libres, controlar cualquier tipo de crisis y situarnos ante el gran dilema de la felicidad humana: conocer la existencia y tener libertad para tomar decisiones. Conocimiento y libertad para dar respuesta a la crisis, a cualquier crisis, que nuestros antepasados del país siempre entendieron desde 1729 como “el juicio que se hace sobre alguna cosa, en fuerza de lo que se ha observado y reconocido acerca de ella” (RAE A 1729 (Pág. 661,1).

Lea el programa del encuentro citado anteriormente, sobre talento en la era de la crisis del conocimiento. Los “resultados” del mismo, próximamente en este salón virtual, una vez que se clausure el Foro y sepamos, por ejemplo, que el futuro depende del talento propio y asociado, porque la solución a la crisis está mas cerca de lo que a menudo creemos, porque quizá vive en la puerta de al lado… Desde luego, en nuestro cerebro individual y conectivo, en un descubrimiento que puede durar un milisegundo vital. También, mediante la inteligencia digital en la aldea global.

Sevilla, 7/II/2009

Paciencia y cerebro

Éxtasis de Santa Teresa, Lorenzo Bernini (1647-52), en Santa Maria della Vittoria, Roma

Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. ¡Sólo Dios basta!

Santa Teresa de Jesús (1515-1582), Nada te turbe

En los tiempos que corren, donde la “crisis” hace mella por donde pasa, arrasando Estados, conciencias y personas, me ha preocupado saber por qué se recurre tanto a la paciencia, actitud de la que se habla mucho y se sabe poco, sin tener que recurrir a la tradición religiosa de su identificación con la virtud ensalzada por Santa Teresa en un soneto que ha hecho historia: nada te turbe (…), la paciencia todo lo alcanza. Y porque estoy convencido de que la paciencia, como otras tantas experiencias vitales, se construye en el cerebro.

Siempre me gusta recurrir al Diccionario de Autoridades porque es la primera vez que en España las palabras y los constructos se fijan, brillan y dan esplendor a las situaciones vitales traducidas al lenguaje común en suelo hispano. Y, sorprendentemente, me encuentro en pleno siglo XVIII con una definición que no tiene desperdicio: la paciencia es la virtud que enseña a sufrir y tolerar los infortunios y trabajos, en las ocasiones que irritan y conmueven, para pasar inmediatamente el testigo a su origen divino: es uno de los frutos del Espíritu Santo, no localizándose la misma, es decir, la virtud, en el cerebro, por ningún sitio humano. Ya está, no hay que preocuparse de nada más, porque es una virtud que quien la alcanza demuestra noble y superior fortaleza. Además, en unas breves líneas, con la recámara teresiana, se sitúa el lugar de origen de esta manifestación de conducta humana: la paciencia todo lo alcanza, porque Dios no se muda, porque quien confía en él nada le falta. Solo Dios basta. Y para cerrar el círculo histórico, ahí tenemos el Libro, la Biblia, el “santo” Job, del que por cierto descubrí hace muchos años que tenía de todo menos paciencia, cuando contaba sus penas, que no alegrías: los terrores se vuelven contra mí, como el viento mi dignidad arrastra; como una nube ha pasado mi salud. Y ahora en mí se derrama mi alma, me atenazan días de aflicción (Job, 30, 15s), hasta el punto de que el joven Elihú le reprende y lo lleva de la mano para ser paciente (Job, 32-37), para que busque, curiosamente, la sede de la Inteligencia [sic]: huir del mal, claro objeto del deseo impaciente de Job, porque lo que declaraba como sede de la inteligencia: huir del mal, reaccionar ante cualquier tipo de agresión, resolver problemas, era un elemento diferenciador esencial de la búsqueda desesperada de la sede de la sabiduría: temer a Dios.

Con el respeto que debo siempre a la historia, fundamentalmente para aprender de sus errores y horrores que se han cometido, me he planteado si es posible averiguar dónde se aloja la paciencia en el cerebro y como se configuran las manifestaciones humanas de una realidad existencial que, al menos, la gran mayoría de las personas, conocemos como virtud. Gran empresa, sin ánimo de escribir las bases de un libro de autoayuda, que no me gusta nada.

¿Cómo nace la paciencia? Sin lugar a dudas porque el cerebro actual ha vencido al cerebro reptiliano, es decir, la corteza cerebral que configura hoy la realidad existencial de cada persona permite controlar los impulsos más primitivos de los seres humanos, de nuestros antepasados, que solucionaban cualquier beligerancia y adversidad (infortunios y trabajos) con agresividad total. Hay una realidad histórica: se han necesitado millones de años para “preparar” la configuración del cerebro que posibilite “tener paciencia” y “aprender” a convivir con ella si tener que llamarla necesariamente “virtud”, porque es una posibilidad que ofrece históricamente la estructura global del cerebro humano.

¿Dónde reside la paciencia? En todas las estructuras del cerebro que interactúan para dar órdenes pacientes e impacientes a través de la corteza cerebral, reflejadas en la conducta implícita ó explícita de cada persona, aprendida o genéticamente fundada, con un control férreo del sistema límbico donde se alojan las centralitas de los sentimientos y emociones, sabiendo también que los ojos están grabando permanentemente miles de ocasiones para provocar la paciencia e impaciencia, en un debate ético que hacen trabajar a destajo a las neuronas en lo que saben hacer: alimentar acciones humanas pacientes e impacientes en milisegundos. Sabiendo, que no descansan nunca a pesar de que dormimos y soñamos desesperadamente. Científicamente se sabe que las neuronas no se permiten nunca la licencia para descansar. A no ser que las obliguemos farmacológicamente a cambiar su rumbo desestructurado cuando, a veces, la impaciencia no nos deja vivir como personas y nos provoca algún trastorno mental que nos inhibe la posibilidad de ser y estar en el mundo dignamente.

Y yendo de mis asuntos a mi corazón, repaso, por último, el Diccionario de la Legua Española (22ª edición), encontrándome con definiciones de paciencia (del latín patientia) de amplio calado cultural: capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse, capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas, facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho, lentitud para hacer algo, resalte inferior del asiento de una silla de coro, de modo que, levantado aquel, pueda servir de apoyo a quien está de pie, bollo redondo y muy pequeño hecho con harina, huevo, almendra y azúcar y cocido en el horno, y tolerancia o consentimiento en mengua del honor. De todas ellas, me quedo con una: saber esperar, aunque sea con ardiente paciencia (Neruda). Creo que la propia necesidad cerebral de autoformarse a lo largo de la vida, con más de cien mil millones de posibilidades (neuronas) de hacer cosas y sentir nuevas vibraciones de sentimientos y emociones, acotadas en el tiempo vital de cada persona, son un reflejo de que las estructuras del cerebro necesitan a veces esperar, con más o menos paciencia aprendida o inducida genéticamente, para que nos mostremos tal y como somos, para que alcancemos nuestros proyectos más queridos y deseados, porque oportunidades tenemos de forma personal e intransferible a través de una estructura que dignifica por sí mismo a cada ser humano: la corteza cerebral que venció al cerebro original de los reptiles, otorgándonos genéticamente la posibilidad de ser inteligentes.

Aprendamos por tanto de ella, de su forma de ser en cada una, en cada uno. Por aquello de las posibilidades que se abren a través de las cadaunadas, de la ética del cerebro. Sin alterarnos, porque la vida a veces nos turba, nos espanta, porque estas situaciones pasan, porque Dios se muda en la conciencia de muchas personas, porque la paciencia casi nada alcanza. Porque muchas personas no tienen a Dios, no tienen nada, todo les falta ¡Y sólo Dios no basta!

Sevilla, 31/I/2009

Jon Favreau ó la persistencia de la memoria

Salvador Dalí (1931), La persistencia de la memoria

He sabido recientemente que el presidente electo, Barack Obama, ha designado a un joven de 27 años, Jon Favreau, para que redacte el discurso de investidura del próximo martes, 20 de enero de 2009, que algunos consideran eufemísticamente como el día que comenzará realmente el siglo XXI. Todo apunta a que el discurso va a ser muy respetuoso con la persistencia de la memoria, simbolizada de forma surrealista por Salvador Dalí en una pintura del mismo título y que, curiosamente, es propiedad americana, en concreto, del MoMA en Nueva York.

Sé lo que significa escribir para los demás, para lo demás. Lo he hecho muchas veces y considero que una oportunidad como ésta debe ser una ocasión única, irrepetible, en la que se puede diseñar una forma de concebir el mundo, la ideología subyacente de una potencia que se empeña desde hace muchos años en dirigir el mundo en todas las manifestaciones posibles, psíquica, física y socialmente hablando. Por eso, me parece una tarea subyugante y por si fuera del interés de Jon Favreau, me gustaría hacerle llegar las siguientes sugerencias, siendo respetuoso con el más que probable hilo conductor del borrador mágico para Obama, es decir, el Discurso de Gettysburg, que tanto admira. La abolición de cualquier esclavitud, que está mucho más cerca de cada persona, de nosotros mismos en España, aunque nos parezca paradójico.

En primer lugar, sería importante que el discurso sirviera para diseñar primero su propio mundo, su gran incógnita, su neoespíritu americano, que tanto gusta realzar en Massachusetts, donde reside el auténtico espíritu de América, dibujado de mil maneras en las matrículas de los vehículos de este Estado, antes que empeñarse en seguir diseñando y salvando el mundo de los demás.

Después, aún admitiendo que siguen figurando como la primera economía mundial, deberían mirar hacia adentro y descubrir qué ha significado el neoliberalismo a ultranza que ha vuelto a sentenciar la riqueza a favor de unos pocos en detrimento de unos muchos. Deberían bajar de los altos pisos que tocan el cielo americano, que controlan Wall Street, tocar suelo, para considerar que las deslocalizaciones de multinacionales, por ejemplo, están hundiendo muchas economías mundiales que son de este planeta, por cierto. Y que China e India están pisándoles ya los talones.

Un tercer elemento del discurso podría contemplar la petición de perdón al mundo por los gravísimos errores cometidos en terrenos tan sensibles como antiterrorismo, protección de derechos humanos y alianzas irresponsables de régimen temporal en relación con secretos de determinados Estados.

También sería importante que hablara de sus propios pobres, hasta decenas de millones que no tienen acceso a prestaciones sociales de ningún tipo. Es muy difícil entender cómo se puede repartir riqueza al mundo cuando en su propia sede federal la pobreza es una realidad incuestionable.

Unas líneas podrían tratar del cambio climático con objeto de cambiar la posición tan beligerante que han manifestado siempre en el ámbito de la declaración de Kioto.

Por último, debería hablar del diálogo Norte-Sur, Oriente-Occidente, de las religiones que marcan tendencias en el mundo, de la auténtica razón de ser de Dios, Buda y Mahoma. Mientras que no interese al mundo americano saber por qué se comporta así el mundo musulmán será muy difícil salir de Irak, Afganistán, Sudán ó Palestina. No son razones de Estado, son razones de Religión, por más que nos sorprenda y no lo lleguemos a entender así.

Jon Favreau solo tiene posibilidades de engarzar palabras para un discurso de quince o veinte minutos, pero con la responsabilidad de que persistan y queden en la memoria de casi siete mil millones de memorias humanas que mirarán el martes hacia el Capitolio confiando que otro mundo es posible. Ni más, ni menos. Sobre todo para que se marque un tiempo nuevo y, a diferencia de los relojes de Dalí, no sea un discurso blando y surrealista que al final acabe adaptándose a las realidades divinas y humanas del mensaje americano que, hoy por hoy, no compartimos, ni deseamos. Es más, detestamos.

Me gustaría finalizar este “asesoramiento virtual” con una recomendación a Jon: el discurso debe estar plagado de palabras positivas. Entre otras muchas, paz, paz y paz. Interior y exterior. Y responsabilidad, responsabilidad y responsabilidad, entendida como la capacidad de dar respuesta a lo que ocurre mediante la sinergia del conocimiento y de la libertad. Inteligencia, en estado puro. Hace falta tranquilizar a las personas, no a las conciencias, y contener la agresividad latente y manifiesta, porque el diseño actual del mundo, a la americana, no convence a casi nadie. Creo que ni al propio Jon.

Sevilla, 18/I/2009

Puentes para la franja de Gaza

BARENBOIM-SAID

Desde que comenzó la invasión de la franja de Gaza estoy intranquilo por coherencia con la perspectiva ética digital que propugno, en el sentido de que la Noosfera, de la que formo parte activa mediante este cuaderno, no debe quedarse tranquila en este caso con la mera visualización de imágenes dantescas, en aquel escenario, transmitidas de forma puntual por las agencias de información. Y he recordado la simbología del puente, desde sus orígenes arquitectónicos, como forma de establecer elementos de comprensión y diálogo entre las partes implicadas, las latentes y manifiestas, para que este duro proceso atisbe su fin inmediato.

Desde nuestras posiciones a distancia el conflicto no pasa a veces de ser una mera noticia, luctuosa por supuesto, pero como algo lejano sobre lo que como ciudadanos nuestra implicación parece algo imposible. Pero no es así. Todo es desproporcionado, simbolizado en la lucha permanente entre David y Goliath. Y el mundo calla. Callamos casi todas, casi todos.

Lo verdaderamente curioso es que tenemos ejemplos extraordinarios de activismo pro-diálogo de Palestina e Israel, tales como el esfuerzo del director Barenboim, a través de la Fundación Barenboim-Said, para aunar esfuerzos en diseñar puentes entre jóvenes músicos judíos y palestinos, con la orquesta “West-Eastern Diván”. Los esfuerzos diplomáticos, múltiples, que desde hace años se llevan a cabo para desterrar el principio bíblico acerca de que los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz. La perspectiva de bloqueo y descalificación mundial en relación con cualquier atisbo terrorista, lleve la marca que lleve. Pero, de nuevo vuelve la guerra abierta, con resultados de muerte física, psicológica y social, de un millón y medio de personas que malviven en la franja de Gaza.

Por eso he pensado en los puentes, con una idea que aprendí un día de un ingeniero romano excelente, Cayo Julio Lácer, el autor material del puente de Alcántara, en Cáceres, al expresar de forma rotunda que “la grandeza misma del arte es superada por la grandeza de la obra (ars ubi materia vincitur ipsa sua). Sería una gran lección en estos días, que el mundo cercano y lejano al Oriente en guerra demostrara que la grandeza misma del diálogo, que también es arte, es superada por la grandeza del diálogo sincero y comprometido con la justicia y el derecho internacional en el escenario palestino-israelí. Por esa gran obra.

Puentes, puentes, puentes. Sería una buena forma de completar una nueva inscripción mundial para los derechos humanos compartidos que recogiera también las palabras que seguían al primer aserto comentado: “El ilustre Lácer, con divino arte, hizo el puente para que durase por los siglos en la perpetuidad del mundo”. O lo que sería lo mismo: los ilustres mandatarios israelíes y palestinos, una vez demostrado que el diálogo supera el arte de hablar y callar, construyen la paz entre los dos pueblos para que dure por los siglos en la perpetuidad de su pequeño mundo.

Sevilla, 10/I/2009

Cadaunadas

Miguel de Unamuno. Óleo de José Gutiérrez Solana (1936). Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid.

¿Que cómo se hace eso? [escribir bien el español]. A la buena de Dios, cada cual como mejor se las componga, salga lo que saliere, cada uno con su cadaunada, y luego… ello dirá. Ello, ello es lo que ha de decir; hay que remachar en esto: ello dirá, y no nosotros, ni vosotros, ni los de más allá; ello y sólo ello dirá (Unamuno, Ensayos, edición de la Residencia de Estudiantes, III, p. 108).

Esta enigmática frase de Miguel de Unamuno, cada uno con su cadaunada, ha sido para mí, siempre, un hilo conductor en la vida, porque con una sola palabra, cadaunada, se expresa a la perfección la individualidad, la realidad personal e intransferible de cada cerebro humano en acción. Y en el esquema de las individualidades hay una que tiene carácter primigenio, la cerebral, tal como ha afirmado el doctor John Mazziotta, un experto en imágenes del cerebro humano de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA), cuyo trabajo en el Instituto de Neuropsiquiatría le ha permitido desarrollar su investigación del cerebro de forma multidisciplinar y multimodal, utilizando mapas multidimensionales del cerebro humano y no humano que describen su estructura y función: “Ningún cerebro es igual. Ni en su forma, ni en su tamaño, ni en la forma como está organizado; (…) este es un proyecto [la elaboración de un Atlas cerebral] de la frustración básicamente. Por muchos años, todos lo que estudiamos la estructura y funciones del cerebro hemos tenido que lidiar con el hecho de que no hay dos cerebros iguales ni en forma o tamaño, como tampoco en función, pero cuán diferentes son y cómo debemos compararlos eran dos cosas que no se sabía» (1).

Cada vez que se inicia una nueva etapa, por pequeña que sea, un nuevo Curso, una experiencia o ¿por qué no?, un año nuevo, se abren también posibilidades inconmensurables -por analogía temporal de sugestión- para cada cerebro humano, para desarrollar las cadaunadas. Sabiendo de antemano que la corteza cerebral abrirá, en cada segundo vital propio, nuevas y sorprendentes oportunidades a la central logística de los sentimientos y emociones, el sistema límbico, para expresarse como estructura reguladora del funcionamiento personal e intransferible de cada inteligencia humana. Lo que permitirá hacer patente la denominación de origen de cada uno, de cada una, de las cadaunadas, para reducirlo a una excelente y única palabra. Aunque todo comience en enero de 2009, hoy comienza todo…, al descubrir cada persona su cerebro, su inteligencia, como el mejor regalo para uno mismo y para la relación con los demás.

Ya lo decía Unamuno: ello dirá, y no nosotros, ni vosotros, ni los de más allá; ello y sólo ello dirá.

Sevilla, 2/I/2009

(1) Cobeña, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital (Edición digital), 71-73.

¡Siente la realidad (o un pobre) en su mesa!


Fotograma de Plácido (1961, Luis García Berlanga), recuperado de http://www.kane3.es/radio/la-radio-en-navidad.php, el 30 de diciembre de 2008.

El 30 de marzo de 2008 escribí un post (Plácido…, Azcona), en homenaje a Rafael Azcona, guionista al que he seguido de cerca por su buen saber y hacer cinematográfico, interpretando la vida real, sin muchas concesiones y que falleció el 23 de marzo de 2008. A punto de finalizar el año, vuelvo a recordar siempre la película que marcó mi infancia en tierras de Castilla, Plácido (Siente un pobre en su mesa, su título original), porque me ayuda a comprender mejor los fastos navideños que nunca me supieron levantar, al igual que la música militar que cantaba Paco Ibáñez.

En aquella película “el guión no tenía desperdicio y Azcona lo sabía. Con motivo de la promoción de las ollas Cocinex, la burguesía -donde reside la clave del dinero y el buen hacer- se puede llevar a casa por una noche a grandes artistas, como el lote de “la más prometedora promesa de nuestro cine, Maruja Collado y el niño cantor Paquito Yepes”. Además, por la buena causa de “cene con un pobre”, la gente de clase media y alta puede elegir entre los ancianos del asilo o los pobres de la calle. Y se retransmite en directo una cena en la casa de la presidenta de la Comisión de Damas que es la que organiza esta campaña “de maravillosa hermandad, de magnífica caridad o de hondo significado, que une a pobres y a ricos en todos los hogares de la ciudad”. Inconmensurable. Tan real como la vida misma».

Y en aquella ocasión, aprovechando la dolorosa ausencia de un maestro del cine de autor, comprometido con la vida y la muerte, con la auténtica Navidad de cualquier año, reflexionaba que “hoy, pueden cambiar los actores, el decorado, incluso los pobres, y seguro que no habrá problema alguno de patrocinadores. Menos, probablemente, la nueva clase de nuevas ricas y de nuevos ricos que asola el país, en todas las proyecciones de supuesta riqueza posible, dispuestos a sentar a los nuevos pobres en sus mesas, como maravillosa y nueva hermandad, pero sin que cambie un ápice su patrimonio mental, personal, familiar y social, asentado todo en la falta de educación ciudadana y en la mayor de las pobrezas: la autosuficiencia basada en el des-conocimiento [sic]. Pero Rafael Azcona, desde donde quiera que esté, puede volver a escribir un guión utilizando el mismo discurso porque la doble moral sigue campando por sus respetos. Digo moral y no ética, porque esta última sigue, con perdón, sin saberse qué es, como gran desconocida que fundamenta todos los actos humanos, constituyéndose en el suelo firme de la vida, la solería de nuestra existencia. Berlanga y Azcona lo resumieron maravillosamente en la letra desgarradora y trucada (¿dónde estaba el censor de turno?) del villancico final de la película: en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá. Y no se puede andar por la vida sin suelo, aunque los Plácidos de turno tengan que escenificar, a veces, que la felicidad está en los plazos interminables que hay que pagar para tener una vida sobre ruedas. Porque, para ser, ¡eso es otra cosa!”.

Ahora, paso la página de mi al-manaque [el clima, en árabe) particular, a pocas horas de finalizar el que llamaban ¡feliz 2008!, hace solo 365 días, para constatar que las imágenes de Gaza, con la muerte y desolación por doquier, la recesión crítica ó el contador incesante de muertes de mujeres por violencia de género, en nuestro educado país para la ciudadanía, solo arrancan, a veces, frases parecidas a las que pronunciaba el matrimonio que en Plácido le había tocado un pobre, además enfermo, “con la sutileza no confesable del cambio de las sábanas “buenas” por las “corrientes” para depositar al pobre enfermo -acogido como rey por un día– que encima se muere y que en aquella corrosiva película arrancaba frases corales de este tenor: «Con lo bien que iba la campaña, ¡qué fatalidad!»”. Puede que se deba al cambio climático, de cada al-manaque [sic] particular, al llegar el 31 de diciembre, en todos los sentidos.

Sevilla, 30/XII/2008